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Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

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procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006.

El Manifiesto de Euston

El Manifiesto de Euston se presentó el jueves pasado en Londres. Vamos a ver si esto funciona:

Por una renovación de la política progresista


A. Preámbulo

Somos demócratas y progresistas, y proponemos un nuevo alineamiento político. Muchos pertenecemos a la izquierda, pero los principios que propugnamos no provienen exclusivamente de este ámbito. De hecho, abarcamos desde la izquierda socialista hasta los liberales igualitarios y otros comprometidos de manera clara con la democracia. En realidad, la reconfiguración del pensamiento progresista a la que aspiramos implica el trazado de una frontera entre las fuerzas de izquierdas que permanecen fieles a sus valores auténticos y otras corrientes que últimamente han manifestado una excesiva flexibilidad respecto de esos valores. Supone hacer frente común con los demócratas de verdad, sean o no socialistas.

Nuestra iniciativa hunde sus raíces en Internet, especialmente en la “blogosfera”, a través del cual ha hallado su base de simpatizantes. Somos conscientes, sin embargo, de que esta base política está infrarrepresentada en otros ámbitos, como los medios de comunicación y otros foros de la vida política contemporánea.

A continuación exponemos nuestra declaración de intenciones, resumida en principios básicos que suscribimos. Con ella inauguramos un nuevo sitio en la Web que brindará apoyo a la corriente de opinión que aspiramos a representar y que acogerá diversos blogs fundacionales y otros sitios en la Web que se asocian a este llamamiento por una nueva configuración progresista.

B. Declaración de principios

1. Por la democracia
Manifestamos nuestro compromiso con las normas democráticas, sus procedimientos e instituciones, entre las que destacamos la libertad de opinión y reunión, los comicios libres, la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial y la del Estado y la religión. Apreciamos las tradiciones e instituciones y el legado de buen gobierno de aquellos países en los que ha arraigado la democracia pluralista y liberal.

2. Contra la apología de la tiranía
Nos negamos a justificar o a manifestar nuestra indulgente “comprensión” de los regímenes y movimientos reaccionarios para los cuales la democracia es un enemigo detestado; unos regímenes que oprimen a sus propios pueblos y unos movimientos que aspiran a poder hacerlo. Trazamos con mano firme una frontera entre nosotros y quienes desde posturas progresistas de izquierdas se apresuran actualmente a brindar razones exculpatorias a estas fuerzas políticas.

3. Derechos humanos para todos
Consideramos que los derechos humanos fundamentales inscritos en la Declaración Universal son precisamente universales y que son obligatorios para todos los Estados y movimientos políticos y, de hecho, para todos los seres humanos. Las violaciones de estos derechos deben ser condenadas, con independencia de quiénes sean sus responsables y de cuál sea su contexto cultural. Rechazamos el doble rasero que actualmente aplica buena parte de la autoproclamada opinión progresista, para la que las violaciones de los derechos humanos más benignas (aunque desgraciadamente existentes) cometidas cerca de casa o a manos de gobiernos desfavorecidos son siempre más denunciables que otras violaciones flagrantemente más graves. Rechazamos asimismo el relativismo cultural en virtud del cual es posible sostener que estos derechos humanos básicos no son aplicables a determinadas naciones o pueblos.

4. Igualdad
Abrazamos los principios de una política igualitaria universal. Aspiramos al progreso en las relaciones entre los sexos (hasta lograr la igualdad de género plena), entre diferentes comunidades étnicas, entre los seguidores de las diversas religiones y quienes no tienen afiliación religiosa y entre personas de distintas orientaciones sexuales, así como a la igualdad social y económica más amplia en todos los ámbitos. Por manifestarse entre nosotros diferencias de apreciación al respecto, dejamos abierta la definición de las mejores formas económicas de lograr esta igualdad generalizada, pero apoyamos los intereses de los trabajadores en todo lugar y su derecho a organizarse para defenderlos. Los sindicatos democráticos son las organizaciones de base en la defensa de los intereses de los trabajadores y una de las más importantes fuentes de los derechos humanos, la promoción de la democracia y el internacionalismo igualitario. Los derechos laborales son derechos humanos. Consideramos una prioridad la adopción universal de las Convenciones Internacionales de Regulación del Trabajo, en la actualidad sistemáticamente ignoradas por los gobiernos de todo el planeta. Estamos comprometidos en la defensa de los derechos de la infancia y en la protección de las personas contra la esclavitud sexual y cualquier forma de malos tratos institucionalizados.

5. Desarrollo para la libertad
Defendemos el desarrollo económico global para la libertad y contra la opresión económica estructural y la degradación del medio ambiente. La expansión actual de los mercados globales y la libertad de comercio no deben servir los limitados intereses de una pequeña elite corporativa del mundo desarrollado y sus asociados en los países en desarrollo. Los beneficios del desarrollo a gran escala a través de la expansión del comercio global deben distribuirse los más ampliamente posible a fin de servir los intereses económicos y sociales de los trabajadores, agricultores y consumidores de todos los países. La globalización debe aspirar a una integración social global y al compromiso con la justicia social. Apoyamos una reforma radical de las principales instituciones encargadas del gobierno global de la economía (Organización Internacional de Comercio, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial) para que lleven a cabo estas políticas, y apoyamos asimismo el comercio justo, el incremento de las ayudas, la cancelación de la deuda y la campaña “Make Poverty History”. El desarrollo puede garantizar el incremento de la esperanza de vida y la mejora de su disfrute, mediante la atenuación de los trabajos más pesados y la disminución de la jornada laboral. También puede aportar una mayor libertad a los jóvenes, posibilidades de nuevas actividades para los adultos y seguridad para los ancianos. Incrementa las perspectivas y oportunidades de viajar y contribuye a que los extraños se hagan amigos. El desarrollo global debe implementarse de manera que garantice un crecimiento sostenible para el medio ambiente.

6. Oposición al antiamericanismo
Rechazamos con la mayor firmeza el antiamericanismo que actualmente infecta una parte importante del pensamiento progresista de izquierdas y parte del conservador. No se trata de postular a EE.UU. como modelo de sociedad, de cuyos problemas y defectos somos conscientes. Pero éstos forman parte también, en mayor o menor medida, de todo el mundo desarrollado. Estados Unidos de América es un gran país y una gran nación, que alberga una democracia consolidada con una noble tradición a sus espaldas y logros sociales y constitucionales duraderos alcanzados en su nombre. Sus gentes han producido una cultura llena de vida que procura placer, conocimiento y envidia a millones de personas. El hecho de que la política exterior de EE.UU. con frecuencia haya luchado contra gobiernos y movimientos progresistas y apoyado a algunos que son autoritarios y regresivos no puede justificar un prejuicio generalizado contra ese país y sus gentes.

7. Por la solución de los dos estados
Reconocemos el derecho tanto del pueblo israelí como del palestino a la autodeterminación, en el marco de dos estados distintos. La subordinación o eliminación de los legítimos derechos e intereses de una de las dos partes del conflicto no puede constituir una solución razonable del mismo.

8. Contra el racismo
Para los progresistas y la izquierda el antirracismo es un axioma de base. Nos oponemos a cualquier forma de prejuicios y comportamientos racistas, trátese del racismo antiinmigrantes de la extrema derecha; del racismo interétnico y tribal; del racismo contra personas originarias de países musulmanes y sus descendientes, especialmente en el marco de la Guerra contra el Terrorismo. La reciente reaparición de otra forma ancestral de racismo, el antisemitismo, no ha sido aún convenientemente reconocida en ambientes progresistas y de izquierda. Algunos explotan los legítimos agravios del pueblo palestino sometido a la ocupación israelí para enmascarar sus prejuicios contra el pueblo judío detrás del eslogan del “antisionismo”. De más está decir que también nos oponemos a este tipo de racismo.

9. Unidos contra el terror
Nos oponemos a todas las formas de terrorismo. El asesinato deliberado de civiles es un crimen reconocido por las leyes internacionales y todos los códigos de conducta bélica, y no puede ser justificado con el argumento de que se realiza en nombre de una causa justa. El terrorismo de inspiración islamista es hoy una realidad generalizada. Constituye una amenaza a los valores democráticos y la libertad de las personas en numerosos países. Ello no debe servir de justificación para los prejuicios contra los musulmanes, que son sus principales víctimas y entre los que se encuentran algunos de sus más valientes opositores. Pero como todo terrorismo, éste constituye una amenaza que ha de ser combatida y no justificada.

10. Un nuevo internacionalismo
Apoyamos una política internacionalista y la reforma de las leyes internacionales en pro de la democratización y el desarrollo globales. Las intervenciones humanitarias, cuando son necesarias, no son un desprecio de la soberanía sino su conveniente aplicación a la “vida en común” de las personas. Sólo los Estados que protegen mínimamente la vida en común de sus gentes (porque no torturan, asesinan o masacran a sus propios civiles y cubren sus necesidades vitales básicas) merecen que su soberanía sea respetada. Pero si el mismo Estado viola la vida en común de manera flagrante, su derecho a la soberanía queda revocado, y la comunidad internacional tiene la obligación de intervenir humanitariamente. Cada vez que se traspasa el límite de la inhumanidad, se impone la “responsabilidad de proteger”.

11. Apertura crítica
Basándonos en la desastrosa experiencia de las justificaciones de los crímenes del estalinismo y el maoísmo avaladas por la izquierda, así como en más recientes ejemplos de esta conducta (algunas reacciones a los crímenes del 11-S, la búsqueda de excusas para el terrorismo suicida, la reciente y vergonzosa colaboración entre el movimiento del “no a la guerra” y los teócratas dogmáticos), rechazamos la idea de que no puede haber enemigos en la izquierda. Del mismo modo, rechazamos la idea de que no pueden tenderse puentes a ideas y personas situadas a nuestra derecha. Los izquierdistas que hacen causa común con. o hallan excusas para, las fuerzas antidemocráticas deben ser criticados de la manera más clara y contundente. A la inversa, prestamos atención a voces e ideas liberales y conservadoras que contribuyen al fortalecimiento de las normas y prácticas democráticas y a la lucha por el progreso de la humanidad.

12. La verdad histórica
En sintonía con los presupuestos humanistas de base del movimiento a favor del progreso de la humanidad, manifestamos enfáticamente el deber de los genuinos demócratas de respetar la verdad histórica. No sólo los fascistas, los negacionistas y otros de esta especie han intentado borrar las huellas de la historia. Una de las tragedias de la izquierda es que su misma reputación se vio masivamente comprometida por el movimiento comunista internacional, y algunos de sus miembros aún no han aprendido la lección que se impone. La honradez política y la franqueza son para nosotros una obligación fundamental.

13. Libertad de pensamiento
Defendemos la tradicional libertad de pensamiento liberal. Más que nunca, hoy es necesario afirmar que, con las normales limitaciones contra la difamación, el insulto y la incitación a la violencia, se debe defender el derecho a criticar ideas (incluso sistemas de ideas) suscritas por otros. Esto incluye la libertad de criticar las religiones, tanto los credos específicos como la religión en general. El respecto debido a los otros no supone el silenciar las propias creencias cuando se constata que están siendo relegadas.

14. Código abierto
En el marco del libre intercambio de ideas, y con el fin de fomentar las iniciativas intelectuales conjuntas, apoyamos el desarrollo sin trabas del software y otras herramientas creativas y nos oponemos al registro de genes, algoritmos y fenómenos de la naturaleza. Nos oponemos a la aplicación retroactiva de las leyes de propiedad intelectual en beneficio de los intereses corporativos de los propietarios de derechos de autor. El modelo “open source” (código abierto) es colectivo y competitivo, colaborativo y meritocrático. No es un ideal teórico sino una realidad comprobada que ha generado un conjunto de bienes comunes cuya solidez y fortaleza se ha consolidado durante décadas. De hecho, la colaboración en el marco del código abierto se desprende de los ideales colegiados de la comunidad de investigadores científicos, que han sido la fuente del progreso del hombre a lo largo de los siglos.

15. Una herencia que hay que proteger
Rechazamos el miedo a la modernidad, el miedo a la libertad, el irracionalismo, la subordinación de las mujeres. Y reafirmamos las ideas que inspiraron los grandes llamamientos colectivos de las revoluciones democráticas del siglo XVIII: libertad, igualdad y solidaridad, derechos humanos, búsqueda de la felicidad. Estas ideas seminales se convirtieron en nuestra herencia gracias a las transformaciones socialdemócratas, igualitarias, feministas y anticolonialistas de los siglos XIX y XX, que aspiraron a la búsqueda de la justicia social, el estado del bienestar, la hermandad y sororidad de todos los hombres y mujeres. Nadie puede verse excluido, nadie debe quedar marginado. Somos partidarios de estos valores. Pero no somos fanáticos, y por ello abrazamos igualmente los valores del libre cuestionamiento, el diálogo abierto y la duda creativa, del juicio ponderado y la conciencia de los límites impuestos por la realidad. Nos oponemos con el mayor vigor a la imposición de una verdad total, incuestionable y acrítica.


C. Elaboraciones

Defendemos las democracias pluralistas y liberales contra quienes ignoran las diferencias entre ellas y los totalitarismos y otros regímenes tiránicos. Pero las democracias tienen sus propios defectos y limitaciones. La lucha por el desarrollo de instituciones y actuaciones más democráticas, y a favor del acceso al poder de quienes carecen de influencia, voz o recursos políticos, es un aspecto vigente para cualquier programa de izquierdas.

Las bases económicas y sociales en las que las democracias liberales se asientan están marcadas por profundas desigualdades de riqueza y salarios y por la pervivencia de privilegios inmerecidos. A su vez, las desigualdades globales son objeto de escándalo para la conciencia moral de la humanidad. Millones de seres humanos viven en la más terrible pobreza. Cada semana, decenas de miles de personas (sobre todo niños) mueren de enfermedades curables. La desigual fortuna, entre individuos y entre países, reparte arbitrariamente entre los hombres la posibilidad de sobrevivir.
Este estado de cosas es un reproche permanente a la comunidad internacional. Nosotros, personas de izquierdas, respetando nuestras tradiciones, luchamos por la justicia y una vida digna para todos. En nombre de esas mismas tradiciones, también hemos de luchar contra las poderosas fuerzas de tiranías de corte totalitario que han vuelto a ponerse de manifiesto. Tenemos que librar estas dos batallas simultáneamente. No es posible sacrificar ninguna.

Repudiamos el modo de pensamiento según el cual los sucesos del 11 de septiembre de 2001 fueron la moneda justamente devuelta a Estados Unidos, y que son “comprensibles” a la luz de los legítimos agravios generados por la política exterior de este país. Ese día se perpetró un asesinato masivo, inspirado por odiosas creencias fundamentalistas, que nada puede redimir. Ninguna formulación evasiva es capaz de ocultar este hecho.

Los impulsores fundacionales de este manifiesto adoptaron posturas diferentes ante la intervención militar en Irak, unos a favor y otros en contra. Reconocemos que era posible disentir razonablemente de las justificaciones de dicha intervención, la manera en que fue llevada a cabo, la planificación (o falta de planificación) del período posterior y las posibilidades reales de una implementación exitosa del cambio democrático en ese país. No obstante, todos coincidimos en la valoración del carácter reaccionario, semifascista y asesino del régimen baasista iraquí, y reconocemos en su derrocamiento la liberación del pueblo iraquí. También nos reúne la opinión de que, desde ese día, la primordial preocupación de los auténticos progresistas e izquierdistas debió de ser la lucha por lograr la implantación en Irak de un orden político democrático y la reconstrucción de las infraestructuras del país, así como la creación, después de décadas de la más brutal opresión, de un marco de vida para los iraquíes condigno con el que quienes viven en países democráticos dan por supuesto, en lugar de escarbar entre las ruinas de Irak en busca de argumentos sobre la intervención.

Esta actitud nos opone no solamente a quienes en la izquierda se han manifestado abiertamente a favor de las bandas de criminales djihadistas y baasistas de la mal llamada resistencia iraquí, sino también a quienes han buscado la manera de situarse entre estas fuerzas y los grupos que luchan por instaurar en ese país nuevas formas de vida democrática. Tampoco somos de la cuerda de quienes con la boca pequeña se declaran a favor de estos fines, mientras dedican la mayor parte de sus energías a criticar a sus adversarios políticos en casa (supuestamente responsables de todas las dificultades encontradas en Irak) y mantienen un silencio táctico casi total sobre las impresentables fuerzas de la “insurgencia” iraquí. Los numerosos opositores de izquierdas a un cambio de régimen en Irak que han sido incapaces de comprender los motivos que han conducido a otros miembros de la izquierda a apoyar ese proceso y que se dedican a decretar su anatema y excomunión, llegando recientemente a exigirles que hagan acto de contrición y se arrepientan, delatan con claridad meridiana los valores democráticos en los que creen. Las agresiones vandálicas contra sinagogas y cementerios judíos y los ataques a las personas judías están incrementándose en toda Europa. El “antisionismo” ha crecido hasta el punto de que supuestas organizaciones de izquierdas aplauden y apoyan a oradores abiertamente antisemitas y forman alianzas con grupos antisemitas. Entre personas cultas y acaudaladas se hallan individuos que no tienen empacho en afirmar que la guerra de Irak se hizo para defender intereses judíos o que elaboran otras sutiles y “educadas” insinuaciones acerca de la influencia de los judíos en la política nacional e internacional; unas insinuaciones que durante más de cincuenta años, y a consecuencia del Holocausto, nadie se hubiese atrevido a hacer públicamente sin correr el riesgo de deshonrarse. Nos oponemos firmemente a cualquier manifestación de este tipo de intolerancia.

La violación de derechos humanos básicos en Abu Graib y en Guantánamo y la práctica de la “rendición” deben ser vigorosamente condenadas por lo que son: una desviación de los principios universales de cuya histórica adopción los mismos países democráticos, y principalmente Estados Unidos, son mayoritariamente responsables. Pero rechazamos el doble rasero que hoy permite a la mayor parte de la izquierda calificar de máximas violaciones de los derechos humanos las perpetradas por las democracias, mientras silencian o callan infracciones que las superan con creces. Esta tendencia ha alcanzado un grado tal que miembros oficiales de Amnistía Internacional, una organización que se ha ganado un enorme respeto en todo el mundo por su invalorable labor de décadas, puede ahora permitirse elaborar grotescas comparaciones entre Guantánamo y el Gulag, y afirmar que las leyes adoptadas por EE.UU. y otras democracias liberales en su Guerra contra el Terrorismo constituyen el mayor ataque contra los principios de los derechos humanos de los últimos 50 años, mientras voces progresistas y de izquierdas los aplauden por ello.

D. Conclusión

Es de vital importancia para el futuro de las políticas progresistas que las personas de sensibilidad liberal, igualitaria e internacionalista alcen hoy su voz con claridad. Debemos definirnos en contra de todos aquellos para quienes las políticas democráticas y progresistas han quedado subordinadas a un simplista y elemental “antiimperialismo” y/o a la hostilidad hacia la actual administración estadounidense. Los valores y objetivos que realmente constituyen esas políticas –los valores de la democracia, los derechos humanos, la batalla permanente contra el poder y los privilegios injustificados, la solidaridad con los pueblos que luchan contra la tiranía y la opresión– son los que más duraderamente definen los contornos de cualquier izquierda a la que valga la pena pertenecer.



01/06/2006 19:11 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 7 comentarios.

El fantasma de Pelé

Ha empezado el Mundial.

Una vez leí, años después de haber escrito esto hace unos años, que Spinoza soñó en un brasileño, en un negro brasileño. Yo también. No sé si de la misma forma, ni tampoco muy bien por qué.

EL FANTASMA DE PELÉ

“Quizá hubo un segundo en que negó la inminencia y el tiempo fue marcado y se volvió indeciso, y en el que Szentkuthy vio claros la línea divisoria y el muro normalmente invisible que separan vida y muerte, el único `Aún no´y el único `Ya está´ que cuentan. A veces están en poder de las cosas más nimias, de unos dedos sin fuerza que se han cansado de buscar un bolsillo y tirar de una manga, o de la suela de una bota”.
“En el tiempo indeciso”, Javier Marías, "Cuentos de fútbol"

De la grata estirpe fantasmal existen dos gamas: una, la que acude oportunamente en nuestra ayuda exigiendo como contrapartida un mínimo esfuerzo por nuestra parte –así el fantasma del "Cuento de Navidad" de Dickens-, y otra, la que en las noches de febriles pesadillas nos resquebrajan la razón con miedos y zozobras –así en todos los monstruosos relatos de Lovecraft-. Los primeros, los fantasmas socorristas por llamarlos de alguna manera, tienen algo de héroes: en contra de la imaginería religiosa que asocia la bola encadenada con el castigo de sus culpas, desde una perspectiva moral atenta a la hazaña vital los fantasmas están condenados y encadenados a su naturaleza como los héroes lo están a su trágico destino. Por otra parte, que los fantasmas sean un poco fantasmas, es decir, que hagan fiel honor a la palabra que los designa no viene más que a corroborar un hecho irrefutable: contra los terribles y extraños monstruos de la muerte sólo alguien un poco fantasma para ser fantasma puede entablar combate de igual a igual... Los que en el mejor caso sólo somos meros fantasmillas o fantochetes nos tenemos que resignar a aprender de tales héroes de la vida; puede que entonces, junto a ellos, empecemos a luchar.

Explicaba Savater que cuando el insomnio nocturno lo martirizaba de miedo y horror solía recurrir en un último sueño no menos desesperado a los héroes literarios que había tenido la oportunidad de conocer: Tarzán llamando a los elefantes, Sandokán desafiando al mundo entero, King Kong intentando abrazar el mundo... De este modo, la fuerza de la vida volvía a instalarse en él y podía dormir tranquilo. Ya de mayor, el propio Savater, a propósito ahora de otros fantasmas esta vez cuadrúpedos y llamados caballos de carreras, llegó a escribir lo siguiente: “Pero yo sé lo que es la libertad (aunque a veces no acierte a explicarlo) gracias a que frecuento el hipódromo...”. Todos tenemos nuestro tesoro de vida y libertad, encontrar la isla y buscar el tesoro: esta es la cuestión realmente moral de quien ha elegido vivir. ¿Fantasmas, tesoros? A propósito de Lucrecio, quien en cuestiones de ciencia-ficción y apariciones espectrales tiene la última palabra, apuntaba Rosset la posibilidad de dividir a los hombres en dos categorías: “los débiles de espíritu, que creen en fantasmas, y los que, aún poseyendo gran fortaleza de espíritu, creen igualmente en los fantasmas”. Por lo que me concierne, en la travesía que emprendí hace veintitantos años he tenido la suerte de encontrar una de las joyas de mi vida y mi libertad, cuyo fulgor toma un cuerpo vagamente espectral, una figura suspendida en la eternidad del éter. Como habrán adivinado, estoy hablando del fútbol y más concretamente de un futbolista. Yo también padecí noches insomnes en las que, aterrorizado hasta la fascinación, me asaltaban imágenes terribles de bestias asesinas, cuerpos mutilados, caras malvadas e incluso desastres apocalípticos... tan exageradamente angustiosas, pero tan verdaderas, que ahora, desde la lejanía, me asustan lo suyo. He llegado a la schopenhauriana conclusión de que vivir, lo que se dice vivir, pasarlo auténticamente bien y auténticamente mal, sólo vivimos de pequeños: la vida adulta y todo lo que conduce a ella no es más que una mala imitación o un intento desesperado y a menudo patético por recuperar la infancia. Mis pesadillas infantiles fueron terriblemente ciertas y si no fuera por su sorprendente radicalidad me consideraría a mí mismo un mentiroso. Pero por suerte, en tal sudorosa tesitura, encontré a mi fantasma, a mi divinidad vigilante, alguien que sólo en mi fuero interno podía estar, algo inesperado. Recuerdo el horror y el último grito sordo de socorro. Apareció una figura que jugaba al fútbol, que hacía maravillas con el balón, que se reía. Sólo reclamaba valor. Era mi héroe: era Edson Arantes do Nascimiento, Pelé.

El fútbol o balompié ha tenido millones de seguidores ya desde Aristóteles, aunque por aquel entonces, según lo poco que sabemos, el juego era un pelín más bruto y podía acabar con la cabeza de alguien como pelota. Heródoto atribuye su invención a los licios. En Italia recibe el nombre de calcio porque las primeras noticias que se tienen de la práctica del deporte del pie y del balón se localizan en la antigua Calcis del sur de la península itálica. Bien es verdad sin embargo que el fútbol tal como lo conocemos hoy es una invención británica fechada a mediados del siglo pasado. Desde entonces las reglas del juego no han variado en esencia. Quizá haya sido en estos últimos años cuando el debate sobre la necesaria reforma del fútbol se ha hecho más acuciante; son muchos, demasiados, los millones que se mueven alrededor de un deporte que ha convertido la profesión de futbolista en un negocio del que todo el mundo quiere sacar pitanza. Las exageradas cantidades de dinero que cobran actualmente los jugadores, no obstante, molestan sobre todo a los socios de los clubs, quienes se indignan tontamente por algo que ellos mismos han contribuido a crear. Personalmente, mi relación con el fútbol ha sido de las que uno nunca llega a estar cansado, todo lo más relajado. Tampoco me une a él, al menos no prioritariamente, la posibilidad ya advertida por Pla de entablar conversación y promover relaciones sociales que procura la dimensión sociológica del deporte en general y del fútbol muy en particular. Aunque bienvenida sea dicha función, sin duda más pacífica que la de ir a hacer la guerra, por ejemplo, no es lo mismo enamorarse de una mujer que enamorarse de una muñeca hinchable. Sólo los sociólogos pueden llegar a apasionarse por las funciones, sobre todo sociales; también los funcionarios. Pero lo que me interesa, lo que yo quiero de verdad es carne al horno y no plástico al microondas. De tal naturaleza exclusiva es mi idilio con el fútbol que disfruto más, o al menos el goce es deliciosamente diferente, viendo un partido a solas que acompañado (aunque realmente nada hay mejor que la buena compañía). No me gusta discutir con quien sólo se conforma con ganar ni tampoco con el recién llegado que aplica sus conocimientos matemáticos de ingeniería botánica para explicarse mejor. Hablar de fútbol, no quejarse del resultado del domingo o de la decisión del árbitro, la verdad es que hablo muy de vez en cuando, aunque en el momento que veo en los ojos de mi contertulio un centelleo admirado por la jugada de fútbol que acabo de comentar, o una mueca contrariada pero apasionada, le acribillo a discreción y sin piedad con todo mi arsenal de recuerdos, inquietudes y gustos futbolísticos. Finalmente, unas palabras contra las repetidas críticas marxistas y racionalistas sobre la pretendida alienación que provoca el fútbol, opio del pueblo para las primeras, incomprensible afición de algunas personas inteligentes para las segundas. No es necesario extenderse: para los marxistas, todo lo que ellos no hayan organizado no deja de ser una malévola maniobra del capital; para los racionalistas fanáticos, para los locos, el movimiento y la imaginación siempre han sido enemigos declarados. Sin dudad hay imbéciles, quizá demasiados, a quienes gusta el fútbol... pero entenderán que ese no es mi problema. Amo el fútbol, no lo defiendo. De modo que en el momento en que la tristeza y la seriedad, la estupidez y la pedantería vuelven para aniquilarme, aparece de nuevo quien yo quiero, mi valor y mi tesoro: Pelé haciéndole un gol inolvidable al monstruo del horror y del miedo.

Por lo común, se entiende que ha habido cuatro grandes jugadores en la breve historia del fútbol moderno, a falta de los que se puedan ir añadiendo en el futuro. En un hermoso artículo publicado en El País, Ángel Cappa los definía de la siguiente manera: “Di Stéfano fue la ciencia; Pelé, la jugada imposible; Cruyff, un manual, y Maradona, un mago”. Quizá haya sido de Di Stéfano de quien he escuchado más y más sinceros elogios. En uno de aquellos libros didácticos sobre fútbol que tenía uno de mis hermanos, Di Stéfano aparece como el mejor delantero centro de todos los tiempos. Mi padre, que aseguraba haberlo visto jugar, no se cansaba de repetir que Di Stéfano fue el único de los grandes en no acomodarse jamás; incluso del cinéfilo Juan Tébar oí decir lo mismo: la Saeta Rubia siempre estaba ahí, dispuesto a dar el taconazo que abre hueco o a marcar el gol de la victoria. Di Stéfano (y otros, claro) hizo grande al Madrid, y para un medio-barcelonista como yo este dato incrementa cierta maliciosa sospecha de que no fue para tanto; si me oyera mi padre me desheredaría al instante, de modo que la cosa quedará sin más en una ligera discrepancia. En segundo lugar, Cruyff. Como único europeo de los cuatro quizá no sea errónea la obsesión calculadora y previsora que se le atribuye. Pero no hay nada pernicioso en intentar racionalizar un juego tan instintivo y físico como el fútbol si el empeño es apasionado, como sin duda lo fue el del Profeta del Gol. Cruyff no sólo nos dejó miles de quiebros y escaramuzas que ejemplifican la inteligencia de un juego considerado en algunos lares para subnormales; a parte de “grande”, el holandés ha sido como mínimo dos cosas más: poeta y anti-entrenador. De lo primero recuerdo un verso sumamente revelador: “Estoy solo ante la portería/y no tengo ni un segundo para pensar”; de lo segundo he tenido la suerte de acudir varias veces al Camp Nou en su mágica época de mister. En una ocasión el periodista Feliciano Fidalgo le preguntó a Savater qué sabía de Cruyff. La respuesta del filósofo no fue más que una sincera confesión de ignorancia, pero apuesto mil duros contra uno a que Fidalgo también piensa que Cruyff es, salvando todas las distancias, el Voltaire del fútbol. Por último, el único grande de mi infancia, Diego Armando Maradona, el Pelusa. Quizá el legendario gol que le marcó a la selección de Inglaterra en el mundial de México´86 llegara demasiado tarde para ayudarme en la lucha contra el atroz miedo enloquecedor. De otro modo este texto estaría dedicado a su figura. Maradona volvió “al sol, a la cancha, al balón”, de donde nunca tendría que haber salido, como magistralmente escribió otro argentino, Jorge Valdano. Maradona es uno de ellos, aunque personalmente haya tenido que pagar caro su genial destino.

Y sin embargo, yo soñaba con Pelé. Pelé era el fútbol, Pelé era la alegría, Pelé era a la vez la vida y la libertad. En los años 80 el astro moreno llegó a aparecer en Victory (“Evasión o victoria”), irregular pero entrañable película del viejo John Huston, cuyo mejor acierto radica justamente en tal presencia. Yo amo la leyenda de Pelé que empezó a fraguarse un lejano día de 1958. En la final del campeonato mundial que Brasil ganó a Suecia, un joven chaval de 17 años cogió el balón a media altura, en el borde del área contraria, de espaldas a la portería, lo paró con el pecho, lo tocó lo suficiente para birlar al alto defensa, entró con un giro en el área chica y antes de que cayera envió un tremendo derechazo que se convirtió en el gol a partir del cual todos los goles son posibles. Su corta edad es una señal más de la madera de que estaba hecho Pelé: todos los héroes han sido precoces e insolentes. En aquel su primer Mundial, Pelé empezó a dictar su gloriosa lección destrozando todos los límites que no fueran el suyo propio. La imagen de Pelé levantado en hombros por sus compañeros, con su primera Copa del Mundo en las manos, llorando de emoción y de contento, es la imagen de su más decisivo triunfo: el triunfo de quien se arriesga a hacer lo que quiere y sueña. Tuvieron que pasar doce años, sin embargo, para que aquel jovenzuelo genial se coronara rey del fútbol, doce años en los que Pelé siguió imaginando goles furiosos que hicieran pedazos el orden de la muerte y jugadas maravillosas que iluminaran el caótico camino de la vida. En el campeonato mundial disputado en México en 1970 Pelé realizó la gesta más sublime, liderando y capitaneando al que está considerado mejor equipo de la historia del fútbol. En aquella imborrable final contra la selección de Italia, Pelé inauguró el marcador con un espléndido cabezazo, demostración de fuerza y calidad, que sin embargo fue contrarrestado por el temeroso cattenaccio. A partir de aquel instante, los dioses se aliaron con los valientes y se levantó el vendaval brasileño: un toque aquí, una pared allí, centro al segundo palo, templanza del balón, chut. Vuelta a empezar: desplazamiento largo, geométrico, suave control, fulminante disparo. Otra vez: veloz apertura a las bandas, corrimiento de espacios, febriles diagonales, solitario remate... En aquella final, que sólo he podido ver por televisión, se concentra todo lo que el fútbol puede enseñarnos, y no me refiero únicamente a las lecciones que nos pueda dar de cómo jugarlo. Pero hay unos segundos de aquel partido, un gol que ahora no recuerdo si es el segundo o el cuarto del equipo de Brasil... Por una vez, digo, por una vez prefiero la televisión al directo para ver ese gol. Porque ya me dirán a quién diablos pasaba Pelé. La tarde es soleada en Ciudad de México, el césped brilla de un verde intenso, el 10 amarillo recibe el balón en la frontal del área y gira sobre sí mismo, majestuosamente; alza la cabeza para ver qué puede hacer, pero no hay nadie ahí delante. Oye un rumor, quizá el susurro que tantas noches lo ha desvelado, mientras el público grita. Con un suavísimo y preciso toque abre a la derecha, dando espacio y tiempo. Entonces aparece corriendo aquel viejo y largo lateral derecho, el viejo y largo lateral derecho del mejor equipo del mundo, quien, con la complicidad del que comprende el generoso gesto de quien hace lo que sueña, empalma un soberbio cañonazo que descubre un agujero en la escuadra de la portería contraria. Cuando la pelota impulsada mágicamente por Pelé y el pie de Carlos Alberto se encuentran, cuando vuelvo a ver o a imaginar aquella suerte de perfecto triángulo en movimiento siempre recuerdo ahora los imperecederos versos de Keats: Beauty is truth; truth beauty- that is all / Ye know on earth, and all ye need to know. También la segunda imagen que mi memoria ha tenido a bien conservar de aquel partido es la de O Rei abrazado a un compañero con el puño en alto en señal de victoria. En aquella instantánea Pelé ya no llora de emoción, ahora ríe, ríe y ríe, como un crío, como el niñato que debutó a los 17 añitos, como el hombrecito que ha sobrevivido al terror y que al fin ha vencido a la muerte. Porque en aquella imagen Pelé no celebra un gol, Pelé celebra la victoria de la alegría, el triunfo de vivir.

Pelé es brasileño, y si nos dejamos llevar por los patriotismos este dato no es del todo baladí, aunque resulta cuanto menos curioso y liberador contrastarlo con la bandera que lo cobija. Lo reconozco, mi Pelé viste uniforme... ¡pero qué uniforme! ¿Qué cara se le quedaría a Auguste Comte si viera que su máxima de orden y progreso impresa en la bandera de la nación es la que ondea mientras cualquier genio futbolístico brasileño pone en duda la necesidad del mundo? Porque a parte de Pelé recuerdo por lo pronto algunos talentos más nacidos en la ex colonia portuguesa: Garrincha, Jairzinho, Romario, ahora Ronaldinho, del que dicen que va a ser el quinto en formar parte del Olimpo... El carácter de este tipo de jugadores, como el carácter de los grandes hombres, no es sólo rebelde: además de impertinente su rebelión está revestida de eficacia. Cuentan de Garrincha hazañas que ilustran lo dicho: corría por la banda con sus piernas patizambas, paraba, dejaba la pelota muerta y empezaba a hacer piruetas sin más pretensión que las ganas de divertirse, cuando el adversario se daba cuenta de ello indignado por la mofa a la que había estado sometido, Garrincha tocaba suavemente el balón con la cabeza alta, esquivaba la embestida del atónito defensa, corría un poco más y empezaba de nuevo su alegre baile... hasta que decidía poner la directa y marcar gol. Cabe imaginar a la gente jaleando tales espectáculos de habilidad. Otra leyenda que conocí de pequeño tenía por protagonista a un médico de profesión con nombre de filósofo que además jugaba al fútbol estupendamente. Sócrates se llamaba, y formó parte de otro memorable equipo brasileño sin la suerte de tener a Pelé en sus filas, me refiero a la selección de Zico y Falçao que disputó el Mundial de España y que cayó tristemente eliminada ante la Italia de Paolo Rossi. Pues bien, dicen que Sócrates tiraba los penaltis de tacón, sin mirar a portería, y que no fallaba ni uno, aunque yo no lo puedo asegurar. A quien sí he visto jugar ha sido a Romario, uno de los mejores jugadores de área de la historia del fútbol, y haciendo aquel chispeante regate que significó el primero de los cinco goles que el Barça le marcó al Madrid una fría noche de enero, y que fueron oportunamente replicados un año después. Ese instante en que Romario recibe el balón, lo enseña y lo amaga y lo empuja al fondo de la red... eso es libertad. Si Albert Camus aprendió las mejores lecciones de ética jugando al fútbol, como enfatiza hoy en día cualquiera, es porque el fútbol no enseña precisamente a ser esclavo de nada. Nadie como estos y otros grandes futbolistas han sabido demostrarlo.

Pero la leyenda más conocida del fútbol, la gesta más asombrosa e increíble que yo conozca fue obra, cómo no, de Pelé. En uno de los insulsos partidos de aquel campeonato del 70, Pelé agarró el balón en el centro del campo, levantó la cabeza y sin pensárselo dos veces envió un fuerte y ajustado disparo que, pese a no entrar, nos dejó a todos boquiabiertos para siempre. Ese gol que no fue gol simboliza a la perfección la momentánea maravilla del fútbol y de la vida. ¿No es sencillamente ejemplar que la leyenda más significativa sea una jugada que no acabó en gol? ¿No debiera esta paradoja servirnos a todos para apaciguar el ansia de ganar muchas veces innoble y para aprender a disfrutar más y mejor de lo que no es más ni menos que un juego entre humanos? Desde aquel entonces muchos han intentado hacer lo mismo, incluso con mejor suerte, pero sigo pensando que no son ellos, que cuando reciben en la media y vislumbran la posibilidad de marcar desde ahí, es Pelé quien está en ellos. No sólo en este tipo de jugadas vuelve a nosotros O Rei; cada vez que algún futbolista, ni que sea un chavalín de la calle o el jugador más millonario, sorprende al mundo con un quiebro magistral o una volea portentosa, es Pelé el campeón quien aparece transfigurado. Porque continúa teniendo ganas de intentarlo una vez más, porque sabe que lo importante es ser uno mismo cuando de repente se da cuenta de que en verdad somos muchos y que podemos hacer multitud de cosas, impensables hasta entonces, posibles desde ya. Contra la pesadumbre, la rutina, el aburrimiento, el miedo, el dolor o la impotencia, siempre aparecerá Pelé jugando al fútbol. Contaba Valdano de un jugador español que cuando éste salía disparado en diagonal hacia la portería sorteando a todos los defensas, le entraba el diablillo en el cuerpo. No era el diablo, Jorge, era Pelé. El fantasma de Pelé.

Ximo Brotons


13/06/2006 18:46 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.


Triunfo en Wembley

He visto que Guardiola está escribiendo en El País para el Mundial de Fútbol. Voy a colgar aquí el artículo que yo escribí después de volver de ver ganar a Guardiola la Copa de Europa en Londres. Aquel 20 de mayo de 1992, una hora más en España. Vale, es un artículo reescrito varias veces. Me acusaron -mi hermano, uno de los dos- de vivir de los laureles cuando se lo di a leer. No sé. Es posible. Qué importa. Pero sí. Ahora pienso que quizá este artículo puede tener la misma utilidad que un laurel, cuyo viejo olor sirve y vuelve a servir para condimentar renovados alimentos. Los que necesitamos siempre los que disfrutamos del fútbol, y de la literatura.

Como leí en The Independent el año pasado al ganar el País de Gales el Grand Slam de rugby treinta años después, "Good God, here we go again": cada cual a su manera.

TRIUNFO EN WEMBLEY

A mi padre

Todo empezó una gélida noche de noviembre, cuando ya acabado el tiempo reglamentario Bakero golpeó un balón colgado al área y marcó el tanto que permitía a su equipo acceder a la siguiente ronda de la Copa de Europa, a partir de aquel año oficialmente llamada Liga de Campeones. ¡Qué minutos! ¡Qué gol! ¡Qué suerte! Aquel vetusto y entrañable estadio alemán quedó enmudecido ante el jolgorio de los jugadores del equipo español. Laudrup, Salinas, Begiristain, Guardiola, Juan Carlos... saltaban enloquecidos. Aquest any sí, este año sí, pero no la liga sino la Copa de Europa. Lo dijo Bakero, en un alarde de ese sano augurio que no está basado en el fanatismo ni en el fatalismo sino en lo que el filósofo francés Bataille llamaba la voluntad de suerte: “este es nuestro año”. ¿Lo será?

Sí, lo fue. Aquel fue su año, el año del FC Barcelona, el equipo que representa ¡no a Cataluña, no a una “manera de ser”! sino a todos los equipos o clubes de fútbol que he amado en mi vida y sigo amando. Pero no quisiera aquí aburriros con exclusivos amoríos que ya ni siquiera a mí me interesan demasiado, yo querría hablaros de lo que significa la Copa de Europa, de lo que es ganar la Copa de Europa, de lo que fue aquella final del 20 de mayo de 1992 que presencié en directo, y también me gustaría hablaros de las lecciones que allí y entonces aprendí sobre el fútbol y tal vez sobre el sentido de vivir.

Nos habíamos quedado en noviembre de 1991, un miércoles lluvioso y desapacible que contrastaba con mi feroz alegría interna. “¿Será posible que por fin...?” Luego pasaron los meses, aquellos meses memorables de mi último curso de bachillerato en Vilanova, aquel marzo en que me enamoré en mi segunda visita definitivamente de Madrid y quizá de algo más; aquellos últimos días de clase y de fastidiosos exámenes en los albores de la primavera de mayo... Fue mi padre quien me espoleó, mediante chantaje. El Barça se había clasificado por tercera vez en su historia para la final de la Copa de Europa, yo acababa el curso el 15 de mayo y hasta la selectividad quedaba tiempo de sobra para poder disfrutar en vivo de un acontecimiento de tal calibre. Además, aquello significaba, también por segunda vez, visitar la ciudad de Londres.

Dejadme que os hable un poco de mi padre, o mejor, de su afición balompédica. Su equipo fue siempre el Hércules de Alicante, pero pasó unos años estudiando y trabajando en Madrid justo en la gran época de Alfredo di Stéfano. Mi padre me enseñó muchas cosas sobre este deporte, cómo había que pegarle al balón, cómo había que jugar con los compañeros, la importancia absoluta de las ganas de jugar, la permanente disposición a estar alerta como la forma más idónea de templanza...Y también me enseñó, a la manera compleja y contradictoria en que nos enseñamos los humanos, a detestar el fanatismo y la estupidez. A mí padre nunca le gustó toda esa parafernalia miserablemente nacionalista que envuelve al fútbol y especialmente al Barça, aunque recuerdo que también tenía sus pecadillos: le costaba reconocer que Platini era un gran jugador, porque era francés; desdeñaba en más de lo justo al Valencia, aunque jugase Kempes, etc. De manera que mi padre era un forofo del Hércules de Alicante, y un discreto pero no secreto seguidor del Real Madrid. Y sin embargo fue él quien me acicateó para ir a Wembley a ver la final, cuando yo tenía ya una edad en la que las relaciones entre padres e hijos suelen ser difíciles... “Si sacas tales notas, te pago el viaje y la entrada”. No hacía falta sacar tales o cuales notas, pues me pagó el viaje y la entrada con mucha antelación al resultado final de los exámenes académicos, y ahora sé que cuando mi padre me hizo aquella oferta era a sí mismo a quien se invitaba, él mismo quería estar en la gran final y lo iba a estar, de alguna forma misteriosa, a través de mí. A mi padre nunca le gustó el Barça, ni siquiera demasiado Cruyff (“el pesetero”, solía apodarlo), pero no era estúpido y como auténtico amante del fútbol no podía dejar de disfrutar con aquel aflamencado, exquisito y veloz equipo que luego se dio en llamar Dream Team: aún conservo en mi memoria gráfica un partido en Balaídos, que el Barça acabó ganando 0-3 al Celta, en el que por primera vez vi a mi padre tan contento por lo que estaba presenciando como seguramente lo estuvo en los años en que pudo gozar del juego de la Saeta Rubia y compañía. De igual modo compartí con él el entusiasmo por la ingenuidad jubilosa del joven Guardiola en un partido de segunda división que vimos una tarde de sábado por televisión y que, curiosamente (“algo que no se nombra con la palabra azar rige estas cosas”, como dice Borges), es el partido que Cruyff recuerda cuando habla de Guardiola en su libro Mis futbolistas y yo.

Hace poco el Real Madrid se ha proclamado, treinta años después de la última vez, campeón de Europa; lo hubiese apoyado de todas formas, aunque sea contra mi queridísima Juve, pero como homenaje a mi padre y a aquel noble gesto que tuvo conmigo, esta victoria y la forma como se consiguió -que tantas vivencias de las que ahora os voy a explicar me trajo a la mente- redoblaron mi alegría y mi convicción de lo que es importante en el fútbol y en la vida.

Así fue como el martes 19 de mayo de 1992 salimos de la estación de Sants rumbo a Londres, en un autobús lo suficientemente cómodo para soportar 25 horas de trayecto. Esa fue la primera vez que crucé Francia y que vi -¡ejem, a las dos de la madrugada y desde el autobús!- París. También era la primera vez que viajaba 25 horas en semejante medio de transporte, y puedo decir que lo mejor del viaje fueron los paisajes franceses que se veían desde el vehículo y las bromas con los amigos que me acompañaban. Aún recuerdo, no sin sonrojo, que me pasé el viaje imitando al periodista deportivo José María García, hazaña impropia de mi persona que causó un inesperado jolgorio entre el grupo de unos 40 aficionados que llenaba el autobús. Dentro de este grupo había muchos que mantuvieron de salida una actitud comedida y callada, dados los fracasos que hasta entonces habían jalonado la participación del Barça en las finales europeas. Pero pronto este silencio temeroso se fue tornando en algarabía a medida que íbamos consumiendo kilómetros bajo el cielo de Francia y nuestras imitaciones ganaban adeptos.

Tras una larga noche de festivo insomnio, un día soleado, primaveral y amable nos recibió en los acantilados blancos de Dover. Estábamos en la alegre Inglaterra, donde lo primero que hicimos un amigo y yo fue cumplir con nuestras necesidades urinarias. Dos horas más de monótonas autopistas y llegamos por fin a Londres, la gran ciudad, irreal y cotidiana. Tras sortear el tráfico que inundaba sus calles y avenidas, los autobuses aparcaron junto al estadio donde se iba a disputar la final. Melville escribe en alguna parte que todas las cosas elevadas son tan nobles como nostálgicas. Ahora que miro la foto en la que se ven las dos torres que presiden la fachada principal del estadio de Wembley me permito compararlo con un gran navío, con ese Pequod que perseguía a la ballena blanca del relato de Melville. Pero en esta foto no se ven mares oceánicos ni balleneros que griten “¡Por allí resopla!”; sólo unos cuantos jóvenes que han visto cumplirse un sueño, ansiosamente dispuestos a disfrutar de un partido de fútbol que promete leyendas y emoción.

Teníamos todo el día por delante, pues la gran final no se disputaba hasta las siete de la tarde. Como antes he dicho, lucía un sol magnífico y la temperatura era agradable. Con algunos amigos, fuimos hasta el Soho, a tomar pints –para mí, una Guiness adecuadamente servida y degustada-, y a comprar discos en los callejones que forman ese barrio fundado hace años por los hugonotes franceses exiliados tras la matanza de la noche de San Bartolomé. Aún conservo el directo de Iggy Pop que le compré a un tendero callejero: suena rugoso y un puntico estridente, pero así es cuando se trata de la Iguana, que te recompensa de esa leve molestia con dosis impagables de energía, sinceridad y noble ansia de vivir. Luego nos fuimos a Carnaby Street, la emblemática calle del swinging London, el Londres floral y pop de los sesenta que vio nacer a la mini-falda y en donde, según contaba el cantante de los Kinks “no se ponía el sol”: allí, aquel 20 de mayo de 1992, yo buscaba desesperadamente una camiseta con la cara de Buddy Holly y no la encontré. Un simpático señor solventó mis vanas inquisiciones diciéndome amablemente que yo guardaba cierto parecido con el gran músico tejano, pero que lamentablemente él no tenía esa ansiada camiseta ni creía que ningún otro comerciante la tuviese. De manera que me tuve que conformar, si lo puedo decir así tratándose de mi banda de rock favorita, con una espléndida camiseta negra de The Velvet Underground que todavía visto en ocasiones muy determinadas, dado su estado raído y encogido tras tantos años y tanto camino.

En fin, a mediodía de aquel día inolvidable (un verdadero perfect day como canta Lou Reed) llegó la hora de comer. Nosotros lo hicimos en una pizzería italiana cercana a Piccadilly Circus; la muchedumbre multicolor que había venido a ver el partido, desparramada por la ciudad, lo hacía en otros tantos establecimientos parecidos: por aquel entonces, la mundialización ya estaba en marcha con toda su grandeza y su miseria. Hoy en día, desde el monumento a Venus que preside Piccadilly Circus, se pueden leer en uno de los paneles luminosos situados en el edificio de enfrente algunas noticias, y la temperatura y la hora de algunas de las grandes ciudades del mundo: Singapur, Tokyo, Nueva York, Houston, Buenos Aires. Quizá lo tengo que decir en voz baja, porque la voz que me sale es infantil, pero este vértigo glorioso me conmueve y me emociona, y hasta cierto punto me justifica. Por primera vez, tal vez por primera vez, nosotros los humanos de todo el planeta, es decir, cada uno de nosotros los vivos mortales, podemos considerarnos unidos como antes lo estaban los ingleses, los alemanes, los italianos, etc: aquellos únicos hombres que el reaccionario De Maistre decía conocer. Desde luego, de nada sirve congratularse por sabernos por una vez algo así como una nación humana si más de la mitad de los vivos de esta humanidad se muere de hambre y de ignorancia. Sin embargo, no consigo reprimir mi felicidad –pueril, si se quiere- cada vez que veo esas luces de neón y leo las noticias, y dentro de mí siento un regocijo tal (en homenaje a Chesterton, autor que yo empecé a leer precisamente en la época de la que aquí hablo, diré que se trata de un contento casi cósmico) que me dan ganas de irme al extranjero a conocer, cual turista espacial, a esos desconocidos guiris que llamamos, desde Verne y el gran H. G. Wells, marcianos. ¿Habrá algún día en que las diferencias culturales entre humanos y “seres de otros planetas” –con los que, en principio, nada se puede razonar- serán respetadas dentro de un marco común de convivencia y libertad? En ese caso el tonto multiculturalismo de nuestro tiempo tendría el sentido del que carece hoy cuando pretende imponer diferencias entre quienes son igualmente humanos y pueden entenderse mediante su razón y su humanidad y por tanto no necesitan esos remilgos. Sin embargo, mi fantástico plan intergaláctico en el que el tratamiento de la diferencia debería de plantearse como una prioridad vital, podría ser obstaculizado por la terrible conspiración de algún malvado Darth Vader, o por la propia idiosincrasia de marcianos, venusianos, uranianos y otros habitantes del espacio sideral. De manera que dejemos las ensoñaciones de ciudadano despistado y volvamos humanamente al planeta tierra, es decir, a la gran final de la Copa de Europa de 1992.

Dos horas antes del inicio del partido, el hermoso estadio de Wembley ya estaba lleno; en el fondo sur los seguidores italianos de la Sampdoria de Génova, en el fondo norte los seguidores españoles del Barcelona. Fueron minutos muy divertidos, las dos aficiones entonaban sus cánticos mientras los jugadores de ambos equipos calentaban en el brillante césped de color verde. Era una tarde radiante, de luz primaveral. La Sampdoria vestía de blanco, con delgadas franjas azules y rojas en el pecho de la camiseta: para ellos la megafonía dejó sonar un aria de alguna ópera de renombre que ahora no puedo recordar. El Barça vistió el glorioso equipaje de color naranja con el que luego quedaría inmortalizado en la instantánea triunfal de los campeones. Yo estaba en una esquina lateral, más o menos a la altura de la segunda gradería: para nosotros, y para todo aquél que tuviese una mínima sensibilidad, sonó Barcelona, el tema que Freddy Mercury y Montserrat Caballé cantaban a dúo para celebrar las Olimpiadas que aquel mismo verano iban a iluminar la ciudad catalana. Tanto por un lado como por el otro, música mediterránea para amenizar el gran partido del año, seguida por la gente con indisimulado entusiasmo. Y como yo estaba ahí, puedo decir que no fue para menos. Cuánta razón tiene Borges cuando señala que el patriotismo es la menos perspicaz de las pasiones. Lo mejor que se puede decir de las aficiones que animaron aquel partido es que, al menos en aquellos instantes musicales, la más perspicaz de las pasiones –la bella emoción- brilló por encima de la cerril patriotería que, hay que reconocerlo, siempre campa por los estadios de fútbol...

Y empezó el partido. Los primeros minutos fueron de claro dominio azulgrana; Koeman sacaba la pelota desde atrás con autoridad y templanza, dejando las tareas de circulación a Laudrup y Guardiola, y el trabajo más duro a Bakero. Juan Carlos, Ferrer y Nando se hicieron dueños de la defensa, con marcajes férreos y concisos a las figuras italianas: Vialli y Mancini. Por la banda derecha, Eusebio manejaba el balón con suavidad y penetración, con la intención de que Salinas o Stoickhov pudieran materializar alguna ocasión de gol. Este fue el planteamiento de Johan Cruyff, que antes de iniciar el encuentro les dijo a sus muchachos: “Salid al campo y disfrutad”.

El equipo italiano se agazapó en su medio campo, con una larga defensa de cuatro hombres y un centro del campo formado por jugadores de técnica indudable: Cerezo, Katanec y el rampante Lombardo, que dispuso en sus incursiones por el extremo derecho de las primeras oportunidades de gol para el equipo genovés. El Barça controlaba el partido y la Sampdoria salía al contrataque. Por televisión, el partido parece aburrido; en directo se vivió con intensidad agotadora desde el primer hasta el último minuto.

La segunda parte fue más descontrolada, continuaba el dominio del Barça pero sin que la pelota se acercase con verdadero peligro al área italiana. Recuerdo aquella jugada de Salinas que a trancas y barrancas casi acaba en gol. Hay que decir que tanto Zubizarreta como Pagliuca actuaron de forma excepcional bajo los palos, con paradas a una sola mano que provocaron la prórroga en que por fin el Barça iba a conseguir el gol de la victoria. Antes de eso, Vialli dispuso de dos clarísimas chances en la portería azulgrana, un remate que salió alto a pase de Lombardo y una jugada individual en la que la pelota salió rozando el poste izquierdo. Tengo que admitir que antes de que la bola saliese por la línea de saque me tapé los ojos, pues el esférico negro y blanco siguió una curva extraña y cuando parecía que iba a besar las redes de la portería azulgrana botó para afuera ahogando el grito de los numerosos aficionados italianos que ya cantaban gol. Creo que esa jugada fue psicológicamente definitiva para el bajón de la Sampdoria: a partir de esa ocasión fallida se limitó a defenderse como pudo hasta que una falta provocada por Eusebio en el minuto 112 de la prórroga supuso el justamente celebrado gol de Koeman.

Voy a relatar cómo viví yo ese disparo fortísimo y directo que dio la Copa de Europa al Barcelona. Estaba con unos amigos situado justo enfrente de donde se produjo la falta. Nos habíamos fumado un cigarro mezclado con hachís, o sea, un porro. Yo tenía las manos escaldadas de tanto aplaudir y la voz afónica de tanto animar. Ese era el momento, o íbamos a los penaltis que tanta mala suerte habían traído al Barcelona en anteriores ocasiones. Todos deseábamos que aquella jugada acabase en gol, y así fue. Así fue como la pelota golpeada con exacta potencia por Ronald Koeman cruzó como un relámpago la línea de gol, esa línea que separa el fracaso y el éxito y que puede simbolizar la línea que separa la vida de la muerte. Por fin el Barça había traspasado esa línea invisible y el Gol se convirtió en Victoria. ¿Qué supone un gol como éste? La afirmación del instante irrepetible que nos da el triunfo sobre la muerte, la celebración placentera de nuestra condición mortal por la que nosostros mismos nos damos una verdad de júbilo que ilumina con plenitud vital la sombra inevitable del paso del tiempo. Tan grande fue la alegría en los aficionados azulgranas que me vi envuelto y zarandeado por los amigos con una brutalidad que acabó con mis gafas cinco o seis asientos más abajo. Hasta que Alexanco, el capitán, no alzó la Copa de Europa al cielo de Londres, no recuperé la visión adecuada del lugar. Luego, contentos y satisfechos, embriagados, salimos fuera del estadio de Wembley camino del autobús que nos devolvería a Barcelona.

Esto sucedió hace diez años. De ese tiempo acá, he dejado de ser aficionado del Barcelona. No me gustan demasiado las religiones y ya no me apetece ser fiel a ningún club toda la vida. Me niego a eso. Prefiero animar al que ataca, y al que procura jugar bien, al que potencia el talento y la espontaneidad y no al que se cierra mezquinamente. “Lo criticable es una empresa que sólo tiene sentido cuando acabará”, dijo el escritor francés Bataille, “no el querer ir lo más lejos posible”. Durante el período en que Cruyff fue entrenador del Barcelona seguí a este equipo, mi equipo, con entusiasmo y devoción. El juego alegre y preciso de aquellos futbolistas enamoró a mucha gente: cada partido era una promesa de felicidad, y algunos una verdadera gesta épica. Pasión e inteligencia unidas por la voluntad de suerte. Partidos heroicos como el 5 a 0 al Madrid en el Camp Nou, o intensísimos encuentros contra el Valencia o el At. Madrid, o sencillos partidos de buen juego y goles, en tardes frías de febrero o en soleados días de abril. Y sobre todo aquella final de mayo en Wembley, que he intentado narrar tal como la recuerdo.

Hay ocasiones en la vida que nos la hacen plena y vibrante; luego queda la leyenda como una forma impersonal de la nostalgia. Saboreando la alegre melancolía que aún desprende ese día legendario, me gustaría acabar brindando por mi padre ausente con una buena pint. Gracias, papá.

Ximo Brotons

18/06/2006 18:56 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

Ronaldo y los calcetines doblados

Ronaldo, al que en el artículo "El fantasma de Pelé" cito todavía como Ronaldinho, como entonces aún era conocido, ha batido el récord de goles en Mundiales de fútbol. Es ya el máximo goleador de los Mundiales. A Ronaldo lo he visto jugar en directo una vez, en un Barcelona 3-Valencia 0: marcó los tres de forma espectacular. Temporada 96-97. Ronaldo optaba a formar parte del Olimpo de futbolistas, pero las lesiones y el hecho de que sea un especialista (como Beckenbauer en la defensa) limitaron esta posibilidad. Pero Ronaldo se ha colado en el cielo de las estrellas con luz muy brillante de la forma en que mejor sabe: por los goles. Falta por ver si también por los títulos mundialistas. Ronaldo me gusta más que el actual Ronaldinho; si supiese jugar un poco más atrasado o incluso de centrocampista, veríamos un Pelé redivivo. Pero no. Por eso Zidane es quien realmente ha marcado la última década del fútbol y quien podría aspirar a ese quinto puesto en el Olimpo. Después de Cruyff, en todo caso, Zidane es el mejor futbolista europeo de todos los tiempos, con su algo de sangre africana, en este caso mediterránea. Ayer, de forma cruel, lo pudimos comprobar una vez más. ¿Saben que conocí a un primo suyo hace unos meses aquí en Castellón?

Pero no venía a jerarquizar. Sino a rememorar unas tardes y una declaración periodística. Las tardes que pasábamos mis hermanos Jorge, Javier y yo en la habitación que un servidor compartía con el segundo, jugando a fútbol -simulando jugar al fútbol- con calcetines doblados. Tardes oscuras de invierno en mi pequeña ciudad. La luz grande encendida. Las paredes en las que rebotaban los calcetines que luego tenían que ser cabeceados por uno de los dos contrincantes. El tercero, de portero, a lo largo de toda una cama. La típica frase de mis hermanos: "Chimo, esto no es el Camp Nou" que frenaba mis ímpetus (yo era y soy 9 y 7 años más pequeño que ellos). Y al fin el timbre de casa, mi madre que llegaba de compras y que nos tenía prohibido jugar a fútbol- simular que jugábamos a fútbol- en la habitación y de esa manera -o de cualquier otra, salvo con clicks de famóbil. Las prisas por recoger, secarse el sudor, guardar los calcetines, arreglar la cama y disimular. Y hasta otro día, otra tarde.

La declaración a la prensa. Hace unos años. De Ronaldo Nazario Da Lima, máximo goleador de los mundiales profesionales de fútbol, afirmando que él empezó a jugar al fútbol con calcetines doblados. No sé lo que es jugar al fútbol profesional, ni ser el máximo goleador de los mundiales, ni nada por el estilo. Pero, caro Ronaldo, tú y yo sabemos lo que es jugar al fútbol con calcetines internamente doblados. Eso sí. El otro día marcaste un gol de cabeza contra Japón y no sabías si era un balón o un calcetín doblado. Pero con alegría adentro fue. Y ahora, cuidado, que llaman.

28/06/2006 19:17 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.


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