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procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2009.



Pragmatismo americano

He leido "La filosofía de los Estados Unidos" (Tecnos), de Deledalle, además de "La voluntad de creer" de William James, unas charlas sobre pragmatismo de Putnam y un número monográfico de la revista "Anthropos" dedicado a Charles Peirce.

Como es sabido, Peirce es el fundador del pragmatismo, sucesor del trascendentalismo de Emerson, y la primera filosofía genuinamente estadounidense, surgida después de la Guerra de Secesión. James llamó pragmatismo en Berkeley en 1898 a lo que tanto él como Peirce venían haciendo desde entonces. Peirce era de familia demócrata de Nueva Inglaterra que permaneció fiel al Partido Demócrata, supongo que al aliado a Lincoln. James era más heterodoxo, como su padre, "el Swedenborg estadounidense". Dewey, el tercer gran pragmatista, era de familia demócrata "free-soiler" o "free-labour" de Vermont pasada al republicanismo liderado por Lincoln, aunque luego Dewey fue gurú del progresismo americano. Peirce llamó pragmaticismo a lo suyo, James, empirismo radical, y Dewey, instrumentalismo. Royce, discípulo californiano de Peirce, es el filósofo de la Gran Comunidad y de la Lealtad. Mead, colega de Dewey en Chicago, es el filósofo del pragmatismo social, por así decir. Peirce nunca fue profesor de universidad salvo durante un periodo de cinco años en la recién creada Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, de 1879 a 1885, la primera universidad laica de los EEUU. Enseñaba lógica, su lógica semiótica. También dio conferencias en Harvard y otros lugares. James fue el primer profesor norteamericano de universidad de psicología, en Harvard, donde luego lo fue de filosofía. En 1908 publicó "Pragmatismo", traducido en seguida al español en Uruguay por Vaz Ferreira. Dewey profesó primero en Michigan, pero no fue hasta cumplir los 40 años cuando se hizo un nombre, primero en Chicago, y luego, durante largo tiempo, en Columbia, en Nueva York. Mead siguió en Chicago. Royce fue profesor en Berkeley, California.

Estos son los cinco magníficos del primer pragmatismo americano. A los que hay que añadir al famoso juez O. W. Holmes. De hecho, ¿no sería acaso Lincoln el primer pragmatista con su mezcla de principios sagrados y flexibilidad en el tiempo? Sea como fuere, luego siguieron los discípulos: Hartshorne y Weiss, en Harvard, publicando la obra casi desconocida por el gran público de Peirce; Charles Morris y C. I. Lewis, en la estela de la lógica y de la semiótica peirceana. Sociólogos y antropólogos, en la línea de Mead. Sidney Hook, el gran discípulo de Dewey, condecorado en 1985 por Reagan tras realizar su particular ajuste de cuentas con el marxismo hegeliano. Lippman, el periodista-azote de mitad de siglo XX. James nunca se dejó de leer, y hoy sigue la gran escuela psicológica americana, con componentes neurológicos, por ejemplo, en Damasio, o lingüísticos, en Pinker, iniciada a finales del XIX por James.

El pragmatismo, tras su fatal error con respecto a la Urss de la mano de Dewey, error corregido un poco a destiempo, pero corregido, decayó mezclándose con la filosofía analítica que a su vez se había hecho un poco americana (Quine y demás contra Russell y Whitehead). Aunque nunca se dejó de leer, publicar, estudiar y renovar el pragmatismo, no fue hasta finales de los años 70 cuando el debate sobre el pragmatismo volvió a alcanzar el vigor de los primeros días. Esto se produjo de la mano de Richard Rorty y Hillary Putnam, aunque se puede añadir a Sandra Rosenthal y Susan Haack. Se trata de un pragmatismo muy mezclado con la filosofía europea, no solo con la analítica británica, sino con la tradición más continental, cosa que por otra parte se dio en el pragmatismo desde el principio, aunque fuera para romper con ella.

El debate desde los años 80 y 90 del siglo pasado gira en torno a la importancia de nociones como la verdad y la justicia. Rorty quiso rescatar a un Dewey sin epistemología, y si bien se pueden mencionar algunos logros, ciertamente la crítica de Putnam es demoledora. Putnam lee atentamente al Wittgenstein de las "Investigaciones filosóficas" y da más importancia al "valor final" que a la "opinión final", sobre cuyo estatuto Putnam apenas apunta, en la buena dirección, algunas cosas, pero sin entrar en ellas a fondo (cierto es que no he leido "Razón, verdad e historia"). Quizá el debate de fondo no sea sino a quién debe tenerse por referente primero de la tradición pragmatista, si a Dewey o a Peirce, en el bien entendido de que James, por varias razones, algunas quizá demasiado psicológicas, será siempre el más leido y el más fiable, incluso -sobre todo- políticamente y pedagógicamente.

Hacernos elegir entre Peirce y Dewey no deja de ser un poco absurdo, porque Dewey es para empezar peirceano en su núcleo duro. Hablo del gran Dewey, al que tengo por el mejor filósofo del siglo XX, y no del Dewey facilón y vulgarizado que ha campado durante demasiado tiempo en cierta izquierda sindical y en las escuelas. Yo no prefiero a Peirce antes que a Dewey, pero no entiendo a Dewey sin Peirce. Antes que tener que decidirme por uno de los dos, preferiría dedicar mi tiempo a corregir lo que en ambos estaba claramente equivocado, de manera que el nuevo pragmatismo americano del siglo XXI evitase al menos los graves efectos de estos errores.

Peirce es un filósofo enorme. Supera verdaderamente a Kant y Hegel, cosa que el empirismo británico o el racionalismo cartesiano lograban a duras penas. Mejora, pues, a Descartes, y al empirismo británico, al que unifica desde su raíz medieval, Occam y Duns Escoto -¿Locke y Hume?. Pero lastimosamente no pudo desprenderse del todo de la tradición idealista alemana en la que se había formado, y se murió al lado de Leibniz y no de Spinoza. La cualidad de la Primeridad no es, como decía Peirce, "positiva". No es ni positiva ni negativa. Tiene que ver con la abducción, que no afirma ni niega. Pero el mayor error de Charles Santiago Sanders Peirce fue de sistema, fue la pretensión de erigir un sistema, lo que por otra parte choca frontalmente con la misma originalidad de su pensamiento, la máxima pragmática que funda el nuevo pensamiento estadounidense. En su insólita habilidad lógico-matemática, Peirce se dejó llevar hasta elaborar al modo de Hegel, pero superándolo, una especie de ciencia de la lógica, una lógica de la lógica (de la lógica), etc. Un absurdo al que llaman álgebra, que ya Descartes descartó para fundar el sendero de la filosofía moderna. En esta magna pero errónea obra, Peirce nos legó, no obstante, lo que llaman semiótica, que viene a ser el funcionamiento socio-histórico de la lógica humana. Curiosamente, Peirce rescata la semiótica de ciertos autores portugueses de la Universidad de Coimbra de princpios del XVII. ¡Qué no hubiera podido aportar en esta línea Vives de haber podido regresar a España! Finalmente, pues, el error de Peirce es de concepción, paradójicamente contraria a su mayor aporte, la máxima pragmática. Su "metafísica científica", su teísmo, su "idealismo objetivo", la negación del infinito, la confusión de la verdad u "opinión final" con lo que Castoriadis llamaba peyorativamente "el acuerdo entre opiniones", el rechazo de la mutabilidad de la verdad -siquiera a lo largo de la vida de uno mismo-: todo esto son errores. Peirce no era darwiniano, era más bien positivista a lo Comte, a quien también superó, pero no venció, como sí hiciera afortunadamente su gran amigo William James. Poniéndose como homenaje paradójico de segundo nombre el español "Santiago", Peirce no dudó en descalificar duramente la degenerada vida española, y le fue fácil vencer a España en Cuba a los EEUU para empezar a erigirse en potencia mundial. Pero la victoria contra Alemania le costó mucho más, pagando el grave error del wilsonismo, tan teñido de superchería peirceana y de un idealismo a lo Royce, su discípulo californiano, mal entendido. No antes de la aparición del comunismo soviético, del fascismo y del nazismo, pudieron los EEUU derrotar a Alemania y a Japón. En Europa, luego, a partir de los años 70, Eco y Apel han dedicado parte de su obra al estudio de la semiótica y el pragmaticismo peirceanos. En Francia siempre se le conoció. En España, desde 1994, existe un Grupo de Estudios Peirceanos en la Universidad de Navarra.

La carrera de John Dewey fue diferente a la de Peirce, pues Dewey se movió siempre en las instituciones académicas, aunque bien es cierto que predicando el experimentalismo. Más allá de su larga y provechosa carrera, llena de libros, conferencias y actividades públicas varias, paso a detallar el gran error de la filosofía de Dewey, que es de fondo hegeliano. Es su pretensión de elaborar una "historia natural del pensamiento", esto es, la sempiterna pretensión de una "historia concebida" a lo Hegel, y no a lo Spinoza. Dewey se acerca en varias cosas al spinozismo (los principios de continuidad y transacción, y su relación triádica), pero el hegelianismo en el que se había formado puede más. Hace bien aceptando la mutabilidad de la verdad según la entiende James, lo cual no significa empero que cualquier cosa sea verdad, es decir, que por ejemplo la Urss fuera una democracia o un experimento democrático. Solo desde la tranquilidad doctoral de Columbia puede uno afirmar esto, incluso después de haber visitado la Urss y regresar con algunas dudas. Por suerte, a diferencia de tantos y tantos intelectuales europeos y de todo el mundo, Dewey rectificó, primero presidiendo en México DF el comité de defensa de Trotsky en 1937, y luego, de la mano de su discípulo neoyorquino, Sidney Hook, presidiendo el Comité por la Libertad Cultural, grupo anticomunista creado después de la 2ª Guerra Mundial que tomó su parte en la llamada, por el periodista Lippman, Guerra Fría contra la Urss. Como ya he dicho, Reagan, que se hizo Republicano después de haber apoyado a F.D. Roosevelt en la juventud de su vida, impuso la medalla de honor de los EEUU a Hook en 1985, y cuatro años más tarde caía el Muro de Berlín y tras él casi todo el bloque soviético. Lo que llevó al error a Dewey fue, al contrario de Peirce, su naturalismo darwinista, añadido, como he dicho, a su hegelianismo de fondo. La magna obra de Dewey se ve dañada por esto, por su excesivo optimismo digamos biológico, casi positivista, en una "humanidad" inexistente, y que no abandonará la tradición religiosa judeocristiana mientras sea civilizada. Más bien se trataría de hacer hueco en ella a las demás tradiciones religiosas, siempre en el sentido de la tolerancia occidental. Hoy en día este nuevo laicismo de cuño teleológico, cuando no teísta, sigue todavía su combate, confundiendo de nuevo las nociones de verdad y de justicia en medio del marasmo del posmodernismo. Dewey, pese a su progresismo, no apoyó a Wilson, tampoco al Partido Republicano de su padre, que había abandonado tiempo atrás; sí en cambio al Teddy Roosevelt del Partido del Alce Americano. Una cita del Dewey de "The public and its problems" -años 20- encabeza todavía mi libro "Idea trágica de la democracia". Digo todavía porque los problemas con Dewey, como hemos visto, no acaban aquí. Pero para salir con éxito de los mismos, no necesitamos elegir entre Peirce y Dewey, o James, etcétera. Los necesitamos a todos, y el primero será el que esté menos equivocado, si no puede ser que se trate del más acertado.

26/08/2009 12:26 procopio Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Algunos apuntes sobre el pragmatismo americano y Europa

He preferido destacar esto en otro artículo.

A finales del XIX Peirce y James eran mejores filósofos que cualesquiera otros. En España, la Psicología tuvo su primera cátedra en la figura de Giner de los Ríos, y más adelante la de Sociología en la de Sales. La Institución Libre de Enseñanza, fundada por Giner de los Ríos, vino a ser la primera institución educativa laica del país, pero nunca llegó a convertirse en universidad y su desarrollo posterior no está del todo claro, pues ni los mismos prosélitos parece que hicieran mucho caso a uno de sus maestros, Fernando de los Ríos, cuando tras visitar a Lenin en la Urss volvió sin haber visto allí a la libertad. ¿Para qué?, preguntaría el comisario soviético. Desde luego la confesionalidad católica del Estado fue uno de los problemas de la Constitución de 1876, aunque poca cosa -la ILE se pudo fundar y pudo funcionar- comparado con la "república de trabajadores de todas las clases" (y de varias naciones, tendría que haber añadido el Constituyente) por venir, previo paso por la primera cirugía de hierro, en los años 20, de tipo obrerista. Sea como fuere, hoy José Luis Pinillos y Salvador Giner respectivamente continúan la tradición de la psicología y de la sociología hispánicas.

Como ya he dicho, la primera traducción al español de la obra pragmatista fue la traducción por el uruguayo Vaz Ferreira de "Pragmatism", de William James, al poco de salir, en 1908, en Uruguay. Vaz Ferreira escribió más tarde una obra titulada "Nietzsche, James, Unamuno: filósofos de la vida". A principios de los años 20, se tradujo en Madrid "La voluntad de creer" de James, si no me equivoco, en la Imprenta de los Ciegos y Sordomudos. Después de la 2ª Guerra Mundial se tradujo en Suramérica a John Dewey, y a partir de los años 70, en Suramérica y en España se ha traducido ya más ampliamente a Peirce, James y Dewey. Aunque no podríamos pasar al siguiente punto sin mencionar dos hitos primerizos relativos a Peirce: la publicación en la revista barcelonesa "Crónica científica" de un artículo suyo sobre su trabajo en el Servicio Geodésico de los EEUU, allá por los años 70-80 del siglo XIX, y su correspondencia con el matemático y lógico madrileño Ventura Reyes, que citó a Peirce en sus artículos para la revista "El Progreso Matemático" de Zaragoza. Personalmente, sin embargo, solo Cajal en su gira de conferencias por los EEUU y, obviamente, Santayana, conocieron a Peirce.

Antes he dicho que ya a finales del XIX tanto Peirce como James podían considerarse mejores filósofos que el resto, de los que tanto aprendieron y a quienes superaron. Quizá con la sola excepción de Nietzsche (pues a Darwin solo hay que tomarlo como naturalista); y es que Nietzsche y el nietzcheanismo en Europa, bien es cierto que con dispares resultados, vienen a ser lo que Peirce y James, y el pragmatismo, en EEUU. Una revolución y la fundación de algo nuevo.

Con resultados dispares, en efecto. Y tan dispares. Nietzsche, su filosofía trágica, su vitalismo, recorre toda la filosofía europea posterior, pero no encuentra escuela, no halla acomodo, nadie que la sistematice y la haga funcionar. En cambio el éxito del pragmatismo no conocerá más límites que sus propias autocorreciones. El filósofo francés Michel Onfray dedicó desde una óptica "de izquierdas" una obra a Palante, nietzscheano de primera hora, pero apenas conocido, vencido por el positivismo de la academia. Hay algunos otros, igualmente casi anónimos, hasta el Círculo de Sociología de París de los años 30, con Bataille, a mi modo de entender, a la cabeza. Bataille es el único verdadero y completo nietzscheano, el único vitalista, el único trágico de cierto reconocimiento de la primera mitad del siglo XX. En el Reino Unido, Russell y Whitehead compitieron con el pragmatismo, hasta rendirle los honores de campeón en forma de vida académica americana en la figura de Whitehead y su "vasta síntesis europea". Santayana, que había empezado con Schopenhauer y luego tuvo que seguir la lógica de Harvard, salido de un cierto Madrid cosmopolita acabó volviendo como esteta a Europa sin haber podido alcanzar la comprensión de la Terceridad en EEUU, a pesar de los valiosos indicios de su obra. En definitiva, en la primera mitad del siglo XX el único filósofo no estadounidense que puede competir con el pragmatismo americano es Georges Bataille. Ni el sentimiento trágico de Unamuno ni la razón vital de Ortega, aun demasiado atados al historicismo hispánico, ni la fenomenología neokantiana de Husserl o Merleau-Ponty, ni el existencialismo de Heidegger y Sartre, ni la ciencia social de Adorno, ni el vitalismo idealista de Bergson, pueden con él. Tampoco los lógicos, como Carnap, que huirán de la Europa en guerra (solo Hanna Arendt -y Leo Strauss- puede considerarse que triunfa verdaderamente en EEUU). Lo que pasa es que Bataille no tiene obra más que fragmentaria y aun un poco demasiado literaria o existencial, incluso surrealista -¿ese "nuevo realismo" del pragmatismo americano parecía en Europa algo así como "superrealista"?. Oficio de bibliotecario, en todo caso.

Después de la 2ª Guerra Mundial, tras las amonestaciones de Camus al uso falsario de ese nietzscheanismo de postín que había impuesto el nazismo, el vitalismo, la filosofía trágica resurgirá, también en España, de un modo más académico, más límpido, más auténtico, pero sin hallar tampoco el fondo sobre el cual podría desarrollar una escuela duradera y funcional. El neokantismo sigue aun vivo, aunque bien es cierto que pasado por el pragmatismo americano -Habermas, Apel. A partir de 1960 el filósofo francés Clément Rosset empieza a elaborar su "filosofía trágica", pero más allá de su salutífera labor de esclarecimiento, apenas se ha rozado con la cuestión política. Quienes sí se rozarán y se frotarán con ella, a veces hasta lo delirante, serán Foucault y más tarde Deleuze. Foucault es un poco el Bataille de la segunda mitad de siglo: pero su arqueología del saber es todavía aun demasiado propedéutica, por decirlo así, mero paso previo a lo que debería constituirse después en una filosofía, que nunca llegó a ser tal. El Deleuze de "Mil mesetas" y de "Qué es la filosofía" supera por esto a Foucault, pero Deleuze cree que salva el escollo del individuo-sustancia por medio de su filosofía dualista, demasiado cartesiana aun, cosa que de hecho le hace tropezar con dos escollos a la vez: la anarquía y el universalismo tipo ONU. En el Reino Unido, Bernard Williams vuelve, por esto, a Descartes, y a lo mejor de Descartes, a su proyecto de investigación pura: una forma de volver a empezar. En Italia, de la mano principalmente de Paolo Virno, formado en la filosofía analítica del lenguaje, ha renacido uan especie de pragmatismo europeo, un poco deweyano, foucaltiano, pero que no logra escapar de la hipóstasis de la acción, a mi modo de entender, y su "relacionismo" no escapa tampoco a las trampas del relativismo de las que pretendía huir. Finalmente, en Alemania, destaca Sloterdijk, su crítica de la razón cínica, cada vez más inclinado a la sociología, aun existencialista, aunque haya llamado al despertar de Europa por otras vías: ¿pero cuáles? De momento parece que podemos dar gracias a Dios de que la Unión Europea haya cumplido 50 años, lo cual no elimina no obstante ninguno de sus claros problemas, tampoco solventables mediante la hermenéutica de Gadamer o Derrida.

Como se ve, la filosofía trágica vitalista de cuño nietzscheano, la única tradición europea que podría competir con el pragmatismo americano, avanza mal que bien, y a menudo parece que ha agotado su camino en este sentido. En España, el vitalismo de los discípulos de Ortega (a destacar Zubiri y sobre todo Zambrano) que a su vez corregía a Unamuno tuvo su continuidad en los Savater, Trías y compañía. Como labor pedagógica su obra no ha sido desdeñable, pero sus propios proyectos, tampoco en Savater, han logrado alcanzar la altura máxima de la filosofía estadounidense, especializándose en cuestiones como la ética, la religión, la estética, la filosofía de la ciencia, etc. Por eso, considero que quienes han realizado verdaderamente el proyecto nietzscheano en filosofía son dos autores europeos que apenas mencionan al filósofo de Sils-Maria en sus obras. Uno es el Wittgenstein de las "Investigaciones filosóficas" y el otro es Cornelius Castoriadis.

Superior a Popper, cuyo falsacionismo no deja de ser insuficiente a la vista de un pragmatista americano, Wittgenstein elabora en su segunda gran obra, no solo la corrección de la primera, sino todo un proyecto de reflexión mayor que bien podría pasar, junto a lo más valioso de Nietzsche, por la mejor filosofía europea del siglo XX. El hecho de que anécdoticamente Wittgenstein fuese en su niñez compañero de clase de Hitler realzaría de algún modo esta proposición. Pero las "Investigaciones filosóficas" de Wittgenstein, como toda la obra de Nietzsche, no deja de ser una obra solitaria, difícil de traducir escolarmente y socialmente en una tarea colectiva.

A mi modo de entender, Castoriadis, que no fue profesor hasta los años 80, en París, cuando ya tenía casi 60 años, es por eso aun mejor que Wittgenstein, al menos en varios aspectos. Es más sistemático y de algún modo más completo. Su libro "La institución imaginaria de la sociedad" (1973), en el que cita a Mead, si no me acuerdo mal, podría compararse sin menoscabo con cualquier gran libro de los primeros pragmatistas americanos. La vía que Castoriadis siguió para realizar la filosofía trágica europea es ciertamente indirecta: apenas cita nunca a Nietzsche, y lo que lleva a cabo es un duro ajuste de cuentas con el freudomarxismo hegemónico para en seguida rescatar la antigua noción de "imaginación" y elaborar una lógica semiótica que, también sin apenas citarlo, recuerda a la de Peirce. No se detiene frente a ningún problema, incluida la gran cuestión antropofilosófica de la técnica, y su obra acaba por dibujar una idea de la democracia que debe tanto a Pericles como a Lincoln. Y es cuando Castoriadis rescata la idea griega de la autonomía y de la democracia cuando más se aproxima al nietzscheanismo, pero sin citarlo, porque de hecho ya están hermanados en su raíz. Castoriadis es, pues, tanto un filósofo trágico vitalista como un pragmatista americano: o mejor dicho, quizá, él nos ha enseñado que la filosofía trágica vitalista no puede sino desembocar en una suerte de pragmatismo americano europeo.

Mi libro "Idea trágica de la democracia" es básicamente castoridiano. En la Introducción dejo caer que se trata de un "pragmatismo trascendental", pero no al modo kantiano de Apel, sino al modo de Nietzsche, si "trascendental" tiene un significado "materialista" en Nietzsche. Sin embargo, más allá de su obra filosófica, la actividad pública de Castoriadis siguió otros derroteros, considerándose siempre del lado de esa especie de "sociología de izquierdas un poco liberal" que volvería a acercarle, en el mejor de los casos, a Mead y a la Escuela social de Chicago (de la que por otra parte también saldría Milton Friedman). Pero no fue sino Rorty quien no solo atestiguó las razones de Hayek sino también las de McCarthy, y esta certeza en Europa, a Castoriadis, podía parecerle aun un poco "surrealista". De modo que por este lado, la obra filosófica de Castoriadis supera en mucho a su labor de intelectual aun un poco con peluca "ancien regime", y es a la primera a la que vale todavía la pena consagrarse.

26/08/2009 17:51 procopio Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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