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Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

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procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2014.

Perfeccionismo emersoniano

Como decíamos ayer... "Nulla esthetica sine ethica, o sea apaga y vámonos", esto escribió el profesor Valverde antes de abandonar la universidad española e irse a Estados Unidos. De Estados Unidos precisamente nos viene ahora el pensamiento de Stanley Cavell, profesor emérito de Estética y Teoría General del Valor en Harvard. ¿Es un esteta el profesor Cavell? ¿O más bien su obra nos conmina a pensar en el sentido de la sentencia de Valverde: nulla esthetica sine ethica? A partir de la lectura de su libro Ciudades de palabras. Cartas pedagógicas sobre un registro de la vida moral (Pre-Textos, Valencia, 2007) voy a intentar responder a esta cuestión.

En primer lugar, habrá que explicar qué es el perfeccionismo emersoniano, y lo voy a hacer en relación al significado de la democracia. Ya en mi libro Ensayo sobre el sentido común cité el "yo aborigen" de Emerson al hablar de la intimidad trágica que en aquel trabajo defendí. Pero en mi siguiente trabajo, Idea trágica de la democracia, no mencioné en ningún lugar a Emerson, si bien todo el capítulo dedicado específicamente a la política empezaba con "el hombre como animal inacabado" de Nietzsche, deudor de Emerson. Aparte está el hecho de mi viaje emersoniano-nietzscheano a Tenerife -la isla surrealista- como inspiración para redactar Idea trágica de la democracia.

¿Qué dice Cavell al respecto? Cito de un artículo de David Pérez Chico publicado en 2006 en la revista valenciana La Torre del Virrey: "Ésta -la perfeccionista- no es una demanda moral parcial, sino la condición de la moral democrática". Más aún: "El perfeccionismo es la dimensión del pensamiento moral dirigida menos a reprimir lo malo que a liberar lo bueno (...) Si existe un perfeccionismo que no solo sea compatible con la democracia, sino necesario para ella, no consiste en excusar a la democracia por sus errores inevitables ni en considerar cómo sobreponerse a ellos, sino en enseñar a responder a esos errores... de una manera que no sea dando excusas ni obviándolos".

En esta última cita, si digo bien, Cavell se distingue de sus dos grandes maestros, Austin y el último Wittgenstein respectivamente, de los que partió en su día en su andanza filosófica. Pero sobre todo el perfeccionismo moral se distingue de otras dos corrientes de la filosofía moral académica, como son el utilitarismo y el kantismo. Y aun de Rawls. Pero, ¿cómo enseña Cavell, en este magnífico aunque complejísimo libro traducido por Lastra y Alcoriza, "a responder a esos errores"?

No voy a resumir ni explicar el libro porque lo que les recomiendo es que lo lean, ya que no pueden asistir a las clases de Cavell en Harvard o Chicago. El libro presenta una especie de conversación del autor con las obras de Emerson, Locke, Stuart Mill, Kant, Rawls, Nietzsche, Ibsen, Freud, Platón, Aristóteles, James (Henry), Shaw y Shakespeare, además de una lectura de una serie de películas de Hollywood de los años 30 y 40 del siglo pasado englobadas bajo el género de la comedia de enredo matrimonial o del melodrama de la mujer desconocida, en las que Cavell parece ver el afán reflexivo de su perfecccionismo moral. Por citar alguna de estas películas podemos mencionar Historias de Filadelfia, Sucedió una noche y Carta de una mujer desconocida. El libro es extenso y solo añadiré que me hubiese gustado entenderlo más de lo que me parece que lo he entendido.

Lo que Cavell propone con su perfeccionismo filosófico es que el perfeccionismo, que es, en fin, la posibilidad y la necesidad de mejorarse uno mismo en las crisis existenciales de nuestras vidas mortales (Cavell dice estúpidamente "finitud" allí donde habría que decir, con Castoriadis, "mortalidad"), siguiendo el lema emersoniano de la "identidad no alcanzada, pero alcanzable", "se dirige a la condición previa del pensamiento moral, aunque es difícil no entender la exigencia nietzscheana de hacernos inteligibles [en lo que consiste el perfeccionismo emersoniano] -empezando por uno mismo- como el principio del pensamiento moral". Hay otra idea interesante aquí, y es la advertencia de Cavell de que la tarea de la filosofía moral no consiste tanto en inmortalizar la vida mortal como en hacer mortal lo que llama pre-mortal, un poco en la idea de Nietzsche de que no gozamos de un alma inmortal sino de muchas almas mortales.

Por si todavía no se ha comprendido qué es el perfeccionismo emersoniano, extraigo una cita de Ciudades de palabras en las que Cavell explica qué no es y que sí es tal doctrina moral y filosófica: "Esta expresión de la sensación de agotamiento de la posibilidad me parece la negación absoluta del pensamiento fundacional del perfeccionismo, el de una próxima identidad alcanzable en otra sociedad alcanzable que ha de fundarse en la revaloración y reconstitución de la propia vida tras una crisis en su aparente fundación o dirección". Nótese cómo Cavell, lejos de un emersonismo aristócrático indiferente a la injusticia social, escribe "en otra sociedad alcanzable", haciendo referencia explícitamente en su obra a la vida en democracia. Pues precisamente el hecho de poner en cuestión nuestras vidas indetermina tanto la responsabilidad individual en cómo son las cosas como el efecto general de nuestra vida privada, uniendo ambas, vida pública y vida prívada, en el mismo afán perfecccionista que puede o no puede, siguiendo a Locke, mostrar el consentimiento a ser gobernadas. Esto es lo que he entendido: que, gracias a que dicho consentimiento no tiene límite mensurable, es posible la democracia.

Pero ahora volvamos al principio. ¿Es un esteta o un diletante Stanley Cavell? La respuesta parece evidente y es que no. Con su obra nos enseña a responder a los errores de la democracia aprendiendo a admirar. ¿Admirar qué? Admirar a los otros y a nosotros mismos sin envidia ni esnobismo. Enseñar a admirar era para Sloterdijk la tarea principal de la educación humanista en este siglo XXI. Pero la admiración, como la alabanza, tiene sus peligros, y el peligro de la eticidad de Cavell es desembocar como la de Hegel en una mera adoración de lo real. A pesar de la estética con ética de Cavell, el peligro es evidente, si bien las críticas que ha recibido el profesor de Harvard vienen de hegelianos como el crítico de arte Danto o de neopragmatistas deweyanos, y por lo tanto en su origen hegelianos, como Rorty. En todo caso, me parece que Cavell mismo zanja la cuestión, no solo con los hegelianos adoradores de lo real sino con los "presentistas", al decir: "Sólo podemos acercarnos a la historia de la filosofía filosofando en el presente. [Pero] Ningún presente la iluminará por completo o será iluminado por ella (salvo que hayamos de creer a Hegel y tal vez Heidegger), y algunos ejemplos de la filosofía del presente casi no dejarán sitio a una iluminación mutua con el pasado (si hemos de creer a Descartes o a Hume o a Quine)". Lo cual nos deja un poco más aliviados, pero sobre todo, tras la confirmación, cambiados, mejorados. Hasta la próxima vez.

18/02/2014 14:50 procopio Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Hombre nuevo, hombre viejo

El verano pasado leí La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana, el libro más famoso e influyente del famoso e influyente psicólogo de Harvard Steven Pinker. Una discusión en el aula con alumnos del curso que profeso este año en una Escuela de Adultos de Elche, a propósito del marxismo y de la pretensión del hombre nuevo, me hizo volver a recordar el libro de Pinker, que si bien no disfruté tanto como el primero que leí (Un mundo de palabras) contiene algunas cosas esenciales para lo que considero la salud de la cultura contemporánea.

 

El libro de Pinker es esencialmente una refutación de esa vieja pretensión del hombre nuevo, y esto en aras de una consideración de la naturaleza humana que tenga en cuenta los avances de las ciencias naturales para conocer el primer par de la definición del "hombre". Especialmente Pinker se refiere a la genética, basándose en autores conocidos como Dawkins. Es de notar sin embargo que la pretensión del hombre nuevo no ha venido solo del marxismo sino también del historicismo (positivista), incluyendo dentro de este a ese hegelianismo de Fukuyama que pretendía un hombre nuevo precisamente radicado en los avances últimos de las ciencias naturales. Cosa que discutí muy seriamente en mi trabajo Ensayo sobre el sentido común allá por 1999.

 

La discusión en el aula de la escuela de adultos vino porque un alumno sostuvo que la idea -de igualdad- del marxismo era una "buena idea", a lo cual respondí negativamente, porque suponía la pretensión de crear un hombre nuevo, el "hombre total" de Marx. Pero veamos qué opina Pinker en La tabla rasa sobre la igualdad. Dice: "Igualdad no significa afirmar empíricamente que todos los humanos son intercambiables; es el principio moral de que los individuos no se han de juzgar ni limitar por las que son las propiedades medias de su grupo". Es una respuesta que puede dejar insatisfecho al sentido común, pero indica bien que donde radica la igualdad es en la propia individualidad.

 

La cuestión es dónde situamos la utopía. Mi tesis, expresada en Idea trágica de la democracia, es que el componente utópico del pensamiento tiene su correlato en un componente utópico de la democracia que dice: como es imperfecta, en su misma naturaleza está la capacidad de perfeccionarse. Es algo que resume muy bien Madison, el político federalista, citado por Pinker, al decir: "Que la ambición contrarreste a la ambición".

 

Hacia el final de su libro Pinker resume su ideal de igualdad política en los siguientes términos: "El ideal de la igualdad política no es garantía de que las personas sean innatamente indistinguibles. Es una política para tratar a las personas en determinados ámbitos (la justicia, la educación, la política) teniendo en cuenta sus méritos individuales y no las estadísticas de cualquier grupo al que pertenezcan. Y es una política para reconocer unos derechos inalienables a todas las personas en virtud de que son seres humanos sensibles." A continuación Pinker describe el resultado de lo que llama una "iguadad de resultados": Las políticas que insisten en que las personas sean idénticas en sus resultados deben imponer unos costes a los humanos que, como todos los seres vivos, varían en su dotación biológica. Dado que los talentos, por definición, son escasos y solo se pueden desarrollar en su totalidad en raras circunstancias, para conseguir una igualdad obligada es más fácil rebajar el extremo superior (con lo que se priva a todos del fruto de los talentos de las personas) que subir el inferior". De ahí procede la mediocridad instaurada por la igualdad de resultados, que atentaría tanto contra la libertad de los individuos como contra su talento, en parte radicado en su variada dotación biológica.

 

Me temo que para mis alumnos obreros de la escuela de adultos esta última reflexión de Pinker también pueda resultar insatisfactoria, porque lo que ellos quieren saber es cómo es posible dicha igualdad en el trabajo. Pero al menos les hace ciudadanos con pleno derecho a contrarrestar la ambición con la ambición. 

20/02/2014 08:59 procopio Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


Thoreau o la extravagancia necesaria

"Amo lo salvaje tanto como el bien", Thoreau

 

No he podido esperar ni un día. Esta tarde he acabado de leer Walden, de Henry David Thoreau. Ya saben, el escritor trascendentalista norteamericano que en 1845 se fue a vivir dos años a una cabaña por él mismo construida junto al lago Walden, a tres kilómetros de Concord, su villa natal, en el estado de Massachussets, Estados Unidos. ¿Qué decir de este asombroso libro? Pues lo primero, recomendar su lectura. Lo segundo, manifestar cierta irritación por su detallismo naturalista. Lo tercero, sacarse el sombrero. Thoreau no es un gran escritor, no, es un escritor, como él diría, heroico.

Sobre el significado del libro no diré mucho más, dado que hay expertos en la materia mucho más duchos que yo. Lo que sí quería escribir aquí hoy es algunas dudas que la lectura de Walden me ha dejado, añadidas a las que me dejó hace algunos días la lectura de su célebre ensayo Desobediencia civil. Y ambas tienen que ver con la "extravagancia", palabra que Thoreau utiliza en Walden y que tiene que ver con el asunto de la obediencia a la ley. Veamos.

Dice el escritor trascendentalista al final de su gran libro que teme no haber sido suficientemente extravagante. ¡Suficientemente! Lo has sido, Thoreau, lo has sido. Por esa parte, ningún problema. Pero esto de la extravagancia me recuerda aquello que decía Montaigne, que odiaba -no sé si utiliza esta dura palabra- la extravagancia. 

Pero vayamos a la cuestión de la ley. Mis dudas respecto a la res privata y a la "mayoría de uno" o a las "leyes más altas" de Thoreau también son similares a las de Montaigne cuando afirmaba: "Las leyes no se cumplen por ser justas, sino por ser leyes". Y es que no sé hasta qué punto Thoreau era consciente de que, en efecto, hay una distancia -democrática- entre la ley y la realidad, y que esa distancia es precisamente la que nos permitiría en su caso desobedecer a la ley. Algo de esto, instando al desobediente a participar en el cambio de la ley, expuse yo mismo en mi Ensayo sobre el sentido común (me hubiese gustado leer entonces el famoso escrito de Thoreau).

¿Montaigne contra Thoreau, pues? No. Mejor, en mi caso, Montaigne antes que Thoreau. Pero sí creo que hay una lección inolvidable en la vida y en la obra del joven escritor estadounidense, un valor que sirve para medir hasta qué punto puede ser injusta una ley, y hasta qué punto debemos salvar nuestra alma sean cuales sean las circunstancias. Es lo que llamaré, para acabar, la lección de la extravagancia de Thoreau.

 

 

 

 

 

25/02/2014 22:12 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.


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