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Bienvenidos a "procopio: café filosófico". Desde febrero de 2005, un sitio en internet donde encontrarás artículos de diversa factura sobre política, filosofía, periodismo, literatura, deportes, educación, música. La polémica está servida, y si te disgusta mi petulancia, avisado quedas de que me guía la divisa de Montaigne: "Yo soy mi física y mi metafísica". O esta otra, leída en una camiseta: "Liberté de parole. Freedom of speech. Libertad del discurso".

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procopio: café filosófico

Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2005.

Entrevista a Sabino Méndez (publicada en "Lateral", marzo 2005)

Todavía no sé si es exactamente la publicada en "Lateral", marzo de 2005, pero en todo caso que la disfruten.

ENTREVISTA A SABINO MÉNDEZ: “PARA PELEAR HAY QUE DEGRADARSE"

Sabino Méndez empezó escribiendo canciones contra el futuro ("Cadillac
solitario", "Barcelona ciudad", "No surf", "Rock suave", "El Molino", "Morir
en primavera", "El rompeolas") y ha continuado escribiendo libros contra el
olvido. ¿Quién puede decir en España que ayer fue un rock and roll star y hoy
es un escritor de prosa solvente y penetrante? Empezó Filología Hispánica en
la vieja Central de la Plaza Universidad cuando todavía formaba parte de
Loquillo y Trogloditas y era adicto a la heroína: estremece su relato en
"Corre, rocker" de cómo de madrugada, después de un concierto en cualquier
ciudad española, sigue redactando puesto de speed-ball y de otras sustancias
dopantes un trabajo académico sobre Italo Calvino.

Tras caminar por el lado salvaje de la vida, abandonó simultáneamente a la
heroína y a Loquillo y Trogloditas en 1989, cuando la gran banda barcelonesa
se encontraba en la cresta de la ola. Luego editó un disco en solitario ("El
día que murió Marcelo Mastroianni") y por fin atisbó la anhelada y no menos
salvaje playa de la literatura. El resultado por el momento son dos obras
mayores del género literario sobre el rock: "Corre, rocker" (2000), una
crónica de aquellos fatídicos y maravillosos años 80, y "Limusinas y
estrellas" (2004), otra personal y aguda visión en este caso de la ya
plateada historia del rock and roll, trufada de observaciones dignas de
un filósofo cínico callejero.

La primera vez que escuché la voz de Sabino Méndez fue un lejano día de
primavera de 1987, en la audición radiofónica del concierto de presentación
de un disco de Loquillo y Trogloditas. Mucho tiempo después, el año pasado,
lo conocí personalmente en el Nickjournal del blog del periodista Arcadi
Espada. Le pedí una entrevista y accedió. Nos vimos cuerpo a cuerpo (él, de porte casi sagrado, caballeroso, con un punto de timidez; yo, un niño con el mejor regalo de Reyes) el último día del año 2004 para supervisar, off the record, nuestro cruce de palabras. De aquel eterno y fugaz instante de nuestra charla en la terraza del Can Mauri del paseo del Carmen de
Villanueva y la Geltrú sólo podría decir con Goethe: "¡Detente, eres tan
hermoso!". Sólo deseo también poder compartir esa felicidad con vosotros,
lectores. Keep on rockin´!

P-Una estrella de rock que vestía chupas de cuero convertido en un escritor
cuya prosa recuerda a la del antiguo Montaigne. ¿Cómo recuerdas tus primeras lecturas? ¿Qué tal Montaigne?

R-Me enseñó a leer una monja viejísima y deliciosa hace muchos años y, seguramente a causa de ello, tengo desde entonces audición coloreada; pero mi primer libro de verdad fue el día en que, después de más de una lectura, Flaubert se me abrió en toda su plena dimensión. En cuanto a mi querido paisano Montaigne estoy de acuerdo en retratar el paso, porque el ser es tan breve como el estar.

P-Como hacedor de libros, primero "Corre, rocker" y ahora "Limusinas y
estrellas".

R-Ante todo, hay que dejar establecido que "Limusinas y estrellas" obedece,
como casi todo lo que he escrito hasta la fecha, a una operación de
simulacro. El simulacro es uno de los conceptos que me parecen menos
inservibles de la obra de Baudrillard. Me convence más Lyotard en casi todos los sentidos, pero hay que reconocer que los conceptos de simulacro e hiperrealidad del bueno de Baudrillard no tienen desperdicio.
"Corre, rocker" fue, ante todo, una autobiografía entendida como simulacro (el escritor sabe que la mejor manera de hacerlo es contar su vida como la mejor de las
novelas) y este último libro no es un estudio histórico al uso, sino también un
simulacro de esas formas convencionales a través del "yo". Es un camino muy
divertido para seguir explorando y puede que una estrategia astuta a la
vista de la orientación (inquietantemente comercial) que está tomando en los
últimos años el mercado editorial. Cualquiera de esos ingredientes se encuentra ya incluso en las canciones que escribía de joven. Supongo que, en el fondo, sucede porque decidí un día intentar ganarme la vida escribiendo, incluso bajo la forma más impensada, y hasta la fecha he salido adelante.

P-Hablemos de tu definición del rock en "Limusinas y estrellas": expresión
artística primaria, aunque industrializada, de la cultura popular
inicialmente americana canonizada 10 años después de la 2ª Guerra Mundial,
pero cuyos orígenes podemos rastrear ya en el blues, sobre todo, y otras
músicas populares afro-americanas y blancas (el swing). Más que de rock,
hablas de rhythm and blues.

R-Me parece que la definición es más tuya que mía, pero perfectamente podía tener cabida así en "Limusinas y estrellas". Sólo un matiz a añadir y es el tema económico: el rhythm and blues era todo un éxito de ventas entre los negros y alguien sagaz se dio cuenta de que, con sólo cambiarle el nombre, podía serlo en ambos campos, entre los negros y también entre los blancos y recaudar el doble. Y a fe mía que tuvo razón.

P-Pienso que uno de los aciertos del libro es el relato de los trasvases
musicales y sociales del rock entre USA y Reino Unido, y por extensión el
continente europeo.

R-Esos viajes de ida y vuelta -pasados, presentes y futuros- son la savia de
cualquier arte popular que nos pueda divertir sin pedanterías, ni
exhibiciones de virtuosismo técnico para mentes impresionables. The Clash
querían hacer reggae y, como no les salía, obtuvieron un híbrido extraño que
fue nuevo y emocionante. A The Rolling Stones les sucedió lo mismo con el
blues y el country. El híbrido y la incapacidad temperamental son el
verdadero motor de la música popular. En ese campo, desconfiemos de las fotocopias y confiemos en los simulacros y las representaciones. Parodiando el lenguaje publicitario podríamos decir: no se deje engañar por imitaciones, déjese
engañar por el original.

P-Del rock americano parece que te interesa sobre todo cómo el río musical
de la América profunda confluye en el delta del rock´n´roll primigenio: Bill
Haley, Chuck Berry.

R-Oh, bueno, me interesan muchas cosas más; pero es verdad que el País Bayou
me resulta muy simpático. Contra la opinión de Salvador Dalí, sospecho que
el centro del mundo del siglo pasado no estaba bajo la estación de Perpiñán
sino en el subsuelo de Nueva Orleans. Creo que a Willy DeVille le gustaría
la idea, claro que Mr. DeVille y yo empezamos a ser un par de respetables
momias.

P-Es curioso que durante los 60 también fue otro negro, Jimi Hendrix, el que
sacó el máximo partido al rock del momento, como en los 50 había hecho
Berry.

R-Es lógico. Tenía hambre. Un escritor con boina, que gustaba de hacerse
pasar por campesino, dijo una vez que el talento no es otra cosa que el vigor
al servicio de una obsesión. No tengo nada contra los análisis sociológicos,
filosóficos, psicológicos e incluso teológicos pero cuando pasan por delante
del económico me hacen pensar que algunas veces lo que pretenden es que no
se preste demasiada atención a la verdadera relevancia que tiene éste
último. No mezclemos el racismo inverso en todo esto. Hendrix aún conmueve,
pero ahí andaban también los primeros singles de los Stones y las canciones
de los maravillosos Kinks.

P-Cuando te detienes en los años 80, mencionas algo que no había oído nunca:
el sueño de un rock europeo que no pudo ser. ¿Era algo consciente entre los
grupos de entonces?

R-En la nochevieja del año 84 u 85 -no recuerdo exactamente- los segundos
canales de todas las televisiones de la (hoy) Unión Europea conectaron en
directo y ofrecieron un programa durante toda la noche donde cada emisora
presentaba a dos de los grupos de rock de su país. Desde España, salimos nosotros y Alaska y Dinarama, creo recordar. En aquel programa recuerdo que descubrí a los Hanoi Rocks suecos. No sé por dónde andará Mike Monroe y si estará vivo, pero por supuesto que fue algo consciente, sólo que minoritario y condenado a la derrota ante la marea de vulgaridad multinacional que se avecinaba. Es interesante ver la película "Cha Cha" (1979) de Herbert Curiel para entenderlo. Era una locura. No podíamos ganar de ninguna de las maneras. Uno de los momentos más tristes de "Limusinas y estrellas" fue enterarme, cuando el libro estaba ya a la venta, de que Herman Brood, uno de los protagonistas del film, singular pianista y compositor, se había suicidado saltando desde el tejado de un hotel de Amsterdam.

P-Así pues, quienes escuchábamos ensimismados o extasiados a Loquillo y
Trogloditas y otros grupos de entonces estábamos escuchando el canto del
cisne de una cierta forma de hacer rock que todavía pensaba cambiar el
estado de cosas. Hoy, quien se acerca con esta ilusión al FIB y demás
megaconciertos sale un poco decepcionado.

R-Soy inmune a ese tipo de temblores y decepciones. Ese desen-canto del
cisne no es en absoluto malo; de hecho, lo más estimulante es comprobar que,
a su manera, consistió en portal e índice de todas las actuales páginas de
internet, mundo muy divertido intelectualmente, del que vale la pena disfrutar siempre que se pueda. Los blogs de hoy serían imposibles sin las ilusiones de ayer. Yo, estrictamente, en el libro, de lo que hablo es de la formalización y la
clausura de un tipo de mitología que continuará todo el tiempo que se quiera
como tradición, lo cual tampoco es malo. El FIB, los megaconciertos y los minigrupos tendrán su propia capacidad simbólica y semántica. Luego vendrán otras. Sólo puedo esbozar un consejo: confiar en los propios gustos. Persistir. Formarlos. Argumentarlos. No aceptar algo que no nos gusta sólo por miedo a dejar de ser modernos. Ser moderno es un concepto más que relativo cuando estás muerto y yo he estado casi muerto. Sólo el veredicto del tiempo dirá cual tradición resulta más sólida.

P-Pero es que demasiado a menudo, como indicas en el libro, ni siquiera los
nuevos grupos reconocen la tradición, aunque alguno hay que reivindica a los
MC5. Ocurre también que las viejas glorias, como nuestro querídísimo Eric
Burdon, se contentan con opinar desde su soleado retiro contra los lugares
de la América profunda donde paradójicamente todavía están saliendo grupos
que se plantean cosas como obligar al manager a no fijar precios caros a las
entradas de los conciertos, etc.

R-Con toda sinceridad, el futuro que vaya a seguir el rock me importa un
soberano rábano. A mí lo que me preocuparía es que no se me permitiera
escuchar a MC5, Eric Burdon o Lou Reed, o que no hubieran existido por
diversas circunstancias los clásicos, o que Herman Brood hubiera sido
asesinado y no suicidado (no, no da igual, aunque pueda pensar así algún
demagogo) o que a mí me prohibieran tocarlo con mi guitarra. Del resto hay
que dejar que se ocupen los jóvenes talentos, confiar en ellos y no ponerles
zancadillas. Y también ser implacables con ellos cuando arrugan la nariz y
se comportan como señoritas melindrosas.

P-En fin, en "Limusinas y estrellas" te muestras un poco más crítico, sobre
todo con lo que tildas de "pésimo optimismo" que sirve para "justificar la
propia existencia más allá de cualquier necesidad objetiva" de los grupos de
rock actuales, en general.

R-El futuro siempre es incierto y nunca me he molestado en creer en la
astrología o los ovnis. Así que no cuentes conmigo para los pronósticos. Ni
siquiera sé cómo rellenar una quiniela. Ahora bien, lo que sí sé es que el
futuro lo construyen los hombres. Se trata tan sólo de aprovechar al máximo las herramientas que tenemos y no disimular ni quejarse tanto. La necesidad objetiva puede justipreciarse, pero no del todo, mirando el número de ventas. Ahora bien, ese panorama puede cambiarse insistiendo y rechazando las modas al uso. Así que, de ese "fin de la historia" del que hablaba el sobrevaloradísimo Francis Fukuyama nada, monada. Quizás lo que nos cuesta aceptar es que somos más perezosos, ignorantes y autoindulgentes de lo que queremos creer.

P-Sea como sea, tú has sido el mejor cronista de la Barcelona ante-olímpica,
además de anti-franquista y anti-catalanista a la vez. Todo aquello se fue
más o menos al garete.

R-Bueno, es el precio que hay que pagar por pensar de izquierdas sin ser progre. Con franqueza, no veo que haya motivos para creer en el progreso; especialmente en el progreso moral que es el que importa. Pero eso no obsta para que no desee un mejor reparto de la riqueza. Nunca he entendido qué extraña operación obliga, en el ideario progre, a que ambas cosas deban caminar juntas. Supongo que es una secuela del inacabado proyecto de la Ilustración. Ya sabes, el buen salvaje de Rosseau y todas esas patrañas. El pacifismo, el buenismo progre es un estereotipo pesadísimo y, digámoslo francamente, algo cursi, que hace sentirse al votante mejor de lo que es moralmente. Aunque es bastante inofensivo, si bien muy popular. Y rentable. No me extraña que los candidatos tiñan sus ideas aunque sea levemente con ese talante. Quiero decir con ello que, a pesar de ese irritante fenómeno que ha impregnado a las sociedades asustadas, no creo que muchos de nuestros artistas hicieran una cosa muy diferente a la que están haciendo. Y no me refiero a los “no a la guerra” sino a una producción artística farisea, afectada y superficial. Es más, creo que si se lo permitieran o les pagaran mejor, harían aún más de lo mismo. Creen, ingenuamente, que lo malo se despeña por sí solo a la larga. Es una idea que emana de nuestra educación católica y de la comodidad asustadiza. El pacifismo y el buenismo se basan en gran medida en esta convicción. Luego, lo que sucede en verdad es que para pelear hay que degradarse.

P-Me ha gustado mucho una frase del libro: "...nadie quiere ser adolescente.
Lo que se ama es la añoranza de la adolescencia".

R-Exacto. No tengo nada que añadir, salvo que la frase me parece demasiado
buena para mí. Lo más probable es que la leyera por ahí. Leo demasiado.
Robo sin complejos.

P-En "Corre, rocker" dices: "Escribo desde la prevención, nunca desde el
arrepentimiento". Alguien como tú, que con veintipocos años era yonqui,
¿cómo ve el espinoso asunto de las drogas hoy?

R-Las drogas, en lo que al arte afecta, son una bobada sin importancia. No así en lo que a la salud se refiere. Puedo decirlo con conocimiento de causa porque las he probado todas y no precisamente con prudencia. Sólo sirven para calmar el dolor de estar vivo, pero le quitan fuerzas y tiempo al cuerpo y al cerebro. Y, si quieres hacer algo con arte, va a ser tan duro en los tiempos actuales que necesitas todo tu cuerpo y cerebro para vencer las inercias del mercado. Ni aún así, tienes garantizado que te vayas a salir con la tuya. Visto de esa manera, las drogas resultan tan estúpidas e inservibles que no vale la pena perder el tiempo con ellas. Son como la gasolina para los coches -una sencilla gradación entre alimento, medicina, droga y veneno- y no vamos a perder el tiempo con consideraciones sobre la Repsol o la Elf, ¿No? Eso sí, importantísimo mantenerlas alejadas de cualquier rasgo depresivo o abandono narcisista. Inmovilizan.

P-La ausencia que quizá sí encuentro en "Limusinas y estrellas" es la de Sonic
Youth, grupo que explica todo el indie-rock de los 90, aunque quizás, ay,
también su falta de proyección.

R-Sí. Y fue una ausencia voluntaria por las razones que acabas de decir. Al formarme en los 80 posmodernos, creo que ese fenómeno paradójico, ese cul de sac del rock de los noventa debería ser explicado por sus propios protagonistas. A ver qué maña se dan para hacerlo, en caso de que lo intenten sin reconocer la clausura del mito. Además, hubiera tenido que decir que tanto Sonic Youth como The Jesus and Mary Chain no fueron más que una copia del osado experimento que intentaron The Velvet Underground muchos años antes. Y me sabía mal hacerle eso a un par de grupos por los que conservo simpatía. Hay tanto cabrón filisteo suelto que malgastar balas con ellos me hubiera parecido como hacer bajas con fuego amigo.

P-Y ya para acabar: ¿qué pasó con Loquillo y Trogloditas en Hispanoamérica?

R-Es una puñeta tener que estar siempre explicándose, generación tras
generación, y comprobar que únicamente la acumulación de información dentro
de muchos años dará perspectiva sobre nuestro trabajo. Nuestra suerte en Hispanoamérica fue muy minoritaria. Conservo el contacto todavía con seguidores de diferentes países de Latinoamérica que jamás llegaron a vernos en vivo. Los 80 fueron una época muy complicada por aquellas latitudes y nosotros éramos, creo que junto a Los Ilegales, uno de los grupos más hirientes y con más desfachatez callejera: Verdaderamente, la pesadilla de un suegro militar. Así que imagínate.

¡Siempre libre, Sabino! Johnny, recuérdanos...

XIMO BROTONS

"Corre, rocker. Crónica personal de los ochenta" , Sabino Méndez, Espasa,
Madrid, 2000
"Limusinas y estrellas. Medio siglo de rock, 1954-2004", Sabino Méndez,
Espasa, Madrid, 2004"
06/04/2005 09:42 Enlace permanente. sin tema Hay 12 comentarios.

Reseña: "Una mente despierta" (sobre un libro de Thomas Nagel)

Esta reseña no vio la luz pública, hasta hoy.

UNA MENTE DESPIERTA

"Otras mentes. Ensayos críticos 1969-1994", Thomas Nagel, Gedisa, Barcelona, 2000
"La última palabra", Thomas Nagel, Gedisa, Barcelona, 2000

Profesor de filosofía en Nueva York, Thomas Nagel es un viejo heredero de la tradición de la filosofía analítica, tan minuciosa como, a menudo, reduccionista. En nuestros días la filosofía analítica ha sido sustituida por la llamada “filosofía de la mente”; de los autores más eminentes de esta corriente académica tratan los primeros artículos de "Otras mentes": Dennett, Searle, Chomsky y, en los orígenes, Freud y Wittgenstein. Las mejores revistas literarias del mundo angloamericano (TLS, The New York Rewiew of Books, The London Rewiew of Books) acogieron en los últimos veinte años estos artículos, escritos con cortesía intelectual y enérgico espíritu crítico, aunque tal vez demasiado enrevesados para los legos en la materia...

A los filósofos de la mente se les podría reprochar el olvido de los aspectos sociales que influyen y conforman el lenguaje humano. De otro modo, al hipostasiar de manera naturalista la “mente” se puede llegar a confundir al lenguaje con la digestión, cuando resulta obvio que un niño en la selva, aislado de la sociedad humana, seguirá digeriendo igual pero nunca llegará a hablar. Es de agradecer que Nagel se sitúe en la cuestión de la relación mente-cuerpo entre los antirreduccionistas que no quieren empequeñecer el problema de la conciencia humana al nivel operativo de un ordenador, con o sin ADSL.

La segunda parte de esta selecta gavilla de reseñas filosóficas versa sobre ética y filosofía política. Aristóteles, Rawls, Nozick, Dworkin, MacIntyre y Kolakowski son las estrellas invitadas. Es de sumo interés leer los textos sobre Rawls o Nozick, dado que fueron escritos en fecha muy cercana a la publicación respectiva de "Una teoría de la justicia" y "Anarquía, Estado y utopía". Nagel se siente mucho más próximo del liberalismo igualitarista rawlsiano que del libertarismo discriminatorio de Nozick: pues no se trata de igualar tontamente las capacidades de cada cual, sino de lograr que la legítima competencia entre iguales pueda dar lugar a diferencias sin que ello sea producto de fatalidades socioeconómicas y de otro tipo que pueden obstruir la floración de la libertad. Nagel subraya el hecho de que la equidad rawlsiana no sea una mera “igualdad de oportunidades” sino un cabal intento de definir una igual libertad radical. Esto lo conocemos de primera mano: el economismo reinante supone las más de las veces una especie de “segunda fatalidad” que en lugar de promover la libertad política nos insta a adaptarnos a la necesidad establecida. Antes uno podía nacer esclavo, hoy, gracias al progreso de la “sociedad de las oportunidades” podemos adaptarnos flexiblemente a la esclavitud...

Con respecto al artículo de MacIntyre, autor de "Tras la virtud", Nagel critica con contundencia las pseudoteorías antilustradas del mencionado autor, uno de los lamentables paladines de la teología política culturalista de nuevo cuño denominada comunitarismo. ¿Por qué digo lamentables? Porque denigran la noble asunción cognitiva y ética de la universalidad racional y la apertura a lo desconocido, es decir, a la comprensión y a la tolerancia.

Este último punto entronca con la cuestión esencial del segundo libro que reseñamos, "La última palabra". En él, el profesor Thomas Nagel desarrolla en varios capítulos una defensa argumentativamente eficaz de la lógica racional y moral contra las diversas teorías que hoy quieren reducirla al cientificismo, relativismo, particularismo, etcétera. El alegato kantiano de Nagel está nimbado de angustia, porque tiene el coraje y la honestidad de situarse en el filo de esa navaja que quiere acabar con la razón dado que Dios ha muerto... Pero si Dios está felizmente enterrado, y la razón humana felizmente despojada de todo providencialismo, ¿cómo es posible esta especie de suicidio racional que las teorías mencionadas pretenden llevar a cabo, sometiéndose voluntariamente al ordenador, a la empresa o al tirano de turno? Quizá se deba, como sugiere Nagel, a la pereza intelectual dominante en nuestros días, que está arrinconando el desafío al que, en cambio, nos invita Nagel con estas vívidas palabras: “Una vez que entramos en el mundo para nuestra estadía temporaria en él, no hay otra alternativa más que intentar decidir en qué creer y cómo vivir, y la única manera de hacerlo es intentando decidir qué es cierto y qué es correcto”.

Ximo Brotons
08/04/2005 16:50 Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.


Artículo: "Sonic Youth o el desasosiego" (publicado en Ruta 66, enero 2004)

SONIC YOUTH O EL DESASOSIEGO

"Sostengo que:
el caos es el futuro y tras él viene la libertad.
La confusión es lo siguiente y lo siguiente después de esto es la verdad".
Sonic Youth, "Confusion is next"

Durante los mismos días en que Lyotard decretaba el nacimiento de la posmodernidad y el deconstructivismo de Derrida se erigía en el nuevo paradigma filosófico-social de nuestro tiempo nacía en la ciudad de Nueva York la mejor banda de rock de los últimos veinte años; la más rompedora, la más influyente, la más original y la más decisiva: Sonic Youth.

Ningún grupo se le puede comparar en cuanto al nivel de ruptura que dentro de los parámetros musicales del rock supuso su erupción salvo The Velvet Underground, banda de la cual pueden considerarse no en vano sus hijos predilectos. Ningún grupo como Sonic Youth ha sabido y ha podido poner música a la confusión de lo vivo, y hacer hablar al rock en el lenguaje de nuestra sociedad: para ponerla simplemente de manifiesto, para criticarla ferozmente, o para tratar de encontrar en ella algún rasgo de belleza. Ningún grupo de rock ha ido más lejos en la experimentación musical dentro del mundo que nos rodea como esta banda de Nueva York que aún hoy sigue rocanroleando incomparablemente sobre la locura, los sueños, el amor, la naturaleza humana y la sociedad, la felicidad, el paisaje de América o la vida cotidiana.

Mi tesis principal es que tanto musical como letrísticamente la idea que mejor puede definir la propuesta de Sonic Youth viene definida por esa sensación que calificamos con la palabra desasosiego. No hablo de tedio ni de hastío ni de simple spleen vital (de los que me he referido al hablar de The Velvet Underground), tampoco es exactamente inquietud ni curiosidad o perpleja tristeza, sino desazón. Una desazón sostenida en este caso por una amplia y cristalina mirada que es capaz tanto de la más desencarnada e incluso lúgubre visión interior como de una voluntad de abrir nuevos horizontes más expansivos y más libres.

No hay idea perfecta,
no hay destino perfecto,
sólo pequeñas puñaladas de felicidad
-a veces un poco demasiado tarde.
Genetic, “Dirty”

A finales de la década de los años 70 tres personas de distinta procedencia se encontraron en Nueva York. Estudiaban en las art-schools y estaban interesadas en la vanguardia musical minimalista que en aquellos momentos realizaban autores como Glenn Branca. Esos tres personajes eran Thurston Moore, cabecilla del grupo que primero se llamó The Arcadians y luego Sonic Youth, Kim Gordon y Lee Ranaldo. Éste empezó a centrarse en la composición y en el manejo de la guitarra eléctrica, mientras que Kim aprendió a tocar el bajo como una especie de amazona rockera. Los tres juntos, más diversos baterías que ocasionalmente se les unían, empezaron en 1982 una fecunda trayectoria musical. En un cartel publicitario de uno de sus primeros conciertos como The Arcadians se podía leer: “Come see the roots rock rhythm explorations of The Arcadians” (“Ven a ver las exploraciones de las raíces rítmicas del rock de The Arcadians”). Así se presentaron estos tres inquietos personajes en sus comienzos, bajo la decisiva influencia del mencionado Glenn Branca, que fue para Sonic Youth algo así como lo que Andy Warhol fue para la Velvet Underground. Y digo “algo así” porque la influencia de Branca en Sonic Youth no sólo fue estética o publicitaria, sino directamente musical. Blanca hacía una música que bebía de las investigaciones de John Cage, del movimiento dodecafónico y del minimalismo de gente como Pere Ubu; según sus palabras, al escuchar su música “uno no está oyendo guitarras, ni siquiera música, sino un campo de sonido, como algo que se podría oír en un sueño...”. De ahí arranca el originalísimo y sólido rock de Sonic Youth, que ciertamente se asemeja a ese “campo de sonido” que se escucha como en un sueño.

Pero, ¿cómo consiguieron estos tres inquietos personajes pergeñar y hacer tan transparente ese densísimo sonido? Uno de los secretos de la “pureza convulsiva y pavorosa” (Ignacio Juliá) de la música de Sonic Youth procede directamente de la manipulación de las guitarras eléctricas que un buen día se le ocurrió llevar a cabo a Lee Ranaldo. Según la opinión de este intrépido músico “la guitarra es un instrumento ilimitado al que la mayoría de la gente no ha sacado completo provecho”. Y así procedió Ranaldo: diferentes afinaciones del clásico instrumento, diferentes y nunca probados acordes, perfectamente disonantes, diferente colocación, a menudo aleatoria, de las cuerdas de la guitarra. Todo ello permite obtener un sonido jamás experimentado en el ámbito del rock. La Velvet Underground fue el primer grupo en avisarnos de que “Dios había muerto” (y no hablo de Elvis Presley) también para el rock, pero aún así seguía siendo un grupo más o menos clásico. No fue hasta la llegada de este extraño y logrado experimento llamado Sonic Youth cuando el clasicismo pierde definitivamente sus galones también en el campo del rock. Tanto es así que algún crítico se atrevió a decir tras escuchar uno de sus primeros discos (Confusion is sex o Bad Moon Rising) que la música de Sonic Youth se le antojaba el primer tipo de música que no tenía ninguna deuda con el R&B, lo cual no era sin embargo del todo cierto. Más bien lo que empezaron a hacer aquellos tres audaces muchachos reunidos en Nueva York a principios de la década de los años 80 fue llevar lo más lejos posible las potencialidades de la música rock, que de esta forma adquirió por fin una forma artística y moderna, es decir, plenamente consciente de su naturaleza.

Y es que la distorsión provocada en las guitarras no sólo influye en el sonido que este grupo es capaz de crear, sino que esa misma distorsión quiere ser algo así como la conciencia de ese sonido, y de la naturaleza humana y social de ese sonido. Es decir, no ya sólo es que la música se distorsiona y adquiere una cierta lucidez de lo que propone y de la forma en la que se propone, sino que esa misma música se convierte en un medio de investigación de la sociedad en la que surge y en una herramienta crítica de esa misma sociedad a la que se ofrece. De algún modo, por tanto, se puede decir que gracias a Sonic Youth el rock entra a formar parte de las artes modernas en el amplio sentido social y crítico de la palabra. Parafraseando a Hegel podríamos sostener que si bien el rock se hace en la Velvet arte en-sí pero sigue anclado en el esteticismo en cuanto al para-sí, adquiere por primera vez y con todas las consecuencias el carácter de arte tanto en-sí como para-sí con la explosiva aparición de Sonic Youth. Lo cual supone una verdadera revolución no sólo en términos musicales sino también sociales e, indirectamente, políticos. En resumen, con Sonic Youth el rock asume por fin como propio el desafío racional que implica la Muerte de Dios simbólicamente decretada un siglo antes por el filósofo alemán F. Nietzsche. Por eso el crítico musical Jaime Gonzalo define la música de Sonic Youth como “el sonido de unos niños enfadados jugando con juguetes rotos”, a lo que cabe matizar que ese enfado no proviene tanto de la nostalgia por los perfectos juguetes de antaño como por el hecho mismo de haber sido largamente engañados con la falsa magnificencia de juguetes que no existen sino en el más allá: “El mundo fue hecho y vuelto a perder” (Brave Men Run, “Bad Moon Rising”).

Pero volvamos al análisis estrictamente musico-existencial, dejando para más adelante este otro tipo de reflexiones de cariz más social o puramente intelectuales. Según Glenn Branca, la clave para lograr ese “campo de sonido que se escucha como en un sueño” está en “pensar no en términos de acordes, sino en pensar en términos de intervalos y armonías”. Eso comienzan a hacer estos tres chicos de Sonic Youth y así comienzan a reconocérselo los críticos musicales de la revista americana New Musical Express. Gay Abandon califica la música del grupo como una “fortuita mezcla meticulosamente seria”. En 1985 Agnes Gooch afirma: “Los prolongados golpecitos, los hipnóticos mantras con guitarras de una sola nota que estallan en un feroz feed-back: todo esto trae a la mente el sonido de unas ruedas que giran”. Finalmente Biba Kopf resume: “Lo suyo es un palimpsesto de acceso al rock. El ruido estragante de sus guitarras simultáneamente garabatea y raspa sobre el proyecto original [de la canción], hasta que todo queda sepultado bajo el tumulto de la firma de Sonic Youth”.

He aquí el sugestivo sonido de esta banda formada por tres mentes inquietas que logran romper con el clasicismo en el rock y a la vez abrir la música rock al mundo contemporáneo del arte y de la sociedad sin perder por ello las señas que definen este tipo de música. “Destruir y reconstruir: reconstruir y desechar. Sonic Youth quiere aprender a sobrevivir”, escribe Ignacio Juliá. Este es el propósito de la banda, cuya música se mantiene fiel por encima de todo, como ha sido dicho, a la sensación de desasosiego humano que la incertidumbre política de nuestros días ha agudizado hasta la exasperación. Y la originalidad y auténtica grandeza de esta banda radica en haber sabido transmitir esa sensación no sólo retórica sino material, casi físicamente, gracias sobre todo a ese raro e hipnótico sonido que la caracteriza. Pues según el filósofo Gilles Deleuze, uno de los pocos pensadores que se han acercado sin desprecio a la música rock, el sonido, el puro sonido, “nos invade, nos empuja, nos arrastra, nos atraviesa. Abandona la tierra, pero tanto para hacernos caer en un agujero negro como para abrirnos a un cosmos. Nos da deseos de morir. Al tener la mayor fuerza de desterritorialización, también efectúa las reterritorializaciones más másivas, más embrutecedoras, más redundantes. Éxtasis o hipnosis” ("Mil mesetas").

La juventud sónica siente ese deseo que nos invade y nos empuja hacia la libertad, pero que al mismo tiempo pone de manifiesto nuestro parentesco con la mortalidad; la juventud sónica realiza ese movimiento de desterritorialización y reterritorialización, busca un lugar en el mundo, crear un mundo a partir del caos del que brotamos, formar un cosmos vital a la medida de nuestra humana condición, que vacila y vacilará irreconciliablemente entre el éxtasis y el horror.

Cuando ves la espiral girando para ti solo y
te sientes tan pesado que no puedes parar, cuando
este mar de locura te convierte en una piedra,
una foto de tu vida sale disparada como un cohete.
Mote, “Goo”

Y esto lo logra Sonic Youth elevando el rock a verdadera música, a verdadero “arte”. En sus inicios Thurston Moore escucha a los Beatles y a los Talking Heads, Lee Ranaldo va para escritor, Kim Gordon coquetea con el feminismo y admira al pintor alemán neoexpresionista Gerhard Richter. Son tres personas atentas que por un azar inexplicable conducirán al rock hasta sus propios límites: su obra entera podría colocarse bajo la rúbrica de Crítica de la razón rockera. Y es que produciendo ese sonido es como Sonic Youth consigue crear música, o sea, consigue que el rock definitivamente sea capaz de erigirse en música creadora en medio de las ruinas del viejo templo derruido de la Verdad y del Fundamento. Pues toda verdad que no se supedite a ninguna mayúscula surge de la creación ex nihilo y de la apertura de nuevas determinaciones, susceptibles a su vez de ser nuevamente revocadas, según ha establecido el filósofo Cornelius Castoriadis (y poiesis, de donde poesía, significa “creación” en griego). Y eso es lo que hace la música de Sonic Youth, ejemplarmente, poéticamente. Y aquí cabe hablar del gran secreto que oculta esta aparente estridencia absurda, pues todo ese conglomerado de sonidos disonantes que se escuchan como en un sueño y que nos trasladan a las regiones vírgenes del desasosiego tienen un único propósito: el de construir, el de crear tiempo y vida significativa más acá de las Verdades Absolutas y de la Eternidad.

¿Qué es real? ¿Qué es verdad?
No te estoy dando la espalda
¿Adónde vas? ¿Dónde has estado?
Pidiendo deseos, velando sueños.
Wish fulfillment, “Dirty”

En el "Diccionario de las artes", Félix de Azúa sostiene que la música hace significados de los sonidos. La música es “el arte de construir el tiempo mediante sonidos no lingüísticos; es una “escultura de tiempo”, móvil e inacabada. Y la forma de medir ese tiempo es posible mediante los instrumentos, que son herramientas de medida. Dicho esto, se entiende mejor la radical transformación que supuso la manipulación de las guitarras eléctricas que realizó Lee Ranaldo en los comienzos de la aventura musical de Sonic Youth. Pues si el instrumento de medida cambia, la medida y el tiempo que con ella se crea, cambian también. O mejor dicho, o dicho un poco a la manera de Marx, cambia el modo de producción del tiempo y por tanto la naturaleza de ese tiempo, que ya no viene dado de antemano por un canon establecido que conoce ya el ser del tiempo o cómo ha de ser el mundo humanamente habitable, sino que se arriesga a crear libremente un tiempo a la medida de nuestra capacidad humana de imaginar: “el misterioso ritmo,/esta infinita estación,/las grandes decisiones” (Genetic, “Dirty”).

A veces se ha definido la música de Sonic Youth como “el ruido de un sueño”. Pues bien, ese sonido de nuestros ensueños consigue por primera vez en la historia del rock, al menos de un modo radical (y me remito aquí a la etimología que emparenta este vocablo con la palabra “raíz”), crear tiempo significativo no preestablecidamente ordenado. O sea, la música de Sonic Youth crea lo que se conoce popularmente con la expresión tiempo libre, baluarte de la autonomía de los individuos que la sociedad capitalista se ha obstinado en combatir empecinadamente desdes sus inicios (y la lista de “corruptores de la sociedad” que han elogiado la ociosidad, desde Betrand Russell hasta Guy Debord, es muy larga en el siglo XX), obligándonos a trabajar a todos “con normalidad” y ocasionando consecuentemente un gran número de parados, es decir, de gente que malvive absurdamente en un tiempo muerto. De ahí el sentido vital emancipador del tiempo libre (destructor-creador, reversible) que consiguen fabricar las canciones de Sonic Youth, pese a su aparente non-sense tanto instrumental como letrístico.

“Su sonido (frenético, monolítico, convulso, monstruoso)”, sostiene Ignacio Juliá, “es lo estimulante. Su única razón de ser es, por lo que parece, acariciar la belleza de la locura. Su impulso resulta curativo a través de una violenta catarsis: el absoluto exterminio de toda estética inútil o inservible; el renacimiento de un arte que expresa enteramente la locura de vivir. Su objetivo, estamos advertidos, se dirige a nuestras cabezas”. Pero, ¿de qué locura de vivir habla el crítico barcelonés? ¿Qué significado expresan esos ensordecedores rumores del sueño? La música de Sonic Youth habla de la locura inherente a la condición humana, redoblada por una sociedad que lejos de aceptar su parte irracional condena al cuerpo que la encarna paralizando el tiempo libre en el que podría esperarse de ella una cierta reconducción hacia la cordura, mediante la práctica del arte o del amor.

Pues el hombre es, en palabras del pensador Víctor Gómez Pin, un animal “intrínsecamente perturbado”. Como toda forma de la naturaleza, no está perfectamente acabado: sus contornos se diluyen, su raíz se hinca en un abismo sin fondo, él es-lo-que-no-es y no-es-lo-que-es (Hegel). Pero esta libertad originaria del hombre ha sido culpabilizada por la religión, de una parte, y de otra, ha querido ocultarse mediante la entronización de una Razón absoluta, exhaustiva y atemporal, que permitiese finalmente la instauración de una sociedad uniformada, funcional y aparentemente normalizada. De ahí que el ocultamiento del caos propio del mundo y de los hombres haya propiciado la institución de una sociedad absolutamente demente, en lugar de promover la liberación común a la que decía estar destinada. Y contra esa sociedad demente, que anula la posibilidad de crear tiempo libre y de vivir bien, que obliga a una multitud informe a penar en un tiempo muerto sin alegría y sin porvenir, que culpabiliza al cuerpo como centro de esa capacidad originaria de los sueños emancipadores (“Mi cuerpo es un tiempo pasado,/mi mente un simple gozo./Aprendí mi lección/de la manera más dura,/pero tú no me conoces”, Inhuman, “Confusion is sex”), contra esa sociedad verdaderamente inhumana que no reconoce las “partes malditas” (Bataille) que nos pertenecen, se alzan los gemidos, los gritos, las súplicas, la voz agónica, desasosegada y sin embargo todavía capaz de ternura de las canciones de Sonic Youth.

La sociedad es un agujero,
me hace mentir a mis amigos.
El asalto de música sagrada (...)
Quiero vivir en paz.
Society is a hole, “Bad Moon Rising”

Esas toneladas de puro sonido que nos llegan como susurros de la noche, como campanadas de medianoche que anuncian con dura solemnidad una voz humana extrañada, se escuchan, pues, como el ruido de un nebuloso sueño. Ese rumor ha aprendido “las leyes de la decepción” (“Bad Moon Rising”) que trae el día, y sin embargo, ha aprendido también a extraer de esa confusión una suerte de belleza convulsa, terrible, inquietante: parecida al caos del que nace. La frustración de nuestros deseos refleja una y otra vez el verdadero rostro del personaje que cada día intentamos crear, pero esa locura no tiene por qué esconderse ni mutilarse ni culpabilizarse; más bien se trata de dar fielmente forma a ese caos para volver a construir cada día nuestro frágil y efímero mundo, una y otra vez. Es lo que reza el título de una canción del segundo disco de Sonic Youth: "Making the nature scene".

Y es esa creación la que en Sonic Youth no sólo está dicha por las letras de las canciones sino que, tal vez por primera vez en la historia del rock, está hecha por su música. O dicho de una manera más modesta: quizá por primera vez un grupo de rock se ha atrevido a afrontar los mismos desafíos que la mejor música clásica, rompiendo así con el clasicismo propio que hasta entonces, con excepciones precursoras como las de la Velvet Underground, se había implantado cómodamente como canon del rock. De ahí que valga la pena citar la frase de una de las primeras composiciones de Lee Ranaldo, Thurston Moore y Kim Gordon, que por cierto Nietzsche utilizó como una de las máximas morales de su filosofía artística: “No digas más que la verdad” (Confusion is sex, “Confusion is next”). Esta misma canción pone de manifiesto de la forma más explícita hasta qué punto el cuerpo (sueños, inconsciente, sexo) puede aliarse con su propio e inherente caos para poder crear ese tiempo libre e indeterminado que se nos abre expansivamente ante nosotros, al contrario del tiempo congelado que la sociedad quiere imponernos como método de control de nuestra desbordante imaginación. La verdad es creación, como ya se ha apuntado, y a ella debe ceñirse nuestra libertad, nuestra ambivalente humanidad. Frente a las ilusorias promesas del futuro, el puro aliento de nuestra imaginación “rompe el día y la noche”, para decirlo como los Doors, y abre la posibilidad del presente como tiempo libre y también como regalo.

Respiro en el mito,
estoy por encima de la ciudad.
Que se joda el futuro,
estoy contento y dentro de tu beso.
Eric´s trip, "Daydream nation"

A estas alturas sería repetitivo perorar por enésima vez sobre las consignas antifuturistas de grupos como Sex Pistols o The Dictators. Los miembros de Sonic Youth lo sabían y se limitaron a constatar en una canción (My future is static, “Sister”) la parálisis provocada por esa mentira del futuro que nuestra Sociedad del Progreso Ilimitado nos quiere vender como un nuevo reino de los cielos.

Pero en este punto Sonic Youth vuelve a volar un poco más alto que los demás, y la refutación del futuro tanto a través de su música como en sus letras supera la limitación de la mera consigna y se adentra sin complejos en los profundos recovecos de la política. Llevan la crítica de los elementos de fascismo encubierto que perviven en nuestra sociedad hasta la raíz misma de sus manifestaciones comerciales. Ya no se escupe a la Reina, o se maldice la discriminación social, se da un paso más: se ataca, pero de forma irónica, la realidad misma de su encubrimiento llevada a cabo mediante objetos de consumo aparentemente inofensivos. De esta forma, América es Ameri-k-k-kan, el sistema económico se llama Reaganomics, el fascismo tiene el rostro de Madonna (cabe remitirse además a "Kill your idols"), y los numerosos utensilios domésticos o los innovadores aparatos tecnológicos que nos procuran el celebrado confort capitalista (TV, lavadora, etc.) pasan a formar parte del paisaje de esa banalidad, como línea del mal en la que se recortan los sentimientos y las acciones que aún son capaces de cierta nobleza y cierta verdad.

La genialidad emancipadora de Sonic Youth radica en este punto en coger todos esos elementos cosificadores (es decir, anti-humanizadores) y en devolverlos a su lugar original, es decir, al caos, para triturarlos en ese abismo común como en una batidora y crear a partir de él algo que pueda sobreponérsele: belleza, generosidad, independencia, mundo. El cocktail está servido y tiene un nombre colectivo: juventud sónica, que quiere vivir y, como decía Nietzsche, quiere querer.

Musicalmente las influencias de Sonic Youth van desde la vanguardia y el punk hasta el funky o el hard-core. Se puede decir que ellos fueron los fundadores del nuevo estilo noise, pariente del grunge, y que incluso se dejaron embeber de rasgos raperos. En sus comienzos llegaron a celebrar un concierto en el desierto de Mojave y colaboraron con Iggy Pop y Lydia Lunch (Death Valley´69). Viajaron hasta Europa y actuaron en Berlín. Más adelante se fueron de gira mundial como banda telonera de Neil Crazy Horse Young. Tocaron junto a Fugazi, Sebadoh, Pavement, Yo la Tengo y demás grupos emblemáticos de los años 90. Don Watson, un crítico del New Musical Express, caracterizaba así en 1983 el cocktail explosivo de su propuesta: “Aquí como en cualquier otra parte las letras son fragmentos: imágenes de locura, enfado y desesperación revoloteando alrededor de un trasfondo musical tensado al máximo que deja marcadas señales lívidas”.

Pero había mencionado la voluntad de querer como principal baluarte de nuestra intimidad contra la sociedad que pretende “normalizarla”. De ahí que junto a la práctica del arte capaz de crear esos destellos de belleza, esos gestos de generosidad, esos momentos de independencia, ese mundo humano a la medida de nuestra oscilante condición donde no se producen más y más objetos sino que se crea humanidad, cabe mencionar la experiencia del amor. Durante un tiempo Thurston Moore estuvo leyendo al escritor de ciencia-ficción Philip K. Dick y encontró en él la clave de su idea del mundo humano: “Esquizofrenia no es más que otra palabra para cosmología”. Y es que sólo asumiendo esa parte trastornada que habita en nosotros mismos podremos crear algo así como un tiempo libre y una vida significativa, es decir, un mundo humano, un cosmos vital. Schizophrenia figura como canción del álbum “Sister”. Pero antes Sonic Youth había grabado el que quizá es su trabajo más importante, o el que confirmó definitivamente su trayectoria. Ese disco es “Evol”, título que hace referencia al amor que puede subvertir –de ahí evol en vez de love- los postulados de la sociedad establecida, como ya hemos dicho. De este disco, editado en 1986, el crítico de NME Dave Haslam señaló: “Es un disco hipnótico. No glorifica nuestra época de ansiedad pero nos fuerza a enfrentarnos al terrible potencial de destrucción del amor y de la vida”.

Todo lo que la luz omnipotente de una Razón absoluta y una sociedad totalitaria y homogénea quieren borrar del cuerpo y de la mente humanas brota despiadada y crudamente en la experiencia compartida del amor. Lo desconocido, el abismo sin fondo, el caos, el misterio de la existencia humana, la libertad: “No me des tu alma,/tu corazón es un abismo”, Cinderella´s Big Score, “Evol”. Y sobre todo la radical e inmanente experiencia de lo innombrable, que sin embargo pugna incesantemente por dejarse llamar a través del amor:

Sonrío como el sol,
doy la espalda al tiempo,
loco por ti,
el placer es mío.
Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero
¿Cómo te llamas?
Drunken butterfly, “Dirty”

Y está el amor furtivo (“Bésame en la sombra,/bésame en la sombra de una duda”, Shadow of a doubt, “Evol”), y el gran sentimiento expansivo de lo nuevo, de lo que crece y aumenta nuestra fuerza (“Tú eres el primer día de mi vida”, Ghost Bitch, “Bad Moon Rising”), y esa vieja nostalgia semi-mística por la impecabilidad irremisiblemente perdida (“Me siento como un ángel de brillantes/ ojos negros, ahora el mundo se ha vuelto/ increado”, Lee#2, “Goo”), y la lejana e inalcanzable belleza de lo que sin embargo conserva un insoslayable parentesco con lo que somos (“Bonitas mentiras en los ojos de otros sueños”, Beauty lies in the eye, “Sister”). A fin de cuentas, pues, se trata de “permanecer en el amor”, o como hubiese acotado el filósofo B. Spinoza, de perseverar conjuntamente en nuestro ser.

El amor ha venido para quedarse toda la vida,
se va a quedar siempre y cada día se siente como
un deseo que se cumple, se siente como un ángel
que te sueña, se siente como un cielo que perdona y
comprende, se siente como si estuviésemos desvaneciéndonos y celebrando
que tenemos un espíritu carnal que se pulveriza: me voy a reír de él.
Tienes una corona de algodón, voy a guardarla
bajo tierra, vas a controlar la química
y a poner de manifiesto el misterio.
Cotton crown, “Sister”

La afirmación incondicional de la vida que conlleva la experiencia del amor pone de manifiesto de la manera más radical el misterio de esa misma vida. El desasosiego nos angustia y nos descorazona, pero también nos señala horizontes despejados: allí donde recomienza la experiencia de la libertad y donde todo vuelve a ser posible. Dice Savater en De los dioses y el mundo: “Quizá el intento de salir fuera de la razón abstracta del Sistema nos haga perder completamente la razón. Pero es imaginable –a nivel mítico- una cordura que fuese el reverso de la abstracción vigente y siempre en aumento; una cordura que sólo vislumbramos como negación de lo abstracto, de sus pompas y sus obras, una cordura que fuera base de una comunidad impecable1, multiplemente una, en la que no primase lo utilitario abstracto sino su opuesto, es decir, lo sagrado. A este anhelo, que no utopía, llamamos `revolución´”. He aquí donde esa sensación vagamente fastidiosa del desasosiego adquiere potencialidades revolucionarias, potencialidades creadoras de vida relevante en medio de la pena de muerte que de antemano la sociedad se ha arrogado el derecho a imponernos y administrar: “Estoy esperando aquí algún pliegue de realidad:/tengo un gran final mortal en mi cabeza/y ni un minuto de paz” (Rain king, “Daydream nation”).

Y el centro disperso de ese momento revolucionario sigue radicado en el aquí y ahora, en nosotros, entre la claridad del día, entre la frondosidad de los sueños. Y así suena, tal cual, la música de Sonic Youth: desasosegada, revolucionaria, sagrada, impecable, al borde del aniquilamiento, preparada para fundar sin embargo un nuevo lenguaje, más libre y más verdadero. ¿Cuál es el secreto de esta maravillosa e inquietante música? ¿De dónde proviene su emoción? El enigma está guardado en una de las canciones de su primer álbum y resume la extremada sensibilidad poética de Sonic Youth, la cual seguirá enamorándonos todavía por mucho tiempo: “Oigo el sonido de hoy” (I dreamed a dream, “Sonic Youth”).

Cada día no es más que otro respiro,
cada noche otra pequeña muerte.
Saucer-like, “Daydream nation”

Ximo Brotons
12/04/2005 00:36 Enlace permanente. sin tema Hay 7 comentarios.

Artículo: "Pequeña teoría del nietzscheanismo de izquierdas" (publicado en "El Viejo Topo", septiembre 2004)

Este es el artículo que me ha valido el "premio" de ser invitado a dar unas charlas en la Unam (México DF) este próximo verano.

PEQUEÑA TEORÍA DEL NIETZSCHEANISMO DE IZQUIERDAS

"Como, cuando el verano llega del Sur, las capas de nieve se disuelven y la faz de la tierra se pone verde, así el espíritu progresivo creará sus ornamentos en su camino y llevará consigo la belleza que visita y encanto que la encanta; chupará los rostros hermosos, y los ardientes corazones, y los doctos discursos, y los actos heroicos, hasta que ya no se perciba el mal. (...) Todo espíritu se construye una morada; y además de su morada, un mundo; y además de su mundo, un cielo. Sabed, pues, que el mundo existe para vosotros."
Ralph Waldo Emerson

¿Existe hoy en la escena política un nietzscheanismo de izquierdas? ¿Ha existido alguna vez? A poco más de cien años de la muerte de Federico Nietzsche, la obra del filósofo alemán sigue despertando el interés intelectual tanto entre aquellos que se dedican a la actividad filosófica como entre los más comprometidos en la acción política. Nietzsche no fue ni un visionario ni un profeta, a pesar de que él a veces se quiso así, pero desde luego muchos de los problemas por él planteados, tanto culturales como sociopolíticos, siguen abiertos a discusión. Considerado falazmente por algunos como el teórico proto-nazi del III Reich, Nietzsche fue en realidad un pensador de la Europa unida en sus múltiples movimientos democráticos. Cuando menos lo esperamos, y quizá más lo necesitamos, Nietzsche se nos aparece como un pensador del progreso sin mitologías desarrollistas. No como un pensador de la divinización del éxito, a la manera hegeliana, sino como un filósofo de la inmanencia creadora del éxodo. ¿Como un pensador de izquierdas, pues?

Tal vez ni a Nietzsche mismo le interesase mucho esta cuestión, pero qué duda cabe de que no ha ocurrido lo mismo con lo que podríamos denominar nietzscheanismo. El caso de Georges Palante, que glosaré en esta nota, puede ayudarnos a afrontar mejor el planteamiento inicial.

En 1989, un joven profesor de bachillerato francés, Michel Onfray, publica el libro "Georges Palante, un nietzschéen de gauche" (Grasset). Se trata de una obra dedicada a un oscuro profesor de filosofía de provincias de principios de siglo XX, llamado Georges Palante. Se le consideró un nietzscheano de primera hora escorado a la izquierda política. Tanto es así que en seguida fue traducido y presentado en Italia como un socialista anarquizante. Camus lo cita en "El hombre rebelde" al hablar de su “individualismo altruista”. Hasta el libro de Onfray, poco más se sabía de él.

La genealogía del posible nietzscheanismo de izquierdas debe rastrearse sobre todo en Francia y Alemania, dejando aparte ahora al socialismo fabiano inglés de Bernard Shaw y H. G. Wells. Es lo que nos cuenta Onfray a través de la figura mítica de Palante.

Ya en 1898, dos años antes del adiós definitivo de Nietzsche, en las páginas de la revista “Socialismo y libertad”, Jaurès, uno de los fundadores del partido socialista francés, afirma polémicamente: “El socialismo es la afirmación suprema del derecho individual. Nada está por encima del individuo (...) El socialismo quiere romper todos los lazos. Quiere desagregar todos los sistemas sociales que obstaculizan el desarrollo individual (...) En el socialismo, el individuo se proclama el centro y la finalidad”. Es una interpretación ya nietzscheana, aunque discutiblemente emancipadora, al menos para los téoricos actuales del “lazo social” (pienso en Fernández Buey y Jorge Riechmann, por ejemplo). En cualquier caso, esta misma dialéctica recorre también la Alemania de Gystrow o Ziegler, autor de un libro titulado "La cuestión social es una cuestión moral". A este socialismo individualista se van añadiendo en adelante el ruso Eugenio de Roberty (que prefire el término “socialidad” al de individualismo), el traductor danés de Nietzsche Georg Brandes, el francés Charles Andler (profesor universitario que se autoproclama “socialista nietzscheano”) y otros.

Palante forma parte de esta hornada de nietzscheanos de primera generación. Su obra más importante data de 1903 y supone un ataque al positivismo durkheimiano entonces reinante en la Academia. Se titula "Précis de sociologie" (PS). Palante es un profesor de filosofía de bachillerato que porfía por entrar en la universidad parisina. Cuando la lectura de su trabajo doctoral ("Les antinomies entre l´individu et la société") es rechazada afirma: “La Sorbona me ha expedido un certificado de independencia intelectual”. Onfray lo define como un “ateo social y un pesimista visceral” que desconfía de las masas, los grupos, la mayoría, las colectividades. Es un espíritu libre sensu nietzcheano, en cuya lápida escondida en un pequeño cementerio bretón está escrito: “El individuo es la fuente viviente de la energía y la medida del ideal”.

Ahora bien, ¿es cierta la antinomia entre el individuo y la sociedad? ¿O más bien lo que conduce a la antinomia es la divinización de ambos términos, la sociedad-dios y el individuo-sustancia? ¿No consiste la transvaloración nietzscheana precisamente en pensar la socialidad constructiva como la más alta forma de la libertad individual y viceversa? ¿Será ésta la idea motora del llamado nietzscheanismo de izquierdas? Pero entonces, ¿qué valores se desprenden de semejante punto de vista?

Según Palante, el individualismo “es lo mismo que lo que llaman la filosofía social libertaria” (PS). O sea, contra la moral de grupo, inmoralismo. Dice Palante: “Nietzsche tiene razón en ver en el querer vivir individual el principio de toda acción, de toda construcción que tenga incluso un carácter impersonal y colectivo” (PS). Ahora bien, Nietzsche se equivoca a juicio de Palante cuando equipara la democracia al espíritu de rebaño: “El Espíritu democrático no tiene precisamente, a nuestro modo de ver, otra razón que ser una afirmación del Individualismo frente a las tiranías gregarias”. Contra el espíritu gregario, pues, democracia.

Al igual que para Camus, los enemigos de Palante fueron “las iglesias, las sectas, los partidos, las corporaciones”. Palante se resistió al más tenaz y más seductor de los mitos optimistas, el del Progreso, verdadera piedra de toque en la crítica del socialismo. Por ello apostó por una filosofía activa, una “disciplina de la autonomía” capaz de enseñorearse de una nueva sentimentalidad: la sensibilidad individualista, el “impresionismo sentimental”. Y curiosamente Palante enlaza esta apuesta psicológica con la entonces y hoy también candente cuestión socio-económica: “La Economía social toca de cerca a la Psicología; se puede incluso decir que es una Psicología en acción. Pues no es otra cosa que una gestión de las necesidades y de los intereses vitales que, en la naturaleza humana, forman la infraestructura de todo el desarrollo psicológico superior” (PS). Contra la psicología de guerra del capitalismo, Palante afirma el principio nietzscheano de utilidad vital: “El socialismo es una doctrina del despliegue de la vida”. Contra el desprecio secular de los cuerpos humanos, Palante reivindica, según Onfray, una “filosofía de la inmanencia y del realismo trágico”.

El nietzscheanismo de izquierdas se desarrollaría en Francia a través primero del Colegio de Sociología (Caillois, Bataille, Leiris) y luego con los llamados intelectuales específicos (Foucault, Deleuze, Guattari). También se puede percibir en autores como Albert Camus, René Char, Clément Rosset, Henri Lefebvre o Paul Veyne. Onfray formaría parte de la última generación de la saga. En Alemania, los iniciáticos fulgores del socialismo nietzscheano quedaron rápidamente ahogados en el miasma fanático del nazismo ascendente, el cual se quería deudor para más inri de las doctrinas del padre de la criatura. Sólo Sloterdijk, un poco como Derrida, ha querido recientemente aproximarse al nietzscheanismo de izquierdas pero cambiando nietzscheano por “heideggeriano”.

La obra de Georges Palante contiene una crítica del valor de la igualdad en cuanto universal-promesa, como diría hoy Paolo Virno. Es por ello antagonista con los dogmas marxistas, en los que no descubre sino un “capitalismo de Estado” bastante antes de que Castoriadis formulase esta misma crítica. Palante crea una figura semejante al superhombre, el Arista, “artista de la excelencia” que se asociaría en micro-sociedades electivas y que se opondría tanto al hombre-de-buena-voluntad de Kant como al principio rousseauniano de la voluntad general. Onfray lo compara con el anarca jungeriano, pero creo que así se corre el riesgo de volver a encapsular el anhelo del espíritu libre en un nuevo Dios-Yo, como ya le ocurría a Max Stirner.

En esta tensión se movió Palante durante toda su vida. Onfray nos cuenta que se presentó a unas elecciones municipales, sin éxito, aunque dejando bien claro cuál era su enemigo: “¡Abajo la política secreta!”, gritó durante una asamblea. Promovió un “socialismo municipal” de estirpe proudhoniana, y pese a sus soflamas patriotas en el contexto de la Gran Guerra –nadie es perfecto– fue tachado por sus adversarios de “internacionalista”. Combatió la inmunidad parlamentaria como “la forma legal del gregarismo corporativo parlamentarista”. Vivió intensamente en carne propia el conflicto entre el deseo y la realidad, para decirlo como Cernuda: era deforme y libertino. Propuso una especie de “pesimismo experimental” como factor de sociabilidad que Onfray resume en una sabiduría trágica, acaso también política.

¿Queda, hoy, algo de aquel primerizo nietzscheanismo de izquierdas en los movimientos sociales alternativos? No parece que la obra del filósofo alemán sea muy conocida entre las multitudes globales, ni que éstas recurran a sus ideas para la práctica política cotidiana. En este punto, ni en "Le Monde Diplomatique", ni en la "New Left Review", ni en "Imperio" de Negri y Hardt, ni en "Multitudes", por citar algunas revistas y libros de referencia, Nietzsche suele hacer acto de presencia. Y sin embargo... Marx, mucho más activo en este aspecto hoy en día, fue uno de los poquísimos intelectuales que se puso del lado de Nietzsche cuando éste publicó las "Consideraciones intempestivas", antes de que fuese apartado definitivamente de la Universidad. Por no hablar de Spinoza, afortunadamente también hoy revalorizado, al que Nietzsche llamó en una ocasión “mi precursor”. En España, Manuel Barrios Casares, Germán Cano o Pere Saborit le han dedicado o han cimentado en él recientemente algunos lúcidos estudios, escorados hacia la cuestión política sobre todo en este último caso ("Política de la alegría", Pre-Textos, 2002), más exhaustivos en lo referente a la crítica cultural en los otros. Pero especialmente política es la dosis de nietzscheanismo contenida en la apuesta por el “querer vivir” de Santiago López Petit, uno de los más conspicuos agitadores sociales de nuestro panorama más cercano ("El infinito y la nada. El querer vivir como desafío", Bellaterra, 2003).

Para la izquierda social el legado del gran paseante de Sils-Maria es, pues, incierto y, a veces, contraproducente. Sin embargo, como a un sol de verano, luminoso y ardiente, lo seguimos esperando para que con su calor derrita los adoquines y nos deje por fin atisbar la playa. “Ardor, nunca odio”, que decía Jünger. El 15 de febrero de 2003 miles de banderas con los colores del arco iris y la palabra en italiano “Paz” inundaron las calles de la ciudad global en protesta contra el Estado-guerra. Durante muchos años esa bandera había quedado reducida a símbolo del colectivo homosexual: bien estaba, si nadie más la quería. Pero desde que mucha más gente empezó a salir a la calle en Seattle y en Génova a decirles a los mandamases que no: no a la OMC y al FMI, no al Estado como su pseudoprolongación y viceversa, etc., ese símbolo ha vuelto a ondear para todos nosotros como un horizonte de vida, como un blasón de amor y temblor que puede decir no porque en su aliento lleva el gran sí:

“Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo; allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible. Allí donde el Estado acaba, ¡mirad allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre?” ("Así habló Zaratustra").

Ximo Brotons
20/04/2005 00:39 Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

Carta al director de El País: "A favor de la filosofía"

CARTAS AL DIRECTOR
A favor de la filosofía

Joaquín Brotons Navarro - Castellón de la Plana
EL PAÍS - Opinión - 23-04-2005

Seré breve. Indignado leo en la prensa que el proyecto de la LOE pretende eliminar el carácter común de la filosofía en el bachillerato. A los listos (de ciencias) se les dará filosofía para que sigan siendo listos, y a los tontos (de letras) cultura científica de suplemento de periódico para que sigan siendo tontos. Qué progreso. Además se sustituye la ética común, que por fin había dejado de ser una alternativa a la religión (que todavía se sigue dando en bachillerato, por cierto), por educación para la ciudadanía, en dos cursos, sí, pero de índole más bien coyuntural que reflexivo. Además, lo que en Francia es una prueba de carácter progresista (la reválida) aquí se elimina por retrógrada. En fin, vendrá bien recordarles a nuestros caballeros y damas progres la frase de John Dewey: "La filosofía es una reflexión general sobre la educación". Por lo de que no iban a fallar.
24/04/2005 13:44 Enlace permanente. sin tema Hay 13 comentarios.

Artículo: "El hedonismo de Michel Onfray" (publicado en "Lateral", mayo 2003)

Este artículo compartió número de Lateral con un artículo del actual presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, titulado "Unamuno socialista" y bastante mejor escrito que la carta que Arcadi Espada corrige hoy en su blog, y que habiendo sido elogiada por doña Pilar Cernuda, merecería sin duda muchas más correcciones. El voto en blanco.

Lo cuelgo hoy aquí en recuerdo de aquel número de Lateral y también para presentar a Michel Onfray, a quien corresponde el lema "nietzscheanismo de izquierdas" y del que traduje el libro que reseño en el artículo: "Teoría del cuerpo enamorado" (Pre-Textos, 2002).

EL HEDONISMO DE MICHEL ONFRAY

A día de hoy Michel Onfray se ha convertido en uno de los filósofos más interesantes de Francia. Pasada la resaca de la efervescente segunda mitad del siglo XX, Onfray ha aparecido como un soplo de aire fresco en la escena intelectual francesa. Su propuesta, cifrada en un materialismo hedonista, lúcido y socialmente transvalorador, hereda lo mejor de esa corriente intelectual, desde la Antigüedad clásica (Epicuro, Lucrecio, los cínicos) hasta la Ilustración (Helvetius, Nietzsche, Deleuze). Onfray, como profesor de bachillerato, recuperó a un pensador olvidado, Georges Palante, nietzscheano de primera hora y nada heideggeriano, por cierto. Con "La sculpture de soi" ganó en 1996 el Premio Médicis de Ensayo, en una obra que combina una ética política libertaria con una estética de la cura de sí.

Ahora presenta en la editorial Pre-Textos "Teoría del cuerpo enamorado", obra en la cual no subyace tanto una teoría sobre el sexo propiamente dicho cuanto una apuesta por una disposición sexual libre, centrada en la acción y por tanto con implicaciones éticas y políticas. Michel Onfray no ha tratado el erotismo con la penetración literaria de Bataille, ni ha reseñado las formas de la sexualidad como Foucault, pero ha aprovechado todas las lecciones de ambos. Su intención ha ido dirigida a promover un tipo social de eros que se desprenda de las múltiples trabas a las que el cristianismo y la sociedad normalizada lo tienen sometido.

¿Dónde reside la novedad de su trabajo, qué es lo que aporta de nuevo esta "Teoría del cuerpo enamorado"? Exceso material, gasto placentero, contrato libertario: la propuesta de Michel Onfray consiste en haber recuperado el bagaje intelectual aquilatado por autores modernos como Bataille y Foucault, insertándolo en una perspectiva materialista y atea que se sirve del bestiario fabuloso de la Antigüedad para escenificarla y desarrollarla. Sobre todo hay una reivindicación del epicureísmo como casi la única tradición de pensamiento y acción que podemos oponer al platonismo y su versión popularizada: el cristianismo. Pero Onfray, que conoce bien estas tradiciones, ha querido aumentar la potencia subversiva y gozosa del epicureísmo, fecundándolo con las ideas anti-convencionales de un Diógenes, el hedonismo de un Aristipo de Cirene o el arte de vivir de los poetas elegíacos romanos. Todo ello desemboca en una apuesta por el libertinaje como uso más amplio y más intenso de la libertad de goce sexual y, por extensión, de la libertad política: ya en otro de sus libros ("Politique du rebelle") Onfray se servía de un antiguo apotegma del siglo XVII para definir al libertino como “aquel hombre de bien que no sabría arrodillarse y que es enemigo de todo lo que se llama servidumbre”.

Michel Onfray es hoy en día uno de los pocos intelectuales franceses que esquiva prudentemente la pedantería al uso de los cenáculos parisinos que siguen vendiendo pastiches salpimentados con todos los tópicos de las últimas décadas. En su variopinta obra hay una apuesta personal por la filosofía que devuelve su sabor y su entraña a esos manoseados tópicos. Y cuando digo apuesta personal por la filosofía me refiero a la voluntad deliberada del autor de inscribir sus ideas en su existencia, de convertir la filosofía en una manera de vivir. Michel Onfray es un “filósofo original” en un sentido anti-hegeliano no porque su aportación intelectual sea especialmente novedosa, o heterodoxa o se centre en cuestiones específicas que vienen a desmontar el entramado bendecido del acontecer diario (aunque, desde luego, su aportación no se inscribe en ninguna teodicea), sino porque lleva a cabo su tarea de la forma apasionada y comprometida que define a aquellos que en su día tomaron la decisión de transformar su vida en una vida de actividad filosófica, no sólo profesoral. Insisto en que Onfray no es ajeno a la moda remendadora que recorre a la filosofía oficial francesa, pero a diferencia de tantos otros figurines, el autor de este libro pretende hablar en serio sin perder el humor.

Para ello es especialmente cuidadoso con su escritura, de la que podemos señalar algunos rasgos estilísticos. Onfray es un autor iconoclasta (valga como ejemplo el último "Anti-manual" que ha escrito para sus alumnos del bachillerato francés), que conoce muy bien todas las corrientes históricas de la filosofía, que ha querido emular más bien a autores segundones y panfletarios que convertirse en un nuevo pope del pensamiento. Onfray no está exento de las limitaciones maniqueístas en las que a menudo incurre quien escribe desde el entusiasmo y la indignación (esos dos motores de la escritura de los que hablaba Chesterton), pero es de agradecer que haya preferido la polémica intelectual a las sutilezas de salón para dotarse de mejor munición en la lucha contra el miedo instituido. Su escritura es a menudo epigramática, lo que a la hora de ser traducida me ha dado no pocos quebraderos de cabeza, relampagueante, lírica a veces, siempre combativa. No dice muchas cosas nuevas y originales, pero señala lo importante y lo hace con gracia y con un indudable atractivo: la filosofía también puede ser una forma de seducción, y no hay mejor forma para empezar a amarla.

Esta "Teoría del cuerpo enamorado" es la tercera obra traducida al español de Michel Onfray. En Paidós se puede encontrar "Cinismos", sobre la escuela helenística fundada por Diógenes de Sinope. Y la primera se titula "El vientre de los filósofos" y está editada por Ediciones Oria, Guipúzcoa. En esta curiosa obra Onfray emprende el ensayo de una gastrosofía o lo que también denomina una crítica de la razón dietética. A través del análisis de la comida que ha alimentado a los grandes filósofosos (desde “el pulpo crudo” de Diógenes hasta las “salchichas” de Nietzsche, pasando por el “vaso de leche” de Rousseau y el “marisco” de Sartre), Onfray pretende elaborar algo así como una gaya ciencia alimenticia. En fin, primero gastronomía, ahora erotismo: puntos hedonistas de resistencia al ascetismo funcional de nuestra sociedad del trabajo y del consumo.

Puntos que parten de lo referido por Nietzsche en "Ecce Homo": “Estas cosas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo- son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante. Justo aquí es preciso comenzar a cambiar lo aprendido”. Cambiar lo aprendido: es lo que García Calvo llama desaprender y en lo que, según Valéry, estriba la verdadera educación. A esta tarea educadora que empieza en los detalles más inmediatos y prosigue en obras de mayor calado intelectual (una teoría estética de la moral titulada "La sculpture de soi", ya mencionada, y una reflexión sobre las posibilidades de una política libertaria a principios del siglo XXI, "Politique du rebelle") se ha encomendado Michel Onfray desde su primer libro, dedicado a un seguidor primerizo y casi desconocido de Nietzsche.

Ximo Brotons (Vilanova i la Geltrú, Barcelona, 1974) es profesor de filosofía de Bachillerato. Es el traductor de "Teoría del cuerpo enamorado" de Michel Onfray.

"Teoría del cuerpo enamorado", Michel Onfray, prólogo y trad. de Ximo Brotons, Pre-Textos, 2002; "El vientre de los filósofos", Michel Onfray, trad. Rosa de Diego, Oria, Guipúzcoa, 1996; "Cinismos", Michel Onfray, trad. A. Bixio, Paidós, Barcelona, 2002.
27/04/2005 00:40 Enlace permanente. sin tema Hay 11 comentarios.


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