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El asunto de Indias, lo español y lo moderno

He tenido la oportunidad de leer el libro "Civilización y barbarie. Los asuntos de Indias y el pensamiento político moderno (1492-1560)", de la profesora japonesa Natsuko Matsumori. Aunque sea un libro con cuya tesis estoy en desacuerdo, como voy a tratar de exponer, es un trabajo que merece una atención por el asunto de que trata: el conocido asunto de Indias, o sea la cuestión de la conquista de América, su legitimidad, el derecho a la guerra y el derecho a la colonización española. Tal cuestión se planteó a partir del descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón en 1492 y no se dilucidó hasta la célebre Junta de Valladolid que enfrentó a Las Casas con Ginés de Sepúlveda en la conocida como Controversia de Valladolid de los años 1550-55 en el contexto del traspaso de la Corona de Carlos V a su hijo Felipe II. La Controversia de Valladolid, y su resultado, marcan todo un final de época, la que podríamos encuadrar como la del Renacimiento español, lleno de obras, traducciones, novedades y promesas de modernidad, definitivamente clausuradas en aquellas fechas de mediados de siglo no solo por el repliegue catolicista del Concilio de Trento sino sobre todo, y es la tesis que voy a sostener, por el resultado de la Junta de Valladolid.

La tesis de la profesora Matsumori, presentada en la UCM, es clara: los autores que trataron el asunto de Indias no son solo autores protomodernos o menos modernos que los clásicos del siglo XVI (Maquiavelo, Bodino, Althusio, hasta Hobbes y Grocio) sino más modernos en cuanto que son los primeros en plantear la cuestión de la cristiandad post-medieval en un contexto extra-europeo. Mi tesis es que el pensamiento político moderno, como dice en efecto el tópico, no se inicia hasta después del año 1600, y por tanto que los pensadores políticos españoles del siglo XVI son autores protomodernos, especialmente Francisco de Vitoria, tránsito de relevancia ineludible entre el Medioveo y el inicio de la era moderna, y prácticamente en igual medida Juan Ginés de Sepúlveda.

Como he dicho, después de la Junta de Valladolid la Escuela de Salamanca fue perdiendo todo su vigor, reduciendo el esplendor del Renacimiento hispánico al conocido "Siglo de Oro" literario -teatro, poesía, pintura, ensayo (Gracián) y la invención de la novela moderna con el Quijote de Cervantes-, que no deja de ser sin embargo también un canto de cisne. El proyecto imperial de Monarquía católica universal tiene su fin en 1650 con la derrota con Francia. En cuanto al pensamiento, y la política, el fin había sido anterior. La Universidad de Valencia, aunque, digamos, manteniendo su espíritu, había perdido toda posibilidad de desarrollo claramente moderno al perder a su máxima figura, Juan Luis Vives, muy pronto, en 1520 (la Universidad de Valencia será, no obstante, la que dará a luz la primera obra científica del pensamiento español en la tardía fecha de 1680). En cuanto a la Universidad de Salamanca, jamás se repondrá, hasta el punto de que la Escuela de Salamanca será en el siglo XVIII una mera tertulia literaria que a su manera intentará dar continuidad a las letras de oro que sobre 1680 precisamente habían concluido en la figura de Calderón de la Barca. Ambas escuelas son las dos grandes escuelas de pensamiento español hasta el siglo XIX, pero en el siglo XVIII, las figuras de sus órbitas respectivas, como Feijoo y Mayans -curiosamente, uno más científico, defensor de Locke, y el otro más literato, defensor de Cervantes-, desarrollarán su actividad fuera del ámbito académico. Una tercera universidad, la de Alcalá de Henares, de fuerte impronta erasmiana en sus inicios y por donde pasó más tarde Cervantes, también fue languideciendo en el siglo XVII hasta que acabó convirtiéndose contemporáneamente en la actual Universidad Complutense de Madrid -conservándose en la actualidad una Universidad en la ciudad de Alcalá de Henares, centro donde se concede el mayor premio de las letras españolas, el Premio Cervantes.

Es un hecho. La Escuela de Salamanca, sin ninguna duda, una escuela de pensamiento de enorme talla en la primera mitad del siglo XVI, no tuvo en su etapa posterior a Francisco de Vitoria más posibilidad de desenvolverse con vigor. No por falta de autores, y no solo juristas y teólogos, sino lo que empieza a ser de mucha importancia en aquel tránsito del XVI al XVII, economistas, como Juan de Mariana, o teológos modernos, como Francisco Suárez. Sino por lo que es de todos conocido: el expediente incoado a Mariana y su posterior expulsión de la Universidad, como lo es la sanción anterior impuesta al gramático Fray Luis de León, o el mismo hecho de que ya en los inicios del XVII Suárez, cansado de no poder desarrollar su teología moderna y por tanto una filosofía moderna, acabara marchándose a Coimbra, Portugal -en donde por entonces se hacían cosas similares a la muy posterior semiótica norteamericana de Pierce-, lo mismo que Francisco Sánchez desarrollara su enseñanza escéptica -entiéndase esto como no platónica- en Toulouse, Francia. En aquellas fechas, Galileo daba el paso del por qué al cómo desprendiéndose del aristotelismo medieval (lo que se conoce como tomismo, por Tomás de Aquino) e iniciando el método experimental moderno, a partir del cual Descartes elaboraría su discuso del método y daría inicio a la filosofía moderna, posteriormente desarrollada en Holanda e Inglaterra por los Spinoza, Locke, etc. En un camino tan relativamente sencillo como este no habrá ningún español hasta por lo menos el Balmes de 1830 (surgido de la Escuela de Cervera, o lo que es lo mismo, de la Universidad de Barcelona trasladada a Cervera tras la Guerra de Sucesión), si exceptuamos las obras de los autores ilustrados, que existir existen, pero siempre aun sometidas al ojo del Imperio católico, ya por entones poco más que un espejismo. La ontología primaria de Suárez, que en el ámbito de la teología suponía una especie de cortacésped de la maleza acumulada por la teología medieval heredada, no tuvo, entonces, ninguna continuidad española, al menos académica. La tuvo, sin embargo, de forma harto curiosa, en Alemania, aun entonces "país" en formación, a través de Wolff, y del contraste de esa ontología primaria con el empirismo británico surgirá, al modo cartesiano, la newtoniana filosofía de Kant. Es de lamentar que con esa lejana pero cierta influencia europea la ontología suarista no arraigara casi de ningún modo en su propio lugar. Tampoco tuvo su desarrollo académico la obra psicológica y aun tecnológica de Huarte de San Juan, más que en ámbitos muy reducidamente minoritarios y prácticamente sin influencia institucional como eran las pequeñas universidades renacentistas de la Andalucía oriental.

El causante de esta desbandada y fracaso general no es Ignacio de Loyola y su Compañía de Jesús. Ciertamente su tarea estaba sometida a la Iglesia católica, era una labor al servicio de la política imperial de monarquía universal. Pero salvo ese finale de verdad interrupta, cosa decisiva por cierto, el jesuitismo tuvo no menos ciertos rasgos de modernidad, en el plano institucional, en la disciplina de sus estudios, que aun hoy cumplen su labor. No se trata, pues, de expulsar a los jesuitas para modernizar el país, como hiciera Carlos III y ya en modo paródico y farsante Azaña en 1930. El causante del fracaso de la Escuela de Salamanca, de la ausencia de una filosofía moderna española, y en gran medida del colapso de la política española no fue otro que Bartolomé de Las Casas.

A diferencia de Vitoria y Ginés de Sepúlveda (en adelante Sepúlveda), Las Casas no tenía apenas estudios de teología ni era jurista y tampoco siguió una carrera eclesiástica. Natural de Sevilla, capital de la España colonial, se fue a las Indias en busca de prosperidad y aventuras. Allí se convirtió en sacerdote tras escuchar el famoso Sermón de Montesinos y ver lo que luego contó, con más exageración que verdadera inquietud. Más bien su figura se asemeja a la de un periodista, un cronista finalmente oficial con ínfulas de pensador. No todo lo que escribió Las Casas es mentira, es rechazable o está mal escrito, aunque la leyenda de Las Casas no es que sea negra, es que es falaz y no está bien razonada. Las Casas convirtió aquel lema de la Reina Isabel I sobre las "personas buenas" que debían hacerse cargo de las encomiendas del modo más justo posible en una ideología avant-la-lettre perfectamente descrita en el uso actual del término "buenismo", que en la etapa final de la Ilustración española, como era de esperar fallida, tuvo su correlato en el "majismo" (era Godoy), y que aun hoy sigue haciendo daño allí por donde circula. En este simple dato tiene razón la profesora Matsumori: la ideología actual del relativismo moral -pseudorelativismo, sostengo yo- tiene su gran referencia política mucho antes en Las Casas que en cualquier otro autor del continente europeo. Mucho más discutible es que también sea en Las Casas, y no en Vitoria o incluso en Sepúlveda, donde encontraríamos un precedente claro de lo que desde 1950 llamamos Derechos Humanos. El problema para nuestro país es que a partir de Las Casas "lo español" quedó identificado con el buenismo y el buenismo o majismo con lo moderno. Es decir, el problema es que desde 1550 España perdió el paso y la vista.

¿Cuál fue el grave error de Las Casas? El problema de Las Casas es que su pensamiento, si así podemos llamarlo, es pura y simplemente contradictorio. No se sostiene. Por un lado Las Casas mantiene que en efecto el descubrimiento del Nuevo Mundo es debido a la voluntad divina cristiana y que la bula papal de conquista de América es legítima. Si no cómo iba a estar allí Las Casas viviendo a cuerpo de rey y acabar poco menos que de consejero del futuro Felipe II. Por otro lado, la teoría de Las Casas es que esa legitimidad es solo potencial y que solo podría considerarse real si la conquista fuera justa. Hasta aquí, no hay mayor problema. El problema viene cuando tanto la voluntad divina como la bula papal implicaban per se el uso de la guerra, la consideración de tierra libre de toda aquella tierra no cercada ni cultivada, incluido por supuesto el mar, etc. Las Casas, en cambio, considera que la conquista debe realizarse, digamos, con el consentimiento expreso de los indios. Esto suena algo así como una broma en la que va un indio y le dice a un conquistador: "Oye, te dejo conquistarme por las armas". Si no fuera así, lo justo sería marcharse de vuelta a la Península Ibérica y dejar a los indios en paz. Lo curioso es que esto exactamente no fue ni podía ser nunca así y en cambio Las Casas hizo toda su vida allí, pues parece que había algo superior, precisamente, a cualquier otra consideración, y era la evangelización cristiana de los indios, a la que se dedicaba cada día Las Casas, justamente el título que su archienemigo Sepúlveda y su falsamente admirado Vitoria habían sostenido para legitimar tanto el descubrimiento como la colonización de América, con todas sus implicaciones.

Tanto Sepúlveda como Vitoria también legitimaron el uso de la guerra, el segundo con la cláusula del "sin abuso". No es que Sepúlveda se mostrase favorable al abuso en la guerra. Es que ambos, como buen conocedores de la historia, no eran tan ingenuos de pensar que en caso de darse una acción de guerra, no cupiera ninguna posibilidad de cometer crueldad, solo que Vitoria, desde un punto de vista estrictamente más teórico, acaba en una duda final solo sobre este aspecto. Pero el hecho es que esto no fue costumbre, en contra de lo que falazmente sostiene Las Casas, entre los cristianos, sino más bien costumbre, aun institucionalizada, entre los indios, contra otros pueblos indios, y contra su misma gente en el caso de los pueblos más institucionalizados, como prueba el conocido asunto de los sacrificios humanos, que cada año se contaban por millares. También cabe mencionar el hecho al que alude humorísticamente Sepúlveda de que doscientos arcabuceros hicieran huir a cuatro mil indios por ejemplo en la conquista -no autorizada, en efecto- de México. Por mucha pólvora que le eches en este asunto no se ve dónde está la crueldad cuando te enfrentas a un enemigo tan superior en número y cuyas prácticas bélicas ya eran de sobras conocidas por los españoles precisamente por su absoluta ausencia de piedad.

Leyendo las crónicas de algunos conquistadores, como Alvar Núñez Cabeza de Vaca o Hernando de Soto, puede verse que el ritual de la conquista solía desarrollarse más bien del modo siguiente: llegan los conquistadores a un pueblo, en el mejor de los casos cercado y con cultivos de maíz, pero casi nunca superior a unos 5.000 habitantes, pudiendo muy excepcionalmente alcanzarse los 20.000; antes de llegar al pueblo han enviado mensajeros y en la puerta del pueblo les espera el cacique indio con su séquito (las tribus tenían sus caciques, y también sus esclavos); los españoles le vienen a pedir información para conquistar tierras no habitadas con abundancia de metales que los indios no usaban, accediendo a protegerlos si les dan esa información, teniendo que enfrentarse en guerra si se muestran hostiles; normalmente, en casi todos los casos, los indios aceptan ponerse bajo la autoridad paralela del conquistador y suministran información sobre tales parajes, unas veces cierta, otras falsa. En México, Perú, anteriormente Caribe, Chile, Argentina, se van produciendo los asentamientos españoles, la fundación de ciudades, la evangelización de indios y la creación de universidades. Fin de la conquista. No obstante, nada tendrá un desarrollo más o menos progresivo poco después de 1600, salvo en lo que se refiere a la expansión territorial de los virreinatos, especialmente con el de la gran Colombia, avanzadilla de la Ilustración hispanoamericana.

La guerra contra los indios fue siempre una excepción y salvo en las conquistas de las grandes civilizaciones de México y Perú más bien cosa de escaramuzas. La conquista de México solo fue aprobada por la Corona a posteriori, actuando Hernán Cortés en un principio por su cuenta. La de Perú derivó en una guerra entre facciones españolas por el poder. Tenemos la maravillosa crónica del primer escritor mestizo de la era moderna, la del Inca Garcilaso de la Vega, para hacernos una idea de tales luchas, y para hacernos una idea de cómo había sido la experiencia desde el punto de vista de los indios, nada menos que la de una casa real que había visto el fin de su larga dinastía. También, gracias al Inca, nos podemos hacer una idea de cómo se había forjado en este caso la civilización india desde dentro, y de cómo las visiones utópicas europeas de la vida salvaje feliz distan mucho de parecerse siquiera a la realidad, sin menoscabo de todas las maravillosas curiosidades que el Inca nos cuenta al modo casi de un primer antropólogo moderno. No deja tampoco de resultar llamativo que el Inca se muestre a cada paso de su relato como un fervoroso católico de Trento, hasta el punto de alertar, no conociendo el alcance de sus palabras, contra aquellos que se dedican a estudiar "la filosofía de la naturaleza y del entendimiento humano". ¡Ahá, había algunos en España que estaban haciendo por entonces, finales del XVI, ciencia y filosofía modernas! Digo lo del alcance de sus palabras porque el Inca muestra, en justa fe cristiana, la suficiente inteligencia como para poder comprender que de haberse desarrollado, con la debida cautela, tales estudios en España otra hubiese sido la misma prosperidad de la América española. Y afirmo que al final de sus días el Inca Garcilaso de la Vega pudo haber comprobado hasta qué punto el buenismo de la era de Felipe II había afectado no solo a la razón de Estado sino a los sentimientos del pueblo cuando no pudo publicar su traducción de los "Diálogos de amor" de León Hebreo en España sino en Italia, lejos de las "bondades" del Imperio fracasado.

La conquista de América se produjo, pues, por el uso y el trato a partir de estos hechos más que por una política de aniquilación o esclavización masiva que cuando se produjo fue muy contextualizada. En todos sus recuentos de víctimas indias, Las Casas añade un cero de más, convirtiendo así el número 400.000 en el número 4 millones. Debía de ser su manera de contar. Como también tenía su manera de pensar. Por ejemplo sobre la religión, a la que debía voto. Este es el punto clave de todo el asunto de Indias. La baja idea, por decirlo al modo de Nietzsche, que Las Casas tenía de su propia profesión. La profesora Matsumori, ya equivocada por deslumbramiento, pasa por alto el dato. La paradoja de todo el proceso buenista de Las Casas es que lo único que quedó en pie en las Indias y en España fue la Iglesia católica de Trento, con su Inquisición, su bloqueo de fronteras, su condena del comercio, su impasse tardomedieval no resuelto hasta bien entrado el siglo XIX en el Concilio Vaticano I, su militarismo sin sentido. Afirmo que esto es paradójico y que pone en duda la autenticidad de la fe cristiana de Las Casas porque aquel Dios que a la postre era la única justificación de la conquista de América en aras de su evangelización -cosa que Las Casas seguía haciendo en Chiapas aunque según él la mera presencia de los españoles allí fuera una iniquidad, supongo que exceptuándose a sí mismo- no es otro que el Dios de los ejércitos del Antiguo Testamento, encarnado para todo el mundo en Jesús de Nazaret, pero no menos Dios por eso. Si a esto le añadimos el evidente dato del poso grecorromano de la Cristiandad y su desperezamiento moderno en aras de la democracia y el libre comercio, el Dios al que apela Las Casas, el sentido religioso de Las Casas resulta cuanto menos equivocado, hasta el punto de considerar que los indios no son solo superiores a los cristianos porque viven más despreocupadamente que los europeos sino sobre todo por su religión, y en concreto por los holocaustos humanos, que para Las Casas lejos de resultar una crueldad más propia de gente confundida constituyen una alta prueba de sentido religioso. ¡Cuánto más religiosos y buenos son si hasta sacrifican a humanos, siempre esclavos, por millares cada año por ello! He aquí el disparate del pensamiento lascasiano, el insostenible conato de raciocinio buenista, y, lo que es más grave para el caso, la inautenticidad de la fe cristiana de Las Casas, y de sus sentimientos de amor y de justicia, resaltando paradójicamente, por añadidura, el ominoso poder institucional y meramente institucional de la otrora buena confesión católica.

Sin duda, en la conquista de América se cometieron crueldades. El sistema social allí implantado padecía de toda la falta de equidad que asimismo se empezó a padecer en España. Qué se puede decir del caso de Núñez Cabeza de Vaca, sin lugar a dudas una de las pocas verdaderas "personas buenas", un español verdaderamente bueno, un conquistador sensato y leal con Dios, con el Rey y con los indios, que en general lo adoraron, tanto los del sur de los actuales Estados Unidos como los guaraníes del Paraguay. Un auténtico caballero político. Pues bien, este conquistador de diligencia sin igual fue traicionado por aquellos que en paradójica complicidad con el buenismo lascasiano vivían en el Nuevo Mundo como nuevos señores de la tierra. No conquistar más, manipular a los indios a conveniencia, vivir sin progreso no vaya a ser que tengamos que molestarnos y obedecer a alguno más realmente inteligente. En fin, la historia de siempre. Y el resultado de siempre a partir de entonces: el Rey decreta cárcel tanto para los traidores -que habían invocado al Rey y a la libertad en su traición- como para su leal gobernador. El trabajo realizado, por su parte, echado a perder, no reconocido y menos valorado. Fin del Imperio en lo que de bueno, al modo de la regla romana, podía tener. Fin del vigoroso Renacimiento hispánico. La decadencia de España. Si en esta historia no está claro quién es el bueno y quién es el malo, se comprende la posterior confusión de siglos, que aun dura. El reinado del buenismo, vacuo e inicuo.

Pero ahí continuó Las Casas pidiéndole al Rey que no enviase más conquistadores: supongo que con los que había a fin de cuentas ya podría entenderse. Parece como si Las Casas comprendiera en su corta inteligencia mejor a estos incompetentes y abusivos soldados que a tipos como Núnez Cabeza de Vaca. No hubo más como éste. Mientras los que ya estaban se dedicaran a no hacer nada, según Las Casas, se produciría menos daño que si se enviaban más conquistadores. Él podía seguir denunciando teóricamente la conquista y haciendo carrera prácticamente en la Corte, sentando el pensamiento del papel de España en las Indias, de lo que era una "persona buena" y en fin de lo que sería español o no en adelante, como de hecho así fue. El precio, paradójicamente, es de todos conocido. No desde luego muy económico ni para España ni menos para las Indias.

Lo curioso es que todo lo que decía ver Las Casas en los indios juró no verlo en los negros de África, de antiguo sometidos de tanto en tanto a servidumbre, por el viejo Egipto, por el mundo musulmán, etc. Así que a partir del buenismo lascasiano, los barcos que cruzaban el Atlántico de África a América empezaron a rebosar de esclavos negros, que abundan hoy en día precisamente en la órbita de influencia externa que Las Casas mantuvo en las Indias hasta su muerte: no tanto Chiapas como el mar al que Chiapas da, esto es, el Caribe. En efecto, el pequeño emperador vestido de sacerdote mantuvo intacto su dominio mexicano mientras podía observar como el Caribe se llenaba de esclavos negros. Una pequeña Europa medieval llamada Chiapas frente, y solo enfrente, al bello mundo salvaje, que aun hoy permanece ahí, con sus esclavos, sus tiranos, y otro disparatado etcétera.

Su "Brevísima relación de la destrucción de las Indias" se tradujo rápidamente al francés y fue motivo de la bien ganada "leyenda negra" de la era de Felipe II y sucesores. Estaría de acuerdo con la leyenda, pues, si no fuera porque el responsable último del colapso ruin de la política española no fue otro que el buenismo del sobrevaloradísimo Las Casas. No porque las Indias no fueran en efecto destruidas -mejor dicho, los pueblos indios. Sin duda, ni Inglaterra, ni Francia ni posteriormente Estados Unidos se toparon con algo parecido a las civilizaciones monumentales de Mexico y Perú, y sus guerras con los indios han sido menos reseñadas. Otra cosa más cierta es que a día de hoy se vea más gente de rasgos indios en la América hispana que en Norteamérica cuando por las crónicas de conquistadores como Hernando de Soto sabemos que había en Norteamérica pueblos indios a cada paso. No porque esto no sea cierto estoy matizando la leyenda negra, sino porque esencialmente, pues, el derecho de guerra que toda filosofía que se precie debe sostener, no difiere en demasía de un caso a otro, o si difiere es quizá -¡en el principio, en el principio denunciado por Las Casas!- en favor de la conquista española y no de la anglo-francesa y posterior dominancia estadounidense. Matizo la leyenda negra no por esto tampoco, no porque de hecho en el segundo caso los indios poco menos que desaparcieran. Nadie tan tonto pensaría esto si es que piensa, y si es que piensa que pensar es otra cosa es que ni piensa ni sabe lo que tan ufano se cree que sabe. Pero, en fin, contra los estúpidos, pues, en efecto, queda lo que tiene que quedar: sí, el derecho de guerra. Matizo la leyenda negra porque no fue este sin embargo el título primero del descubrimiento y conquista de América. Dios nos ha concedido la gracia de un país como Estados Unidos de América, que asume sus episodios vergonzosos como cualquier hombre de bien asume los suyos, si es que los asume como hombre corriente de bien y no como un ser perfecto llamado Hombre que no es. El resto es delirio. Matizo la leyenda calificada con el color negro porque en realidad nada ha hecho más daño a nuestro país y a nuestra cultura como el buenismo de Las Casas y sus secuaces, determinando hasta el día de hoy lo español como herencia de una mezquindad secular que no encuentra parangón en las cosas que verdaderamente ultrajan la dignidad y la inteligencia humanas, cuando lo contrario se podría encontrar en España también a cada paso.

Así pues, rogaremos a Dios, ciertamente, como en el poema de Rubén Darío, "A Colón", por el Nuevo Mundo que descubrimos. Pero con Vitoria, y tanto más con Sepúlveda, y contra Las Casas, consideraremos tal descubrimiento como feliz. Feliz como el mar azul por el que el Feliz, no desgraciado, escucha bien Darío, Feliz Almirante, Cristóforo Colombo, sigue navegando. Feliz porque hacia allí quería ir.

"Civilización y barbarie. El asunto de Indias y el pensamiento político moderno (1492-1560), Natsuko Matsumori, Biblioteca Nueva, 2005
"Naufragios y comentarios", Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Espasa-Calpe

"Expedición de Hernando de Soto a Florida", Fidalgo de Elvás, Espasa-Calpe

"Comentarios reales", Inca Garcilaso de la Vega, Espasa-Calpe

 

25/02/2011 15:24 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.


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