Facebook Twitter Google +1     Admin
Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

Temas

Enlaces

Archivos

procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2006.



Viva Zidane

Digo que el penoso y punible gesto de ayer de Zidane, el cabezazo en el pecho que le propina al jugador italiano Materazzi faltando cinco minutos para acabar la prórroga de la final de la Copa del Mundo, es un gesto de elemental nobleza y civilización que pone justo punto y final al paréntesis que la carrera futbolística de Zidane ha supuesto para todos los amantes del balompié. Ahora, el paréntesis se cierra y seguimos la inmunda frase infame que se empezó a escribir en el Mundial de 1994. Ustedes mismos. Inmunda frase infame que se lleva escribiendo no solo en el plano futbolístico. Por lo menos en el fútbol ha habido este paréntesis (en otros órdenes ha habido también sus excepciones, pero no muchas), esta joya en medio de la charca, que se llama Zinedine Zidane, y que marchó escupiendo a la charca, ya que es lo que se aplaude y justifica. Lo expulsaron, claro está. Bien está. La charca, fue otra vez aplaudida. Nada que ver con el triunfo italiano (realmente el único estimable de sus cuatro cetros) del Mundial de España del 82, a pesar de aquellas lágrimas de Sarriá.

Había soñado despierto con que Zidane marcaría como Pelé hizo el primero en la final de México´70, y apunto estuvo de cumplirse ese sueño. Fue poco antes de la agresión noble y civilizada de Zidane al pecho vil de Materazzi, cuyos brazos, a fuer de estúpidos, solo sirven para rezar o pegar codazos sangrantes. Como suelen los defensas italianos, uno de ellos declarados por las televisiones el mejor jugador del mundo. Voilà. Este asco, esta estulticia. El jugador que casi le rompe el hombro a Zidane. Es normal que Italia llame a argentinos cuando se trata del rugby; tan sagaces que son, entonces ya no les llega porque los codazos en el rugby no existen. Se rompe de otra manera, digamos, más parecida a la de Zidane, digamos.

La última lección de Zidane. La última gran lección camusiana del mejor jugador de los últimos tiempos, tiempos que ayer acabaron anunciando no se sabe muy bien qué. Personalmente, temo este porvenir que nos lega el Mundial. Pero acaso Zidane nos enseñó el remedio posible, en el último suspiro: hay cosas más importantes. Si Zidane es el mejor, es porque lo sabe y asume esto con todas las consecuencias. Casi todas las expulsiones de su carrera fueron producto de agresiones intempestivas a jugadores anti-futbolísticos e incluso anti-algo más, lo dejo por definir. Tipos como ese tal Materazzi, un matón triunfante, esta primavera justamente vilipendiado en Villarreal por darle un codazo al argentino Sorín. A esa codicia ya la he vencido varias veces, menos sin embargo de las que la tal me ha vencido a mí. Pero nunca en futbolística figura como el domingo pasado de la Final había visto, a semejante altura, una rebelión en su contra así. Coincidió que ese día en Barcelona acabábamos de fundar un nuevo partido político para España, llamado "Ciudadanos", acaso como la proyección del remedio elemental que Zidane reveló en un campo verde de fútbol la otra noche. Esa íntima convicción, noble y civilizada, de lo que es decente y es libre, en la vida como en el juego.

¡Bravo por Zizou!

Vive Zizou! Vive Voltaire!
Joga bonito! Aplastad al infame!

10/07/2006 21:22 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

En la Torre de Montaigne

He estado en la Torre de Montaigne, en un "château" situado a unos 50 kms de Burdeos, en el interior, camino de Bergerac, ya en la siguiente provincia, el Perigord o la Dordoña. El tren desde Burdeos me llevó hasta una aldea llamada Castillon y desde allí, el domingo 16 de julio de 2006, a las 8 y media de la mañana, emprendí una caminata de 9 kms hacia la aldea de St. Michel de Montaigne. Sobre las 10 y pico, bajo el sol tranquilo pero ya picante de la mañana en la campiña bordelesa, llegué al "château" de Montaigne, sito junto a la aldea, entre campos oceánicos de viñedos.

Michel de Montaigne (1533-1592) en realidad se llamaba Michel Eyquem Loupes de Villeneuve (un López de Villanueva que escondía en realidad un judío Pazagón de Zaragoza); Eyquem, como se ve, es muy parecido a Occam. Su familia paterna era de procedencia inglesa y la materna de procedencia española. Señores, esto es el centro del mundo. Uno de sus centros. Desde luego, me refiero al mundo moderno. Montaigne es el verdadero puente revolucionario entre los humanistas del XV y de principios del XVI y los revolucionarios filosóficos, científicos y políticos del XVII y del XVIII. Montaigne es quizá el primer pensador intelectualmente descristianizado y descristianizador de la modernidad, pero a la vez el consejero que recomienda a Enrique de Navarra convertirse al catolicismo y que logra así una salida política mucho más plausible a las guerras de religión modernas que las salidas tridentinas, o que las luteranas y similares. Solo la anglicana se le puede comparar, quizás. Aunque siempre con la cabeza cortada de Moro acusando.

Qué sé yo (ese fue su lema; una de sus frases, es el lema de este blog). Pero a la base de la solidez francesa moderna, de ese republicanismo "tout court" solo igualado por los EEUU de América (dejo aparte, ya digo, Inglaterra y entorno), está discretamente este hombre de 1,60 metros de altura llamado Michel de Montaigne, autor de los "Ensayos", y además, como ya he dicho, en tanto puente radical entre dos siglos decisivos, bastante antes que Voltaire, quizás el verdadero fundador de la figura del "intelectual", sea lo que sea esa figura hoy, en los tiempos del Cuarto Poder.

Montaigne tuvo por lengua materna el latín. Hasta los dos años se crió en una familia de campesinos gascones. Tuvo un maestro alemán. Cada día lo despertaban, al niño, con música. Le hicieron de mayor "ciudadano de Roma", que sería como obtener hoy en día el carnet de ciudadano del mundo en Nueva York, aunque por propia confesión sabemos que de Roma le gustaron, o le sorprendieron, más bien otras cosas. Montaigne es el maestro de Shakespeare; ¿lo leyó Cervantes?, ¿sabía de él Spinoza, ese cartesiano que parece pasado por Montaigne, o incluso mejorarlo, por más profundamente filosófico, y que a la postre, siendo mucho más modesto socialmente que el muy adinerado Montaigne, también tuvo una papel político crucial al promover en secreto viaje diplomático quién sabe si como representante de Jan de Witt que Holanda, pese a su protestantismo recién independiente, se aliase más bien del lado de la liberalmente católica Francia, más incluso que de Inglaterra, que del lado de la, salvo excepciones, luteranísima Germania? Desde luego, como alcalde de Burdeos, algo debió de inspirar a Montesquieu o, antes, a los republicanos verdaderamente de primera hora, los ingleses. Montaigne, entre el aun idealista Maquiavelo y el ya eficaz Locke. Etc. Etc. Demócrata solitario, demócrata radical. Hombre de bien. Furioso caballero. Un personaje mayúsculo, algo conservadoramente mezquino, algo errado o errático en su naturalismo un poco delirante (a diferencia de él, Spinoza no se limitó a celebrar a los "indios" -brasileños por demás, cualquiera diría que estaban presagiando el siglo XX futbolístico-, sino a "pensarlos", o por mejor decir, a "soñarlos"), pero un escritor y una figura ("un hombre así", lo definía sin palabras Nietzsche) que hay que revisitar a menudo porque es irrepetible y, además, no pide casi nada a cambio. Tal vez sea esto la auténtica honradez.

Visité la torre con una emoción tranquila (en el inquietante y prometedor sentido que la tranquilidad tiene en Francia). Primero sin guía y luego con guía. Haciendo fotos y después solo escuchando el francés de la guía. Una chica joven, estudiante de arte o de turismo en prácticas. Los visitantes eran franceses, ingleses, alemanes, y yo. ¡Viejo zorro amigo, viejo querido Michel, esta es ya casi también mi casa! Nuestra casa. Eso pensé, pero no me ensoñé demasiado en darme cuenta de que ese era el suelo que Montaigne había pisado, olido, donde había soñado, pensado, y amado. No quería abusar de la confianza, y más bien disfrutar de la familiaridad. Salí y di una vuelta al castillo, que ya no es el que el anfitrión había conocido (los viñedos de hoy, fueron entonces campos de trigo).

Recuerdo que cuando en mi anterior peregrinaje, hace unos años, visité la casa donde Nietzsche veraneaba y donde escribió gran parte de sus libros, en Sils-Maria, Suiza, cantón de los Grisones, el señor que custodiaba la casa-museo del filósofo alemán estaba leyendo, a ratos, los "Ensayos" de Montaigne. Yo me traje en este viaje peregrino la pequeña biografía de Stefan Zweig (que se suicidó en Brasil antes de empezar la 2ª guerra mundial) sobre el "reflechisseur" bordelés, en una edición francesa de PUF, que ya había leído y que de tanto en tanto iba releyendo ahora. También me llevé un librito con una selección de fragmentos del libro segundo de los "Ensayos", en francés de Montaigne, que me compré hace diez años en mi primera visita a París, camino de Amsterdam (habíamos dormido en Chartres). "Distingo, no concedo ni niego, es mi divisa", o algo así, es una de mis sentencias favoritas de esta selección. Por cierto, en este librito francés, Spinoza, con su "Ética", aparece al final en una lista como perteneciente a la historia de la "literatura francesa", ya digo que como autor del siglo XVII. Spinoza era holandés de familia más bien judeohispánica, su lengua familiar era el portugués, sus lenguas de estudio el castellano, el hebreo y el holandés, y el latín, claro está, que es la lengua en que está escrita la "Ética". Pero bueno, aceptamos Spinoza como escritor francés, si nadie lo quiere suyo.

Antes de irme, ya sobre las 2 del mediodía o de la tarde, compré un par de libros, las cartas de Montaigne y la obra de su admiradora Marie de Gournay, además de una botella de vino de Bergerac (Burdeos) "Château de Montaigne" y un llavero y una taza. Pregunté a un matrimonio alemán si me podía acercar a Castillon, y así amablemente hicieron, sin mayor cuestión y en silencio. Nos despedimos: bon voyage, bon courage!

Hacía un calor español. Era la hora de comer un poco y acostarse. Una siesta, pues. "Cuando bailo, bailo; cuando duermo, duermo".

22/07/2006 10:31 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 6 comentarios.


Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris