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procopio: café filosófico

Reseña: "La democracia según John Dewey (publicada en "Archipiélago", abril 2005)

LA DEMOCRACIA SEGÚN JOHN DEWEY

"La opinión pública y sus problemas", John Dewey, trad. de Roc Filella, estudio de Ramón del Castillo, Morata, Madrid, 2004, 187 pp.

Decía Cornelius Castoriadis que a lo largo del último medio milenio únicamente Spinoza y Hegel habían logrado hilvanar el gran descosido de nuestra época moderna, a saber, la relación y vínculo entre lo íntimo (que no meramente privado) y lo público (o lo relativamente privado). Y tengo para mí que John Dewey (1859-1952) corrobaría el matiz que Castoriadis añadía a su dictamen: mientras que en Spinoza el amor racional del ciudadano libre sobrenada en un vacío histórico, en Hegel el vínculo se logra a expensas de una adoración a fin de cuentas acrítica de lo real-histórico.

¿Quién fue John Dewey? El más insigne y perspicaz representante de la única corriente de pensamiento que en la más reciente modernidad haya intentado anudar a la manera antigua la relación entre lo íntimo y lo público, esto es, combinando una teoría del conocimiento con una práctica de las disposiciones. Teoría y práctica que, a partir de lo necesario, se proyectarían sobre lo posible en atención a las condiciones y consecuencias tanto de las necesidades como de las capacidades respectivamente tomadas en consideración, esto es, deliberadas. Este pensamiento instrumental emergió en los Estados Unidos de América a finales del siglo XIX y se llamó pragmatismo. El solo nombre de John Dewey, repito, podría valer como condensación de sus mejores y más perdurables logros, y quizá Castoriadis pudiera haberlo mencionado junto a Hegel y Spinoza (mucho más cercano a éste, Dewey rechaza sin embargo los planteamientos de ambos, aunque en el caso de Spinoza podríamos decir que, en lugar de rechazarlo, lo mejora).

Por todo esto reviste el mayor interés la publicación por parte de la benemérita editorial Morata de "La opinión pública y sus problemas" ("The public and its problems", en el original), obra de John Dewey que toma por objeto de discusión la cuestión de la formación de un público democrático en la era de la sociedad tecnológica. Esto es, la cuestión de cómo convertir la masa de relaciones humanas que la industrialización tecnológica ya por entonces había formado en lo que Dewey llama un público (que spinosianamente podríamos llamar también una multitud democrática), y de qué instrumentos políticos son los más adecuados para volver a identificar los intereses comunes de los gobernantes y los gobernados, es decir, para transformar la Gran Sociedad tecnológica en una Gran Comunidad política. Hoy en día, de Peter Sloterdijk a Paolo Virno, en el contexto de la “crisis del humanismo” que caracterizó nuestro pasado siglo XX, multitud de pensadores vuelven a abordar esta cuestión con audacia e interés.

Muy someramente, la propuesta histórica y psicológica de John Dewey consiste en intentar combinar una política del conocimiento bajo el signo de la libre investigación y comunicación sociales propias de la ciencia con una ética del interés público que atienda a los efectos de la aplicación tecnológica de la ciencia. Para decirlo sin barroquismos, una ética pública del conocimiento social anudaría lo íntimo y lo público, las costumbres y las instituciones, el trabajo y las corporaciones, y en fin, la vida y la política en el ámbito de comunidades locales traspasadas por los flujos translocales de esos mismos nudos.

Como “hipótesis con la que orientar la experimentación social”, la lectura de este libro de 1927 será de una utilidad reflexiva máxima para todos aquellos que hoy están poniendo en marcha prácticas emancipatorias como el software libre, las asambleas de investigacción y comunicación social, los blogs o los portales sindominio en internet, las tele-street, etc. O para aquellos que construyen esferas públicas no directamente estatales, sea cara a cara o por internet, que luchan contra la propiedad intelectual de la industria e intentan otras reapropiaciones divulgativas de la inteligencia común, que se socializan glocalmente en ateneos de barrio y van construyendo así “lugares mundiales”, etc., etc.

En cualquier caso, sabemos muy bien que la fusión de lo íntimo y lo público, más que imposible, es indeseable (las experiencias totalitarias nos lo han enseñado), pero también somos muy conscientes, se diría que cada vez más gracias precisamente a tecnologías como internet, de que los temblores de nuestros cuerpos anhelan algo más, bastante más, que el ondear de banderas nacionalistas o el imperio multinacional de las mercancías. Anhelan ser compartidos, porque son comunes. Anhelan amar y comunicarse. Anhelan, paradójico deseo, hacerse públicos. La democracia según John Dewey es vida cooperativa en comunidad. La Gran Comunidad sería poner comúnmente en juego, como quería Bataille, nuestras temblorosas vidas. Medios no faltan, aunque en ellos y sobre ellos haga falta más libertad y deliberación social.

Ximo Brotons

Artículo: "El hedonismo de Michel Onfray" (publicado en "Lateral", mayo 2003)

Este artículo compartió número de Lateral con un artículo del actual presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, titulado "Unamuno socialista" y bastante mejor escrito que la carta que Arcadi Espada corrige hoy en su blog, y que habiendo sido elogiada por doña Pilar Cernuda, merecería sin duda muchas más correcciones. El voto en blanco.

Lo cuelgo hoy aquí en recuerdo de aquel número de Lateral y también para presentar a Michel Onfray, a quien corresponde el lema "nietzscheanismo de izquierdas" y del que traduje el libro que reseño en el artículo: "Teoría del cuerpo enamorado" (Pre-Textos, 2002).

EL HEDONISMO DE MICHEL ONFRAY

A día de hoy Michel Onfray se ha convertido en uno de los filósofos más interesantes de Francia. Pasada la resaca de la efervescente segunda mitad del siglo XX, Onfray ha aparecido como un soplo de aire fresco en la escena intelectual francesa. Su propuesta, cifrada en un materialismo hedonista, lúcido y socialmente transvalorador, hereda lo mejor de esa corriente intelectual, desde la Antigüedad clásica (Epicuro, Lucrecio, los cínicos) hasta la Ilustración (Helvetius, Nietzsche, Deleuze). Onfray, como profesor de bachillerato, recuperó a un pensador olvidado, Georges Palante, nietzscheano de primera hora y nada heideggeriano, por cierto. Con "La sculpture de soi" ganó en 1996 el Premio Médicis de Ensayo, en una obra que combina una ética política libertaria con una estética de la cura de sí.

Ahora presenta en la editorial Pre-Textos "Teoría del cuerpo enamorado", obra en la cual no subyace tanto una teoría sobre el sexo propiamente dicho cuanto una apuesta por una disposición sexual libre, centrada en la acción y por tanto con implicaciones éticas y políticas. Michel Onfray no ha tratado el erotismo con la penetración literaria de Bataille, ni ha reseñado las formas de la sexualidad como Foucault, pero ha aprovechado todas las lecciones de ambos. Su intención ha ido dirigida a promover un tipo social de eros que se desprenda de las múltiples trabas a las que el cristianismo y la sociedad normalizada lo tienen sometido.

¿Dónde reside la novedad de su trabajo, qué es lo que aporta de nuevo esta "Teoría del cuerpo enamorado"? Exceso material, gasto placentero, contrato libertario: la propuesta de Michel Onfray consiste en haber recuperado el bagaje intelectual aquilatado por autores modernos como Bataille y Foucault, insertándolo en una perspectiva materialista y atea que se sirve del bestiario fabuloso de la Antigüedad para escenificarla y desarrollarla. Sobre todo hay una reivindicación del epicureísmo como casi la única tradición de pensamiento y acción que podemos oponer al platonismo y su versión popularizada: el cristianismo. Pero Onfray, que conoce bien estas tradiciones, ha querido aumentar la potencia subversiva y gozosa del epicureísmo, fecundándolo con las ideas anti-convencionales de un Diógenes, el hedonismo de un Aristipo de Cirene o el arte de vivir de los poetas elegíacos romanos. Todo ello desemboca en una apuesta por el libertinaje como uso más amplio y más intenso de la libertad de goce sexual y, por extensión, de la libertad política: ya en otro de sus libros ("Politique du rebelle") Onfray se servía de un antiguo apotegma del siglo XVII para definir al libertino como “aquel hombre de bien que no sabría arrodillarse y que es enemigo de todo lo que se llama servidumbre”.

Michel Onfray es hoy en día uno de los pocos intelectuales franceses que esquiva prudentemente la pedantería al uso de los cenáculos parisinos que siguen vendiendo pastiches salpimentados con todos los tópicos de las últimas décadas. En su variopinta obra hay una apuesta personal por la filosofía que devuelve su sabor y su entraña a esos manoseados tópicos. Y cuando digo apuesta personal por la filosofía me refiero a la voluntad deliberada del autor de inscribir sus ideas en su existencia, de convertir la filosofía en una manera de vivir. Michel Onfray es un “filósofo original” en un sentido anti-hegeliano no porque su aportación intelectual sea especialmente novedosa, o heterodoxa o se centre en cuestiones específicas que vienen a desmontar el entramado bendecido del acontecer diario (aunque, desde luego, su aportación no se inscribe en ninguna teodicea), sino porque lleva a cabo su tarea de la forma apasionada y comprometida que define a aquellos que en su día tomaron la decisión de transformar su vida en una vida de actividad filosófica, no sólo profesoral. Insisto en que Onfray no es ajeno a la moda remendadora que recorre a la filosofía oficial francesa, pero a diferencia de tantos otros figurines, el autor de este libro pretende hablar en serio sin perder el humor.

Para ello es especialmente cuidadoso con su escritura, de la que podemos señalar algunos rasgos estilísticos. Onfray es un autor iconoclasta (valga como ejemplo el último "Anti-manual" que ha escrito para sus alumnos del bachillerato francés), que conoce muy bien todas las corrientes históricas de la filosofía, que ha querido emular más bien a autores segundones y panfletarios que convertirse en un nuevo pope del pensamiento. Onfray no está exento de las limitaciones maniqueístas en las que a menudo incurre quien escribe desde el entusiasmo y la indignación (esos dos motores de la escritura de los que hablaba Chesterton), pero es de agradecer que haya preferido la polémica intelectual a las sutilezas de salón para dotarse de mejor munición en la lucha contra el miedo instituido. Su escritura es a menudo epigramática, lo que a la hora de ser traducida me ha dado no pocos quebraderos de cabeza, relampagueante, lírica a veces, siempre combativa. No dice muchas cosas nuevas y originales, pero señala lo importante y lo hace con gracia y con un indudable atractivo: la filosofía también puede ser una forma de seducción, y no hay mejor forma para empezar a amarla.

Esta "Teoría del cuerpo enamorado" es la tercera obra traducida al español de Michel Onfray. En Paidós se puede encontrar "Cinismos", sobre la escuela helenística fundada por Diógenes de Sinope. Y la primera se titula "El vientre de los filósofos" y está editada por Ediciones Oria, Guipúzcoa. En esta curiosa obra Onfray emprende el ensayo de una gastrosofía o lo que también denomina una crítica de la razón dietética. A través del análisis de la comida que ha alimentado a los grandes filósofosos (desde “el pulpo crudo” de Diógenes hasta las “salchichas” de Nietzsche, pasando por el “vaso de leche” de Rousseau y el “marisco” de Sartre), Onfray pretende elaborar algo así como una gaya ciencia alimenticia. En fin, primero gastronomía, ahora erotismo: puntos hedonistas de resistencia al ascetismo funcional de nuestra sociedad del trabajo y del consumo.

Puntos que parten de lo referido por Nietzsche en "Ecce Homo": “Estas cosas pequeñas –alimentación, lugar, clima, recreación, toda la casuística del egoísmo- son inconcebiblemente más importantes que todo lo que hasta ahora se ha considerado importante. Justo aquí es preciso comenzar a cambiar lo aprendido”. Cambiar lo aprendido: es lo que García Calvo llama desaprender y en lo que, según Valéry, estriba la verdadera educación. A esta tarea educadora que empieza en los detalles más inmediatos y prosigue en obras de mayor calado intelectual (una teoría estética de la moral titulada "La sculpture de soi", ya mencionada, y una reflexión sobre las posibilidades de una política libertaria a principios del siglo XXI, "Politique du rebelle") se ha encomendado Michel Onfray desde su primer libro, dedicado a un seguidor primerizo y casi desconocido de Nietzsche.

Ximo Brotons (Vilanova i la Geltrú, Barcelona, 1974) es profesor de filosofía de Bachillerato. Es el traductor de "Teoría del cuerpo enamorado" de Michel Onfray.

"Teoría del cuerpo enamorado", Michel Onfray, prólogo y trad. de Ximo Brotons, Pre-Textos, 2002; "El vientre de los filósofos", Michel Onfray, trad. Rosa de Diego, Oria, Guipúzcoa, 1996; "Cinismos", Michel Onfray, trad. A. Bixio, Paidós, Barcelona, 2002.

Artículo: "Pequeña teoría del nietzscheanismo de izquierdas" (publicado en "El Viejo Topo", septiembre 2004)

Este es el artículo que me ha valido el "premio" de ser invitado a dar unas charlas en la Unam (México DF) este próximo verano.

PEQUEÑA TEORÍA DEL NIETZSCHEANISMO DE IZQUIERDAS

"Como, cuando el verano llega del Sur, las capas de nieve se disuelven y la faz de la tierra se pone verde, así el espíritu progresivo creará sus ornamentos en su camino y llevará consigo la belleza que visita y encanto que la encanta; chupará los rostros hermosos, y los ardientes corazones, y los doctos discursos, y los actos heroicos, hasta que ya no se perciba el mal. (...) Todo espíritu se construye una morada; y además de su morada, un mundo; y además de su mundo, un cielo. Sabed, pues, que el mundo existe para vosotros."
Ralph Waldo Emerson

¿Existe hoy en la escena política un nietzscheanismo de izquierdas? ¿Ha existido alguna vez? A poco más de cien años de la muerte de Federico Nietzsche, la obra del filósofo alemán sigue despertando el interés intelectual tanto entre aquellos que se dedican a la actividad filosófica como entre los más comprometidos en la acción política. Nietzsche no fue ni un visionario ni un profeta, a pesar de que él a veces se quiso así, pero desde luego muchos de los problemas por él planteados, tanto culturales como sociopolíticos, siguen abiertos a discusión. Considerado falazmente por algunos como el teórico proto-nazi del III Reich, Nietzsche fue en realidad un pensador de la Europa unida en sus múltiples movimientos democráticos. Cuando menos lo esperamos, y quizá más lo necesitamos, Nietzsche se nos aparece como un pensador del progreso sin mitologías desarrollistas. No como un pensador de la divinización del éxito, a la manera hegeliana, sino como un filósofo de la inmanencia creadora del éxodo. ¿Como un pensador de izquierdas, pues?

Tal vez ni a Nietzsche mismo le interesase mucho esta cuestión, pero qué duda cabe de que no ha ocurrido lo mismo con lo que podríamos denominar nietzscheanismo. El caso de Georges Palante, que glosaré en esta nota, puede ayudarnos a afrontar mejor el planteamiento inicial.

En 1989, un joven profesor de bachillerato francés, Michel Onfray, publica el libro "Georges Palante, un nietzschéen de gauche" (Grasset). Se trata de una obra dedicada a un oscuro profesor de filosofía de provincias de principios de siglo XX, llamado Georges Palante. Se le consideró un nietzscheano de primera hora escorado a la izquierda política. Tanto es así que en seguida fue traducido y presentado en Italia como un socialista anarquizante. Camus lo cita en "El hombre rebelde" al hablar de su “individualismo altruista”. Hasta el libro de Onfray, poco más se sabía de él.

La genealogía del posible nietzscheanismo de izquierdas debe rastrearse sobre todo en Francia y Alemania, dejando aparte ahora al socialismo fabiano inglés de Bernard Shaw y H. G. Wells. Es lo que nos cuenta Onfray a través de la figura mítica de Palante.

Ya en 1898, dos años antes del adiós definitivo de Nietzsche, en las páginas de la revista “Socialismo y libertad”, Jaurès, uno de los fundadores del partido socialista francés, afirma polémicamente: “El socialismo es la afirmación suprema del derecho individual. Nada está por encima del individuo (...) El socialismo quiere romper todos los lazos. Quiere desagregar todos los sistemas sociales que obstaculizan el desarrollo individual (...) En el socialismo, el individuo se proclama el centro y la finalidad”. Es una interpretación ya nietzscheana, aunque discutiblemente emancipadora, al menos para los téoricos actuales del “lazo social” (pienso en Fernández Buey y Jorge Riechmann, por ejemplo). En cualquier caso, esta misma dialéctica recorre también la Alemania de Gystrow o Ziegler, autor de un libro titulado "La cuestión social es una cuestión moral". A este socialismo individualista se van añadiendo en adelante el ruso Eugenio de Roberty (que prefire el término “socialidad” al de individualismo), el traductor danés de Nietzsche Georg Brandes, el francés Charles Andler (profesor universitario que se autoproclama “socialista nietzscheano”) y otros.

Palante forma parte de esta hornada de nietzscheanos de primera generación. Su obra más importante data de 1903 y supone un ataque al positivismo durkheimiano entonces reinante en la Academia. Se titula "Précis de sociologie" (PS). Palante es un profesor de filosofía de bachillerato que porfía por entrar en la universidad parisina. Cuando la lectura de su trabajo doctoral ("Les antinomies entre l´individu et la société") es rechazada afirma: “La Sorbona me ha expedido un certificado de independencia intelectual”. Onfray lo define como un “ateo social y un pesimista visceral” que desconfía de las masas, los grupos, la mayoría, las colectividades. Es un espíritu libre sensu nietzcheano, en cuya lápida escondida en un pequeño cementerio bretón está escrito: “El individuo es la fuente viviente de la energía y la medida del ideal”.

Ahora bien, ¿es cierta la antinomia entre el individuo y la sociedad? ¿O más bien lo que conduce a la antinomia es la divinización de ambos términos, la sociedad-dios y el individuo-sustancia? ¿No consiste la transvaloración nietzscheana precisamente en pensar la socialidad constructiva como la más alta forma de la libertad individual y viceversa? ¿Será ésta la idea motora del llamado nietzscheanismo de izquierdas? Pero entonces, ¿qué valores se desprenden de semejante punto de vista?

Según Palante, el individualismo “es lo mismo que lo que llaman la filosofía social libertaria” (PS). O sea, contra la moral de grupo, inmoralismo. Dice Palante: “Nietzsche tiene razón en ver en el querer vivir individual el principio de toda acción, de toda construcción que tenga incluso un carácter impersonal y colectivo” (PS). Ahora bien, Nietzsche se equivoca a juicio de Palante cuando equipara la democracia al espíritu de rebaño: “El Espíritu democrático no tiene precisamente, a nuestro modo de ver, otra razón que ser una afirmación del Individualismo frente a las tiranías gregarias”. Contra el espíritu gregario, pues, democracia.

Al igual que para Camus, los enemigos de Palante fueron “las iglesias, las sectas, los partidos, las corporaciones”. Palante se resistió al más tenaz y más seductor de los mitos optimistas, el del Progreso, verdadera piedra de toque en la crítica del socialismo. Por ello apostó por una filosofía activa, una “disciplina de la autonomía” capaz de enseñorearse de una nueva sentimentalidad: la sensibilidad individualista, el “impresionismo sentimental”. Y curiosamente Palante enlaza esta apuesta psicológica con la entonces y hoy también candente cuestión socio-económica: “La Economía social toca de cerca a la Psicología; se puede incluso decir que es una Psicología en acción. Pues no es otra cosa que una gestión de las necesidades y de los intereses vitales que, en la naturaleza humana, forman la infraestructura de todo el desarrollo psicológico superior” (PS). Contra la psicología de guerra del capitalismo, Palante afirma el principio nietzscheano de utilidad vital: “El socialismo es una doctrina del despliegue de la vida”. Contra el desprecio secular de los cuerpos humanos, Palante reivindica, según Onfray, una “filosofía de la inmanencia y del realismo trágico”.

El nietzscheanismo de izquierdas se desarrollaría en Francia a través primero del Colegio de Sociología (Caillois, Bataille, Leiris) y luego con los llamados intelectuales específicos (Foucault, Deleuze, Guattari). También se puede percibir en autores como Albert Camus, René Char, Clément Rosset, Henri Lefebvre o Paul Veyne. Onfray formaría parte de la última generación de la saga. En Alemania, los iniciáticos fulgores del socialismo nietzscheano quedaron rápidamente ahogados en el miasma fanático del nazismo ascendente, el cual se quería deudor para más inri de las doctrinas del padre de la criatura. Sólo Sloterdijk, un poco como Derrida, ha querido recientemente aproximarse al nietzscheanismo de izquierdas pero cambiando nietzscheano por “heideggeriano”.

La obra de Georges Palante contiene una crítica del valor de la igualdad en cuanto universal-promesa, como diría hoy Paolo Virno. Es por ello antagonista con los dogmas marxistas, en los que no descubre sino un “capitalismo de Estado” bastante antes de que Castoriadis formulase esta misma crítica. Palante crea una figura semejante al superhombre, el Arista, “artista de la excelencia” que se asociaría en micro-sociedades electivas y que se opondría tanto al hombre-de-buena-voluntad de Kant como al principio rousseauniano de la voluntad general. Onfray lo compara con el anarca jungeriano, pero creo que así se corre el riesgo de volver a encapsular el anhelo del espíritu libre en un nuevo Dios-Yo, como ya le ocurría a Max Stirner.

En esta tensión se movió Palante durante toda su vida. Onfray nos cuenta que se presentó a unas elecciones municipales, sin éxito, aunque dejando bien claro cuál era su enemigo: “¡Abajo la política secreta!”, gritó durante una asamblea. Promovió un “socialismo municipal” de estirpe proudhoniana, y pese a sus soflamas patriotas en el contexto de la Gran Guerra –nadie es perfecto– fue tachado por sus adversarios de “internacionalista”. Combatió la inmunidad parlamentaria como “la forma legal del gregarismo corporativo parlamentarista”. Vivió intensamente en carne propia el conflicto entre el deseo y la realidad, para decirlo como Cernuda: era deforme y libertino. Propuso una especie de “pesimismo experimental” como factor de sociabilidad que Onfray resume en una sabiduría trágica, acaso también política.

¿Queda, hoy, algo de aquel primerizo nietzscheanismo de izquierdas en los movimientos sociales alternativos? No parece que la obra del filósofo alemán sea muy conocida entre las multitudes globales, ni que éstas recurran a sus ideas para la práctica política cotidiana. En este punto, ni en "Le Monde Diplomatique", ni en la "New Left Review", ni en "Imperio" de Negri y Hardt, ni en "Multitudes", por citar algunas revistas y libros de referencia, Nietzsche suele hacer acto de presencia. Y sin embargo... Marx, mucho más activo en este aspecto hoy en día, fue uno de los poquísimos intelectuales que se puso del lado de Nietzsche cuando éste publicó las "Consideraciones intempestivas", antes de que fuese apartado definitivamente de la Universidad. Por no hablar de Spinoza, afortunadamente también hoy revalorizado, al que Nietzsche llamó en una ocasión “mi precursor”. En España, Manuel Barrios Casares, Germán Cano o Pere Saborit le han dedicado o han cimentado en él recientemente algunos lúcidos estudios, escorados hacia la cuestión política sobre todo en este último caso ("Política de la alegría", Pre-Textos, 2002), más exhaustivos en lo referente a la crítica cultural en los otros. Pero especialmente política es la dosis de nietzscheanismo contenida en la apuesta por el “querer vivir” de Santiago López Petit, uno de los más conspicuos agitadores sociales de nuestro panorama más cercano ("El infinito y la nada. El querer vivir como desafío", Bellaterra, 2003).

Para la izquierda social el legado del gran paseante de Sils-Maria es, pues, incierto y, a veces, contraproducente. Sin embargo, como a un sol de verano, luminoso y ardiente, lo seguimos esperando para que con su calor derrita los adoquines y nos deje por fin atisbar la playa. “Ardor, nunca odio”, que decía Jünger. El 15 de febrero de 2003 miles de banderas con los colores del arco iris y la palabra en italiano “Paz” inundaron las calles de la ciudad global en protesta contra el Estado-guerra. Durante muchos años esa bandera había quedado reducida a símbolo del colectivo homosexual: bien estaba, si nadie más la quería. Pero desde que mucha más gente empezó a salir a la calle en Seattle y en Génova a decirles a los mandamases que no: no a la OMC y al FMI, no al Estado como su pseudoprolongación y viceversa, etc., ese símbolo ha vuelto a ondear para todos nosotros como un horizonte de vida, como un blasón de amor y temblor que puede decir no porque en su aliento lleva el gran sí:

“Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo; allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible. Allí donde el Estado acaba, ¡mirad allí, hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del superhombre?” ("Así habló Zaratustra").

Ximo Brotons

Artículo: "Sonic Youth o el desasosiego" (publicado en Ruta 66, enero 2004)

SONIC YOUTH O EL DESASOSIEGO

"Sostengo que:
el caos es el futuro y tras él viene la libertad.
La confusión es lo siguiente y lo siguiente después de esto es la verdad".
Sonic Youth, "Confusion is next"

Durante los mismos días en que Lyotard decretaba el nacimiento de la posmodernidad y el deconstructivismo de Derrida se erigía en el nuevo paradigma filosófico-social de nuestro tiempo nacía en la ciudad de Nueva York la mejor banda de rock de los últimos veinte años; la más rompedora, la más influyente, la más original y la más decisiva: Sonic Youth.

Ningún grupo se le puede comparar en cuanto al nivel de ruptura que dentro de los parámetros musicales del rock supuso su erupción salvo The Velvet Underground, banda de la cual pueden considerarse no en vano sus hijos predilectos. Ningún grupo como Sonic Youth ha sabido y ha podido poner música a la confusión de lo vivo, y hacer hablar al rock en el lenguaje de nuestra sociedad: para ponerla simplemente de manifiesto, para criticarla ferozmente, o para tratar de encontrar en ella algún rasgo de belleza. Ningún grupo de rock ha ido más lejos en la experimentación musical dentro del mundo que nos rodea como esta banda de Nueva York que aún hoy sigue rocanroleando incomparablemente sobre la locura, los sueños, el amor, la naturaleza humana y la sociedad, la felicidad, el paisaje de América o la vida cotidiana.

Mi tesis principal es que tanto musical como letrísticamente la idea que mejor puede definir la propuesta de Sonic Youth viene definida por esa sensación que calificamos con la palabra desasosiego. No hablo de tedio ni de hastío ni de simple spleen vital (de los que me he referido al hablar de The Velvet Underground), tampoco es exactamente inquietud ni curiosidad o perpleja tristeza, sino desazón. Una desazón sostenida en este caso por una amplia y cristalina mirada que es capaz tanto de la más desencarnada e incluso lúgubre visión interior como de una voluntad de abrir nuevos horizontes más expansivos y más libres.

No hay idea perfecta,
no hay destino perfecto,
sólo pequeñas puñaladas de felicidad
-a veces un poco demasiado tarde.
Genetic, “Dirty”

A finales de la década de los años 70 tres personas de distinta procedencia se encontraron en Nueva York. Estudiaban en las art-schools y estaban interesadas en la vanguardia musical minimalista que en aquellos momentos realizaban autores como Glenn Branca. Esos tres personajes eran Thurston Moore, cabecilla del grupo que primero se llamó The Arcadians y luego Sonic Youth, Kim Gordon y Lee Ranaldo. Éste empezó a centrarse en la composición y en el manejo de la guitarra eléctrica, mientras que Kim aprendió a tocar el bajo como una especie de amazona rockera. Los tres juntos, más diversos baterías que ocasionalmente se les unían, empezaron en 1982 una fecunda trayectoria musical. En un cartel publicitario de uno de sus primeros conciertos como The Arcadians se podía leer: “Come see the roots rock rhythm explorations of The Arcadians” (“Ven a ver las exploraciones de las raíces rítmicas del rock de The Arcadians”). Así se presentaron estos tres inquietos personajes en sus comienzos, bajo la decisiva influencia del mencionado Glenn Branca, que fue para Sonic Youth algo así como lo que Andy Warhol fue para la Velvet Underground. Y digo “algo así” porque la influencia de Branca en Sonic Youth no sólo fue estética o publicitaria, sino directamente musical. Blanca hacía una música que bebía de las investigaciones de John Cage, del movimiento dodecafónico y del minimalismo de gente como Pere Ubu; según sus palabras, al escuchar su música “uno no está oyendo guitarras, ni siquiera música, sino un campo de sonido, como algo que se podría oír en un sueño...”. De ahí arranca el originalísimo y sólido rock de Sonic Youth, que ciertamente se asemeja a ese “campo de sonido” que se escucha como en un sueño.

Pero, ¿cómo consiguieron estos tres inquietos personajes pergeñar y hacer tan transparente ese densísimo sonido? Uno de los secretos de la “pureza convulsiva y pavorosa” (Ignacio Juliá) de la música de Sonic Youth procede directamente de la manipulación de las guitarras eléctricas que un buen día se le ocurrió llevar a cabo a Lee Ranaldo. Según la opinión de este intrépido músico “la guitarra es un instrumento ilimitado al que la mayoría de la gente no ha sacado completo provecho”. Y así procedió Ranaldo: diferentes afinaciones del clásico instrumento, diferentes y nunca probados acordes, perfectamente disonantes, diferente colocación, a menudo aleatoria, de las cuerdas de la guitarra. Todo ello permite obtener un sonido jamás experimentado en el ámbito del rock. La Velvet Underground fue el primer grupo en avisarnos de que “Dios había muerto” (y no hablo de Elvis Presley) también para el rock, pero aún así seguía siendo un grupo más o menos clásico. No fue hasta la llegada de este extraño y logrado experimento llamado Sonic Youth cuando el clasicismo pierde definitivamente sus galones también en el campo del rock. Tanto es así que algún crítico se atrevió a decir tras escuchar uno de sus primeros discos (Confusion is sex o Bad Moon Rising) que la música de Sonic Youth se le antojaba el primer tipo de música que no tenía ninguna deuda con el R&B, lo cual no era sin embargo del todo cierto. Más bien lo que empezaron a hacer aquellos tres audaces muchachos reunidos en Nueva York a principios de la década de los años 80 fue llevar lo más lejos posible las potencialidades de la música rock, que de esta forma adquirió por fin una forma artística y moderna, es decir, plenamente consciente de su naturaleza.

Y es que la distorsión provocada en las guitarras no sólo influye en el sonido que este grupo es capaz de crear, sino que esa misma distorsión quiere ser algo así como la conciencia de ese sonido, y de la naturaleza humana y social de ese sonido. Es decir, no ya sólo es que la música se distorsiona y adquiere una cierta lucidez de lo que propone y de la forma en la que se propone, sino que esa misma música se convierte en un medio de investigación de la sociedad en la que surge y en una herramienta crítica de esa misma sociedad a la que se ofrece. De algún modo, por tanto, se puede decir que gracias a Sonic Youth el rock entra a formar parte de las artes modernas en el amplio sentido social y crítico de la palabra. Parafraseando a Hegel podríamos sostener que si bien el rock se hace en la Velvet arte en-sí pero sigue anclado en el esteticismo en cuanto al para-sí, adquiere por primera vez y con todas las consecuencias el carácter de arte tanto en-sí como para-sí con la explosiva aparición de Sonic Youth. Lo cual supone una verdadera revolución no sólo en términos musicales sino también sociales e, indirectamente, políticos. En resumen, con Sonic Youth el rock asume por fin como propio el desafío racional que implica la Muerte de Dios simbólicamente decretada un siglo antes por el filósofo alemán F. Nietzsche. Por eso el crítico musical Jaime Gonzalo define la música de Sonic Youth como “el sonido de unos niños enfadados jugando con juguetes rotos”, a lo que cabe matizar que ese enfado no proviene tanto de la nostalgia por los perfectos juguetes de antaño como por el hecho mismo de haber sido largamente engañados con la falsa magnificencia de juguetes que no existen sino en el más allá: “El mundo fue hecho y vuelto a perder” (Brave Men Run, “Bad Moon Rising”).

Pero volvamos al análisis estrictamente musico-existencial, dejando para más adelante este otro tipo de reflexiones de cariz más social o puramente intelectuales. Según Glenn Branca, la clave para lograr ese “campo de sonido que se escucha como en un sueño” está en “pensar no en términos de acordes, sino en pensar en términos de intervalos y armonías”. Eso comienzan a hacer estos tres chicos de Sonic Youth y así comienzan a reconocérselo los críticos musicales de la revista americana New Musical Express. Gay Abandon califica la música del grupo como una “fortuita mezcla meticulosamente seria”. En 1985 Agnes Gooch afirma: “Los prolongados golpecitos, los hipnóticos mantras con guitarras de una sola nota que estallan en un feroz feed-back: todo esto trae a la mente el sonido de unas ruedas que giran”. Finalmente Biba Kopf resume: “Lo suyo es un palimpsesto de acceso al rock. El ruido estragante de sus guitarras simultáneamente garabatea y raspa sobre el proyecto original [de la canción], hasta que todo queda sepultado bajo el tumulto de la firma de Sonic Youth”.

He aquí el sugestivo sonido de esta banda formada por tres mentes inquietas que logran romper con el clasicismo en el rock y a la vez abrir la música rock al mundo contemporáneo del arte y de la sociedad sin perder por ello las señas que definen este tipo de música. “Destruir y reconstruir: reconstruir y desechar. Sonic Youth quiere aprender a sobrevivir”, escribe Ignacio Juliá. Este es el propósito de la banda, cuya música se mantiene fiel por encima de todo, como ha sido dicho, a la sensación de desasosiego humano que la incertidumbre política de nuestros días ha agudizado hasta la exasperación. Y la originalidad y auténtica grandeza de esta banda radica en haber sabido transmitir esa sensación no sólo retórica sino material, casi físicamente, gracias sobre todo a ese raro e hipnótico sonido que la caracteriza. Pues según el filósofo Gilles Deleuze, uno de los pocos pensadores que se han acercado sin desprecio a la música rock, el sonido, el puro sonido, “nos invade, nos empuja, nos arrastra, nos atraviesa. Abandona la tierra, pero tanto para hacernos caer en un agujero negro como para abrirnos a un cosmos. Nos da deseos de morir. Al tener la mayor fuerza de desterritorialización, también efectúa las reterritorializaciones más másivas, más embrutecedoras, más redundantes. Éxtasis o hipnosis” ("Mil mesetas").

La juventud sónica siente ese deseo que nos invade y nos empuja hacia la libertad, pero que al mismo tiempo pone de manifiesto nuestro parentesco con la mortalidad; la juventud sónica realiza ese movimiento de desterritorialización y reterritorialización, busca un lugar en el mundo, crear un mundo a partir del caos del que brotamos, formar un cosmos vital a la medida de nuestra humana condición, que vacila y vacilará irreconciliablemente entre el éxtasis y el horror.

Cuando ves la espiral girando para ti solo y
te sientes tan pesado que no puedes parar, cuando
este mar de locura te convierte en una piedra,
una foto de tu vida sale disparada como un cohete.
Mote, “Goo”

Y esto lo logra Sonic Youth elevando el rock a verdadera música, a verdadero “arte”. En sus inicios Thurston Moore escucha a los Beatles y a los Talking Heads, Lee Ranaldo va para escritor, Kim Gordon coquetea con el feminismo y admira al pintor alemán neoexpresionista Gerhard Richter. Son tres personas atentas que por un azar inexplicable conducirán al rock hasta sus propios límites: su obra entera podría colocarse bajo la rúbrica de Crítica de la razón rockera. Y es que produciendo ese sonido es como Sonic Youth consigue crear música, o sea, consigue que el rock definitivamente sea capaz de erigirse en música creadora en medio de las ruinas del viejo templo derruido de la Verdad y del Fundamento. Pues toda verdad que no se supedite a ninguna mayúscula surge de la creación ex nihilo y de la apertura de nuevas determinaciones, susceptibles a su vez de ser nuevamente revocadas, según ha establecido el filósofo Cornelius Castoriadis (y poiesis, de donde poesía, significa “creación” en griego). Y eso es lo que hace la música de Sonic Youth, ejemplarmente, poéticamente. Y aquí cabe hablar del gran secreto que oculta esta aparente estridencia absurda, pues todo ese conglomerado de sonidos disonantes que se escuchan como en un sueño y que nos trasladan a las regiones vírgenes del desasosiego tienen un único propósito: el de construir, el de crear tiempo y vida significativa más acá de las Verdades Absolutas y de la Eternidad.

¿Qué es real? ¿Qué es verdad?
No te estoy dando la espalda
¿Adónde vas? ¿Dónde has estado?
Pidiendo deseos, velando sueños.
Wish fulfillment, “Dirty”

En el "Diccionario de las artes", Félix de Azúa sostiene que la música hace significados de los sonidos. La música es “el arte de construir el tiempo mediante sonidos no lingüísticos; es una “escultura de tiempo”, móvil e inacabada. Y la forma de medir ese tiempo es posible mediante los instrumentos, que son herramientas de medida. Dicho esto, se entiende mejor la radical transformación que supuso la manipulación de las guitarras eléctricas que realizó Lee Ranaldo en los comienzos de la aventura musical de Sonic Youth. Pues si el instrumento de medida cambia, la medida y el tiempo que con ella se crea, cambian también. O mejor dicho, o dicho un poco a la manera de Marx, cambia el modo de producción del tiempo y por tanto la naturaleza de ese tiempo, que ya no viene dado de antemano por un canon establecido que conoce ya el ser del tiempo o cómo ha de ser el mundo humanamente habitable, sino que se arriesga a crear libremente un tiempo a la medida de nuestra capacidad humana de imaginar: “el misterioso ritmo,/esta infinita estación,/las grandes decisiones” (Genetic, “Dirty”).

A veces se ha definido la música de Sonic Youth como “el ruido de un sueño”. Pues bien, ese sonido de nuestros ensueños consigue por primera vez en la historia del rock, al menos de un modo radical (y me remito aquí a la etimología que emparenta este vocablo con la palabra “raíz”), crear tiempo significativo no preestablecidamente ordenado. O sea, la música de Sonic Youth crea lo que se conoce popularmente con la expresión tiempo libre, baluarte de la autonomía de los individuos que la sociedad capitalista se ha obstinado en combatir empecinadamente desdes sus inicios (y la lista de “corruptores de la sociedad” que han elogiado la ociosidad, desde Betrand Russell hasta Guy Debord, es muy larga en el siglo XX), obligándonos a trabajar a todos “con normalidad” y ocasionando consecuentemente un gran número de parados, es decir, de gente que malvive absurdamente en un tiempo muerto. De ahí el sentido vital emancipador del tiempo libre (destructor-creador, reversible) que consiguen fabricar las canciones de Sonic Youth, pese a su aparente non-sense tanto instrumental como letrístico.

“Su sonido (frenético, monolítico, convulso, monstruoso)”, sostiene Ignacio Juliá, “es lo estimulante. Su única razón de ser es, por lo que parece, acariciar la belleza de la locura. Su impulso resulta curativo a través de una violenta catarsis: el absoluto exterminio de toda estética inútil o inservible; el renacimiento de un arte que expresa enteramente la locura de vivir. Su objetivo, estamos advertidos, se dirige a nuestras cabezas”. Pero, ¿de qué locura de vivir habla el crítico barcelonés? ¿Qué significado expresan esos ensordecedores rumores del sueño? La música de Sonic Youth habla de la locura inherente a la condición humana, redoblada por una sociedad que lejos de aceptar su parte irracional condena al cuerpo que la encarna paralizando el tiempo libre en el que podría esperarse de ella una cierta reconducción hacia la cordura, mediante la práctica del arte o del amor.

Pues el hombre es, en palabras del pensador Víctor Gómez Pin, un animal “intrínsecamente perturbado”. Como toda forma de la naturaleza, no está perfectamente acabado: sus contornos se diluyen, su raíz se hinca en un abismo sin fondo, él es-lo-que-no-es y no-es-lo-que-es (Hegel). Pero esta libertad originaria del hombre ha sido culpabilizada por la religión, de una parte, y de otra, ha querido ocultarse mediante la entronización de una Razón absoluta, exhaustiva y atemporal, que permitiese finalmente la instauración de una sociedad uniformada, funcional y aparentemente normalizada. De ahí que el ocultamiento del caos propio del mundo y de los hombres haya propiciado la institución de una sociedad absolutamente demente, en lugar de promover la liberación común a la que decía estar destinada. Y contra esa sociedad demente, que anula la posibilidad de crear tiempo libre y de vivir bien, que obliga a una multitud informe a penar en un tiempo muerto sin alegría y sin porvenir, que culpabiliza al cuerpo como centro de esa capacidad originaria de los sueños emancipadores (“Mi cuerpo es un tiempo pasado,/mi mente un simple gozo./Aprendí mi lección/de la manera más dura,/pero tú no me conoces”, Inhuman, “Confusion is sex”), contra esa sociedad verdaderamente inhumana que no reconoce las “partes malditas” (Bataille) que nos pertenecen, se alzan los gemidos, los gritos, las súplicas, la voz agónica, desasosegada y sin embargo todavía capaz de ternura de las canciones de Sonic Youth.

La sociedad es un agujero,
me hace mentir a mis amigos.
El asalto de música sagrada (...)
Quiero vivir en paz.
Society is a hole, “Bad Moon Rising”

Esas toneladas de puro sonido que nos llegan como susurros de la noche, como campanadas de medianoche que anuncian con dura solemnidad una voz humana extrañada, se escuchan, pues, como el ruido de un nebuloso sueño. Ese rumor ha aprendido “las leyes de la decepción” (“Bad Moon Rising”) que trae el día, y sin embargo, ha aprendido también a extraer de esa confusión una suerte de belleza convulsa, terrible, inquietante: parecida al caos del que nace. La frustración de nuestros deseos refleja una y otra vez el verdadero rostro del personaje que cada día intentamos crear, pero esa locura no tiene por qué esconderse ni mutilarse ni culpabilizarse; más bien se trata de dar fielmente forma a ese caos para volver a construir cada día nuestro frágil y efímero mundo, una y otra vez. Es lo que reza el título de una canción del segundo disco de Sonic Youth: "Making the nature scene".

Y es esa creación la que en Sonic Youth no sólo está dicha por las letras de las canciones sino que, tal vez por primera vez en la historia del rock, está hecha por su música. O dicho de una manera más modesta: quizá por primera vez un grupo de rock se ha atrevido a afrontar los mismos desafíos que la mejor música clásica, rompiendo así con el clasicismo propio que hasta entonces, con excepciones precursoras como las de la Velvet Underground, se había implantado cómodamente como canon del rock. De ahí que valga la pena citar la frase de una de las primeras composiciones de Lee Ranaldo, Thurston Moore y Kim Gordon, que por cierto Nietzsche utilizó como una de las máximas morales de su filosofía artística: “No digas más que la verdad” (Confusion is sex, “Confusion is next”). Esta misma canción pone de manifiesto de la forma más explícita hasta qué punto el cuerpo (sueños, inconsciente, sexo) puede aliarse con su propio e inherente caos para poder crear ese tiempo libre e indeterminado que se nos abre expansivamente ante nosotros, al contrario del tiempo congelado que la sociedad quiere imponernos como método de control de nuestra desbordante imaginación. La verdad es creación, como ya se ha apuntado, y a ella debe ceñirse nuestra libertad, nuestra ambivalente humanidad. Frente a las ilusorias promesas del futuro, el puro aliento de nuestra imaginación “rompe el día y la noche”, para decirlo como los Doors, y abre la posibilidad del presente como tiempo libre y también como regalo.

Respiro en el mito,
estoy por encima de la ciudad.
Que se joda el futuro,
estoy contento y dentro de tu beso.
Eric´s trip, "Daydream nation"

A estas alturas sería repetitivo perorar por enésima vez sobre las consignas antifuturistas de grupos como Sex Pistols o The Dictators. Los miembros de Sonic Youth lo sabían y se limitaron a constatar en una canción (My future is static, “Sister”) la parálisis provocada por esa mentira del futuro que nuestra Sociedad del Progreso Ilimitado nos quiere vender como un nuevo reino de los cielos.

Pero en este punto Sonic Youth vuelve a volar un poco más alto que los demás, y la refutación del futuro tanto a través de su música como en sus letras supera la limitación de la mera consigna y se adentra sin complejos en los profundos recovecos de la política. Llevan la crítica de los elementos de fascismo encubierto que perviven en nuestra sociedad hasta la raíz misma de sus manifestaciones comerciales. Ya no se escupe a la Reina, o se maldice la discriminación social, se da un paso más: se ataca, pero de forma irónica, la realidad misma de su encubrimiento llevada a cabo mediante objetos de consumo aparentemente inofensivos. De esta forma, América es Ameri-k-k-kan, el sistema económico se llama Reaganomics, el fascismo tiene el rostro de Madonna (cabe remitirse además a "Kill your idols"), y los numerosos utensilios domésticos o los innovadores aparatos tecnológicos que nos procuran el celebrado confort capitalista (TV, lavadora, etc.) pasan a formar parte del paisaje de esa banalidad, como línea del mal en la que se recortan los sentimientos y las acciones que aún son capaces de cierta nobleza y cierta verdad.

La genialidad emancipadora de Sonic Youth radica en este punto en coger todos esos elementos cosificadores (es decir, anti-humanizadores) y en devolverlos a su lugar original, es decir, al caos, para triturarlos en ese abismo común como en una batidora y crear a partir de él algo que pueda sobreponérsele: belleza, generosidad, independencia, mundo. El cocktail está servido y tiene un nombre colectivo: juventud sónica, que quiere vivir y, como decía Nietzsche, quiere querer.

Musicalmente las influencias de Sonic Youth van desde la vanguardia y el punk hasta el funky o el hard-core. Se puede decir que ellos fueron los fundadores del nuevo estilo noise, pariente del grunge, y que incluso se dejaron embeber de rasgos raperos. En sus comienzos llegaron a celebrar un concierto en el desierto de Mojave y colaboraron con Iggy Pop y Lydia Lunch (Death Valley´69). Viajaron hasta Europa y actuaron en Berlín. Más adelante se fueron de gira mundial como banda telonera de Neil Crazy Horse Young. Tocaron junto a Fugazi, Sebadoh, Pavement, Yo la Tengo y demás grupos emblemáticos de los años 90. Don Watson, un crítico del New Musical Express, caracterizaba así en 1983 el cocktail explosivo de su propuesta: “Aquí como en cualquier otra parte las letras son fragmentos: imágenes de locura, enfado y desesperación revoloteando alrededor de un trasfondo musical tensado al máximo que deja marcadas señales lívidas”.

Pero había mencionado la voluntad de querer como principal baluarte de nuestra intimidad contra la sociedad que pretende “normalizarla”. De ahí que junto a la práctica del arte capaz de crear esos destellos de belleza, esos gestos de generosidad, esos momentos de independencia, ese mundo humano a la medida de nuestra oscilante condición donde no se producen más y más objetos sino que se crea humanidad, cabe mencionar la experiencia del amor. Durante un tiempo Thurston Moore estuvo leyendo al escritor de ciencia-ficción Philip K. Dick y encontró en él la clave de su idea del mundo humano: “Esquizofrenia no es más que otra palabra para cosmología”. Y es que sólo asumiendo esa parte trastornada que habita en nosotros mismos podremos crear algo así como un tiempo libre y una vida significativa, es decir, un mundo humano, un cosmos vital. Schizophrenia figura como canción del álbum “Sister”. Pero antes Sonic Youth había grabado el que quizá es su trabajo más importante, o el que confirmó definitivamente su trayectoria. Ese disco es “Evol”, título que hace referencia al amor que puede subvertir –de ahí evol en vez de love- los postulados de la sociedad establecida, como ya hemos dicho. De este disco, editado en 1986, el crítico de NME Dave Haslam señaló: “Es un disco hipnótico. No glorifica nuestra época de ansiedad pero nos fuerza a enfrentarnos al terrible potencial de destrucción del amor y de la vida”.

Todo lo que la luz omnipotente de una Razón absoluta y una sociedad totalitaria y homogénea quieren borrar del cuerpo y de la mente humanas brota despiadada y crudamente en la experiencia compartida del amor. Lo desconocido, el abismo sin fondo, el caos, el misterio de la existencia humana, la libertad: “No me des tu alma,/tu corazón es un abismo”, Cinderella´s Big Score, “Evol”. Y sobre todo la radical e inmanente experiencia de lo innombrable, que sin embargo pugna incesantemente por dejarse llamar a través del amor:

Sonrío como el sol,
doy la espalda al tiempo,
loco por ti,
el placer es mío.
Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero
¿Cómo te llamas?
Drunken butterfly, “Dirty”

Y está el amor furtivo (“Bésame en la sombra,/bésame en la sombra de una duda”, Shadow of a doubt, “Evol”), y el gran sentimiento expansivo de lo nuevo, de lo que crece y aumenta nuestra fuerza (“Tú eres el primer día de mi vida”, Ghost Bitch, “Bad Moon Rising”), y esa vieja nostalgia semi-mística por la impecabilidad irremisiblemente perdida (“Me siento como un ángel de brillantes/ ojos negros, ahora el mundo se ha vuelto/ increado”, Lee#2, “Goo”), y la lejana e inalcanzable belleza de lo que sin embargo conserva un insoslayable parentesco con lo que somos (“Bonitas mentiras en los ojos de otros sueños”, Beauty lies in the eye, “Sister”). A fin de cuentas, pues, se trata de “permanecer en el amor”, o como hubiese acotado el filósofo B. Spinoza, de perseverar conjuntamente en nuestro ser.

El amor ha venido para quedarse toda la vida,
se va a quedar siempre y cada día se siente como
un deseo que se cumple, se siente como un ángel
que te sueña, se siente como un cielo que perdona y
comprende, se siente como si estuviésemos desvaneciéndonos y celebrando
que tenemos un espíritu carnal que se pulveriza: me voy a reír de él.
Tienes una corona de algodón, voy a guardarla
bajo tierra, vas a controlar la química
y a poner de manifiesto el misterio.
Cotton crown, “Sister”

La afirmación incondicional de la vida que conlleva la experiencia del amor pone de manifiesto de la manera más radical el misterio de esa misma vida. El desasosiego nos angustia y nos descorazona, pero también nos señala horizontes despejados: allí donde recomienza la experiencia de la libertad y donde todo vuelve a ser posible. Dice Savater en De los dioses y el mundo: “Quizá el intento de salir fuera de la razón abstracta del Sistema nos haga perder completamente la razón. Pero es imaginable –a nivel mítico- una cordura que fuese el reverso de la abstracción vigente y siempre en aumento; una cordura que sólo vislumbramos como negación de lo abstracto, de sus pompas y sus obras, una cordura que fuera base de una comunidad impecable1, multiplemente una, en la que no primase lo utilitario abstracto sino su opuesto, es decir, lo sagrado. A este anhelo, que no utopía, llamamos `revolución´”. He aquí donde esa sensación vagamente fastidiosa del desasosiego adquiere potencialidades revolucionarias, potencialidades creadoras de vida relevante en medio de la pena de muerte que de antemano la sociedad se ha arrogado el derecho a imponernos y administrar: “Estoy esperando aquí algún pliegue de realidad:/tengo un gran final mortal en mi cabeza/y ni un minuto de paz” (Rain king, “Daydream nation”).

Y el centro disperso de ese momento revolucionario sigue radicado en el aquí y ahora, en nosotros, entre la claridad del día, entre la frondosidad de los sueños. Y así suena, tal cual, la música de Sonic Youth: desasosegada, revolucionaria, sagrada, impecable, al borde del aniquilamiento, preparada para fundar sin embargo un nuevo lenguaje, más libre y más verdadero. ¿Cuál es el secreto de esta maravillosa e inquietante música? ¿De dónde proviene su emoción? El enigma está guardado en una de las canciones de su primer álbum y resume la extremada sensibilidad poética de Sonic Youth, la cual seguirá enamorándonos todavía por mucho tiempo: “Oigo el sonido de hoy” (I dreamed a dream, “Sonic Youth”).

Cada día no es más que otro respiro,
cada noche otra pequeña muerte.
Saucer-like, “Daydream nation”

Ximo Brotons

Artículo: "Pasarán más de cien años" (inédito)

Algunos de los objetivos sociales de la nueva financiación. Ya sabemos que montar un club, y más de este jaez, cuesta dinero. Además de mucha estupidez. Lo que valen los viajes a California o Macao para simbolizarla.

PASARÁN MÁS DE CIEN AÑOS...

El otro día pasé por el quiosco de mi calle y me compré el periódico El Punt, edición del Penedés, diario “independent, català, democràtic i comarcal”. Muy bien. Lo compré porque el equipo de hockey sobre patines de mi ciudad, el CP Vilanova, había conseguido en el partido del martes por la noche mantener la categoría en División de Honor. Cuando era muy pequeño, mi padre me llevaba cada domingo al pabellón de la plaza de los Cuarteles, como aún lo llamaban: allí vi jugar a Carlos Trullols, el mejor portero de hockey del mundo, vestido completamente de negro, como aquel portero de fútbol apodado La Araña Negra. Allí vi a Pauls, a Edo, a jugadores que habían sido todos ellos internacionales. De modo que enternecido por la nostalgia me compré el periódico El Punt para saborear la permanencia del club deportivo más laureado de mi ciudad (fue subcampeón de Europa en 1977): reportajes, fotografías, viejos recuerdos.

Lo cierto es que la calidad de la crónica del encuentro me resultó bastante deplorable, así como el nivel general del papel: pero bueno, sólo llevan un año y el dinero o los profesionales no deben de dar para más. Luego me fui, como suelo cada vez que adquiero un periódico, a las páginas de opinión. No voy a hacerme el ingenuo: sabía perfectamente que El Punt es un diario catalanista, pero tampoco voy a hacerme el imbécil y debo admitir que desconocía el grado de estupidez que puede alcanzar su ideario nacionalista, bien patente tanto en el editorial, en las secciones y en el lenguaje de las noticias, como incluso en algunos contenidos, y sobre todo en los artículos de opinión. Había uno escrito por un miembro de la plataforma Catalunya 2003, fracción desgajada de CiU que ha recalado en ERC. La misma ERC paga un anuncio en la portada a todo color presentando actos y jornadas encaradas a las próximas elecciones municipales.

Otro artículo, firmado por un abogado, trata sobre la debatida cuestión de la ilegalización del “partido político” Batasuna. El autor se queja de que la sentencia del TC avale la idea de que sólo se puede hacer política desde el poder constituido: no, señor, política de verdad puede hacerse hasta extra-parlamentariamente, siempre que sea civil. Política, no matonismo de consecuencias reales y efectivas. Junto al lamento del jurista viene un panfletillo propagandístico y demagógico de un cachorro de CiU: no a la guerra, no a la guera, repite insistentemente, mientras las siglas tras la que firma su soflama siguen defendiendo una política económica que desde luego para prevenirse de una guerra no sirve. Y no digo más.

En fin, artículos de opinión con los que el diario “independent, català, democràtic i comarcal” (ya vamos sabiendo lo que significan estos adjetivos) no tiene por qué estar de acuerdo. Hojeo el editorial y el color no cambia, aunque el tono es más comedido y menos agreste. Aquí y allá hay noticias en las que un tal “Estat espanyol” aparece con toda su negrura burocrática. No hay ni un solo artículo, columna o noticia escritas en castellano, costumbre bilingüe que hasta no hace mucho era práctica usual (reducida, pero usual) en la prensa comarcal. Bueno, voy a las últimas páginas: un enorme mapa de Cataluña, Valencia y Baleares se yergue sobre el mar repleto de soles y nubes: “Països Catalans”. Vale. Me llama la atención la minuciosa conservación de la divisón administrativa en comarcas: están todas, hasta las francesas, con su toponimia gloriosa: “Vallespir”, “Vinalopó Mitjà”, “Mallorca septentrional”. Y me sobresalta un recuerdo: en las últimas elecciones autonómicas catalanas el PSC obtuvo más votos que CiU, pero de las 38 comarcas catalanas, más de 25 aparecieron en televisión bajo el color amarillo del poder nacionalista. Dejémonos de sondeos y pidámosle el diagnóstico al hombre del tiempo...

Pero aún quedaba por llegar lo más terrible. En la sección que comenta los programas de televisión, el firmante se hace eco de la última campaña de la Generalitat “en favor” del catalán: “Tú que eres maestro, háblales en catalán”. La benemérita intención es facilitar la integración de los nuevos inmigrantes en el cálido hogar del terruño. Pero el firmante no sabe o no quiere saber que los maestros apenas pueden obtener sus plazas, porque la política educativa de la Generalitat (y la política sanitaria, la social, etc., como ha recordado recientemente Vicenç Navarro) está acabando con cualquier espacio público social en Cataluña, único lugar donde la inmigración podría integrarse realmente a favor de la convivencia democrática de todos.

Y entonces volví a los deportes, en vista de mi errático deambular por las páginas del periódico “independent, català, democràtic i comarcal”. En una columna de la izquierda vi una especie de manifiesto firmado por algunos jugadores de hockey sobre patines; al lado, una noticia explicativa de tal iniciativa. El manifiesto se titula “Carta oberta al HC Montreux” y es la muestra más veraz del basso instinto del catalanismo que yo he leído en los últimos años, propuestas de reforma del Estatuto aparte. El motivo de la carta abierta es el rechazo del HC Montreux, club suizo de hockey sobre patines, a que una selección catalana de este deporte juegue un torneo allí tras haber sido previamente invitada. Estos no son modales, es verdad. La susodicha carta, escrita por alguna pluma masoquista, se queja con amargura del súbito arrepentimiento suizo, pero el soniquete de feliz poética barata le delata: ¡ah, como nos habéis impedido participar en ese torneo, reconocéis por tanto que somos una nación! Y este silogismo mentecato no es el peor de los que la carta trae. La paparrucha cumple uno por uno todos los rasgos definitorios de la ideología catalanista, que no es ni ha sido nunca ni liberal, ni democrática, ni republicana, aunque comarcal puede que sí, pero no tanto como se dice.

Tomo esos rasgos especificadores del magnífico libro de Joan-Lluís Marfany, "La cultura del catalanisme" (Empúries), al que habrá tiempo de recurrir una última vez. Pero veámoslos en carne viva. La “carta abierta al HC Montreux” dice: “Suïssa ha estat per als catalans en moltes ocasions un model de civisme i llibertat”. Bueno sí, a veces, aunque el dinero de los bancos de Zurich no sea del todo limpio y las mujeres no puedan votar en algunos valles de los Alpes. “Ingènuament, vam creure que els vostres costums democràtics aturarien la mentalitat medieval dels governants espanyols que encara avui, en ple segle XXI, voldrien fer renéixer los Tercios de Flandes per tot Europa. Pensàvem que aquest esperit inquisitorial feia figa més enllà de Perpinyà i que era motiu de mofa per part de les nacions modernes i operatives”. Toma ya. Esta vez la xenofobia alcanza hasta a los de Perpiñán, que a pesar de todo siguen formando parte de una de esas “naciones modernas y operativas”, que yo sepa. Pero sigamos, que no tiene desperdicio: “No estem parlant d´un caprici més o menys passatger o d´un afany per molestar els nostres veïns espanyols, únicament volem anar pel món sense disfresses grotesques tot essent només el que som: CATALANS!”. Veamos en qué consisten estas buenas intenciones: “Almenys en matèria esportiva, els catalans del carrer no som com els nostres polítics que sempre estan predisposats a aguantar que se´ls tracti com un no ningú. Ja n´estem farts, d´haver de patir la persecució “policial” del tronat estat espanyol com si fóssim uns vulgars delinqüents i que, a sobre, s´ho creguin a tot Europa; quan, en realitat, l´única actitud transgressora és la d´aquells que actuen contra Catalunya exactament igual com feia el sàdic de Franco”. Yo diría que en Europa podemos creernos cualquier cosa mientras algunos sigan creyéndose delincuentes perseguidos por un estado policial.. “L´elecció no és pas difícil; simplement cal escollir entre totalitarisme i llibertat. En quin equip volen jugar?”, acaba diciendo la triste misiva.

Este manifiesto ha recogido casi mil adhesiones en su primer día de aparición pública. Lo firman Jordi Basté, periodista de TV3 y de Catalunya Ràdio, Vicent Partal, “director de Vilaweb”, y Jordi Grau, jefe del suplemento deportivo de El Punt, además de unos cuantos jugadores de hockey sobre patines, haciendo buena la sospecha de que la imbecilidad mental no sólo reina entre los jugadores del balompié. El promotor de esta insólita iniciativa es un tal Santiago Espot, “empresario y escritor”, por lo que deduzco que además debe de ser el responsable de semejante engendro, en el que muy puntualmente se informa de que más de medio millón de personas y el Parlamento de Cataluña lo avalan. Aquí ya cunde el horror. La calidad de “escritor” de Santiago Espot no la pongo en duda por la enjundia de su prosa, pero sí por la ilustración de sus razonamientos, si es que alguien encuentra alguno. Autocalificarse como “escritor” era una práctica muy habitual entre los miembros de las primeras sociedades catalanistas, como indica razonablemente intrigado Joan-Lluís Marfany en su trabajo. Ya han pasado más de cien años desde la creación y consolidación del nacionalismo de la patria catalana: en un periódico de fecha reciente, concretamente del 10 de abril de 2003, ¡en pleno siglo XXI, con los Marines rondando Bagdad! tenemos la penúltima muestra y el penúltimo avatar de su siniestra ideología.

Ximo Brotons

Cuento: "El circo de los coches inteligentes"

EL CIRCO DE LOS COCHES INTELIGENTES

Aquel viernes por la noche esperaba a dos personas en la nueva casa adosada que mis padres habían adquirido a las afueras de la ciudad. Estaba situada en una calle casi desértica, en la que apenas se levantaban cuatro o cinco moradas ya acabadas y habitadas, y otras tantas a medio construir. El paisaje era, pues, feo, pero según prometían los grandes carteles que flanqueaban la calle en el futuro se podría vivir allí como en los más dulces sueños. Estos carteles se levantaban en la acera de enfrente de la hilera de casas adosadas ya habitadas, una de las cuales era la que mis padres habían adquirido hacía muy poco. Detrás de los carteles se extendía un descampado que separaba nuestra calle del inicio de lo que propiamente era la ciudad. Durante mucho tiempo fue un campo de huertos, hasta hace poco una especie de aparcamiento gratuito y público de coches, y ahora un verdadero descampado en donde muy pronto iban a estar trabajando los constructores de la empresa que había edificado nuestra coqueta casa adosada de dos pisos. En aquel descampado solían instalarse el circo que de vez en cuando visitaba nuestra ciudad. O las atracciones de la feria durante las fiestas de verano.

Ya he dicho que esperaba a dos personas muy íntimas para mí aquel viernes por la noche, cuando los acontecimientos que me he decidido finalmente a poner por escrito empezaron a sucederse, uno tras otro, sin dejarnos respirar y amenazándonos con la peor de las amenazas, la muerte. Mis padres habían salido de viaje de fin de semana y yo me encontraba solo en casa.

Esas dos personas, eran (aún lo son, gracias a Dios), mi mejor amigo Carlos, y una amiga muy especial, Ana. Carlos, alto y espigado, practicaba entonces varios deportes, pero sobre todo la natación. Le gustaba salir por el campo los fines de semana, solo, con su mountain-bike. Había sido buen estudiante, pero no acabó de cogerle el gusto a la universidad. Acabó una diplomatura en enfermería y estuvo trabajando algunos meses en un hospital, pero se cansó y decidió presentarse a las pruebas de acceso a bombero: “También ayudo a la gente, pero me muevo más”, decía. Y cobraría más también, si me permite desde aquí la broma... Y Ana, ah, Ana, era y es mi mejor amiga, una chica de pelo moreno, no muy alta, pero propocionada, y con la sonrisa más guapa que se haya dirigido a mí alguna vez. Ana estudia aún la carrera de Historia, aunque su afición es el cine y está pensando seriamente en hacer algún curso de guionista en este campo. Lo de la historia le viene de familia, su padre es profesor en la universidad y de momento ella le sigue los pasos, aunque yo siempre le digo que debe seguir escribiendo historias cinematográficas, porque son muy entretenidas y a veces conmovedoras.

Yo hace poco que he acabado Periodismo y estoy realizando unas prácticas en un diario de gran difusión y prestigio. De momento me tienen recluido en las páginas de sociedad –donde puedo hacer de todo, de lo más banal hasta lo más sublime, desde seguir la boda de no-se-qué-famoso hasta escribir la crónica de una manifestación política-, pero lo que me gusta es la crónica cultural, las entrevistas a personajes interesantes y la crítica de espectáculos artísticos. Me dicen maliciosamente que soy un pretencioso: yo respondo que lo seré de nacimiento, porque ya cuando era pequeño y empezaba a hojear el periódico, lo primero que me llamaba la atención eran las fotos de los estrenos de las películas o las entrevistas a personalidades intelectualmente interesantes. Sea como sea, es lo que me gusta y de momento parece que voy saliendo.

Pero volvamos al principio de esta historia. Aquel viernes por la tarde salí a alquilar la cinta de vídeo que nos iba a servir de motivo de encuentro a los tres. Habíamos quedado para cenar, ver una película y después jugar un rato a rol o a un simple divertimiento de cartas. La película me tocaba elegirla a mí, y me decidí por Almas de acero, un film que me había fascinado cuando siendo pequeño lo vi por primera vez en un pase de tarde por televisión, y de la identidad de cuyo director y guionista me había enterado hacía poco, para gran sorpresa mía: era Michael Crichton. En esa película salen Yul Brinner y otros ases de la pantalla, pero lo mejor es la historia: unos robots de un parque temático que de pronto se rebelan y empiezan a cobrar vida propia y a causar pánico entre los acongojados visitantes de la atracción turística. Mientras iba caminando hacia el video-club estuve repasando mentalmente la película, de cuyo final, sin embargo, no me acordaba. Por eso le contesté a mi amigo Carlos cuando me llamó por el teléfono móvil: “Sí, a las 8.30 en mi casa, ya sabes dónde es, cerca del antiguo aparcamiento (así llamábamos al descampado donde muy pronto iban a edificar más pisos): os espera un plato fuerte, y no me refiero a la cena, sino a la película...”. Mi amigo rió algo intrigado y colgó después de asegurarme que a las 8.30 estaría en mi casa con tres deliciosas pizzas en las manos.

Al volver del video-club, en la hora en que empezaba ya a oscurecer, llamé a mi amiga Nuria y le recordé la cita. Habíamos sido novios durante algunos meses, pero decidimos dejarlo para no perjudicar nuestra amistad, que venía de nuestra época de instituto, en la que habíamos sido inseparables. Nuria era especial, una chica estudiosa, guapa, pero nada vanidosa. Aunque podía resultar a veces muy cruel. Me repitió cinco veces que no faltaría a la cena y no faltó.

Estando cerca de la calle donde el nuevo hogar de mis padres se alzaba radiante y pulcro, me percaté de que las luces del circo instalado en el descampado permanecían apagadas. “Qué raro”, pensé.

Todos los años por aquellas fechas nos visitaba un espectáculo circense, que aprovechaba aquel lugar deshabitado para extender su carpa y resguardar a sus animales en las jaulas. Pero ya por la mañana de aquel viernes, cuando había salido para ir a hacer las prácticas en el periódico, me había dado cuenta de que ese circo no era el que todos los años solía visitar nuestra ciudad. Había cambiado, era otra compañía, también italiana, pero diferente. Casi no llevaban animales (apenas algún elefante y algún león, y caballos, jaleados, eso sí, durante todo el día por una inmensa muchedumbre de niños acompañados de sus padres), y su espectáculo principal consistía al parecer en un número con coches de última tecnología, capaces de chocar entre sí casi sin causarse ni un rasguño, y de hacer otras piruetas y maravillas inverosímiles, un poco al estilo del coche fantástico de la famosa serie televisiva. O al menos tal cosa ponía en el cartel anunciador del espectáculo: “Venga a ver el fabuloso espectáculo de los coches inteligentes, venga al Circo de los Hermanos Bortoli”, que aquella tarde de viernes colgaba solitariamente en medio del leve viento que lo agitaba a intervalos. Eso fue lo que me llamó la atención: que las luces estuviesen apagadas, que casi no se percibiese presencia humana alrededor, que el cartel tuviese un aspecto tan desolador, que apenas hubiese gente merodeando por el lugar o comprando las entradas para los espectáculos del sábado y del domingo.

Pero es que tal como pude ver según me iba acercando a mi calle el circo daba la impresión de estar cerrado. Me fui directo hacia las taquillas atravesando un breve tramo del descampado y me cercioré de la situación, con la bolsa del video-club en la mano: “El Circo de los Hermanos Bortoli ha suspendido las sesiones del fin de semana por indisposición de los miembros de la compañía. Lamentamos las molestias”, leí en un papel colgado con chinchetas. Otra nota escrita a mano debajo de ese papel aclaraba que los miembros del circo habían sufrido casi todos una indisposición gástrica por ingerir mayonesa en mal estado durante la comida y que las sesiones se habían interrumpido sine die hasta nuevo aviso. Se habían llevado a los animales aquella misma tarde a algún lugar seguro (“¿al zoo?”, pensé chafarderamente), y la situación me entristeció. No hay cosa más deprimente que un circo abandonado, y desde luego lamenté seriamente que aquel fin de semana la vida de mi calle fuese a ser tan monótona y mortecina como de costumbre. “¡Por una vez que el circo se instala al lado de casa!”, suspiré. Sin embargo, me extrañó que lo que parecían ser los afamados “coches inteligentes” del espectáculo circense continuasen aparcados allí cerca, junto a la alta carpa roja del circo, vigilados solo por un guardia jurado que se había ido alejando paulatinamente lo bastante para estar cerca de la vida civil y de los bares que estaban situados al final de la otra parte del descampado.

A las 8.30 el timbre de la nueva casa de mis padres sonó con estrépito. Era Carlos, que había venido cargando las pizzas en el manillar de su desvencijada mountain-bike. “Eh, hola, pasa adentro, Nuria todavía no ha llegado”, le dije nada más abrir la puerta. Carlos se rió y entró con la bici en la salita de espera, donde la aparcó arrimándola a la pared mientras con su mano izquierda me tendía la bolsa de la pizzería: “Ten, toma esto, caramba, mueve el culo”. Yo cogí la bolsa mientras daba un puntapié a la puera principal de la casa, que se cerró en seco. Alegres y dicharacheros cruzamos el breve pasillo que unía la salita de entrada con el comedor, en cuyos sofás recién estrenados dejé caer las pizzas y Carlos se tumbó. “¡Qué comodidades! ¿Cómo nos hemos aburguesado, eh?”, gritó mientras pillaba el mando a distancia y me conminaba con la mirada a que le pasase la película que había escogido para esa noche.

-Espérate, Carlos, Ana está al caer, y primero será mejor que nos comamos las pizzas, ahora que aún están calientes –le comenté, mientras retiraba los paquetes de cartón en las que iban resguardadas y depositaba las adoradas piezas en la mesita del comedor, situada entre el sofá y la televisión.

-Vale, tío, esta noche una pequeña party y mañana estudio, tengo el examen teórico la semana que viene: ayuda y socorro, fuego, agua, tipo de uniformes, yo qué sé. Espero que me sirva de algo... –contestó relajado al tiempo que enchufaba el televisor para ver las noticias.

-Voy a por la bebida –dije, dejándole despreocupadmente en el sofá-. ¡Y no pongas los pies en el sofá! –grité ya desde la cocina.

Mientras rebuscaba en la nevera y preparaba los platos, los vasos y los cuchillos para la cena, me pareció oír que Nuria había llegado y Carlos le había abierto la puerta. Así fue. Al salir de la cocina con la bandeja donde llevaba todo lo necesario –platos y vasos de plástico, servilletas, cuchillos de cocina y hasta un cenicero- para degustar como es debido las suculentas pizzas que acababa de traer Carlos, los vi a los dos sentados en el sofá. “Hola Ana”, le dije. “Hola”, respondió y me dio dos besos y se quitó la chaqueta. “¿Qué hacen ahí fuera esos dos coches tan extravagantes?”, preguntó. Miré desde el comedor hacia la puerta de entrada, a cuya izquierda había una pequeña ventana que dejaba aparecer un trecho de la realidad exterior. “Son los coches inteligentes del circo”, repuse subrayando las palabras y con un orgullo infantil que me sorprendió. “No, no, dijo Nuria, los que están aparcados enfrente de tu casa, bajo el cartel de la empresa constructora de los pisos”, afirmó ella rápidamente. “Cómo qué los que están aparcados enfrente de mi casa...”, susurré ininteligiblemente. Dejé la bandeja encima de la mesita y Carlos se prestó a cortar los trozos de pizza. Un poco perplejo cogí a Nuria del brazo y fuimos a la salita de entrada. “No, enfrente de mi casa no, Ana, yo los he visto esta misma tarde junto a la carpa del circo, en medio de la explanada, sólo que se han puesto enfermos los del circo y no va a haber función este fin de semana”, le comenté.

Pero cuando llegamos a la entrada del adosado y abrimos la puerta allí estaban, justo enfrente de nuestra puerta, parejos, hostiles, negros, radiantes, silenciosos. “¿Lo ves, guapo?”, soltó Ana con un gesto malicioso. “Pues yo juraría que..., vamos estoy seguro que esta tarde....estaban allí”, balbuceaba yo, inseguro por el evidente cambio de posición que habían adoptado los coches, y además temeroso de que mi amiga me tomase por un chalado. “No sé”, concluí mientras tomaba un poco del aire fresco de la calle, ya anochecida, “deben de haberlos aparcado aquí para protegerlos mejor; lo que no sé es quién habrá decidido conducirlos hasta este lugar, pues no es que sea mucho menos inhóspito que aquél...”, razoné señalando hacia la imponente y solitaria carpa del circo, abandonada por la presencia humana en el lúgubre descampado.

Tampoco podríamos averiguar esta última conjetura, puesto que las ventanas de los coches estaban blindadas con un espeso cristal oscuro que imposibilitaba la identificación de sus conductores. Según había podido leer aquel día en el folleto que repartían como anuncio de las funciones, esa invisibilidad formaba parte de la magia circense de los infalibles e invulnerables “coches inteligentes”. De modo que sorprendidos –ella- y un pelín alterados –yo- entramos en casa y cerramos la puerta.

En el comedor nos esperaba Carlos con un pedazo de pizza en la boca. “Pero bueno, guapo, ¿has empezado sin nosotros?”, le reprochó con falsa sorpresa Ana. “Es que tenía un hambre...”, rezongó mi amigo, sin dejar de masticar la cálida masa del condumio. Nos había traído tres pizzas de diferentes ingredientes: una de quesos variados, parte de la cual mostraba sus últimas formas acabadas en el interior de la boca de Carlos, otra de carne picada –al estilo tex-mex-, y otra mediterránea, es decir, con verduras y algunos pedazos de anchoa. “Mmmm, está sí que está buena”, se congratuló Ana, estirando con los dientes el pedazo de pizza con queso que se escurría inverosímilmente entre sus dedos. Nos servimos los refrescos, bebimos y seguimos dando buena cuenta de aquel invento italiano mundialmente masticado, y hablamos de nuestras cosas, de nuestros estudios y nuestros trabajos incipientes, de algunas anécdotas que habían jalonado nuestra amistad, de mi nueva casa y de la película que íbamos a ver. En un momento de la animada charla, Carlos se levantó groseramente como era habitual en él y empezó a deambular por la casa. Como había empezado sin nosotros, su estómago fue el primero en decir basta, y como era una persona extremadamente inquieta, no podía estarse quieto sin hacer nada. Por la televisión continuaban apareciendo imágenes mudas de guerras, partidos de fútbol y profesionales del espectáculo y de la política haciendo sus declaraciones. Suelo dejar la televisión encendida pero quitándole la voz: una manía boba como otra cualquiera, a la espera de alguna imagen o personaje o noticia que me llame verdaderamente la atención.

Mi amigo se dirigió hacia la cadena musical, también recién adquirida, que mis padres habían colocado en una esquina del comedor. “Menuda mansión, macho”, dijo de espaldas, y se puso a rebuscar entre los discos compactos de mi colección. “¡Tachán! ¡Este!”, se giró levantando con la mano un CD del grupo punk norteamericano Ramones, un concierto en directo grabado en Los Ángeles que se titula We´re outta here!. Ana protestó, pero como estaba en minoría le hicimos poco caso y yo comenté un par de banalidades a propósito de esa grabación. Carlos apretó el play modulando cuidadosamente el volumen, y se dirigió hacia la puerta corredera del comedor que daba directamente hacia una pequeña terraza y un jardín. “Caramba, chaval”, iba repitiendo humorísticamente, “¡Qué lujos!”. Todavía no había nada en aquella terraza y aquel jardín, tan sólo una sucia mesa redonda blanca de plástico duro y un par de sillas que hacían juego, además de cuatro o cinco agrestes capas de mala hierba crecidas aquí y allí en el terreno. Tras la pared del jardín, empezaba el bosque. Apenas cuatro o cinco casas de vida civilizada esparcidas en lontananza.

Mientras apurábamos los últimos trozos de pizza y dábamos los últimos sorbos a los refrescos, Ana preguntó por los vecinos. “Pues mira”, contesté, “que yo sepa, somos pocos. Como habrás visto, sólo hay cinco casa adosadas en esta parte de la calle, ninguna en torno, donde piensan edificar una fila de diez adosados en cada una de las aceras de la manzana que rodea al descampado y una gran plaza pública o un párking (todavía lo están discutiendo) en el centro. Y ya digo, en esta acera sólo hay cinco casas acabadas, están construyendo el resto de las cinco en la parte que llega hasta el final de la calle y que se pierde ya en otros terrenos colindantes a las montañas, por donde está el camino que lleva al embalse, ya sabes. Pero la última casa, la de al lado, todavía está deshabitada. La de mis padres es la cuarta viniendo de la avenida de la ciudad, por donde habéis llegado, pero aquí no hay manzana, detrás de los jardines queda el campo, el bosque y las montañas”, me explayé describiendo la arquitectura de mi nuevo barrio, mientras Ana consumía su último pedazo de pizza y Carlos todavía deambulaba entrando y saliendo de la terraza al son de las canciones de los Ramones. Seguí explicándole a mi amiga qué clase de vecinos nos acompañaban en aquella inacabada calle de las afueras de la ciudad: en el primero de los adosados una pareja joven con un crío de menos de un año, en el segundo un hombre solitario, ya jubilado, que al parecer había sido policía y que de vez en cuando recibía la visita de sus hijos, y justo en la de al lado, unos viejos amigos de mis padres, con quienes habían salido de viaje aquel fin de semana.

-Vaya, que estamos casi solitos –espetó Ana, sonriente y cómplice, dando el sorbo final a su vaso de Fanta.

-Sí, casi –corroboré.

En ese momento Carlos se decidió a entrar definitivamente en la sala del comedor y cerrar la puerta corredera que daba al exterior de la casa.

-¡Qué frío! Bueno, qué, ¿vemos la película? –dijo fregándose las manos y encorvando un poco su ágil cuerpo.

Recogimos mal que bien los platos y los vasos que habíamos utilizado y lo dejamos todo en la mesa de la cocina. Pasé un trapo limpio por la mesita del comedor y dispuse estratégicamente unos cuantos cojines, con el objeto de que pudiésemos estirar las pieras sin dañar su frágil superficie de cristal. Había algunas revistas y periódicos retrasados en la parte baja de la mesita, y ropa pendiente de ser doblada en el sofá. La retiramos a un rincón y ordenamos un poco el revistero y nos acomodamos lo más agradablemente posible en aquellas butacas de cine casero. Debían ser las 9.15 de la noche cuando Carlos bajó el volumen de la música y apagó la cadena musical. Yo introduje la cinta de video en el aparato reproductor y cambiamos el canal de televisión. Empezaron a aparecer anuncios de otras películas y de marcas comerciales varias, mientras Ana preguntó dónde estaba el enchufe de las luces para, una vez le hube indicado el lugar, dejarnos en una oscuridad penumbrosa. Los tres nos arrullamos silenciosamente en el relumbrante sofá y procedimos atentamente a empezar la visión de Almas de acero.

-Así que esto es lo que hacía Michael Crichton antes forrarse de dinero escribiendo Parque Jurásico –comentó desdeñosamente Carlos.

-Siempre ha sido un hombre de cine –repuso Ana.

-Sí, ya veréis qué buena película –avisé yo.

-¡No nos la cuentes! –chillaron al unísono mis dos amigos removiéndose en el sofá.

Y Almas de acero empezó. Carlos se sacó sigilosamente del bolsillo de su camisa un poco de marihuana guardada en una pequeña petaca metálica y se lió un porrito. “¿Ahora vas a fumar eso?” le inquirió algo molesta Ana. “Claro, así se ve la película con mayor claridad”, contestó petulante Carlos. “¡Callaros!”, rogué sin alzar demasiado la voz, como haciéndoles saber qué grado de atención y silencio requería la visión de esa gran obra de entretenimiento. “Yo conocí a un muchacho bastante alocado que decía haber visto una decena de veces Matrix yendo de tripi”, musitó Carlos sin hacer caso de mi petición. Pero Ana lo fulminó ferozmente con la mirada y se calló, justo cuando en la pantalla del televisor, que era de no sé cuántas pulgadas, daba inicio propiamente hablando la película que había alquilado en el video-club aquella misma tarde.

La casa estaba en silencio y en esa agradable penumbra en la que se disfruta del buen cine. De vez en cuando se oían los ruidos del motor de la nevera, o ladrar algún perro más allá de la pared trasera del jardín, inhóspitos y secos ladridos de perro doliente. De la escalera que conducía al piso superior de la casa, donde se repartían espacialmente las habitaciones y el cuarto de baño, llegaba al comedor un pequeño rayo de luz, posiblemente proveniente de la farola de la calle deshabitada que había podido entrar por el intersticio de la ventana de mi cuarto, el más próximo a la escalera. Justo al lado del sofá donde yacíamos ya totalmente absortos por los terribles e irónicos avatares de aquel parque temático, había dejado una pequeña lámpara de luz a medio encender, pues se trataba de una de esas lámparas cuya potencia lumínica puede modularse a gusto del usuario. De modo que la noche era cerrada también en el interior de la nueva casa adosada de mis padres donde los tres amigos disfrutábamos ávidamente de la intrigante trama que Michael Crichton había imaginado para lucimiento del hierático Yul Brinner.

A mitad más o menos de la grabación Carlos se desperezó y pidió que parase la película. “Uff, lo que les espera a esas pobres familias”, dijo estirando los brazos. Y acto seguido sugirió hacer un breve paréntesis para repostar fuerzas, ir al lavabo, beber un poco o pillar una bolsa de patatas o palomitas de la despensa de la cocina. Ana y yo nos miramos con la retina de los ojos empequeñecida y asentimos sin dilación ni protesta. “Vale”, murmuró encogiendo los hombros dulcemente nuestra amiga. “Venga, pues, voy a por esas patatas y esa Fanta”, repuse animado, y de un golpe me levanté y llegué a la cocina. Carlos había ido a mear, tan nervioso como es y como se encontraba en aquel momento...

Y de repente los tres empezamos a escuchar un ruido sibilino que procedía de la calle. Parecía el suave arrullo de un río crecido por una reciente lluvia, que arrastra su enorme masa acuática sigilosa pero incesantemente. Digo que los tres escuchamos ese ruido porque casi al mismo tiempo los tres nos preguntamos unos a otros, bastante sorprendidos y todavía con el sobresalto de la película en el cuerpo, qué podía significar aquel sonido. “¿Habeís oído algo?”, dije yo totalmente quieto y todavía con la mano derecha en el asa que servía para abrir la nevera. Carlos llegó al umbral de la cocina cruzando el comedor con paso prudente y asintió afirmativamente con la cabeza, prestando atención a ese suave pero algo inquietante ruido que nos llegaba desde la calle. Al fin Ana exclamó levantándose con los ojos algo temerosos del sofá y bajando nuevamente los brazos: “Parecen coches que pasan”.

Cuando los tres llegamos a la salita de entrada miré por el pequeño ventanal que quedaba a su izquierda y allí pude ver, enfrente de mi casa, cómo los dos extraños “coches inteligentes” del circo de los Hermanos Bortoli rodaban arriba y abajo de la calle sin finalidad aparente. “A ver”, dijo Carlos asomándose al ventanuco. “¿Qué coño hacen?”, juró. “Se pasean”, volvió a exclamar ahogando un grito Ana, que miraba con un ojo por el agujerito de la puerta. La acaricié un momento y volví a corroborar su afirmación. Así era: aquellos dos malditos coches oscuros, sin matrícula y sin conductores visibles habían empezado a pasearse arriba y abajo de mi nueva calle, apenas iluminada por los haces de luz blanca que expulsaban las tres farolas que la poblaban. Carlos se había puesto un poco histérico y empezó a maldecir a aquellos amenazantes y chulescos automóviles sin licencia para conducir por la vía pública. Estaba muy nervioso, y nos estaba demostrando una vez más su infalible instinto psicológico. Se había dado cuenta de lo obvio, es decir, se había dado cuenta de que aquello no era normal, de que allí pasaba algo raro. Pero parte de su histeria venía provocada por la película que habíamos dejado a medias, de modo que Ana y yo no dimos más importancia a sus obstinados improperios.

Estuvimos un rato más mirando por el ventanuco. Carlos se preguntaba con creciente angustia y temor cómo era posible que aquellos dos coches se hubiesen puesto en marcha si las funciones del circo habían sido suspendidas sine die por indisposición general de sus miembros. ¡Si hasta se habían llevado a los pocos animales que formaban parte del elenco! Aquellos dos coches de aspecto siniestro: ¿quién los conduciría? ¿Y con qué siniestros motivos? Pero al cabo de unos minutos de dudas, conjeturas y maldiciones intranscriptibles nos dimos cuenta de que seguían únicamente paseándose. No íbamos a averiguar nada más quedándonos como unos tontos mirando desde la ventana. Más o menos nos pusimos de acuerdo en que la hipótesis más probable fuera que algunos miembros del circo hubiesen salido ilesos de la ingestión de aquella mala mayonesa y estuviesen probando los coches para funciones posteriores. Quizá eran coches tan “inteligentes” que necesitaban cierto cariño diario, vino a decir Ana: ser conducidos todos los días, vaya, para que no se oxidase su seguramente sofisticadísima maquinaria. Dimos por buena esta resolución del caso y nos volvimos gastando algunas bromas a la sala del comedor.

La imagen congelada de la mirada fría del robot que encarnaba Yul Brinner nos miraba fijamente desde la pantalla. La leve pero audible sonoridad sibilina que los coches provocaban a su paso seguía llegando con persistente puntualidad. Cogí una botella de plástico de Fanta de la nevera y unas bolsas de patatas con sabor a cebolla y a jamón de la despensa. Ana y Carlos se habían vuelto a acomodar en el sofá: Carlos sostenía de forma apremiante el mando a distancia. “Caray, qué prisas”, dije yo, depositando las chucherías encima de la mesita del comedor. “Mmm, qué ricas”, soltó mi amiga. Los tres teníamos ganas de reiniciar la visión de la película, no sólo porque la habíamos dejado en el momento más álgido del relato y queríamos averiguar el giro que daba la historia y su fatal desenlace, sino porque de algún modo también queríamos olvidarnos rápidamente del fastidioso ruidito que seguía llegando desde la calle cada vez que aquellos “coches inteligentes” pasaban por delante de la puerta de mi casa.

Y así volvimos a sumergirnos en aquella fascinante narración. Los parques temáticos convertidos en las nuevas guaridas del terror y del misterio, antaño habitantes de castillos y mazmorras. Carlos volvió a liarse otro porrito y pidió amablemente que le llenase el vaso del refresco de naranja. Debían ser aproximadamente las 10.30 o las 10.45 de la noche. Ana estaba realmente asustada, deslizando una y otra vez su espalda por el respaldo del sofá y volviéndose a acurrucar entre los cojines y mi cuerpo, los dos a punto de temblar, o reír a carcajadas.

Seguimos plenamente arrobados los avatares de la peripecia, hasta que la película se acabó al cabo de un tiempo intensamente incalculable.

-Muy buena- comentó Carlos suspirando de emoción al aperecer el The End en la pantalla.

-Sí- aseveró Ana, y me dio un beso.

-Ya veis- me ufané vanidoso.

Volvimos a recoger las botellas de plástico y las bolsas de plástico de patatas vacías, y entramos en la cocina bromeando y conversando sobre la película. Carlos comentó que una vez había acudido a un parque temático dividido en cuatro áreas “temáticas”: una de ellas representaba al México pre-colombino. “Ya me hubiese gustado a ver a aquella toda muchedumbre espantarse ante un azteca que de pronto hubiese recuperado sus aficiones caníbales...”, dijo en un alarde de humor negro muy propio de él. “Venga, hombre, serías el primero en huir...”, comentó en voz alta Ana. Yo recordé que una vez cuando era niño habíamos ido un grupo de amigos a un parque temático acuático, y añadí en la línea macabra de mi amigo que ojalá a alguien se le ocurriese realizar alguna vez una especie de remake de Tiburón pero ambientado en tan idílico y masificado paraje...

Mientras bromeábamos de esta guisa metimos las sobras de la cena en una bolsa de basura y regresamos al comedor. La pantalla de televisión seguía emitiendo un haz de luz blanca, pues no habíamos apagado la reproducción de la cinta de video, aunque la película estaba terminada. Carlos cogió el mando a distancia tal como había hecho unas horas antes al llegar a mi casa y desenchufó el televisor. Eran ya alrededor de las 11.30 de la noche de aquel viernes.

Tal como se podía oír en la calle, aquellos dos extravagantes automóviles seguían paseándose como dos zombis salidos de La noche de los muertos vivientes, arriba y abajo de la vía pública, sin conductor visible ni objetivo aparentemente razonable. Carlos había decidido quedarse en mi casa un rato más, “hasta la 1 o las 2”, fumándose con mi permiso otro cigarrillo de marihuana y escuchando música en el comedor. Pero Ana declinó la oferta de acompañarnos en la fiesta porque estaba muy cansada y quería regresar a casa de sus padres, aunque antes de salir les había avisado de que quizá se quedaría a dormir en mi nueva casa. Ella vivía en el centro e insistí en acompañarla en la motocicleta que tenía guardada en el garaje del sótano. Ella rechazó la oferta tajantemente porque deseaba “tomar un poco de aire”. Carlos tenía el carnet de conducir pero por comodidad y para mantener la forma física había venido en su vieja mountain-bike y con ella se iría pedalea que te pedalea más tarde.

De modo que fue Ana quien cogió la bolsa de basura para dejarla en el único contáiner que había en mi calle. El ominoso sonido de los “coches inteligentes” seguía llegándonos con molesta insistencia. Acompañamos hasta la puerta de entrada de la casa a nuestra fiel amiga, que la abrió y salió a la noche estrellada. Ahí estaban los dos coches negros con franjas rojas horizontales, como los de Starky y Hutch. El container estaba justo enfrente de la casa de al lado. Tras algunas bromas y los besos de rigor, Ana empezó a bajar las escaleras de la entradilla paralelas a la cuesta que conducía al garage y finalmente alcanzó la puerta de la calle. Carlos y yo permanecimos de pie en el umbral, mirándola y respirando el aire fresco. En frente de nosotros se alzaba, casi ilegible por la oscuridad, el cartel de la empresa inmobiliaria que anunciaba la futura construcción de los nuevos edificios. Más allá, en la sequedad de la amplia y larga explanada, emergía la carpa abandonada del circo de los Hermanos Bortoli. Y más allá todavía, se veían las lejanas luces de los pisos y los bares de la periferia de la ciudad.

No era un barrio peligroso. A la izquierda de mi nueva casa la calle moría en una carretera de tierra que se introducía en los parajes boscosos que conducían al embalse. A la derecha la calle también acababa en un terreno elevado sin edificar, parecido a una pequeña colina de tierra arcillosa, en la que al parecer iban a levantar un nuevo pabellón deportivo. En esa encrucijada se giraba a la izquierda y se tomaba una larga y mal emparedada avenida que discurría paralela al descampado donde habían colocado la carpa del circo y que se prolongaba hasta conectar finalmente con los primeros bloques de pisos, comercios y bares habitados.

Nuestra amiga empezó a caminar por la acera de mi calle bajo un cielo rutilante de estrellas y alcanzó el contáiner, donde depositó cuidadosamente la bolsa de basura con las cajas de las pizzas, las servilletas y las botellas de plástico de los refrescos. En ese instante unos de los dos coches negros pasó por delante del contáiner en dirección al camino de tierra del embalse y frenó con firmeza suave y hasta seductora. En aquel momento los tres dimos un respingo de angustia: ¿bajaría alguien el cristal de la ventana y se asomaría a nuestra amiga con alguna intención artera? Pero no pasó nada de aquello, aunque como debía de ser casi medianoche el trasiego absurdo de aquellos dos automóviles empezaba a resultar sumamente intrigante.

Carlos y yo bajamos lentamente las escaleras, como por instinto, hasta la puerta de la calle. Ana se giró haciéndonos un gesto grácil de despedida con la mano y siguió caminando con la cabeza semi-agachada. En aquel momento aparté a mi amigo con el brazo izquierdo y abrí la puerta de la calle. “Espera, quedémonos aquí hasta que gire a la izquierda...”, sugerí un poco bruscamente. Carlos salió conmigo a la acera de la calle y desde allí vimos a nuestra amiga caminar pausadamente hasta casi llegar a la encrucijada, en frente de la última de las casas adosadas donde vivía la pareja joven con un crío.

Pero entonces el coche que se había detenido a la altura del cubículo de la basura aumentó la potencia de sus luces y en una maniobra inverosímil aceleró con potencia enorme en unos pocos metros y logró levantarse perpendicularmente de la calzada, dejándonos ver ante nuestra mirada atónita la parte baja del motor. Me di cuenta de que el coche tenía unos neumáticos especialmente anchos que le permitían realizar esta pirueta asombrosa, la cual nos recordó inmediatamente las inverosímiles posturas que lograba realizar el coche fantástico televisivo de nuestra infancia y que tanto nos llenaba de admiración. Y en esa postura imposible –las ruedas de la parte izquierda rodando en el aire, la parte derecha rozando el pavimento de la calle- el coche empezó a dar marcha atrás con velocidad creciente. Su motorizado gemelo venía desde la otra parte de la calle cuando sus focos nos deslumbraron repentinamente. Entonces aparté la mirada y en el mismo gesto de los ojos pude observar asustado cómo Ana estaba cruzando en aquel momento la calle en dirección a la avenida, mientras el coche perpendicularmente levantado se aproximaba dando marcha atrás a máxima velocidad.

“¡¡¡La va a atropellar!!!”, gritamos Carlos (que también había adivinado la intención del malvado conductor) y yo, súbitamente desesperados. “¡¡¡Ana!!!”. Fue la última palabra decente que salió de nuestras bocas.

Por suerte nuestra amiga oyó nuestro grito y se giró despreocupada. El coche negro no debía de estar a más de cinco metros de su indefenso cuerpo. Mi amigo y yo emprendimos una desesperada carrera hacia el principio de la calle, dando voces y maldiciendo al conductor. Todas las casas vecinas tenían sus luces apagadas.

A menos de dos metros de distancia Ana vio venir incomprensiblemente ese coche rodador, como una moneda de plata gigante que atropella a enanos a su paso. Tuvo la valentía de no paralizarse de miedo, lo que hubiese sido lo más normal, y echar a correr hacia el descampado aprovechando el impulso que había dado al atender a nuestros gritos. Dio un alarido de miedo espantoso, pero el coche pasó de largo sin matarla. Resbaló y cayó en el suelo, pidiendo insistentemente socorro. No había nadie a cien metros a la redonda. Al parecer la pareja de vecinos con el crío también habían salido de viaje de fin de semana...

Cuando el coche readoptó su postura normal estuvo a punto de aplastarla como a una mosca, pero nuestra amiga no quería morir y con un golpe enérgico de su cuerpo rodó por el asfalto hasta topar con la maltrecha acera de enfrente. Carlos y yo intentamos cruzar la calle y llegar cuanto antes hasta ella, pero el otro coche ya nos había alcanzado y en menos de un segundo había acelerado con la inequívoca intención de atropellarnos. Aceleramos nosotros también y no sé cómo pudimos esquivar la criminal embestida del coche y caer rodando en la misma acera donde unos metros más allá yacía asustada y magullada nuestra amiga. Nos levantamos rápidamente y corrimos hacia ella, que se había levantado llorando y dando trompicones en nuestra dirección. En unos segundos nos encontramos y la abracé como nunca había abrazado a nadie. Los tres estábamos muertos de miedo y completamente sobrepasados por los acontecimientos. “Tranquila, tranquila, no pasa nada...”, logré balbucir, mientras mi amigo seguía lanzando improperios a los invisibles conductores de los coches con la sana intención de quitarse el miedo de encima. Pero debíamos mantener la cabeza fría, porque los dos coches habían vuelto a girar y se dirigían lentamente hasta donde habíamos quedado de pie como una escultura de mármol.

Volvíamos a estar juntos, y en cierto modo a salvo, pero sólo en cierto modo, porque alrededor nuestro habitaba la mayor amenaza, viva y cruel. Estábamos a no más de diez o quince metros de la puerta de mi casa, que había quedado abierta, pero también sentíamos que estábamos muy lejos de ella, que aquellos diez o quince metros podían resultar insalvables, como un camino que de pronto se hunde en un abismo oscuro o queda anegado definitivamente por las aguas de un impetuoso torrente.

Los dos coches quedaron uno al lado del otro, como dos soldados apretados en la fila del regimiento. Disminuyeron las luces delanteras, pero no el sibilino ruido del motor, que ya se nos había hecho familiar. Estábamos en peligro. “Vamos, con cuidado”, dije, en un alarde valentía un poco ciega pero insoslayable que me sorprendió a mí mismo. Empezamos a caminar por la acera, de manera diagonal, acercándonos al centro de la calzada para alcanzar rápidamente la puerta de mi casa, con un ojo vigilante puesto en los dos automóviles negros que seguían rugiendo como dos tigres hambrientos mientras se acercaban a paso sigiloso. “Maldita sea”, exclamé.

Seguimos caminando y empezamos a cruzar la calzada, listos para echar a correr hacia la puerta entreabierta de la casa de mis padres en cuanto los coches decidiesen acelerar. Pero por allí avanzaban, casi quietos, tan incomprensibles como antes, acechantes pero sin prisas, como sopesando la situación al tiempo que nos controlaban. Nosotros estábamos a punto de llorar, rabiosos y realmente nerviosos, pero seguimos caminando cautelosamente mientras mirábamos con ferocidad no exenta de temor hacia el cruce de calles que atajaba la colina de tierra arcillosa.

Finalmente, sorprendidos por la mansedumbre de los coches y aliviados llegamos a la puerta de la calle de mi casa. Rápidamente entramos y la cerramos, subimos a grandes zancadas las escaleras y nos introdujimos en el interior de la vivienda. Cerré con llave la puerta de la salita y nos volvimos a abrazar y besar. Con los ojos lacrimosos, Carlos lanzó al aire todas las preguntas que nos bullían en el interín. ¿Quién era esa gente? ¿Por qué nos habían querido matar? ¿Qué iba a pasar? ¿Qué podíamos hacer? De momento permanecimos de pie en la salita de espera mirando otra vez por el ventanuco situado a la izquierda, pero esta vez intimidados y seguros del peligro que nos acechaba. Los dos coches habían vuelto a pasearse pacíficamente arriba y abajo de la calle, sin que aparentemente hubiese ocurrido nada y sin que previésemos que algo peor podía ocurrir.

“Creo que seguirán así hasta mañana”, dijo finalmente Carlos. Ana y yo asentimos gravemente con la cabeza y de momento no pusimos en discusión esa hipótesis. “Tenemos que llamar a la policía”, dije. Fue lo primero que se me ocurrió. Los tres nos apresuramos por el pasillo hacia la sala del comedor, donde estaba el teléfono, dejando bien cerrada la puerta de entrada a la casa. Entonces me descubrí con lágrimas en los ojos, brotadas del miedo, la rabia y la desesperación, e intenté secármelas con la camiseta que llevaba puesta.

Cuando llegamos al comedor encendimos las luces y Carlos buscó el número de la policía en el listín. Estábamos más tranquilos. El peligro seguía deambulando ahí fuera. la casa de mis padres se convertía ahora en nuestro único refugio. Ana me abrazó mientras Carlos marcaba nerviosamente el número de la policía.

-¿Sí? ¿Oiga? ¿La policía? –preguntó mi amigo.

-Sí, sí, chico, quién pregunta, qué desea...-contestó el desabrido comisario de turno, tal como pudimos escuchar por el volumen de la voz que salía del auricular del teléfono.

-Sí, mire, perdone que le llame a estas horas –empezó a decir torpemente Carlos-, no mire, es que estamos en la calle..., aquí casi en las afueras, y en la calle hay unos coches que nos han querido atropellar...

-¿Cómo dice?... ¿Atropellar?... ¿Qué son tres jóvenes?... ¿De dónde dice que me llama?... –anotaba el policía.

-...De la calle que está más allá del descampado del circo, son los coches del circo, cuando hemos salido a la calle nos han querido matar. ¿Oiga? ¿Me oye? –seguía explicándose alborotadamente mi amigo mientras al otro lado del teléfono se oían rumores, silencios espaciados, y algunas risas que en aquel momento nos resultaron hirientes.

-...Bueno, vale, chico, tranquilícense, tomo nota y en seguida se personará en el lugar una patrulla de la policía. ¿Unos coches les han querido atropellar, me dice, no? –comentó con sorna diligente el policía.

-Sí, sí, así es por increíble que parezca –acabó diciendo nuestro amigo.

Al colgar el teléfono, los tres nos volvimos a abrazar esperando la llegada inminente y salvadora del coche de policía. La comisaría no estaba a más de 15 minutos en coche, de modo que fuimos a la cocina a beber un poco de agua y refrigerarnos con algún paquete de galletas saladas que mi madre guardaba en la despensa. Comentamos nerviosos la actitud grosera del policía y sopesamos la posibilidad de despertar a nuestro vecino de dos casas más allá, que había sido también policía y que ahora vivía solo y jubilado. En toda la calle éramos las únicas personas que quedaban aquella noche de viernes, exceptuando los dos invisibles conductores de los coches homicidas.

Sacamos la comida y la bebida al comedor y Carlos se sentó en el sofá tras poner en la cadena de música un disco de música jazz de mi padre. “Nos relajará”, dijo, aunque Ana y yo le miramos como a un imbécil. “Puede ser, pero estate atento”, le contesté. Luego acompañé a Ana al lavabo del segundo piso para curarle las heridas y limpiarnos un poco la cara. Mientras le ponía agua oxigenada encima de los cortes que se había producido en el brazo derecho y en las rodillas al lanzarse al suelo para salvar la arremetida del coche, Ana me miró con los ojos semi-entornados. “Gracias Alberto”, me dijo, y hizo ademán de besarme en la boca. Yo en aquel momento no reaccioné y la miré extrañado, aunque le dije todo lo cariñosamente que pude: “De nada. Seguimos siendo amigos”. Y se rió.

Pero evidentemente estábamos preocupados, tal vez yo más que ella, porque estábamos en mi casa y porque la idea de quedar a ver la película de Michael Crichton aquella noche había sido mía. Los coches seguían paseándose impunemente ahí fuera, y el sonido sibilino y molesto persistía con amenazante claridad cada vez que pasaban por delante de nuestra puerta.

Bajamos al comedor y encontramos a Carlos en el jardín posterior de la casa. “¿Qué haces?”, pregunté. Carlos había salido tratando de encontrar algún agujero para escapar, tal como cuando éramos pequeños nos inventábamos túneles y pasadizos secretos para escondernos de los peligros imaginarios que fantaseábamos. Pero los muros del jardín eran muy altos y tras ellos en seguida empezaba el bosque, elevado sobre la especie de colina de tierra arcillosa donde en el futuro pensaban construir un pabellón deportivo. La casa que quedaba a la derecha del jardín tal y como se salía a él no estaba acabada, y además en cualquier caso la pared que nos dividía también era demasiado alta. Y en la casa de la izquierda no había nadie: sus dueños habían salido de viaje con mis padres.

Sólo podíamos contactar con el vecino jubilado, un hombre de casi setenta años, de aspecto huraño y enigmático, del que ni tan siquiera sabíamos el número de teléfono. “Yo paso de llamar a mis padres”, dijo Carlos, “hasta que venga la policía”. Ana comentó mientras cerrábamos la puerta corredera de la terraza y volvíamos a entrar en el comedor que ella tampoco avisaría a su familia, ya que les había dicho que a lo mejor se quedaba a dormir en casa de Alberto y no quería alarmarles. Los tres estábamos deseando que el coche de la policía llegase cuanto antes. Carlos volvió a insultar a los misteriosos conductores de los “coches inteligentes” del circo de los Hermanos Bortoli.

Mientras Ana y Carlos permanecían sentados en el sofá, inquietos y temblorosos, intenté llamar al móvil de mis padres. Pero estaba desconectado. Una vocecilla alegre y por completo ajena al momento de angustia que vivíamos, que era la voz de mi madre, decía. “En estos momentos no estamos disponibles. Hemos salido de viaje. Si quieres decirnos algo urgente deja un mensaje en el buzón de voz. ¡Gracias!”. Pero por no alarmarles yo tampoco, no dejé ningún mensaje. Ni Carlos ni Ana habían traído su móvil, y el mío estaba sin saldo desde esa tarde.

Los tres habíamos perdido la capacidad de reflexión. Cuando sales a la calle y unos coches negros y sin conductor visible intentan atropellarte intencionadamente pierdes la noción del tiempo necesario para contemplar la vida serenamente. Eso es lo que nos ocurría a los tres, acurrucados en el sofá, sin saber muy bien qué hacer o qué decir, sin saber si decidir una cosa es mejor o peor que decidirse por otra, olvidando lo esencial, preocupados por minucias como que el cenicero estuviese lleno de sucias y pegajosas cáscaras de pipas, quisquillosos, irritables seguramente por la sensación de haber estado al borde de la muerte, asustados, repentinamente indefensos.

Debieron de pasar unos quince minutos. La casa estaba silenciosa, apenas hablábamos, pero cada vez que los coches pasaban indiferentes a nuestra angustia, que de algún modo era su causa, dábamos un respingo de temor y alguno suspiraba sin aliento.

Entonces de repente oímos un ruido muy fuerte, como una explosión. El fragor procedía de la calle. Los tres saltamos del sofá y corrimos hacia la puerta de la entrada. Fui el primero en asomarme al ventanuco de la izquierda y allí, bajo el cartel publicitario de enfrente, vi empotrado contra sus postes al coche de la patrulla de policía. “¡Imbéciles!” grité sin piedad, aunque entonces no me arrepentí del juramento.

No nos atrevimos a abrir la puerta y salir al rellano de la casa. Era evidente que todo el daño que podían producir los coches sería circulando, y en principio no podíamos correr peligro si salíamos al exterior, a no ser que aquellos asesinos además de conducir coches “inteligentes” portasen armas también “inteligentes”. En fin, permanecimos expectantes en la salita de entrada, oteando por el ventanuco y Ana otra vez por el agujerito de la puerta, y en aquel momento me vino a la cabeza una broma imbécil y le dije: “No mires por ahí que dice Rabelais en el Gargantúa y Pantagruel que no nos fiemos de los que ven el mundo por un agujero pequeño”. No me acuerdo de lo que me contestó mi amiga, pero sin duda nada bueno aunque bien merecido.

Del coche de policía salieron dando trompicones dos hombres de mediana edad. Se les veía sorprendidos. “¡Pues claro, imbéciles!”, dijo también Carlos, ¿es que no me han creído?”. Al parecer no le habían creído demasiado en la dichosa comisaría, porque los de la patrulla apenas iban armados y sin duda parecían estar más preocupados por hacer la digestión de la cena que por el caso de “la calle del circo”, como supimos después que habían decidido burlonamente llamar a aquella extraña denuncia de coches que intentaban atropellar a los transeúntes.

Pero las caras de los policías aumentó de sorpresa y horror cuando los dos coches circenses se aproximaban a ellos amenazadoramente. Uno de aquellos coches se irguió espectacularmente como una hora antes le habíamos visto hacer igualmente antes de intentar matar a nuestra amiga. En aquel momento Carlos no aguantó más y abrió la puerta. La noche era fría y el aire seco nos detuvo en el umbral. Pero ahora la visión de la atroz maniobra era completa. El coche de la policía seguía empotrado contra uno de los postes del cartel publicitario, echando humo de su capote delantero, mudo y destrozado. Alguno de los dos coches negros con franja roja horizontal debía de haberle forzado aquel giro brusco y fatal. Estaba inservible y aún tuvimos suerte de que no se produjese ninguna explosión, aunque ahora que lo pienso aquello tal vez habría llamado definitivamente la atención de los vecinos situados más allá del descampado y el asunto no habría podido ir mucho más lejos...

Pero nadie parecía percatarse a diez kilómetros a la redonda de lo que allí estaba ocurriendo. El coche que se había levantado perpendicularmente aceleró a toda velocidad y visto y no visto atropelló mortalmente al policía más retrasado, el que se había quedado rebuscando en la parte delantera del volante, supongo que intentando infructuosamente ponerse en contacto con la comisaría central. Los tres dimos un alarido de terror cuando el coche se llevó inmisericordemente por delante como un muñeco de trapo al buen hombre, cuyo cuerpo inerte fue arrastrado unos diez metros hasta que el coche negro volvió a su posición horizontal y dejó rugir ferozmente sus motores.

El otro policía casi no pudo ver esta imagen terrible, porque salió corriendo aturdido del primer choque y luego, al ver venir a los coches asesinos cada uno por un lado de la calle, intentó alcanzar despavorido la otra acera de la calle, unos metros más allá de la puerta de la casa de mis padres. El espectáculo era dantesco, el contáiner también había sido tumbado y toda las bolsas y cajas de basura se desparramaron por el suelo bajo la tibia luz de la farola. “Supermercados Dong”, ponía en una bolsa sucia. Los tres gritamos al policía que empezó a cruzar la calle ciegamente, haciéndole señales con los brazos y conminándole a entrar en nuestro refugio. “¡Aquí, aquí, rápido, aquí, venga, entre, aquí!”. Aquí, aquí, aquí estamos seguros, gritábamos con todas nuestras fuerzas, mientras en medio de la calzada, unos metros más allá, a la izquierda de nuestras asustadas miradas, yacía muerto el cuerpo del primer policía justo al lado del lujoso y brillante automóvil del circo.

El hombre al que gritábamos insistentemente desde nuestro portal tuvo la feliz idea, dicho sea sin ironía, de meterse en la primera casa con la que se encontró, para lo cual tuvo que saltar la verja de la puerta y ver cómo el segundo de los coches “inteligentes” pasaba rozando la acera contigua, a toda velocidad, sin conseguir su propósito homicida.

Todos los que quedábamos vivos en aquella calle estábamos ahora más o menos a salvo, porque nadie salió ni apareció armado de los coches del circo de los Hermanos Bortoli. ¿Estaría durmiendo el jubilado en su casa? ¿Tendría algún arma escondida? ¿Algún número de teléfono salvador? Las expectativas eran ominosas, ridículas, pero seguíamos respirando el aire fresco de la noche: Ana, Carlos, yo, y el policía que había logrado esquivar la penúltima acometida asesina, y que ahora yacía sentado con la espalda pegada a la puerta de la casa llorando y maldiciendo.

¿Qué más podía pasar? Porque lo peor no era no saber qué podía pasar o si todavía iba a pasar algo peor sino que aquello estaba realmente pasando, que lo malo estaba sucediendo delante de nuestras narices sin que nadie tuviese la más mínima idea de cómo pararlo. Fue Ana la que rompió aquel silencio fúnebre y gritó al policía tendido en el interior del portal de la segunda casa de la calle. “¡Eh, usted! ¿Se encuentra bien? Pruebe de venir hasta aquí”, gritó. El policía se levantó y volvió la mirada hacia nosotros, tenía los ojos fuera de órbita y estaba sudado y magullado, pero nuestra presencia allí no pareció sorprenderle, como si el hecho de encontrarse con unos seres humanos justo en ese momento hubiese sido el suceso más normal del mundo, tan inversamente normal como podía resultarle lo que acababa de ocurrir, como si aquella presencia humana le fuera debida mientras los coches asesinos seguían circulando libremente por la ciudad, calle abajo, calle arriba, impunemente, arrogantemente, tranquilamente.

Por supuesto no se nos ocurrió salir a la calle, aunque tal vez podríamos habernos acercado al coche de la patrulla y tratar de dar el aviso a la comisaría central. Carlos saltó esforzando su ágil cuerpo el muro que dividía mi casa de la de los amigos de mis padres y debió rodar por el suelo empinado que bajaba hasta el garage de éstos, pues se oyó un crujido y un grito lastimoso. “Creo que me he roto algo”, dijo entre sollozos e imprecaciones. Sólo nos faltaba esto, pensé, pero no había otro remedio que continuar y tratar de dar la vuelta a la situación. Mis padres no contestaban al móvil, la pareja de la primera casa también se había ido de vacaciones, el descampado de enfrente seguía a oscuras sin que el vigilante jurado apareciese por allí (seguramente no lo haría hasta que cerrasen los bares, y entonces podía ser demasiado tarde), ningún coche o motocicleta o transeúnte despistado había pasado por la calle desde las nueve de la noche, estábamos solos, desamparados, heridos y asustados, casi sin poder de reacción.

Carlos se levantó y asomó su cabecita por entre el seto que separaba las dos puertas de la calle de las casas adosadas. “¿Cómo están ustedes?”, exclamó con el soniquete de los payasos del circo que había entretenido nuestra infancia. Nos echamos a reír y aquellas carcajadas nos reconciliaron con nosotros mismos. Bien, a pesar de todos estábamos vivos y habíamos sobrevivido a los ataques de aquellos dos monstruos rodantes.

“Déjate de bromas y ayuda al señor”, le dijo entonces Ana. Carlos se fue hasta el siguiente seto y le extendió los brazos: el policía, medio aturdido aún por los recientes acontecimientos, se los cogió y a trancas y barrancas logró traspasar la espesa mata vegetal y saltar al otro lado de la pared. Bueno, ya estaban los dos en el rellano de la puerta de la calle de la casa contigua a la nuestra. “¿Y ahora qué?”, grité desde el umbral donde habíamos permanecido expectantes Ana y yo. “Ahora... –comentó mi amigo en tono de improvisación-, ahora no lo sé tío, ¿por qué no tratamos de llegar a tu casa y volvemos a llamar a la policía para que esta vez traigan el equipo al completo?”, propuso con deje irónico. “Probad por el seto”, dije, “por donde tendrías que haber saltado la primera vez, so bruto”, acoté cariñosamente.

Carlos y el policía siguieron mi consejo y en pocos minutos se encontraron con nosotros dentro de mi casa. Estábamos hambrientos y los coches continuaban su demente desfile, una y otra vez, sigilosamente, sin saber muy bien en qué momento acabaría o cuándo podían volver a acelerar y arremeter contra alguien o contra algo. De momento la noche seguía siendo fresca y por entre las telas de la carpa del circo seguía soplando un lúgubre viento, allí en medio del desolado descampado, que le daba un aspecto todavía más macabro. ¡Qué noche tan insoportablemente grotesca!

El policía se llamaba David (“lo único normal esta noche son los nombres”, comentó en otra salida sarcástica mi amigo Carlos) y nos preguntaba una y otra vez qué coño pasaba ahí. Ahí pasaba lo que pasaba, amigo, lo que pasaban eran dos coches propiedad del circo de los Hermanos Bortoli que habían intentado atropellar a nuestra amiga Ana y que habían acabado con la vida de su compañero, dos coches ultra-tecnificados que podían aumentar su velocidad en muy pocos metros y que eran capaces de sostenerse y avanzar perpendicularmente por la calzada. Y quién sabe cuántas maravillas más...

Decidimos llamar a la policía y que se pusiera nuestro compañero rescatado para convencer de una vez al jefazo de turno de la gravedad de la situación. Carlos había querido hablar con sus padres, pero en el teléfono fijo no contestaban y el móvil lo tenían apagado. Tal vez estaban ya durmiendo. Y Ana prefirió no alarmar a sus padres, seguramente para no alarmarse ella misma todavía más.

David marcó el número de la centralita principal y no tardaron mucho en cogerle la llamada. Jadeaba y le costaba respirar: se le veía verdaderamente asustado. De hecho, estábamos apesadumbrados por la muerte de su compañero, cuyo cuerpo inerte todavía yacía aplastado por aquellas máquinas bestiales en medio de la calle. No lo podíamos ver desde el umbral de casa, pero probablemente los coches debían de haber acabado empujándolo hacia un costado de la vía pública. Mejor así. Aunque qué profunda y muda tristeza nos embargaba.

Cuando el policía empezó a hablar dando su número de identificación algó terrible sucedió. De repente todas las luces de la casa se apagaron y la llamada telefónica se cortó. “¡No es posible!”, gritó Carlos, como sospechando lo que realmente había ocurrido: los coches habían embestido contra las farolas y los postes telegráficos de la calle y se había cortado toda comunicación eléctrica. Los postes de teléfono yacían partidos en dos, caídos como los troncos de un árbol herido por los rayos de una tormenta.

En ese momento yo me encontraba en la cocina preparando unos sandwiches junto a Ana. Los dos salimos corriendo hacia la puerta de entrada, por cuyo ventanuco pudimos ver la escena. ¡Qué desastre! Qué iba a ser de nosotros... Ana no pudo contenerse más y me abrazó sollozando, yo tuve que disimular como pude y consolarla y consolarme en la medida de lo posible. En eso llegaron Carlos y el policía, blancos de pánico: ahora los inteligentes no sólo eran los coches, ahora había quedado demostrado, como por un azar fatídico, que los conductores de los coches también eran inteligentes, que realmente habían querido atropellarnos, que realmente querían hacernos daño.

La amenaza opaca planeó por el cielo de la ciudad, pero al parecer nadie tenía planeado venir a salvarnos. El guardia de seguridad debía de estar apurando sus últimas copas de las horas libres que se había tomado, puesto que ya eran casi la una de la madrugada. ¿Se darían cuenta allí delante, a varios centenares de metros, que la luz de la calle que estaba más allá de la carpa del circo se había apagado misteriosamente? Era probable, pero tan probable como que nadie diese importancia a ese repentino apagón en una calle tan alejada y que todavía estaba edificándose. “Maldita sea”, volví a exclamar.

¿”Qué hacemos ahora, eh?”, dijo perentoriamente Carlos. En aquel momento, me di cuenta, en el único vislumbre de lucidez que tuve aquella noche, de que lo más importante era mantener la calma y permanecer unidos, evitando la discordia y las discusiones banales. “Pues...”, sopesó todavía entre sollozos Ana, “intentar despertar a nuestro vecino jubilado y salir de aquí en coche”. Era cierto, nadie podía rechazar la posibilidad de los autos del circo acabasen embistiendo contra nuestra casa. Nadie podía rechazar la posibilidad de que los conductores, indudables autores del crimen, podían ir y seguramente iban armados, quién sabe con qué sanas intenciones. “Y nosotros viendo Almas de acero...”, suspiró desconsoladamente mi amigo.

Mis padres se habían llevado el coche, de modo que el único medio de salir de allí con cuatro ruedas y evitando toparse con los asesinos del circo era despertando a nuestro vecino jubilado, que tal vez hasta podía guardar una escopeta en su casa. Pero, ¿estaría allí o también se habría ido de viaje, huyendo de la ciudad que semanalmente nos chupa la sangre pero a la que no sabemos transformar para que se convierta en un lugar habitable del que no sea preciso escapar cada fin de semana? El elegido para acercarse hasta la puerta de su casa fui yo, dado que Carlos todavía se quejaba de una posible torcedura del tobillo izquierdo provocada al saltar la primera vez por la pared mediana del adosado de mis padres. El policía, que era el profesional, estaba demasiado fuera de lugar para poderle confiar esta intrépida misión, aunque en seguida se había unido a nosotros sin reproche alguno, como si hubiese estado cenando aquella noche con los tres delante del televisor.

Bueno, pues vamos allá, me dije, pero antes me preparé concienzudamente. Ni Carlos ni Ana habían traído móvil, así que cogí el móvil, el cual se había quedado sin saldo esa tarde y por tanto no podía llamar, pero tal vez podía recibir alguna llamada oportuna. También me hice con una linterna y también cogí, no sin aprensión, un cuchillo de la cocina. Si a alguno de los dos invisibles payasos del volante se le ocurría salir del coche y trataba de hacerme algo, tendría algo con que repeler en un primer momento el ataque. De modo que pertrechado de esta guisa salté sin demasiados problemas los dos setos que me separaban de la casa del jubilado, no sin caminar con precaución e intentando cruzar inadvertidamente e incluso sin dejarme ver, no fuera que a alguno de los dos coches, que seguían paseándose absurdamente por la calle, me alcanzase con sus potentes focos de luz y decidiese acabar con mi arriesgada aventura. Jamás me había sentido tan importante y a la vez tan poca cosa. “¿Por qué, por qué quieren hacernos daño, por qué?”, iba diciéndome una y otra vez mientras avanzaba subrepticiamente, parapetado detrás de la pared que daba a la calle y con la vista puesta en las ventanas superiores de la casa del jubilado, que permanecían a oscuras como la noche estrellada.

Mis amigos y el policía habían seguido inquietos mi excursión a la casa del vecino, tratando de no llamar tampoco la atención cada vez que los coches circenses pasaban silenciosamente por delante de la puerta. “Malditos hijos de puta”, oí espetar a Carlos.

Cuando llegué exitosamente al adosado del vecino expolicía se me aceleró todavía más el corazón. Habíamos dado un paso adelante en la resolución del caso, o tal vez no, porque allí no parecía habitar nadie, tan callada y a oscuras se veía la casa. “Tranquilo, corazón mío”, me dije, y entonces dudé si debía llamar al timbre de la puerta o tirar algún objeto a la ventana del cuarto de mi vecino (si los adosados eran iguales, aquella ventana debía ser por narices la de un cuarto de dormir, como sabía al dar el mío a la calle). Me decidí por esta segunda opción y aunque no me fue fácil desprenderme de la linterna fue el objeto que finalmente arrojé con todas mis fuerzas contra el cristal de la ventana. Lo iba romper, pero rogué a Dios porque si en aquella habitación había una cama estuviese como la mía al otro lado del cuarto. Lo que era seguro es que con la rotura de los cristales lograría despertar al habitante o a los habitantes de la casa, aunque durmiesen en otra habitación.

Y así fue como lancé la linterna que sostenía con la mano derecha y el reproductor de luz entró como una exhalación en la habitación haciendo añicos los cristales del ventanal que daba a la calle. “¿Qué hace ese loco?”, oí que murmuraba Carlos. Ese loco había conseguido despertar a alguien, no sabía todavía sin ileso o herido de gravedad por los posibles cortes de los cristales. Pero nadie se muere por eso, ¿no?, en cambio nuestra situación... En fin, que por la ventana oscura de la habitación se asomó un feliz rostro enfurruñado y soñoliento que gritó: “¡Gamberro! ¡Ladrones! ¿Quién anda ahí?”. El anciano miró a la calle y vio asombrado el desfile de los dos coches del circo, los postes caídos, la calle sin luz, la desolación. “¡Scht...!”, murmuré instintivamente. De inmediato le avisé que corríamos peligro, le pregunté si se encontraba bien, a lo que contestó que había oído un ruido desde la parte posterior de la casa donde dormía y que pos eso se había asomado, preguntó quién coño le había roto la ventana “de una pedrada”, y yo le volví a rogar que no gritase y que me abriese cuanto antes la puerta de su casa para aclararle las dudas. “Soy el hijo de los Martínez”, le dije quedamente.

Todavía rezongando, el hombre cerró inútilmente la ventana y bajó cuidadosamente la escalera hasta la puerta de entrada. La abrió y me saludó con un tono jovial que en nada se adecuaba a la situación, y me hizo entrar. “¿Qué ha sucedido, joven?”, preguntó intrigado, “vamos, pase y explíquese, sobre la ventana hablaremos después”. El anciano había notado mi estado de excitación y trataba adoptar una postura de pacificador. Era un hombre canoso de ojos claros. Dejé el cuchillo encima de la mesa y le conté cómo pude cuanto había ocurrido en nuestra calle desde que aquella tarde había vuelto del video-club con una película en la bolsa. Teníamos un muerto y dos coches asesinos rodando ahí delante insistentemente, amenazando nuestras vidas con certeza horrible. “Hmmm...”, suspiró profundamente el policía jubilado. Me contó que efectivamente tenía una escopeta guardada, tal como acertadamente habíamos supuesto, aunque añadió que hacía mucho tiempo que no la usaba. Nunca había matado a nadie, aunque más de una vez se había visto obligado a disparar a un hombre. “No el mismo, ¿eh?”, matizó. Caramba, parecía un hombre inteligente y eso, entre coches y conductores tan inteligentes, podía venirnos muy bien. “¿Cuál es el plan, joven?”, inquirió sin ofrecer en su cara algún vislumbre de respuesta.

Bueno por eso habíamos decidido despertarle, porque no teníamos ningún plan seguro, qué diantres pensaba ese hombre. El anciano notó mi súbito acaloramiento y trató nuevamente de calmarme. Se encendió un cigarrillo y con la bata puesta se levantó y empezó a caminar por el comedor. “Dice que son dos coches que se pasean arriba y abajo de la calle, que ha habido un apagón –lo cual era evidente, porque estábamos a oscuras en aquel comedor de hombre solitario, sólo alumbrados por una minúscula vela que al parecer el jubilado procuraba mantener siempre encendida-, que el teléfono no funciona -yo carezco de portátil, añadió-, no tienen a mano ningún coche, yo sí, de modo que piensan salir de aquí con mi coche y los cinco dentro enfrentándonos a esos dos monstruos rodantes”, finalizó enfáticamente.

“Más o menos”, repuse impacientemente. “Y posee una escopeta que puede utilizar, habia cuenta de su licencia”, subrayé. “Eso es, eso es, jovencito”, susurró pensativamente, “supongo que no hay alternativa”.

Le pedí permiso para salir al rellano de la casa y avisar a mis compañeros de que todo iba bien y de que debíamos prepararnos para escapar. El anciano, todavía con aquella antañona bata de seda anudada a su cintura, asintió y se fue a cambiar de ropa a su habitación. Los coches seguían circulando ominosamente, con monotonía enloquecedora, pero apenas les hacíamos ya caso. Eran casi las dos de la madrugada y debíamos tomar una resolución, ahora que podíamos.

Hice el camino de vuelta a casa de mis padres por donde había venido, sin la linterna, con menos miedo en el cuerpo pero con idéntico sigilo. Al saltar el primer seto hice un gesto brusco e innecesario con la pierna izquierda y el móvil salió disparado del bolsillo del pantalón haciéndose añicos en el suelo. “¡Mierda!”, exclamé súbitamente angustiado. Pero, ¿quién iba a llamarme a aquellas horas? Di por buena la pérdida del teléfono portátil y en seguida alcancé el seto que daba a la casa de mis padres. Allí me esperaban ansiosos de noticias y muertos de frío mis amigos y el policía de mediana edad. Les conté la situación, que el anciano era en fecto poseedor de una escopeta –nuestro amigo el policía había perdido su arma al salir del coche estrellado-, y que íbamos a salir con su coche camino de la primera comisaría fuese como fuese. “Pero somos cinco”, conjeturó Ana, “¿qué coche tiene ese abuelo?”. “No es un abuelo”, repuse, “bueno, sí que lo es, pero hay que confiar en él, porque si no no sé qué haremos, creo que tiene un Seat Ibiza”, acabé balbuciendo. Evidentemente en ese coche no cabíamos cinco personas si además teníamos que estar preparados para sortear alguna embestida de los autos asesinos o incluso llegar a disparar.

Por un momento el silencio de la noche pareció nublarlo todo, el cielo, las estrellas, nuestras miradas, nuestra imaginación. La salida de aquel infierno parecía estar vedada a nuestro paso, a nosotros que precisamente habíamos caído sin buscarlo en ese pozo. Pero miré al cielo como pidiendo una respuesta, o quizá un silencio más amable, y vi la agonía nocturna de las estrellas refulgir como luces que nos van anunciando la salida de un túnel. “No queda más remedio que intentarlo”, afirmé finalmente imitando la templanza con la que el vecino jubilado me había hablado hacía poco rato.

“De acuerdo”, comentó entonces mi amigo Carlos, “pero yo cogeré la mountain-bike y me iré camino del embalse para despistar al otro coche, así tendréis un contrincante menos”. Lo dijo seriamente, pero Ana en seguida le contestó: “¿Qué dices, chalado? ¡Te aplastarán como a una mosca!”. “No, si llego antes que ellos al camino de tierra”, repuso de inmediato. Y era verdad. Carlos se había estado preparando durante los últimos meses para el examen de bombero, era ágil musculoso, rápido de reflejos, había participado en varias carreras de bicicletas de montaña, y aunque todavía sentía molestias en el tobillo izquierdo podía hacer un último esfuerzo e intentar conducir a uno de los coches hacia un terreno que desconocía, dejando vía libre para el enfrentamiento de nuestro Seat Ibiza con el segundo de los coches asesinos. Carlos se sabía de memoria cada uno de los accidentes del camino, donde se abría un sendero, donde la carretera giraba para no precipitarse en un barranco, todos los baches y los charcos que permanecían días y días estancados en la tierra arcillosa. Lo miré fijamente a los ojos y vi a un hombre decidido, sabedor del peligro que corría, pero muriéndose de ganas por realizar esa gesta. En una palabra: lo vi prudentemente confiado. David no protestó y añadió sin más: “Será mejor que seamos solo cuatro personas en el coche del anciano: yo conduciré, él llevará la escopeta, y vosotros dos iréis detrás”.

La mountain-bike de Carlos llevaba una dinamo en la rueda delantera que le permitía producir un poco de luz a cada pelada que daba. Si lográbamos salir en el momento oportuno, si Carlos lograba alcanzar pronto el camino del embalse y allí colarse en el bosque y despistar al primer coche, tal vez el segundo lo seguiría y entonces podríamos salir de la calle sin dificultad. Ese era el plan y para ello entramos los cuatro en mi casa para estudiar los movimientos pausados de los autos del circo de los Hermanos Bortoli. El reloj de pulsera que llevaba en la muñeca dio las 2:30 en punto de la madrugada. No sabría decir cuán cansados nos sentíamos. Era necesario un último esfuerzo, quizás un el último.

Los dos conductores llevaban los coches de punta a punta de la calle de manera sincronizada, cuando el que conducía por la derecha llegaba hasta la altura de la encrucijada con la avenida, el otro llegaba hasta el principio del camino de tierra, cuando se adentraba en el bosque que cerraba por ahí la extensión del descampado. Los dos daban media vuelta y volvían a circular cada uno por su lado, hasta que se cruzaban casi justo delante de mi puerta, un poco más allá a la izquierda del cartel de la inmobiliaria. Llevaban puestas las luces de media distancia y en ningún momento se les oyó el sonido de una bocina o un gesto que los desviase de su enloquecido recorrido. Pero todos sabíamos que corríamos un grave peligro.

¿Cuándo era el momento ideal para que Carlos tomase la bicicleta y saliera disparado hacia el embalse? ¿Cuándo podríamos meternos en el coche del expolicía jubilado y salir disparados hacia la avenida en busca de auxilio? El plan trazado suponía que el segundo coche, o sea, el coche que venía desde la carretera del embalse, perseguiría también a la bicicleta de mi amigo, con lo cual tendría que dar media vuelta, no sabíamos si realizando una de sus prodigiosas maniobras o cumpliendo el método ortodoxo. En cualquier caso, ese era el momento que los del Seat Ibiza de nuestro vecino teníamos que aprovechar para salir del garaje y enfilar hacia la avenida sin ser notados, porque en ningún caso, “en ningún caso”, convenimos enfáticamente, debíamos arriesgarnos a introducir al coche del circo en la ciudad. Era de noche, las calles debían de estar despobladas, pero no podíamos jugárnosla sabiendo de lo que habían sido capaces sus astutos conductores.

Quedamos así, fríamente, entre las brumas de la incertidumbre, decididos a afrontar la inteligencia de aquellos coches con nuestras propias armas. ¿Tendríamos que realizar algún disparo? Tal posibilidad me asustaba, porque nunca había oído ni visto un disparo de arma en la realidad, y Ana, que también sudaba, comentó para quitarle hierro a la situación y sin saber muy bien lo que decía: “Si hay que disparar, se dispara”. Esa frase, cuya estructura expresiva nos recordaba una frase de una película cómica que habíamos visto tiempo atrás, nos hizo reír a carcajadas. David, el policía mediano que aquella noche también había caído sin preverlo al mismo pozo que nosotros, sonrió bobamente pero en seguida cambió de jeta y afirmó severo: “Tranquilos muchachos, vamos dos policías en el coche”.

Decidido el plan sólo nos quedaba llegar hasta la casa del vecino jubilado y contarle el plan. Carlos saldría con la bici justo en el instante en que los dos coches cruzasen por delante de la puerta. La sorpresa les quitaría algunos segundos para reaccionar y la bici correría a toda velocidad por el lado izquierdo de la calzada. La verdad es que ahora que lo pienso no sé cómo pudimos diseñar ese plan suicida, pero en aquel momento nos pareció lo mejor que podíamos hacer, lo único que podíamos hacer. La otra opción era esperar, pero quién sabe qué hubiesen podido decidir aquellos dos chalados de los coches negros con franja roja durante toda la noche.

Ana, el policía y yo saltamos los dos conjuntos de setos que nos separaban de la casa del vecino jubilado y llegamos a su puerta. Estaba abierta. Entramos. Por el pasillo que llevaba al comedor apareció vestido con tejanos y una cazadora azul el anciano. Llevaba una escopeta en la mano derecha y una linterna en la izquierda. “Bien, ¿preparados?”, inquirió. Ana y yo estábamos temblando y casi no podíamos hablar. La magia de la aventura se había acabado justo en el momento en que vi la escopeta en la mano de aquel buen hombre entrado en años. David le explicó el plan utilizando un tono casi profesional que nos sorprendió y los dos hombres procedieron a revisarlo punto por punto, intentando tener presentes los imprevistos que podrían aparecer. “Si el otro coche nos persigue, me veré obligado a disparar”, comentó el señor jubilado de ojos claros. David sopesó que tal vez era mejor seguir a Carlos con la bicicleta y dispararles a las ruedas por detrás. Sopesó la posibilidad de provocar un accidente, “como ellos han hecho con nosotros”. Y además, Carlos estaría más protegido, porque lo cierto es que todos temíamos por la vida de Carlos, que él había decidido jugarse con plena conciencia, aunque ninguno de nosotros, ni siquiera el veterano policía, se atrevió a impedírselo ni a comentar en voz alta aquel lóbrego presentimiento.

Bueno, el disparatado plan estaba en marcha y sólo teníamos que esperar a la señal que Carlos y yo habíamos convenido. Eso significaba que yo sería el último en subir al Seat Ibiza, pero la verdad es que no me importaba. La otra opción era que un helicóptero del ejército o de la Cruz Roja tuviese pensado aterrizar en aquel momento en medio del descampado donde se alzaba solitaria y desolada la carpa de los simpáticos fratelli, lo cual resultaba si bien menos peligroso, mucho más improbable.

La contraseña que elegimos para dar la salida a nuestro plan fue el grito de Towanda, esa palabreja que utiliza como un blasón de la rebelión la protagonista de la película Tomates verdes fritos, es decir, Kathy Bates. Yo silbaría una cancioncilla de los Ramones, I wanna be sedated, para anunciarle que estábamos preparados y Carlos debía exclamar ¡Towanda! justo en el momento en que los morros de los coches alcanzasen la misma altura. Después abriría la puerta de la casa y saldría disparado “sin mirar atrás” hacia la carretera del embalse. Cuando nosotros oyésemos ese grito el policía de mediana edad pisaría a tope el pedal del acelerador y saldríamos a la calle en dirección a la avenida. Por tanto teníamos que salir antes de que el coche circense que venía por la izquierda llegase a la altura de la casa del vecino jubilado. De otro modo nos arriesgábamos a producir una colusión segura. Ana y yo estábamos mudos de miedo. Pero aún me quedaban fuerzas para gritar. Si todo iba bien, giraríamos a la derecha sorprendiendo el paso del coche asesino, que con toda seguridad nos perseguiría. Aunque teníamos la escopeta. Carlos debía darse prisa en llegar al camino también antes de que el segundo coche de los Hermanos Bortoli pudiese reaccionar a tiempo y pudiese... en fin, atropellarlo.

De modo que los cuatro bajamos al garaje por la escalera interior de la casa pertrechados con la escopeta del jubilado, que portaba en mano, y con las consignas bien aprendidas. Lo primero que hizo el veterano profesional de la seguridad fue apartarnos con un ademán y romper el cristal posterior de su Seat Ibiza. “Tal vez tenga que disparar por ahí, chicos, así que tened agachadas vuestras preciosas cabecillas”, dijo sin pestañear. Menuda broma, hombre, pensé yo, aunque no se trataba de ninguna broma. Aquel hombre iba a disparar casi con toda seguridad, aquel hombre tendría que disparar si no queríamos vernos aplastados por quién sabe qué maquinaria homicida de los dos coches del aparentemente inofensivo circo italiano.

El jubilado limpió los cristales del asiento trasero de su automóvil para que Ana y yo no sufriésemos ningún corte. Afuera los dos coches seguían paseándose arriba y abajo, como si tal cosa, produciendo aquel ruido sibilino y fastidioso que nos había llamado la atención unas horas antes mientras veíamos la película de video. En el ambiente podía palparse la creciente tensión, la severa atmósfera de que algo realmente grave, tal vez imprevistamente fatídico, nos podía suceder. El joven policía se puso al volante del Seat y cuando el vecino abrió sigilosamente la puerta del garaje la oscuridad de la noche se sumó a la de la habitación. Salí con pies vacilantes al exterior y con ayuda del vecino logramos abrir la puerta de la calle sin que los dos automóviles del circo, que en ese precismo momento no pudimos ver, se dieran aparentemente cuenta. Estaba todo preparado. Bajamos corriendo la pequeña cuesta. Antes de entrar en el garaje, vimos cruzar lentamente por delante de la puerta abierta de la calle a uno de los dos coches en dirección al cruce con la avenida. “Bueno, ya está, es la hora”, me dije para darme ánimos. Miré al anciano de pelo canoso de ojos claros que sostenía una escopeta con sus manos y empecé a silbar aquella cancioncilla absurda de los Ramones. Dos casa más allá, Carlos esperaba montado en su bicicleta la señal. “Que Dios nos acompañe”, me dijo el anciano. Luego nos metimos en el coche, el jubilado y su escopeta en el asiento delantero de la derecha, yo en el asiento trasero junto a mi amiga, que no decía ni mú y parecía musitar una salmodia o algo así.

Entonces se oyó un rugido que rasgó el silencio de la madrugada, ¡¡¡Towandaaa!!!, y David el policía puso en marcha el motor del Seat y apretó el acelerador. Carlos debía de estar ya en la calle. “¡Cabroooones!”, juré antes de agachar la cabeza y hacer lo propio con la de Ana. El Seat Ibiza salió a la calle y a menos de dos metros estaba ya el primero de los coches inteligentes. Giramos hacia la derecha cruzando la calle y a punto estuvimos de meternos dentro del descampado. El coche se descontroló y David no pudo dirigirse rápidamente hacia la avenida. En ese instante escuchamos el primer disparo por encima de nuestras cabezas. Al parecer el coche circense no había tardado demasiado en reaccionar y había acelerado con la intención de atropellarnos. No recuerdo muy bien cuánto tiempo pasó porque todo fue muy rápido y a la vez muy angustioso. Me pareció escuchar un frenazo. El policía veterano volvió a disparar, mientras gritaba palabras casi ininteligibles al conductor de nuestro coche, que hacía lo que podía. Entonces se oyó un fuerte golpe: los disparos habían hecho mella en las ruedas delanteras del coche inteligente y éste había perdido el control, empotrándose finalmente contra la primera de las casas adosadas. Entonces el jubilado bajó del coche y se fue disparado hacia allí escopeta en mano, disparando casi ciegamente contra la puerta del conductor. “¡Alto, alto, policía, baje del coche, alto, policía”, se le podía oír que decía entre las ráfagas de la escopeta.

Sin estar demasiado seguro de lo que hacía y sin saber muy bien si era lo correcto levanté la cabeza y entonces vi que David había girado... ¡en dirección a la carretera del embalse! No osé preguntar por qué narices estaba saltándose el plan trazado, pero al parecer el primer coche estaba vencido y en cambio no sabíamos nada de Carlos y su mountain-bike. Lo entendí rápidamente. Ana también se irguió y empezó a gritar: “¡Vamos, vamos, hay que salvarlo!”. David volvió a pisar el pedal del acelerador pero ahora no teníamos ningún arma de fuego. “¡No los he visto, no los he visto!”, repetía el policía de mediana edad. En la calle no había ni rastro del segundo coche circense ni tampoco de Carlos ni de su bicicleta.

Llegamos a toda velocidad al principio del camino de tierra y David disminuyó de velocidad. Yo no sabía si volábamos, si íbamos a estrellarnos o si saldríamos con vida de aquella carrera. Pero, ¿y Carlos? ¿Y el pobre Carlos? ¿Y el audaz Carlos? Carlos, Carlos, Carlos, sólo tenía ese pensamiento en mi cabeza. “Con cuidado David”, comentó entonces Ana. Entramos en el caminito de tierra a unos 30 kilómetros por hora y David puso las luces largas. Entonces, en ese momento de súbita tranquilidad, me di cuenta de lo imposible que parecía que Carlos hubiese llegado ileso al camino. ¡había casi cincuenta metros desde mi casa hasta allí, y el coche inteligente podía acelerar a toda velocidad en pocos metros! ¿Dónde diantres se habían metido?

Recorrimos unos metros del camino de tierra, lleno de baches y curvas peligrosas. Tal vez eso habría salvado a nuestro amigo. Pero ni rastro de él ni del coche. Entonces David casi paró el coche y exclamó: “¡Mirad!”. Allí delante, a unos diez metros, en el borde de una curva de casi 90º yacía en el suelo la bicicleta de Carlos. “Ay, dios mío...”, se le escapó a Ana. Abrí la puerta del coche cuando David todavía no lo había parado y salí corriendo hacia allí gritando el nombre de mi amigo. Cuando llegué, David y Ana también habían salido del coche, que mantenía las luces de los faros encendidas. “No hay nadie”, dije sintiéndoles llegar hasta donde me encontraba, de pie, con los brazos caídos y la vista perdida.

Nos fijamos en la tierra del camino y entonces comprendimos que el coche había salido disparado hacia el escarpado barranco que cortaba esa curva: las marcas de sus gruesas ruedas no dejaban adivinar otra cosa. Los tres nos miramos y comprendimos que estábamos más o menos a salvo, pero ¿y Carlos? ¿Qué hacía su bibicleta ahí? ¿Habría saltado también él por el precipicio? Nos asomamos y nos pareció ver entres los matorrales y los árboles bajos del fondo un coche medio destrozado. Las estrellas seguían refulgiendo en el cielo y un abrumador canto de grillos se alzaba al aire fresco de la noche. Estábamos a salvo, pero extenuados.

Entonces oímos silbar. Era Carlos. Subía como podía por la cuesta del barranco, medio cojeando, pero aparentemente feliz. Ya casi había llegado a la carretera. Cuando alzó la vista y nos vio, exclamó con su soprendente naturalidad, como si no hubiese pasado nada: “¡Eh, hola! ¿Qué hacéis aquí?”.

Nos abrazamos y le explicamos como había salido todo en cuatro palabras mal dichas. Él seguía contento y silbando, como si no hubiese estado a punto de morir. “Ese imbécil se pasó de listo y le gané”, dijo. Al parecer el coche había reaccionado muy rápido cuando Carlos se había asomado a la calle gritando Towanda. Pero el conductor quiso “jugar” con nuestro amigo, y eso le salvó. De otro modo no sabemos qué hubiese ocurrido. Al parecer el coche inteligente poseía otras lindezas técnicas en su sofisticada maquinaria: llevaba una especie de rodillo de cuchillos en las ruedas que le permitían destrozar las ruedas de los otros coches. No sé para qué demonios querían esos cuchillos en las exhibiciones del circo. Pero el caso es que esos segundos que el condcutor tardó en apretar el botón de la hélice asesina y alardear de su ingenio técnico los aprovechó Carlos para llegar con destreza asombrosa hasta la carretera del embalse. Una vez allí, estaba a salvo, porque se sabía hasta la posición de las piedrecitas que jalonaban el camino. De modo que siguió peladeando furiosamente, esperando la oportunidad de burlar al coche italiano, que cada vez se acercaba con sus ruedas de cuchillos a menor distancia. “Me giré un par de veces y allí las veía, acordándome de Charlton Heston en Ben-Hur”, decía Carlos con humor. “Bueno, tal vez macho, pero te fue de un pelo”, pensé yo.

Así que nuestro amigo llegó a la curva fatídica y derrapó la bicicleta: eso debió de sorprender al confiado conductor del coche homicida, que aceleró todavía más, de tal forma que al llegar a la curva, sin conocerse el trazado del camino, no le dio tiempo de girar el volante y el coche salió volando por los aires hasta ir a parar al fondo del barranco. Carlos dejó la bicicleta y bajó corriendo por la cuesta empinada: cuando vio el amasijo de hierros al que había quedado reducido el coche, comprendió que su conductor estaba muerto. “No siento ninguna pena”, aclaró nervioso al recordar la imagen de aquel hombre desconocido con la cabeza aplastada contra el cristal delantero de su coche. Aquello no era más que un coche, volcado y con un hombre muerto en su interior.

¿Cómo podía haber ocurrido todo aquello? ¿Cómo era posible que todo aquello hubiese ocurrido y hubiese estado a punto de matarnos?

Todas esas preguntas y muchas más siguieron rondando mi cabeza durante los meses siguientes a aquella frenética noche de viernes. Regresamos a mi calle y allí estaba el veterano policía apuntando con la escopeta hacia un hombre joven con bigote y traje de domingo. Había otro hombre: era el vigilante jurado, que había regresado a las 3 de la madrugada de su ronda por los bares. No le reprocho su ausencia y su tardanza, tal vez ahora estaría muerto. El conductor invisible, el otro loco asesino, que al menos había salvado su vida, gritaba histérico cosas incomprensibles, llamando a la policía, clamando por su inocencia, maldiciendo y echándole la culpa de todo a su jefe. Recuerdo que lo primero que hice al llegar junto a él fue mirarle fijamente con odio a la cara. Ni se inmutó, pero no sentí compasión por su patética figura.

Según supimos más tarde el inventor y dueño de aquellas dos máquinas rodantes tan fascinantes había decidido anular la franquicia de la que los Hermanos Bortoli gozaban desde hacía un par de años. Quién sabe qué sucio negocio se escondía detrás de aquella solitaria carpa de circo, qué oscuro trapicheo había detrás de aquellos dos brillantes e ingeniosos automóviles, qué tipo de servidumbre sojuzgaba a aquellos dos desdichados individuos que habían decidido vengarse de esa manera... Ni lo sé ni me interesa demasiado. Salimos vivos y es lo que importa.

Hoy, seguimos quedando para ver películas de video con mis amigos, y a veces nos visita mi vecino jubilado. Bebemos Fanta y Carlos ya es bombero. Ana me ha ayudado a escribir estas líneas. La calle va siendo edificada, y han decidido construir una plaza en lugar de un párking, tal vez para olvidar el poder destructor que allí tuvieron un día dos coches aparentemente maravillosos. Pero me acuerdo de que antes de entrar todos en casa para coger algo de ropa y dirigirnos al centro de la ciudad, me giré y miré hacia el descampado. Allí seguía erguida y mágica la carpa del circo, como una promesa traicionada, como una flor marchita y aplastada por un poder mal utilizado, despiadamente sometida a la vorágine del tiempo.

Entrevista a Sabino Méndez (publicada en "Lateral", marzo 2005)

Todavía no sé si es exactamente la publicada en "Lateral", marzo de 2005, pero en todo caso que la disfruten.

ENTREVISTA A SABINO MÉNDEZ: “PARA PELEAR HAY QUE DEGRADARSE"

Sabino Méndez empezó escribiendo canciones contra el futuro ("Cadillac
solitario", "Barcelona ciudad", "No surf", "Rock suave", "El Molino", "Morir
en primavera", "El rompeolas") y ha continuado escribiendo libros contra el
olvido. ¿Quién puede decir en España que ayer fue un rock and roll star y hoy
es un escritor de prosa solvente y penetrante? Empezó Filología Hispánica en
la vieja Central de la Plaza Universidad cuando todavía formaba parte de
Loquillo y Trogloditas y era adicto a la heroína: estremece su relato en
"Corre, rocker" de cómo de madrugada, después de un concierto en cualquier
ciudad española, sigue redactando puesto de speed-ball y de otras sustancias
dopantes un trabajo académico sobre Italo Calvino.

Tras caminar por el lado salvaje de la vida, abandonó simultáneamente a la
heroína y a Loquillo y Trogloditas en 1989, cuando la gran banda barcelonesa
se encontraba en la cresta de la ola. Luego editó un disco en solitario ("El
día que murió Marcelo Mastroianni") y por fin atisbó la anhelada y no menos
salvaje playa de la literatura. El resultado por el momento son dos obras
mayores del género literario sobre el rock: "Corre, rocker" (2000), una
crónica de aquellos fatídicos y maravillosos años 80, y "Limusinas y
estrellas" (2004), otra personal y aguda visión en este caso de la ya
plateada historia del rock and roll, trufada de observaciones dignas de
un filósofo cínico callejero.

La primera vez que escuché la voz de Sabino Méndez fue un lejano día de
primavera de 1987, en la audición radiofónica del concierto de presentación
de un disco de Loquillo y Trogloditas. Mucho tiempo después, el año pasado,
lo conocí personalmente en el Nickjournal del blog del periodista Arcadi
Espada. Le pedí una entrevista y accedió. Nos vimos cuerpo a cuerpo (él, de porte casi sagrado, caballeroso, con un punto de timidez; yo, un niño con el mejor regalo de Reyes) el último día del año 2004 para supervisar, off the record, nuestro cruce de palabras. De aquel eterno y fugaz instante de nuestra charla en la terraza del Can Mauri del paseo del Carmen de
Villanueva y la Geltrú sólo podría decir con Goethe: "¡Detente, eres tan
hermoso!". Sólo deseo también poder compartir esa felicidad con vosotros,
lectores. Keep on rockin´!

P-Una estrella de rock que vestía chupas de cuero convertido en un escritor
cuya prosa recuerda a la del antiguo Montaigne. ¿Cómo recuerdas tus primeras lecturas? ¿Qué tal Montaigne?

R-Me enseñó a leer una monja viejísima y deliciosa hace muchos años y, seguramente a causa de ello, tengo desde entonces audición coloreada; pero mi primer libro de verdad fue el día en que, después de más de una lectura, Flaubert se me abrió en toda su plena dimensión. En cuanto a mi querido paisano Montaigne estoy de acuerdo en retratar el paso, porque el ser es tan breve como el estar.

P-Como hacedor de libros, primero "Corre, rocker" y ahora "Limusinas y
estrellas".

R-Ante todo, hay que dejar establecido que "Limusinas y estrellas" obedece,
como casi todo lo que he escrito hasta la fecha, a una operación de
simulacro. El simulacro es uno de los conceptos que me parecen menos
inservibles de la obra de Baudrillard. Me convence más Lyotard en casi todos los sentidos, pero hay que reconocer que los conceptos de simulacro e hiperrealidad del bueno de Baudrillard no tienen desperdicio.
"Corre, rocker" fue, ante todo, una autobiografía entendida como simulacro (el escritor sabe que la mejor manera de hacerlo es contar su vida como la mejor de las
novelas) y este último libro no es un estudio histórico al uso, sino también un
simulacro de esas formas convencionales a través del "yo". Es un camino muy
divertido para seguir explorando y puede que una estrategia astuta a la
vista de la orientación (inquietantemente comercial) que está tomando en los
últimos años el mercado editorial. Cualquiera de esos ingredientes se encuentra ya incluso en las canciones que escribía de joven. Supongo que, en el fondo, sucede porque decidí un día intentar ganarme la vida escribiendo, incluso bajo la forma más impensada, y hasta la fecha he salido adelante.

P-Hablemos de tu definición del rock en "Limusinas y estrellas": expresión
artística primaria, aunque industrializada, de la cultura popular
inicialmente americana canonizada 10 años después de la 2ª Guerra Mundial,
pero cuyos orígenes podemos rastrear ya en el blues, sobre todo, y otras
músicas populares afro-americanas y blancas (el swing). Más que de rock,
hablas de rhythm and blues.

R-Me parece que la definición es más tuya que mía, pero perfectamente podía tener cabida así en "Limusinas y estrellas". Sólo un matiz a añadir y es el tema económico: el rhythm and blues era todo un éxito de ventas entre los negros y alguien sagaz se dio cuenta de que, con sólo cambiarle el nombre, podía serlo en ambos campos, entre los negros y también entre los blancos y recaudar el doble. Y a fe mía que tuvo razón.

P-Pienso que uno de los aciertos del libro es el relato de los trasvases
musicales y sociales del rock entre USA y Reino Unido, y por extensión el
continente europeo.

R-Esos viajes de ida y vuelta -pasados, presentes y futuros- son la savia de
cualquier arte popular que nos pueda divertir sin pedanterías, ni
exhibiciones de virtuosismo técnico para mentes impresionables. The Clash
querían hacer reggae y, como no les salía, obtuvieron un híbrido extraño que
fue nuevo y emocionante. A The Rolling Stones les sucedió lo mismo con el
blues y el country. El híbrido y la incapacidad temperamental son el
verdadero motor de la música popular. En ese campo, desconfiemos de las fotocopias y confiemos en los simulacros y las representaciones. Parodiando el lenguaje publicitario podríamos decir: no se deje engañar por imitaciones, déjese
engañar por el original.

P-Del rock americano parece que te interesa sobre todo cómo el río musical
de la América profunda confluye en el delta del rock´n´roll primigenio: Bill
Haley, Chuck Berry.

R-Oh, bueno, me interesan muchas cosas más; pero es verdad que el País Bayou
me resulta muy simpático. Contra la opinión de Salvador Dalí, sospecho que
el centro del mundo del siglo pasado no estaba bajo la estación de Perpiñán
sino en el subsuelo de Nueva Orleans. Creo que a Willy DeVille le gustaría
la idea, claro que Mr. DeVille y yo empezamos a ser un par de respetables
momias.

P-Es curioso que durante los 60 también fue otro negro, Jimi Hendrix, el que
sacó el máximo partido al rock del momento, como en los 50 había hecho
Berry.

R-Es lógico. Tenía hambre. Un escritor con boina, que gustaba de hacerse
pasar por campesino, dijo una vez que el talento no es otra cosa que el vigor
al servicio de una obsesión. No tengo nada contra los análisis sociológicos,
filosóficos, psicológicos e incluso teológicos pero cuando pasan por delante
del económico me hacen pensar que algunas veces lo que pretenden es que no
se preste demasiada atención a la verdadera relevancia que tiene éste
último. No mezclemos el racismo inverso en todo esto. Hendrix aún conmueve,
pero ahí andaban también los primeros singles de los Stones y las canciones
de los maravillosos Kinks.

P-Cuando te detienes en los años 80, mencionas algo que no había oído nunca:
el sueño de un rock europeo que no pudo ser. ¿Era algo consciente entre los
grupos de entonces?

R-En la nochevieja del año 84 u 85 -no recuerdo exactamente- los segundos
canales de todas las televisiones de la (hoy) Unión Europea conectaron en
directo y ofrecieron un programa durante toda la noche donde cada emisora
presentaba a dos de los grupos de rock de su país. Desde España, salimos nosotros y Alaska y Dinarama, creo recordar. En aquel programa recuerdo que descubrí a los Hanoi Rocks suecos. No sé por dónde andará Mike Monroe y si estará vivo, pero por supuesto que fue algo consciente, sólo que minoritario y condenado a la derrota ante la marea de vulgaridad multinacional que se avecinaba. Es interesante ver la película "Cha Cha" (1979) de Herbert Curiel para entenderlo. Era una locura. No podíamos ganar de ninguna de las maneras. Uno de los momentos más tristes de "Limusinas y estrellas" fue enterarme, cuando el libro estaba ya a la venta, de que Herman Brood, uno de los protagonistas del film, singular pianista y compositor, se había suicidado saltando desde el tejado de un hotel de Amsterdam.

P-Así pues, quienes escuchábamos ensimismados o extasiados a Loquillo y
Trogloditas y otros grupos de entonces estábamos escuchando el canto del
cisne de una cierta forma de hacer rock que todavía pensaba cambiar el
estado de cosas. Hoy, quien se acerca con esta ilusión al FIB y demás
megaconciertos sale un poco decepcionado.

R-Soy inmune a ese tipo de temblores y decepciones. Ese desen-canto del
cisne no es en absoluto malo; de hecho, lo más estimulante es comprobar que,
a su manera, consistió en portal e índice de todas las actuales páginas de
internet, mundo muy divertido intelectualmente, del que vale la pena disfrutar siempre que se pueda. Los blogs de hoy serían imposibles sin las ilusiones de ayer. Yo, estrictamente, en el libro, de lo que hablo es de la formalización y la
clausura de un tipo de mitología que continuará todo el tiempo que se quiera
como tradición, lo cual tampoco es malo. El FIB, los megaconciertos y los minigrupos tendrán su propia capacidad simbólica y semántica. Luego vendrán otras. Sólo puedo esbozar un consejo: confiar en los propios gustos. Persistir. Formarlos. Argumentarlos. No aceptar algo que no nos gusta sólo por miedo a dejar de ser modernos. Ser moderno es un concepto más que relativo cuando estás muerto y yo he estado casi muerto. Sólo el veredicto del tiempo dirá cual tradición resulta más sólida.

P-Pero es que demasiado a menudo, como indicas en el libro, ni siquiera los
nuevos grupos reconocen la tradición, aunque alguno hay que reivindica a los
MC5. Ocurre también que las viejas glorias, como nuestro querídísimo Eric
Burdon, se contentan con opinar desde su soleado retiro contra los lugares
de la América profunda donde paradójicamente todavía están saliendo grupos
que se plantean cosas como obligar al manager a no fijar precios caros a las
entradas de los conciertos, etc.

R-Con toda sinceridad, el futuro que vaya a seguir el rock me importa un
soberano rábano. A mí lo que me preocuparía es que no se me permitiera
escuchar a MC5, Eric Burdon o Lou Reed, o que no hubieran existido por
diversas circunstancias los clásicos, o que Herman Brood hubiera sido
asesinado y no suicidado (no, no da igual, aunque pueda pensar así algún
demagogo) o que a mí me prohibieran tocarlo con mi guitarra. Del resto hay
que dejar que se ocupen los jóvenes talentos, confiar en ellos y no ponerles
zancadillas. Y también ser implacables con ellos cuando arrugan la nariz y
se comportan como señoritas melindrosas.

P-En fin, en "Limusinas y estrellas" te muestras un poco más crítico, sobre
todo con lo que tildas de "pésimo optimismo" que sirve para "justificar la
propia existencia más allá de cualquier necesidad objetiva" de los grupos de
rock actuales, en general.

R-El futuro siempre es incierto y nunca me he molestado en creer en la
astrología o los ovnis. Así que no cuentes conmigo para los pronósticos. Ni
siquiera sé cómo rellenar una quiniela. Ahora bien, lo que sí sé es que el
futuro lo construyen los hombres. Se trata tan sólo de aprovechar al máximo las herramientas que tenemos y no disimular ni quejarse tanto. La necesidad objetiva puede justipreciarse, pero no del todo, mirando el número de ventas. Ahora bien, ese panorama puede cambiarse insistiendo y rechazando las modas al uso. Así que, de ese "fin de la historia" del que hablaba el sobrevaloradísimo Francis Fukuyama nada, monada. Quizás lo que nos cuesta aceptar es que somos más perezosos, ignorantes y autoindulgentes de lo que queremos creer.

P-Sea como sea, tú has sido el mejor cronista de la Barcelona ante-olímpica,
además de anti-franquista y anti-catalanista a la vez. Todo aquello se fue
más o menos al garete.

R-Bueno, es el precio que hay que pagar por pensar de izquierdas sin ser progre. Con franqueza, no veo que haya motivos para creer en el progreso; especialmente en el progreso moral que es el que importa. Pero eso no obsta para que no desee un mejor reparto de la riqueza. Nunca he entendido qué extraña operación obliga, en el ideario progre, a que ambas cosas deban caminar juntas. Supongo que es una secuela del inacabado proyecto de la Ilustración. Ya sabes, el buen salvaje de Rosseau y todas esas patrañas. El pacifismo, el buenismo progre es un estereotipo pesadísimo y, digámoslo francamente, algo cursi, que hace sentirse al votante mejor de lo que es moralmente. Aunque es bastante inofensivo, si bien muy popular. Y rentable. No me extraña que los candidatos tiñan sus ideas aunque sea levemente con ese talante. Quiero decir con ello que, a pesar de ese irritante fenómeno que ha impregnado a las sociedades asustadas, no creo que muchos de nuestros artistas hicieran una cosa muy diferente a la que están haciendo. Y no me refiero a los “no a la guerra” sino a una producción artística farisea, afectada y superficial. Es más, creo que si se lo permitieran o les pagaran mejor, harían aún más de lo mismo. Creen, ingenuamente, que lo malo se despeña por sí solo a la larga. Es una idea que emana de nuestra educación católica y de la comodidad asustadiza. El pacifismo y el buenismo se basan en gran medida en esta convicción. Luego, lo que sucede en verdad es que para pelear hay que degradarse.

P-Me ha gustado mucho una frase del libro: "...nadie quiere ser adolescente.
Lo que se ama es la añoranza de la adolescencia".

R-Exacto. No tengo nada que añadir, salvo que la frase me parece demasiado
buena para mí. Lo más probable es que la leyera por ahí. Leo demasiado.
Robo sin complejos.

P-En "Corre, rocker" dices: "Escribo desde la prevención, nunca desde el
arrepentimiento". Alguien como tú, que con veintipocos años era yonqui,
¿cómo ve el espinoso asunto de las drogas hoy?

R-Las drogas, en lo que al arte afecta, son una bobada sin importancia. No así en lo que a la salud se refiere. Puedo decirlo con conocimiento de causa porque las he probado todas y no precisamente con prudencia. Sólo sirven para calmar el dolor de estar vivo, pero le quitan fuerzas y tiempo al cuerpo y al cerebro. Y, si quieres hacer algo con arte, va a ser tan duro en los tiempos actuales que necesitas todo tu cuerpo y cerebro para vencer las inercias del mercado. Ni aún así, tienes garantizado que te vayas a salir con la tuya. Visto de esa manera, las drogas resultan tan estúpidas e inservibles que no vale la pena perder el tiempo con ellas. Son como la gasolina para los coches -una sencilla gradación entre alimento, medicina, droga y veneno- y no vamos a perder el tiempo con consideraciones sobre la Repsol o la Elf, ¿No? Eso sí, importantísimo mantenerlas alejadas de cualquier rasgo depresivo o abandono narcisista. Inmovilizan.

P-La ausencia que quizá sí encuentro en "Limusinas y estrellas" es la de Sonic
Youth, grupo que explica todo el indie-rock de los 90, aunque quizás, ay,
también su falta de proyección.

R-Sí. Y fue una ausencia voluntaria por las razones que acabas de decir. Al formarme en los 80 posmodernos, creo que ese fenómeno paradójico, ese cul de sac del rock de los noventa debería ser explicado por sus propios protagonistas. A ver qué maña se dan para hacerlo, en caso de que lo intenten sin reconocer la clausura del mito. Además, hubiera tenido que decir que tanto Sonic Youth como The Jesus and Mary Chain no fueron más que una copia del osado experimento que intentaron The Velvet Underground muchos años antes. Y me sabía mal hacerle eso a un par de grupos por los que conservo simpatía. Hay tanto cabrón filisteo suelto que malgastar balas con ellos me hubiera parecido como hacer bajas con fuego amigo.

P-Y ya para acabar: ¿qué pasó con Loquillo y Trogloditas en Hispanoamérica?

R-Es una puñeta tener que estar siempre explicándose, generación tras
generación, y comprobar que únicamente la acumulación de información dentro
de muchos años dará perspectiva sobre nuestro trabajo. Nuestra suerte en Hispanoamérica fue muy minoritaria. Conservo el contacto todavía con seguidores de diferentes países de Latinoamérica que jamás llegaron a vernos en vivo. Los 80 fueron una época muy complicada por aquellas latitudes y nosotros éramos, creo que junto a Los Ilegales, uno de los grupos más hirientes y con más desfachatez callejera: Verdaderamente, la pesadilla de un suegro militar. Así que imagínate.

¡Siempre libre, Sabino! Johnny, recuérdanos...

XIMO BROTONS

"Corre, rocker. Crónica personal de los ochenta" , Sabino Méndez, Espasa,
Madrid, 2000
"Limusinas y estrellas. Medio siglo de rock, 1954-2004", Sabino Méndez,
Espasa, Madrid, 2004"

Entrevista al historiador John R. Saul (publicada en "La Vanguardia", mayo 2001)

CONTRA EL GOBIERNO DE LAS MULTINACIONALES

Nacido en Canadá en 1947, John R. Saul es historiador de formación y ha escrito notables novelas de aventuras e intrigas internacionales ("Baraka", "Paradis Blues"). Sus modelos son Jonathan Swift y, sobre todo, Joseph Conrad. Trabajó durante años como consultor de empresas en París. En la última década ha destacado por tres ensayos filosóficos muy críticos con el capitalismo mundializado: "La civilización inconsciente" (Anagrama), "Los bastardos de Voltaire" (Andrés Bello) y el reciente "Diccionario del que duda. Un diccionario de agresivo sentido común" (Granica).

Para el ensayista canadiense nos encontramos otra vez sometidos a una retórica escolástica que bloquea las comunicaciones públicas al dividir nuestro lenguaje en miles de dialectos para especialistas. El resultado es la desaparición de casi todo lenguaje público que pudiera tener un impacto real en las estructuras y las acciones.

Sus críticas se dirigen al conformismo social en el que se sustentan la dictadura de la razón, la burocracia de los expertos y el tótem de la eficacia. Con un espíritu combativo, ha escrito en el "Diccionario del que duda" una especie de diccionario de las ideas recibidas de la civilización occidental, en la estela de Flaubert, Ambrose Beirce, el doctor Johnson o la “Enciclopedia” de Diderot. Armado de un agresivo sentido común, el dubitativo John R. Saul se abalanza contra la tecnocracia actual. Pero lo hace de una manera irónica y amena, incluyendo en su diccionario entradas como -aire acondicionado (“una manera eficaz y muy difundida de propagar enfermedades”), -Big Mac (“la hostia de la comunión del consumo”) o -muzak, esa música ambiental que también era detestada por Nabokov.

“En la perspectiva humanista”, escribe en el prólogo de su último libro, “el alfabeto puede ser una herramienta para examinar la sociedad, y el diccionario una serie de preguntas, una indagación del sentido, un arma contra el saber heredado y por tanto contra las premisas del poder constituido”. Pero el humanismo renacentista que reivindica John R. Saul no está de moda ni es rentable. Por eso, como Norberto Bobbio o Fernando Savater, se considera un pesimista ilustrado y ha escrito un libro razonablemente crítico y subversivamente tónico. No resulta extraño que The Times lo considerara el libro más peligroso del año, o que Le Monde lo sitúe como libro de cabecera.

John R. Saul se siente muy próximo a Voltaire, “esa persona desagradable que hizo tanto bien”, al decir de Valéry.

P-La tesis principal de sus libros es que la divinización de la razón y el determinismo económico conforman las nuevas supersticiones de la modernidad.
R-La razón tiene varias cualidades. Pero sobre todo en Occidente siempre queremos creer que hay una cualidad que es la más importante o la única que cuenta. En el pasado fue la ética cuando las iglesias dominaban, o era la memoria en el espíritu de los reyes absolutos, etc. Todas son cualidades claves, pero cuando ponemos en el poder a una sola cualidad, ésta resulta en seguida disfuncional, y la razón deviene irracional. Lo que hace posible que la razón sea racional es el equilibrio de todas sus cualidades. Lo que tenemos hoy en día es una suerte de razón pura deformada, y lo vemos en la obsesión por los mánagers y los gerentes. En el centro de todo esto está la idea de que la economía gobierna a la sociedad, y que la economía misma se conduce por reglas racionales y naturales. Pero, de hecho, la economía no gobierna a la sociedad.

P-En este último sentido sostiene que la idea según la cual el capitalismo conduce a la democracia es, como demuestra la experiencia y la historia, falsa.
R-Sí, es una interpretación según la cual en ciertos momentos de la historia hay ciertos acontecimientos tecnológicos -en Inglaterra, la revolución industrial, por ejemplo- que llevan a la democracia. Pero como ya mostré en "La civilización inconsciente", se puede ver que hay revoluciones sociales, intelectuales, éticas e imaginarias que son anteriores al mercado, y que todas las ideas del individualismo responsable y de la democracia surgen antes que la revolución industrial. Más aún, son la estabilidad y la apertura de una sociedad basada en el individualismo y la democracia las que permiten históricamente la expansión del capitalismo, y la expansión del socialismo. Desde hace poco más de 25 años se piensa que es la economía la que debe gobernar a la sociedad, pero a causa de ello poco a poco hay más inquietud en el interior de nuestra sociedad.

P-Y de esta manera se reduce el espacio público.
R-Se dice que somos libres, pero en realidad todo es inevitable si la economía es la que gobierna a la sociedad. Si eres ciudadano, lo tienes crudo...

P-Sus tesis le acercan a la crítica de la razón instrumental.
R-Sí. Pero estoy escribiendo otro libro, el cuarto de mis ensayos, y ahí cambio un poco de opinión. He llegado a un punto en que creo que la idea de razón instrumental es falsa. La división entre razón pura y razón instrumental es una manera de pensar desde una posición irracional. Si pensamos en la razón de una manera racional, la razón no es pura. Como algo que tiene ver con el debate de ideas, la razón tampoco tiene nada de instrumental. Se trata entonces de una especie de golpe de Estado dado por los que están obsesionados por lo utilitario. Grosso modo, han dicho que nosotros somos la razón aplicada. Pero es falso, no hay un automatismo de la razón. Hablan de la razón pura como si fuese Dios y de la razón aplicada como si fueran las iglesias... Para mí la verdadera razón no es ni una ni otra. Para salir de la trampa hay que comenzar diciendo que la razón instrumental no existe. Si es instrumental, no es razón.

P-Hay en sus libros una palabra clave: corporativismo. Esta idea explica mejor nuestra situación actual que la de neoliberalismo, neoconservadurismo o pensamiento único. ¿En qué consiste el corporativismo?
R-Es la palabra clave. Cuando escribí "La civilización inconsciente" empecé a hablar de corporativismo, y vi que la gente no entendía la idea. Pero cuando empecé a explicar los orígenes históricos de este movimiento, fue muy interesante comprobar que se comprendía en seguida, si bien la gente no veía la ligazón histórica entre el surgimiento de la organización estructural corporativista, a principios del siglo XIX, y el fascismo de los años 30 y 40, que se olvidó porque se ganó la guerra. Sólo vimos los uniformes, y no nos fijamos en el argumento estructural situado en el centro de estos movimientos de los años 20, 30 y 40. En nuestra sociedad se puede hablar, como se habla de gerontocracia, del gobierno de los mánagers y de los gerentes, de una suerte de “gerentecracia” mundial sin uniformes militares. Todas estas escuelas de negocios, de gestión, Harvard, Chicago...

P-En Barcelona hay una sucursal de la Escuela de Chicago...
R-En efecto, las ideologías se exportan... En esta ideología nada es convenido. Todo lo que cuenta es una manera de hacer las cosas en la que no cabe la responsabilidad individual. Por ejemplo, la cuestión del contrato de trabajo: tú eres un empleado en una empresa, trabajas en ella, etc. Hasta aquí normal. Pero el problema es que si haces esto con una adoración por la especialización y además en un sistema legal dominado por la estructura, el individuo que va a la escuela y a la universidad se verá obstaculizado en algún lugar. Las empresas y el gobierno compran su conocimiento. Sólo se estudia para entrar a formar parte de una corporación, y no puedes utilizar tus conocimientos y experiencias fuera de ella. Perdemos el derecho de participar públicamente, dentro y fuera del trabajo. Y esto se escribe en los contratos laborales. Si usted es ingeniero y construye puentes, y trabaja para el gobierno o para el sector privado, no puede utilizar sus conocimientos fuera de ahí.

P-Esto está cerca de la esclavitud.
R-Perdemos nuestra verdadera individualidad, de alguna forma. Y no se obtienen los resultados de los impuestos que los ciudadanos pagan por la educación, etcétera.

P-Dato que pone de manifiesto la crisis de la educación pública o del carácter público de la educación, que debería formar ciudadanos democráticos.
R-Sí, en cierto modo, es una de las razones de esta crisis. Lo que es interesante es que hace cincuenta años todo el mundo comprendía esta simple idea, y sin embargo hoy la educación se dirige a la formación de empleados especializados. El resultado de la educación pertenece al empleador. Es terrible. ¿Cuál es el valor más atractivo de nuestra sociedad? La lealtad hacia la empresa y hacia el jefe de la empresa.

P-A propósito de la economía global o nueva economía, usted subraya negativamente sus aspectos inflacionarios.
R-No todo es negativo. Pero es cierto que se trata de una economía en gran parte especulativa. Oficialmente hay bajas tasas de inflación, pero realmente la inflación existente es alta. No hay un control real sobre los movimientos del dinero en su expansión actual. Pero los banqueros internacionales están de acuerdo en que no haya demasiado control, y las empresas se aprovechan de esta situación. El problema es que así se elimina el ámbito público, cuya estabilidad ha permitido justamente que pueda haber esta expansión global. Se elimina el debate público, la democracia, el individualismo, el control sobre los impuestos y su destinación. Creo que ha llegado el momento de pararse y de pensar, dudar, imaginar. Cuando se habla del problema de las grandes corporaciones se pretende llegar a una solución total. Pero creo que es mejor hacer un poco de limpieza, liquidar las peores consecuencias de la globalización, antes que intentar curarlo todo.

P-En el "Diccionario del que duda" sostiene que aún vivimos inmersos en la crisis de 1973.
R-Sí, pero hay algunos cambios, por ejemplo en lo que se refiere a las innovaciones tecnológicas. Para mí la mayor transformación, sin embargo, se ha producido con la llegada masiva de la mujer al mercado laboral, lo cual incide también en la inflación. Hay una inflación del trabajo que repercute en la disminución del valor del trabajo y del tiempo de trabajo. Vivimos en una sociedad en la que se ha cuestionado la idea misma de trabajo. El aumento de las tecnologías que funcionan automáticamente contribuye a reducir su valor. De ahí el aumento del paro, y también del tiempo libre. Este tiempo libre se podría dedicar al debate público y a la participación democrática, pero la sociedad de consumo prosigue su marcha obsesionada por la rentabilidad y la eficacia. La democracia ha perdido unas enormes posibilidades de organizar la vida de otra manera, pues el ocio se dedica a otras cosas y hay trabajos como cuidar a niños o ancianos que siguen considerándose improductivos.

P-En contra de la dictadura de la eficacia usted reivindica el error.
R-Claro, el error que no es aceptable es el error de pensar que uno tiene respuestas absolutas. En este caso no hay error. La realidad es que, sobre todo en democracia, se admite la idea que nadie tiene la razón absoluta y que se avanza lentamente, a través de experimentos. El problema de la “gerentecracia” es que en el sistema de los mánagers admitir el error es una falta profesional, cuando de hecho el fin de la inteligencia es ser conscientes de los errores y poder admitirlos. De hecho, para el progreso es absolutamente esencial aceptar la idea de error. Si no, no hay lugar para la imaginación.

P-Es curiosa su referencia al modo verbal del subjuntivo –el modo de la irrealidad- en relación con el empobrecimiento y la especialización anti-democrática del lenguaje.
R-No es sorprendente que a la sociedad corporativista no le guste el subjuntivo, porque si se cree que se está en posesión de la verdad no hay lugar para la duda.

P-Una de sus figuras favoritas es Sócrates, que pone como ejemplo del carácter público y social de la filosofía.
R-Es interesante ver que, en la historia de la filosofía, hay personajes que han hecho posible la filosofía pública no diciendo cosas simples sino diciendo las cosas y planteando las cuestiones de manera clara. No se trata de simplismo, sino de claridad. Es el argumento válido para todo el mundo puesto en un lenguaje accesible, cosa que es muy, muy difícil de hacer. A menudo, en la historia, los filósofos que han hecho posible la filosofía pública han utilizado un lenguaje oral, como Sócrates, como Voltaire. Se dice de Voltaire que era elitista porque escribía en una época en que pocos podían leer, pero olvidan que sus cuentos y su filosofía están escritos en un lenguaje muy claro y que la gente, en aquella época, tenía una memoria mucho más desarrollada, porque la utilizaban. Y por tanto la gente repetía en voz alta, oralmente, las historias, las frases, los argumentos de Voltaire. Estaban escritos de un modo muy oral, llenos de dudas. Y de este tipo de lenguaje destinado a la conversación hay varios ejemplos en la historia de la filosofía. La catástrofe de la época moderna es la llegada de Inmanuel Kant, que era un genio que pensaba que iba a mejorar los argumentos públicos, orales y esclarecedores del siglo XVIII, pero que de hecho los oscureció convirtiendo la filosofía en un asunto privado a causa de su metodología. En cierto modo, todavía estamos aquí.

P-Pero creía que reivindicaba la dimensión pública del lenguaje...
R-Sí, pero el problema es que lo hizo de una manera que imposibilitaba el debate público. No es que estuviera equivocado en lo que decía, pero lo que decía estaba dicho de tal manera que hacía imposible el debate. Esto es en sí mismo una terrible contradicción. Algo similar ocurre con Derrida hoy en día, aunque a otro nivel, o con Heidegger. En los argumentos tiene que haber una ligazón real entre la forma y el contenido.

P-Usted habla del rechazo de nuestra sociedad a la presencia de la muerte y lo relaciona con la pérdida de memoria social.
R-Sí, es cierto. Hace veinte años era muy evidente. Ahora creo que en este sentido estamos un poco mejor, sobre todo a raíz de la aparición del sida. Hoy es imposible hacer como si no fuésemos a morir. Aunque por otra parte todos los sistemas de medicina están construidos en torno a una guerra contra la muerte, como si no fuésemos a morir. Pero nunca hay bastante dinero, en cambio, para los lugares donde la gente se está muriendo o va a morir en breve, como en los suburbios. El hecho de que esta religión del consumo siga creciendo muestra que estamos lejos de salir de la negación de nuestra condición mortal. Claro, siempre queremos vivir más, pero hay que hacerlo de manera interesante...

P-¿Sigue considerándose un pesimista ilustrado?
R-Ser pesimista no es lo mismo que ser cínico, o incluso escéptico. ¡Es el idiota quien es siempre optimista! Es el idiota el que piensa que todo va a ir siempre bien, que tiene la solución, que no habrá más problemas, y que pensar de manera diferente al optimismo pone en peligro la prosperidad. La realidad es que las ideologías y las dictaduras son siempre optimistas, están siempre prestas a salvarnos, tienen siempre la solución, tienen siempre el futuro en la mano. La democracia, los ciudadanos, el individualismo real tienen los pies mucho más en el suelo. Nunca se está seguro del todo, y por tanto se está dispuesto a asumir riesgos, no se piensa que todo está perdido. No hay que caer en un cinismo negro... No soy tontamente optimista, sino razonablemente pesimista. La gente razonablemente pesimista procura evitar las guerras, la violencia, las crisis económicas. Los grandes optimistas provocan muchos crashs...

P-¿Y para estos momentos de capitalismo casi enloquecido qué propone?
R-Lo que hace posible este optimismo naïf del capitalismo es que está construido sobre un pesimismo sólido de la sociedad, sobre un conformismo pasivo. En cambio, si los ciudadanos están dispuestos a dudar, a tomar riesgos intelectuales, a ocuparse de la política, se crea una situación estable con una cierta justicia, y con esto es posible que haya otra gente, por ejemplo en el sector privado, que sea romántica, incluso tontamente optimista, y que tome grandes riesgos que si no funcionan no nos conduzcan a la catástrofe ni lleven a la pobreza a millones de personas.

P-Usted reivindica el humanismo.
R-Mi argumento es que la razón tiene varias cualidades: la ética, la imaginación, la memoria, la intuición, la creatividad, el sentido común. Son cualidades humanas, y el humanismo es una especie de equilibrio entre todas ellas. Ahora escribo un libro sobre este tema. Creo que este equilibrio es imposible, pues se trata de un juego de equilibrio. Es una especie de sistema de duda en el que estas cualidades juegan unas con otras. Eso es lo interesante, y lo que nos da el progreso, la justicia.

P-En su libro no sale muy bien parado Nietzsche, cuando puede ser considerado de alguna manera un ilustrado...
R-Cuando hablo de Schopenhauer o de Nietzsche hablo sobre todo de la manera en la que son percibidos en el gran debate. Ahí hay un problema. Pero lo mismo ocurre con Voltaire, como traté de mostrar en "Los bastardos de Voltaire". Hoy Voltaire se horrorizaría de ver que en las escuelas de negocios lo tienen como maestro.

Ximo Brotons