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Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

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procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2005.

Nota: "Sobre guetos" (inédita)

Esta nota es una hipotética respuesta a una carta al director que leí hace un tiempo. Contesta el mito de la creación de guetos que supondría reconocer el bilingüismo realmente existente en Cataluña. Reconocimiento legalmente obligado, pero que desde el principio, y de menos a más, el Gobierno autonómico y todos los municipios se han ido saltando a la torera con argumentos tan peregrinos como los que trato, escuetamente, de rebatir.

La Generalidad es el gueto: lo demás es apartheid institucional, y todos sabemos lo importante que son las instituciones en el "modelo social europeo"...

"Sobre guetos"

En referencia a la carta de XXX me gustaría recordar que el argumento del gueto lingüístico ya fue utilizado en su día para aprobar la ley de normalización de 1983, aquella que vino acompañada del plano dibujo de una muchacha llamada Norma que nada tenía que envidiar a Naranjito y compañía. Esa ley cumplió un cometido inaplazable: hacer viable el conocimiento de y la expresión pública en catalán. Pero también sembró el germen de lo que vino después.

Solo por poner un ejemplo. En mi escuela, fundada clandestinamente en 1968, escuela-cooperativa donde se enseñaba en catalán, el castellano era una lengua totalmente presente en varias asignaturas y allí Machado o Cela no eran extraños, sino casi diría que los padres espirituales de la misma, y eso que la Directora era un señora, cómo decirlo, muy ¿sagarriana? En mi instituto, público, la educación era bilingüe casi al 50%: tuve profesores de Sevilla, Zaragoza, Valladolid, Pamplona, y algún valenciano. Cuando, a principios de los 90, mi generación entró en la universidad, todos los programas, los títulos de las asignaturas, los paneles, etc., ya estaban escritos únicamente en catalán. A los profesores, todos lo sabemos, se les sugería utilizarlo en clase. La cacofonía estaba asegurada. La UPF declaró en sus estatutos lengua oficial única de la universidad al catalán. La ideología nacionalista, progre-nacionalista a la vez, que se había ido fraguando en los 8o, había por fin cuajado ante el pasmo de unos cuantos, servidor incluido.

Lo mismo ocurre en los pueblos y en las ciudades y, por supuesto, en la Administración de la Generalitat. Después vino la ley de 1997, que no hizo sino dar más peso legal a lo que XXX llama “dinámica lingüística normal”. Esa dinámica normal es en realidad el verdadero gueto que no se corresponde con el bilingüismo social realmente existente en Cataluña que todos tenemos derecho a ver igualmente institucionalizado.

Lo último es que han creado una especie de oficinas de delación, a las que siguiendo propiamente la Norma llaman de "garantías".
02/06/2005 21:18 Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Reseña: "Más sobre el rodillo nacionalista" (publicado en "Archipiélago", 2003)

Más sobre el rodillo nacionalista

"Por amor a Cataluña", Eduardo Goligorsky, Barcelona, Flor del Viento, 2002, 238 pp., 14 e.
"España no es una cáscara", Javier Ruiz Portella, pról. Eugenio Trías, Barcelona, Áltera, 2000, 128 pp., 11,25 e.
"Argumentos para el bilingüismo", Jesús Royo Arpón, Barcelona, Montesinos, 2000, 206 pp., 11,42 e.

Hace un tiempo fui de visita a la tumba de Antonio Machado en Colliure. En una plaza de aquel hermoso pueblo marinero unos ancianos ataviados con indumentaria folclórica me sorprendieron el paso cantando una canción en catalán. Recuerdo con precisión la última frase, exclamada con júbilo unánime: “Mai no morirem”, o lo que es lo mismo: “Nunca moriremos”. Tan emocionante clímax patriótico aludía a lo que se suele entender por “catalanes”, ese gentilicio en el que algunos solemos reconocernos desde pequeños. Pues bien, los tres libros que comentamos tratan de plantear, cada uno a su modo, la necesidad de reformular críticamente la convivencia política, social y cultural de los habitantes de Cataluña, asfixiada en los últimos años por las estupideces del nacionalismo gobernante.

El librito de Ruiz Portella, prologado con mano polémica por Eugenio Trías, opta por criticar al nacionalismo catalán desde cierta comprensión de sus postulados comunitaristas. El ensayo demole sin paliativos el imaginario catalanista que impregna la actividad diaria de los “profesionales” políticos de la comunidad autónoma catalana, pero lo hace sin olvidar —en una rara y no del todo profundizada mezcla entre las teorías de Castoriadis y el romanticismo más o menos germánico— que una sociedad no sólo está formada por la agregación de los individuos que la componen, sino también y en un lugar destacado por lo que Castoriadis llamaba sus “significaciones sociales imaginarias”, ese haz de símbolos, valores, ideas, sentimientos, etc. que rigen en ella en un momento dado y que la cohesian.

La principal tesis de Ruiz Portella en su rechazo claro y rotundo del catalanismo es que el imaginario creado por la política nacionalista catalana durante los últimos veinte años ha ninguneado reiteradamente la “otra pata” de Cataluña (la de expresión castellana, por decirlo así) imbricada desde hace siglos en su quehacer cotidiano. O sea, la sensata crítica de Ruiz Portella no se dirige tanto al énfasis que el nacionalismo pone en la comunidad como a que el catalanismo no ha sido capaz de pensar y hacer esta comunidad más que como “sólo catalana”, y todavía peor, “sólo catalanista”: o sea, dicho en términos de política lingüística, exclusivamente monolingüe. El libro, breve y diáfano, señala con acierto que esta política excluyente ha tenido y tiene en las escuelas, en la administración y en los medios de comunicación sus lugares e instrumentos básicos. Esta tontería dañina para la convivencia es la que hay que cambiar, dice Ruiz Portella, de modo que los ciudadanos del presente inmediato y del porvenir puedan seguir relacionándose en una sociedad cuyo imaginario no esté sometido a la dictadura de quien pretende su falsa inmortalidad a expensas de las posibilidades vitales de la otra parte de la población.

Por su parte, el libro de Jesús Royo, profesor de bachillerato y miembro del Psc, opta por la ironía y los razonamientos de corte ilustrado. Son 80 cartas al director ficticias en las que el autor va desgranando la argumentación central de su tesis: el urgente y necesario reconocimiento oficial por parte de la Generalidad de Cataluña del bilingüismo realmente existente en la sociedad catalana. La diferencia con el libro de Ruiz Portella estriba en que Jesús Royo no condesciende con las tesis comunitaristas de las que el primero se quiere deudor (entre el “hombre nacionalista” de la tierra y el “hombre económico” de la técnica, Ruiz Portella reivindica el “hombre comunitario”), y sus razonamientos desembocan en el planteamiento crítico y abierto de una verdadera ciudadanía democrática.

¿O es que el individualismo real no es base y producto a la vez de cualquier imaginario social? ¿Es que nos parece poca cosa la posibilidad de un imaginario sustanciosamente democrático y de vocación universalista? Es muy cierto que la globalización de casino en la que nos encontramos nos somete más que nos libera, pero me atrevo a sugerir que la verdadera identidad que podemos oponerle tiene que ver más con aquello que no alcanza a encontrar un molde determinado que con aquello que nos determina de antemano.
A esta identidad abierta hace continua referencia el tercer libro aquí reseñado. Se titula "Por amor a Cataluña" y lo ha escrito el articulista de La Vanguardia Eduardo Goligorsky, quien tiene el buen gusto de preferir la gimnasia mental de H. L. Mencken o Bruce Chatwin (del que ha sido traductor) a la de Herder o a la de cualquier pseudointelectual del nacional-catolicismo catalán, y que como argentino exiliado de su país conoce bien el acoso de la unanimidad coactiva. El libro está bien documentado y repasa con prosa afilada, elegante y lúcida los problemas suscitados por tan funesta pretensión totalitaria: la enseñanza de la lengua y de la historia, la “dictablanda” (Tarradellas "dixit") instalada en la administración y en los medios de comunicación, el despilfarro de dinero público, el desprecio de los valores humanistas y laicos, etcétera.

Durante años Cataluña se ha visto como una especie de oasis de civilización en un desierto de ignorancia y miseria, pero tal mito ya no puede sostenerse por más tiempo cuando nada menos que el más longevo presidente del Parlamento autonómico ha manifestado recientemente su apoyo a Haider, su racismo contra los negros, su respeto por los “ideales” etarras y su rechazo de los “inmigrantes” del resto de España.
Naturalmente todos moriremos algún día, pero sólo a través de un imaginario democrático basado en la razón, la pluralidad, las libertades públicas y la aventura personal, esos frágiles y fugaces islotes de inmortalidad que podemos construirnos mientras vivimos no excluirán a nadie.

Ximo Brotons
03/06/2005 17:06 Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.


Manifestación en Madrid

El pasado sábado 4 de junio asistí a la manifestación convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) en Madrid. Hubo mucha gente y mucha emoción. El recorrido empezaba y acababa en dos lugares donde los terroristas nacionalistas vascos habían asesinado a varios guardias civiles. Eso puede dar la clave de algunas rancias salidas de tono de los gritos de los manifestantes. Pero mi sensación, ya finalmente después de escuchar los discursos, fue de contento y de deber cumplido por haber estado cerca de gente que no es que haya padecido la aplicación de políticas nacionalistas supuestamente democráticas, sino viles y cruentos asesinatos en su entorno más próximo. He comentado algo más sobre la manifestación, sobre la oportunidad y transparencia de los motivos de la misma, etc., en el Nickjournal del sábado, del domingo y de hoy del blog del periodista Arcadi Espada.

A mí me parece que se están cometiendo y repitiendo muchos errores. Entre otros, el ya denunciado por Espada sobre el trato diferente que El País, por ejemplo, dio en los primeros años de la Democracia en España a los asesinos y a los asesinados. Parece, y es una pena, que esta vez tienen suficiente con Pilar Majón y algún encarcelado bajo el franquismo (no asesinado o extorsionado por Eta). Naturalmente, la situación no es la misma: pero según cómo, puede ser peor: porque si entonces había la esperanza de construir una ciudadanía española realmente democrática, esto ya parece imposible. No forma parte del proyecto del gobierno del sr. Rodríguez Zapatero. Y no solo eso, sino que -ese es el temor civil- esa renuncia más o menos encubierta puede ser el "precio político" no fijado que suponga "la paz" que el Presidente del Gobierno se ha propuesto conseguir.

No a esa "paz" es el No de la manifestación del sábado. El Gobierno se escuda en que su declaración ya lo presupone, esto: pero queridos gobernantes progresistas, mucho me temo que las cosas no están siendo así. Hoy mismo, un portavoz de ERC daba más legitimidad social, política y moral a la contra-manifestación de Batasuna que a la de la AVT, en la cual, el PP era solo una parte y no la mayoritaria.

Yo estuve con el Foro Ermua, con mi amigo Marcel. Me hubiese gustado ver a la gente de Basta Ya o de las asociaciones catalanas. O estar con la gente del Nickjournal, conocerles personalmente.

Por eso no comprendo el rechazo de Savater a esta manifestación, o mejor dicho, lo que no comprendo no es que el filósofo donostiarra no fuera sino que anunciara "urbi et orbe" que era mejor que no se hiciese. Pues no lo veo ni mucho menos así, si queremos ser firmes y generosos. Lo siento, pero el talante del sr. Zapatero me parece todo (astuto, egoísta, incluso inteligente) menos generoso. Esta manifestación es el efecto de la pésima política anti-terrorista y anti-nacionalista del Psoe (incluyendo la que hizo en la oposición con la sola obsesión precipitada y rancia de "ganar las elecciones"), no la causa de la hipotética derrota del camino hacia la paz, como pareció dar a entender el artículo de rechazo de la misma, que empezaba con el pseudo-argumento endeble de que ahora las víctimas del terrorismo etarra y en general la gente contraria a Eta y a los nacionalismos que en "su conflicto" se excusan, deseamos la línea "cuanto mejor, peor". Cuanto mejor, no: porque no estamos mejor, sino peor (tal como reconoce Savater cuando vuelve a abrir los ojos en el artículo, y nos los hace abrir otra vez con respecto a Batasuna, etc.).

También podría ser que aquí no hubiese ninguna paradoja y que nos acusaran a los que fuimos a la manifestación de seguir anclados en el "cuanto peor, mejor". Esa parece la principal acusación, como algún nickjournalero ha dicho. Nos disgustaría ver llegar la dulce paz al entrañabilísimo País Vasco. Oh, sí.

No comprendo que Savater afirmase tan rotundamente que la manifestación era inoportuna; bueno, dijo "absurda". Yo sí me manifesté _no solo por escrito_ contra las cosas que no me gustaron de la política gubernamental del PP. No tengo por qué ahora seguir a gente como Ridao y menos a Cebrián, que se sintieron muy ofendidos y criticaron duramente a Savater por taparles la boca cada vez que criticaban a Aznar directamente. Parece como si Savater esté algo "arrepentido" por eso. Pues que no se sienta tan mala persona, porque ya se sabe que a fin de cuentas tan malo tan malo uno se acaba volviendo estúpido. Le deseo la mejor salud y comprendo sus dudas o simplemente su no querer asistir a la manifestación. Pero no es de recibo que se reúna con el Presidente, que no es un colega de pupitre cualquiera, y bajo secretos informes o cartas que existen pero no existen o vaya usted a saber, afirme rotundamente que la manifestación es absurda y contraproducente. Eso es un craso error, que me sorprende, además de molestarme. Incluso para criticar las españoladas del PP, me parece que hay otros cauces, otras materias y otras maneras de hacerlo.

A la vista de cómo transcurrió no me parece que fuera así. Todavía es pronto para calibrar las consecuencias de la manifestación, pero me parece que los beneficios para nuestra democracia y nuestra libertad ciudadana pueden ser muchos más que las desventajas.

Naturalmente, mi indignación crece frente a Cebrián, Ridao o Pradera (a Recalde, más coherente que Savater, le critico que ahora utilice la expresión "derecha nacionalista española" para referirse al PP), que de un tiempo a esta parte parecen preferir seguir llevando el timón sin importar el peñasco contra el que nos estrellemos. Lo más triste de la manifestación no fue alguna bandera franquista, etc: fue doblemente triste el momento final de los discursos. Recordar cosas sencillas que al talante a veces se le escapan (un talante bastante pánfilo, por utilizar el calificativo querido por Vauvenargues) y no ver allí ninguna representación política de centro-izquierda o de izquierdas, sordas a los principios elementales del diálogo que tanto, sobre todo en los mítines, pregonan.
06/06/2005 19:07 Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

Reseña: "Soñar Europa despiertos" (publicado en "Lateral", junio 2005)

"Lateral" publica este mes mi reseña del libro de Sloterdijk sobre Europa que ya colgué en este blog en febrero, el día del referéndum en España sobre el Tratado Constitucional. Muy baja participación española, aunque salió el Sí. Hace poco, el No ha triunfado en Francia y en Holanda, dos de los países fundadores: era una posibilidad. El análisis de por qué esa baja participación española y ese No francés y holandés sería muy largo. La reseña del librito de Sloterdijk, combinada con la actual realpolitik, puede dar algunas claves, y ofrecer algunos remedios. No se puede construir una Europa contra EEUU y además hacerlo a la vez de forma veteroeuropeísta (la copia carolingia que manda callar a los súbditos del Este y del Sur) y pseudo-pragmatista (una Europa que es más yuxtaposición de culturas y nacionalismos que unión estatal de ciudadanos). Veamos qué dice Sloterdijk.

"SI EUROPA DESPIERTA. Reflexiones sobre el programa de una potencia mundial en el fin de la era de su ausencia política", Peter Sloterdijk, trad. de Germán Cano, Ed. Pre-Textos, Valencia, 2004, 81 págs.

En una entrevista publicada en el suplemento cultural del periódico "El País" en abril de 2003, en plena "toma de Bagdad", pues, Peter Sloterdijk, el filósofo y profesor de Estética de la universidad de Karlsruhe (centro especializado en nuevas tecnologías y diseño que junto a la tradición frankfurtiana de Habermas y al colegio de Sociología de Múnich dirigido por Ulrich Beck es hoy la punta de lanza del pensamiento más vigoroso elaborado en la Alemania reunificada), afirmaba: "Creo que en el siglo XXI se escenificará algo así como la última lucha universalista". Con este nuevo librito traducido por Germán Cano para Pre-Textos, Sloterdijk parece venir a decir que si esa lucha tiene que triunfar, lo hará a través de Europa, de una Europa capaz, en palabras de Jacques Le Goff, de "inventar hoy una forma de unidad que no sea la de un Imperio". La lectura de esta enjundiosa obrita bien vale la pena y por eso aviso al amable lector o lectora que si no la ha disfrutado ya lo haga antes de echar un vistazo a esta reseña que, modestamente, pretende destripar el contenido de la misma. Quien avisa...

Bien. Podríamos dividir "Si Europa despierta" en tres grandes movimientos y un adagio final. El libro parte de la constatación de dos hechos, a saber, "la debacle moral de la Primera Guerra Mundial" y "la catástrofe antropológica de la Segunda" (todos los entrecomillados que siguen pertenecen al texto de Sloterdijk), y de la asunción de un programa, el de la "Declaración universal de los derechos humanos de 1948". Tomen aire.

El primer movimiento se abre, pues, con el "shock del descentramiento europeo" producido entre 1945 y 1989. Según la audaz hipótesis de Sloterdijk, durante la posguerra y la guerra fría Europa ha vivido en una ideología del vacío, ausente como potencia política de la escena mundial. Durante estos años, tanto a derecha como a izquierda, tanto la democraciacristiana de base católica como la izquierda comprometida de base existencialista o incluso nihilista, han promovido sin ser conscientes de ello una ideología de la ausencia, del lamento y de la nostalgia imposible. También los neopragmatismos hoy en boga se mueven dentro de esta ideología del vacío, pues su propuesta de una nueva Europa no es más que la sumisión chata a la constitución de una EEUUropa. Las respuestas que la izquierda está ofreciendo a este neopragmatismo no sólo lo cuestiona sino que lo celebra, en forma, eso sí, estética: la palabra clave, dice Sloterdijk, ya no es "decisión" sino "vivencia". Un mundo-menú donde elegir, como en el desdichado Fórum de las Culturas, nuestra novedosa frivolidad, o acaso sería mejor decir banalidad, en el marco de una "comedia de la preferencia" que en verdad revela, tal como sostuvo Marcelo Expósito en su análisis de la propuesta forúncula Voces, una voluntad no tanto de distensión o comprensión cuanto de "indiferenciación".

El segundo movimiento analiza cuál ha sido a juicio de Sloterdijk el mitomotor de la construcción europea desde la extinción del Imperio Romano. Y ese mecanismo ha sido justamente el de la "transferencia imperial", o incluso, el de su "apropiación". Pues apropiación, no diremos tanto como indebida, fue la coronación de Carlomagno como Emperador de Europa mientras todavía seguía existiendo Bizancio. Ahora bien, el lado bueno del asunto, diríamos, es según Sloterdijk el carácter traductor de dicho mecanismo. Ha sido el profesor Etienne Balibar quien ha hablado de la Europa de la traducción como la auténtica Europa, ya presente en Toledo, Turín o Amsterdam en el largo tránsito del medioevo al Renacimiento y la Ilustración (en el caso de la ciudad holandesa, más bien hablaríamos de impresión de libros prohibidos). Una construcción europea que por su mismo ingrediente cristiano se activa mediante la procesión, hoy diríamos progreso. Así pues, Sloterdijk pretende reavivar como horizonte de la construcción europea que sueña una especie de mecanismo de traducción universal que sea capaz de sustituir al mitomotor europeo de los dos últimos siglos: el de la "literatura universal", o literatura comparada, como también se la llama.

En cualquier caso, la Europa imperial que contiene adormecido su resorte traductor dura lo que dura, desde Carlomagno hasta Napoleón y algún tiempo más, ya enfebrecido y maduro para el sangriento siglo XX. Si la primera eficaz traslatio moderna se realiza al Imperio Español, esa commonwealth católica, y la segunda al Británico, oceánicamente exitoso en lo que el anterior fracasó, durante el siglo XIX Francia, Alemania y Rusia entran en la liza que desembocará posteriormente en las guerras mundiales, en el auge y caída del comunismo y, finalmente, en la emergencia a partir de 1917 de la última traslatio conocida e imperante: la de los Estados Unidos de América, de la cual ya era un precedente ese espléndido aislamiento ultramarino británico. Y entonces Europa mira a EEUU: "Cuando la Europa moderna contempla el Imperio americano no ve sino la forma exteriorizada de su propia esencia", escribe Sloterdijk. ¿Corre el riesgo de convertirse Europa en la colonia de su propia utopía? Puede ser, ya que si la Constitución que en los próximos meses pretende someterse a un incierto referéndum no es una alternativa al Imperio Americano, menos lo es el nacionalismo europeo de las "culturas" (insisto que lo entrecomillado pertenece a Sloterdijk), por mucho Fórum universal, interreligioso, pacifista y juvenil en el que interactúen. Pues, según Sloterdijk, el nacionalismo europeo de las culturas no es más que un imperialismo pluralizado en sectas perfectamente portadoras cada una de la misma teología del éxito imperial que, supuestamente, rechazan. Sin ir más lejos tenemos muestras de ello por aquí abajo, en la Venecia padana, en la Barcelona-capitana-de-la-expansión-mediterránea, por lo menos desde Guifredo el Velloso, en la sociedad de propietarios del nacionalismo vasco, o, "last but not least", en el conservadurismo eclesial de la cultura política española en general.

El tercer movimiento de "Si Europa despierta" retoma la cuestión planteada de la traducción universal. Aquí el autor invoca al poeta francés Paul Valéry en su definición de Europa como "fórmula psicopolítica y matemática de intensidad". Recuperar y volver a proyectar la intensidad europea, tal es el sueño lúcido de Sloterdijk: reformular una "mitomotricidad progresiva" de la unidad política europea como traducción y transformación. En suma, atreverse no sólo a saber sino a poner el saber en práctica; en una palabra, atreverse a la Gran Política. Ahora bien, ¿qué diantres es la grandeza? Grandeza es según el filósofo alemán "cultivar y humanizar nuestra dimensión monstruosa", acaso inmanejable. Gran Política es "transferir la propia estructura imperial a una forma política transimperial o posimperial". ¡Ya estamos con lo pos y con lo trans! Veamos. Se trata primero de evitar la patriotería y al mismo tiempo el burocratismo. No se trata de actualizar un veteroeuropeísmo cuyo eje Bruselas-Estrasburgo operaría contra unos nacionalismos identitarios que lo rechazarían en una dinámica en verdad retroalimenticia. Se trata más bien de otorgar un papel a la unidad europea en la ONU: un más-allá-de-Europa como Unión de Estados que conservase los principios elementales de la democracia de ciudadanos y que actuase como entidad intermediaria entre el Imperio a la baja de los EEUU y una periferia mundial cada vez más protagonista, y no siempre con buenas maneras, en el mundo que llamamos occidental.

En el adagio final Peter Sloterdijk procura apurar su propuesta insistiendo en lo que rechaza y en lo que intenta promover con su fecunda digresión. Para empezar recuerda que en la Antigüedad posdemocrática (de Platón en adelante) la principal interpretación anti-imperial del mundo vino de la mano de la apocalíptica judía, de la que otros autores como Virno o Duque han sacado su provecho, uno focalizando empero su propuesta en el virtuosismo más bien sofista y el otro en un minimalismo de las necesidades, quizá de raíz estoica. Sloterdijk nos recuerda a los judíos porque como movimiento de liberación (aprovecho para recomendar la crítica del concepto de liberación que realiza E. Rodríguez en "El gobierno imposible", Traficantes de Sueños) acaban enfrentados a la competencia, es decir, a los cristianos, cuyo anti-semitismo no supone más que la obsesión por demostrar que ellos, "pueblos-sol", son los verdaderos "elegidos", "los mejores judíos". Por supuesto el protestantismo, ese movimiento de liberación del yugo católico-romano, fue el gran competidor de la apocalípica judía, hasta que se transformó en la base de un imperialismo europeo demasiado maduro ya para el fascismo.

Así pues, "Si Europa despierta" propone contra la copia neocarolingia de 1957 y la EEUUropa en marcha, un nuevo eje Berlín-Bruselas-París. Contra el fascismo -militar o pacifista- conocido como última etapa del "activismo del desprecio" (hoy "culto del éxito sin verdad") en que se sustenta el imperialismo, Sloterdijk propone soñar Europa mediante ese "autohipnotismo lúcido" que Savater, en su autobiografía, reconoce (a mí también me pasa) como la más alta forma de cordura de la que es capaz. Soñar Europa para poder pensarla, como Edgar Morin, y crearla conservando el antiguo pathos griego, la irrenunciable pasión de la pregunta por la verdad y la buena vida: ¡esa es la Revolución universal!

De Sloterdijk ya podemos leer en castellano casi todos sus libros. Su crítica de la razón cínica. Sus esferas. Sus normas para el parque humano. Su análisis del igualitarismo en la sociedad de masas. Sus extrañamientos y sus viajes. Su árbol mágico y su hiperpolítica. Hoy recomiendo fervientemente esta original obrita del filósofo alemán, tal vez el menos ingenuo y no el más cínico de los pensadores (él se llama "inmunólogo" o médico de la civilización) de nuestro tiempo. Pese a que como posible "ibero-apocalíptico" (léase también "Experimentos con uno mismo. Una conversación con Carlos Oliveira", Ed. Pre-Textos, 2003, un libro que merecería otra reseña entera) puedo dudar de la capacidad del eje Berlín-Bruselas-París para afrontar la Gran Política de Europa (cierto es que ante todo hay que evitar la guerra franco-alemana, cierto es que Gran Bretaña ya es la colonia de su utopía, cierto es que España tiene el deber de consolidar la democracia aquí mismo y en Suramérica antes que remover imperiosamente Europa, pero: ¿cuál es realmente el reparto? ¿Qué papel para el Este, para Rusia, para los Balcanes, para Oriente Próximo incluida Turquía, para el Norte magrebí de África? ¿Qué oposición a EEUU más acá del nacionalismo y más allá de la Ryder Cup?), no puedo por menos sin embargo que acabar bebiendo un buen sorbo de ligereza contra la pesadez de estómago en loor de Peter Sloterdijk.

Ximo Brotons
08/06/2005 15:08 Enlace permanente. sin tema Hay 7 comentarios.

We do need education

El otro día veía un anuncio de la Tv en el que sonaba la canción de Pink Floyd, "The Wall", perfecta. Me acordé de mis tiempos de bachillerato, del curso 90-91 debía de ser, aquel enero frío de 3º de BUP, en la Plaza de los pueblos de España de mi pueblo (no se dignaron, ya que es una plaza apartada que solo sirve para jugar al fútbol-sala, a llamarla sencillamente de España). Habían levantado un entoldado y montaron un típico festival de rock con grupos locales. Aquel curso en el que fundamos una asociación ecologista (yo, sector ecología urbana). Era ya la madrugada. Uno de los grupos empezó a interpretar "The Wall". A los pocos segundos unos 40 energúmenos nos abalanzamos sobre el escenario y empezamos a cantar y a botar: "We don´t need education, we don´t need no control..., hey, teacher! leave the kids alone, etc.". Estuvimos así un rato, eufóricos, borrachos, felices. De repente, a mitad de canción, el escenario se vino abajo por partes: alguno metió la pata en los agujeros. Saltamos de vuelta al suelo, entre risas y miedos, y el concierto se acabó. Aquel grupo se llamaba, ironías, "Handle with care".

Recordé esa canción, y aquella noche, y un artículo del filósofo José Luis Pardo en el que evocándola, la canción, manifestaba que bajo su lema no podíamos seguir manteniendo un sistema educativo público y democrático de calidad, lo cual había sido la reivindicación democrática y no este sistema harto de demagogia y conformismo conocido como la Logse, que justamente empezó a implantarse en aquellos años, aunque el "break" viniese de un poco antes, en concreto de los años 86-88 en España y también en general en Europa.

Quizás algunas de nuestras actuales perplejidades, quejas, injusticias o incomodidades, son fruto en parte de aquel muro roto. De aquel no tomarlo con cuidado.

Ahora que estoy acabando mi primer curso como profesor de filosofía de IES, rememoro aquella noche, aquel ansia de vivir adolescente, los fracasos y las satisfacciones siguientes. Ahora que siendo profesor conservo todavía el anhelo de vivir siempre como estudiante (tal que Santayana), cambiaría sin embargo la letra de esa música fervorizante y liberadora. Muros que han de caer, los hay; muros que deben protegernos, hay que construirlos, como los mismos de la democracia:

"We do need education
we do need discipline
...
hey, pupils! pay attention, now..."

Now and forever, vamos.
15/06/2005 20:43 Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.

Noticia: "Manifiesto por un nuevo partido político en Cataluña"

Hoy se presenta en el CCCB de Barcelona el "Manifiesto por un nuevo partido político en Cataluña", del que ya he hablado aquí otra vez.

PRESENTACIÓN PÚBLICA

Presentación pública del manifiesto
“Por un nuevo partido político en Cataluña”
martes, 21 de junio de 2005,
a las 19 h.
Aula 1 - Centre de Cultura
Contemporània de Barcelona
CCCB
C/ Montalagre 5,
08001 Barcelona
Ciutadans de Catalunya

Por un nuevo partido político en Cataluña

Después de 23 años de nacionalismo conservador, Cataluña ha pasado a ser gobernada por el nacionalismo de izquierdas. Nada sustantivo ha cambiado. Baste con decir que el actual gobierno ha fijado como su principal tarea política la redacción de un nuevo Estatuto de Autonomía. Muchos ciudadanos catalanes creemos que la decisión es consecuencia de la incapacidad del Gobierno y de los partidos que lo componen para enfrentarse a los problemas reales de los ciudadanos. Como todas las ideologías que rinden culto a lo simbólico, el nacionalismo confunde el análisis de los hechos con la adhesión a principios abstractos. Todo parece indicar que al elegir como principal tarea política la redacción de un nuevo Estatuto para Cataluña, lo simbólico ha desplazado una vez más a lo necesario.

La táctica desplegada durante más de dos décadas por el nacionalismo pujolista, en la que hoy insiste el Tripartito, ha consistido en propiciar el conflicto permanente entre las instituciones políticas catalanas y españolas e, incluso, entre los catalanes y el resto de los españoles. Es cada vez más escandalosa la pedagogía del odio que difunden los medios de comunicación del Gobierno catalán contra todo lo “español”. La nación, soñada como un ente homogéneo, ocupa el lugar de una sociedad forzosamente heterogénea.

El nacionalismo es la obsesiva respuesta del actual gobierno ante cualquier eventualidad. Lo único que se le resiste son los problemas, cada vez más vigorosos y complicados. Por ejemplo, el de la educación de los niños y jóvenes catalanes. La política lingüística que se ha aplicado a la enseñanza no ha impedido que los estudiantes catalanes ocupen uno de los niveles más bajos del mundo desarrollado en comprensión verbal y escrita. Este es sólo uno de los más llamativos resultados de dos décadas de gestión nacionalista. Dos décadas en las que el poder político, además, ha renunciado a aprovechar el importantísimo valor cultural y económico que supone la lengua castellana, negando su carácter de lengua propia de muchos catalanes.

La decadencia política en que ha sumido el nacionalismo a Cataluña tiene un correlato económico. Desde hace tiempo la riqueza crece en una proporción inferior a la de otras regiones españolas y europeas comparables. Un buen número de indicadores cruciales, como la inversión productiva extranjera o las cifras de usuarios de internet, ofrecen una imagen de Cataluña muy lejana del papel de locomotora de España que el nacionalismo se había autopropuesto. Su reacción ha sido la acostumbrada: atribuir la decadencia económica a un reparto de la hacienda pública supuestamente injusto con Cataluña. Cabe recordar que una de las acusaciones tradicionales de la izquierda al anterior gobierno conservador había sido, precisamente, la de no saber gestionar con eficacia los recursos de que disponía y practicar una política victimista que ocultara todos sus fracasos de gestión. Poco tiempo ha necesitado el gobierno Tripartito para adherirse a esta reacción puramente defensiva, que, además, ha incurrido con frecuencia en la inmoralidad. Alguno de sus consejeros no ha tenido mayor inconveniente en afirmar que mientras el norte español trabaja, el sur dilapida. No parece que el creciente aislamiento de Cataluña respecto de España y que su visible pérdida de prestigio entre los ciudadanos españoles, hayan contribuido a paliar esta decadencia.

Sin embargo, el nacionalismo sí ha sido eficaz como coartada para la corrupción. Desde el caso Banca Catalana hasta el más reciente del 3% (que pasará a la historia por haber provocado una de las más humillantes sesiones que haya vivido un parlamento español) toda acusación de fraude en las reglas de juego se ha camuflado tras el consenso. Un consenso que no sólo se manifiesta en los escenarios del parlamentarismo sino que forma parte del paisaje. Puede decirse que en Cataluña actúa una corrupción institucional que afecta a cualquier ciudadano que aspire a un puesto de titularidad pública o pretenda beneficiarse de la distribución de los recursos públicos. En términos generales, el requisito principal para ocupar una plaza, recibir una ayuda, o beneficiarse de una legislación favorable, es la contribución al mito identitario y no los méritos profesionales del candidato o el interés práctico de la sociedad.

Como las fuerzas políticas representadas hoy en el Parlamento de Cataluña se muestran insensibles ante este estado de cosas, los abajo firmantes no se sienten representados por los actuales partidos y manifiestan la necesidad de que un nuevo partido político corrija el déficit de representatividad del Parlamento catalán. Este partido, identificado con la tradición ilustrada, la libertad de los ciudadanos, los valores laicos y los derechos sociales, debería tener como propósito inmediato la denuncia de la ficción política instalada en Cataluña. Oponerse a los intentos cada vez menos disimulados de romper cualquier vínculo entre catalanes y españoles. Y oponerse también a la destrucción del razonable pacto de la transición que hace poco más de veinticinco años volvió a situar a España entre los países libres. La mejor garantía del respeto de las libertades, la justicia y la equidad entre los ciudadanos, tal y como se conciben en un Estado de Derecho, reside en el pleno desarrollo del actual régimen estatutario de las Autonomías, enmarcado en la Constitución de 1978.

Es cierto que el nacionalismo unifica transversalmente la teoría y la práctica de todos los partidos catalanes hasta ahora existentes; precisamente por ello, está lejos de representar al conjunto de la sociedad. Llamamos, pues, a los ciudadanos de Cataluña identificados con estos planteamientos a reclamar la existencia de un partido político que contribuya al restablecimiento de la realidad.

Félix de Azúa, Albert Boadella, Francesc de Carreras, Arcadi Espada, Teresa Giménez Barbat, Ana Nuño, Félix Ovejero, Félix Pérez Romera, Xavier Pericay, Ponç Puigdevall, José Vicente Rodríguez Mora, Ferran Toutain, Carlos Trías, Ivan Tubau y Horacio Vázquez Rial.
21/06/2005 09:01 Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.

Reseña: "La salud de las multitudes" (sobre una novela de G.K. Chesterton)

LA SALUD DE LAS MULTITUDES

Durante un tiempo jugué a fútbol-sala en la liga de mi localidad. Nos patrocinaba un bar, y en la camiseta, en un juego de palabras que aprovechaba el nombre de la calle donde estaba situado el antro, escribimos: "Centro de salud". ¿Se acuerdan de aquellos versos de William Blake que empiezan así: "Madre querida, madre querida..."?. Madre querida, cantaba Blake, qué bien se está en la taberna: el trato es mucho más caluroso que el que nos dispensan en la iglesia. Aquí quiero venir, aquí quiero quedarme, madre querida. ¡Bares, tascas, cantinas, pubs, tabernas, cafeterías! ¡Lugares hospitalarios, antros de sentido común, centros de salud pública, por decirlo todo!

Todo esto viene a cuento porque me acabo de leer la novela "La taberna errante" (Acuarela Libros, 2004), del escritor inglés G. K. Chesterton, autor de la conocida saga detectivesca del padre Brown (llevada a televisión) y de numerosos ensayos y artículos, además de otras tres novelas, que sería mejor llamar "largos artículos dramatizados", como luego se verá, tituladas respectivamente "El Napoleón de Notting Hill", "La esfera y la cruz" y "El hombre que era jueves". Chesterton pergeña en "La taberna errante" una sátira del lado oscuro de ese mito moderno por excelencia, el Progreso. Educado en una familia conservadora ("no sé qué puede querer decir ser conservador", señaló, empero), socialista en su juventud, liberal al final de sus días (aunque acabó rechazando al Partido Liberal por lo que denuncia en esta historia), Chesterton pasa hoy por ser un escritor catolizante, incluso reaccionario, fascista tal vez para algún pedante socialdemócrata, pero semejante sutileza ya se me escapa. Su reacción anti-moderna lo fue en tanto reacción conservadora ante el rechazo del fascismo al parlamentarismo, o sea, fue una reacción contra el totalitarismo, que él veía empero alimentado por la plutocracia, también harto despectiva con el parlamento: fue pues a la vez una defensa de la soberanía popular y una denuncia del capitalismo. Por otra parte su catolicismo inglés fue una reacción, revolucionaria casi (existe el antecedente de Tomás Moro), ante ese ecumenismo posmoderno avant-la-lettre que él veía instituido en el afán imperialista británico, en cuya base situaba a la doctrina anglicana, que rechazaba en tanto ideología de poder.

En "La taberna errante" Chesterton propone una historia muy simple: lord Ivywood, un aristócrata metido a diputado por el partido conservador, jaleado por un charlatán de origen turco que propaga el orientalismo y el islam en sus pomposos discursos, decide en orden a la consecución del superhombre abolir la venta y disfrute de bebidas alcohólicas, lo que supone el cierre de todas las tabernas de Inglaterra. Pero el capitán Dalroy, un irlandés temperamental amante de la acción, ex-oficial de la Armada Británica, y el tabernero Humphrey Pump, rescatan el letrero del "El Viejo Navío", la taberna de este último, y con ella a cuestas, un barrilito de ron y un trozo de queso, aprovechando los vacíos legales que la novedosa normalización no cubre del todo inician juntos una peripecia que les llevará a derrotar a lord Ivywood y a lograr la derogación de la infame ley con la ayuda del pueblo de Londres.

Chesterton amaba a Dickens, a Stevenson y a Francia, además de a su mujer, claro está, con la que no tuvo hijos pero con la que visitó España: nos lo podemos imaginar sentado junto a su ama de llaves, que era quien conducía, dando bandazos dentro del automóvil que recorría las tortuosas costas del Garraf. Chesterton conoció Madrid, Toledo, Tarragona y Barcelona, pero el pueblo que más le gustó fue Sitges, donde hoy tiene una lápida de recuerdo publicitada gracias a las fotografías de "Mira por dónde", la autobiografía razonada de Savater: mira por dónde, haber pasado tantas veces por ahí (yo soy de la vecina Vilanova) y no haber reparado nunca en ella. Chesterton había venido anteriormente invitado por un grupito de escritores, entre ellos Marià Manent, a mediados de los años 20. Esta segunda visita se produjo poco antes de su fallecimiento. Con muy buen criterio, el orondo escritor londinense había escrito a su primer regreso: "Barcelona es el pueblo más sucio de España. Sitges es la ciudad más limpia de Europa". Defensor de la causa nacionalista irlandesa (cosa no demasiado difícil teniendo en cuenta que los ingleses llegaron a prohibir las carreras de caballos en la verde Erín), y de los boers surafricanos (más que nada para darles la lata -llegó a polemizar con ellos a puñetazos- a los fantasmones imperialistas de su país), Chesterton dice en otra parte deber mostrar cierta sensibilidad para con el puntito nacionalista de sus anfitriones catalanes: por ejemplo pide perdón por decir que visita "España", aunque nunca escribe otra cosa. Sensible, pero no imbécil.

"The Flying Inn", título original de "La taberna errante", fue publicada en España por primera vez que yo sepa en 1942, en traducción castellana de Mario Pineda y con el título, más fiel al original pero sin duda peor logrado, de "La hostería volante". Pienso que también se podría haber utilizado la palabra venta, de tan clara e hilarante resonancia cervantina. En todo caso, esta nueva traducción que publica Acuarela Libros, realizada por Tomás González Cobos y José Elías Rodríguez Cañas, se justifica en nota final por varias razones. La primera y principal es que la traducción de Mario Pineda prescindía de palabras, frases e incluso páginas enteras, además de no incluir muchas de las canciones que van alegrando la lectura, al modo en que lo hacen en las películas de John Ford, o en los musicales. No se sabe si esta ausencia se debe a una autocensura debida a la época en que se publicó o a qué razones. Con la nueva traducción quizá se ha perdido algún que otro sabroso arcaísmo, pero me parece que la actualizada edición de Acuarela es más que bienvenida, teniendo en cuenta por otra parte la polémica que el narrador noveliza, y que hoy nos resulta tan contemporánea como ya lo era en su día, tanto en su denuncia del "islamismo" como sobre todo de lo que el prologuista llama "idealismo de las clases altas". Veamos.

A diferencia de los culebrones serviles al estilo "Los ricos también lloran" que inacabablemente se presentan como noticia exhaustiva de una realidad que adula el estado de cosas presente incluso cuando dice pretender todo lo contrario (resulta que las historias que se fugarían de la Historia serían las de los países ricos "políticamente pobres", señala por ejemplo Rubert de Ventós, de visita a Chiapas, eso sí), el tipo de leyenda arquetípica que en este caso narra Chesterton, alimentada en los mil cuentos populares de combate entre el bien y el mal que tejen la cultura europea de fondo pagano, logra esquivar el servilismo adornado en cartón-piedra o en posmoderno celofán no sólo porque lo más interesante de la novela lo constituyan los diálogos humorísticos de sus protagonistas (siempre la risotada escapó a la servidumbre), sino por varios detalles radicalmente subversivos, a saber: la presencia de una mujer hermosa derrotada por su lucidez y por su linaje, pero lo suficientemente valerosa para ponerse del lado del tabernero y del amor ("madre querida, madre querida..."); la ausencia absoluta de demagogia en los sucesivos homenajes clamorosos a la fortaleza de la bondad, porque si bien aquí la narración se empeña en nombrar lo innombrable, lo hace a sabiendas y por tanto sin salirse de la lengua viva común, siempre fiel aunque a ratos un poco forzada (quizá el cine tiene más posibilidades de describir lo indescriptible, de ahí su fuerza pero también su poder, en el peor sentido de la palabra); y el coraje -siempre el coraje- de relatar una pequeña revolución en la que los capitalistas, aristócratas, diputados y charlatanes intelectualoides pierden todas sus ilusiones de futuro y las multitudes, tabernarias en este caso, sólo ganan o vuelven a ganar nada menos que su libertad.

Lo que, a pesar de todos los pesares, hace irrepetible la experiencia de toparse con Chesterton, lo que convierte al escritor inglés en un autor mayor de la primera mitad del siglo XX, lo que es hermoso y valiente en este hombre único es cómo aborda el problema de la piedad y de la alegría compartida, sin la cual perecería la libertad común y hasta la piedad misma. Si este gran hombre acabó siendo un reaccionario contra la modernidad que le tocó vivir fue porque no soportaba "un mundo en que al valor se le llama frenesí, y al amor, superstición". Si ataca en esta novela al orientalismo, no lo hace en nombre del capitalismo, al que más bien acusa de connivencia en la destrucción de la democracia. Ahora que al valor se le llama "crispación" y el amor sigue siendo cosa de debilidad o inestabilidad mental, un peligro vencido por las muy corporativistas multinacionales farmacéuticas, por poner un ejemplo, una ingenuidad consentida en el mejor de los casos, el prólogo que escribe Santiago Alba Rico (antiguo guionista de la serie infantil de TVE "La bola de cristal") a esta nueva edición de "La taberna errante" merece también una atenta lectura, como cuando describe el meollo polémico que traza la novela en términos de una "una cuestión social, una especie de lucha de clases epicúrea y, más allá, un insoslayable problema antropológico, (...) la guerra entre los ricos y los pobres, entre la falsa y la verdadera sencillez".

La falsa o la verdadera sencillez, esto es, la falsa o la verdadera alegría, la falsa o la verdadera dignidad. Y es que aun estando hartos de los ricos y hartos de los pobres, como Bernard Shaw, amigo y adversario de GK, aun pensando con Cioran que hasta el más revolucionario de los anarquistas colabora con el régimen establecido (Chesterton, un poco a la manera del "anarquista místico" que protagoniza "Niebla" de Unamuno, sintió siempe una viva atracción por los ácratas), no podríamos soslayar la cuestión que plantea una vida digna de ser vivida, una vida que vale la pena vivir, en la que cada cual sea libre entre las cosas, donde importa lo que está bien y lo que está mal, donde los límites no son una traba obligada sino un principio de placer, donde la razón no es un tribunal sometido a leyes extrahumanas sino un sentido común y una lógica del cuerpo y del amor allí hasta donde pueda ser lógica sin dejar de ser más que compartida, y donde la piedad, finalmente, conoce la compasión sin dejar de permanecer leal a la verdad.

En un momento de la aventura del barrilito de ron y del pedazo de queso fugitivos, comenta el capitán Dalroy a su perro -hay gente que lo hace- sobre uno de los lacayos de lord Ivywood: "Ahí tienes, por ejemplo, esa persona que se halla a poca distancia de nosotros y que es a la vez estúpida y malvada. Pero, ¡cuidadito, Quoodle! Fíjate bien en que el mal concepto en que le tenemos proviene no de sus defectos intelectuales, sino de sus flaquezas morales!". Para saber qué entiende Chesterton por "flaquezas morales" les invito a leer este cuento de hadas sobre la alegría de vivir y la libertad de las multitudes. Buenos tragos y buen bocado. Y como solía decir Loquillo al final de sus conciertos, "nos vemos en la barra de cualquier bar".

"La taberna errante", G. K. Chesterton, prólogo de Santiago Alba Rico, traducción de T. González Cobos y J. E. Rodríguez Cañas, Acuarela Libros, Madrid, 2004, 346 págs.
29/06/2005 14:53 Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.

Lou Reed canta a Edgar Allan Poe

El otro día me compré en Discos Medicinales, en Castellón, el CD de Lou Reed "The raven", un homenaje rockero a Poe que contiene la declamación de su poema "El cuervo" por William Dafoe. Ignacio Juliá, el crítico de Ruta 66, ha dicho que es el mejor álbum de Reed. Bueno, es una exageración pues no podemos olvidar trabajos tan maravillosos como "Transformer", "Berlin" o incluso "New York". La única vez que he visto actuar en directo a Lou Reed fue en la presentación mundial de "The raven" que le trajo hasta el parque de los Viveros de Valencia hace justo dos años.

Pero si no es el mejor trabajo de Lou Reed, es quizás el más completo. Y sobre todo es un trabajo singular, que mezcla la música del fundador de la Velvet Underground, para mí el auténtico "jefe" del rock posterior a la muerte de Elvis Presley, con el universo poético de Edgar Allan Poe. Es un disco hecho con cariño, y eso se nota. Una especie de homenaje a sí mismo, al estilo de Whitman, pero a las "partes malditas" de sí mismo, no al lado solar. Aunque aquí lo que resplandece en esa oscuridad es la luz blanca, el calor. Ya decía Nietzsche que más profunda es si cabe la medianoche que el mediodía.

En el disco colaboran varias figuras como el citado Dafoe, o el actor Steve Buscemi, u Ornette Coleman, que trabó amistad con Cornelius Castoriadis. El rock de Lou Reed es todo menos anti-clásico: hay sonidos sureños, pautas muy ortodoxas. Aquí lo importante no es el riff, o el acorde extravagante, sino la nota, la simple y sagrada nota, la primordial, la autónoma. Un leve roce de las cuerdas de la guitarra puede contener más sensualidad y más sensibilidad que la más compuesta y bella de las melodías. No es que sea bonito porque es pequeño, o poco, es bonito porque no tiene por qué ser más. Ni exhaustivo o espectacular. No es minimalismo, más bien se trata de lo-que-importa-de-verdad. Los restos, aún vigorosos, de un viejo guerrero.

Por eso es tan hermoso -y a ratos tan inmisericordemente rockero- este último disco del gran Lou Reed, que tiene sus altibajos. Parece que Lou Reed, después de mucho deambular y experimentar por el lado salvaje de la vida, acata cuerdamente la sentencia del latino: "Nada humano me es ajeno".
30/06/2005 11:58 Enlace permanente. sin tema Hay 8 comentarios.


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