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Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

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procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2011.

Cuanto peor, mejor

He leido "Hasta la cumbre. Testamento espiritual", Ed. San Pablo, Madrid, 2009, del sacerdote Pablo Domínguez, fallecido en el Moncayo en febrero de 2009 mientras hacía excursionismo. Se trata de los ejercicios espirituales realizados por el sacerdote en un convento de monjas de Navarra la semana anterior a su fallecimiento.

Es la primera vez que leo unos ejercicios espirituales y la primera vez que leo a un sacerdote. Pablo Domínguez era sin duda un hombre brillante, de bondadoso pero firme corazón, y de una gran imaginación. Sin duda por eso sus inquietudes le llevaron más allá de la fe y de su justificación teológica, y como profesor de filosofía ejercía en la Universidad de San Dámaso en Madrid. La cuestión de la imaginación, como a mí, le llevó a interesarse por la lógica trivalente de Lukasievitz, sobre la que hizo en el contexto general de la Escuela Polaca de Lógica su tesis doctoral en filosofía. Pues la lógica trivalente de Lukasievitz es la única que da cuenta del papel de la imaginación en el proceso de pensamiento y de conocimiento, tal como he estudiado en mi tesis "Idea trágica de la democracia", haciendo lugar, por lo demás, a la fe en la raíz misma del pensamiento, al no estar sometido este todavía al sí o al no puramente lógicos que se derivan en el subsiguiente proceso de conocimiento. El pensamiento racional no se da sin imaginación, y en términos lógicos el valor que le corresponde no es sino un valor indeterminado, un tercio latente enunciable como "quizá" que a su vez restringe lo estrictamente lógico a la fórmula del bicondicional ("si y solo si") por lo demás recíproca. De ahí la insistencia del sacerdote Pablo Domínguez en la razonabilidad de la fe, para la que hay además argumentos de historia filosófica y religiosa de peso, y, en fin, su admirable cristianismo práctico, que destilan sin irnos más lejos estos estupendos ejercicios espirituales. Solo una lógica es comparable a y aun un poco mejor que la de Lukasievitz, y es la lógica de la abducción de Peirce, tan similar a la trivalente, pero no su álgebra.

Aquí no hay álgebra que valga, esto es, aquí no hay ninguna necesidad de justificar la existencia de Dios; solo y por razones más bien burocráticas, la profesión eclesiástica de la fe -es a lo que estaba dedicando sus estudios el sacerdote Pablo Domínguez cuando falleció antes de poder presentar su tesis doctoral de teología en Roma sobre la consabida analogía teológica.

Las enseñanzas de Pablo Domínguez no se apartan de las habituales enseñanzas del cristianismo que todo ser humano cabal, creyente o no, debería conocer y reconocer. En España justamente lo que ha faltado es reconocer a estas "personas buenas", y se ha sustituido este reconocimiento de algunos españoles buenos por la ideología del buenismo y los seculares "buen español" y demás variantes locales más o menos llamativas. Que no quede ninguna duda, Domínguez era un poco empalagoso, al modo orteguiano madrileño, pero nunca un buenista a lo Las Casas. Católico ferviente y español de bien, como dice el tópico, pero ante todo un hombre racional lleno de humorismo.

Por tanto, Domínguez no demostraba a Dios, sino que lo enseñaba. El Dios judeocristiano, el Señor que Jesucristo dijo ser y que puso al alcance de cualquiera. El cristianismo de Pablo Domínguez es, como he dicho, un cristianismo sumamente práctico. Casi al contrario que Agustín y Tertuliano, Domínguez cree precisamente porque no es absurdo. Esto es moderno. Y es que después de Spinoza, nadie puede considerar que el cristianismo sea solo una religión adoptada por la Roma moribunda que debe desarrollarse a la manera romana imperial. Hay una razón para creer, la misma razón que precisamente no obliga a creer y que puede distinguirse de la fe. Eso es distinto a considerar absurda la fe y no digamos a mofarse de la creencia. Tanto es así que con buen sentido práctico, con el debido cuidado de confundirse por analogía, a las ideas podemos llamarlas también creencias. Creencias verdaderas, por cierto, no meros auxilios lingüísticos de la propia "personalidad".

La enseñanza cristiana más claramente relacionada con el absurdo es la consabida lección del "cuanto peor, mejor". En este libro de ejercicios espirituales, el sacerdote Pablo Domínguez hace referencia a ello del modo siguiente: "A eso estamos llamados todos los cristianos. Aquí y ahora. De eso se trata. Así de sencillo. Y esto es un milagro, un enorme milagro. Y a esto es a lo que nos convoca el Señor. A esto es a lo que nos llama. Y esto es lo que, en definitiva, nos pide: que seamos realmente un milagro del Amor de Dios en medio de los mil avatares de la vida -que las circunstancias personales, globales, las que sean, serán malas, difíciles; aunque siempre hay una esperanza: lo peor está por venir-. Hay que tener esta esperanza: `Señor, sé que todavía todo puede empeorar´. Y quizá empeore; y esto es magnífico, porque cuanto peor estén las cosas, más se notará la fuerza del amor de Dios. Por tanto, que nadie desespere. Hay que buscar todavía situaciones más caóticas. Pero en mitad de la catástrofe, en mitad del caos, ahí está la Gracia de Dios, que todo lo transforma. Pero, ¡es verdad! ¡Hay que demostrarlo, hay que manifestarlo!".

Pudiera parecer absurdo e incluso egoísta, y por tanto pecado, querer que pase lo peor para estar mejor. Bueno, así lo creen algunos que están mejor cuanto peor le va al común de la gente. Igualmente, en sus utopías seculares, confunden lo que es utópico en el pensamiento con lo que sería una utopía establecida en la historia, cosa a todas luces irracional y más bien criminal como la historia precisamente demuestra. Esta no es la lección cristiana. La enseñanza de Jesús es una parábola y es simplemente religiosa. Recuerda racionalmente que morirás, y anticipa esa hora, para saber quién eres y comportarte rectamente. No significa que te tengas que morir: precisamente anticipa esa hora en vida, por medio de la imaginación y el recuerdo. Así conocerás tu hora de la verdad y entonces, libremente, podrás elegir hacer el bien de verdad, empezando por la verdad de tu cuerpo y de tu alma. Espiritualmente, por tanto, anticipa lo peor, para conocer y hacer posible en esta vida lo mejor: eso es lo que enseña este lema. La enseñanza, aunque parabólicamente presentada, no puede tomarse como racionalmente absurda, o irracional, sino todo lo contrario; es, de hecho, una enseñanza que en su fondo comparte plenamente el sentido de la enseñanza filosófica que algunos han presentado como contraria a la fe religiosa: la mortalidad del alma. Puesto que aquello que se puede afirmar filosóficamente, esto es, que el alma muere con el cuerpo, comparte el sentido pleno del deseo de vivir una vida verdadera que es el designio del deseo de anticipación cristiano de lo peor. Incluso a la lógica la llamó el filósofo francés Clément Rosset como siendo siempre una lógica de lo peor. Por mucho que la fe cristiana posponga tantas veces la vida verdadera a la vida más allá de la muerte o acaso después de la muerte -lo cual es una verdad incluso antropológica para este caso-, lo importante del "cuanto peor, mejor" es precisamente la anticipación, por medio de la cual no es la muerte que nos ha de llevar a la vida verdadera lo que adviene, sino precisamente destellos mentales, momentos reales, experiencias vividas, y en fin una cierta costumbre de este mundo que en este mundo de los vivos es todo lo que podemos lograr -y es poco, y es mucho, y es todo- como arrendatarios de los lugares celestiales que solo estrictamente a Dios pertenecen.

Por eso, Jesús no dijo "Viva la muerte" ni en broma, aunque fatalmente la deseó para mostrar en público el sí, el no y el quizá verdaderos, por así decir. Tampoco dijo "Viva la vida". Jesús dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Juan, 14, 6). 

07/01/2011 14:10 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

América

Voy a sostener una tesis que es una respuesta a la famosa pregunta "¿Qué se debe a España?". Pero primero analicemos la pregunta y su contexto histórico.

La pregunta la planteó Nicolas Masson de Morvilliers en un artículo publicado en la "Encyclopédie Méthodique" en 1782. Reproduzco el texto de "Historia intelectual de España" (Quesada): "...un libro impreso en España debe pasar regularmente seis controles antes de poder ser publicado. Un miserable franciscano, un bárbaro dominico, son los encargados de permitir a un hombre de letras tener talento. Si se decide a imprimir su obra en el extranjero, necesita una autorización muy difícil de obtener, y que no le libra de una posible persecución tras la publicación del libro. En nuestros días, Dinamarca, Suecia, Rusia, incluso Polonia, Alemania, Italia, Inglaterra y Francia, todos estos pueblos, enemigos, amigos, rivales, todos están entusiasmados en una generosa emulación por el progreso de las ciencias y de las artes. Cada uno reflexiona sobre las conquistas que debe compartir con las demás naciones; cada uno de ellos, hasta ahora, ha hecho algún descubrimiento útil en provecho de la humanidad. Pero, ¿qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa? Hoy semeja a una débil y desgraciada colonia que tiene necesidad del brazo protector de la metrópoli: debemos ayudarla con nuestras técnicas y nuestros hallazgos; sin embargo, también semeja a un enfermo desesperado que, inconsciente de su mal, rechaza el brazo que le da la vida".

Esta pregunta se planteó en un momento en el que el Reino de España, a partir de Carlos III, con los consabidos antecedentes de Felipe V y Patiño y de Fernando VI y Ensenada, emprendía abiertamente su proceso modernizador. Pero el contexto seguía siendo el del honor barroco mal entendido, el del retraso secular de la ciencia y de la economía, en fin, el de la Inquisición que tan bien describiera Voltaire en su "Ensayo acerca de las costumbres" (cito del mismo libro anterior): "No se confronta a los acusados con sus delatores, ni hay delator que no sea escuchado. Un criminal castigado por la justicia, un niño, una cortesana, son acusadores graves; un hijo puede acusar a su padre, una mujer a su marido, finalmente, el acusado se ve en la necesidad de convertirse en propio delator, adivinando y confesando el crimen de que le acusan y que a veces ignora. Este procedimiento inaudito hizo temblar a España. La desconfianza se apoderó de los espíritus. Ya no hubo amigos, ni sociedad: el hermano temía al hermano, el padre al hijo. De ahí viene que el silencio se haya convertido en rasgo característico de una nación que nació con la viveza propia de un clima cálido y fértil". Voltaire elogiaría después a Aranda por haberle recortado las garras a la Inquisición, pero luego Aranda fue sustituido por el mucho más tibio Floridablanca, por no mencionar al que le siguió, Godoy, antes del estallido de la Revolución española. Voltaire acierta de pleno cuando afirma que la Inquisición sembró la desconfianza entre las gentes y acabó con los amigos y la sociedad. Más discutible es que el silencio fuera su consecuencia, pero se entiende que se refiere a lo que hoy llamamos omertá, etc.

A Masson de Morvilliers le contestaron indignados entre otros nada menos que Cavanilles, el botánico, el abate Denina y sobre todo por su impacto Forner en "Oración apologética por la España y su mérito literario". Otros, como los autores de la revista "El Censor", aplaudieron a Masson y atacaron a Forner en "Apología por el África y su mérito literario". Así transcurrió la polémica.

La España contemporánea no se puede entender sin estos tres factores: su peculiar Edad Media, su Imperio católico fracasado en el XVI y su supeditación a Francia en el siglo XVIII. No deja de ser curioso que la Revolución española de 1808 se produjera contra una invasión francesa y a su vez que el asunto del reino no quedará más o menos asumido democráticamente hasta Franco en el XX. Es normal que durante el siglo XVIII los autores franceses miraran recurrentemente a España, por vinculación monárquica, por la larga vecindad y por ver los progresos que desde finales del XVII prometía un reino del que la Francia de Luis XIV había tomado algunas cosas importantes. Yo no encuentro ni maliciosa ni despectiva la pregunta de Masson, que, salvo algunas exageraciones, pone el dedo en la llaga, con cierta crueldad que no denota a mi modo de ver sino amor a España. De otro modo no creo que este autor se hubiese tomado la molestia de incluir, aunque fuera negativamente, a España dentro de la Europa ilustrada, o hubiera mostrado las ganas de incluirla. Más explícitamente calurosa con España y los españoles es la nota de Voltaire, y en realidad mucho más concreta y acusadora. Pero volvamos a Masson.

La exageración de Masson es evidente cuando primero cifra la ausencia de aportes relevantes de España a Europa en dos siglos, y luego suma seguidamente cuatro más. Seiscentos años menos que 1780 hacen 1180: me parece un poco abusivo cifrar el inicio del retraso secular español respecto a la pujanza europea en el siglo XII. A Masson se le pasa por alto algo tan importante para la cultura occidental como es la Escuela de Toledo, y que es algo de España sin que esta estuviera constituida ni siquiera en las dos coronas que se unirían en el reino de finales del XV. Las traducciones de Toledo así como en menor medida el naturalismo de Lulio son piezas fundamentales del camino que llevará al Renacimiento. Por tanto, Masson podía afirmar que desde finales del XVI, desde Felipe II en concreto, España por sí misma no había aportado nada relevante al progreso de Europa. Pero en ningún caso puede irse más atrás. El Renacimiento español, por la peculiaridad que en seguida explicaré, no solo existió sino que es de una envergadura pionera en Europa, aunque no fuera original ni tuviera su continuidad moderna a partir de 1600 -he ahí el fracaso del Imperio de Felipe II. Las figuras de Vives, Mariana e incluso después Suárez ejemplifican este colapso, cifrado en el cierre del Colegio Imperial (academia de matemáticas) de Herrera y en la irrelevancia adquirida por la Universidad de Salamanca a partir del XVII, escuela que en el siglo de las luces dará nombre meramente a una tertulia literaria. Sin duda Forner pudo glorificar el esplendor literario, pictórico y aun ensayístico de la España de Felipe III y Felipe IV en su respuesta a Masson, pero la puntilla ya estaba dada y tampoco este "mérito literario" tuvo continuidad relevante salvo las consabidas excepciones desde el siglo XVIII en adelante. Solo la Universidad de Valencia, pero sin el arraigo suficiente del vivesismo, permite establecer una cierta aunque muy reducida continuidad entre el final del XVI y el inicio del XVIII. De ahí, sin duda, la respuesta indignada pero razonada del botánico Cavanilles a Masson. Lo que sigue son los problemas del XVIII español a los que de hecho alude el autor del "¿Qué se debe a España?".

Retomo el Renacimiento español, que fue a la vez importado y pionero, y que a mi modo de ver pasa por alto indebidamente Masson. El Renacimiento español es pionero en un asunto que me permite responder sin más a su célebre pregunta: el descubrimiento de América. América es lo que Europa le debe a España. El "asunto de Indias", la teoría del derecho natural de Vitoria, la controversia entre Las Casas y Ginés de Sepúlveda sobre el derecho de guerra, las expediciones científicas que desembocarán nada menos que en el "Viaje del Beagle" por Suramérica de Darwin (nótese, empero, que hago un salto en el siglo XVII), todo esto se le debe a España, de modo tan indirecto si se quiere como la filosofía de Kant le debe su ontología primaria a la de Suárez (luego confrontada con la filosofía moderna de Hume por el filósofo prusiano), pero mucho más cierto, aun si América no fue el nombre que España le dio al Nuevo Mundo por ella descubierto para Europa. Europa le debe a España, pues, una cosa, señor Masson: América y lo que significa América aparte de lo que ya he dicho.

América significa la confirmación de la circunnavegación de la esfera terrestre, América significa por tanto el capitalismo moderno, y América significa, así pues, la democracia moderna, primero la de Inglaterra (sería por nuestra parte también abusar, sostener que el experimento pionero holandés del 1600 le debe su parte indirectamente a la conversión forzosa de los judíos de España y Portugal emigrados a Amsterdam) y sobre todo después la de los Estados Unidos de América, cuyas regiones o bien poseen topónimos indios, o bien ingleses, o bien hispanos con la excepción de algún caso francés y la Nueva Amsterdam holandesa anterior a Nueva York.

A propósito del asunto de Indias y de las expediciones científicas ya mencionadas, el antropólogo francés del siglo XX Levi-Strauss fue más clarividente que Masson, claro que doscientos años después y en el momento en que Estados Unidos de América cumplía su destino. Creo que es en ese libro de antropología un poco literaria -también debida al descubrimiento de América- titulado "Tristes tópicos" donde Levi-Strauss dice que los franceses siempre envidiaron a España una cosa, que es América. Yo no diré tanto. Porque no es una cuestión de envidia lo que yace en el fondo de la pertinente pregunta de Masson sobre el progreso de España. Pero sin duda el hecho al que apuntó Levi-Strauss en su libro sobre unos indios de Brasil no puede pasarse por alto: directamente o indirectamente, en lo bueno y en lo malo, una cosa se debe siempre a España más allá de su colapso imperial y de su retraso secular, y es América. Lo cual no significa que España, y Masson en esto tenía toda la razón, pueda vivir de rentas.

12/01/2011 17:52 procopio Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


Conservadurismo

"A political philosophy. Arguments for conservatism" es un libro del filósofo británico Roger Scruton, editado por Continuum (Londres-Nueva York) en 2006. Es un libro que explica en qué consiste a grandes rasgos el conservadurismo político más allá de los lores y la derecha monárquica de toda la vida.

En su alocución a la BBC el General Franco señaló en inglés -"country, family, religion"- las tres rasgos fundamentales de su movimiento. Las características que apunta Scruton como definitorias de la vía política conservadora para nuestro tiempo no son muy diferentes. El reclamo publicitario del ensayo afirma que se trata de un libro para aquellos que buscan razones en la valoración de una herencia desdeñada por la ilustración supuestamente liberal de nuestros días. Y las razones son lo más importante de este libro. Razones para conservar el sentido del estado-nación y la prudencia económica, razones conservacionistas a propósito de la naturaleza y de nuestra relación con los animales, razones para resignificar y remoralizar pasos tan importantes de la vida humana como el matrimonio, la muerte y el rechazo del mal, razones, en fin, contra la tentación totalitaria del resentimiento y el construccionismo burocrático de la Unión europea. El libro acaba con un soberbio ensayo sobre el modernismo conservador de T. S. Eliot y su fe anglicana.

Scruton es especialista en estética y se estrenó con un libro sobre sexualidad. Ahora enseña psicología. Muchas referencias del libro son puramente artísticas, de la gran cultura, pero en realidad esto de poco serviría si no fuera por los razonamientos de fondo que, como he dicho, son lo más valioso del ensayo, especialmente el razonamiento de algún modo chestertoniano de que los muertos son, y aun los no nacidos, y de que mantenemos con ellos una especial relación de deber. Son argumentos psicológicos los que trazan esta senda política conservadora para el siglo XXI, que Scruton se toma la molestia de razonar y mostrar como consistentes en la vida real, pues no se trata de eliminar ninguna pasión ineliminable sino precisamente de conservar más bien aquello que encauza esas pasiones hacia el bien de la vida humana y su libertad.

El libro está pensado para la política británica, pues obviamente la vindicación de la fe anglicana no sirve para la política española ni siquiera -ni mucho menos- haciendo la analogía con el catolicismo, como ha sido error tan común en ciertas posiciones conservadoras hispanas. Ya Balmes en la primera mitad del siglo XIX escogió como tema de uno de sus libros la comparación entre una y otra confesión, cristianas en todo caso. No es incompatible la crítica de cierto devenir histórico de la Iglesia católica con una fe que ha aprendido del éxito moderno del anglicanismo y del protestantismo en general. Tenemos por ejemplo el caso de Blanco White.

El punto en el que discrepo es el relativo a la preferencia mostrada por el autor en favor de Hegel y en contra de Nietzsche. Es sabido que Hegel se movió más bien en los círculos liberal-demócratas alemanes del momento y no en los conservadores, y es sostenible que el progresismo intelectual nietzscheano no es incompatible entenderlo como un conservadurismo político, tal y como han hecho algunos por ejemplo en Francia y yo mismo desde mi primer ensayo. También en otras ocasiones Scruton se desliza por la polémica en lugar de por el argumento, pero son pocas y normalmente bien escogidas, por ejemplo en su reflexión sobre el atentado del 11-S. Su mención de De Maistre lo hace dudosamente compatible con el modernismo que defiende al final del libro; al menos en España este reaccionarismo religioso se alió con el posmodernismo falangista durante la dictadura de Franco si bien entendemos que meramente para el caso. Claro que en España este es un problema que se remonta a las Cortes de Cádiz. Scruton puede acabar con los brillantes y perfectos versos de Eliot, pero en España de momento el modernismo literario solo nos dice que nuestra historia siempre acaba mal (Gil de Biedma) porque empezó mal (Darío), y es más bien de cuño progresivo tanto en la generación del 27 como en la novísima de los 70. A no ser que en efecto podamos rescatar algo del "Azul" de Darío y contradecir la resignación triste de Gil de Biedma con la moderación apasionada de los autores que como Azorín, Pla o Pemán se quedaron junto a Franco, que al principio tuvo a su D´Ors. De momento los versos patrióticos por excelencia siguen siendo los del Quintana de la "España libre" y de "El día feliz de España". Pero dejo esto para los especialistas en literatura. En política, de igual modo que Scruton empieza bajo la advocación de Burke, nosotros lo podríamos hacer en definitiva bajo la de Jovellanos.

15/01/2011 23:45 procopio Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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