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El destierro de Jovellanos

"Todo amenaza una ruina próxima que nos envuelve a todos" escribe Jovellanos en su diario después de conocer a Godoy el 22 de noviembre de 1797. A raíz de los cuadros que Goya pintó de la que es seguramente la amante oficial de Godoy, podemos resumir esta ruina próxima, que de hecho llevaba ya varios años incubándose, en una palabra: majismo. El majismo es a la ilustración española de la segunda mitad del siglo XVIII y sobre todo de la etapa que va desde Carlos IV hasta 1808-1812 lo que el buenismo al catolicismo español del final del imperio de Carlos V hasta Felipe II en adelante. Buenismo y majismo, y no el concilio de Trento o los afrancesados, aunque desde luego estos movimientos presentan problemas y alguna que otra concomitancia con el buenismo y el majismo, son los dos males de la cultura española moderna. Ambos, buenismo de los siglos XVI y XVII y majismo de finales del XVIII y principios del XIX, confluyeron a partir de 1812 en ese revolucionarismo pseudoconstitucionalista aliado por cierto a cierto reaccionarismo aristocrático (veáse el conde de Montijo) que por otro lado algún clericalismo católico tampoco ayudó a vencer, añadiendo al mal cultural del buenismo y del majismo la conocida triste historia contemporánea del constitucionalismo democrático y del liberalismo español desde 1808-1812 hasta la guerra civil de 1936-1939.

Juan Donoso Cortés podía venir a burlarse de que a mitad del siglo XIX no hubiera en España "más filosofía que la de Jovellanos", de forma por otro lado injusta, pues la filosofía española, a su modo, había renacido con Balmes y también, de forma mucho más problemática, con Sanz del Río, pero lo cierto es que la figura de Jovellanos era entonces lo único que quedaba en pie de una ilustración española que paradójicamente el majismo de Godoy se había llevado por delante, dejando tras de sí a los consabidos liberales de Cádiz, de insigne aunque problemática obra práctica, pero apenas autores de alguna obra teórica de consideración. Por ilustración española me refiero básicamente a la Escuela de Valencia, que va desde el químico Cabriada (1687) hasta el botánico Cavanilles, pasando por el matemático Tosca y el ingeniero Jorge Juan, teniendo su cénit en el físico, lógico y filósofo aragonés Andrés Piquer, un autor que hoy sigue sin editarse, y que solo posteriormente en la figura de Ramón y Cajal, halló una cierta continuidad. Podríamos incluir en la escuela valenciana a Mayans, un autor más humanista que científico en su intento de rescatar la figura de Vives. La Escuela de Valencia tuvo sus distintas ramificaciones, entre las que destacaron la célebre Tertulia Sevillana y, en Madrid, el médico y filósofo escéptico Martín Martínez. Fue en una apología de la obra de Martín Martínez como Feijoo, gallego de Orense afincado en Oviedo, publicó su primera obra, seguida luego por su monumental Teatro Crítico Universal y por sus Cartas Eruditas, que convirtieron a Feijoo en el mayor ilustrado español del siglo XVIII, protegido por Felipe V, editado, reeditado y traducido a las principales lenguas europeas, hasta que con la subida al trono de Carlos IV, súbitamente, cayó en el ostracismo. Por eso Juan Donoso Cortés podía decir no sin sorna que Jovellanos era el único filósofo en la España de la primera mitad del siglo XIX, porque Feijoo simplemente había pasado al olvido con la muerte de Carlos III. Feijoo, y no Jovellanos, es el ilustrado por excelencia de la España de las luces, y el puente entre el colapso imperial español cifrado en la huida de Suárez a Coimbra -colapso, por tanto, también intelectual- y las renovadas filosofías españolas contemporáneas -y en cierto modo opuestas- de Balmes (educado en la escuela de Cervera y próximo a la filosofía escocesa del sentido común) y Sanz del Río (introductor de ese kantismo de tercera fila conocido como krausismo). Pero la primera víctima de lo que he llamado majismo, lejos de ser Jovellanos -su víctima sin embargo, más trágica- fue el mismo Feijoo.

¿En qué consiste el majismo? Si lo comparamos con la relativamente sencilla caracterización con que el buenismo de Las Casas puede ser descrito en la encrucijada del famoso asunto de Indias, el majismo apenas resiste ni la mirada. La sensación de ominoso oprobio con que Jovellanos debio salir de la cena con Godoy, tal como nos muestran las lineas ya citadas de su diario, y el hecho de que el mejor hombre de Estado del reino de España estuviera desterrado prácticamente durante las dos décadas decisivas de 1790 a 1810, en el contexto de la constitución de Estados Unidos y la revolución francesa, lo definiría mejor que una caracterización minuciosa de la ilustración española de esa época que otros podrían hacer mejor.

Especialmente ominoso resulta todavía a día de hoy el destierro posterior a aquella cena de 1797 por el cual Godoy confinó a Jovellanos en el castillo, convertido poco menos que en cárcel, de Bellver, en la isla de Mallorca. No es extraño que aquella década inicial del siglo XIX derivara en una invasión foránea, aprovechada entonces para fundar, o al menos intentarlo, la Nación española como régimen moderno de democracia. Lo ominoso del destierro de Jovellanos no es solo lo que implicó para el gobierno de Madrid, sino también lo que significó para la revolución española de los liberales, a la postre fallida a causa de una debilidad cuya causa hay que encontrarla precisamente en la falta de un líder o tutor como habría podido serlo Jovellanos.  

Jovellanos estuvo, pero apenas influyó. Experimentado en la gestión diplomática de los negocios, propugnó por un lado la convocatoria de Cortes por estamentos mientras defendía por el otro a los "jóvenes demócratas". Aun Argüelles, en el Discurso preliminar de la Constitución de 1812, dejó rastros de jovellanismo, entendido como doctrina burkeana respecto de las leyes fundamentales del pasado histórico en un intento de conjugar tradición e innovación, pero la convocatoria no solo no se había hecho por estamentos sino que incluso Quintana suprimió la segunda cámara de la misma -y por tanto de la futura Constitución-, el Senado, cuya inexistencia ya había sido lo que había movido a Blanco White a irse a Londres, y que fue lo que motivó que Jovellanos, pese a su defensa de la Junta Central, calificara el decreto de convocatoria de las cortes constituyentes de Cádiz, presentado por los diputados Toreno y Hualde ante la Regencia, como "desgraciado". Desgraciada fue luego la historia contemporánea de nuestro país, carente de una jefatura de estado clara y ampliamente aceptada y de una cámara de segunda lectura estable, afín a la pluralidad territorial del país y al movimiento mismo de la nación, culminando tales avatares en la guerra civil de 1936-1939. 

Jovellanos falleció en 1811, unos meses antes de aprobarse nuestra primera Constitución soberana. Pero ni la Guerra de la Independencia, hoy recordada apenas en el callejero de la ciudad de Zaragoza, ni la mencionada Constitución de Cádiz, pudieron con la ruina próxima incubada en España desde dos décadas atrás. Menéndez Pelayo escribió la historia de los heterodoxos españoles como signo distintivo de la cultura española desde la edad media, y no le faltaba razón, hasta el punto de que podría decirse que los heterodoxos conforman en verdad la cultura española ortodoxa, en el sentido que Chesterton le dio a la palabra ortodoxia. Heterodoxos fueron Cervantes y el Arcipreste de Hita, que escribieron sus obras maestras en prisión. Lo fue Vives, que huyó a Flandes para no volver nunca más. Lo fue Ginés de Sepúlveda, desterrado a su pueblo natal. Lo fueron Mariana y Gracián, que tuvieron que lidiar con la oposición de la Compañía de Jesús a la que pertenecían. Pero la gran cultura española la hicieron ellos y no la entonces ortodoxia oficial, fuera eclesiástica o imperial. Jovellanos fue heterodoxo, pero a diferencia de casi todos los demás ilustrados, incluido Aranda, eso significaba entonces que, pudiendo discrepar en algún aspecto de la Compañía, se oponía a la expulsión de los jesuitas decretada por Carlos III. No siendo especialmente clerical, Jovellanos nunca fue un iluminado. Es más, cuando el iluminado majismo convirtió a la ilustración española en un retrato ni siquiera analizable, Jovellanos pasó de la heterodoxia al destierro carcelario. Más tarde, Donoso podía lamentarse de que no hubiera más filosofía que la de Jovellanos en la cultura española, pero lo en verdad lamentable es que la filosofía española después del ostracismo súbito de Feijoo apenas empezara a levantarse con Balmes y Sanz del Río en una situación política todavía más lamentable en la que la muy sensata y práctica obra de Jovellanos había sido convertida en "filosofía", a causa principalmente del destierro al que el majismo y Godoy le sometieron en el ominoso reinado de Carlos IV, preludio del drama civil de nuestra historia contemporánea que todavía dura hoy en forma de terrorismo.

 

28/02/2012 13:21 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 6 comentarios.


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