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procopio: café filosófico

Carta al director de El País: "A favor de la filosofía"

CARTAS AL DIRECTOR
A favor de la filosofía

Joaquín Brotons Navarro - Castellón de la Plana
EL PAÍS - Opinión - 23-04-2005

Seré breve. Indignado leo en la prensa que el proyecto de la LOE pretende eliminar el carácter común de la filosofía en el bachillerato. A los listos (de ciencias) se les dará filosofía para que sigan siendo listos, y a los tontos (de letras) cultura científica de suplemento de periódico para que sigan siendo tontos. Qué progreso. Además se sustituye la ética común, que por fin había dejado de ser una alternativa a la religión (que todavía se sigue dando en bachillerato, por cierto), por educación para la ciudadanía, en dos cursos, sí, pero de índole más bien coyuntural que reflexivo. Además, lo que en Francia es una prueba de carácter progresista (la reválida) aquí se elimina por retrógrada. En fin, vendrá bien recordarles a nuestros caballeros y damas progres la frase de John Dewey: "La filosofía es una reflexión general sobre la educación". Por lo de que no iban a fallar.

Reseña: "Una mente despierta" (sobre un libro de Thomas Nagel)

Esta reseña no vio la luz pública, hasta hoy.

UNA MENTE DESPIERTA

"Otras mentes. Ensayos críticos 1969-1994", Thomas Nagel, Gedisa, Barcelona, 2000
"La última palabra", Thomas Nagel, Gedisa, Barcelona, 2000

Profesor de filosofía en Nueva York, Thomas Nagel es un viejo heredero de la tradición de la filosofía analítica, tan minuciosa como, a menudo, reduccionista. En nuestros días la filosofía analítica ha sido sustituida por la llamada “filosofía de la mente”; de los autores más eminentes de esta corriente académica tratan los primeros artículos de "Otras mentes": Dennett, Searle, Chomsky y, en los orígenes, Freud y Wittgenstein. Las mejores revistas literarias del mundo angloamericano (TLS, The New York Rewiew of Books, The London Rewiew of Books) acogieron en los últimos veinte años estos artículos, escritos con cortesía intelectual y enérgico espíritu crítico, aunque tal vez demasiado enrevesados para los legos en la materia...

A los filósofos de la mente se les podría reprochar el olvido de los aspectos sociales que influyen y conforman el lenguaje humano. De otro modo, al hipostasiar de manera naturalista la “mente” se puede llegar a confundir al lenguaje con la digestión, cuando resulta obvio que un niño en la selva, aislado de la sociedad humana, seguirá digeriendo igual pero nunca llegará a hablar. Es de agradecer que Nagel se sitúe en la cuestión de la relación mente-cuerpo entre los antirreduccionistas que no quieren empequeñecer el problema de la conciencia humana al nivel operativo de un ordenador, con o sin ADSL.

La segunda parte de esta selecta gavilla de reseñas filosóficas versa sobre ética y filosofía política. Aristóteles, Rawls, Nozick, Dworkin, MacIntyre y Kolakowski son las estrellas invitadas. Es de sumo interés leer los textos sobre Rawls o Nozick, dado que fueron escritos en fecha muy cercana a la publicación respectiva de "Una teoría de la justicia" y "Anarquía, Estado y utopía". Nagel se siente mucho más próximo del liberalismo igualitarista rawlsiano que del libertarismo discriminatorio de Nozick: pues no se trata de igualar tontamente las capacidades de cada cual, sino de lograr que la legítima competencia entre iguales pueda dar lugar a diferencias sin que ello sea producto de fatalidades socioeconómicas y de otro tipo que pueden obstruir la floración de la libertad. Nagel subraya el hecho de que la equidad rawlsiana no sea una mera “igualdad de oportunidades” sino un cabal intento de definir una igual libertad radical. Esto lo conocemos de primera mano: el economismo reinante supone las más de las veces una especie de “segunda fatalidad” que en lugar de promover la libertad política nos insta a adaptarnos a la necesidad establecida. Antes uno podía nacer esclavo, hoy, gracias al progreso de la “sociedad de las oportunidades” podemos adaptarnos flexiblemente a la esclavitud...

Con respecto al artículo de MacIntyre, autor de "Tras la virtud", Nagel critica con contundencia las pseudoteorías antilustradas del mencionado autor, uno de los lamentables paladines de la teología política culturalista de nuevo cuño denominada comunitarismo. ¿Por qué digo lamentables? Porque denigran la noble asunción cognitiva y ética de la universalidad racional y la apertura a lo desconocido, es decir, a la comprensión y a la tolerancia.

Este último punto entronca con la cuestión esencial del segundo libro que reseñamos, "La última palabra". En él, el profesor Thomas Nagel desarrolla en varios capítulos una defensa argumentativamente eficaz de la lógica racional y moral contra las diversas teorías que hoy quieren reducirla al cientificismo, relativismo, particularismo, etcétera. El alegato kantiano de Nagel está nimbado de angustia, porque tiene el coraje y la honestidad de situarse en el filo de esa navaja que quiere acabar con la razón dado que Dios ha muerto... Pero si Dios está felizmente enterrado, y la razón humana felizmente despojada de todo providencialismo, ¿cómo es posible esta especie de suicidio racional que las teorías mencionadas pretenden llevar a cabo, sometiéndose voluntariamente al ordenador, a la empresa o al tirano de turno? Quizá se deba, como sugiere Nagel, a la pereza intelectual dominante en nuestros días, que está arrinconando el desafío al que, en cambio, nos invita Nagel con estas vívidas palabras: “Una vez que entramos en el mundo para nuestra estadía temporaria en él, no hay otra alternativa más que intentar decidir en qué creer y cómo vivir, y la única manera de hacerlo es intentando decidir qué es cierto y qué es correcto”.

Ximo Brotons

Entrevista al antropólogo Marc Augé (publicada en "Lateral", año 1998)

LAS PARADOJAS DE LA SOBREMODERNIDAD

Marc Augé es un antropólogo reconocido mundialmente y profesor de etnología en París. En los últimos años ha realizado diversos estudios antropológicos de nuestra cotidianidad, recogidos en libros como "Los no lugares" o "La guerra de los sueños". La conversación discurrió en Barcelona justamente en el día del 258º aniversario del nacimiento del inventor de las entrevistas, James Boswell.

P-Usted ha convivido con tribus de África y de América, y también ha profundizado en la antropología de la modernidad visitando lugares como el metro de París o Disneylandia. Habla de antropología generalizada.
R-Sí, hablo de antropología generalizada porque he intentado alargar, ampliar la mirada; porque me parece que éste es el contexto de nuestra vida, que ha cambiado. No he trabajado primero en África y en América Latina y después en la cotidianidad de nuestro mundo más familiar. Cuando trabajé en el metro, era a la vez el indígena y el etnólogo.

P-Al referirse a la “sobremodernidad” señala que lo realmente nuevo es la sensación constante de tener que dar sentido a nuestra vida. ¿Es la sobremodernidad una historización tal del presente que termina anulándolo?
R-Sí, es la paradoja de nuestros días. Hablo de sobremodernidad porque observo una aceleración de todos los factores constitutivos de la modernidad, del siglo XVIII y XIX. Tenemos una relación nueva con los espacios del planeta, y una individualización nueva, también. Conocemos tantos acontecimientos a través de la televisión, y de los medios informativos en general, que tenemos la sensación de estar dentro de la Historia sin poder controlarla. Es decir, se desarrolla a la vez una ideología del presente –porque el pasado se va muy rápidamente y el futuro no se imagina-, y este presente está siempre cambiando.

P-Parece que en la actualidad todo sea histórico: cualquier pueblo es capital de la gastronomía, de la cerámica o de lo que sea, como si todo rasgo distintivo sirviese para pretender ser un estado en minúscula.
R-Sí, es otra paradoja. Se habla de globalización, pero también hay miles de afirmaciones singulares, particulares. Tenemos que reflexionar sobre ello, porque se trata del mismo fenómeno. Cuando un pueblo quiere convertirse en capital de algo, adopta todos los estereotipos de la planetarización. Existe una crisis de identidad, incluso de identidad local, en la medida en que se hace difícil pensar la relación con los otros. Y esta singularización de los pequeños espacios es sólo un aspecto de dicho fenómeno.

P-Otro rasgo de la sobremodernidad es lo que usted denomina la “ficcionalización” de la realidad, que nos aboca a una soledad ajena a la libertad. ¿Esta ficcionalización anula nuestra capacidad creativa?
R-Sí, podemos tener miedo. Cuando hay demasiadas imágenes, se pierde la imaginación.

P-Otra paradoja.
R-Sí, pero sólo en parte. Cuando hay demasiadas imágenes, no podemos ver otra cosa que imágenes, mientras que la imaginación individual necesita a la vez un imaginario colectivo, como son los mitos, y un imaginario de creación, como las obras individuales artísticas, intelectuales, etc. Si los mitos desapareciesen –o se hicieran menos visibles-, y además dejaran de existir autores y obras y sólo hubiera productos de entertainment, tendríamos un problema para el imaginario individual, que se nutre de los otros imaginarios.

P-Decía Benjamin que necesitamos al narrador de la experiencia, su consejo. Usted afirma que gracias a esta narración, que se sabe ficticia, “los hombres se liberan de la obsesión de la muerte”. Es una idea liberadora de la creación, de la literatura incluso como paideia.
R-Lo que llama la atención es que todo arte es social; es decir, cada escritor necesita lectores, cada artista necesita que su obra sea conocida o vista por lo menos por una persona. Crear una obra es llamar la atención de los otros. Esto me parece social. Por tanto, a través del arte puede existir una relación humana, lo que nos alejaría de la idea de la muerte.

P-Usted comenta que la ficcionalización lo convierte todo en espectáculo, y lo ejemplifica con el turismo: “como si la posición de espectador constituyese lo esencial del espectáculo, como si en definitiva, el espectador en posición de espectador fuese para sí mismo su propio espectáculo”.
R-Esto se hace evidente en muchos lugares con el espectáculo del turismo. Forma parte del mismo espectáculo el que vaya más gente a mirar. Si no hubiese nadie, sería espantoso. Además, en general, a los turistas no les gusta estar solos. Si en un lugar no hay nadie, se dice: “¡Uuuh!”. Incluso cuando vamos muy lejos necesitamos seguridad, y la presencia de otros turistas proporciona seguridad. Es como estar fuera sin salir de nuestra propia casa. Desde este punto de vista, los americanos son terribles: incluso se niegan a comer si la comida les parece un poco peligrosa. ¡Menos mal que hay McDonald´s en todo el mundo y se puede viajar con seguridad!

P-Ha alertado también contra el empobrecimiento del lenguaje que implica esta invasión de imágenes.
R-La palabra “comunicación” es reciente. En un sentido técnico fue una noción ligada al estructuralismo. En su período estructuralista, Roland Barthes escribió en la revista francesa Comunicación sobre la desaparición del sujeto y el hecho de que todos los textos son mensajes que se pueden descodificar. Después se ha utilizado en un sentido más común: “hay que comunicar”. Hay que comunicar... ¡porque ya no se habla! La comunicación por ordenador utiliza el lenguaje, pero a otro nivel. Se podría decir que la comunicación es como un lenguaje menos simbólico, con menos elementos compartidos, con menos preguntas y respuestas. No es una creación. Solamente nos comunicamos para decir “yo soy así”, y el otro contesta: “yo soy como yo soy y tal”; mientras que en el lenguaje aparece una creación, algo que surge a través de la relación. La comunicación es únicamente transmisión de indicaciones. Se habla de técnicas de comunicación, pero la mediación social que permite el intercambio de las palabras se debilita con dichas técnicas.

P-Hemos hablado de la paradoja que supone la coexistencia de la homogeneización del mundo y el auge de los nacionalismos o particularismos. ¿Se podría decir que la virtualización olvida que el individuo no es nada sin lo social y que la petrificación olvida que la sociedad no es nada sin lo individual?
R-Sí, sí, es precisamente eso; no lo podría decir mejor. Ésta es la gran, gran paradoja de nuestro tiempo. La observación antropológica permite desarrollar esta idea. La etnología tiene como objetivo final la relación entre lo individual y lo social, y viceversa. Una relación que debe ser simbólica, pensable y que, por tanto, necesita el lenguaje y no sólo la comunicación; y que también tiene que ser instituida, expresada a través de la familia, las clases de edad, el Estado, etc.

P-Comenta incluso que el objeto de la etnología es la alteridad, pero la alteridad “íntima y esencial” de cada uno.
R-Sí, por lo menos en dos sentidos, porque en casi todas las culturas del mundo hay reflexiones sobre la definición de la identidad individual. Generalmente, la persona individual es siempre pensada como un complejo, una totalidad con elementos distintos.

P-La pluralidad del yo.
R-Sí, esta pluralidad del yo está construida en determinadas culturas y vincula el psicoanálisis con la antropología. Esta última proporciona al psicoanálisis ejemplos de cómo otras culturas han imaginado la pluralidad del yo, que no se piensa sino a través de una cierta idea de la filiación, de la transmisión y, finalmente, de la simbolización.

P-Incluso nosotros somos otros. Me atrevo a decir que ésta puede ser una pequeña lección para apaciguar un poco estas ansias de buscar una identidad única o cerrada.
R-Sí, esta fórmula Je est un autre –que fue de Rimbaud y después de Lacan- podrían haberla suscrito múltiples culturas, casi todas.

P-Para hacer frente a la sobremodernidad, usted propone una moral de la resistencia. En "Las formas del olvido" recomienda el olvido como una forma de volver a este presente, en lugar del presente historizado.
R-Hoy se habla mucho del deber de recordar, pero esa obligación de recordar sólo es necesaria para quienes no han sufrido la historia que deben recordar. La gente que ha vivido esa historia tiene que olvidar, por lo menos provisionalmente, para sobrevivir. Por otra parte, la memoria está hecha de olvidos, no se puede recordar algo sin olvidar otras cosas. En todas las culturas que los etnólogos han estudiado, el binomio memoria/ olvido tiene un papel fundamental. Es una manera de ocuparse lateralmente del tema de la individualización, de la relación con los otros y de la filiación, de la inscripción dentro de la historia. Cada día olvidamos muchas cosas y de vez en cuando las recordamos porque la televisión habla de nuevo de ellas. Por ejemplo, si se habla de la Guerra del Golfo, nos preguntamos: “¿Cuándo fue? No recuerdo...”, pero de repente aparecen en televisión imágenes de la guerra del Golfo y decimos: “Ah, sí”. Luego ocurre algo en Sudán, y otra vez todos: “¡Guerra, guerra, guerra!”. De repente no hay más noticias de Sudán, ya está. Así vivimos. Creo que se trata del mismo problema que las imágenes y la comunicación, pero desde otro punto de vista.

P-Usted que ha vivido y ha viajado por casi todo el planeta, ¿cree que es posible, en un mundo superpoblado, sostener un ideal de civilización que no sea ni excluyente (etnocéntrico) ni relativista (posmoderno)?
R-Es una pregunta difícil... Me parece que hay un elemento común que se sitúa en esta necesidad de entablar relaciones, de esta actividad simbólica que es necesaria porque con ella aparecen formas de socialidad. Por otra parte sabemos muy bien que necesitamos a la vez la afirmación según la cual todos los hombres comparten algo, o sea, que todos los seres humanos somos seres humanos y que, sin embargo, también existen diferencias históricas, culturales, etc. En tercer lugar, sabemos también que no hay libertad sin libertad individual, es decir, que un individuo no se puede definir a través de su cultura solamente como portador de la misma, como sujeto a unas obligaciones ligadas a la religión, al comportamiento, etc. Esto me parece incompatible con la idea de libertad del individuo, que es más importante que la pertenencia a una cultura. Aunque también se puede decir, desde otro punto de vista, que no hay libertad sin un mínimo de identidad: es el viejo debate entre libertad real y libertad formal de los marxistas... Pero si enfatizamos la libertad individual, la realidad de las diferencias culturales y el hecho de que compartimos valores y problemas comunes... Tenemos tres exigencias, que están en tensión, pero que debemos tener en cuenta. Y es una cuestión política en sentido amplio...

P-Donde más explícita se da la sobremodernidad es en los espacios que llama no lugares: centros comerciales, autopistas, aereopuertos, parques temáticos, etc.
R-Me parece que la noción de lugar/ no lugar (pues es un binomio) tiene una significación social, se refiere a si es posible la relación social dentro de un espacio. Es una cuestión compleja porque en nuestro mundo, hoy en día, hay muchos lugares de comunicación, de circulación, etc., que son espacios donde resulta demasiado difícil crear lugares.

P-Usted escribe que “En cierto modo, el usuario del no lugar siempre está obligado a probar su inocencia”. Y añade que en estos no lugares “no hay individualización sin control de identidad”.
R-No hay personas que se ocupen directamente de estos espacios, sino pantallas y cámaras que observan. Estamos en un espacio controlado, pero como seres anónimos. La expresión francesa non lieu permite jugar con las palabras, porque cuando el juez dicta sentencia dice non lieu (“no ha lugar”) a la culpabilidad. Una vez pasamos la frontera y hemos probado nuestra identidad no necesitamos ya identidad (en un avión, por ejemplo). Este non lieu es un paréntesis durante el que tenemos una sensación de inocencia colectiva. Pero es una ilusión, porque a la entrada y a la salida de este paréntesis hay que retomar nuestra identidad. Se ve ahora en el metro, donde hay controles de identidad para buscar trabajadores clandestinos, y de vez en cuando la policía nos pregunta sobre nuestra identidad. Estamos en un espacio muy particular.

P-¿Corre peligro el Estado de convertirse en un no lugar? Usted cita un cartel que anuncia: “El Estado trabaja para mejorar sus condiciones de vida”, como si el Estado no fuéramos todos nosotros. Me acuerdo también de la pregunta acerca de si el presidente de Estados Unidos existe realmente.
R-El problema del Estado es el problema del poder. Lo que existe de manera espacial es el poder. La cuestión es saber si instituciones como la Casa Blanca son lugares públicos, es decir, si pueden simbolizar las relaciones que configuran una nación o un Estado, en el sentido de que todos juntos somos un Estado. Esto tiene que ver con la posibilidad de socialización o no de esos lugares. Es como una bandera, de la que se dice que es el símbolo de la patria. Una bandera no puede ser el símbolo de una patria si no hay gente que se reconozca a través de ella. Se trata de la dimensión horizontal, lateral si prefiere, del símbolo, que es necesaria a su definición como símbolo vertical. Cuando Francia ganó el Mundial de fútbol, la gente dejó la televisión y salió a los Campos Elíseos, que por una vez fueron un espacio público. Las personas tenían necesidad de saludarse. Fue un hecho de integración, muy provisional, pero el espacio público apareció como realmente público, es decir, con relaciones, lo que no es cotidianamente.

P-En este sentido usted reivindica la ciudad como lugar de cruce, de encuentro con lo desconocido. Y vincula la sociabilidad de una ciudad con su dimensión imaginaria.
R-Es una manera poética de hablar. La ciudad es un lugar donde se puede encontrar a otros. La ciudad no sería un lugar social sin este aspecto creativo, y viceversa. Hablar de la ciudad como lugar de encuentro es una manera metafórica o poética de hablar de la ciudad como lugar social, donde las relaciones ya existen, y cuando las relaciones ya existen, sí es posible que se creen otras.

P-Reivindica también la política como mediación humana frente a la mediación inhumana de los no lugares. ¿Se trata de política en el sentido noble de la palabra, casi como sinónimo de educación?
R-Sí, se trata finalmente de tomar la palabra polis literalmente. Es siempre un ideal, pero un ideal que es la razón misma de toda actividad política. Hoy en día, cuando las ciudades no son solamente las ciudades históricas sino también los filamentos urbanos, todo el tejido intersticial que se extiende inmensamente, cuando la mitad de la humanidad vive en ciudades, y las tres cuartas partes en Europa, hablar de la ciudad es hablar del planeta. Y hay que imaginar todos los comportamientos políticos que pueden remodelar, resimbolizar, estos nuevos espacios.

Bibliografía de Marc Augé: Las formas del olvido (1998), El viaje imposible (1998), La guerra de los sueños (1998), Dios como objeto (1996), traducidos por Alberto L. Bixio. Los no lugares, trad. Margarita N. Mizraji (1993). Todos ellos publicados por la editorial Gedisa, Barcelona.

Cuento: "La maldición de la Sagrada Familia"

Para Alejo Zúñiga

LA MALDICIÓN DE “LA SAGRADA FAMILIA”

Los días que siguieron a la Nochevieja del nuevo milenio fueron días difíciles para mí. Durante los últimos meses de aquel año trabajé en la biblioteca-museo de mi pueblo, una pequeña ciudad de provincias situada al borde del mar. Los acontecimientos que voy a relatar y que precipitaron el abandono inmediato de las tareas que llevaba a cabo en dicha institución son del todo ciertos. Pero no puedo dar demasiadas referencias exactas de lo sucedido durante los días en que por primera vez conocí el horror.

Estaba acabando la carrera de Biblioteconomía. Tenía unos veintitantos años, era guapo y alto, no faltaban las chicas a las que en los pasillos de la facultad hacía brillar los ojos, cuando con los amigos íbamos al bar, donde charlábamos, tomábamos algo y jugábamos a las cartas en los ratos libres. Eran tiempos felices.

Una soleada mañana de octubre el director de la biblioteca vino a la universidad para contratar alumnos que pudiesen ayudar en las tareas de la institución. El grupo de mis amigos fue el elegido. Inmediatamente empezamos a colaborar, percibiendo por nuestra labor un sueldo pequeño. Yo estaba contentísimo. Mi tarea consistía en trasladar paquetes de un edificio a otro, debido a las reformas que se estaban llevando a cabo en ellos. Al principio, cuando éramos unos cuatro o cinco, todo fue bien. Nos compenetrábamos a la perfección en nuestras respectivas labores, en un ambiente de grata jovialidad. Para nosotros sólo era un período de prácticas que nos iría muy bien a la hora de aprobar el curso. ¡Qué divertido poder aprender los trucos de nuestro futuro oficio en compañía de compañeros cuyas continuas bromas mitigaban las penalidades propias del trabajo!

Pronto fui el único de todo el grupo en ser contratado por algunos meses más, dado mi buen expediente académico. La alegría en la biblioteca fue decayendo, la labor solitaria se hacía lenta y pesada, las horas tardaban más en transcurrir; el otoño se hizo nostálgico y el pequeño jardín del recinto se pobló en seguida de hojarasca ocre y pálida. En mi interior, sin embargo, estaba contento porque tendría un sueldo y podría empezar a valerme por mí mismo en la esfera económica de mi vida.

Aunque el frío empezaba a apretar, todo se podía soportar con la ayuda de una máquina de cafés situada en la entrada del edificio principal. El recinto, rodeado por un muro no muy alto y verjas de hierro negras situadas en cada uno de sus cuatro costados, también albergaba una casa anexa donde se podía contemplar una permanente exposición de pintura. Allí iba en los períodos de descanso de mi trabajo, y me detenía maravillado frente al pequeño greco que presidía la sala, un bonito tapiz de colores chillones, verdes, amarillos, con figuras estilizadas, casi evaporadas, manchadas con un tenue rojo desfalleciente, pero sin embargo vivísimo. Alguna vez vinieron de visita mis antiguos compañeros.

En uno de estos encuentros, ya en el mes de noviembre, fuimos a apreciar los tesoros artísticos que en otro tiempo habían estado bajo nuestra vigilancia. Como era de rigor, nos fijamos mucho en ese cuadro del Greco titulado “La Sagrada Familia”. La luz angelical que desprendía la pintura parecía tornarse, con nuestras miradas, en una luz luciferina, amenazante... Al salir del edificio, nos pareció oír un extraño ruido, como si alguien cerrase la puerta de un golpe seco. Nos miramos sorprendidos, pero no le dimos más importancia.

(ilustración del cuadro)

Los primeros días de mi labor solitaria cambié el traslado de paquetes por el teclado del ordenador, en el que introducía todos los datos correspondientes a los volúmenes que la biblioteca iba adquiriendo. En ella trabajaban el director, una vieja dama que ejercía como secretaria - seria, eficiente y discreta- y un hombre bonachón y bigotudo que ya era veterano en la institución. Yo formaba parte de esta plantilla: un grupo muy unido, pero en el cual se mantenía escrupulosamente la jerarquía en función de la edad y la experiencia.

Un día de mediados de diciembre, miércoles, sucedió el primer acontecimiento de una serie de fenómenos que iba a precipitar el abandono de mis tareas y el cierre inmediato por un período indefinido de la biblioteca. Iba yo caminando por uno de los pasillos de la sala donde se almacenaban los libros cuando, de repente, uno de ellos cayó al suelo. Se llamaba "Un pintor heterodoxo". Estaba encuadernado con una reproducción de un greco, en vivos colores, y se trataba de una biografía del pintor griego de Toledo. Cuando lo fui a recoger tuve la sensación de que la copia pictórica de la portada se movía, desplazando las figuras alargadas del cuadro y transformando sus rostros en una gavilla de muecas. Pero mi asombro aumentó cuando abrí el libro y me encontré con una reproducción de la cara misma del pintor: me dio la impresión de que sus ojos me miraban, como si estuvieran aún vivos, en tono de súplica. Asustado, cerré el volumen y lo coloqué apresuradamente en su lugar.

Todo había sucedido en unos pocos segundos. La reproducción de la portada era exactamente la del cuadro “La Sagrada Familia”, el mismo que mis amigos y yo habíamos contemplado días antes y que sin duda representaba el orgullo de la institución. En seguida atravesé el pasillo que conducía a la salida de la sala y me dirigí al despacho donde trabajaban la secretaria y el director. Les comenté a ambos que debían de reformarse los estantes de las librerías, porque algunos se caían debido a la cantidad de volúmenes almacenados. No dije nada de lo sucedido, aunque mi expresión era de un vago horror, y mi voz me salió estremecida. No obstante, les pregunté a ambos si conocían el libro cuyos colores había visto brillar como si saliesen de una pantalla de televisión, y cuya portada parecía tener vida propia, dando a la reproducción del cuadro un relieve móvil e inverosímil. Me contestaron los dos al unísono con una negativa, seca y definitiva. Acto seguido, les di las gracias y me marché.

Volví a sentarme en mi silla, en un rincón de la sala donde algunos becarios investigaban y preparaban sus tesis doctorales, para seguir con mi tarea de archivar en el ordenador las adquisiciones recientes de la institución. Pero la inquietud me impedía concentrarme y regresé a la sala de los libros. Cuando crucé el pasillo que dividía los estantes, de uno de los cuales había caído el volumen "Un pintor heterodoxo", sentí un escalofrío indecible, pues me pareció que detrás de mí alguien o algo me seguía los pasos. Entonces dirigí mi mirada, temerosa y rápida, al lugar donde había acabado de dejar ese libro diabólico. Cuál fue mi asombro y mi inaudito miedo cuando vi que el libro no estaba. Recuerdo que sólo pude respirar con normalidad unos segundos más tarde, cuando con el objeto instintivo de confirmar que había desaparecido puse la mano en el hueco provocado por su ausencia. Pero entonces un frío mortal empezó a envolver todo mi cuerpo....

Volví a casa preocupado, y aquella noche no pude dormir.

Hasta después de Navidad no volvió a ocurrir ningún otro suceso extraño. Del libro nada se supo, pues nadie lo reclamó ni la secretaria ni el director se dieron cuenta o no se quisieron dar cuenta de su desaparición. Al parecer, nadie sabía nada de esa rara biografía. Por lo que podía recordar, se trataba de un viejo volumen de tapas duras, probablemente fechado a principios del siglo XX, aunque no lo puedo asegurar.

Ya entrado el nuevo año los árboles del jardín del recinto bibliotecario se erguían altivos y solitarios. Los rayos de sol cruzaban los ventanales del edificio de paredes rojizas, haciendo que múltiples motas de polvo pululasen frente a mí mientras estaba sentado delante del ordenador. Yo seguía introduciendo datos y más datos, archivando el voluminoso almacén de libros de que disponía la insigne institución. Aquel día había invitado a una amiga de la infancia a ver el formidable catálogo pictórico que el viejo edificio anexo guardaba entre sus paredes. Era una noble casa de estilo neoclásico que antaño había servido de residencia de las autoridades de la villa. En ella se habían logrado reunir algunos cuadros de valor incalculable, que muy pocas personas dirían que se podían hallar en esa pequeña ciudad de provincias. En especial, entre algunas telas de pintores flamencos, pintura neogótica y cuadros impresionistas –recuerdo con cariño uno situado en una esquina que representaba a una chica joven en un balcón bajo una fina lluvia-, destacaba naturalmente el famoso greco conocido como “La Sagrada Familia”.

Mi amiga llegó a la hora del almuerzo, como habíamos quedado, dispuesta a que yo le enseñase mis conocimientos en historia del arte. Cuando entramos en la sala, las luces estaban apagadas, lo que no era habitual. Fui directo al interruptor principal, diciéndole que en seguida íbamos a ver una pequeña joya del Greco. Pero al hacerse la luz y acompañarla frente al cuadro con cuidado noté que mi amiga mudaba el rostro en una expresión súbita de temor. Se hizo atrás:

-¿Qué te ocurre? –le pregunté. No me contestó, se tapó la cara con los ojos y dio la espalda al cuadro.

Volví a acercarme con cautela, pues recordaba perfectamente la extraña luz que desprendía la pintura el día que mis amigos y yo quisimos saborearla con la vista, así como la sensación de viveza monstruosa que en la abandonada sala de los libros había sentido yo al toparme con aquella rara biografía del pintor griego. Entonces giré la vista hacia el cuadro. Pero no pude notar nada igual a lo de aquella vez: se trataba simplemente de la misma pintura de siempre con los mismos colores y figuras de siempre.... De manera que cogí del brazo a mi invitada y fuimos a tomar una tila a uno de los cafés cercanos; ella se calmaría y me explicaría por qué estaba temblando.

Apenas pudo balbucear cuatro palabras con sentido. La luz, los ojos de los personajes, “que se movían y me miraban”, muecas grotescas, una sensación de amenaza... Intenté tranquilizarla, pero en el fondo estaba más nervioso que ella y recordé de nuevo el libro desaparecido. Ella siguió hablando: “Ha sido sólo un momento, sólo un momento, pero me he sentido amenazada por esas miradas, por esas figuras que parecían querer salir del cuadro y envolverme hasta la asfixia...”. Pagué la consumición y salimos del establecimiento. “Creo que no voy a volver más”, me dijo entre tímidas sonrisas.

Yo también sonreí, sin demasiada convicción. Le dije que se recuperaría y que a veces ocurrían estas cosas con el arte... A veces, a fuerza de fijarnos demasiado, de querer apreciar demasiado los detalles, vemos cosas que no existen, producto de un exceso de imaginación. Pero ella insistió en que no se trataba de ninguna fantasía, repitió que realmente había sentido, cerca de su cuerpo, la presencia ominosa de las figuras que formaban “La Sagrada Familia”. “El arte no es lo mío”, suspiró, esta vez con rotunda firmeza.

Por supuesto, no comenté nada de lo ocurrido al director ni a la secretaria. Sin embargo, necesitaba desahogarme y charlar con alguien sobre estos sucesos extraños. Al día siguiente, cuando fui a tomar un café de la máquina ubicada en la entrada del edificio donde trabajaba, me topé con Ricardo, el bigotudo y bonachón hombre-para-todo de la biblioteca. Subrepticiamente empecé conversando sobre lo hermoso que estaba el jardín, que él cuidaba con esmero, y lo lleno de gatos que estaba uno de los rincones del recinto. Ricardó se rió con toda su humanidad y prometió limpiar de maleza aquella esquina, “que huele mal por culpa de los orines de esos malditos bichos”, espetó. Entonces aproveché para comentarle que mi paso por la biblioteca me iba a reportar un gran prestigio, habida cuenta de que contaba con un cuadro de uno de los grandes pintores de la historia del arte. Ricardo no era un hombre de letras, pero sentía por ese greco un amor especial, según me confesó. Tantos años a su lado... De repente bajó la voz, miró a sus lados y acercándose a mí con su café en la mano me susurró:

-Ese cuadro, amigo mío, ese cuadro...

-Ese cuadro, ¿qué, Ricardo?- le repuse con impaciencia.

-Chico- me miró con seriedad, tras haberse separado unos centrímetros-, sólo te diré una cosa: no te acerques demasiado a él. Ya tienen razón los que cuidan los museos importantes, ellos marcan una línea delante de las obras que no se puede cruzar, establecen una distancia prudente-. Casi con los ojos cerrados Ricardo siguió parloteando. –No, nunca se sabe qué puede salir de una cosa que tiene casi 500 años de vida, ja, ja.- Entonces hubo un silencio, que yo no interrumpí. Cavilaba qué era lo que Ricardo me estaba insinuando; sólo me quedaba la esperanza de que Ricardo echase un poco de luz a ese cada vez más espantoso misterio. Pero Ricardo se giró cuando yo ya iba a inundarle de preguntas y a contarle lo del libro desaparecido. Antes de dejar la salita de la máquina de cafés, como si ya estuviese faenando, exclamó.

-¡Muchacho, hazme caso y no te metas en problemas! ¡Te lo dice alguien que lleva casi 25 años entre estas paredes! ¡El arte, el arte! ¡Ja, ja!

Volví a mi ordenador y a mi ventana y en seguida me puse a trabajar. Entonces sonó el teléfono. Era la madre de Ana, mi amiga. Entre sollozos me comunicó que su hija había pasado una mala noche asfixiada de miedo, y que, entre aullidos y convulsiones, estaba ahora completamente enloquecida. “¿Cómo?”, pregunté sobresaltado. Al parecer, aquella noche Ana se había acostado angustiada “por algo que había visto en la biblioteca”, pero esa angustia se había ido transformando, ya dormida, en un pánico enloquecedor. Cuando los familiares se despertaron por los gritos de su hija y corrieron a su habitación, Ana ya estaba completamente trastornada, murmurando palabras sin sentido en un idioma irreconocible. La llevaron entre gemidos y lamentos al hospital y tras sedarla, se durmió con el rostro pálido y descompuesto.

Cuando colgué el auricular, luego de haberle mostrado a la madre de Ana mi sopresa y mi dolor, sin comentarle nada de lo acaecido la mañana anterior, corrí a ver a Ricardo, que en aquellos momentos cuidaba del jardín, como pude comprobar al correr la cortina de terciopelo verde botella que resguardaba la ventana bajo la que trabajaba con el ordenador. El buen hombre regaba feliz el escueto rosal que se levantaba en el parterre central; al acercarme a él, uno de los gatos, de horripilantes ojos amarillentos, se cruzó en mi camino y, aunque suene imposible, pareció sonreírme maliciosamente. No tenía tiempo de asustarme más de lo que ya lo estaba, pero desde luego todo empezaba a desmoronarse a mi alrededor. El director y la secretaria habían ido ese día a la capital por asuntos relacionados con algunos documentos antiguos que la biblioteca estaba dispuesta a adquirir. Solos Ricardo y yo, la atmósfera del recinto que albergaba los dos edificios de la biblioteca, el rojizo donde se trabajaba y se estudiaba y el neoclásico donde se podían visitar las pinturas, era opresiva y gris. Una de las verjas de la parte posterior del jardín chirriaba de vez en cuando: una corriente de aire invernal soplaba desde allí. Los muros, poblados de hiedras y arbustos, nos resguardaban de esta gélida galerna. Cuatro bancos de piedra colocados alrededor del parterre central que Ricardo estaba regando ofrecían un aspecto desolador.

-¡Hola muchacho!- me saludó el bigotudo y bonachón hombre-para-todo. -¿Cómo va ese ordenador? Ya le comenté al director que haría falta adquirir algunas piezas más. ¡No paramos de recibir más y más libros! ¿Quién los va a leer? ¿A quién le interesan todas esas antiguallas cuando se pueden consultar en Internet? ¡Mi hijo me dice que cambie de trabajo!, ¿pero has visto qué bien estoy aquí?

-Ricardo, aquello que antes me has comentado en la máquina de café... –empecé titubeando, pero con la intención firme de que me aclarase ese misterio que con el transtorno de mi amiga amenazaba con enloquecerme a mí también por completo.

-No sé nada, amigo-, me cortó secamente.

-Pero antes has dicho...- continué yo casi suplicandóle.

Ricardo había notado el sudor frío que impregnaba todo mi cuerpo, y en un gesto digno de su bonhomía dejó la manguera que regaba las flores y me acompañó de nuevo a la entrada principal, en cuya esquina se encontraba la máquina expendedora de café. Allí, más tranquilo, escuché un breve relato bajo la promesa de no contarle nada a nadie nunca jamás lo que estaba oyendo. Ricardo empezó recordando sus primeros años en la biblioteca, pero dado mi estado febril y la apremiante mirada de mis ojos fue directo al grano. “Bueno, hijo, ese cuadro de ese pintor famoso, yo creo que tiene una maldición o algo por el estilo”. Ricardo me comentó que uno de los directores murió enloquecido tras haber pasado la noche gritando "Ocerg, ocerg"... “Ocerg es Greco al revés: no sé como lo llamáis a esto vosotros los eruditos...”, subrayó. Me explicó que otros empleados, especialmente los que tenían a su cargo trabajos relacionados con esa diabólica pintura, dimitieron o pidieron la baja por extenuación física, dolores, trastornos psíquicos y cosas así. Algunos de ellos comentaron, antes de abandonar este empleo, que el lugar de “La Sagrada Familia”, ese cuadro tan importante, no era esta pequeña ciudad de provincias sin seguridad ni gente que apreciase el arte. Uno de ellos le comentó, confidencialmente, que una noche que se había quedado hasta tarde preparando el catálogo de uan exposición, el personaje principal del cuadro (Santa Ana, según he oído) le había hablado desde la tela en un extraño lenguaje, que él no había comprendido pero cuyo tono le conminaba a abandonar ese lugar antes de que le ocurriese algo. En un arrebato de fantasía caprichosa le confesó a Ricardo, entre risas entrecortadas por el miedo y la histeria, que él pensaba que se trataba de la venganza del cuadro por haber sido desplazado desde el museo de la capital a este pequeño museo de una biblioteca en la que no pintaba nada. Sólo era una hipótesis entre otras, porque según parece Manuel, otro de los que acabaron medio locos, encontró un libro en la estantería principal titulado Un pintor heterodoxo en el que se relataba la historia de ese cuadro, afectada por lo visto por alguna vieja maldición relacionada con insólitas leyendas de la isla de Creta, lugar de nacimiento, como se sabe, del pintor de Toledo.

-Esto es todo lo que sé, muchacho, y espero por tu bien que no se lo cuentes a nadie, ni te acerques a esa pintura tan célebre, pero tan poca apreciada. Es verdad, deberíamos poner ese cuadro dentro de un marco de cristal y colgarlo a dos metros de distancia del poco público que viene... Pero este es un lugar tranquilo, chico, y así tiene que continuar siéndolo- Ricardo apuró su cigarrillo, me miró con cariño y vaga comprensión, me instó a seguir con mis asuntos y se fue otra vez a regar el parterre central en el que sobresalía el escueto y espinoso rosal.

A la mañana siguiente, acudí puntual a mi cita con el archivo electrónico de la biblioteca. La noche anterior había quedado con los compañeros de la universidad para tomar algo después de visitar en el hospital a nuestra amiga, que seguía sedada. Nadie me preguntó sobre su visita matinal ni yo dije nada al respecto. Sin embargo, los detalles que me hizo saber Ricardo bullían aún en mi cabeza y, como quien dice algo de pasada en una conversación trivial, pregunté a uno de mis compañeros qué es lo que conocía de la vida y obra del Greco. Este amigo mío era un gran amante del arte y, pese a su juventud, había visitado los mejores museos del mundo. Empezó a relatar los consabidos hechos que nos explican en la escuela, subrayó el carácter heterodoxo y sincrético de su pintura, se mostró admirado por su uso del color, y sobre todo remarcó la estilización en la composición de sus figuras, expresión quizá del asombro humano, no exento de horror, ante la inmensidad divina. Entonces soltó una carcajada y, dirigiéndose al resto de los contertulios, exclamó: “La inmensidad diabólica, más bien...”. Todos le secundaron la broma, todos menos yo. Yo estaba más furiosamente perplejo que otra cosa. Y furioso le pregunté: “¿Sabes algo del cuadro `La Sagrada Familia¨, el mismo que tenemos en nuestro museo?”. Sorprendido y vacilante me contestó: “Bueno, creo que dicen que el Greco lo pintó copiándolo de un autor cretense”; entonces respiró y bajando el tono de voz musitó con algo de burla: “En fin, hay alguna leyenda negra sobre ese cuadro, pues al parecer el Greco cometió sacrilegio contra la religión ortodoxa al copiar flagrantemente una obra sagrada que él debió de ver en algún templo pequeño y remoto de su isla... ¡Pero quién va a creerse esas tonterías, ¿eh?!”. No dijo más, todos asintieron y yo me sentí confuso e inquieto, invadido por lúgubres presagios.

De manera que a la mañana siguiente, en aquel enero soleado y terrible, cuando ya llevaba un buen rato tecleando cansinamente delante del ordenador, me excusé ante el director y con el pretexto de ir al lavabo me escabullí dentro de la sala donde se guardaban los libros. Todo estaba igual de tranquilo y apacible como siempre; en los estantes se amontonaban ordenadamente los volúmenes, y una débil luz artificial brillaba en la mesita donde éstos podían ser consultados por los becarios. Allí me dirigí, extrañamente nervioso, mirando de reojo mientras cruzaba el pasillo central que dividía las estanterías. En una de estas fugaces miradas me di cuenta de que el libro "Un pintor heterodoxo" volvía a estar en su sitio. Aterrorizado, lo cogí y avancé con pasos cortos y rápidos por el resto del pasillo hasta sentarme en la mesita donde la vieja lámpara resplandecía con su cansada luz. Al abrir cuidadosamente el volumen sentí un estremecedor hálito en mi nuca. Me giré instintivamente, pero allí no había nadie. Al volverme y coger de nuevo el libro una nota manuscrita con letras góticas cayó de su interior. Ponía: “Ocerg, Ocerg”. Evidentemente alguien la había colocado en el libro con el objeto de intimidar o de perpetuar la mala broma de la extraña maldición que según contó mi amigo pesaba sobre ese cuadro y ese pintor. Respiré profundamente y por un momento me sentí inconscientemente feliz, como si todo formase parte de un cuento de hadas. Pero de pronto pensé en Ricardo, quien en aquellos momentos debía de estar limpiando como de costumbre la sala de las pinturas. Lleno de ansia y de preocupación me levanté de un salto y corrí hasta salir al jardín, tras pasar por delante del despacho del director gritando: “¡Ricardo, Ricardo!”.

Al llegar resoplando al edifico neoclásico que guardaba las joyas de tantos artistas noté que la puerta estaba inusualmente cerrada. En el suelo de la breve escalinata de mármol por la que se accedía a la puerta principal había un objeto brillante. Era una cruz diamantina, la cruz de los cristianos ortodoxos. Estaba manchada de sangre. Un “no” ahogado salió de mi interior y reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban trepé hasta una ventana y de una patada logré abrirla. El mismo impulso me hizo caer redondo en el interior de la sala de exposición de los cuadros. Allí, a mi lado, yacía Ricardo, desnucado y con los ojos desorbitados. La sangre que se escurría desde su cráneo herido manchaba el jersey azul con el que casi todos los días acudía a trabajar. Al otro lado de la sala enmoquetada, frente a nosotros, las figuras estilizadas de “La Sagrada Familia” sonrieron durante unos breves segundos y luego volvieron a su estado habitual pictórico. Juro que lo vi; si fue verdad o simplemente una alucinación mía eso ya no lo sabría decir.

De repente oí golpes en la puerta de entrada y giré la cabeza: reconocí por sus gritos al director y a la secretaria, que estaban forcejeando con la puerta, intentando abrirla con las llaves que el director siempre llevaba en el bolsillo de su pantalón. Cuando finalmente ambos entraron en la sala y encendieron las luces, no pude reprimir un amargo sollozo y me desmayé cuan largo era en el frío suelo de la habitación.


Al principio, algunas sospechas del asesinato de Ricardo recayeron sobre mí, pero el director, que conocía la fatal historia de ese cuadro, me defendió de cualquier veleidad acusatoria. Las autoridades municipales, de acuerdo con el Patronato de la biblioteca-museo, decidieron mantener en silencio todo lo relacionado con la muerte de Ricardo y la locura de mi amiga, a condición de que “La Sagrada Familia” abandonase inmediatamente el pequeño museo del pueblo y fuera adquirido por el museo de la capital. Para ello se dieron órdenes de colocarlo a una distancia considerable de la visión del público, y de señalar que su autor era probablemente el Greco, aunque había indicios de que la idea podía haber sido plagiada de algún anónimo mural cretense. Comisarios, artistas, expertos, etcétera preguntaron atónitos por tan inesperada medida. El director se limitó a declarar que, dada su larga experiencia con ese cuadro, era lo más prudente que cabía hacer.

Mis prácticas en la biblioteca finalizaron de inmediato. Algunos días iba a visitar al director, para tratar algunos detalles relacionados con la labor de archivo que hasta entonces había venido desempeñando. De algún modo, aún me sentía implicado en los horribles sucesos que acababan de perturbar la tranquila rutina de la biblioteca. Ésta fue cerrada por un período provisional, con la excusa oficial de que debían finalizar cuanto antes las reformas que se llevaban a cabo.

No pude aclarar nada más sobre el misterio del hermoso cuadro del Greco. En la estantería de la habitación de los libros, seguía pasando el aire por donde tendría que haber estado el volumen "Un pintor heterodoxo"; la última vez que lo vi, lo había tenido entre mis manos. Ese hueco formaba ya parte de mi vida, y era parecido al que yo sentía ahora en mi interior. Así que decidí tomarme unas vacaciones para tratar de hallarle una nueva orientación a mi vida, anímica y profesional. Por un momento pensé en la remota isla de Creta, y en seguir investigando ese extraño caso de “La Sagrada Familia”, pero recapacité, hice caso a mis padres y me fui a Londres. Al regresar de estas vacaciones, sin embargo, seguía aturdido. Una vaga añoranza por los meses transcurridos en la biblioteca pesaba aún sobre mí como una losa. Mi amiga seguía internada en el hospital.

Presentación de "Ensayo sobre el sentido común (dirigido a la multitud democrática)"

Ya publicado, borré del ordenador el manuscrito de este trabajo ambicioso pero primerizo. Lo lamento. Si tuviera que copiar aquí algún capítulo entero, debería reescribirlo otra vez. Así pues, lo único que puedo hacer ahora es copiar el discurso que redacté como guión de la presentación oral del libro. El que quiera más, deberá adquirirlo en los lugares habilitados a tal efecto. Gracias a todos.

ENSAYO SOBRE EL SENTIDO COMÚN (DIRIGIDO A LA MULTITUD DEMOCRÁTICA)
Pedidos a: www.elcepilanansa.com

Presentación en CFO LA PAPERERA, VILANOVA I LA GELTRÚ, noviembre 2003

Ante todo creo que la foto de la portada merece una explicación. Es la foto de Tiananmen. Creo que es de 1989, el mismo año en que cayó el muro de Berlín. Entonces un filósofo americano de nombre Fukuyama declaró el fin de la historia.

Ensayo sobre el sentido común (ESC) es un libro escrito contra ese fin de la historia y el triunfo de la ideología que hay detrás, aunque también es desde luego un libro contra cierto totalitarismo de izquierdas que contribuyó a edificar ese muro, o que en Tiananmen masacró a variados ciudadanos que pedían más libertad política.

Es un libro sobre el sentido común. ¿Qué es el sentido común? Voy a permitirme citar a Antonio Machado: “Nuestra lógica pretende ser la de un pensar poético, heterogeneizante, inventor o descubridor de lo real. Que nuestro propósito sea más o menos irrealizable, en nada amengua la dignidad de nuestro propósito. Mas si éste se lograre algún día, nuestra lógica pasaría a ser la lógica del sentido común”.

Este ESC pretende eso exactamente: ofrecer material teórico para inventar o descubrir otra realidad, otra historia –pero no de una forma determinista como hacen los nacionalismos, del que sabemos mucho, demasiado ya, por aquí-, sino con el fin de pensar las posibilidades que tiene hoy la democracia. Y lo intenta hacer desde esta perspectiva heterogeneizante, poética incluso, a la que alude Machado en su “lógica del sentido común”. Os recomiendo que os leáis su Juan de Mairena...

Bien, así pues, estoy en contra del fin de la historia, o de la historia concebida a la manera nacionalista. Creo que desde finales del siglo XIX, pero especialmente en los últimos 20 años del siglo XX (desde que el Quebec reclama el derecho de autodeterminación), el capitalismo más salvajemente especulador se ha visto acompañado de un peligroso auge del populismo nacionalista, identitario como se dice ahora. Es el caso que a principios de los años 70 el 80% de las transacciones económicas mundiales se hacían sobre cosas y hoy se hacen sobre dinero. Es decir, se hace dinero con el dinero. Y el que sale peor parado de esta globalización corporativista no son las minorías culturales, raciales, etc.. Al contrario estas han sido y son más bien un valor añadido a este tipo de capitalismo. Es el capitalismo temático, en el que la cultura de "costumbres congeladas" juega un papel casi de i+D.

El que sale peor parado es si me permitís barrer para casa el sentido común, entendido como “aquello que nunca falta donde hay seres humanos”, como ha dicho Savater. Hoy no, hoy nos tenemos que identificar no por lo que compartimos, sino por lo que nos diferencia. Y hay todavía quien se opone a la lógica de la guerra desde estos parámetros. Por eso digo que aun en su vertiente basada en la voluntad integradora, la retórica nacionalista de los derechos humanos y de la democracia es eso, retórica de hojalata, en el mejor de los casos es pura metafísica verbal.

Hay pues en el fondo de este libro una mirada retrospectiva al legado del mayo del 68, que fue la revolución de las costumbres que puso sobre el tapete mundial precisamente la liberación de lo minoritario, de lo diferente, etc. Pero ¿qué ocurrió con el feminismo, con el ecologismo, con los movimientos de liberación corporal y otros en general?: ocurrió que queriendo cambiar la vida se olvidaron de la política. Manifestaron causas clásicas de reivindicación, pero dentro de un horizonte no-clásico, es decir, no dentro de horizonte de emancipación, sino de sumisión a esas determinaciones, lo que desactivaba por completo su poder liberador, como ha escrito José Luis Pardo.

Fueron movimientos profundos porque pusieron en cuestión aspectos antropológicos del ser humano, como la familia, etc., pero por su misma base teórica y por dispersión coyuntural fueron movimientos que en su versión más acabada han conllevado una especie de pensamiento reaccionario de izquierdas, anti-político, conocido como progresismo, o también como ideología de lo políticamente correcto. En fin, a todo ello se puede aludir como posmodernidad, y no es casualidad que el primer libro que habla de la condición posmoderna fuera escrito a petición del Gobierno de Quebec por un filósofo que había estado implicado en el mayo del 68.

Contra esa especie de “pensamiento débil”, como también se le ha llamado, también está escrito este libro. Obviamente no para atacar a la democracia, sino al contrario, para volver a ponerla como punto principal de cualquier proyecto centralmente político. Y esa es la esperanza, frágil sin embargo, del llamado movimiento altermundialista, o de globalización política.

Y si digo que mi esperanza es frágil es porque me parece que todavía sigue sin hacerse autocrítica positiva del mayo del 68, sobre todo en relación con la cuestión de la llamada “identidad posmoderna”. El caso más grave es sin duda esa especie de terrorismo rico o pijo de ETA en el País Vasco, que sirve como chantaje de una determinada política de negación de los derechos humanos porque se los supedita a una previa asunción de una nacionalidad cultural. Y uno de los problemas, entre muchos, del plan de Estatuto Político del País Vasco (como si el Estatuto de ahora fuera sólo un acta notarial) no es sólo que no sirva para aligerar el Estado-nación que llamamos España, ni tan siquiera el problema es que sea un plan de Estado-nación a la vieja usanza, no, es que ni eso, se trata de un plan que niega de raíz la libertad política (no sabemos todavía hasta qué punto) para salvar a un “pueblo”, mientras se amenaza de muerte a la mitad de ese pueblo. La situación en Cataluña con la reforma del Estatut planteada no incluye esa distinción, o la incluye de manera sólo retórica, no sabemos todavía hasta qué punto. Pero si el editorial de “La Vanguardia” del día siguiente a las elecciones puede decir tranquilamente que Mas va a ser el 128º presidente –democrático, se entiende- de la Generalitat, tenemos que pensar que el primero fue Pedro el Ceremonioso, elegido, como todo el mundo sabe gracias a la educación nacionalista, por sufragio universal en el siglo XIV. O sea...

Por tanto lo que reclamo en este libro es una especie de repolitización social sobre bases ilustradas. Más política, menos pensamiento débil de que todo vale, de que todo es respetable. Y no reclamo una democracia sobre la base de la Razón positivista absoluta de la mayoría, bien decapitada ya, pero tampoco sobre esas pequeñas razones absolutas en que se ha convertido la ideología de la diferencia. Obviamente todos tenemos nuestras razones, pero todos tenemos razón para usarla. Y sobre todo todos tenemos algo más común que eso, que es nuestra humanidad. Por eso utilizo al final del libro al filósofo político más importante de nuestra era moderna, llamado Spinoza, quizá el único pensador europeo que se atrevió a defender la democracia con todas sus consecuencias, filósoficas, morales, culturales, económicas y por supuesto políticas.

Y la idea principal es que la democracia no sólo es un procedimiento para elegir representantes sino también un régimen, algo sustancial, no es un mero trámite formal sino un sistema con principios y valores, deficientemente plasmados en la Constitución, pero positivamente plasmados, que hay que enseñar y aprender. Por eso es tan importante la educación. Por eso también intentamos decidir en asamblea política y en la medida de lo posible las cuestiones económicas, sin menosacabar la libertad económica, pero supeditándola a la ley pública antes que dejar la decisión final en la mano invisible del mercado, que suele favorecer en este caso sobre todo a ciertas manos invisibles... No defiendo, pues, un intervencionismo y menos determinista, sino una nueva economía política que pueda plantearse reflexivamente sus fines, que antes de trabajar se pregunte qué es lo que quiere hacer, cómo y por qué, en atención final al mejoramiento o no de la libertad política, la cual siempre tiene que estar en primer lugar si lo que queremos es realmente una democracia. Pero en fin, hay que asumir que por su misma naturaleza, afortunadamente, la democracia es un sistema un poco caótico.

Tenemos, pues, la obligación hermosa de convivir en la misma tierra todos los hombres, y por ello defiendo algo parecido a una democracia mundial lo menos burocrática posible. Una utopía si se quiere de cooperación sin mando, pero que sea capaz también de discutir los consensos unánimes, normalmente decretados hoy por la prensa y la TV establecidas, eso que llamamos el 4º Poder, o por los sistemas de partidos.

O sea, se trata de establecer cooperaciones intrínsecamente conflictivas. Que se pueda vivir con alegría en el conflicto. Y creo que el Estado, entendido como institución pública, que es de todos y a todos nos afecta, es un buen instrumento para ello. Yo sólo entiendo la nación, entonces, como nación de ciudadanos que anteponen su libertad política a cualesquiera determinaciones biológicas, de género, o aspectos culturales, etc. que puedan tener. O sea, una idea republicana, pero que no vuelva a ser, para no perder del todo las luces entre el marasmo posmoderno, doctrinaria, de base científico-natural, o providencial a la manera casi religiosa. O más posmoderna todavía, en el sentido reaccionario que va adquiriendo esta condición. No, más bien queremos al menos como principio de acción una nueva sentimentalidad democrática común, cosmopolita, que pueda poner en práctica el ideario del “piensa global, actúa local”. Ese es el desafío de hoy.

El sentido común es la base de la incertidumbre de lo que significa ser humano, pues un ser humano solo no podría sobrevivir, y antes que su identidad particular, comparte la semejanza que lo une a los demás hombres. Pues la identidad es algo que tenemos el derecho a construirnosla cada cual libremente como más nos plazca. Claro que tenemos determinaciones que no hemos elegido, o herencias que a veces nos vienen muy bien, pero para ser cabalmente humanos no podemos reducirnos a ellas. Ellas son necesarias, pero no determinan inexorablemente nuestra libertad. Esto, además de socavar de raíz el principio de democracia, lo que hace es matar el misterio de la vida, que es nuestro más precioso bien. Un poco como ha hecho siempre el poder temporal de la Iglesia cuando se ha mezclado o ha anulado la política, ¿no?

Así pues, y para acabar, me explico este libro como un intento de reflexionar sobre esa sana locura del sentido común que se necesita, como dice Machado, para descubrir o inventar una nueva realidad, más libre, más heterogénea, más polifacética. Que tenga como base y horizonte a los ciudadanos concretos. Que posea como ideal un cierto nomadismo de los derechos individuales, que tanto podría aportar a los problemas actuales de la migración. Una realidad, en suma, que no esconda que somos mortales. Pues no se trata de crear inmortalidad como si fuéramos Dios, porque no podemos crear ni un gramo de materia más de la que hay, y nuestra inmortalidad simbólica, como la misma palabra “símbolo” indica, es algo no omnipotente, algo fracturado en su esencia, algo que tenemos que compartir, ahora sí, relativamente.

En lo que podemos cambiar es en nosotros mismos, cambiarnos entre nosotros mismos, un poco como en un carnaval, si se quiere, crear y hacer más amplia y más racional la realidad simbólica en la que convivimos, como si estuviésemos en una fiesta donde cada día podemos cambiar de disfraz, pero donde bajo todos los disfraces diferentes late un parecido y común sentimiento de convivencia lograda y posible.

Muchas gracias.

Bajo las estrellas de Gales

Dylan Thomas escribió

"We will ride out alone, and then,
under the stars of Wales,
Cry, multitudes of arks!"

El sábado pasado 19 de marzo la selección galesa de rugby volvió a ganar el Grand Slam del Torneo de las 6 Naciones, 27 años después de lograrlo por última vez, con aquel glorioso equipo que durante casi una década reinó en el deporte del rugby como ningún equipo lo ha hecho antes ni después.

Fui con mi amigo Marcel a ver el partido final al pub Finnegans, en la plaza de la Reina de Valencia. Tanteé ir a Cardiff al Estadio del Milenio, viejo Arms Park, pero la entrada más barata en reventa por internet superaba los 600 euros. Todavía no soy multimillonario.

La pasión es un arco tensado que cuando ama, ríe o llora lanza multitudes de flechas. Así fue como celebramos ese inesperado triunfo de nuestra amada selección, la que más ha hecho por la afición al noble deporte del rugby.

Escribe Dylan Thomas en "Bajo el bosque lácteo" (DVD):

"Sólo tú puedes oír y ver, tras los ojos de cuantos duermen, los movimientos y los países, los laberintos, los colores, los duelos, los arcoiris y las melodías, los vuelos y deseos, las caídas, las desazones y la vastedad de los mares de sus sueños.

Desde donde estás, puedes oír sus sueños".

Ayer, domingo, por la mañana, estuve leyendo las crónicas por internet del diario inglés The Independent. Cuál fue mi sorpresa cuando vi que una de ellas estaba firmada por el fabuloso apertura galés Jonathan Davies, a cuyo efusivo y alegre juego debo principalmente mi pasión por el rugby.

Exhausto, ya casi sin oír ni mis propios sueños, recuerdo de aquellas crónicas una frase final que me anima y me desafía, después de ya tantos años de cabalgar tantas veces solo por el lado apasionado de la vida, y tropezar y caer, y levantarse, y tropezar y caer y...

"And now, Good God, here we go again".

Sí, amigos. Otra vez.

Cuento: "En las ruinas de Whirlepool"

Hoy es un gran día. Yo también quise, de joven, de pequeño, ser escritor. Gané un premio a los 12 años con un cuento titulado "El caso del ordenador", y fui revoloteando luego por la novela, la poesía, el teatro breve, incluso la vanguardia o el esbozo de guión cinematográfico. Desde hace un tiempo, he empezado a escribir cuentos de género, sobre todo de misterio y de terror. Los hice como divertimentos.

Es la primera vez que publico, aunque sea en internet, un cuento mío. Hasta ahora los leyeron algunos amigos y amigas, y mi hermana, a quien está dedicado.

EN LAS RUINAS DE WHIRLEPOOL

-Ven conmigo –le susurró Gewellyn a su hermano Fred.

Los dos niños se cogieron de la mano y echaron a correr hacia el descampado donde desembocaban los últimos árboles del parque público. El columpio donde habían estado jugando aún dejaba sonar los chirridos de sus hierros, mientras el asiento se balanceaba cada vez con menor ritmo, hasta que paró.

La niñera se quedó adormilada, sentada en un banco. No se percató de que los dos niños habían traspasado la espesura del bosque y se habían adentrado en un descampado seco, polvoriento, en cuya parte izquierda se erigían las ruinas de una fábrica antigua.

Gewellyn y Fred se detuvieron en el borde del parque y se soltaron las manos.

-¡Mira!- dijo Fred, indicando a lo lejos las paredes derruidas de la fábrica.

-¡Vamos! –propuso su hermana.

Los dos niños caminaron distraídos, pisando por encima de latas de cerveza arrugadas y bolsas de plástico que alguien había dejado allí. Había una densidad grisácea en el aire. Algunas rachas de viento gélido les llegaban desde los árboles del parque. El polvo se levantaba y Gewellyn jugaba con sus faldas, riendo como cuando su madre, hacía tiempo, le cosquilleaba en la cama antes de acostarse. Fred se detenía de vez en cuando, cogiendo piedrecitas del suelo polvoriento, y absurdamente se entretenía con ellas en los dedos, o las lanzaba, sin demasiada fuerza, hacia el lugar donde antaño se había levantado aquel edifico ahora en ruinas.

Al final de aquella inhóspita explanada había una calle apenas transitada, un semáforo, una acera en mal estado, una mujer con el carro de la compra, unas farolas de luz amarilla, una tienda de comestibles y una librería. En el escaparate de la librería un pequeño libro yacía a la vista del público. Se titulaba Sur plusieurs beaux sujets y su autor era Wallace Stevens. Dentro de sus páginas, que quizá alguien estaba leyendo en ese momento en otro ejemplar, se encontraba escrita la siguiente sentencia:

“Los grandes intereses del hombre: el aire y la luz, la dicha de poseer un cuerpo, la voluptuosidad de la mirada. Mario Rossi"

Fred dejó de tirar piedras y echó a correr.

-A ver quién llega antes –retó a su hermana cuando ya le llevaba cinco metros de ventaja.

-¡Tramposo! –gritó Gewellyn, y se puso a correr.

Mientras estuvieron corriendo la luz del sol entraba por los intersticios de las nubes y destellaban en suaves reflejos sobre la cabellera rubia de la niña, que ondulaba al viento alborotada. Los ojos azules de Fred miraban cada vez con mayor ansiedad el umbral de la puerta de entrada a la fábrica, pero el sudor que bajaba de su frente le empezó a molestar la vista, hasta que se pasó fugazmente las manos por las cejas mientras seguía corriendo y pudo llegar el primero a la meta imaginaria.

-Eres un tramposo –dijo Gewellyn jadeando cuando se detuvo en el umbral, y después se sentó en una de las muchas piedras sueltas que formaban antes las paredes de la fábrica.

-¿Qué será? –preguntó asombrado Fred.

-¿No lo ves, tonto? –contestó su hermana-. Es una fábrica.

En la otra parte, en el extremo del edificio en ruinas, se erigía una chimenea alta y rojiza, llena de hollín en el borde superior, pintarrajeada con sprays en formas ondulantes y panzudas.

-¡Vamos! –dijo la niña.

Los dos hermanos bordearon ansiosamente la pared izquierda de la fábrica y llegaron al pie de la chimenea.

-¡Cuántos cristales!- gritó Fred mientras pasaban por debajo de las ventanas rotas.

-Claro, tonto, ¿no ves que es una fábrica en ruinas? –aseveró orgullosa Gewellyn.

La chimenea estaba también semi-destruida. Un innumerable hormiguero de colillas de cigarrillos inundaba el suelo que rodeaba el principio de la gran torre de piedra.

-Es una chimenea –confirmó desalentado Fred, y bajó los brazos.

En ese momento un coche aparcó en la acera maltrecha que había más allá del descampado y una persona descendió de él. Era una mujer, joven y guapa, pero vestida toda de negro. Llevaba un pañuelo de color también oscuro y unas gafas de sol, a pesar de que la luz del día era muy tenue. Las nubes de la tarde se arremolinaban en grandes masas condensadas, que presagiaban tal vez una noche de lluvia; en el aire flotaba un bochorno extraño. Pero la mujer siguió avanzando sin quitarse las gafas de sol.

Cruzó la calle cuando el semáforo de peatones se puso en verde y entró en la librería, cuya puerta de madera tintineó. Fred pudo oír ese típico ruido, y siguió con la vista a través del escaparate los gestos gráciles de la mujer, mientras Gewellyn se distraía musitando una canción infantil y levantando polvo con sus pies para tapar las colillas.

Una vez que estuvo dentro de la librería se quitó elegantemente el pañuelo y las gafas de sol. Ante la puerta derruida de la fábrica Fred ahogó un gemido. La dueña de la librería, una anciana a la que le cubría un jersey de algodón de color verde, atendió el ruego de la mujer y fue a buscar un libro al escaparate. La mujer esperó a que la empleada envolviera el libro y después pagó. Se volvió a poner las gafas de sol y el pañuelo y salió de la tienda.

Mientras Fred seguía absorto ante la puerta destartalada aquella esbelta figura caminó por la acera alejándose del lugar. Gewellyn paró entonces de corretear por la chimenea de la fábrica en ruinas y lo despertó con otro grito.

-¡Entremos!

-Vale –repuso el niño sin demasiado entusiasmo, suspirando.

Los dos niños se abalanzaron sobre la puerta trasera del edificio, riendo y empujándose. Debía de tratarse seguramente de otra puerta de entrada a la fábrica, habilitada en los tiempos en que ésta estuvo funcionando regularmente. Algo temerosos, Fred y Gewellyn cruzaron el umbral y se internaron por el pasillo que daba al interior del viejo edificio en ruinas.

La mayor parte del techo de la fábrica seguía cubriéndola, por lo cual sobre aquel amasijo de desperdicios herrumbrosos y cristales rotos reinaba una penumbra silenciosa. Algún pájaro había construido su nido sobre una de las primeras máquinas del taller, y cuando Fred y Gewellyn entraron sigilosamente en la habitación, el pájaro echó a volar en dirección al pasillo de salida. Los dos niños se sobresaltaron: era una golondrina oscura y veloz, inofensiva pero aun así amenazante.

Una vez pasado el susto, Fred soltó una carcajada.

-Eres una niña cobarde, eres una niña cobarde –canturreó mientras daba saltitos al oído de su hermana.

-¡Tonto! –refunfuñó Gewellyn, pegando los brazos al cuerpo y juntando los pies.

A la izquierda del pasillo había una habitación en la que casi no se podía entrar. Eran los servicios, unas letrinas sucias y pestilentes de las que salió un ratón justo en el momento en que Fred se había girado para ver huir al pájaro.

-¡Ah!- exclamó asustado, y dio marcha atrás rápidamente.

-¿Qué ha pasado? –preguntó Gewellyn.

-Nada –mintió secamente su hermano.- He pisado un cristal roto. Tenemos que llevar cuidado.

-¡Un cristal! –exclamó a su vez la niña rubia, abriendo los brazos al aire y echando un largo suspiro.

Los dos niños siguieron avanzando por entre lo que quedaba de las máquinas en la planta del antiguo taller. Un montón de basura se desparramaba por el suelo, del que en algunos puntos brotaban hierbas y nidos de hormigas. Los cristales rotos estaban por todas partes, y el hierro de las máquinas desprendía un fuerte olor a óxido. Había máquinas con varios artilugios cuyo funcionamiento era desconocido para Fred y Gewellyn, y tornillos e incluso herramientas desperdigadas. En el centro de la sala, una espaciosa mesa de madera se elevaba casi a la altura de los niños. Encima de la mesa había máquinas de hierro también oxidado, placas y alguna suela de zapato carcomida por el tiempo. Dentro de una caja de madera roída, caída al pie de la mesa, quedaban algunos botes de pegamento vacíos y resecados, junto a más colillas y algunas hierbecillas que crecían entre el suelo de piedra agrietado.

Fred alzó el brazo y quiso coger una herramienta.

-¡No la toques!- le avisó Gewellyn.

Fred detuvo el movimiento del brazo y miró extrañado a su hermana.

-¿Por qué?- preguntó.

-¿No ves que está oxidada?-dijo muy segura de sí misma Gewellyn.

Por entre la ventana principal de la pared semi-derruida de la fábrica entraron durante algunos segundos unos claros rayos de sol. Fred asintió mudamente a su hermana y siguió husmeando por encima de la mesa, poniéndose a ratos de puntillas y llevando cuidado de no mancharse ni hacerse algún rasguño.

En ese momento, volvió a escuchar el tono agudo de la voz de su hermana.

-¡Ay!

Fred se giró y tuvo la intención de correr hacia el lugar de donde provenía el chillido. Pero se dio cuenta de que los rayos de sol se habían esfumado y de que aquella oscuridad penumbrosa había vuelto a invadir el interior de la fábrica. Sin embargo, no tardó en alcanzar a su hermana, que detrás de una de las máquinas, gemía agachada, llevándose la punta del dedo pulgar hasta la boca repetidamente.

-Me he clavado un tornillo –susurró sumisamente a su hermano.

-Bah, eso no es nada –repuso el niño con los ojos abiertos.

Cogió el dedo ensangrentado de la niña y lo chupó fuertemente. Después escupió. Volvió a repetir el mismo gesto dos veces más, hasta que le enseñó el dedo limpio de sangre a su hermana con orgullo fraternal.

-Ya está –dijo.

-Bésame –le rogó bajando la voz su hermana.- Bésamelo.

-¿Qué dices? –se echó para atrás Fred, arrugando la frente.

-Que me lo beses, así se me curará del todo... –sugirió Gewellyn mirándole cálidamente.

-Estás loca –zanjó Fred, y girándose y marchando hacia uno de los rincones de la sala, donde se amontonaban unos armarios de madera roída y una sillas destrozadas, se pavoneó: -Ya te lo he curado.

El niño llegó al rincón. Las paredes, o lo que quedaba de ellas, estaban cubiertas por un moho verde y pringoso, que se había extendido como una hiedra trepadora. La ventana de aquella parte del edificio conservaba intactos sus cristales, enmohecidos también y ya opacos a la entrada de la luz. De repente, Fred se percató de un fuerte y pestilente olor, que salía de debajo de una de las sillas de madera destrozadas y amontonadas como una montaña de basura.

-¡Gewellyn!- gritó mirando fijamente hacia aquel rincón.

La niña corrió cautamente por entre las máquinas, evitando cualquier objeto punzante que pudiera sobresalir tanto de los grandes artilugios y palancas de la maquinaria como permanecer en el suelo. Por fin llegó junto a su hermano, que sin decirle palabra y con una mano tapándose la nariz, dijo:

-Creo que es un gato muerto.

En efecto, un gato negro roído por las hormigas y al que sobrevolaba una pequeña nube de moscas verdes yacía destripado en el rincón: sin ojos, con una pierna comida, la cola seca y la panza abierta por los insectos. Fred pensó en la rata que había visto antes y sintió un escalofrío. Los dos estuvieron un rato mirando ese patético animal desfigurado, hasta que Fred hizo el amago de vomitar.

-Qué asco –dijo Gewellyn, y cogió de la mano a su hermano para llevárselo lejos de allí.

La oscuridad del recinto se había hecho más densa. ¿Cuánto tiempo llevaban lejos de la vigilancia de la niñera? Posiblemente se estaba acercando la noche.

Pero los dos niños, agarrados fuertemente de las manos, ateridos ya de frío, cruzaron despaciosamente la sala hasta el rincón opuesto, que quedaba justo a la derecha de la puerta de entrada, aquel umbral al que habían convertido en una meta imaginaria la primera vez que divisaron la fábrica.

En aquel rincón se levantaban dos paredes de madera en ángulo recto, semidestruidas, formando una habitación. Dentro había una mesa, todavía colocada en su lugar, y un sofá caído en el suelo y roto. En la pared estaban marcadas las huellas de los bordes de un armario ausente, que ni Fred ni Gewellyn pudieron ver aunque resiguieron con la mirada todo el espacio al que acababan de acceder.

Una persiana inservible yacía encima de la mesa, con los hilos envueltos entre sí. En la parte frontal, un marco torcido que aún seguía clavado en la pared contenía una especie de diploma o documento oficial en el que se podía leer con grandes letras desdibujadas: FÁBRICA DE ZAPATOS WHIRLEPOOL.

Los niños se acercaron prudentemente a la mesa y vieron unas carpetas viejas que salían del cajón principal. Fred tomó la clavija del cajón y empezó a moverlo acompasadamente hacia atrás y hacia delante, con lo que los papeles arrugados y la carpeta cayeron desparramándose al suelo y levantando un poco de polvo. Durante unos segundos más continuó haciendo aquel movimiento con el cajón, hasta que su hermana gritó:

-¡Para!

En la mesa había también una figura de mármol decapitada, una lámpara sin bombilla y un pequeño marco de borde azul en el que faltaba una fotografía, tal vez perdida entre tanta inmundicia. De repente Gewellyn se agachó y tiró del brazo de su hermano.

-Mira –dijo tímidamente.

Fred se agachó también, sorprendido por el estirón de su hermana, pero solo vio los papeles que se habían soltado de la carpeta guardada en el cajón.

-¿Qué?- preguntó.

En el suelo, entre aquellos papeles y documentos ilegibles, había un periódico antiguo en cuya portada venía una pequeña noticia subrayada en un rotulador de color ya desteñido, y una foto de un señor delgado, con corbata y pelo canoso:

THE JOURNAL

FALLECE EL DUEÑO DE LA FÁBRICA DE ZAPATOS WHIRLEPOOL

El dueño de la famosa fábrica de zapatos Whirlepool, señor Glanston, falleció ayer por la noche por causas que todavía no han sido aclaradas. La huida del contable de la empresa, que se encuentra en paradero desconocido tras haberse anunciado la semana pasada la quiebra de la firma Whirlepool, puede constituir una primera pista, según ha manifestado la policía. Mañana se oficiará el funeral del acaudalado señor Glanston, con la presencia de los parientes más próximos y sus dos hijos, uno de ellos recién nacido. La familia del fallecido ha rogado máxima discreción. Según fuentes de este periódico, la mujer del señor Glanston sufrió un ataque de ansiedad e intentó cometer suicido tras enterarse de la noticia del fallecimiento de su esposo. Después de haberse anunciado la quiebra de la empresa de la que era accionista principal, la señora Glanston no ha podido soportar esta nueva desgracia y según ha informado la familia ya ha sido puesta bajo cuidado psiquiátrico.

-Es papá...-dijo todavía agachada Gewellyn.

-¿Qué? –se sorprendió Fred.

-Sí, es papá, tú eras muy pequeño –sentenció la niña.

Los dos hermanos se levantaron al unísono cogidos de la mano y continuaron mirando a aquel hombre de la fotografía del periódico durante un largo rato. La imagen de aquel señor se había ido borrando del papel por la erosión del tiempo, pero sin embargo su rostro ofrecía todavía un aspecto amable.

-Volvamos, tengo frío –dijo Fred.

Salieron por la puerta principal de la fábrica en ruinas cuando ya anochecía. En la parte izquierda del umbral se amontonaban cascotes de piedra y un revoltijo de hierros, poleas y palancas oxidadas. La herrumbre se apiñaba en aquel lugar como una montaña gigantesca. Los niños sintieron que les invadía una gran desazón, y en un último intento de animarse, se miraron a los ojos espoleados por las ganas de regresar.

-A ver quién llega antes al parque –exclamaron al mismo tiempo.

Echaron a correr por el yermo desierto de polvo y plásticos despazurrados en el suelo. En medio del descampado estaba aparcada una enorme grúa de la que colgaba una no menos imponente bola de acero. No había nadie alrededor de ella, y tenía los motores apagados. Alguien, no obstante, había cercado la zona con unos palos de hierro y una cinta de plástico duro, visible por sus franjas rojas y blancas. En el horizonte del descampado, donde aquel páramo de polvo y nada daba a la calle en la que antes había caminado una extraña mujer de pañuelo negro, habían construido una especie de entrada para grúas y camiones de carga, las huellas de cuyas ruedas empezaban a marcar indeleblemente el terreno. En los extremos de aquella entrada, a lo largo de la cinta de plástico, habían colocado además varias bombillas de luz automática, a intervalos de unos diez metros.

Fred echó una mirada hacia aquella grúa mientras corría y de repente se paró.

-¿Qué haces? –gritó Gewellyn.- Te voy a ganar.

Pero Fred no hizo caso esta vez a las palabras de su hermana. Giró un poco más la cabeza y lanzó una mirada penetrante y valiente en dirección a la calle posterior, donde resiguió los pasos de una mujer vestida de luto con un pañuelo negro que entonces entró en una librería. En su interior, por entre las cortinas, vio que la dueña y la señora hacían gestos de debatir un asunto. Finalmente observó que la dueña tomó un libro de manos de la cliente y lo volvió a colocar en el escaparate, mientras por la puerta tintineante salía la mujer elegantemente vestida de luto por la que se había sentido tan repentinamente fascinado.

El niño de ojos azules siguió durante unos segundos los pasos de aquella figura extraña y constrita. A lo lejos oyó la voz de su hermana, que celebraba con aspavientos la victoria en la carrera. Fred miró por última vez el pañuelo oscuro de la mujer y se le encogió el estómago y se le humedecieron los ojos. Entonces empezó a llorar y corrió locamente hacia su hermana.

En el escaparate de la librería, a lo lejos, permanecía de nuevo levemente recostado el libro Sur plusieurs beaux sujets, cuyo autor era Wallace Stevens. Y en él, en una de las páginas centrales, estaba transcrita la siguiente frase, que quizá algún día Fred leería con comprensión, recordando aquella tarde: “Hace falta lo sobrenatural para que el tedio de lo humano sea soportable. Nicholas Davenport”."

Crónica político-social: "Down by law"

Esta fue una (no la única) contribución escrita al movimiento del No a la Guerra y a las caceroladas que hice desde un córner, no sé cuál, porque no se trataba de la única movida político-social en la que estuve metido (como se puede colegir de los manifiestos contra el plan Ibarretxe que aquí mismo he copiado). Ha pasado el tiempo, y aquel relativo "down by law" subversivo ha ido languideciendo hasta el actual buen rollo soporífero y a menudo tramposo de nuestro "cándido amigo" presidente de Gobierno socialista y muchos de los movimientos alternativos que pululan a su alrededor.

Sin embargo, me parece honesto copiar aquí esta crónica que no fue publicada en ningún sitio (la envié a El País, edición Cataluña, sin éxito) y de la que guardo un buen recuerdo. "En primavera en las calles, la sangre hierve...".

"DOWN BY LAW"

El martes 1 de abril [de 2003], más de 150 personas se reunieron en el auditorio del Macba para escuchar y conversar con el colectivo político-literario Wu Ming (“Sin nombre” en chino). Presentaban su último libro editado en España, Esta revolución no tiene rostro(Acuarela), una antología de textos, panfletos, cuentos y otros experimentos literarios con fines políticos escritos al calor del movimiento de protesta global. Fraguado en diversos lugares durante los años noventa, ese movimiento no ha parado de crecer hasta la actual explosión multitudinaria de gente que sale a la calle para decir “No a la guerra”.

Intervino primero Amador Fernández-Savater, instigador del evento y director de la editorial madrileña Acuarela. El acto tenía por título “Narración, autonomía, multitud”, y también contaba con la colaboración organizativa de Mondadori, editorial que publicó en 1999 la novela de aventuras políticas Q, de gran éxito mundial, firmada por el antecedente inmediato de Wu Ming, el llamado Luther Blisset Project. En la sala del auditorio del Macba, en una renovada tarde primaveral, escuchaban las palabras de estos traviesos boloñeses una variopinta conglomeración de personas. Andaban por ahí el filósofo Pere Saborit, el escritor Francisco Casavella, y Santi López Petit, profesor de la UB y promotor de prácticas de transformación social como los barceloneses “espacios liberados” de la guerra, la campaña Dinero Gratis o la Fundación Espai en Blanc.

Y luego hablaron los componentes de Wu Ming. Explicaron las acciones de guerrilla cultural de Luther Blisset durante los años 1994-1999 como una parodia de los planes quinquenales soviéticos (“que funcionó mejor que éstos”, aseguró entre risas del público Roberto, el único italiano que dio a conocer su nombre). Funcionó muy bien: centenares de personas de todo el mundo podían utilizar este nombre de un fracasado futbolista jamaicano que jugó en el Milan para llevar a cabo acciones de comunicación subversiva. Quizá las más sonadas fueron un par de “huelgas de arte” y el subterfugio perpetrado, para engañar y por tanto para poner al descubierto la honda mendacidad del programa, en la versión italiana del televisivo “Quién sabe dónde”.

Después se habló de copyleft (la publicación de materiales impresos con derecho a ser reproducidos libremente sin ánimo de lucro), de creación compartida de mitos emancipadores, de la mundialización política desde abajo que están produciendo las protestas globales del nuevo siglo. Primero Seattle, luego Praga, Génova, Porto Alegre, etc., hasta el 15 de febrero pasado, día en que millones de gentes en todo el mundo salieron a la calle para protestar contra la enésima declaración santa de guerra.

Por fin los colores del arco iris –Spinoza murió escribiendo un tratado sobre el arco iris- han sido sacados del gueto homosexual para simbolizar la democracia de todos: "Pace". “Lo que es nuevo es esta conciencia planetaria...”, se dijo. Hubo alguna discusión fuerte y sobre todo ideas y carcajadas entre el público. El tercero de los Wu Ming nos contó un cuento: más o menos la historia de Robin Hood y otros personajes caracterizados por el narrador como “down by law”.

Down by law es una película en blanco y negro de Jim Jarmusch en la que aparecen, entre otros, el actor Roberto Benigni y el músico Tom Waits. Cuenta la historia de tres presidiarios que logran fugarse de una cárcel cercana a Nueva Orleans. Es una película divertida y detallista, un poco como estos boloñeses anónimos. Aquí se tradujo el título del film por “Bajo el peso de la ley”, pero en realidad “down by law” significa algo así como “todo va bien” en la jerga de los presidiarios. Es decir, buen rollo, autocontrol, armonía entre gente bajo sospecha.

Al salir de la charla, a eso de las 10 de la noche, una muchedumbre de personas empieza a hacer sonar una intensa cacerolada durante más de veinte minutos. Gente en la vía pública, en los balcones, en los portales de la calle Elisabets, en las barras de los bares, en las terrazas de los cafés. Nos acompaña un ruido hermoso y ensordecedor, un silencio de protesta unánime, un rumor inacabable de rabia que parece querer elevarse al cielo para acallar las bombas que caen sobre los civiles. Se respira un aire solemne y bonito. No es una broma.

Mientras caminamos de vuelta a casa, converso con Quim Sirera, director de la editorial barcelonesa Octaedro. Me dice que tenía previsto publicar 30 libros de pensadores clásicos del siglo XX, pero sólo ha podido sacar 12 “porque no se venden”. ¡Cómo se van a vender si aquí hace más de 10 años que las humanidades han dejado de interesar a nuestros atareados potentados! El fragor metálico de la protesta contra la guerra prosigue como un mantra, como un conjuro, como un amanecer zulú; nos tomamos unas cervezas, la gigantesca oleada de clamor humano se remansa. Cae el último velo de la noche. Por debajo de la ley, en los márgenes de la ley, por arriba de la ley está emergiendo una revolución sin rostro, un movimiento democrático mundial, una sensibilidad común que traspasa fronteras e idiosincrasias culturales. "Down by law".

Ximo Brotons