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procopio: café filosófico

¿Somos un partido lerrouxista?

La acusación estaba en la agenda. Y ha aparecido, en la estela de la
sempiterna cantinela separatista, tras el acto del Palau de la
Música y la presentación del cartel de campaña, con Albert Rivera
casi completamente desnudo.

Nadie sabría definir muy bien qué cosa es el lerrouxismo, o qué fue
a principios del siglo XX. Se dice: populismo demagógico, y en el
mismo saco se mete a Le Pen, a Haider, a Bossi, y tan contentos.
Quizás también a Berlusconi, o a Rodríguez Ibarra. Carod, Pujol o
Maragall, siempre se escapan de esa red, con lo a mano que los
tienen.

Pero si uno lee un poco de historia política de España, verá que la
acusación de populismo demagógico o bien es exagerada o bien es
totalmente equivocada. Exagerada, en cuanto que a principios de
siglo XX ningún político salvo el caciquil podía considerarse
"moderado". Y equivocada: baste recordar que precisamente fue
Lerroux, heredero del partido republicano fundado en la década de
los 40 del siglo XIX por Garrido y Pi y Margall, quien se opuso al
populismo demagógico por antonomasia, el catalanismo, que en 1906
consigue obtener su primer triunfo electoral con la sola oposición
de... Lerroux. Las bravatas regeneracionistas de Lerroux, a lo
Joaquín Costa, eran ciertamente estridentes, como lo fue
desdichadamente aquella época en la que pervivía además el
terrorismo anarquista y las huelgas salvajes del obrerismo,
sojuzgadas, en fin, por la famosa patronal catalana de pistola en
mano.

De aquel partido republicano, demócrata y federal solo quedan vagos
recuerdos de sus "meriendas fraternales" y sus ácidas y justas
críticas a la "solidaridad" nacionalista rampante, y cierta justa
prevención también frente a la "solidaridad obrera" dispuesta a la
revolución total. Y, justo es decirlo, permanecen sus críticas al
sistema caciquil que finalmente desembocó en la parálisis del
régimen de la Constitución de 1876, a pesar de las medidas sociales
y de la Mancomunidad.

Aquel partido republicano, también es cierto,
era-lo-que-quedaba-del-gran-movimiento-demócrata del siglo XIX,
oposición del "moderantismo", que luego se había ido fragmentando
para dar lugar a diversas posiciones políticas que abarcaban desde
el Castelar democristiano hasta los anarquistas y socialistas
(todavía faltaban los comunistas), pasando por algunos liberales o
incluso por el mismo catalanismo ("particularismo", se le llamó) de
Almirall, que había sido seguidor, en seguida decepcionado ya que no
era su cuerda a pesar de todo, de Pi y Margall.

Es decir, el programa del Partido Republicano de Lerroux, ¿qué tenía
de populismo demagógico en una Europa que se iba a enfrentar de
nuevo a sangre y metralla en 1914? Más tarde, otro avatar de ese
republicanismo dio lugar a la Izquierda Republicana de Azaña, y en
el seno madre del nacionalismo catalán, en sentido contrario y ya en
1930, a ERC, a la que verdaderamente puede achacarse -con
excepciones, como la posterior evolución de Tarradellas- justo ese
"populismo demagógico" que se le imputa al republicanismo federal y
demócrata del partido de Lerroux. Luego Lerroux fundó un partido
pequeño de centro-derecha liberal, el Partido Radical, en el que
estuvo la feminista Clara Campoamor, que no hizo mal papel en la II
República a tenor del papel del resto de partidos y movimientos.

Lerrouxista, ¿lo fue Juan Boscán, el poeta catalán en castellano del
siglo XV-XVI? Porque no otra cosa parece que, por lo demás, pueda
significar el palabro "lerrouxista". No somos, pues, un partido
lerrouxista, pero tenemos algo de republicanos (hoy diríamos acaso
socialistas), mucho de demócratas, un poquito de federalistas
(autonomistas), su dosis larga de liberalismo. Hasta el momento,
somos, eso sí, los únicos que nos oponemos a la hegemonía
totalitarizante del nacionalismo catalanista en Cataluña. Esto
determina o nos sitúa en un espacio, vamos a decirlo así (dicen que
toda negación es una determinación, o a la inversa: con lo cual, por
cierto, ¿qué será eso de la autodeterminación?); pero ese espacio
permanece abierto y sin definirse completamente. Permanece, de
momento, solo de momento, casi desnudo. ¿Nos hace eso populistas
demagógicos? De momento, lo único que nos hace es tener algo de
prisa y un poco de frío.

Ximo Brotons

Elogio de la demencia

Con una pequeña vuelta de tuerca, sustituyo "locura" por "demencia" en el título del famoso libro de Erasmo de Rotterdam en homenaje al triunfo de la selección española de baloncesto en el reciente Mundobasket de Japón. Demencia es como llaman a la afición del club Estudiantes, de donde proceden el seleccionador y algunos jugadores de este equipo de Oro. No sé si es forzar mucho la metáfora, pero allá que me traslado: esa demencia erasmista del baloncesto español en general sigue una tradición que se remonta al siglo XVI. La tradición del erasmismo y del humanismo (aun cristiano), que gozó de enorme pero breve difusión en la España renacentista. Estaba Vives y estaba la Universidad de Alcalá. Estaban las traducciones españolas (castellanas) de los libros de Erasmo, de las más numerosas de toda Europa hasta que sobrevino el principio del colapso. Allí donde había un germen (en Madrid, en Valencia, en Andalucía, en Barcelona) que podría haber conducido a nuestros antepasados -a pesar de la convulsa edad media- al camino de la ciencia y la libertad que Europa tomó a finales del siglo XVI, allí se alzó la larga y negra sombra de la Inquisición y de un proyecto imperial que ni siquiera era el aún conciliador de Carlos V (Andrés Laguna en Colonia) sino, a partir de 1550, el ya hermético de Felipe II y sucesores.

Le llamaron Siglo de Oro, aunque ya Feijoo, a principios del siglo de las luces, lo veía más bien sombrío. Mayans procuraba conciliar, y es de recibo su propuesta filológica-literaria, no así me temo su propuesta científica y política.

Salto adelante. Así pues, la victoria de la selección de baloncesto, ésta sí de Oro por todos los lados, se merece exactamente el mismo elogio que la "demencia" mereció del primer gran humanista de la modernidad, Erasmo de Rotterdam. Pepu Hernández, el entrenador del equipo, aun con pudor, se atrevió a dar con algunos valores: formación, educación y trabajo en equipo. Y en este caso no son meras palabras, como quedó demostrado deportivamente en la cancha y fuera de ella. Algo deberían de aprender no solo los futbolistas, sino todo el establishment futbolístico de España. Más demencia erasmiana, tal vez.

Enlazo el elogio de la enorme victoria demencial de España en el Mundobasket de Japón con la película que ayer fui a ver, "Alatriste", basada en las novelas de Pérez-Reverte sobre las aventuras y desventuras de un Tercio de Flandes bajo el reinado de Felipe IV. El ocaso definitivo de la Monarquía católica de España, poco antes de Westfalia y 1648. Qué contraste con las cartas que Spinoza escribiría poco después, en aquella Holanda irrepetible que tampoco duró demasiado, pero cuyo germen liberador no fue aplastado, como acaso había sucedido en cambio con el erasmismo en España un siglo antes.

Hermosa película, aunque un pelín irregular. Sin embargo, ahora pienso que ni la Inquisición ni nadie pudieron acabar del todo con aquel fermento libre y moderno del Renacimiento primerizo. Quevedo se plañía en el Madrid de los Austrias, porque aunque apenas pudo explicarlo, él era un humanista antes que un católico.

Y la cosa fue a peor. Científicos tardarían algo en llegar y de forma muy tímida. El siglo borbónico, aun con su soterrada convulsión territorial, puso las cosas un poco más en limpio, pero apenas sentó alguna base firme. Hubo Constitución liberal en 1812, pero la penosa y lenta historia posterior todos la conocemos.

Y sin embargo, insisto en lo que decía antes: quizá aquel tallo liberador del primer humanismo no se vio del todo cercenado en España. No soy partidario de hablar de otras cosas cuando hablo de deportes. Pero un día es un día. Digo que tal vez esta gran victoria del basket español, del que yo formé parte federada durante siete años y que sigo siempre que puedo, ese Oro al fin, es la prueba de que había brote todavía y de que aun queda brote por crecer.

Spinoza epistolar

La correspondencia de Spinoza (1632-1677) en la excelente edición de Atilano Domínguez, en Alianza Editorial. Spinoza, desde sus solitarios retiros, mientras se emplea en su oficio de pulidor de lentes, es corresponsal de Oldenburg, el secretario de la recién creada entonces Royal Society de Londres, y a través de éste con Boyle, el gran científico del momento; de un joven Leibniz (que le escribe desde Frankfurt), de Huygens (que se va a París a la Academia Francesa de ciencias), y de todos sus amigos de juventud de Amsterdam (Meyer, De Vries, etc.), entre los cuales hay amigos de Jan de Witt, el presidente del gobierno liberal holandés desde 1653 hasta 1672, fecha de la subida al poder de los Orange, no bien recibida por Spinoza. Una carta que le invita a aceptar una cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg. Polémicas sobre la sustancia, el infinito, el mal, política, ética y religión; sobre experimentos y principios de física, matemáticas (y cálculo de probabilidades), óptica e ingeniería. Noticias de la política del momento, y de los debates, por ejemplo, en torno al uso de los telescopios, etc. Una verdadera joya.

Y para acabar dos libritos del filósofo e intelectual norteamericano Richard Rorty, "Filosofía y futuro" y "Cuidar la libertad". Estamos en ello.

Fin de fiesta.

El concierto feliz de The Who en Zaragoza

Ya han pasado algunos días del magnífico concierto de The Who en Zaragoza, el pasado sábado 29 de julio. Doblemente magnífico, y sobre todo feliz, por lo sorprendente. Que de The Who son una de las mejores bandas de rock de todos los tiempos del rock, no es una sorpresa. Que parezcan hoy mismo un grupo de ahora, con 60 años, y tras más de 20 sin grabar un disco, ya sí. De modo que felicidad era la palabra que resumía el estado de ánimo a la salida del concierto de los 5000 que asistimos. Gracias a quien corresponda por habernos brindado esta inesperada oportunidad. Este milagro. Esta gloria sin énfasis, que "sabe a realidad".

Naturales y sinceros, profesionales y entregados, The Who empezaron sin más preámbulos, tras saludar con una sonrisa amplia. Algo fríos al principio, lo que es normal, y con algún fallo técnico (se fue la voz durante unos segundos). Faltaban Keith Moon y el bajo original, pero la batería sonaba con las mismas amplitudes y redobles rítmicos que siempre y la banda en general no estaba de relleno. "I can´t explain", "Anyway, anyhow, anywhere" y "The seeker". El no va más. La multitud apasionada se lanzó desde el primer momento a saltar, bailar y corear. Pero no todos nos sabemos las letras, y ¡menos en inglés! Lo que sí ya fue irreversible fue el inicio de la cuarta canción, la increíble "Behind blue eyes": y de allí hasta el final todo fue fiesta, para todos y por todo. Yo ya estaba en la pista con una jarra de cerveza con un dedo de limón en la mano, tras ver toda la fase inicial desde una grada contigua al escenario.

¿Son The Who la mejor banda de la breve historia de rock? Dejando aparte a The Velvet Underground, que fueron más un experimento artístico que un grupo comercial de rock, hoy mismo, a mis 32 años, y tras más de dos décadas de escuchar rocanrol, yo diría que sí. No se sabe muy bien qué es ser el mejor, ¿el que vende más discos, como los Beatles o los Doors, el que llena más estadios durante más años, como los Rolling Stones o U2? De acuerdo, The Who no son los mejores, pero The Who es la banda que _conduce_ el rock desde los principios sesenteros en Inglaterra hasta la nueva ola de principios de los 80. The Who unen a los Beatles con The Clash. Su discografía. Por no hablar de su directo, el más prestigioso de cuantos han sido vistos y el primero en ser multitudinario. Sobre todo en USA. The Who hacen beat en los primeros 60 (¡fueron el gran grupo mod!), rthym and blues hippioso a finales de esa década (¡estuvieron en Woodstock, tocando por cierto una versión del "Summertime blues" del rockero de primera hora, fifty, Eddie Cochran!), sus óperas rocks ("Tommy", "Quadrophenia") son realmente películas musicales que se pueden ver y disfrutar, y no solo experimentos de estudio; de finales de los 70 tienen canciones que evocan ligeramente a grupos punk como The Dictators (la misma "Don´t get fooled again" o sobre todo "You better you bet"), o que fatigan pasos marcadamente heavys, y algunas otras canciones con toques funky que anuncian la nueva ola de los 80, fin de la primera gran etapa del rock desde que surgiera, amalgamando sus antecedentes, a mediados de los años 50. Esto Sabino Méndez lo ha exlicado muy bien. Yo añadiría que en esos momentos, más que acabarse, el mito del rock inicia una segunda fase. El último disco de The Who, hasta hoy, es de 1982, si no digo mal. The Who, como ya he dicho, conduce el rock desde que se forma como tal con los grupos ingleses de los 60 hasta esa fecha cenital, cuando lo nuevo vendrá ya más de los USA -hardcore y demás. El hilo rojo de The Who. Non plus ultra.

Después de la nueva ola, el rock sufriría una nueva vuelta de tuerca, ya señalada, liderado por Sonic Youh, que ha hecho quizá parecido papel al que The Who hizo durante dos décadas. The Who distorsionaba antes que nadie. The Who rompía instrumentos antes que nadie. Vale, si exceptuamos a los rockers de los 50, que son los pioneros en casi todo, incluso en el uso de la electrónica (el gran Buddy Holly, por ejemplo). Sonic Youth ya no saca discos, aunque sigue actuando. Quizás estamos en el final de esta segunda gran fase. Esta es otra historia. Veremos qué pasa. Pero tal vez The Who ha vuelto, en este crucial momento, para despedirse lentamente, ya del todo, diciéndonos: el rock, sea con electrónica, con ordenadores, sea como sea, que no pierda sus esencias. Sus esencias, que son ese poso que queda. Que se transmite. Ese poso. Noble, alegre y vital. Esa vida dura, digna y eminentemente feliz de los humanos, esos mortales. Esa "teenage wasteland" eterna. Ese poso. Ese viejo trago de cerveza. Ese viejo vino. Ese grito.

El concierto duró dos horas y pico. Podrían haber seguido una hora más con clásicos intemporales, que nosotros coreábamos en éxtasis feliz. Salté como un loco con "Baba O´Riley" y "My generation". Hermosa "Love reign over me". ¡"Pinball wizard"!, cómo no. Todo era una especie de apoteosis al alcance de la mano. La escalofriante "See me, feel me" final. La gran Madrid nos lo había puesto difícil, pues según el mismo Pete había escrito en su blog, había sido el mejor concierto de esta nueva era. Pero Pete exclamó al final en Zaragoza: "Wonderful". Nosotros pedimos más. ¡Who, who, who, who! La gente exultaba. Algunos saldamos la espantada de la ciudad de Barcelona. Roger y Pete se quedaron solos en el escenario. Roger se acercó tímidamente a Pete y este siguió el gesto, o tal vez fue al revés; en todo caso ambos se fundieron en un sobrio abrazo sobre el escenario. Volvieron a sonreírnos. El público queríamos más. Se fueron. ¡"I´m free"! ¡"So sad about us"!, gritaba yo, todavía con una cerveza, con un dedo de limón, en la mano. Moreno de felicidad. Poseído de rock. Era el último concierto de esta nueva gira europea. Ay. "It´s only teenage wasteland".

PD: por la mañana, me compré en Zaragoza la reedición del gran disco de Los Negativos, "Piknik caleidoscópico".

En la Torre de Montaigne

He estado en la Torre de Montaigne, en un "château" situado a unos 50 kms de Burdeos, en el interior, camino de Bergerac, ya en la siguiente provincia, el Perigord o la Dordoña. El tren desde Burdeos me llevó hasta una aldea llamada Castillon y desde allí, el domingo 16 de julio de 2006, a las 8 y media de la mañana, emprendí una caminata de 9 kms hacia la aldea de St. Michel de Montaigne. Sobre las 10 y pico, bajo el sol tranquilo pero ya picante de la mañana en la campiña bordelesa, llegué al "château" de Montaigne, sito junto a la aldea, entre campos oceánicos de viñedos.

Michel de Montaigne (1533-1592) en realidad se llamaba Michel Eyquem Loupes de Villeneuve (un López de Villanueva que escondía en realidad un judío Pazagón de Zaragoza); Eyquem, como se ve, es muy parecido a Occam. Su familia paterna era de procedencia inglesa y la materna de procedencia española. Señores, esto es el centro del mundo. Uno de sus centros. Desde luego, me refiero al mundo moderno. Montaigne es el verdadero puente revolucionario entre los humanistas del XV y de principios del XVI y los revolucionarios filosóficos, científicos y políticos del XVII y del XVIII. Montaigne es quizá el primer pensador intelectualmente descristianizado y descristianizador de la modernidad, pero a la vez el consejero que recomienda a Enrique de Navarra convertirse al catolicismo y que logra así una salida política mucho más plausible a las guerras de religión modernas que las salidas tridentinas, o que las luteranas y similares. Solo la anglicana se le puede comparar, quizás. Aunque siempre con la cabeza cortada de Moro acusando.

Qué sé yo (ese fue su lema; una de sus frases, es el lema de este blog). Pero a la base de la solidez francesa moderna, de ese republicanismo "tout court" solo igualado por los EEUU de América (dejo aparte, ya digo, Inglaterra y entorno), está discretamente este hombre de 1,60 metros de altura llamado Michel de Montaigne, autor de los "Ensayos", y además, como ya he dicho, en tanto puente radical entre dos siglos decisivos, bastante antes que Voltaire, quizás el verdadero fundador de la figura del "intelectual", sea lo que sea esa figura hoy, en los tiempos del Cuarto Poder.

Montaigne tuvo por lengua materna el latín. Hasta los dos años se crió en una familia de campesinos gascones. Tuvo un maestro alemán. Cada día lo despertaban, al niño, con música. Le hicieron de mayor "ciudadano de Roma", que sería como obtener hoy en día el carnet de ciudadano del mundo en Nueva York, aunque por propia confesión sabemos que de Roma le gustaron, o le sorprendieron, más bien otras cosas. Montaigne es el maestro de Shakespeare; ¿lo leyó Cervantes?, ¿sabía de él Spinoza, ese cartesiano que parece pasado por Montaigne, o incluso mejorarlo, por más profundamente filosófico, y que a la postre, siendo mucho más modesto socialmente que el muy adinerado Montaigne, también tuvo una papel político crucial al promover en secreto viaje diplomático quién sabe si como representante de Jan de Witt que Holanda, pese a su protestantismo recién independiente, se aliase más bien del lado de la liberalmente católica Francia, más incluso que de Inglaterra, que del lado de la, salvo excepciones, luteranísima Germania? Desde luego, como alcalde de Burdeos, algo debió de inspirar a Montesquieu o, antes, a los republicanos verdaderamente de primera hora, los ingleses. Montaigne, entre el aun idealista Maquiavelo y el ya eficaz Locke. Etc. Etc. Demócrata solitario, demócrata radical. Hombre de bien. Furioso caballero. Un personaje mayúsculo, algo conservadoramente mezquino, algo errado o errático en su naturalismo un poco delirante (a diferencia de él, Spinoza no se limitó a celebrar a los "indios" -brasileños por demás, cualquiera diría que estaban presagiando el siglo XX futbolístico-, sino a "pensarlos", o por mejor decir, a "soñarlos"), pero un escritor y una figura ("un hombre así", lo definía sin palabras Nietzsche) que hay que revisitar a menudo porque es irrepetible y, además, no pide casi nada a cambio. Tal vez sea esto la auténtica honradez.

Visité la torre con una emoción tranquila (en el inquietante y prometedor sentido que la tranquilidad tiene en Francia). Primero sin guía y luego con guía. Haciendo fotos y después solo escuchando el francés de la guía. Una chica joven, estudiante de arte o de turismo en prácticas. Los visitantes eran franceses, ingleses, alemanes, y yo. ¡Viejo zorro amigo, viejo querido Michel, esta es ya casi también mi casa! Nuestra casa. Eso pensé, pero no me ensoñé demasiado en darme cuenta de que ese era el suelo que Montaigne había pisado, olido, donde había soñado, pensado, y amado. No quería abusar de la confianza, y más bien disfrutar de la familiaridad. Salí y di una vuelta al castillo, que ya no es el que el anfitrión había conocido (los viñedos de hoy, fueron entonces campos de trigo).

Recuerdo que cuando en mi anterior peregrinaje, hace unos años, visité la casa donde Nietzsche veraneaba y donde escribió gran parte de sus libros, en Sils-Maria, Suiza, cantón de los Grisones, el señor que custodiaba la casa-museo del filósofo alemán estaba leyendo, a ratos, los "Ensayos" de Montaigne. Yo me traje en este viaje peregrino la pequeña biografía de Stefan Zweig (que se suicidó en Brasil antes de empezar la 2ª guerra mundial) sobre el "reflechisseur" bordelés, en una edición francesa de PUF, que ya había leído y que de tanto en tanto iba releyendo ahora. También me llevé un librito con una selección de fragmentos del libro segundo de los "Ensayos", en francés de Montaigne, que me compré hace diez años en mi primera visita a París, camino de Amsterdam (habíamos dormido en Chartres). "Distingo, no concedo ni niego, es mi divisa", o algo así, es una de mis sentencias favoritas de esta selección. Por cierto, en este librito francés, Spinoza, con su "Ética", aparece al final en una lista como perteneciente a la historia de la "literatura francesa", ya digo que como autor del siglo XVII. Spinoza era holandés de familia más bien judeohispánica, su lengua familiar era el portugués, sus lenguas de estudio el castellano, el hebreo y el holandés, y el latín, claro está, que es la lengua en que está escrita la "Ética". Pero bueno, aceptamos Spinoza como escritor francés, si nadie lo quiere suyo.

Antes de irme, ya sobre las 2 del mediodía o de la tarde, compré un par de libros, las cartas de Montaigne y la obra de su admiradora Marie de Gournay, además de una botella de vino de Bergerac (Burdeos) "Château de Montaigne" y un llavero y una taza. Pregunté a un matrimonio alemán si me podía acercar a Castillon, y así amablemente hicieron, sin mayor cuestión y en silencio. Nos despedimos: bon voyage, bon courage!

Hacía un calor español. Era la hora de comer un poco y acostarse. Una siesta, pues. "Cuando bailo, bailo; cuando duermo, duermo".

Viva Zidane

Digo que el penoso y punible gesto de ayer de Zidane, el cabezazo en el pecho que le propina al jugador italiano Materazzi faltando cinco minutos para acabar la prórroga de la final de la Copa del Mundo, es un gesto de elemental nobleza y civilización que pone justo punto y final al paréntesis que la carrera futbolística de Zidane ha supuesto para todos los amantes del balompié. Ahora, el paréntesis se cierra y seguimos la inmunda frase infame que se empezó a escribir en el Mundial de 1994. Ustedes mismos. Inmunda frase infame que se lleva escribiendo no solo en el plano futbolístico. Por lo menos en el fútbol ha habido este paréntesis (en otros órdenes ha habido también sus excepciones, pero no muchas), esta joya en medio de la charca, que se llama Zinedine Zidane, y que marchó escupiendo a la charca, ya que es lo que se aplaude y justifica. Lo expulsaron, claro está. Bien está. La charca, fue otra vez aplaudida. Nada que ver con el triunfo italiano (realmente el único estimable de sus cuatro cetros) del Mundial de España del 82, a pesar de aquellas lágrimas de Sarriá.

Había soñado despierto con que Zidane marcaría como Pelé hizo el primero en la final de México´70, y apunto estuvo de cumplirse ese sueño. Fue poco antes de la agresión noble y civilizada de Zidane al pecho vil de Materazzi, cuyos brazos, a fuer de estúpidos, solo sirven para rezar o pegar codazos sangrantes. Como suelen los defensas italianos, uno de ellos declarados por las televisiones el mejor jugador del mundo. Voilà. Este asco, esta estulticia. El jugador que casi le rompe el hombro a Zidane. Es normal que Italia llame a argentinos cuando se trata del rugby; tan sagaces que son, entonces ya no les llega porque los codazos en el rugby no existen. Se rompe de otra manera, digamos, más parecida a la de Zidane, digamos.

La última lección de Zidane. La última gran lección camusiana del mejor jugador de los últimos tiempos, tiempos que ayer acabaron anunciando no se sabe muy bien qué. Personalmente, temo este porvenir que nos lega el Mundial. Pero acaso Zidane nos enseñó el remedio posible, en el último suspiro: hay cosas más importantes. Si Zidane es el mejor, es porque lo sabe y asume esto con todas las consecuencias. Casi todas las expulsiones de su carrera fueron producto de agresiones intempestivas a jugadores anti-futbolísticos e incluso anti-algo más, lo dejo por definir. Tipos como ese tal Materazzi, un matón triunfante, esta primavera justamente vilipendiado en Villarreal por darle un codazo al argentino Sorín. A esa codicia ya la he vencido varias veces, menos sin embargo de las que la tal me ha vencido a mí. Pero nunca en futbolística figura como el domingo pasado de la Final había visto, a semejante altura, una rebelión en su contra así. Coincidió que ese día en Barcelona acabábamos de fundar un nuevo partido político para España, llamado "Ciudadanos", acaso como la proyección del remedio elemental que Zidane reveló en un campo verde de fútbol la otra noche. Esa íntima convicción, noble y civilizada, de lo que es decente y es libre, en la vida como en el juego.

¡Bravo por Zizou!

Vive Zizou! Vive Voltaire!
Joga bonito! Aplastad al infame!

Ronaldo y los calcetines doblados

Ronaldo, al que en el artículo "El fantasma de Pelé" cito todavía como Ronaldinho, como entonces aún era conocido, ha batido el récord de goles en Mundiales de fútbol. Es ya el máximo goleador de los Mundiales. A Ronaldo lo he visto jugar en directo una vez, en un Barcelona 3-Valencia 0: marcó los tres de forma espectacular. Temporada 96-97. Ronaldo optaba a formar parte del Olimpo de futbolistas, pero las lesiones y el hecho de que sea un especialista (como Beckenbauer en la defensa) limitaron esta posibilidad. Pero Ronaldo se ha colado en el cielo de las estrellas con luz muy brillante de la forma en que mejor sabe: por los goles. Falta por ver si también por los títulos mundialistas. Ronaldo me gusta más que el actual Ronaldinho; si supiese jugar un poco más atrasado o incluso de centrocampista, veríamos un Pelé redivivo. Pero no. Por eso Zidane es quien realmente ha marcado la última década del fútbol y quien podría aspirar a ese quinto puesto en el Olimpo. Después de Cruyff, en todo caso, Zidane es el mejor futbolista europeo de todos los tiempos, con su algo de sangre africana, en este caso mediterránea. Ayer, de forma cruel, lo pudimos comprobar una vez más. ¿Saben que conocí a un primo suyo hace unos meses aquí en Castellón?

Pero no venía a jerarquizar. Sino a rememorar unas tardes y una declaración periodística. Las tardes que pasábamos mis hermanos Jorge, Javier y yo en la habitación que un servidor compartía con el segundo, jugando a fútbol -simulando jugar al fútbol- con calcetines doblados. Tardes oscuras de invierno en mi pequeña ciudad. La luz grande encendida. Las paredes en las que rebotaban los calcetines que luego tenían que ser cabeceados por uno de los dos contrincantes. El tercero, de portero, a lo largo de toda una cama. La típica frase de mis hermanos: "Chimo, esto no es el Camp Nou" que frenaba mis ímpetus (yo era y soy 9 y 7 años más pequeño que ellos). Y al fin el timbre de casa, mi madre que llegaba de compras y que nos tenía prohibido jugar a fútbol- simular que jugábamos a fútbol- en la habitación y de esa manera -o de cualquier otra, salvo con clicks de famóbil. Las prisas por recoger, secarse el sudor, guardar los calcetines, arreglar la cama y disimular. Y hasta otro día, otra tarde.

La declaración a la prensa. Hace unos años. De Ronaldo Nazario Da Lima, máximo goleador de los mundiales profesionales de fútbol, afirmando que él empezó a jugar al fútbol con calcetines doblados. No sé lo que es jugar al fútbol profesional, ni ser el máximo goleador de los mundiales, ni nada por el estilo. Pero, caro Ronaldo, tú y yo sabemos lo que es jugar al fútbol con calcetines internamente doblados. Eso sí. El otro día marcaste un gol de cabeza contra Japón y no sabías si era un balón o un calcetín doblado. Pero con alegría adentro fue. Y ahora, cuidado, que llaman.

Triunfo en Wembley

He visto que Guardiola está escribiendo en El País para el Mundial de Fútbol. Voy a colgar aquí el artículo que yo escribí después de volver de ver ganar a Guardiola la Copa de Europa en Londres. Aquel 20 de mayo de 1992, una hora más en España. Vale, es un artículo reescrito varias veces. Me acusaron -mi hermano, uno de los dos- de vivir de los laureles cuando se lo di a leer. No sé. Es posible. Qué importa. Pero sí. Ahora pienso que quizá este artículo puede tener la misma utilidad que un laurel, cuyo viejo olor sirve y vuelve a servir para condimentar renovados alimentos. Los que necesitamos siempre los que disfrutamos del fútbol, y de la literatura.

Como leí en The Independent el año pasado al ganar el País de Gales el Grand Slam de rugby treinta años después, "Good God, here we go again": cada cual a su manera.

TRIUNFO EN WEMBLEY

A mi padre

Todo empezó una gélida noche de noviembre, cuando ya acabado el tiempo reglamentario Bakero golpeó un balón colgado al área y marcó el tanto que permitía a su equipo acceder a la siguiente ronda de la Copa de Europa, a partir de aquel año oficialmente llamada Liga de Campeones. ¡Qué minutos! ¡Qué gol! ¡Qué suerte! Aquel vetusto y entrañable estadio alemán quedó enmudecido ante el jolgorio de los jugadores del equipo español. Laudrup, Salinas, Begiristain, Guardiola, Juan Carlos... saltaban enloquecidos. Aquest any sí, este año sí, pero no la liga sino la Copa de Europa. Lo dijo Bakero, en un alarde de ese sano augurio que no está basado en el fanatismo ni en el fatalismo sino en lo que el filósofo francés Bataille llamaba la voluntad de suerte: “este es nuestro año”. ¿Lo será?

Sí, lo fue. Aquel fue su año, el año del FC Barcelona, el equipo que representa ¡no a Cataluña, no a una “manera de ser”! sino a todos los equipos o clubes de fútbol que he amado en mi vida y sigo amando. Pero no quisiera aquí aburriros con exclusivos amoríos que ya ni siquiera a mí me interesan demasiado, yo querría hablaros de lo que significa la Copa de Europa, de lo que es ganar la Copa de Europa, de lo que fue aquella final del 20 de mayo de 1992 que presencié en directo, y también me gustaría hablaros de las lecciones que allí y entonces aprendí sobre el fútbol y tal vez sobre el sentido de vivir.

Nos habíamos quedado en noviembre de 1991, un miércoles lluvioso y desapacible que contrastaba con mi feroz alegría interna. “¿Será posible que por fin...?” Luego pasaron los meses, aquellos meses memorables de mi último curso de bachillerato en Vilanova, aquel marzo en que me enamoré en mi segunda visita definitivamente de Madrid y quizá de algo más; aquellos últimos días de clase y de fastidiosos exámenes en los albores de la primavera de mayo... Fue mi padre quien me espoleó, mediante chantaje. El Barça se había clasificado por tercera vez en su historia para la final de la Copa de Europa, yo acababa el curso el 15 de mayo y hasta la selectividad quedaba tiempo de sobra para poder disfrutar en vivo de un acontecimiento de tal calibre. Además, aquello significaba, también por segunda vez, visitar la ciudad de Londres.

Dejadme que os hable un poco de mi padre, o mejor, de su afición balompédica. Su equipo fue siempre el Hércules de Alicante, pero pasó unos años estudiando y trabajando en Madrid justo en la gran época de Alfredo di Stéfano. Mi padre me enseñó muchas cosas sobre este deporte, cómo había que pegarle al balón, cómo había que jugar con los compañeros, la importancia absoluta de las ganas de jugar, la permanente disposición a estar alerta como la forma más idónea de templanza...Y también me enseñó, a la manera compleja y contradictoria en que nos enseñamos los humanos, a detestar el fanatismo y la estupidez. A mí padre nunca le gustó toda esa parafernalia miserablemente nacionalista que envuelve al fútbol y especialmente al Barça, aunque recuerdo que también tenía sus pecadillos: le costaba reconocer que Platini era un gran jugador, porque era francés; desdeñaba en más de lo justo al Valencia, aunque jugase Kempes, etc. De manera que mi padre era un forofo del Hércules de Alicante, y un discreto pero no secreto seguidor del Real Madrid. Y sin embargo fue él quien me acicateó para ir a Wembley a ver la final, cuando yo tenía ya una edad en la que las relaciones entre padres e hijos suelen ser difíciles... “Si sacas tales notas, te pago el viaje y la entrada”. No hacía falta sacar tales o cuales notas, pues me pagó el viaje y la entrada con mucha antelación al resultado final de los exámenes académicos, y ahora sé que cuando mi padre me hizo aquella oferta era a sí mismo a quien se invitaba, él mismo quería estar en la gran final y lo iba a estar, de alguna forma misteriosa, a través de mí. A mi padre nunca le gustó el Barça, ni siquiera demasiado Cruyff (“el pesetero”, solía apodarlo), pero no era estúpido y como auténtico amante del fútbol no podía dejar de disfrutar con aquel aflamencado, exquisito y veloz equipo que luego se dio en llamar Dream Team: aún conservo en mi memoria gráfica un partido en Balaídos, que el Barça acabó ganando 0-3 al Celta, en el que por primera vez vi a mi padre tan contento por lo que estaba presenciando como seguramente lo estuvo en los años en que pudo gozar del juego de la Saeta Rubia y compañía. De igual modo compartí con él el entusiasmo por la ingenuidad jubilosa del joven Guardiola en un partido de segunda división que vimos una tarde de sábado por televisión y que, curiosamente (“algo que no se nombra con la palabra azar rige estas cosas”, como dice Borges), es el partido que Cruyff recuerda cuando habla de Guardiola en su libro Mis futbolistas y yo.

Hace poco el Real Madrid se ha proclamado, treinta años después de la última vez, campeón de Europa; lo hubiese apoyado de todas formas, aunque sea contra mi queridísima Juve, pero como homenaje a mi padre y a aquel noble gesto que tuvo conmigo, esta victoria y la forma como se consiguió -que tantas vivencias de las que ahora os voy a explicar me trajo a la mente- redoblaron mi alegría y mi convicción de lo que es importante en el fútbol y en la vida.

Así fue como el martes 19 de mayo de 1992 salimos de la estación de Sants rumbo a Londres, en un autobús lo suficientemente cómodo para soportar 25 horas de trayecto. Esa fue la primera vez que crucé Francia y que vi -¡ejem, a las dos de la madrugada y desde el autobús!- París. También era la primera vez que viajaba 25 horas en semejante medio de transporte, y puedo decir que lo mejor del viaje fueron los paisajes franceses que se veían desde el vehículo y las bromas con los amigos que me acompañaban. Aún recuerdo, no sin sonrojo, que me pasé el viaje imitando al periodista deportivo José María García, hazaña impropia de mi persona que causó un inesperado jolgorio entre el grupo de unos 40 aficionados que llenaba el autobús. Dentro de este grupo había muchos que mantuvieron de salida una actitud comedida y callada, dados los fracasos que hasta entonces habían jalonado la participación del Barça en las finales europeas. Pero pronto este silencio temeroso se fue tornando en algarabía a medida que íbamos consumiendo kilómetros bajo el cielo de Francia y nuestras imitaciones ganaban adeptos.

Tras una larga noche de festivo insomnio, un día soleado, primaveral y amable nos recibió en los acantilados blancos de Dover. Estábamos en la alegre Inglaterra, donde lo primero que hicimos un amigo y yo fue cumplir con nuestras necesidades urinarias. Dos horas más de monótonas autopistas y llegamos por fin a Londres, la gran ciudad, irreal y cotidiana. Tras sortear el tráfico que inundaba sus calles y avenidas, los autobuses aparcaron junto al estadio donde se iba a disputar la final. Melville escribe en alguna parte que todas las cosas elevadas son tan nobles como nostálgicas. Ahora que miro la foto en la que se ven las dos torres que presiden la fachada principal del estadio de Wembley me permito compararlo con un gran navío, con ese Pequod que perseguía a la ballena blanca del relato de Melville. Pero en esta foto no se ven mares oceánicos ni balleneros que griten “¡Por allí resopla!”; sólo unos cuantos jóvenes que han visto cumplirse un sueño, ansiosamente dispuestos a disfrutar de un partido de fútbol que promete leyendas y emoción.

Teníamos todo el día por delante, pues la gran final no se disputaba hasta las siete de la tarde. Como antes he dicho, lucía un sol magnífico y la temperatura era agradable. Con algunos amigos, fuimos hasta el Soho, a tomar pints –para mí, una Guiness adecuadamente servida y degustada-, y a comprar discos en los callejones que forman ese barrio fundado hace años por los hugonotes franceses exiliados tras la matanza de la noche de San Bartolomé. Aún conservo el directo de Iggy Pop que le compré a un tendero callejero: suena rugoso y un puntico estridente, pero así es cuando se trata de la Iguana, que te recompensa de esa leve molestia con dosis impagables de energía, sinceridad y noble ansia de vivir. Luego nos fuimos a Carnaby Street, la emblemática calle del swinging London, el Londres floral y pop de los sesenta que vio nacer a la mini-falda y en donde, según contaba el cantante de los Kinks “no se ponía el sol”: allí, aquel 20 de mayo de 1992, yo buscaba desesperadamente una camiseta con la cara de Buddy Holly y no la encontré. Un simpático señor solventó mis vanas inquisiciones diciéndome amablemente que yo guardaba cierto parecido con el gran músico tejano, pero que lamentablemente él no tenía esa ansiada camiseta ni creía que ningún otro comerciante la tuviese. De manera que me tuve que conformar, si lo puedo decir así tratándose de mi banda de rock favorita, con una espléndida camiseta negra de The Velvet Underground que todavía visto en ocasiones muy determinadas, dado su estado raído y encogido tras tantos años y tanto camino.

En fin, a mediodía de aquel día inolvidable (un verdadero perfect day como canta Lou Reed) llegó la hora de comer. Nosotros lo hicimos en una pizzería italiana cercana a Piccadilly Circus; la muchedumbre multicolor que había venido a ver el partido, desparramada por la ciudad, lo hacía en otros tantos establecimientos parecidos: por aquel entonces, la mundialización ya estaba en marcha con toda su grandeza y su miseria. Hoy en día, desde el monumento a Venus que preside Piccadilly Circus, se pueden leer en uno de los paneles luminosos situados en el edificio de enfrente algunas noticias, y la temperatura y la hora de algunas de las grandes ciudades del mundo: Singapur, Tokyo, Nueva York, Houston, Buenos Aires. Quizá lo tengo que decir en voz baja, porque la voz que me sale es infantil, pero este vértigo glorioso me conmueve y me emociona, y hasta cierto punto me justifica. Por primera vez, tal vez por primera vez, nosotros los humanos de todo el planeta, es decir, cada uno de nosotros los vivos mortales, podemos considerarnos unidos como antes lo estaban los ingleses, los alemanes, los italianos, etc: aquellos únicos hombres que el reaccionario De Maistre decía conocer. Desde luego, de nada sirve congratularse por sabernos por una vez algo así como una nación humana si más de la mitad de los vivos de esta humanidad se muere de hambre y de ignorancia. Sin embargo, no consigo reprimir mi felicidad –pueril, si se quiere- cada vez que veo esas luces de neón y leo las noticias, y dentro de mí siento un regocijo tal (en homenaje a Chesterton, autor que yo empecé a leer precisamente en la época de la que aquí hablo, diré que se trata de un contento casi cósmico) que me dan ganas de irme al extranjero a conocer, cual turista espacial, a esos desconocidos guiris que llamamos, desde Verne y el gran H. G. Wells, marcianos. ¿Habrá algún día en que las diferencias culturales entre humanos y “seres de otros planetas” –con los que, en principio, nada se puede razonar- serán respetadas dentro de un marco común de convivencia y libertad? En ese caso el tonto multiculturalismo de nuestro tiempo tendría el sentido del que carece hoy cuando pretende imponer diferencias entre quienes son igualmente humanos y pueden entenderse mediante su razón y su humanidad y por tanto no necesitan esos remilgos. Sin embargo, mi fantástico plan intergaláctico en el que el tratamiento de la diferencia debería de plantearse como una prioridad vital, podría ser obstaculizado por la terrible conspiración de algún malvado Darth Vader, o por la propia idiosincrasia de marcianos, venusianos, uranianos y otros habitantes del espacio sideral. De manera que dejemos las ensoñaciones de ciudadano despistado y volvamos humanamente al planeta tierra, es decir, a la gran final de la Copa de Europa de 1992.

Dos horas antes del inicio del partido, el hermoso estadio de Wembley ya estaba lleno; en el fondo sur los seguidores italianos de la Sampdoria de Génova, en el fondo norte los seguidores españoles del Barcelona. Fueron minutos muy divertidos, las dos aficiones entonaban sus cánticos mientras los jugadores de ambos equipos calentaban en el brillante césped de color verde. Era una tarde radiante, de luz primaveral. La Sampdoria vestía de blanco, con delgadas franjas azules y rojas en el pecho de la camiseta: para ellos la megafonía dejó sonar un aria de alguna ópera de renombre que ahora no puedo recordar. El Barça vistió el glorioso equipaje de color naranja con el que luego quedaría inmortalizado en la instantánea triunfal de los campeones. Yo estaba en una esquina lateral, más o menos a la altura de la segunda gradería: para nosotros, y para todo aquél que tuviese una mínima sensibilidad, sonó Barcelona, el tema que Freddy Mercury y Montserrat Caballé cantaban a dúo para celebrar las Olimpiadas que aquel mismo verano iban a iluminar la ciudad catalana. Tanto por un lado como por el otro, música mediterránea para amenizar el gran partido del año, seguida por la gente con indisimulado entusiasmo. Y como yo estaba ahí, puedo decir que no fue para menos. Cuánta razón tiene Borges cuando señala que el patriotismo es la menos perspicaz de las pasiones. Lo mejor que se puede decir de las aficiones que animaron aquel partido es que, al menos en aquellos instantes musicales, la más perspicaz de las pasiones –la bella emoción- brilló por encima de la cerril patriotería que, hay que reconocerlo, siempre campa por los estadios de fútbol...

Y empezó el partido. Los primeros minutos fueron de claro dominio azulgrana; Koeman sacaba la pelota desde atrás con autoridad y templanza, dejando las tareas de circulación a Laudrup y Guardiola, y el trabajo más duro a Bakero. Juan Carlos, Ferrer y Nando se hicieron dueños de la defensa, con marcajes férreos y concisos a las figuras italianas: Vialli y Mancini. Por la banda derecha, Eusebio manejaba el balón con suavidad y penetración, con la intención de que Salinas o Stoickhov pudieran materializar alguna ocasión de gol. Este fue el planteamiento de Johan Cruyff, que antes de iniciar el encuentro les dijo a sus muchachos: “Salid al campo y disfrutad”.

El equipo italiano se agazapó en su medio campo, con una larga defensa de cuatro hombres y un centro del campo formado por jugadores de técnica indudable: Cerezo, Katanec y el rampante Lombardo, que dispuso en sus incursiones por el extremo derecho de las primeras oportunidades de gol para el equipo genovés. El Barça controlaba el partido y la Sampdoria salía al contrataque. Por televisión, el partido parece aburrido; en directo se vivió con intensidad agotadora desde el primer hasta el último minuto.

La segunda parte fue más descontrolada, continuaba el dominio del Barça pero sin que la pelota se acercase con verdadero peligro al área italiana. Recuerdo aquella jugada de Salinas que a trancas y barrancas casi acaba en gol. Hay que decir que tanto Zubizarreta como Pagliuca actuaron de forma excepcional bajo los palos, con paradas a una sola mano que provocaron la prórroga en que por fin el Barça iba a conseguir el gol de la victoria. Antes de eso, Vialli dispuso de dos clarísimas chances en la portería azulgrana, un remate que salió alto a pase de Lombardo y una jugada individual en la que la pelota salió rozando el poste izquierdo. Tengo que admitir que antes de que la bola saliese por la línea de saque me tapé los ojos, pues el esférico negro y blanco siguió una curva extraña y cuando parecía que iba a besar las redes de la portería azulgrana botó para afuera ahogando el grito de los numerosos aficionados italianos que ya cantaban gol. Creo que esa jugada fue psicológicamente definitiva para el bajón de la Sampdoria: a partir de esa ocasión fallida se limitó a defenderse como pudo hasta que una falta provocada por Eusebio en el minuto 112 de la prórroga supuso el justamente celebrado gol de Koeman.

Voy a relatar cómo viví yo ese disparo fortísimo y directo que dio la Copa de Europa al Barcelona. Estaba con unos amigos situado justo enfrente de donde se produjo la falta. Nos habíamos fumado un cigarro mezclado con hachís, o sea, un porro. Yo tenía las manos escaldadas de tanto aplaudir y la voz afónica de tanto animar. Ese era el momento, o íbamos a los penaltis que tanta mala suerte habían traído al Barcelona en anteriores ocasiones. Todos deseábamos que aquella jugada acabase en gol, y así fue. Así fue como la pelota golpeada con exacta potencia por Ronald Koeman cruzó como un relámpago la línea de gol, esa línea que separa el fracaso y el éxito y que puede simbolizar la línea que separa la vida de la muerte. Por fin el Barça había traspasado esa línea invisible y el Gol se convirtió en Victoria. ¿Qué supone un gol como éste? La afirmación del instante irrepetible que nos da el triunfo sobre la muerte, la celebración placentera de nuestra condición mortal por la que nosostros mismos nos damos una verdad de júbilo que ilumina con plenitud vital la sombra inevitable del paso del tiempo. Tan grande fue la alegría en los aficionados azulgranas que me vi envuelto y zarandeado por los amigos con una brutalidad que acabó con mis gafas cinco o seis asientos más abajo. Hasta que Alexanco, el capitán, no alzó la Copa de Europa al cielo de Londres, no recuperé la visión adecuada del lugar. Luego, contentos y satisfechos, embriagados, salimos fuera del estadio de Wembley camino del autobús que nos devolvería a Barcelona.

Esto sucedió hace diez años. De ese tiempo acá, he dejado de ser aficionado del Barcelona. No me gustan demasiado las religiones y ya no me apetece ser fiel a ningún club toda la vida. Me niego a eso. Prefiero animar al que ataca, y al que procura jugar bien, al que potencia el talento y la espontaneidad y no al que se cierra mezquinamente. “Lo criticable es una empresa que sólo tiene sentido cuando acabará”, dijo el escritor francés Bataille, “no el querer ir lo más lejos posible”. Durante el período en que Cruyff fue entrenador del Barcelona seguí a este equipo, mi equipo, con entusiasmo y devoción. El juego alegre y preciso de aquellos futbolistas enamoró a mucha gente: cada partido era una promesa de felicidad, y algunos una verdadera gesta épica. Pasión e inteligencia unidas por la voluntad de suerte. Partidos heroicos como el 5 a 0 al Madrid en el Camp Nou, o intensísimos encuentros contra el Valencia o el At. Madrid, o sencillos partidos de buen juego y goles, en tardes frías de febrero o en soleados días de abril. Y sobre todo aquella final de mayo en Wembley, que he intentado narrar tal como la recuerdo.

Hay ocasiones en la vida que nos la hacen plena y vibrante; luego queda la leyenda como una forma impersonal de la nostalgia. Saboreando la alegre melancolía que aún desprende ese día legendario, me gustaría acabar brindando por mi padre ausente con una buena pint. Gracias, papá.

Ximo Brotons