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Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

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procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.

Año nuevo

Empieza un año nuevo. En el que, dentro de poco, cumpliré 33 años. Temo que se acercan las épocas de los balances irrevocables. Ya se vislumbra la cuarentena allá al fondo. Pues bien, aunque podría estar mucho mejor, hace tres años hubiese firmado estar como estoy, y donde estoy.

Una vez lograda y consolidada mi plaza de profesor, nuevos retos se me plantean. Poco a poco.

De momento, estas navidades me he puesto al día en música clásica. Desde canto gregoriano hasta Albéniz pasando por Marais, he estado escuchando de todo un poco, y leyendo la vida de los autores, y la época en la que vivieron. Me gustó la personalidad de Handel. La sintonía de la Champions League es un fragmento de Handel. Londres tenía en el siglo XVIII 600.000 habitantes, París solo se le acercaba. Debió de ser un espectáculo la música acuática por el Támesis. La ciudad más grande de Alemania era Hamburgo y tenía 70.000. Otras cosas: hay un madrigal de Monteverdi, el "Lamento de la Ninfa", que parece que inspiró el "Blue Spanish Sky" del rockero Chris Isaak. Biber desafinaba instrumentos bastante antes que el guitarrista de Sonic Youth. Boccherini fue el músico ilustrado del Madrid de finales del siglo XVIII, y vivió muy cerca de la calle del Pez, tocando mi querida calle de San Bernardo. ¿Cuántos habitantes tenía Madrid entonces? La música clásica es increíble. Mi frustración real no ha sido no ser un deportista de élite o de éxito, sino no haber estudiado música, ni siquiera un poco más allá de la elemental que te enseñan en la escuela. Rasco la guitarra y tengo un cierto oído, eso es todo. Lástima. Supongo que todo no puede ser. Como cantaba Kiko Veneno, "Quería ser director de una orquesta, pero...". Fue mi error.

Empecé a leer "Ética para la bioética y a ratos para la política" (Gedisa), del profesor Ramón Valls, un buen librito de divulgación, pero lo perdí en el tren cuando empezaba la parte polémica. Valls es un hombre sabio y poco ingenuo, aunque a mi modo de ver cargaba las tintas en favor de Rousseau-Kant-Marx, y en detrimento de la línea liberal, mencionando solo de pasada a Spinoza y su "nada es más útil al hombre que otro hombre". Me he quedado con las ganas de saber qué decía, con tal bagaje, sobre los actuales dilemas bioéticos. Supongo que volveré a comprarme el libro, si lo encuentro. Tuve como profesor a Valls un par de tardes en una asignatura de teoría política en el master de humanidades de la UPF. Era un hombre socarrón, e infelizmente hegeliano. Podría considerarlo en parte como mi "abuelo", porque fue en su día uno de los maestros de mi "padre" Víctor Gómez Pin.

En fin, que el Nickjournal ha cerrado y ya sabéis las noticias. Menos mal que me he regalado música de cine, la de "El hombre tranquilo" y la de "Twin Peaks", para ir preparando el trimestre que se avecina con la áspera pero deslumbrante compañía de René Descartes. Leer a los grandes filósofos es a veces parecido a escuchar la gran música clásica.

03/01/2007 00:08 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 8 comentarios.

Reseña: "Europa, Europa", sobre un libro de F. Duque (publicada en Archipiélago, 2004)

EUROPA, EUROPA

"Los buenos europeos. Hacia una filosofía de la Europa contemporánea", Félix Duque, Oviedo, Ediciones Nobel, 2003, 472 pp.

Con este libro, Premio Internacional de Ensayo Jovellanos del año 2003, el conocido profesor Félix Duque (Madrid, 1943) continúa una tradición intelectual inaugurada con el Discurso de Europa o la Europa sese discrucians del médico segoviano Andrés Laguna (pronunciado en Colonia en 1543 bajo el auspicio de Carlos V y con la pretensión, ya desesperada, de reconciliar las facciones cristianas enfrentadas tras la Reforma de Lutero), y lo hace en un momento crucial, cuando la Convención de Bruselas ha preparado una futura Constitución política de la Unión Europea que se presta a ser discutida y votada, en referéndum nada menos, en España, en los primeros meses de 2004.

Félix Duque empieza analizando (“Europa: el porvenir de una desilusión”) los discursos europeístas de los pensadores y poetas alemanes, desde Hölderlin y Hegel (o La Cristiandad o Europa de Novalis) hasta principalmente Nietzsche, Husserl y Heidegger: pensadores posteriores a la guerra franco-prusiana de 1870 que marcará el sangriento desarrollo de Europa hasta 1945, cuando ese “cabo de Asia” se vea empequeñecido ante la nueva hegemonía de la guerra fría: USA y URSS. A continuación (“Mitteleuropa y España”), el autor analiza la Europa vista por los pensadores españoles de ese mismo período histórico, o sea, Unamuno y Ortega, situados entre el fin definitivo y desastroso del colonialismo español y el novecentismo regeneracionista finalmente engullido, también desastrosamente, por la guerra civil. Y en el tercer apartado (“Raíz, flor y fruto de Europa: el paraíso, la revolución y la guerra”, algunos de cuyos ensayos ya habían aparecido embrionariamente en esta revista), el filósofo madrileño expone su propio punto de vista desde la consideración del dominio actual y casi absoluto de la pax americana, a la que opone precisamente una renaciente y minimalista Europa, “tierra de la tarde”. Hay en este capítulo unas memorables páginas sobre el “mito liminar del Jardín” pero también afirmaciones (ese cuasi-paulino deseo de una paz segura, contemplativa, difícilmente conciliable con la libertad del cuerpo individual que se dice aceptar, habida cuenta de lo que Duque considera por otra parte “histórico” en España y “cristiano” en Europa, orteguiano y heideggeriano el autor a pesar de todo, amén del olvido cuasi-culpable de la tradición epicúrea que bien podría entroncar en fin con la idea islámica del placer) que le hacen (mal)pensar a uno si al final Duque no se acaba acostando suo modo, precisamente por la vanidad de la universitas cristiana, más del lado de la monarquía universal, aunque sea en este caso sub especie Europae.

Pero bien, ¿en qué consiste el “buen europeísmo” sensu nietzscheano que da título al libro? No desde luego en ese “hombre europeo abstracto” que lo imita todo y todo lo imita mal, el filisteo y el nihilista. No. El buen europeísmo, en el que siguen resonando los ecos volterianos de la “Europa te mira”, es el que está basado en la razón y no en el patrioterismo del temor gregario: J´accuse, escribió Zola. Nosotros, los buenos europeos, somos los “mediterráneos natos”, en el bien entendido sentido espiritual o mítico del término: los que amamos el sur en el norte, y el norte en el sur. Los que deseamos la coyunda dionisíaca entre “el movimiento democrático de Europa” y la nueva especie de hombre supranacional para que nazca el superhombre...

Pero, ay, el tirano que acechaba en la sombra de la voluntad de poder, pudo más que la propia voluntad de caminar por encima de las pisoteadas cabezas de los reyes: “Europa ya no filosofa a martillazos, sino a cañonazos”, exclama con razón Camus. Lo que entonces, con voluntad de entender, elabora la “sabiduría residual” de Félix Duque para el siglo XXI es en sus mejores momentos una filosofía a la altura de aquellos pasajes de La escritura o la vida de Jorge Semprún en los que el viejo republicano rememora con gratitud las visitas al edificio público de Buchenwald (esa siniestra verdad invertida de la Weimar-alemana-por-encima-de-todo) donde los presos hacían sus necesidades. ¡Ocasión de libertad entre aquella inmundicia, uso libre de la palabra, intercambio de cigarrillos y chascarrillos! ¡Fatalidad de nuestro pobre y mortal amor que aún es capaz de crear un mundo! ¿Buenos europeos? ¿Superhombres? Niños perdidos, el puer aeternus que nos queda cuando vamos perdiendo todo lo demás.

Ximo Brotons

06/01/2007 22:42 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 11 comentarios.


Reseña: "La batalla de Waterloo", de Rafael Borràs ("Lateral", 2004)

LITERATURA BAJO SOSPECHA

Conocido como el “Napoleón de los editores españoles”, Borràs es el último eslabón vivo de la saga de editores formada por, entre otros, Alexandre Argullós, Pep Calsamiglia, José Janés, Germán Plaza, José Manuel Lara Hernández, Carlos Barral y Mario Lacruz: una buena compañía.

Nacido en 1935 en el seno de una familia media de Barcelona, RBB se dio muy pronto a conocer como agitador cultural a través de la dirección de la revista La Jiraja (1956-1959), una publicación en la que colaboró gente muy diversa, desde Cirlot y Manuel Costa-Pau hasta Néstor Luján o Edgar Neville. La revista, “que mira desde arriba con los pies en el suelo”, seguía la estela de la publicación madrileña Índice, dirigida por Juan Fernández Figueroa y en la que colaboraba, entre otros, gente como Álvaro Fernández Suárez. Fueron revistas más o menos permitidas por el Régimen (como llama siempre RBB a la dictadura franquista), pero sin duda muy alejadas del francofalangismo dominante. Salían como podían, sorteando a duras penas la esperpéntica Censura. “Hemos de intentar”, le escribe Fernández Figueroa a RBB, “que la política recobre o gane el prestigio que le es indispensable para desenvolverse con eficacia y ser fértil”. De lo que se trataba, pues, era de “inculcar a los españoles la conciencia de la obligatoriedad y la hermosura de convivir con sus semejantes”, como señala RBB.

Rafael Borràs ha escrito estas copiosas memorias (La batalla de Waterloo, Ediciones B, 2003) con ojo minucioso y ánimo conciliador. El libro es al mismo tiempo el relato entretenido de una aventura profesional y el retrato certero de un país y casi de un siglo: España y el siglo XX. Hay mucho de novelero en la vida y obra de RBB y quien se acerque a ellas no saldrá decepcionado.

Pero estas memorias son también una cronología política del anti-franquismo contada desde primera fila. Penetrante conocedor de la dinastía borbónica (y republicano sin partido) RBB empieza citando por ejemplo la declaración de 1947 en la que Don Juan pide la rendición incondicional a quien ya era y lo seguiría siendo por demasiado tiempo Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos. Franco promulgó sin embargo ese año la Ley de Sucesión, la cual, junto a la Ley Orgánica del Estado de 1969, iba a dar legitimidad, ex novo según Borràs, a la monarquía de Don Juan Carlos, constitucional y parlamentaria después de 1978.

Durante los años cincuenta, tras la huelga de los tranvías de Barcelona en el 51, empiezan a producirse las primeras algaradas democráticas, con la consiguiente detención el 11 de febrero de 1956 de Dionisio Ridruejo, Miguel Sánchez Mazas Ferlosio, Ramón Tamames, José María Ruiz Gallardón, Enrique Mújica Hertzog, Javier Pradera y Gabriel Elorriaga. Ya en 1960 Ignacio Aldecoa y otros escritores solicitan infructuosamente la supresión de la Censura. En 1962 tiene lugar el conocido “contubernio de Múnich” inspirado por viejos militantes del POUM, una reunión de políticos españoles contrarios a la dictadura en el seno del Congreso del Movimiento Europeo: participaron entre otros Rodolfo Llopis, Gil Robles y Salvador de Madariaga, la España reconciliada y liberal. En 1965 dejan la cátedra universitaria Aranguren, Valverde y García Calvo. En 1969, tras el asesinato de Enrique Ruano y las consiguientes protestas estudiantiles, el Régimen tiene que declarar el primer estado de excepción (sic) desde 1939.

Pero sin duda la parte más agradecida de la autobiografía es la personal: sus recuerdos de infancia en el barrio de la Ribera, sus años de estudios, la boda con su mujer, Isabel Blancafort, sus pinitos como aprendiz de librero en la Casa del Libro bajo el mando de Luis de Caralt, sus pasos sucesivos por las editoriales Juventud, Plaza, Teide, Ariel, Iber-Amer, Alfaguara, Nauta, Planeta. Sus primeros éxitos y sus primeros fracasos. La revista La Jiraja, como ha sido dicho; los primeros Premios Ciudad de Barcelona, Nadal o Planeta; sus amistades con Mercedes Salisachs, César González-Ruano, Camilo José Cela, Ana María Matute, un casi adolescente Paco Umbral, Ignacio Agustí o Xavier Benguerel (que publicaba ya en catalán y del que puedo certificar su maestría literaria, al menos en el caso de la novela I tu què fas aquí?); o el conocimiento del filósofo Manolo Sacristán, el economista Fabián Estapé y el jurista Manuel Jiménez de Parga, “santa trinidad” brillante en la entonces “sórdida Barcelona de los párkings”, como diría Vázquez Montalbán.

Sin embargo RBB vuelve una y otra vez al tema que sanamente le obsesiona. Y lo hace desde un doble principio: la orsiana inquietud por la “obra bien hecha” y el liberalismo entendido a la manera de Gregorio Marañón: “Ser liberal consiste en estar dispuesto a admitir que el otro puede tener razón”. Las opiniones que RBB va desgranando a lo largo del libro me parecen oportunas y la mayor parte de las veces acertadas. Sólo considero que se deja llevar por la queja infantil cuando hablando de Benguerel critica la ignorancia o el menosprecio que en “Madrid” existe hacia las letras en catalán. Y no niego esa ignorancia, pero habría que añadir que tampoco es mucho mayor a la que ya existe en Cataluña, sobre todo si se trata de una literatura poco sujeta al canon catalanista. También me parece que hablando del País Vasco, RBB exige demasiado a los políticos y poco a la gente de la calle, que como el autor muy bien dice, ha de ser la protagonista de la obligatoria y hermosa convivencia con los semejantes. Pues lo grave del País Vasco es que cualquier manifestación pública explícitamente anti-terrorista sigue dando más miedo y asco que el mismo terrorismo. Y es cierto que por ejemplo en la plaza del ayuntamiento de Santander se yergue una gran estatua de Franco ante la impasibilidad de los ciudadanos, pero es de piedra y parece que la van a quitar, mientras que hay quien está dispuesto todavía a convertir en piedra y polvo a su vecino no muy lejos de Santander...

Amigo del llorado Víctor Alba, que fue guía de Orwell en su estancia en España y posterior colaborador de Camus en Combat, RBB hace suya una cierta heterodoxia liberal. Por ejemplo, escribe: “¿Existe el Estado español? Ni se sabe. (...) Ortega habló de la patria –perdón por utilizar un término en desuso- como un sugestivo proyecto de vida en común. ¿Existe hoy ni la sombra de un proyecto? (...) Volvamos a la clásicos: Romanos, compatriotas, amigos. (...) El parlamento de Bruto comportaba un programa de recuperación moral: que Roma volviese a ser la patria de los hombres libres”.

Y con esa afilada arma Borràs propina denuestos a diestro y siniestro. Critica la autosatisfacción ciega de una izquierda que bascula todavía entre el “contra Franco vivíamos mejor” y la mística de la revolución pendiente. Muchas cosas buenas se hicieron durante los 13 años de gobierno socialista, pero el espantajo de la derechona no fue suficiente para tapar la olla podrida de la corrupción (GAL incluido) y una cierta abulia intelectual. Sin embargo RBB arremete también contra la derecha (incluida la periférica) que habiendo podido enseñorearse de la “derecha de los ideales”, democráticamente decente también en asuntos de gestión y valores y no sólo de “ley y orden”, ha vuelto a echar mano obscenamente del “sindicato de intereses” de toda la vida.

Todo hombre tiene su otro yo ideal y el de RBB fue Dionisio Ridruejo, a quien también admiraba Juan Benet. La trayectoria de Ridruejo explica bien desde una cierta óptica el siglo pasado: falangista del 36 detenido en el 56 por la policía franquista, Ridruejo se declara por fin en 1971 liberal en el orden cultural, demócrata en cuanto a la forma de organizar y legitimar los poderes, y socialista moderado o socialdemócrata en lo económico. Nunca es tarde si la dicha es buena.

La batalla de Waterloo da buena cuenta de otras muchas peripecias y el repaso merece la pena. Hay menciones incluso de escritores menores hoy olvidados pero que en su día iniciaron a mucha gente en el vicio glorioso de leer. Un secreto recorre el libro: la literatura es el único motor inmóvil que las almas noveleras estamos dispuestas a aceptar. Como estas memorias sólo llegan hasta 1973, los lectores esperamos ya la segunda parte.

"La batalla de Waterloo. Memorias de un editor", Rafael Borràs Betriu, Barcelona, Ediciones B, 2003, 534 págs.

Ximo Brotons

12/01/2007 18:47 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

Reseña: "Fuentes del ateísmo político"

No diré cuándo ni dónde se publicó esta reseña. Tampoco hace tanto, Melò.

FUENTES DEL ATEÍSMO POLÍTICO

"La filosofía contra la religión. Ideas sobre el ateísmo", Agustín Izquierdo, Edaf, Madrid, 186 págs., 2003
"Ateos clandestinos", Agustín Izquierdo, Valdemar, Madrid, 192 págs., 2003

El ateísmo político en España, con una institución como la Inquisición que dura hasta bien entrado el siglo XIX, nunca gozó de muy buena salud. Al negar la inmortalidad del alma, Averroes, el filósofo árabe cordobés, fue su primer exponente conocido. Más tarde, a principios del siglo XVI, cuando el erasmismo se expande por las ciudades castellanas, por Andalucía y por Valencia, se recoge algo de aquel espíritu. Pero el Concilio de Trento frenaría en seco estas llamaradas iluministas y así hasta que en la segunda mitad del siglo XVIII el conde de Aranda intenta limitar el poder de la Inquisición en un entorno de cierto afán ilustrado.

De manera que quien busque atisbos de ateísmo político, o mejor, de epicureísmo en España sólo los encontrará veladamente en la literatura (en el "Libro de buen amor" de Juan Ruiz o posteriormente en Quevedo, por ejemplo), o bien en el pensamiento de médicos como Servet, Laguna o más adelante Andrés Piquer, quizá el más materialista de los ilustrados españoles por lo que se puede intuir del escaso conocimiento de su obra.

Por eso hay que subrayar la aparición de estos dos libros del filósofo Agustín Izquierdo, no porque rastreen esa inexistente historia del ateísmo político español, sino porque contribuyen al conocimiento y difusión del ateísmo político moderno en España.

Aquí comparecen los hijos y nietos que Demócrito, Epicuro y Lucrecio generaron en la Europa moderna: los naturalistas italianos del Renacimiento (desde el círculo de Padua de los Pomponnazzi, Cardano y Telesio, hasta Giordano Bruno y Vanini); los libertinos franceses de la segunda mitad del XVI (Charron, La Mothe, Gassendi, Naudé), aunque la palabra “libertino” surge por primera vez en Holanda; Spinoza como cumbre del ateísmo político moderno, casi hasta el punto de que podríamos hablar de spinozismo al referirnos al núcleo doctrinal que niega legitimidad teológica a la práctica política y a la libertad filosófica; y lo que Agustín Izquierdo llama respectivamente ateos clandestinos del XVII (Meslier, Giannone, Boulainvilliers, Dumarsais, Fréret), ateos públicos del XVIII, los famosos "philosophes" (La Mettrie, Diderot, D´Holbach, Helvecio), ateos hegelianos (Feuerbach, Marx) y ateos solitarios (Schopenhauer, Nietzsche), ya en el XIX.

Toda esta pléyade de ateos, libertinos, naturalistas y materialistas fueron confundidos con alquimistas y ocultistas por los mismos que hoy confunden el libertinaje con las majaderías "new age". En un orden más serio, aunque el monstruo del terrorismo todavía no había sido inventado, quienes ejercían el terror eran entonces los curas mismos de la Inquisición (también hoy hay mucho cura entre terroristas): Servet y Bruno, entre otros, ardieron en la hoguera.

De ahí el interés de estas dos antologías del ateísmo europeo preparadas por Agustín Izquierdo, que ayudan a leer directamente fragmentos de textos tan fascinantes como el anónimo "Tratado de los tres impostores", también llamado "El espíritu de Spinoza", de 1719 (¡imagínense quiénes podrán ser los tres impostores, no precisamente Melchor, Gaspar y Baltasar!), las "Nuevas libertades de pensar", publicadas en Amsterdam, de Dumarsais, o las memorias del cura rural, irreverentemente ateo, Jean Meslier: ¡el espíritu sopla donde quiere!

George Santayana, también llamado Jorge Ruiz de Santayana, dice en "Los reinos del ser": “Respecto a la religión popular que piensa que Dios es el creador del mundo y el dispensador de la fortuna, mi filosofía es atea”. Este ateo solitario que dejó escritas cosas tan bonitas sobre la mística española, nos hace entrever la verdadera razón del ateísmo político: no probar la inexistencia o existencia real de Dios para decir luego ¡qué malo o bueno es el mundo!, sino probar el hecho de vivir como desmentido práctico de toda teología, incluida la de la liberación: ¡sólo este mundo, mortal, y sin embargo infinito! A ese desmentido práctico que nos dispone anímicamente para con lo semejante humano, Spinoza, siempre Spinoza, lo llamó ética.

Ximo Brotons

24/01/2007 22:54 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.


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