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procopio: café filosófico

Reseña: "Una democracia sin relieve"

UNA DEMOCRACIA SIN RELIEVE

El motivo principal de "La democracia plana" (Biblioteca Nueva) viene señalado en el subtítulo de manera explícita: “Debilidades del modelo político español”. Dividido en dos partes, la primera hace un repaso histórico del proceso de implantación de la democracia en España. Contiene además una crítica radical de la situación de las democracias actuales en todo el mundo, en las que viene siendo habitual ver cómo, por ejemplo, la abstención se erige en la opción preponderante. Dicho sea de paso, hay quien observa con calma farisea este ascenso de la irrelevancia. Es el caso del historiador nacionalista J.B. Culla cuando comentaba el dato de participación en las elecciones a la alcaldía de Dallas (2%), a propósito por cierto de la no tan baja pero igualmente preocupante abstención que se va produciendo en las sucesivas elecciones autonómicas catalanas.

Contra esta banalización de la política se dirige el texto quizá más interesante del libro, titulado precisamente “Adiós a la política” y escrito por José Antonio Gimbernat. En él se reclama razonablemente una radicalización de la democracia vía el rechazo de la espectacularización de la sociedad y del determinismo económico en que aquélla se sustenta. Gimbernat maneja bien y expone de manera accesible lo mejor de la tradición ilustrada y democrática, incluida la del siglo XX. Con ella acaba reivindicando el viejo ideal republicano de institución consciente de la sociedad, que desborda los límites de los Estados para orientarse finalmente -y no es sólo Kant quien así habla- hacia la creación de una comunidad cosmopolita.

La segunda parte del libro acentúa el tono periodístico que ya dejaban traslucir las observaciones precedentes. En ella Luis de Velasco se dedica a subrayar, sin entrar demasiado a fondo aunque sin retroceder ante lo confuso, los puntos flacos de nuestra democracia. Es el caso de la corrupción, la venta de lo público a grandes corporaciones empresariales, la deficiente administración de la justicia (y el deficiente aprendizaje democrático de tantos jueces, añadiría yo), los localismos centrales o periféricos, las oligarquías financieras y partidistas, la ausencia de valores políticos (libertad individual, tolerancia, justicia) que son indispensables para la convivencia, los degradantes contenidos de las televisiones públicas, el paupérrimo estado de la educación, el aún demasiado vigente peso social de la Iglesia católica, etc., etc. Es mérito del autor no haberse complacido en la pura queja y haber aportado algunas líneas de pensamiento muy adecuadas para entender el fenómeno general de la despolitización de la sociedad. Valgan como ejemplo la crítica del teledirigismo imperante que Sartori ha realizado recientemente en su libro "Homo videns" o el empobrecimiento del lenguaje que ya Adorno y Horkheimer pusieron de manifiesto en su "Dialéctica de la Ilustración".

Hay una cuestión que los autores tocan de soslayo y de la que me gustaría decir una cosa. Se trata de la llamada transición, descalificada por algunos como trampa que no reconoció debidamente la plurinacionalidad del estado español o ensalzada por otros como la génesis del España-va-bien, o sea, como la modélica Transición. A unos y a otros basta su mismo sentido común para responderles: ni tanto ni tan poco. Desde otra perspectiva más interesante, sin embargo, se viene llamando a ese período histórico la “transacción”. En este sentido me parece bien relacionar el cuestionamiento de nuestro mito de los orígenes con el rechazo a la idea de democracia como mero mal menor, homologablemente europea incluso allí donde persistirían el dominio y la mediación jerarquizantes. Pero creo que tampoco podemos convertir la memoria histórica de momentos rupturistas en otros tantos mitos de los orígenes igualmente indiscutibles. Y me refiero sobre todo al uso y abuso de la violencia -no sólo etarra- que, a causa de sus instantes de gloria iniciales, continuaría siendo aún hoy liberador y revolucionario... Entre lo brutalmente violento y lo paródicamente lúdico, he aquí un buen territorio por conquistar para la imaginación subversiva.

Ximo Brotons

Reseña: "La primera transición y otras transiciones"

LUCES Y SOMBRAS DEL LAICISMO

"Laicidad y derecho al espacio público", VVAA, Fundació Francesc Ferrer i Guàrdia, Barcelona, 2003, 152 pp.

"Laicidad y derecho al espacio público" reúne las ponencias presentadas en el II Encuentro por la Laicidad celebrado en la Universidad de Barcelona en julio de 2002. El primero se celebró un año antes en Motril bajo el auspicio de la Asociación Pi y Margall por la Educación Pública y Laica de esa ciudad granadina. El libro recoge las colaboraciones de Joan Francesc Pont, presidente de la Fundación Ferrer Guardia, Gonzalo Puente Ojea, ex embajador de España, Henri Pena-Ruiz, profesor de filosofía política, Joan Carles Marset, geólogo y presidente de la asociación Ateos de Cataluña, Salvador Pániker, filósofo, Javier Otaola, defensor del vecino del ayuntamiento de Vitoria, Santiago Castellà, doctor en Derecho, Jordi Serrano y Vicenç Molina, de la misma Fundación Ferrer Guardia, Antonio Gómez Movellán, miembro de la asociación Europa Laica de Albacete y Fernando de Yzaguirre, sociólogo.

Los artículos tratan varias cuestiones relacionadas con la laicidad y con lo que muy bien indica el título de la obra: el derecho al espacio público. En general se intentan concretar los límites del término laicismo respecto de la religión y el anti-clericalismo. Se reflexiona por tanto en torno a los conceptos de libertad de conciencia y de convivencia política. Se cuestionan los acuerdos del Estado español con la Santa Sede y la implantación de la enseñanza obligatoria de la religión católica, o del hecho religioso de la realidad sagrada, en la educación secundaria española. Se aboga por los ideales republicanos y democráticos y por un derecho internacional imperativo, de ius cogens, capaz de hacer prevalecer los derechos humanos y la dignidad crítica de las personas. Frente a la teoría del cuerpo místico, se defiende la autonomía moral de los individuos y se recuerda a Alexandre Vinet, heredero directo del movimiento ilustrado pedagógico (Pestalozzi, etc.) y uno de los primeros maestros racionalistas y laicos de la modernidad europea, en la estela que más tarde prolongarían en nuestro país Teresa Mañé y Federico Urales, la Escuela Moderna de Ferrer Guardia, etc.

Los textos, breves y a veces algo apresurados, suelen poner el dedo en la llaga y no retroceden ante lo que hoy es una evidencia: en cuestiones de libertad de pensamiento, ideológica, religiosa o de creencias, en España todavía está por hacer la primera transición. Lo que ofrecen, pues, son razones para la laicidad, razones para impugnar lo que John Dewey llamaba la religiosa “patología de la bondad”, razones para configurar sentimentalmente una patria cívica donde el amor que nos une pueda seguir siendo libre, “ora abrumado, ora triunfante”, como escribe RLS en su libro "Moral laica".

Pero hablando de la transición y de patriotismo constitucional me gustaría señalar algunas dudas respecto del artículo que firman Vicenç Molina y Jordi Serrano: “Laicidad y autodeterminación de los individuos contra el mito de las patrias o por qué Madrid no es París”. Los autores han querido reanimar el viejo republicanismo federal de Pi y Margall y, siguiendo a Ernest Lluch, enlazarlo con el austracismo de principios del siglo XVIII. Sin embargo, creo que yerran. El programa austracista, la doctrina del “buen catalán”, como se recordará, tiene su origen en la añeja querella urgellista del Compromiso de Caspe. No es un programa de regeneración sino más bien de repliegue. Desde luego, el republicanismo federal de Pi y Margall arrastraba ya este lastre, la inviabilidad –demostrada en la puesta en práctica de las dos Constituciones republicanas- de respetar “la personalidad” de fueros y constituciones de origen medieval, que por lo demás ya en pleno siglo XV habían sido contestadas por los remensas y por la Busca, a la postre vencidos igual que sucedió luego con las ciudades, las germanías o los moriscos cuando la España unida de los reyes católicos se convirtió en el Imperio de los Austria.

En resumen, si queremos un constitucionalismo republicano y laico a la altura de nuestra libertad, deberemos reflexionar sobre una política democrática no asentada en una eticidad indiscutiblemente costumbrista, o sea, deberemos deshacernos de las herencias absolutistas o medievales de las nacionalidades “históricas” tanto o más que de las propias de las naciones de ciudadanos modernas.

Ximo Brotons

Reseña: "Fuentes del ateísmo político"

No diré cuándo ni dónde se publicó esta reseña. Tampoco hace tanto, Melò.

FUENTES DEL ATEÍSMO POLÍTICO

"La filosofía contra la religión. Ideas sobre el ateísmo", Agustín Izquierdo, Edaf, Madrid, 186 págs., 2003
"Ateos clandestinos", Agustín Izquierdo, Valdemar, Madrid, 192 págs., 2003

El ateísmo político en España, con una institución como la Inquisición que dura hasta bien entrado el siglo XIX, nunca gozó de muy buena salud. Al negar la inmortalidad del alma, Averroes, el filósofo árabe cordobés, fue su primer exponente conocido. Más tarde, a principios del siglo XVI, cuando el erasmismo se expande por las ciudades castellanas, por Andalucía y por Valencia, se recoge algo de aquel espíritu. Pero el Concilio de Trento frenaría en seco estas llamaradas iluministas y así hasta que en la segunda mitad del siglo XVIII el conde de Aranda intenta limitar el poder de la Inquisición en un entorno de cierto afán ilustrado.

De manera que quien busque atisbos de ateísmo político, o mejor, de epicureísmo en España sólo los encontrará veladamente en la literatura (en el "Libro de buen amor" de Juan Ruiz o posteriormente en Quevedo, por ejemplo), o bien en el pensamiento de médicos como Servet, Laguna o más adelante Andrés Piquer, quizá el más materialista de los ilustrados españoles por lo que se puede intuir del escaso conocimiento de su obra.

Por eso hay que subrayar la aparición de estos dos libros del filósofo Agustín Izquierdo, no porque rastreen esa inexistente historia del ateísmo político español, sino porque contribuyen al conocimiento y difusión del ateísmo político moderno en España.

Aquí comparecen los hijos y nietos que Demócrito, Epicuro y Lucrecio generaron en la Europa moderna: los naturalistas italianos del Renacimiento (desde el círculo de Padua de los Pomponnazzi, Cardano y Telesio, hasta Giordano Bruno y Vanini); los libertinos franceses de la segunda mitad del XVI (Charron, La Mothe, Gassendi, Naudé), aunque la palabra “libertino” surge por primera vez en Holanda; Spinoza como cumbre del ateísmo político moderno, casi hasta el punto de que podríamos hablar de spinozismo al referirnos al núcleo doctrinal que niega legitimidad teológica a la práctica política y a la libertad filosófica; y lo que Agustín Izquierdo llama respectivamente ateos clandestinos del XVII (Meslier, Giannone, Boulainvilliers, Dumarsais, Fréret), ateos públicos del XVIII, los famosos "philosophes" (La Mettrie, Diderot, D´Holbach, Helvecio), ateos hegelianos (Feuerbach, Marx) y ateos solitarios (Schopenhauer, Nietzsche), ya en el XIX.

Toda esta pléyade de ateos, libertinos, naturalistas y materialistas fueron confundidos con alquimistas y ocultistas por los mismos que hoy confunden el libertinaje con las majaderías "new age". En un orden más serio, aunque el monstruo del terrorismo todavía no había sido inventado, quienes ejercían el terror eran entonces los curas mismos de la Inquisición (también hoy hay mucho cura entre terroristas): Servet y Bruno, entre otros, ardieron en la hoguera.

De ahí el interés de estas dos antologías del ateísmo europeo preparadas por Agustín Izquierdo, que ayudan a leer directamente fragmentos de textos tan fascinantes como el anónimo "Tratado de los tres impostores", también llamado "El espíritu de Spinoza", de 1719 (¡imagínense quiénes podrán ser los tres impostores, no precisamente Melchor, Gaspar y Baltasar!), las "Nuevas libertades de pensar", publicadas en Amsterdam, de Dumarsais, o las memorias del cura rural, irreverentemente ateo, Jean Meslier: ¡el espíritu sopla donde quiere!

George Santayana, también llamado Jorge Ruiz de Santayana, dice en "Los reinos del ser": “Respecto a la religión popular que piensa que Dios es el creador del mundo y el dispensador de la fortuna, mi filosofía es atea”. Este ateo solitario que dejó escritas cosas tan bonitas sobre la mística española, nos hace entrever la verdadera razón del ateísmo político: no probar la inexistencia o existencia real de Dios para decir luego ¡qué malo o bueno es el mundo!, sino probar el hecho de vivir como desmentido práctico de toda teología, incluida la de la liberación: ¡sólo este mundo, mortal, y sin embargo infinito! A ese desmentido práctico que nos dispone anímicamente para con lo semejante humano, Spinoza, siempre Spinoza, lo llamó ética.

Ximo Brotons

Reseña: "La batalla de Waterloo", de Rafael Borràs ("Lateral", 2004)

LITERATURA BAJO SOSPECHA

Conocido como el “Napoleón de los editores españoles”, Borràs es el último eslabón vivo de la saga de editores formada por, entre otros, Alexandre Argullós, Pep Calsamiglia, José Janés, Germán Plaza, José Manuel Lara Hernández, Carlos Barral y Mario Lacruz: una buena compañía.

Nacido en 1935 en el seno de una familia media de Barcelona, RBB se dio muy pronto a conocer como agitador cultural a través de la dirección de la revista La Jiraja (1956-1959), una publicación en la que colaboró gente muy diversa, desde Cirlot y Manuel Costa-Pau hasta Néstor Luján o Edgar Neville. La revista, “que mira desde arriba con los pies en el suelo”, seguía la estela de la publicación madrileña Índice, dirigida por Juan Fernández Figueroa y en la que colaboraba, entre otros, gente como Álvaro Fernández Suárez. Fueron revistas más o menos permitidas por el Régimen (como llama siempre RBB a la dictadura franquista), pero sin duda muy alejadas del francofalangismo dominante. Salían como podían, sorteando a duras penas la esperpéntica Censura. “Hemos de intentar”, le escribe Fernández Figueroa a RBB, “que la política recobre o gane el prestigio que le es indispensable para desenvolverse con eficacia y ser fértil”. De lo que se trataba, pues, era de “inculcar a los españoles la conciencia de la obligatoriedad y la hermosura de convivir con sus semejantes”, como señala RBB.

Rafael Borràs ha escrito estas copiosas memorias (La batalla de Waterloo, Ediciones B, 2003) con ojo minucioso y ánimo conciliador. El libro es al mismo tiempo el relato entretenido de una aventura profesional y el retrato certero de un país y casi de un siglo: España y el siglo XX. Hay mucho de novelero en la vida y obra de RBB y quien se acerque a ellas no saldrá decepcionado.

Pero estas memorias son también una cronología política del anti-franquismo contada desde primera fila. Penetrante conocedor de la dinastía borbónica (y republicano sin partido) RBB empieza citando por ejemplo la declaración de 1947 en la que Don Juan pide la rendición incondicional a quien ya era y lo seguiría siendo por demasiado tiempo Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos. Franco promulgó sin embargo ese año la Ley de Sucesión, la cual, junto a la Ley Orgánica del Estado de 1969, iba a dar legitimidad, ex novo según Borràs, a la monarquía de Don Juan Carlos, constitucional y parlamentaria después de 1978.

Durante los años cincuenta, tras la huelga de los tranvías de Barcelona en el 51, empiezan a producirse las primeras algaradas democráticas, con la consiguiente detención el 11 de febrero de 1956 de Dionisio Ridruejo, Miguel Sánchez Mazas Ferlosio, Ramón Tamames, José María Ruiz Gallardón, Enrique Mújica Hertzog, Javier Pradera y Gabriel Elorriaga. Ya en 1960 Ignacio Aldecoa y otros escritores solicitan infructuosamente la supresión de la Censura. En 1962 tiene lugar el conocido “contubernio de Múnich” inspirado por viejos militantes del POUM, una reunión de políticos españoles contrarios a la dictadura en el seno del Congreso del Movimiento Europeo: participaron entre otros Rodolfo Llopis, Gil Robles y Salvador de Madariaga, la España reconciliada y liberal. En 1965 dejan la cátedra universitaria Aranguren, Valverde y García Calvo. En 1969, tras el asesinato de Enrique Ruano y las consiguientes protestas estudiantiles, el Régimen tiene que declarar el primer estado de excepción (sic) desde 1939.

Pero sin duda la parte más agradecida de la autobiografía es la personal: sus recuerdos de infancia en el barrio de la Ribera, sus años de estudios, la boda con su mujer, Isabel Blancafort, sus pinitos como aprendiz de librero en la Casa del Libro bajo el mando de Luis de Caralt, sus pasos sucesivos por las editoriales Juventud, Plaza, Teide, Ariel, Iber-Amer, Alfaguara, Nauta, Planeta. Sus primeros éxitos y sus primeros fracasos. La revista La Jiraja, como ha sido dicho; los primeros Premios Ciudad de Barcelona, Nadal o Planeta; sus amistades con Mercedes Salisachs, César González-Ruano, Camilo José Cela, Ana María Matute, un casi adolescente Paco Umbral, Ignacio Agustí o Xavier Benguerel (que publicaba ya en catalán y del que puedo certificar su maestría literaria, al menos en el caso de la novela I tu què fas aquí?); o el conocimiento del filósofo Manolo Sacristán, el economista Fabián Estapé y el jurista Manuel Jiménez de Parga, “santa trinidad” brillante en la entonces “sórdida Barcelona de los párkings”, como diría Vázquez Montalbán.

Sin embargo RBB vuelve una y otra vez al tema que sanamente le obsesiona. Y lo hace desde un doble principio: la orsiana inquietud por la “obra bien hecha” y el liberalismo entendido a la manera de Gregorio Marañón: “Ser liberal consiste en estar dispuesto a admitir que el otro puede tener razón”. Las opiniones que RBB va desgranando a lo largo del libro me parecen oportunas y la mayor parte de las veces acertadas. Sólo considero que se deja llevar por la queja infantil cuando hablando de Benguerel critica la ignorancia o el menosprecio que en “Madrid” existe hacia las letras en catalán. Y no niego esa ignorancia, pero habría que añadir que tampoco es mucho mayor a la que ya existe en Cataluña, sobre todo si se trata de una literatura poco sujeta al canon catalanista. También me parece que hablando del País Vasco, RBB exige demasiado a los políticos y poco a la gente de la calle, que como el autor muy bien dice, ha de ser la protagonista de la obligatoria y hermosa convivencia con los semejantes. Pues lo grave del País Vasco es que cualquier manifestación pública explícitamente anti-terrorista sigue dando más miedo y asco que el mismo terrorismo. Y es cierto que por ejemplo en la plaza del ayuntamiento de Santander se yergue una gran estatua de Franco ante la impasibilidad de los ciudadanos, pero es de piedra y parece que la van a quitar, mientras que hay quien está dispuesto todavía a convertir en piedra y polvo a su vecino no muy lejos de Santander...

Amigo del llorado Víctor Alba, que fue guía de Orwell en su estancia en España y posterior colaborador de Camus en Combat, RBB hace suya una cierta heterodoxia liberal. Por ejemplo, escribe: “¿Existe el Estado español? Ni se sabe. (...) Ortega habló de la patria –perdón por utilizar un término en desuso- como un sugestivo proyecto de vida en común. ¿Existe hoy ni la sombra de un proyecto? (...) Volvamos a la clásicos: Romanos, compatriotas, amigos. (...) El parlamento de Bruto comportaba un programa de recuperación moral: que Roma volviese a ser la patria de los hombres libres”.

Y con esa afilada arma Borràs propina denuestos a diestro y siniestro. Critica la autosatisfacción ciega de una izquierda que bascula todavía entre el “contra Franco vivíamos mejor” y la mística de la revolución pendiente. Muchas cosas buenas se hicieron durante los 13 años de gobierno socialista, pero el espantajo de la derechona no fue suficiente para tapar la olla podrida de la corrupción (GAL incluido) y una cierta abulia intelectual. Sin embargo RBB arremete también contra la derecha (incluida la periférica) que habiendo podido enseñorearse de la “derecha de los ideales”, democráticamente decente también en asuntos de gestión y valores y no sólo de “ley y orden”, ha vuelto a echar mano obscenamente del “sindicato de intereses” de toda la vida.

Todo hombre tiene su otro yo ideal y el de RBB fue Dionisio Ridruejo, a quien también admiraba Juan Benet. La trayectoria de Ridruejo explica bien desde una cierta óptica el siglo pasado: falangista del 36 detenido en el 56 por la policía franquista, Ridruejo se declara por fin en 1971 liberal en el orden cultural, demócrata en cuanto a la forma de organizar y legitimar los poderes, y socialista moderado o socialdemócrata en lo económico. Nunca es tarde si la dicha es buena.

La batalla de Waterloo da buena cuenta de otras muchas peripecias y el repaso merece la pena. Hay menciones incluso de escritores menores hoy olvidados pero que en su día iniciaron a mucha gente en el vicio glorioso de leer. Un secreto recorre el libro: la literatura es el único motor inmóvil que las almas noveleras estamos dispuestas a aceptar. Como estas memorias sólo llegan hasta 1973, los lectores esperamos ya la segunda parte.

"La batalla de Waterloo. Memorias de un editor", Rafael Borràs Betriu, Barcelona, Ediciones B, 2003, 534 págs.

Ximo Brotons

Reseña: "Europa, Europa", sobre un libro de F. Duque (publicada en Archipiélago, 2004)

EUROPA, EUROPA

"Los buenos europeos. Hacia una filosofía de la Europa contemporánea", Félix Duque, Oviedo, Ediciones Nobel, 2003, 472 pp.

Con este libro, Premio Internacional de Ensayo Jovellanos del año 2003, el conocido profesor Félix Duque (Madrid, 1943) continúa una tradición intelectual inaugurada con el Discurso de Europa o la Europa sese discrucians del médico segoviano Andrés Laguna (pronunciado en Colonia en 1543 bajo el auspicio de Carlos V y con la pretensión, ya desesperada, de reconciliar las facciones cristianas enfrentadas tras la Reforma de Lutero), y lo hace en un momento crucial, cuando la Convención de Bruselas ha preparado una futura Constitución política de la Unión Europea que se presta a ser discutida y votada, en referéndum nada menos, en España, en los primeros meses de 2004.

Félix Duque empieza analizando (“Europa: el porvenir de una desilusión”) los discursos europeístas de los pensadores y poetas alemanes, desde Hölderlin y Hegel (o La Cristiandad o Europa de Novalis) hasta principalmente Nietzsche, Husserl y Heidegger: pensadores posteriores a la guerra franco-prusiana de 1870 que marcará el sangriento desarrollo de Europa hasta 1945, cuando ese “cabo de Asia” se vea empequeñecido ante la nueva hegemonía de la guerra fría: USA y URSS. A continuación (“Mitteleuropa y España”), el autor analiza la Europa vista por los pensadores españoles de ese mismo período histórico, o sea, Unamuno y Ortega, situados entre el fin definitivo y desastroso del colonialismo español y el novecentismo regeneracionista finalmente engullido, también desastrosamente, por la guerra civil. Y en el tercer apartado (“Raíz, flor y fruto de Europa: el paraíso, la revolución y la guerra”, algunos de cuyos ensayos ya habían aparecido embrionariamente en esta revista), el filósofo madrileño expone su propio punto de vista desde la consideración del dominio actual y casi absoluto de la pax americana, a la que opone precisamente una renaciente y minimalista Europa, “tierra de la tarde”. Hay en este capítulo unas memorables páginas sobre el “mito liminar del Jardín” pero también afirmaciones (ese cuasi-paulino deseo de una paz segura, contemplativa, difícilmente conciliable con la libertad del cuerpo individual que se dice aceptar, habida cuenta de lo que Duque considera por otra parte “histórico” en España y “cristiano” en Europa, orteguiano y heideggeriano el autor a pesar de todo, amén del olvido cuasi-culpable de la tradición epicúrea que bien podría entroncar en fin con la idea islámica del placer) que le hacen (mal)pensar a uno si al final Duque no se acaba acostando suo modo, precisamente por la vanidad de la universitas cristiana, más del lado de la monarquía universal, aunque sea en este caso sub especie Europae.

Pero bien, ¿en qué consiste el “buen europeísmo” sensu nietzscheano que da título al libro? No desde luego en ese “hombre europeo abstracto” que lo imita todo y todo lo imita mal, el filisteo y el nihilista. No. El buen europeísmo, en el que siguen resonando los ecos volterianos de la “Europa te mira”, es el que está basado en la razón y no en el patrioterismo del temor gregario: J´accuse, escribió Zola. Nosotros, los buenos europeos, somos los “mediterráneos natos”, en el bien entendido sentido espiritual o mítico del término: los que amamos el sur en el norte, y el norte en el sur. Los que deseamos la coyunda dionisíaca entre “el movimiento democrático de Europa” y la nueva especie de hombre supranacional para que nazca el superhombre...

Pero, ay, el tirano que acechaba en la sombra de la voluntad de poder, pudo más que la propia voluntad de caminar por encima de las pisoteadas cabezas de los reyes: “Europa ya no filosofa a martillazos, sino a cañonazos”, exclama con razón Camus. Lo que entonces, con voluntad de entender, elabora la “sabiduría residual” de Félix Duque para el siglo XXI es en sus mejores momentos una filosofía a la altura de aquellos pasajes de La escritura o la vida de Jorge Semprún en los que el viejo republicano rememora con gratitud las visitas al edificio público de Buchenwald (esa siniestra verdad invertida de la Weimar-alemana-por-encima-de-todo) donde los presos hacían sus necesidades. ¡Ocasión de libertad entre aquella inmundicia, uso libre de la palabra, intercambio de cigarrillos y chascarrillos! ¡Fatalidad de nuestro pobre y mortal amor que aún es capaz de crear un mundo! ¿Buenos europeos? ¿Superhombres? Niños perdidos, el puer aeternus que nos queda cuando vamos perdiendo todo lo demás.

Ximo Brotons

Año nuevo

Empieza un año nuevo. En el que, dentro de poco, cumpliré 33 años. Temo que se acercan las épocas de los balances irrevocables. Ya se vislumbra la cuarentena allá al fondo. Pues bien, aunque podría estar mucho mejor, hace tres años hubiese firmado estar como estoy, y donde estoy.

Una vez lograda y consolidada mi plaza de profesor, nuevos retos se me plantean. Poco a poco.

De momento, estas navidades me he puesto al día en música clásica. Desde canto gregoriano hasta Albéniz pasando por Marais, he estado escuchando de todo un poco, y leyendo la vida de los autores, y la época en la que vivieron. Me gustó la personalidad de Handel. La sintonía de la Champions League es un fragmento de Handel. Londres tenía en el siglo XVIII 600.000 habitantes, París solo se le acercaba. Debió de ser un espectáculo la música acuática por el Támesis. La ciudad más grande de Alemania era Hamburgo y tenía 70.000. Otras cosas: hay un madrigal de Monteverdi, el "Lamento de la Ninfa", que parece que inspiró el "Blue Spanish Sky" del rockero Chris Isaak. Biber desafinaba instrumentos bastante antes que el guitarrista de Sonic Youth. Boccherini fue el músico ilustrado del Madrid de finales del siglo XVIII, y vivió muy cerca de la calle del Pez, tocando mi querida calle de San Bernardo. ¿Cuántos habitantes tenía Madrid entonces? La música clásica es increíble. Mi frustración real no ha sido no ser un deportista de élite o de éxito, sino no haber estudiado música, ni siquiera un poco más allá de la elemental que te enseñan en la escuela. Rasco la guitarra y tengo un cierto oído, eso es todo. Lástima. Supongo que todo no puede ser. Como cantaba Kiko Veneno, "Quería ser director de una orquesta, pero...". Fue mi error.

Empecé a leer "Ética para la bioética y a ratos para la política" (Gedisa), del profesor Ramón Valls, un buen librito de divulgación, pero lo perdí en el tren cuando empezaba la parte polémica. Valls es un hombre sabio y poco ingenuo, aunque a mi modo de ver cargaba las tintas en favor de Rousseau-Kant-Marx, y en detrimento de la línea liberal, mencionando solo de pasada a Spinoza y su "nada es más útil al hombre que otro hombre". Me he quedado con las ganas de saber qué decía, con tal bagaje, sobre los actuales dilemas bioéticos. Supongo que volveré a comprarme el libro, si lo encuentro. Tuve como profesor a Valls un par de tardes en una asignatura de teoría política en el master de humanidades de la UPF. Era un hombre socarrón, e infelizmente hegeliano. Podría considerarlo en parte como mi "abuelo", porque fue en su día uno de los maestros de mi "padre" Víctor Gómez Pin.

En fin, que el Nickjournal ha cerrado y ya sabéis las noticias. Menos mal que me he regalado música de cine, la de "El hombre tranquilo" y la de "Twin Peaks", para ir preparando el trimestre que se avecina con la áspera pero deslumbrante compañía de René Descartes. Leer a los grandes filósofos es a veces parecido a escuchar la gran música clásica.

Pinker, Rorty y la vieja controversia

He leído linkeada en el blog del periodista Arcadi Espada (3 de diciembre) la controversia entre el psicólogo del MIT, Pinker, y el filósofo de Berkeley, Rorty, aparecida en “Claves de razón práctica” el pasado mes de noviembre, a propósito de la “naturaleza humana”, publicada originalmente hace dos años en la revista -supongo que americana- “Daedalus” y el año pasado en la italiana “Micromega”. Mejor dicho, he leído el artículo de Pinker y solo el principio del de Rorty.

La controversia es en cierto modo una actualización del debate público mantenido en Eindhoven en 1970 por Chomsky y Foucault, y que está en la base del último libro publicado en España por el filósofo italiano Paolo Virno, reseñado por mí en “El Viejo Topo” hace un año y pico, y que podéis leer en este blog a poco que lo busquéis.

En cierto modo, ahora Pinker hace de Chomsky y Rorty de Foucault.

El artículo de Pinker, que en el instituto de Boston se dedica a las ciencias cognitivas, es claro e interesante en lo que propone, pero a mi modo de ver deja lugar a la sospecha que, por tanto, le lanza acusativamente Rorty de que pretende -y eso no puede pretenderlo ninguna ciencia natural- elaborar una “teoría de la naturaleza humana”. Dicho esto, a Rorty la razón se le agota en este punto, porque me temo que olvida muchas más cosas de las que debiera, al menos si no ofrece una alternativa más seria que lo que llama “especulación utópica”.

En realidad, esta controversia no se remonta a 1970, sino al siglo V a. C., es decir, a los albores de la filosofía, la ciencia y la democracia occidentales. Dice Rorty en un momento dado que “Homero y Heródoto” ya sabían esto, lo que Pinker explica: es posible, pero gracias a que junto a Homero y sobre todo Heródoto existían científicos y se hacía ciencia: la primera vez en la historia. Cuando Rorty recurre a su bastante manido “historicismo”, por otra parte, no deja de ser curioso que olvide que la palabra “historia” significa “investigación” y que, por tanto, el sintagma “historia natural” (casi por primera vez utilizado por Aristóteles) sea sinónimo de ciencia tal como la entendemos conteporáneamente. En esto me parece exitosa la teoría de Virno, antes comentada, es decir, en el uso del concepto de “historia natural” para intentar captar la doble dimensión, diferente pero no antagónica, de lo que llamamos “naturaleza humana”, que engloba -en contra de la opinión de Ortega- tanto la naturaleza como la historia. Y en el concepto del lenguaje como "órgano biológico de la acción pública".

Y ya que he citado a Aristóteles, acabaré con él. He dicho que esta controversia se remonta a los tiempos de Platón y los Sofistas, aquí tal vez representados respectivamente por Pinker (pero sobre todo por Chomsky) y por Rorty (y Foucault, más gorgiano que el protagorasiano Rorty). Debo matizar rápidamente que Pinker no me parece en absoluto un cientificista iluso paradójicamente de fondo platónico, sino un filósofo de verdad, especializado en psicología en este caso cognitiva. Pero Rorty se muestra como un Sofista de manual. Y he ahí su error. Aristóteles emergió precisamente como un punto intermedio entre ambas posiciones: valga la anécdota en este caso algo categórica de que fue profesor en la Academia platónica de una asignatura típicamente sofista, la Retórica, lo que hoy llamaríamos gramática (y Derrida a esto se dedicaba) o filosofía del lenguaje (que es a lo que se dedican Chomsky o Virno, por ejemplo). Aunque no solo eso. Aristóteles, una vez fundado el Liceo, elabora y pone por escrito sus propias teorías, su salida a la mencionada controversia. Y en la “Ética”, precisamente en la ética (en esto, Spinoza -por otra parte tan radicalmente materialista y contrario a la metafísica aristotélica en favor de la de Demócrito- fue sumamente aristotélico: he ahí su grandeza), Libro VI, Aristóteles escrible más o menos lo siguiente: “La sabiduría [lo que hoy llamamos generalmente ciencia o conocimiento científico o lo que Kant llamaba razón pura a secas o razón teórica] tiene la primacía sobre la prudencia [lo que hoy llamamos, kantiamente, razón práctica, que es justo de lo que trata la revista en la que se ha publicado la controversia]. Pero la prudencia, de algún modo, tiene prioridad sobre ella, porque es práctica y normativa. De manera que la sabiduría, la razón teórica, no da órdenes; las órdenes las da la prudencia, la razón práctica. Ahora bien, [y esto es lo que erróneamente olvida Rorty] la prudencia da órdenes a causa de la sabiduría, pero no a la sabiduría”. Es decir, la razón práctica da órdenes a causa -habría que ver todas las implicaciones, deterministas o azarosas, de este “a causa”- de la razón teórica, pero “no a ésta”. Este “pero” también es un poco raro. La frase más normal sería "la prudencia no da órdenes a la sabiduría, pero sí a causa de ella". Pero supongo que se trata de delimitar muy bien las competencias o el objeto de la razón práctica.

Dicho todo esto, queda sin embargo en el aire la sospecha rortyana de que estos científicos nos quieren mandar, por lo menos en el sentido de que en demasiadas ocasiones no tienen bastante con detentar la primacía y quieren para sí también la prioridad. Ah, amigos, con el gran quid de la cuestión hemos topado, que ni Pinker ni Rorty, como tampoco Chomsky ni Foucault, ni acaso Virno alcancen a plantear.

Este quid de la cuestión es lo que le hace penar al mismísimo Aristóteles precisamente en el Libro VI de la ética, y en sus libros de metafísica y de psicología; en definitiva, la cuestión no de qué son y qué tienen por objeto el conocimiento teórico y el práctico (simplifico la terminología al modo kantiano para entendernos), sino de qué es y qué tiene por objeto el conocimiento “tout court”. No es algo que Aristóteles no sepa, es algo que le da quebraderos de cabeza y que finalmente resuelve mal (ay, si su gran legado hubiese sido en lugar de la metafísica, su psicología, que hubiese atemperado bastante la pulsión teologizante, no ya teleologizante, que también, de su metafísica).

Recientemente, ha habido un filósofo -aparte de Spinoza, al que solo le podemos reprochar que no estuviera equivocado- que trató esta cuestión. Es Kant, del que ya he utilizado los términos razón teórica y razón práctica. Kant escribió una tercera crítica, sobre el juicio, que es el nombre que le da precisamente a la facultad del conocimiento, no teórico ni práctico, sino “tout court”, raíz de ambos tipos de conocimiento, y que Aristóteles había llamado intelecto o inteligencia (“nous”, facultad de intuición de los límites sobre los que no hay razonamiento). El fallo de Kant es que la estética (sensibilidad) en la que circunscribe al juicio es una teoría del arte y no una biología (psicológica, si me permite el matiz), esto es, una “historia natural” para decirlo al modo clásico que utiliza Virno, y que ya estaba, como he dicho, en la obra de Aristóteles de forma dispersa (especialmente en su psicología), finalmente ocultada por la tradición. No obstante, hay una cosa en Kant que nos debe hacer pensar: y es que Kant dice que la razón práctica, aunque en efecto no da órdenes a la teórica, sino a causa de ésta, sin embargo, “orienta” a la razón téorica. Esto es un hallazgo de Kant, es lo que da pie a las "sospechas humanistas" de Rorty y es lo que Aristóteles mismo había sospechado que ocurría con el intelecto (lo que llama Kant, juicio), al que finalmente no sabe qué función asignarle beneficiando (de mala manera) a su (lógica)metafísica en perjuicio de su (bio)psicología. El peso de su maestro Platón fue tal vez demasiado grande.

Dos últimos apuntes. He hablado de Spinoza. Que rechazaba el término “naturaleza humana”, no solo como objeto de la ciencia sino también en términos de razón práctica, al menos entendida al modo paradójicamente platónico de, pro ejemplo, Rorty, en el sentido en que el sofista Rorty se toca aquí en con el platonismo. Ay, Sócrates y su burda mitología platónico-religiosa. Los hombres, para Spinoza, formamos parte de la “natura naturata” -lo que Pinker dice en un lenguaje pintoresco sacado del cientificismo-, y nada más. En esto, Pinker, no es que parezca empero cientificista, sino demasiado especulativo, como Rorty. En su artículo llama “contigencias” a lo que no lo es, aunque al final más o menos lo arregla. ¿Pero es que tratamos del cerebro o no? ¿O es que el cerebro, por muy natural que sea, es una especificidad humana imparangonable con los pequeños cerebros de otros animales, empezando por el mosquito, y esto Pinker no lo acaba de aceptar o ver? Spinoza no comete nunca este error. Un poco más de Spinoza y menos Hume, aunque Spinoza pase por menos “empirista y científico” que Hume.

El último apunte trata del filósofo que me dio la pista de todas estas reflexiones y objeciones tanto a las posiciones “aliadas” como a las “disecadas”, por utilizar la terminología del periodista Arcadi Espada. Se llamaba Cornelius Castoriadis: valgan, de momento, este rescate del “intelecto” (“nous”) aristotélico, esta resituación asimismo del “juicio” kantiano: que son lo que nos proporciona justamente la "visión trágica" de la metacontingencia de lo real de la que habla Pinker (de ahí mi "Idea trágica de la democracia"; y en definitva la propuesta, todavía en ciernes, de lo siguiente: no que la razón práctica (sin dar órdenes a ella, eso sí) pueda “orientar” a la razón téorica (que sigue siendo “causa”, y para la “causa” recurramos a Spinoza, y no a Hume, para no equivocarnos), sino que en efecto la razón téorica se ve “orientada por”, no, repito, la razón práctica, sino por el “juicio” (intelecto, “nous”), raíz trágica de ambos modos de conocimiento y, por tanto, “orientación” tanto de la razón téorica como de la práctica. Y es que allí donde Kant señala que la razón práctica orienta a la razón téorica, Kant, como Aristóteles, aunque de otro modo, sigue sujeto a la ilusión trascendental (platónica en el caso del griego), ahora mutada en “moral”, como bien señaló, en esto grandioso, posteriormente Nietzsche. Es decir, Kant nos cuela la religión por este conducto como en su día Aristóteles su metafísica casi teológica.

Por tanto, así como Hanna Arendt realizó la relectura de la crítica del “juicio” de Kant, fue Castoriadis quien continuó y amplió esta relectura a la psicología del “intelecto” de Aristóteles. Habrá, pues, que contrastar estas relecturas con los nuevos conocimientos cognitivos (pues de cognición pura y dura justamente estamos hablando). Para empezar, intelectivamente. “More spinoziano”, si se quiere. ¿Cómo y de qué tipo de "orientación" intelectual tanto de la razón téorica como de la práctica estamos hablando? Tal vez un nítido planteamiento del asunto espinoso de los fines, y la exacta delimitación de competencias (más exacta que la realizada por Aristóteles y Kant) de la razón humana (con todas sus implicaciones para el uso de la vida cotidiana que esto tiene), estén a nuestro alcance si nos atrevemos a indagar en esta cuestión.

Mi voto a Ciutadans-Partido de la Ciudadanía (C´s)

Hace ya más de una semana voté por correo a Ciutadans-Ciudadanos. El voto llegará, o ya estará, no sé muy bien cómo va esto, en el colegio electoral: Distrito 04, Sección 015, Mesa U, de Vilanova i la Geltrú, Barcelona. Es una guardería (anteriormente había votado en el Teatro Principal y en el Pabellón Municipal), de nombre, desgraciada y desagradecidamente único, "La Baldufa", es decir, también, "La Peonza".

Ciutadans-Partido de la Ciudadanía ha nacido. Esperemos que a partir de hoy pueda empezar a ir a la guardería como el resto de partidos con representación parlamentaria.

¡Que empiece a rodar la peonza-baldufa de los C´s!