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Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

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procopio: café filosófico

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Palabra de Lincoln

He estado leyendo estas tardes algunos de los discursos políticos que el diario "El Mundo" puso a la venta el pasado año. No pude conseguir los de Cánovas, Azaña, Clemenceau o Kennedy, como me hubiese gustado. Pero la cosecha fue provechosa. Empecé por Lincoln, que desde siempre ha sido mi referente político último y principal. Continué con Pericles y su afamada "Oración fúnebre", de la que el "Discurso de Gettysburg" no deja de ser una lejana pero más lograda continuación, aunque Lincoln fuera republicano y Pericles demócrata en sus respectivas democracias. He leido los discursos de Gil-Robles durante la República española, que pueden servir para entender algunas cosas y conocer el papel del centro-derecha, o mejor dicho en este caso, de la Derecha clásica española, en aquel paréntesis mayormente extravagante dentro del gran paréntesis dictatorial que va desde 1923 hasta 1976. También he leido el enorme discurso de F. D. Roosevelt en la famosa inauguración del "new deal", repleto de llamadas al esfuerzo, a la disciplina, y aun al sacrificio, esas cosas que la Izquierda clásica española no entiende o desprecia. Después, Churchill, y De Gaulle. Finalmente Suárez, al que tengo, mejorando la estela de Argüelles, por el mejor político español desde el principio de nuestra democracia en 1812.

Reagan merece un aparte pues, junto a F. D. Roosevelt, forma la pareja de presidentes más importante de los EEUU del siglo XX: mientras éste gobernó durante 12 años en circunstancias excepcionales y en su primera reelección solo perdió en los Estados de Maine y Vermont (Estado natal de John Dewey que ha sido gobernado en los últimos tiempos por Howard Dean, el mayor bastión demócrata en la reciente elección de Obama con resultados inversamente proporcionales a Oklahoma, aquel Estado de las uvas de la ira de los años 30, hoy bastión republicano), Reagan ganó en su reelección en todos los Estados salvo en Minnesotta, Estado natal de su adversario demócrata en aquella campaña y que luego ha llegado a estar gobernado por el Partido Reformista de Ross Perot de la mano de Jesse Ventura. Es cierto, por otra parte, que Kennedy no pudo presentarse a ninguna reelección, pero dada su apretadísima primera elección contra Nixon, no deja de ser dudoso que pudiera haber arrasado en su supuesta reelección de 1964 como lo hicieron F. D. Roosevelt en 1936 y más aún Ronald Reagan en 1984. Sin embargo, aunque no los he mencionado, los éxitos y los fracasos del siglo XX americano no se pueden entender sin sus dos presidentes más relevantes de los inicios de la centuria, Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson, y sin, por así decirlo, el engarce de su centuria, que es Dwigth Eisenhower.

Quería dedicar todo el comentario a glosar las figuras de estos grandes políticos a través de sus frases más acertadas según el sentido y contexto de sus discursos. Pero aun estoy con Mandela y me queda Clinton, de modo que de momento solo me referiré a Abraham Lincoln.

Dicen que Lincoln era conocido como "el gorila". La prensa demócrata, que cerró parcialmente durante la Guerra Civil, en concreto la de Chicago, lo tachaba de patán e imbécil. Era autodidacta, de una familia de segunda fila, rural, desplazada a Illinois procedente de Virginia, Kentucky e Indiana. Sin embargo, contrajo matrimonio con una señora de buena familia en Illinois, y allí hizo carrera, como abogado y parlamentario. Se cuenta una anécdota de cuando su mujer, enamorada, quiso casarse con él. En la calle, encontrándose de frente mientras caminaba con alguien que le preguntó por el suceso, Lincoln contestó: "Estoy muy sorprendido".

La prosa de Lincoln, si es que él, como dicen, escribía sus discursos, es anti-retórica. Es sobre todo una prosa que dice lo que piensa profundamente y sobre todo piensa lo que dice: es una prosa pensante, que se detiene en meandros y en minucias, de la enormidad que luego Chesterton nos hizo entender. No es una prosa bella por estética, es una prosa compleja pero inteligente e inteligible, con poco que se haga el esfuerzo de entender la raíz de lo que plantea. Así pasa con sus discursos previos a su elección como Presidente. Es una prosa que procede por principios y por preguntas, esto es: los principios de los EEUU, sus valores superiores, que no son, como pretendía el entonces "The New York World", los recogidos en los artículos de la Confederación previos a la Constitución de 1787, sino su Declaración de Independencia. Y las preguntas: sentado el propósito original de la nación americana, ¿son la política de los Estados y del Gobierno Federal y las decisiones del Tribunal Supremo acordes con este propósito? No es solo una pregunta retórica. Lincoln pone ejemplos concretos -el último, el caso Nebraska-, e imagina lo que se puede esperar de estos ejemplos. Lincoln debate, aunque con la firmeza de su elemental convicción. Contrapone estos ejemplos con el propósito de la Declaración de Independencia. Tiende la mano con sinceridad calculada. En esto sigue al pie de la letra el mandato de Vauvenargues: la honestidad radica en la claridad. Sabe que la guerra es una opción, e incluso la busca, por reducción al absurdo. Quiero decir que su propósito no es pacificador ni conciliador en primer término, y aun así, en la inauguración de su discurso, vuelve a tender la mano, cuando ya el fuego había sido encendido. La guerra estalla. Lincoln no la rehuye, está preparado, tanto para la guera, como para el después de la guerra. Lo principal del caso son las medidas, bajo capa de un soberanismo confederal que rechaza en nombre de la Constitución, en la práctica esclavistas, contrarias por lo demás al propósito inicial de la Declaración. El Reino Unido había abolido la esclavitud en 1808. Lo último, no obstante, es la unidad nacional, el país, por encima incluso del anti-esclavismo. Pero resulta que según el propósito original de la democracia americana lo uno no se da sin lo otro.

Sin su victoria en la contienda civil, muy posiblemente los Estados Unidos de América tal como los conocemos hoy, y el mundo que conocemos hoy, no existirían. Por eso Lincoln, aunque solo gobernó durante cuatro años y en guerra -fue reelegido, en los estertores de la guerra, que como se ve no puso fin a la libertad de elegir, pero en seguida asesinado-, es el presidente más importante de la historia americana, con el permiso de George Washington y de los Padres Fundadores. Pues él es el refundador de la nación, bajo el amparo de Dios, concebida en Libertad.

¿Cuáles hubiesen sido las consecuencias de su derrota? La esclavitud no solo se permitía en los Estados sureños sino que se estaba expandiendo por otros nuevos Estados. Una Confederación así solo tenía dos salidas: o convertirse de nuevo en colonia -en colonias- más o menos autónomas del Imperio Británico, como Canadá y Australia, o en convertirse en países más avanzados pero tan frágiles como los actuales países del Cono Sur del continente americano, sin descartar la opción de algún tipo de dictadura. En el primer caso, puede imaginarse que la democratización imperante en el Reino Unido hubiese acabado por introducirse en la Confederación, pero ni era el caso entonces, sino todo lo contrario, ni esto hubiese sido suficiente para hacer frente a lo que se estaba cociendo en el centro del continente europeo de la mano del nacionalismo expansionista alemán. Del segundo caso, entonces, para qué hablar. La Armada Invencible de Felipe II no pudo invadir Inglattera, y Napoleón ni siquiera se atrevió, pero, ¿quién hubiese parado de cualquier modo a Hitler sin la ayuda de los EEUU? Digo Hitler porque precisamente la doctrina Wilson, el primer presidente demócrata sureño elegido casi cincuenta años después de la muerte de Lincoln, fracasó estrepitosamente en Europa con su política de apaciguamiento, de "ni vencedores ni vencidos", y de buena voluntad con el nacionalismo germánico a través de una Sociedad de Naciones ilusa y, para dentro de las democracias ya existentes, confederalizante. Entre los puntos que hace enorme el discurso posterior de F. D. Roosevelt, presidente demócrata, está el haber tomado muy buena nota de este fracaso. Y lo que hace aguas en Kennedy y en los demócratas posteriores, hasta Obama, es su insistencia en un cierto neowilsonismo. Esto es lo que sabía Reagan, quien estuvo al menos dos veces en Berlín para expresar algo más que buenas palabras a los alemanes y, por supuesto, también a los rusos y vecinos, quienes en la estela del nacionalismo germánico inverso de Marx, gozaban de la patente del totalitarismo que aun hoy se comercializa, aunque ya al por menor. He dicho "hasta Obama", pues cabe la esperanza, como se ha dicho en la prensa, de que pueda resultar un Reagan de centro-izquierda.

Todo esto tiene, por supuesto, una moraleja para el caso español. El contradictorio caso español. Un Pi y Margall defendiendo la abolición de la esclavitud pero al mismo tiempo una confederalización al estilo norteamericano que es precisamente lo que sale definitivamente derrotado en la legislatura de Lincoln. Un republicanismo -como forma de Estado, no como ideario político al estilo del partido norteamericano de Lincoln- confederalizante, esto es, que alienta privilegios hereditarios o no se atreve a historizar su lejano rechazo moderno en sus territorios (me refiero básicamente a Cataluña, y en otra medida al llamado País Vasco). Por otro lado, un Cánovas que refunda el partido moderado en un gran Partido Conservador por medio de una unión liberal al estilo de Lincoln, pero que no entiende en toda su profundidad la abolición de la esclavitud que firma en 1886 ni el sufragio universal que firma en 1890, pues también firma la confesionalidad no ya judeocristiana sino exclusivamente católica del Estado, que por tanto ve reducida e ineducada su libertad de expresión en sus mismas instituciones, y el mantenimiento de unas colonias ya periclitadas, y definitivamente perdidas en una guerra contra precisamente los EEUU. Cierto es, sin embargo, y triste, que el derrotero posterior de la Izquierda española no solo no corrigiera su contradicción sino que la acentuara tanto con nacionalismos de cuño germánico como con el socialismo soviético. La Derecha española pagó la prueba de la República española, y hasta del "Cirujano de hierro" militar, cuando ya había aceptado el principio regionalista en tiempos de Dato, tarde y mal, para luego cobrarse el precio total por medios de todos conocidos, hasta el encuentro y el acuerdo básico de 1978 de la mano de Suárez -de familia "republicana"- y el Rey.

Pero vuelvo a Lincoln. Veamos qué es aquello que decía Lincoln y que tanto escandalizaba a buena parte de la sociedad norteamericana de aquellos días.

En la Convención de su partido, antes de las elecciones: "Esta necesidad no se dejó de lado y se estipuló (...) en la notable argumentación de la `soberanía de los residentes de un territorio´ y en el `sagrado derecho al autogobierno´ en el que aquélla se formula y, aunque exprese la única base legítima de todo gobierno, estaba tan pervertida en esta aplicación particular que venía a decir que, `si un hombre optaba por esclavizar a otro, un tercero no tenía derecho a oponerse´. Este argumento fue incorporado en el proyecto de ley de Nebraska de la forma que sigue: `La intención y el significado de esta ley no es legislar la esclavitud en ningún territorio o estado, ni excluirla de ellos, sino dejar que su población sea perfectamente libre para formar y regular sus instituciones propias a su modo, estando sujeta solo a la Constitución de Estados Unidos". Nótese por qué un siglo más tarde Reagan dirá que "creemos en los Estados". Pero en lo que no se cree es en la perversión de su fundamento y de su funcionamiento. ¿No suena todo esto del proyecto de ley de Nebraska, por otra parte, tanto tiempo después, tristemente, al "derecho a decidir de los vascos", a "la soberanía de la nación catalana", etc., etc.? La comparación no puede ser exacta, pero se le parece demasiado.

Veamos el discurso de inauguración de su primera presidencia, que empieza con un "Ciudadanos de los Estados Unidos". Dice Abraham Lincoln: "A mi juicio, la ley universal de la Constitución supone que la Unión de los estados ha de ser perpetua, por más que no se exprese esta palabra en la ley fundamental de todos los gobiernos nacionales". No deja de ser curiosa y hasta por un momento inquietante la expresión "de todos los gobiernos nacionales". No parece referirse, sin duda, con "gobiernos nacionales" a los Estados de la Unión -aunque aun esta interpretación haría plausible la llamada a la perpetuidad de la Unión-. Lo que en esta frase de Lincoln hay es la sempiterna tensión entre la ciudadanía nacional y su, por democrática, fundamentación universal, por así decir, propia del régimen democrático desde la Grecia del siglo V a. C. También hay, por tanto, una cierta idea del universalismo que los mismos Estados Unidos que pregona Lincoln asumen. Por eso, no deja de ser mucho menos "imperialista", si es que podemos utilizar esta palabra con algo menos que una frívola inocencia, esta ley universal, fundamental, de todos los gobiernos nacionales, pregonada por Lincoln, que el derecho de autodeterminación de los pueblos pregonado, aun en el mejor de los casos para el colonialismo anterior a la 2ª Guerra Mundial, años después por Wilson.

Continúa Lincoln: "Una mayoría sujeta a las limitaciones constitucionales y que cambie fácilmente conforme a los cambios de la opinión popular es el verdadero soberano de un pueblo libre; el que la deseche cae en la anarquía; la unanimidad es imposible; rechazando el principio de la mayoría, solo queda ya el despotismo...".

Luego viene todo el argumentario contra la Secesión. Me gusta mucho, porque siguiendo a Spinoza más de una vez he utilizado la expresión "geométricamente hablando", el inicio de uno de estos párrafos del discurso, que reza: "Físicamente hablando, no podemos separarnos". Lincoln apela después a "este gran tribunal que se llama el pueblo americano". Lincoln señala que como Jefe de Gobierno hará valer la Constitución, pues este es el mandato que le ha otorgado el pueblo; que si el pueblo quiere, puede separar los Estados, pero nadie sería tan necio para no tener una confianza ciega en la justicia del pueblo, cuyo mandato viene expresado en y por la Constitución, el Gobierno y las elecciones. Habiendo necios, lo único que quedará después de esto, será, en efecto, la guerra.

En el segundo discurso de investidura Abraham Lincoln es breve y conciso. Salvada la Unión, mantenida y perfeccionada la unidad nacional, habla del "escándalo" del esclavismo en términos bíblicos y acaba diciendo: "Sin rencor hacia nadie, con caridad hacia todos, con firmeza en lo que es recto y justo, tal como Dios nos hace ver qué es justo y recto, esforcémonos en poner fin a lo que nos ocupa, en vendar las heridas de la nación, en cuidar de aquel que ha soportado la batalla y de su viuda y de sus huérfanos, en hacer todo cuanto permita alcanzar y mantener una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las demás naciones".

Para que de este modo el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparezca de la faz de la tierra.

15/02/2009 15:15 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.


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