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Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

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procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006.



Resumen de: "Ensayo sobre el sentido común" (2003)

Juanjo Jambrina, psiquiatra en Gijón (www.tierralibertad.blogspot.com), me pide que resuma mi "Ensayo sobre el sentido común (dirigido a la multitud democrática)", la que fue mi tesina del Máster en Humanidades en la UPF de Barcelona (sigo la terminología de Bolonia), aprobada en junio de 1999 y publicada en una pequeña editorial local de mi pueblo en otoño de 2003(www.elcepilanansa.com)

El trabajo consta de tres bloques, y sendos breves prólogo y epílogo. El primer bloque se titula "Aproximación al sentido común" y se desglosa en dos capítulos. El primero se titula "Incipit tragedia" y el segundo "Crítica de la razón vital". Empiezo por tanto sosteniendo una filosofía trágica, o mejor dicho, un planteamiento trágico de la comprensión racional de la realidad. Entonces mis conocimientos estaban todavía en proceso de formación y busqué una perspectiva filosófica de estilo ensayístico. Quiero decir que afronté el conocimiento de lo real desde el punto de vista de la disposición (racional) de ánimo, sea esta optimista, pesimista o trágica (y para ello sigo a Clément Rosset), que es en fin la que sostiene el trabajo. En el segundo capítulo, como indica su título, procuro llevar a cabo una reflexión crítica sobre la noción orteguiana de razón vital, en concordancia con la filosofía trágica antes apuntada. Y en este punto es cuando por primera vez hablo de "sentido común" y finalmente de sabiduría (filosófica), como amor al saber de lo real, cerrando pues este primer bloque de tanteo y aproximación. Por si pudiera servir de indicador, dicho primer bloque se abre con una cita del Savater de "Ética como amor propio" que dice así: "El sentido común es el arte de descubrir y aprovechar la composibilidad de lo posible, por hablar una vez en leibniziano". Huelga decir que casi toda esta primera sección del libro es más bien anti-leibniziana, anti-hegeliana y anti-heideggeriana, y más bien trata de recorrer el hilo de la tradición que sigue, la del materialismo trágico de Demócrito, Epicuro, Lucrecio, Spinoza o el ya mencionado Rosset, entre otros contemporáneos.

El segundo bloque se titula "La alegría del sentido común" y consta a su vez de dos capítulos, enunciados como "Nobleza práctica" y "Anatomía del entusiasmo". En esta segunda sección se trata de elaborar, ya digo que de forma más ensayística que académica, aunque no sin fundamentos, una teoría ética del sentido común, o por decirlo en kantiano, una teoría del uso práctico del sentido común estudiado en el primer bloque. La noción clave de este segundo bloque es la de "acción" ("praxis"), y en concreto la de acción moral, y la de "virtud". Hay en este primer capítulo alguna reflexión de cariz literario sobre la figura del "héroe", en sintonía con los ensayos de Savater sobre el valor moral de semejante "encarnación trágica de la virtud". En el segundo capítulo intento profundizar en el concepto de "autonomía", o sea, en las implicaciones prácticas de los conceptos éticos clásicos. Y se tratan la autonomía, el entusiasmo, el amor propio, la dignidad (y el derecho), y en fin, la alegría. En este bloque ético del ensayo es donde más Savater hay, pero la cita que lo encabeza es de Nietzsche: "¡Permaneced fieles a la tierra, hermanos míos, con el poder de vuestra virtud! ¡Vuestro amor que hace regalos y vuestro conocimiento sirvan al sentido de la tierra! Esto os ruego y a ello os conjuro" ("Así habló Zaratustra").

Y así llegamos al tercer bloque del trabajo, titulado "Sentido común y libertad". Aquí se trata de política. Y hay mucho Spinoza y algo del Stuart Mill de "Sobre la libertad". Bien, los dos capítulos de esta tercera sección se titulan respectivamente "Por una democracia mundial" y "Sobre la tolerancia". En el primero, busco razones para la ley, la "cosa" pública, trato del lenguaje y del dinero, de la ciudadanía, y finalmente elaboro una teoría política de la democracia y del Estado de derecho. En la segunda parte, planteo asuntos como la obediencia/desobediencia civil en relación con la noción de libertad/responsabilidad política, y acabo equiparando el sentido común en su uso político al "amor libre", ese viejo concepto libertario tan querido y tan demagógicamente usado. Y al final está la tolerancia, una crítica del concepto de tolerancia: en definitiva una teoría de la civilización como convivencia libre en la que la educación de orientación cosmopolita adquiere un papel fundamental. En este tercer bloque, ya lo he dicho, saqueé a Spinoza sobre todos, pero ahí está aún Kant con su idea de Estado democrático mundial y de paz perpetua, con la que finalizo el trabajo. Esto, ahora mismo, lo suscribiría con muchos más matices, próximos a Hanna Arendt. Mejor una federación mundial de democracias que una democracia mundial. Mejor en el sentido de resultar más viable históricamente y de permitir menos ambigüedades demagógicas y a la postre anti-democráticas. La cita que introduce este tercer bloque es el conocido párrafo sobre "la finalidad del Estado", la libertad, del "Tratado teológico-político" de Spinoza.

El subtítulo del trabajo, ese "dirigido a la multitud democrática" entre paréntesis, es un homenaje a Tom Paine y a su libro "Sentido común", cuyo subtítulo, circa 1776, rezaba: "Dirigido a los habitantes de América". No a la "nación alemana", sino a los habitantes de América. Hoy, como señala el antropólogo Marc Augé, ya no nos dirigimos solo a un pueblo o a una nación, ni tampoco a los habitantes de un territorio, sino a un mundo (territorializado/desterritorializado), a todo el mundo. Quizá Kant puede hacerse más o menos realidad, pero no a la manera de Kant. Y así, de paso, recuperamos y revitalizamos el viejo concepto spinoziano de "multitud", que el filósofo italiano Paolo Virno contrapone al de "pueblo" hobessiano, que aún está en Kant. Pero estas cosas ya son asuntos que he tratado con más detalle -estamos trabajando en ello- en ocasiones posteriores.

No es, bien que lo siento, un libro (o librito) fácil de leer, o mejor dicho, de seguir. Lo redacté a salto de malta, mientras aún estaba leyendo obras que inmediatamente utilizaba luego para el trabajo, mientras a la vez me ganaba unos dineros haciendo de teleoperador, en un momento de mi vida bastante difícil. Por eso me pareció que la idea era la "idea mejor pensada del mundo", y fui feliz cuando lo escribí y lo acabé, esto a los 25 años te hace sentirte un genio, pero aunque algunas digresiones y la intuición -o hipótesis- fundamental del trabajo no son, como se suele decir, poca cosa, el ensayo tiene muchas, quizá demasiadas imperfecciones formales, y algunas no solo formales. No conseguí convencer a Pre-Textos para que me lo publicaran; en Barcelona, la persona en que pensé para presentarlo, no acabó de entenderlo. Así que cuatro años más tarde lo co-publiqué con un modesto editor local y Josep Pradas tuvo la gentileza de presentarlo en Vilanova (mi texto de la presentación se puede leer en este mismo blog). Gracias a internet y en especial al blog de Arcadi Espada he podido darlo a conocer a más gente (antes ya se había vendido algún ejemplar en Barcelona, en Madrid o en Valencia, sobre todo en librerías de ateneos y cosas así). El resto los he regalado. Repito que sin ser los "Principios matemáticos de la filosofía natural" de Newton, el "Ensayo" plantea y llega a profundizar en cuestiones, sobre todo filosófico-políticas, de primer orden. Pienso, por tanto, que su esforzada lectura bien puede valer la pena, a fin de cuentas, para quien esté interesado en estos asuntos.

Ahora agradezco a Juanjo Jambrina que me haya obligado a escribir este muy sucinto resumen retrospectivo.

07/05/2006 15:00 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 12 comentarios.

Reseña: "La democracia según John Dewey" (publicada en "Archipiélago", abril 2005)

Dewey es uno de los autores (junto a Castoriadis, Arendt, Virno, Beck, Deleuze, Sloterdijk, y otros) con los que he ido trabajando después del "Ensayo sobre el sentido común". Quizá sea buen momento de repasar esta reseña otra vez, porque Dewey es uno de los clásicos del siglo XX, fenecidos o vivos, que más recorrido intelectual y práctico permiten.

LA DEMOCRACIA SEGÚN JOHN DEWEY

"La opinión pública y sus problemas", John Dewey, trad. de Roc Filella, estudio de Ramón del Castillo, Morata, Madrid, 2004, 187 pp.

Decía Cornelius Castoriadis que a lo largo del último medio milenio únicamente Spinoza y Hegel habían logrado hilvanar el gran descosido de nuestra época moderna, a saber, la relación y vínculo entre lo íntimo (que no meramente privado) y lo público (o lo relativamente privado). Y tengo para mí que John Dewey (1859-1952) corrobaría el matiz que Castoriadis añadía a su dictamen: mientras que en Spinoza el amor racional del ciudadano libre sobrenada en un vacío histórico, en Hegel el vínculo se logra a expensas de una adoración a fin de cuentas acrítica de lo real-histórico.

¿Quién fue John Dewey? El más insigne y perspicaz representante de la única corriente de pensamiento que en la más reciente modernidad haya intentado anudar a la manera antigua la relación entre lo íntimo y lo público, esto es, combinando una teoría del conocimiento con una práctica de las disposiciones. Teoría y práctica que, a partir de lo necesario, se proyectarían sobre lo posible en atención a las condiciones y consecuencias tanto de las necesidades como de las capacidades respectivamente tomadas en consideración, esto es, deliberadas. Este pensamiento instrumental emergió en los Estados Unidos de América a finales del siglo XIX y se llamó pragmatismo. El solo nombre de John Dewey, repito, podría valer como condensación de sus mejores y más perdurables logros, y quizá Castoriadis pudiera haberlo mencionado junto a Hegel y Spinoza (mucho más cercano a éste, Dewey rechaza sin embargo los planteamientos de ambos, aunque en el caso de Spinoza podríamos decir que, en lugar de rechazarlo, lo mejora).

Por todo esto reviste el mayor interés la publicación por parte de la benemérita editorial Morata de "La opinión pública y sus problemas" ("The public and its problems", en el original), obra de John Dewey que toma por objeto de discusión la cuestión de la formación de un público democrático en la era de la sociedad tecnológica. Esto es, la cuestión de cómo convertir la masa de relaciones humanas que la industrialización tecnológica ya por entonces había formado en lo que Dewey llama un público (que spinosianamente podríamos llamar también una multitud democrática), y de qué instrumentos políticos son los más adecuados para volver a identificar los intereses comunes de los gobernantes y los gobernados, es decir, para transformar la Gran Sociedad tecnológica en una Gran Comunidad política. Hoy en día, de Peter Sloterdijk a Paolo Virno, en el contexto de la “crisis del humanismo” que caracterizó nuestro pasado siglo XX, multitud de pensadores vuelven a abordar esta cuestión con audacia e interés.

Muy someramente, la propuesta histórica y psicológica de John Dewey consiste en intentar combinar una política del conocimiento bajo el signo de la libre investigación y comunicación sociales propias de la ciencia con una ética del interés público que atienda a los efectos de la aplicación tecnológica de la ciencia. Para decirlo sin barroquismos, una ética pública del conocimiento social anudaría lo íntimo y lo público, las costumbres y las instituciones, el trabajo y las corporaciones, y en fin, la vida y la política en el ámbito de comunidades locales traspasadas por los flujos translocales de esos mismos nudos.

Como “hipótesis con la que orientar la experimentación social”, la lectura de este libro de 1927 será de una utilidad reflexiva máxima para todos aquellos que hoy están poniendo en marcha prácticas emancipatorias como el software libre, las asambleas de investigacción y comunicación social, los blogs o los portales sindominio en internet, las tele-street, etc. O para aquellos que construyen esferas públicas no directamente estatales, sea cara a cara o por internet, que luchan contra la propiedad intelectual de la industria e intentan otras reapropiaciones divulgativas de la inteligencia común, que se socializan glocalmente en ateneos de barrio y van construyendo así “lugares mundiales”, etc., etc.

En cualquier caso, sabemos muy bien que la fusión de lo íntimo y lo público, más que imposible, es indeseable (las experiencias totalitarias nos lo han enseñado), pero también somos muy conscientes, se diría que cada vez más gracias precisamente a tecnologías como internet, de que los temblores de nuestros cuerpos anhelan algo más, bastante más, que el ondear de banderas nacionalistas o el imperio multinacional de las mercancías. Anhelan ser compartidos, porque son comunes. Anhelan amar y comunicarse. Anhelan, paradójico deseo, hacerse públicos. La democracia según John Dewey es vida cooperativa en comunidad. La Gran Comunidad sería poner comúnmente en juego, como quería Bataille, nuestras temblorosas vidas. Medios no faltan, aunque en ellos y sobre ellos haga falta más libertad y deliberación social.

Ximo Brotons

13/05/2006 12:24 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 12 comentarios.


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