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procopio: café filosófico

Quevedismo

Mucho se ha dicho del pobre nivel del periodismo español. Desde "El Censor" ilustrado hasta Larra pasando por el "Diario de Barcelona", y Unamuno y la prensa hispanoamericana hasta llegar a los periódicos que aún salen cada día, y Ortega y "El Sol". Se dice que Quevedo hizo mucho daño. Lo dice Savater en su "Diccionario filosófico" y lo ha repetido en una entrevista de Vicente Molina Foix. Da que pensar...

Espada compara en "Contra Catalunya" la prensa barcelonesa con la madrileña, Sagarra o D´Ors con Fernández Flores o González Ruano, Azúa o Monzó con Umbral o el fallecido Haro Tecglen: hablo de la prensa de opinión, ese "topos" imprescindible para, en y de la democracia. Aunque tantas veces fagocitador. Espada no menciona el daño de Quevedo y más bien le parece superfluo, o eso me parece a mí, no el cervantismo tantas veces denostado por el poder burocrático madrileño y el nacionalismo catalán, sino las frivolidades, más que las ligerezas, lopesianas.

Estamos hablando de una cultura (también presente desde Boscán y aun antes, aunque todavía medieval, en Barcelona) que la gran corte francesa de Luis XIV tomó como modelo para su Gran Siglo, todavía hoy cuna del gusto que ha moldeado y moldea "lo francés" (como la más popular Inglaterra aprende de Cervantes -y éste en parte, siempre la vista a Italia del mediterráneo, del valenciano Martorell-, el sentido de la aventura ya moderna, acuñado a hierro por los descubridores hispano-portugueses).

Dejemos la novela entre paréntesis. Y el teatro. Vayamos al periodismo. Hizo daño Quevedo, quien es citado, no sin mucha ilusión, por algún personaje de "La vida del Doctor Johnson" como un poeta más bien "imitador". ¿Ha hecho daño al periodismo español? Me refiero a la bravuconería que se le atribuye, especialmente al madrileño, pero no solo, a ese desparpajo que podía irritar a don Jorge Luis, a ese mal tono, a las cajas destempladas que se conservan aun en un Ferlosio. O en Monzó o en alguno muy malo como Toni Soler, queveditos catalanitos de esos.

Por ejemplo, esta última frase que he escrito: ¿hace daño? ¿es faltona? No negaré la posibilidad de que ese tipo de frases españolas periódicas hayan podido ser faltonas (no me refiero a lo criminal que ha podido ser y es el estilo nacionalista periférico, con sus excepciones, claro, claro). Pero la cuestión es que esa prensa ha carecido de salida. Mejor desde luego que el militante-revolucionaria, bajo la dictadura, funcionando casi como una "contra", ese periodismo apenas tenía la salida del humor, un punto de fuga que se cerraba sin embargo demasiado pronto, demasiado cerca (aun en Aristóteles, el universo se cierra, ¡pero en el quinto éter, no en la "polis"!). Y eso se sigue notando hoy, por ejemplo, en el caso de Jiménez Losantos, o del fallecido Vázquez Montalbán: esa salida que sí tiene la prensa inglesa y también la francesa (ah, Le Monde, el buen tonto ha tenido que cambiar), que suelen ser también a su modo faltonas en su más larga y más firme tradición democrático-republicana; quiero decir, que a lo mejor resulta que el periodismo español cuando es mejor es cuando no se corta la lengua..., aunque después tenga a menudo que lavársela y, ay, no se la lave (por falta de costumbre democrática).

Y es que el periodismo de opinión está supeditado a los hechos y a las noticias, sin ser ni lo uno ni lo otro. Quiero decir que es urgente, aunque no está de más que sea también higiénico. Pero no es ni puede ser una conversación de cátedra sobre el buen gusto o la belleza moral cuando es realmente de opinión, de intervención. Lo cual puede llevar al exabrupto y al insulto, umbral de la civilización, pero todavía civilización, según Ferlosio.

A mi modo de ver, por lo tanto, Quevedo no hizo tanto daño. Además, hoy, ¿cuándo es mejor Azúa, cuando levanta columnas de poesía o cuando se caga en todo dios? Lo segundo. ¿Cuándo es mejor Losantos, cuando escribe con la sangre que le sacaron o cuando recita su consabida letanía radiopredicadora suficientemente lopesina para que no se enfade nadie, más que los que se tienen que enfadar? Lo primero, queridos desterrados. Bien entonces por lo que llamaré "quevedismo", aunque en cualquier caso siempre nos quedará Karl Kraus.

Cuento: "El hombre que veía tatuajes en los cuerpos"

EL HOMBRE QUE VEÍA TATUAJES EN LOS CUERPOS


Fréderic Aneau vivía en un lugar de la campiña francesa, cerca de Grenoble. Durante toda su vida trabajó como director del Departamento de Simbología del centro de estudios culturales de la ciudad. Fréderic Auneau era un especialista en símbolos y un erudito. Durante algunos períodos de su vida había dado clases en la universidad, y llegó a publicar varias obras sobre la materia: "Simbología medieval", "Jeroglíficos egipcios", "El enigma de los templarios", etc. En algunas revistas especializadas logró colocar diversos artículos, que le granjearon un gran prestigio en el campo de la investigación simbológica.

Una mañana gris de noviembre, cuando apenas le quedaba un mes para abandonar su cargo como director del Departamento, Fréderic Aneau salió a pasear por la pequeña ciudad en la que residía. El cielo está poblado de nubes, y un leve viento frío y seco como un cuchillo anunciaba la llegada del invierno. Por la tarde, según le había recordado su mujer, tenía que asistir a un homenaje en el Ayuntamiento de Grenoble. El consistorio municipal le había organizado una cena para celebrar su trayectoria profesional y su cordialidad personal.

Fréderic Aneau se dirigió primero al quiosco, donde una mujer le atendió amablemente. Compró el período local, Le Monde y la revista de la Sociedad de Estudios Simbólicos de París. Se encaminó hacia un café de la calle principal de su ciudad, y allí leyó la prensa que había adquirido mientras se tomaba un té con limón. Hojeando la revista especializada en simbología, quedó fascinado con un artículo sobre el arte de los tatuajes, de los que apenas había tenido noticia en su dilatada trayectoria como investigador.

En dicho artículo se decía lo siguiente:

“Un simbolismo genérico puede englobar tatuaje y ornamentación, ambos expresan la actividad cósmica. Pero la realización del primero sobre el cuerpo agrega otros sentidos importantes: sacrificial, místico y mágico. El primero es mencionado por E. Gobert, en `Notes sur les tatouages des indigènes tunisiens´, quien relaciona el tatuaje con el proverbio árabe “la sangre ha corrido, la desgracia ha pasado”. Todo sacrificio tiende a invertir una situación por la acumulación de fuerzas de canje. El motivo místico lo hallamos en el fundamento mismo de la idea de marca, como definición de propiedad. El que se marca a sí mismo desea señalar su dependencia ante aquello a lo que el signo alude. Las señales grabadas en las cortezas de los árboles, las iniciales y corazones incididos a punta de alfiler en la piel por los enamorados son claro indicio de este significado. Ulteriormente, se subvierte la actitud y se pide a la señal que `agradezca´ el valor sacrificial y de entrega; éste es el poder mágico, el concepto del tatuaje como talismán defensivo. Aparte de estas tres causas, los etnólogos han encontrado otras dos: el tatuaje como signo que distingue sexo, tribu y rango social (Robert Lowie, `Antropología cultural´), profanización simple del sentido místico; y como medio para aumentar la belleza. Esta última finalidad nos parece bastante equívoca, pero no podemos aquí impugnarla. Especialmente, el tatuaje se practica como `rito de pasaje´ o de iniciación, en los cambios de edad y en las transformaciones de la personalidad. Cola señala que los más antiguos monumentos de la prehistoria ya indican la existencia de tatuajes, encontrándose en Egipto, donde la sacerdotisa de Hathor mostraba tres filas rayadas en el bajovientre. Enumera las principales técnicas de tatuaje: punción, sutura, cicatriz por corte o quemadura, etcétera. (...) Un escorpión tatuado `puede´ evitar la picadura de este insecto; la imagen de un toro asegura numerosos rebaños”.

Fréderic Aneau subrayó con cuidado algunas frases del artículo y siguió leyendo la prensa del día mientras apuraba las últimas gotas de su té. En ese momento, al alzar su brazo derecho, una imagen fugaz y vagamente ominosa le pasó por su mente. No pudo captar en ese momento cuál era la figura que le había relampagueado el cerebro, pero distinguió en ella ciertos remolinos negros y una especie de lago tenebroso que le recordó una pintura melancólica del barroco. Pensó que había sido una leve fantasía suya y no le dio más importancia.

Cuando se levantó de la cafetería se encaminó hacia el río que bordeaba la ciudad. Allí podía respirar el aire fresco que le faltaba en su despacho del Departamento de Simbología de Grenoble, donde buceaba incansablemente durante horas en papeles antiguos, grabados, archivos y demás documentación histórica relacionada con la mitología de los símbolos. En esa mesa repleta de carpetas y objetos antiguos había pergeñado sus obras y había gozado durante años con el estudio de los enigmas de la vida humana, estampados en figuras y dibujos de muy diversa índole.

Sentado en un banco Fréderic Aneau encendió su pipa y acabó de leer las noticias que aquella mañana fría de noviembre traían los periódicos. Pero de nuevo esa imagen crepuscular e indefinida le rozó la imaginación. Esta vez Fréderic Aneau pudo presentirla, como un soplo de viento que de repente, con un golpe seco, cierra con brusquedad una ventana abierta. La imagen no sólo era visualmente ominosa sino físicamente punzante: el señor Aneau, sentado en el banco, vestido con su habitual chaqueta marrón oscuro, con su sombrero de detective a lo Maigret, sintió bajo el brazo izquierdo un pinzamiento minúsculo, pero tan dañino como el rayo que desgarra el cielo nocturno y parte en dos el tronco de un roble del bosque. Nadie había en el pequeño parque al que había acudido el señor Aneau; a lo lejos una pequeña cafetería atendía a tres o cuatro clientes sentados en la terraza del recoleto establecimiento, sorbiendo risueñamente sus humeantes cafés, pero nadie más paseaba en esos momentos por los senderos cercanos al río. Aneau dejó de leer la prensa, inspiró un poco de aire y ciertamente asustado por aquellos dos relámpagos visuales que le habían herido como un cuchillo ardiente su cuerpo y su mente, regresó a su pequeño adosado, donde su mujer le aguardaba con una comida caliente.

Ese mediodía fue reparador para Fréderic Aneau, que tras comer junto a su esposa, a quien no le comentó nada de lo sucedido, se echó en el sofá a repasar el breve discurso que esa noche debía pronunciar ante el consistorio de la ciudad de Grenoble con motivo del homenaje que el Ayuntamiento le había organizado. La noche anterior había improvisado unas notas de agradecimiento, en las que aprovechaba para reivindicar más inversión en la investigación de los símbolos, materia que Fréderic Aneau consideraba capital para la comprensión del misterio de la existencia humana. Sentado en el sofá, y tras corregir y añadir algunos detalles a las notas que había escrito, logró conciliar el sueño y descansó unas horas. A su edad, que rozaba los 65 años, ese rato de siesta era algo que necesitaba cumplir todos los días.

A media tarde, salió al jardín de su casa a dar de comer al perro. Había empezado a caer una fina lluvia, de modo que Fréderic Aneau se sentó en el porche. Allí acurrucado en una hamaca le volvió a la mente el artículo sobre tatuajes que había leído por la mañana. Un nuevo malestar agudizado por los achaques de la edad volvieron a turbarle el ánimo y el cuerpo. Aneau estaba asustado. Pero había algo en el viejo investigador que le provocaba fascinación por esas imágenes siniestras. Había llegado a una edad en la que sabía todo sobre símbolos, pero la inquietud por conocer y penetrar en los misterios humanos no había quedado saciada. Ese día en que el Ayuntamiento iba a homenajearle ponía en cierto modo el punto final a su trayectoria profesional; sin embargo, su afán intelectual rejuvenecía con nuevo brío en su interior, como si algo le hubiese faltado por descubrir, como si quisiese de algún modo ir hasta el final del misterio por el que había merodeado durante toda su vida., como si de algún modo quisiese llevar hasta el final un sacrificio ritual, una simbiosis con los símbolos en sí, y fundirse y morir con el misterio, convertirse él mismo en misterio, abrazarlo y paladearlo en su profundo secreto. Pero en esta ocasión ninguna imagen asomó por su cabeza y la lluvia dejó de arreciar.

Por la noche Fréderic Aneau y su esposa asistieron al banquete y homenaje que la ciudad de Grenoble había preparado en honor del afamado erudito. Hubo multitud de asistentes en la cena que precedió a los discursos: personalidades de la cultura, la política, el arte y de las profesiones liberales de la ciudad. El alcalde entregó una placa conmemorativa al homenajeado, que agradeció con un breve speech la gentileza que el Ayuntamiento había tenido para con su persona. En una línea emotiva agradeció el largo y fiel amor de su esposa, pero hubo un silencio y un chirrido de los micrófonos cuando el doctor Fréderic Aneau anunció que abandonaba el cargo de director al que había consagrado su vida. En ese momento, por la cabeza del viejo investigador volvió a pasar la cruel y tenebrosa imagen que le había sobresaltado por la mañana en el café de la pequeña ciudad donde residía. Esta vez, el señor Aneau no pudo resistir el relámpago negruzco de esa visión inquietante y en un gesto brusco y torpe giró la mirada hacia la primera persona que vio, un señor trajeado de noche que cenaba y escuchaba los parlamentos junto a su esposa en una de las mesas del recinto donde se celebraba el homenaje. Con esa mirada, el erudito investigador estampó la imagen tenebrosa en la mejilla del señor trajeado. Pero sólo él podía verla, pues nadie pareció extrañado y la mujer besaba y abrazaba a su marido tranquila y cariñosamente. Fréderic Aneau carraspeó apuradamente, hizo una pausa en su discurso, y mientras la gente se arremolinaba nuevamente en sus asientos, se volvió a colocar las gafas y siguió leyendo, con la voz temblorosa y el miedo disimulado en el cuerpo, las notas que tenía preparadas para la ocasión.

Al finalizar los discursos y agradecimientos, las placas y los aplausos, los apretones de mano y los cumplimientos, Fréderic Aneau se encontraba exhausto. Sin embargo, una duda crecía y crecía en su interior y le agujereaba el estómago. Escudriñó con interés las múltiples gentes que habían asistido a la cena cuando éstas pasaron a despedirse del homenajeado, y cuando el señor trajeado al que había mirado fugazmente en el instante en que la imagen siniestra había acudido a su mente lo saludó, Aneau dio un respingo y tembló como un niño.

-¿Se encuentra bien, señor? Ha estado a punto de caerse- le preguntaron el matrimonio y el alcalde al unísono, preocupados por la lívida cara que había puesto el erudito y por su conato de desmayo.

Aneau pidió disculpas y comentó que había sido un ligero mareo producto del cansancio acumulado durante la velada. A su edad eso se notaba. Con un gesto que quiso ser humorístico pero pareció más bien torpe y tímido, quitó hierro a su leve desvanecimiento. Recuperado, no podía sin embargo desviar la mirada del rostro del señor trajeado, en la que por fin pudo vislumbrar con horrorosa claridad la imagen que le había turbado durante toda la jornada. Era una especie de tatuaje que simbolizaba el caos, un grabado de Michel de Marolles fechado en París en 1655 según pudo colegir cuando su inmenso conocimiento de la simbología acudió a su memoria:

(ilustración)

Aquella noche Fréderic Aneau no pudo dormir. Junto a su esposa, acabó de leer en la cama la revista que había adquirido por la mañana. Con un interés renovado, pero con temor, volvió al artículo sobre tatuajes. Se preguntó, una vez que su esposa apagó la luz, al calor de la almohada y tras los besos de buenas noches, qué significado tenían los tatuajes dentro del campo de los símbolos. A lo largo de la noche insomne fue reflexionando y dando vueltas en la cama, sin molestar empero a su mujer, sobre esos símbolos incrustados en la piel humana. Eran símbolos que pretendían acorazar a los seres humanos frente a los peligros de la vida, y darles fuerza en sus empresas, o distinguir ciertas jerarquías, o indicar la pasión a la que el portador del tatuaje se entregaba. Decidió, mientras se levantaba para dirigirse a la cocina a beber un vaso de agua y tomarse otra aspirina, dedicar los últimos años de su vida a la investigación de esos iconos de piel humana, que como un fuego candente marcan la vida del cuerpo de quien los lleva.

De las imágenes que habían perturbado sus ojos durante la jornada anterior nada comentó a su mujer. No había motivo alguno para alarmarse más de la cuenta; durante su trayectoria profesional el señor Fréderic Aneau había tenido algunos ataques similares, productos del cansancio acumulado por tan extenuantes investigaciones. Largas veladas de insomnio habían causado en los ojos del director del Departamento ciertos trastornos, que de tanto en tanto regresaban con molesta intensidad. Sin embargo, una imagen de tan mal augurio como la de aquel día no la había padecido nunca, y el hecho de que aquella imagen se imprimiera en forma de tatuaje en la piel de un ciudadano anónimo suponía una novedad amenazante. Tal vez, los largos años de estudio habían acabado por transformar su mente en una especie de imán de la imaginación impersonal, antigua e inmemorial que desde los tiempos remotos surca el cielo al que dirigen su mirada los hombres. O sea, ¿no era posible, se preguntaba el profesor Aneau, e incluso científicamente comprobable, que todas las imágenes que se han soñado desde la edad de las cavernas sigan pululando invisibles e inaprehensibles por el aire que respiran los hombres? A esa hipótesis se aferraba ahora con toda su menguada energía el viejo Aneau. Algo le había herido la mirada hasta lo más profundo de su visión la jornada anterior y no estaba dispuesto a dejarse vencer.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba junto a su fiel esposa, el viejo Aneau le preguntó si conocía al matrimonio frente al que había estado a punto de desvanecerse la noche anterior. Como no era el caso, el viejo siguió desayunando tranquilamente, aunque fatigado por la penosa noche que había sufrido. Más tarde, decidió, como tenía previsto, acudir a la biblioteca de Grenoble para cerciorarse de los datos de la imagen del caos que había visto horrorosamente estampada en la mejilla de aquel desconocido personaje. Para ello fue caminando hasta la estación de tren, y cogió el primero que pasaba en dirección a Grenoble tras hacerse con el billete correspondiente.

Antes de subirse al tren, Aneau sufrió un nuevo acceso de mareo, que le hizo trastabillar levemente. Afortunadamente había traído consigo el bastón que sus hijos le habían regalado por su 60º cumpleaños, un duro palo de roble fabricado en Inglaterra en el que se apoyó durante unos segundos. Recobrados el aliento y el equilibrio Aneau subió al vagón del tren y se sentó en una de las butacas, frente a una señora que cosía un pequeño jersey con minucioso denuedo. El tren se puso en marcha y empezó a avanzar. Cuando Aneau quiso deshacerse del abrigo que llevaba, un relampagueo hiriente cruzó por su cabeza con brillante fulgor. Aneau apartó la cabeza ante la indiferencia de los pasajeros, pero nuevamente el resplandor acudió a él como si fuese movido por alguna intención hostil y sobrehumana. Esta vez Aneau intentó apartar la imagen con un torpe manotazo, de tal forma que la negra visión se desvió hacia el cuerpo de la vieja señora que cosía en frente suyo. Con un sonido seco que al parecer sólo Aneau pudo sentir, la imagen quedó grabada en la piel de la mano izquierda de la señora. Profundamente angustiado, Aneau captó con horror, en un segundo de pánico, el tatuaje sólo visible para él que ahora lucía la señora que cosía. Se trataba de varias figuras de seres anormales, de los que había leído algo en un viejo diccionario de símbolos.

(ilustración)

La señora que cosía, ajena a los misterios que la envolvían en aquellos instantes, sonrió amablemente al viejo erudito y le preguntó:

-¿Se encuentra usted bien?.

Atónito, Aneau aguantó el tipo como pudo durante el trayecto a Grenoble. El tatuaje desapareció paulatinamente de la mano izquierda de la vieja señora y así todo pareció volver a la normalidad. Aneau disimulaba como podía su evidente preocupación y se distrajo observando ciegamente el paisaje que se veía desde la ventana del tren. Una vez en Grenoble, Aneau recogió sus enseres y se dirigió con paso cansino a la biblioteca. Rápidamente se hizo con el diccionario de símbolos que antes había recordado y leyó lo que en él se decía de las imágenes que habían perturbado su bienestar en las últimas 24 horas.

“Los seres anormales y mutilados, como también los dementes, eran considerados en las culturas antiguas como dotados de poderes extraordinarios, tal como los chamanes de los pueblos primitivos. (...) Para el pensamiento mágicorreligioso sucede al revés: la mutilación, la anormalidad, el destino trágico, constituyen el pago –y el signo- de la excelencia en ciertas dotes, especialmente de la facultad profética”.

Sobre el caos, Aneau, que pudo verificar efectivamente que la visión de la noche anterior correspondía al grabado de Michel de Marolles de 1655, leyó lo siguiente:

“La doctrina de la realidad considera el caos como un estado inicial ciegamente impulsado hacia un nuevo orden de fenómenos y de significaciones. Blavatsky se pregunta: `¿Qué es el caos primordial sino el éter conteniendo en sí mismo todas las formas y todos los seres, todos los gérmenes de la creación universal?´.

Aneau se quitó las pequeñas gafas de lectura y en un ademán de profunda perplejidad se llevó las manos a la cabeza. Caos, seres anormales: su vieja teoría de la existencia de una imaginación aérea, antigua e impersonal se hacía realidad en imágenes ominosas que acudían con no se sabe qué fin a su mente. ¿El origen del mundo? ¿La justificación de su propia hipótesis, de la que apenas había hecho mención a sus colegas y sobre la que nada había escrito, salvo notas escondidas en el cajón secreto de su despacho familiar? ¿Y qué significaban los tatuajes sobre seres anormales? ¿Indicaban que él, el doctor Aneau, era uno de ellos, dotado de un poder desconocido para captar esa imaginación volátil y perdida que deambulaba por los cielos, invisible para el resto de los mortales, desde los más remotos tiempos? ¿Era Aneau capaz de ver, para su propio horror e inquietud, una imagen soñada por un cavernícola de las cuevas de Lascaux? Tal vez su inmanejable poder de convertir esas imágenes en tatuajes expresaba una nostalgia inédita e irrecuperable por esa imaginación acumulada a lo largo de la historia de los hombres. Aneau sonrió por un momento, cuando descendió del limbo de sus cavilaciones, y le agradó la idea de que cupiese la posibilidad de que todos los hombres y las mujeres llevaran estampados en sus cuerpos, como tatuajes mortalmente grabados en su piel, las ensoñaciones que habían creado las largas noches oscuras de la humanidad.

A mediodía Fréderic Aneau acudió al restaurante donde solía comer todos los días. Pidió al camarero una sopa de marisco, un filete de cerdo y pan y vino. De postre, se comió una manzana. Mientras pelaba la fruta verde del paraíso bíblico, Aneau se fijó en un joven que concentradamente repasaba unos apuntes. Por su aspecto y su recogido aislamiento debía de ser un estudiante de la universidad. Aneau sonrió para sus adentros como un bobo, recordando sus años de estudio en París. Allí empezó a germinar su pasión por la simbología. En aquellos días solía recorrer las callejuelas del Barrio Latino y frecuentar sus recoletas librerías. ¡Ay, cuánto tiempo hacía de aquello! Ahora, sentado en un restaurante de Grenoble, comiendo una manzana verde, en un mediodía azul y claro de noviembre, Aneau se sentía viejo: todos los años acumulados de trabajo, en los que había escudriñado libros y símbolos, estudiado materias tan diversas como papirología o psicoanálisis, empezaban a causarle estragos en la vista y el cuerpo. Demasiado conocimiento y demasiada lucidez, pensaba Aneau, eran las responsables de las imágenes perturbadoras que le habían sobresaltado el día anterior. Ahora, sentado apaciblemente en la mesa del restaurante, Aneau sólo quería pensar en el trabajo realizado, en los honores conseguidos y en su esposa y su pequeña casa adosada y su jardín.

Pero cuando se giró para pedirle la cuenta al camarero Aneau sufrió un nuevo acceso de desmayo. Esta vez, la imagen tenebrosa sobrevoló su cabeza como un pájaro negro de ojos afiebrados y se posó en su hombro derecho. ¡Horror! Durante unos segundos eternos la imagen continuó revoloteando por encima del viejo erudito, emitiendo sonidos extraños y agudos chillidos de terror. Sólo Aneau parecía darse cuenta de lo que sucedía, pues nadie en el restaurante hizo el menor gesto de atención hacia su persona o hacia la danza negra que sobrevolaba su cabeza, y el camarero sonreía amablemente ante la petición del profesor. Aneau siguió luchando contra ese ataque visual y con un gesto brusco y repentino desvió la pesadilla que le picoteaba el cerebro hacia la esquina de la sala, justo donde se encontraba el estudiante, en cuyo brazo derecho se fijó e inmovilizó la imagen pavorosa: una vieja xilografía onírica del siglo XVI, que reconoció al instante:

(ilustración)

Por un momento, Fréderic Aneau recuperó el aliento y pudo sacar el dinero de su cartera, con el que pagó nerviosamente la cuenta del restaurante. Estaba atenazado por el ciego miedo que había sentido frente al revoloteo horripilante de la figura alegórica. El camarero le preguntó con solícita curiosidad:

-¿Le ocurre algo señor Aneau?

Aneau hizo un ademán negativo con la cabeza y, cabizbajo y preocupado, salió del establecimiento. Se encaminó hacia el parque, donde se sentó en uno de sus bancos de madera a descansar. ¿Qué le estaba sucediendo? Ahora se sentía verdaderamente preocupado. Era la tercera imagen que le atacaba y esta vez se había sentido realmente al borde de la pérdida de conocimiento. Ya no se trataba sólo de que él fuera la única persona que veía sobrevolar como negros augurios esas imágenes del caos, de los sueños, de seres anormales, y quién sabe qué por venir, sino que esas imágenes parecían venir a decirle que su vieja hipótesis sobre la imaginación inmemorial de los hombres era cierta, y que de algún modo Aneau había hecho mal al no investigarla hasta el fondo. Era eso lo que ahora sentía Aneau, como una íntima e inexpresable comprensión de los acontecimientos, culpable y negativa, o sea, el hecho de que aquellas imágenes antiguas venían ahora a vengarse del olvido a que el talento del viejo investigador las había sometido. Ese imaginario perdido y volatilizado, que la intuición juvenil del profesor Aneau podría haber rescatado y no rescató del abismo de la ignorancia humana, regresaba ahora a él con odio y resentimiento para comunicarle poco a poco, como las gotas que caen de una fuente seca y vacía, su próxima muerte.

Esa tarde Fréderic Aneau acudió a la reunión semanal que los miembros del centro de estudios culturales de Grenoble celebraban en un edifico neoclásico del centro de la ciudad. Su aspecto había ido empeorando en las últimas horas, pero nadie prestó demasiada atención a las ojeras del profesor, habida cuenta que la noche anterior había recibido un homenaje en un acto multitudinario. Todo iba bien, según constataban los miembros del centro de estudios. Pero en el fondo del alma, el señor Aneau tenía clavada una espina que como una sierra mecánica le hendía el corazón con secos y dolorosos susurros. Era sobre todo en la mirada donde el viejo erudito había perdido la perspectiva de la normalidad; la realidad ya no era interpretada por él del mismo modo que los demás miembros del centro, y eso a pesar de que éstos constituían como él una excepción dentro de la sociedad, un conciliábulo que durante años había estado en contacto con antiguos secretos de la humanidad. Más cerca de la alquimia que de la cotidianidad, los miembos del centro formaban un conjunto de seres estrafalarios, bien vestidos, pero de ideas grotescas para el resto de los mortales. Entre ellos, Aneau sobresalía por su ponderación y su seriedad, y presidía la reunión como el miembro más maduro y responsable del grupo.

Sin embargo, cuando empezó a leer en voz alta los puntos del día de la reunión, un murmullo interior y sibilino le recorrió todo el cuerpo. Aneau disimulaba como podía las gotas de sudor que le perlaban la frente y el dorso del cuerpo, y que empapaban como un trapo mojado su elegante camisa verde. Refunfuñando, se sacó un pañuelo del pantalón, lo que fue entendido como un gesto de salud por el resto de los reunidos. Pero a continuación Aneau tuvo una indisposición repentina, y abandonando la sala se dirigió a los lavabos. Allí se lavó la cara y se tomó otra aspirina. Al mirarse en el espejo, empero, vio cómo en él una serie de líneas grises comenzaban a juntarse elaborando una figura que la perspicacia de Aneau reconoció en seguida como el grabado alquímico llamado de Quinta essentia, de Leonnart Thurneisser, del siglo XVII:

(ilustración)

La imagen representaba una fúnebre sesión de tortura que según la mentalidad arcaica no constituía un castigo o un escarmiento, sino una purificación y un estímulo. ¿Pero qué podían querer decir esos azotes que ahora rmismo Fréderic Aneau miraba con espanto grabados en el espejo del retrete del destartalado centro de estudios culturales? ¿Acaso eran una señal que intentaba acicatear al viejo erudito a emprender finalmente la investigación de esa hipótesis sobre el imaginario inmemorial que había tenido en su juventud, y del que los dioses más antiguos no eran más que una pálida continuación? Estas cuestiones le asaltaron como dardos punzantes al señor Aneau, mientras, con ojos fuera de órbita, seguía con la vista clavada en la hermosa y terrible figura de los Azotes.

Una fuerte discusión proveniente de la sala de reuniones despertó a Aneau de su angustiosa ensoñación. Todavía absorto salió tambaleando del lavabo y se dirigió hacia la sala. Cuando entró, en su rostro tenía dibujado la figura mencionada, en la que una calavera azota con una rama de espinos lo que parece ser un dragón retorcido en convulsiones. Aneau observó al secretario de la corporación; como un haz invisible la imagen fue a posarse velozmente en la mano derecha de éste. Allí quedó tatuada. La discusión se apagó cuando Aneau se sentó lentamente en su silla, y hacia él giraron todos sus caras crispadas. Ahora el profesor no era más que un espectro, un andrajo, un insignificante ser que ante el estupor de sus colegas pidió permiso para marcharse.

-No tiene usted muy buena pinta, director- le espetó el secretario, pero Aneau ni siquiera pudo contestarle cuando volvió a ver en su mano derecha la mareante imagen de los azotes de Thurneisser.

Fréderic Aneau salió del edificio. ¿Por qué se posaban esas imágenes en la piel de las personas a las que dirigía la mirada tras ser atacado por una de esas alegorías antiguas? ¿Acaso querían las imágenes volver a su seno, a los hombres que las crearon, grabándose como tatuajes imperecederos y poderosos en la piel de éstos? Una ola de preguntas semejantes invadía el cerebro chispeante del profesor Aneau, pero el cansancio y los nervios le imposibilitan reflexionar serenamente acerca de una posible respuesta. Cuando el gélido frío de la tarde otoñal de la ciudad le rasgó la cara y le despejó un poco la frente, Aneau decidió volver a casa y encerrarse durante toda la noche para revisar los papeles que tenía escritos sobre la cuestión.

Al llegar a casa, tras un reparador viaje de regreso en tren en el que había podido dormir un poco, Aneau se tumbó en el sofá y se desabrochó ágilmente la corbata. Llamó a su esposa, que en esos momentos debía de estar preparando la cena en la cocina o haciendo alguna de las tareas del hogar en el segundo piso de la pequeña casa adosada. Aneau se levantó, entró en la cocina, no vio a nadie, se sirvió un vaso de agua, cogió la comida para el perro y salió al jardín. La noche era clara y fresca, y una luna redonda y blanca brillaba en lo alto de las estrellas que adornaban el cielo. El viejo profesor dio de comer al perro y respiró profundamente el aire libre de aquella noche. Por un momento, olvidó todo lo sucedido en las últimas horas y pensó en las próximas vacaciones en Roma que había prometido realizar junto a su mujer. Pero la tranquilidad le duró poco. Cuando volvió a entrar en la cocina para sentarse en el sofá del comedor, una nube de imágenes grisácea le alentó fríamente en la nuca. Aneau se giró asustado y también harto, pero al ver la figura que aquel extraño vapor iba formando quedó paralizado de horror. Era una alegoría de la lamia, personaje femenino mítico, célebre por su belleza: una hembra transformada en fiera por su crueldad, semejante a una sirena que habita junto a dragones en cuevas y desiertos. Aneau había visto un grabado inglés de 1658 representando a la lamia, y la fantasmal y atroz imagen de la reina-fiera que ahora vagaba sobre el vacío enfrente de sus espantados ojos se le parecía con enorme y terrible exactitud.

(ilustración)

Aneau no supo qué hacer hasta que su esposa acudió alarmada por sus gemidos. En ese instante volvió a girarse en dirección al comedor y cuando miró en el bello rostro de su mujer no pudo por menos que volver a imprimir esa imagen que le perseguía en la cara de su fiel amante. Para su horror y su vergüenza, el viejo profesor veía ahora la figura de la lamia cruel tatuada visiblemente en la cara de su mujer. Aneau restó importancia a lo acontecido, achacando sus gemidos a la edad y al revoltoso perro al que acababa de dar de comer. Pero en su interior presintió esta vez el principio del fin. Ya no era una persona anónima la que había tatuado con las imágenes remotas que tenía el poder secreto e incomprensible de atraer, sino su propia esposa, su mujer. Por mor de grotesca, la situación era insostenible, pues Aneau no sabía hasta dónde podía llegar su magnetismo fantástico, ni qué consecuencias tendrían esos tatuajes, ni cuándo se acabaría ni cómo todo aquello. Aneau sintió que su mente se desvanecía y aguantó, aguantó firmemente el íntimo temblor que le anunciaba nuevas sacudidas y nuevas imágenes invasoras, otros ataques usurpadores de la perdida y gimiente imaginación etérea de la que en su juventud había tenido una intuición genial pero que nunca se había atrevido a investigar. Abrazado a su esposa, lloró desconsoladamente, cansado y triste, mientras afuera un fuerte relámpago rugió con inusitada furia, anunciando rayos y tormenta para una noche repleta de oscuros y desconocidos presagios.

La señora cerró con cuidado las ventanas de la casa. Después cenaron en silencio, mientras en los alféizares se oía repiquetear con fuerza la inmensa lluvia que caía sobre la ciudad. Aneau procuraba no mirar en el rostro de su mujer, ahora tatuado con la alegoría de la lamia. Los vecinos también cenaban y todo estaba aparentemente tranquilo, pero la mente del señor Aneau hervía a punto de estallar como un volcán. Callado, el viejo profesor seguía cenando, acariciando de vez en cuando a su mujer, que le sonreía y le devolvía los mimos, pero tras sus viejas y usadas gafas escondía una mirada extraviada, una mirada que ya no sabía adonde mirar, una mirada quemada y cegada por la luz, unos ojos más grandes y más abiertos, cuya visión era más real que la aparente realidad. La situación era tanto más grotesca cuanto más preligrosa, por imprevisible, por incontrolable y por inesperada. El matrimonio Aneau dejó de cenar y se sentó abrazado en el sofá a ver una serie documental en la televisión. El viejo profesor abandonó definitivamente la pretensión de revisar esa noche los papeles que tenía guardados en el cajón de su despacho personal. Optó mejor por comentar lo que le sucedía a sus colegas del Departamento durante la mañana siguiente, esperando si no una solución a su problema al menos una mínima comprensión personal y cierto interés científico en el caso. La hora de dormir había llegado y el señor Aneau se encontraba realmente rendido.

Aquella noche Aneau, absolutamente horrorizado por la visión estampada en el rostro de su anciana mujer, leyó algo antes de acostarse. Mientras su esposa se duchaba en el lavabo contiguo al dormitorio ajena por completo al tatuaje que llevaba en la cara, Aneau reprimía el grito de horror que le subía a la garganta cada vez que su mujer le dirigía la palabra. Pensó con insulsa y pasajera felicidad en los colegas del centro de estudios culturales de Grenoble, a quienes mañana por la mañana haría partícipes del secreto que para su desdicha había descubierto. Con ese pensamiento esperanzado, pero interiormente angustiado, Aneau logró dormirse, abatido y derrotado.

A eso de las 3 de la madrugada un fuerte relámpago despertó al viejo profesor. La lluvia no había dejado de caer en forma de tormenta desde las nueve de la noche. Se oían algunas sirenas de coches de bomberos rondando a lo lejos. Aneau puso los pies sobre la moqueta de la habitación, estiró su agarrotado cuerpo, se calzó las zapatillas y entró en el lavabo, donde se refrescó la cara con evidente intranquilidad. Después suspiró.

Al levantar la cabeza, nuevamente en el espejo, vio cómo otra terrible imagen traspasaba sus adormecidos ojos, una imagen nítida y hostil que representaba la figura del Ahorcado, Le Pendu del Arcano del Tarot de Marsella, según pudo reconocer:

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Esta vez Aneau pudo pensar fríamente durante unos segundos. No quería endosarle un nuevo tatuaje a su mujer, de modo que dejó volar la imagen del ahorcado durante un momento por el espejo, se abrió la camisa del pijama y agachando la cabeza clavó la mirada fijamente en su pecho. Ahí quedó marcada con ardor punzante la figura de Le Pendu, mientras el profesor temblaba.

Aneau se apresuró chocando contra las paredes hacia la habitación de su despacho, donde abrió el diccionario de símbolos a la luz de una vieja y encorvada lámpara: “Profundo y complejo simbolismo tiene esta figura, que concretamente corresponde al Tarot como arcano duodécimo (...). Toda suspensión en el espacio participa, pues, de este aislamiento místico, sin duda relacionado con la idea de levitación y la de vuelo onírico”. Aneau cerró, más sereno tras leer estas líneas, su manoseado diccionario de símbolos. Caos, anormalidad, azotes, sueños, el mito de la lamia y ahora el ahorcado: piezas grotescas de un puzzle acaso infinito, cuyo significado desconocía. Aneau se levantó desgarbadamente de la silla, y bajó al comedor a servirse un té caliente. Del pequeño estuche de tabaco que reposaba sobre la mesa principal cogió la pipa y la encendió. Después se acomodó en el sofá, con el tatuaje del ahorcado impreso en el pecho, recordando contra su voluntad, una y otra vez, las terribles imágenes del caos y de los seres deformes y de los sueños y de los azotes que había visto en las últimas horas.

Un horrible y asfixiante peso le oprimía los hombros. Pensó en su pobre mujer, en cuyo rostro había quedado tatuada la figura mágica y amenazante de la lamia. Bajo los pies de Aneau se abría ahora un abismo de misterio inconcebible, un torbellino de confusión cuyas consecuencias apenas podía adivinar. Nada era lo que parecía, y tras lo aparente asomaba como una sombra alargada y temible otra realidad, sagrada y primordial, insoportable.

Al fin, a las 4 de la madrugada, tras acabarse la pipa y beber unos sorbos del té caliente que se había servido, Aneau logró cerrar los ojos, heridos de muerte por las visiones que tenían el desgraciado poder de captar, y se durmió.

A eso de las 10 de la mañana el sol de noviembre resplandecía con sus últimos rayos de calor en el pequeño jardín de la casa del matrimonio Aneau. Los ladridos del perro hambriento y aún aterido de frío por la tormenta de la noche anterior despertaron a la señora del viejo profesor cuando dormía plácidamente acurrucada en la cama. El repartidor de la leche pasó por la calle vecinal y fue dejando casa por casa los pedidos anotados en su libreta. A lo lejos, un grupo de chicos retozaba en el patio de una escuela. Una sirena de policía rasgó el aire límpido y claro de la ciudad. La señora Aneau descendió por las escaleras con paso dormido y llegó al comedor. En ese momento un zarpazo de lucidez la sobresaltó: su marido yacía tumbado en la alfombra con la boca abierta, inconsciente, con la lengua fuera y los brazos extendidos e inertes. La mujer corrió en su ayuda y se arrodilló frente al cuerpo de su marido, pero cuando quiso reanimarlo exhaló un tremebundo grito de pánico, asco y dolor, pues en el viejo y arrugado rostro de Fréderic Aneau, marcado visiblemente con sangre y tinta, vio con horror el siguiente tatuaje.

Fréderic Aneau yacía muerto en la alfombra del comedor del pequeño adosado donde había vivido junto a su mujer durante los últimos 10 años. La mujer rompió a llorar, asustada y perpleja, y se dejó caer de bruces sobre el blando e inmóvil cuerpo de su marido. En el jardín el perro volvió a ladrar.

Nadie supo esclarecer la causa del fallecimiento del viejo profesor. Los colegas del centro de Grenoble identificaron por la tarde el tatuaje: se trataba de la obra de Robert Fludd Utriusque cosmi historia, fechada en 1617. Maravillados por semejante acontecimiento, no supieron empero aclarar el raro misterio que lo envolvía. Días después, Fréderic Aneau fue enterrado con los máximos honores en el cementerio de Grenoble, y a petición de la familia nada se comentó públicamente sobre las circunstancias de su muerte, y menos todavía sobre el extraño tatuaje que pálidamente seguía marcando la cara del investigador bajo su tumba.

Aquí acaba la historia del hombre que veía tatuajes en los cuerpos. La visita del último tatuaje, del más terrible y del más transparente, había resultado mortal para Fréderic Aneau. Al profesor le había llevado demasiado lejos su tentadora intuición sobre la existencia de una imaginación primordial y etérea. Allí donde la fantasía se identifica peligrosamente con la realidad, Fréderic Aneau quedó deslumbrado de muerte. Quizá la humanidad ha permanecido durante demasiado tiempo ciega ante su imaginario inmemorial, y cuando un hombre, por no se sabe bien qué circunstancias, empieza a vislumbrarlo, no puede o no sabe medir la distancia entre la fantasía y lo que no lo es. Identificado él mismo con esa misma ensoñación, en este caso la más antigua y la más buscada, la de la Luz, Fréderic Aneau quedó cegado ante el resplandor omnipotente de una fuerza inhumana, identificada ella misma con el olvido culpable del poder de soñar y con la falsa ilusión de realidad.

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Reseña: "La Valencia humanista" (sobre Juan Luis Vives y otros autores), publicada en "Archipiélago", otoño 2005

LA VALENCIA HUMANISTA

"Sobre el socorro de los pobres. Sobre la comunidad de bienes", Juan Luis Vives, introducción, traducción y notas de Francisco Calero, Ayuntamiento de Valencia, 2004, 218 pp.; "Juan Luis Vives, autor del Diálogo de Mercurio y Carón", Francisco Calero, Ayuntamiento de Valencia, 2004, 120 pp.; "Erasmistas, mecenas y humanistas en la cultura valenciana de la primera mitad del siglo XVI", Francisco Pons Fuster, Institución Alfonso el Magnánimo, Valencia, 2003, 347 pp.

Juan Luis Vives March (Valencia, 1492-Brujas, 1540) fue uno de los grandes pensadores del cristianismo humanista del siglo XVI europeo, amigo de Erasmo y Moro, profesor en París y Oxford, autor de unas 60 obras de contenido moral, pedagógico y político, uno de los primeros pensadores modernos españoles, filósofo de las “anticipaciones” en aproximación aristotélica al concepto de "nous". Salió muy joven de Valencia (estudió en el recién creado "Estudi General") y no regresó jamás: sus padres padecieron la persecución inquisitorial. Murió en Brujas, donde desarrolló la mayor parte de su actividad como intelectual renacentista.

Toda su obra la escribió en latín excepto, según la tesis del profesor Francisco Calero, el "Diálogo de Mercurio y Carón", hasta ahora atribuido a Alfonso de Valdés. Esta obra sería la única que Vives redactó en romance, en concreto en castellano y bajo sello anónimo dado el ataque subversivo a la jerarquía eclesiástica que contenía. A Valdés, en cambio, la profesora Rosa Navarro le adjudica ahora la autoría del "Lazarillo de Tormes".

Mayor interés reviste la nueva edición conjunta (estaban ya en Tecnos) del "Socorro de pobres" y "La comunidad de bienes", obras en las que Vives postula la necesidad de municipalizar la beneficiencia social con tesis que podríamos considerar sin demasiada exageración como precursoras del contemporáneo Estado del Bienestar. Trufándolo de citas bíblicas y alguna que otra referencia a la filosofía pagana Vives defiende en el primer tratadito lo que se ha dado en llamar la función social de la propiedad. No hay comunismo en Vives, ni siquiera su obra es un antecedente de la actual propuesta de renta básica (pues en el fondo sigue latente la condena bíblica de la conquista del pan), y menos todavía del dinero gratis. Pero su preocupación por ayudar por la vía civil y aun política, tanto económica como culturalmente, a los más menesterosos parece sincera. De ahí que las críticas vivesianas se las lleve sobre todo, erasmismo mediante, la jerarquía eclesiástica, tan presuntamente (presuntuosamente, más bien) inspirada por Dios para ayudar al prójimo a ser libre: “...de esta forma los obispos y sacerdotes convirtieron en su patrimonio y en su hacienda lo que había sido solo de los pobres; ojalá que les tocase el Espíritu de Dios y llevasen a su memoria de dónde lo tienen, por quiénes les fue dado, con qué intención, y recordasen que son poderosos con los recursos de los débiles”.

En cuanto a "La comunidad de bienes", se trata de un opúsculo escrito contra la violencia empleada por la secta de los anabaptistas en su demagógica reinvención del comunismo primitivo de los primeros cristianos. A Vives le interesa más en este caso subrayar que su pretensión no es la absoluta comunión e igualdad de bienes, sino la cooperación para la satisfacción moderada, casi austera, de las necesidades humanas dentro de un régimen de propiedad individual cuya distribución y uso estarían reguladas y vigilados por el conjunto del municipio.

Finalmente, el libro del profesor Francisco Pons Fuster trata de medir de forma documentada el clima intelectual de la Valencia de principios del siglo XVI en relación con las corrientes culturales entonces en boga. Pons Fuster desmonta algunos prejuicios demasiado bien establecidos sobre todo por la historiografía nacionalista posterior a Joan Fuster: ni hubo muchos erasmistas valencianos, ni éstos serían los autóctonos que habrían apoyado a las germanías en contra de la nobleza castellanizante. El erasmismo valenciano provino más bien de autores castellanos afincados en Valencia (Juan de Molina y Bernardo Pérez, el máximo traductor al castellano de Erasmo), aunque es cierto que el humanismo y erasmismo que destilaron estos y otros profesores del Estudio General (con el controvertido rector Celaya al frente) se pusieron al servicio del plan imperial de Carlos V sin más ni más, y de su idea de una monarquía cristiana universal incluso cuando ésta dejó de formar parte de dicho plan. Luego el humanismo más o menos erasmista de un Francisco Decio o de un Francisco Juan Mas se ciñó a aspectos más bien pedagógicos, y otra vez en latín.

El erasmismo más subversivo, el del "Elogio de la locura", si hemos de hacer caso a Bataillon y a Abellán, solo arraigó en España vía la también recién creada Universidad de Alcalá de Henares, y aun de forma literaria, o sea, unos años después, encarnada imaginariamente en la figura grotesca y sublime de Don Quijote, acaso invención soberana, como aseguraba Kafka, de Sancho Panza: ¿fue esa la única hipótesis ateísta que se permitió desarrollar en España en la época -ya anunciada, aunque muy levemente, por los humanistas de principios del XVI- de Galileo, Bacon y Descartes?

Ximo Brotons


Noticia: "Diarios 2004", de Arcadi Espada

Ando muy liado. Pero el otro día me acerqué a la librería Babel de Castellón y adquirí \"Diarios 2004\", del periodista Arcadi Espada (www.arcadi.espasa.com). Como ya lo he leído casi enteramente voy picoteando, ahora mismo, aquí y allí. Tengo la intención de buscar qué días ha eliminado Espada de los diarios publicados en el formato libresco, y decir si me parece bien o me parece mal. En cuanto al contenido, subrayaré los que para mí resultaron los mejores apuntes y los que menos me gustaron. O algunos matices (por ejemplo, de una de las mejores entradas, la del día de la victoria electoral de Bush, hoy cambiaría \"odio bajo de inquilinos\" por \"odio bajo de propietarios\", porque en España, Ikea solo es un mueble, y lo inmueble sigue siendo de asociación vertical, en este caso socialdemócrata). Bien. En cuanto a los nicks, está bien la lista. Un nick es una vez, o cada vez. Está bien. Pero me temo que no es cierto que Arcadi Espada no haya participado nunca en el Nickjournal. Por lo menos en una ocasión salió su nombre como nick haciendo la broma de que ponía a la venta el blog. Yo fui el culpable, en mi infantil (quiero decir, que me viene ya de la infancia) crítica a ciertos aspectos demasiado rígidos del blog. Aunque ahora mismo, con el libro en las manos, no añoro los apuntes que databan en el anterior \"Diarios 2002\" (que Espada tuvo el detalle de regalarme y enviármelo por correo) de \"por la tarde\", \"un poco después\", o así. Me parece que lo que sale escrito ya es suficiente, y a veces enorme.

Cuento: "Los subterráneos de Monte Toro"

LOS SUBTERRÁNEOS DE MONTE TORO

Yo también viví para contarlo, pero no me llamo Ismael, sino Alonso. He trabajado como abogado en un bufete de Barcelona durante más de treinta años. En junio me jubilé, de modo que aproveché los meses de julio y agosto para tomar unas largas vacaciones en la isla de Menorca. Lo increíble de los sucesos que viví allí me han llevado a poner por escrito cómo, por qué y hasta dónde me condujeron lo que en principio iban a resultar unas plácidas vacaciones.

Había quedado con un amigo en una sala de subastas de la calle Muntaner. El señor Alba solía acudir por allí de vez en cuando y como yo vivía cerca nos reuníamos para observar los nuevos objetos que la sala adquiría y de paso charlar un rato en el pequeño café que había al lado. Aquel día de mayo lucía un sol enorme y las hojas de los árboles verdeaban con destellos radiantes de luz. El aire era fresco, el asfalto empezaba a calentarse, pero no se puede decir que hiciese mucho calor.

En la sala remodelada de subastas el ambiente era cálido y agradable. Entramos el señor Alba, historiador de arte, y yo. Apenas había algunas personas observando unas cómodas y unos muebles ingleses de principios de siglo. Mi amigo y yo nos dirigimos a la señora que regentaba la sala. Estaba sentada frente a una mesa llena de papeles y ordenadores, al fondo de la sala, sobre una amplia tarima elevada unos centímetros sobre el suelo. A la izquierda se podía ver, desnudo y solitario, el atril desde donde se iban cantando los precios de los objetos subastados. Éstos eran sacados a un espacio marcado donde se exponían a la vista del público. Ahora las sillas estaban vacías, y una mujer las limpiaba con un trapo prendado del correspondiente líquido desinfectante.

-¿Qué tal señores? ¿Cómo prueba la tarde? –dijo la señora Mercedes, pequeña y ágil, una mujer ya avanzada en edad, pero que conservaba toda la elegancia y el saber hacer acumulado durante tantos años de trabajo en el mundo de las subastas. -¿Saben ustedes que en Sotheby´s la media de edad de los empleados ronda los 45? Aquí, señores, menos yo, que ya soy vieja, todos tienen alrededor de 30 años... –y mientras iba contando trivialidades como éstas la señora Mercedes sonreía y dejaba su mesa de trabajo para acompañarnos al almacén donde se guardaban los objetos que aún no estaban en venta, o que nadie había querido comprar.

-Pasen, pasen señores, les voy a enseñar mi última reliquia, una crónica inglesa de los tiempos en que esos terribles caballeros gobernaron nuestro secreto paraíso de Menorca. Se la voy a dar a usted, señor Alba, para que le eche un vistazo, me han dicho que se cuenta una leyenda que algunos dan por verídica sobre no sé qué demonios ocurrió en 1727 cerca de la zona de los famosos menhires de Menorca, los talaiots-.

La señora Mercedes nos miró con los ojos entrecerrados por debajo de sus minúsculas gafas y con ademán natural y amable nos invitó a entrar en el almacén. Había allí unas vitrinas repletas de libros, y un montón de muebles, cuadros y otros objetos desperdigados. Cuando la señora Mercedes encendió la luz, el señor Alba preguntó interesado por esa crónica inglesa. Yo me limité a comentar que tenía pensado viajar a esa pequeña isla balear este verano, pues consideraba que me iba a venir muy bien su célebre tranquilidad para descansar tras mi pronta jubilación.

-Se lo tiene bien merecido, señor Méndez. [tal es mi apellido]. Es usted una persona afortunada. Ha tenido un buen trabajo, ha destacado usted en algunos casos importantes –iba diciendo la señora Mercedes mientras abría la vitrina donde reposaba el librito del siglo XVIII-. Ha sido usted lo que se puede decir un bon vivant, sí señor, ¡lástima que su mujer falleciese tan joven, con lo guapa, educada y simpática que era! Pero bueno, sus hijos se han colocado, que es lo que importa, y es usted feliz con sus amistades... Lo ve, siempre se sale adelante cuando hay buena voluntad, usted es un ejemplo de ello. Et voilá, he aquí el librito de marras, señores –y la señora Mercedes, con su elegante collar colgando del cuello, su risueña cara y sus ágiles brazos alzó al aire la "Cronicle of the isle of Minorca", editada en cuero en la ciudad de Londres el año 1730. Aquella figura pequeña y enérgica que alzaba triunfante el cuaderno nos hizo aplaudir a mi amigo y a mí como dos niños que han recibido un regalo inesperado.

Los tres juntos volvimos al interior de la sala y nos sentamos en las sillas que rodeaban la mesa de trabajo de la señora Mercedes. Alguien nos sirvió café mientras se preparaba la subasta de las ocho de la tarde. Agustín Alba, historiador de arte, profesor de la universidad de Barcelona, conferenciante en universidades de Europa y América, abrió cautelosamente el cuadernillo de cuero. Tras unos minutos, vaciló, se quitó las gafas especiales para leer que solía guardar en su bolsillo y carraspeó.

-Bueno, se trata de una crónica escrita por los militares, que atañe sobre todo a cuestiones de índole administrativa. Estos ingleses, tan pulcros y concienzudos, siempre atentos a los mandatos de su rey. ¡Ah, pero la isla de Menorca floreció durante ese bendito siglo, Dios lo quiera reconocer algún día! Los franceses se limitaron a organizar sus fortalezas, pero el verdadero progreso lo imprimió ese país de bebedores... ¡que tanto debe a nuestro Quijote, eh amigo Méndez! –exclamó el señor Alba.

-Desde luego tiene usted razón. Ni Sterne, ni Defoe, ni Dickens, ni siquiera acaso Shakespeare hubiesen escrito lo que escribieron sin la lección de libertad de Cervantes, ese español que hubiese querido ser un italiano enamorado de España. Pero dejemos las paradojas, la literatura y el dilentantismo, y cuéntenos si sabe usted algo de esa leyenda que corre sobre los menhires menorquines.

-Eso tendrá que ser otro día señor Méndez, sólo he leído, ve usted aquí –y mi amigo señaló con el índice un croquis dibujado a lápiz- se pueden apreciar entre estas extrañas llamaradas algunas figuras grotescas y unos cuantos soldados ingleses huyendo despavoridos, pero poco más. Esta noche leeré el capítulo dedicado a este episodio y mañana hablaremos, si usted lo desea –dijo cortésmente el señor Alba.

-Lo desearé con mucho gusto –repuse, y nos levantamos los dos para despedirnos de la señora Mercedes, quien amablemente nos acompañó hasta la puerta de salida.

En la calle el sol empezaba a posarse y la luz de la ciudad adquiría un color anaranjado entre nubes y ruido de coches que bajaban a toda velocidad por la calle Muntaner. La gente se recogía en los cafés, o acababa sus compras, o jugaba con sus hijos en las plazas ajardinadas. Otros ya estaban cenando en sus casas o acabando las tareas de su trabajo. Las tiendas empezaban a cerrar. El ajetreo de la ciudad contrastaba con el ambiente tranquilo y relajado de la sala de subastas, cuyos objetos antiguos me procuraban siempre una ocasión de soñar con tiempos lejanos y mundos llenos de promesas de aventura. Solía acudir muchas tardes a la sala de la señora Mercedes desde que murió mi esposa, que en paz descanse. Luego me pertrechaba en casa, cenaba, miraba la televisión o leía algún libro, o preparaba los papeles del despacho para el día siguiente, pero siempre, antes de irme a dormir, pensaba en los objetos que había contemplado. Eso me hacía soñar plácidamente y dormir. ¡Cuánto misterio encerraba un pequeño reloj del siglo XIX! ¡Cuánto arte humano contenido en un mueble italiano de estilo modernista! ¡Cuánta leyenda palpitando en un mapamundi del siglo XVI! Lo que hemos hecho los hombres, esos extraños animales, fragílisimos y poderosos a un tiempo, lo que hemos fabricado por nosotros mismos, lo que hemos imaginado e inventado, todas las creaciones de la historia de la humanidad, objetos de arte, de gran utilidad como un office o una librería, aparentemente de mera decoración, pero igualmente válidos para la vida humana, ¡ah, todo eso me conmovía profundamente! Ya el mero ornamento de vestidos y joyas que ningún otro animal utiliza demuestra que los espejos, por poner un ejemplo trivial, son tan necesarios para la vida humana como el plato de comida sobre la mesa o una cama donde dormir. ¡Cuánta sabiduría tan cerca de la mano podía yo disfrutar cada día en la sala de subastas de la señora Mercedes!

A la mañana siguiente, mientras estaba ocupado en el despacho consultando unos códigos legales, la señorita Natalia, empleada de una de las mejores librerías de la ciudad, sabedora de mi afición indomable por la literatura, me llamó para anunciarme que ya habían recibido la antología de cuentos de misterio que había sacado una editorial española. Le agradecí con alegría la noticia, y decidí dejar el trabajo e irme a comer con mi amigo el señor Alba, historiador de arte, para tratar el asunto que tanto me intrigaba de los menhires de Menorca.

-Buenos días señor Alba, ¿cómo se encuentra usted? –le saludé cordialmente al verlo entrar por la puerta del restaurante donde nos habíamos citado.

-Bien, bien, todo va bien, aunque un poco preocupado, o quizá mejor sería decir asustado. Ahora le explico. Primero pidamos el menú, comamos bien y hablaremos de lo que pude leer ayer por la noche. Desde luego, es cosa de monstruos y no parece que se trate de hechos ficticios inventados por la imaginación ebria de esos ingleses.

-Como usted diga, señor Alba. Comamos primero, y después hablemos- dije.

Cuando nos trajeron los cafés, encendimos nuestros puros y empezamos a charlar.

–Sabe usted, querido Méndez, esa crónica inglesa contiene un capítulo dedicado a los menhires conocidos en catalán como talaiots. Como usted sabrá, se encuentran en el punto central de la isla, cerca de Monte Toro. Son parecidos a los dólmenes gálicos, piedras sobre piedras probablemente megalíticas. O es lo que se creía hasta ahora. Según cuenta William Dennilson, cronista del rey de Inglaterra y autor del libro, una noche del verano de 1727 unos cuantos soldados ingleses avisados por algunas leyendas campesinas del lugar, acamparon alrededor de los menhires. Se contaba que unos extraños monstruos solían aparecer la madrugada del 15 de agosto reivindicando la autoría de los menhires, y llevando a cabo ritos y sacrificios. Para ello se procuraban algún campesino o campesina de los alrededores. Éstos estaban hartos de esta molesta situación, pero hasta que llegaron los ingleses nadie les hizo caso. De modo que unos cuantos soldados, la noche del 14 de agosto, montaron sus tiendas a la sombra de los menhires megalíticos. Durante todo el día 15 de agosto hicieron guardia en dos kilómetros a la redonda. Pero no se sabe muy bien cómo, una joven labradora desapareció de su masía mientras estaba trabajando en unos viñedos. Al parecer, se encontró un enorme agujero junto a las huellas de las pisadas más recientes de la labradora. ¿Salió el monstruo de ese pozo que semejaba un cráter? Todavía no se sabe. Lo único que el cronista cuenta es que, en efecto, aquella noche surgieron de las entrañas de la tierra cientos de seres deformes vagamente parecidos a homínidos, pero de tamaño mucho mayor, con una piel quemada y verdosa, que llevaron a cabo el ritual de sacrificio voceando en un idioma ininteligible gritos al cielo de dolor y alabanza. Sólo dos o tres soldados pudieron escapar, y de nada sirvió el fuego de los cañones del regimiento de infantería que hasta allí había acudido para proteger a la población de la negra leyenda de los talaiots. Murieron casi todos abrasados por su propio fuego y por la brutalidad de esos extraños monstruos sin forma definida, que avanzaban en la oscuridad y salían de debajo de la tierra. Esta es la historia, amigo Méndez, y no hay más que contar. Si le parece, paguemos la cuenta y vayamos a descansar- dijo con cierto cansancio el señor Alba. Yo asentí inmediatamente, aunque en mi interior prendió la llama de la curiosidad, maestra desgarradora de la vida humana.

Por la tarde, acudí a la librería a recoger el libro que tenía encargado y que la señorita Natalia me dio nada más entrar. Tengo que decir que a pesar de mi edad y que estaba a punto de jubilarme, conservaba por esos escritores como Poe, Lovecraft, Machen o M. R. James un amor incondicionalmente juvenil. Por la noche me prepararía una buena lubina rociada con buen vino del Penedés y, en el sofá de lectura, degustaría con un buen whisky y un buen puro la sabrosa antología de cuentos de terror cuya llegada me había anunciado tan diligentemente la señorita Natalia. Así lo hice, sin demasiada prisa pero con una creciente inquietud por lo que el señor Alba me había contado, dado que ese mismo verano tenía previsto pasarlo en algún lugar de la bella isla de Menorca.

La antología contenía varios cuentos célebres. Leí alguno de ellos al calor de la chimenea, que pese a estar en mayo aún tenía en funcionamiento. Me llamó la atención el título del último de todos, "La raza de los proscritos", pero no me dio tiempo a leerlo dado que aún tenía trabajo que hacer para el día siguiente.

Los días pasaron y llegó el mes de julio. Habíamos resuelto los últimos detalles de mi jubilación y en el bufete me organizaron una despedida. Todo fue muy emotivo, pero dentro de la sobriedad que siempre caracterizó al despacho para el que había estado trabajando durante más de treinta años. Me acompañaron el señor Argensó, jefe del despacho y abogado de gran prestigio y experiencia, y los otros compañeros de la firma. Pero nadie sabía que me iba a ir a Menorca de vacaciones, acompañado por el matrimonio que formaban el señor Alba y su mujer, la simpática Adela.

Nos embarcamos en el vuelo Barcelona-Mahón el 8 de julio. Habíamos decidido instalarnos en un coqueto hotel, sencillo y no demasiado caro, situado en el paseo del puerto de Mahón. Aquel día el cielo brillaba con un intenso azul, y desde las ventanillas del avión se podían contemplar los verdes y extensos campos de la isla de Menorca, además de sus famosas y recoletas calas. Mi madre había vivido durante un cierto tiempo en un chalet cerca de Villacarlos, no muy lejos del pueblo marinero de Mahón. Para mí, aquellas vacaciones prometían más que una mera relajación; por una parte suponían reencontrarse con un pasado que había escuchado muchas veces en casa de mis padres, y por otra, planeaba por nuestras cabezas el misterio informe de los talaiots.

El matrimonio Alba formaba una pareja amable y feliz. Ella regentaba una sala de exposiciones de arte, mientras que, como ya he dicho, mi amigo era un reputado historiador de la materia. Solían discutir graciosamente sobre aspectos de estética, sobre nuevos pintores, o sobre objetos de antigüedad, que coleccionaban con devoción. Este fue el motivo de que trabase amistad con el señor Alba en nuestras visitas a la sala de subastas. De modo que contentos y con ganas de disfrutar de un merecido descanso, el matrimonio Alba y yo nos instalamos en el hotel Miramar del puerto de Mahón el día después de San Fermín.

Hasta el 30 de julio nos ocupamos en recorrer la isla entera en un coche alquilado. Visitamos las playas y fuimos varias veces a Ciudadela, una hermosa ciudad con numerosos edificios de aire italiano. El señor Alba y su señora me enseñaron algunos detalles arquitectónicos de la Catedral y la Lonja. Pero al cabo de pocos días dejé de ir a las playas con ellos y me refugié en el hotel para acabar de leer la antología de cuentos de misterio y analizar con detalle la "Cronicle of the isle of Minorca" del siglo XVIII, que el señor Alba se había traído fotocopiada de Barcelona.

Tumbado en la hamaca de la terraza del hotel, leí con fruición los últimos cuentos de la antología. El autor del que me había llamado la atención, "La raza de los proscritos", constaba como anónimo. Cuál fue mi sorpresa cuando el cuento narraba una extraordinaria historia ocurrida en Menorca en el siglo XVIII en torno a los viejos altares de las piedras megalíticas de Monte Toro, una noche de agosto, en medio de famélicos monstruos que devoraron entre fuegos explosivos todo un regimiento de infantería inglés. La historia coincidía punto por punto con los detalles de la crónica militar que la señora Mercedes nos había descubierto. Poco a poco íbamos entrando en un misterio más y más incomprensible, pero yo me sentía interiormente contento porque tras la muerte de mi esposa y mi jubilación apenas tenía ya motivos para llevar una vida intensa, salvo los pocos libros que disfrutaba al calor del whisky y de la chimenea en las largas tardes del invierno barcelonés.

Cuando esa noche llegaron de su periplo diurno el señor Alba y su esposa, no tuve más remedio que ponerles al corriente de lo que sucedía.

-Buenas noches amigos, tengo el presentimiento de que este verano va a resultar más movido de lo que pensaba –les dije nada más entrar.

-¿A qué se refiere señor Méndez? Nosotros llevamos una semana recorriendo todas las hermosas playas de esta isla afortunada, y no ha ocurrido nada extraño, ¿verdad, cariño? Hoy hemos pensado en alquilar un velero y dar la vuelta a la isla junto a un capitán experto, de modo que no sé qué más puede suceder, amigo Méndez-. El señor Alba iba hablando mientras se quitaba la cazadora beige que lo había protegido de la ligera llovizna que esa tarde había caído durante unas horas sobre la verde isla de Menorca. En la percha de la entrada dejó asimismo su sombrero panamá, “comprado en Harrods”, y besó cariñosamente a su mujer, que sonreía plácidamente al oír contar a su marido los días que llevaban disfrutando del sol y del mar. Los dos tenían la piel muy morena, y los ojos de Adela resplandecían de felicidad. Ambos habían adquirido ese aire relajado y fresco que se logra al gozar de la sal de la vida, y lo cierto es que no parecían hacer mucho caso a mi primera advertencia.

-Está bien –prorrumpí educadamente-; cenemos primero y luego charlemos, tengo noticias no muy halagüeñas relacionadas con esa dichosa crónica inglesa del siglo XVIII. Acabo de leer un cuento –proseguí tímidamente- y aunque resulte a todas luces insólito, el autor narra una historia similar a la leyenda de los talaiots contenida en la crónica.

-De acuerdo, de acuerdo, Alonso, no se impaciente –sonrió mi viejo amigo, abriendo resignadamente los brazos y llamándome por mi nombre de pila-. Veamos qué nos ofrece el menú del hotel, y luego bajaremos al bar a tomarnos una copa y a charlar. Creo que mi mujer –que en aquellos momentos se estaba cambiando de ropa en su habitación- está muy cansada y subirá a dormir o a ver alguna película en televisión.

Así lo hicimos, y cuando hubimos dado buena cuenta de los filetes con patatas fritas que nos sirvieron en el sencillo comedor del hotel, salimos a las terrazas del puerto de Mahón a tomarnos unos ginets. La noche era fresca y tranquila, no había mucho ajetreo en el paseo del puerto a pesar de que las terrazas empezaban a estar llenas de turistas. Se oía alguna música estival, y las luces de los bares contrastaban con la nocturnidad estrellada del cielo.

-¡Un par de ginets, camarero! –espetó mi amigo-. Como sabrá usted, querido Alonso, los ginets son una más de las múltiples herencias civilizadas de los ingleses, que si de algo saben, es de beber como caballeros –y soltó una feliz carcajada que resonó en medio de la profunidad de la noche. Yo ya conocía esa bebida sabrosísima y un puntico amarga hecha de ginebra menorquina, a poder ser de la marca Xoriguer, y limón. En casa la tomábamos a veces, algunos domingos, como aperitivo, antes de comer.

-Pues bien, cuénteme –dijo seriamente mi amigo.

-Mire, señor Alba –empecé-, no le quiero asustar ni entrometerme en sus tranquilas vacaciones-. Y midiendo mucho mis palabras continué. -Pero lo cierto es que ando algo preocupado dándole vueltas a la leyenda de los menhires. Acabo de leer un cuento de la antología que adquirí antes de venirnos aquí, y no sé si usted me creerá ahora, mientras disfrutamos de esta brisa marina, pero el cuento es calcado a la historia de la crónica que nuestra común amiga guardaba en una vitrina del almacén de su sala de subastas.

-Es curioso, Alonso, nunca se llegan a conocer los límites de la capacidad creadora de los hombres –dijo reflexivamente el señor Alba. -¿No cree usted que no hay tanto contraste como se piensa entre cualquier objeto de nuestra frecuentada sala de subastas y esos dichosos menhires que le traen a usted de cabeza y media? Hmm, a veces creo que hay más arte en los menhires que en un jarro de porcelana chino. En cualquier caso es seguro que, para decirlo en términos filosóficos –y el señor Alba se atufaba su leve barba y miraba ciegamente al cielo- la raíz de las formas se halla en lo informe. ¿Quiénes pudieron crear esa primeras formas humanas?, me pregunto. ¿De qué, si no de lo que aún no tenía forma, pero que de alguna manera podía imaginarse en la incipiente semilla de la razón humana como conteniendo una posible forma, podrían haber emergido esas majestuosas piedras megalíticas? Desde luego, no sé qué llevará usted entre manos, pero desde el punto de vista de un historiador del arte, la conclusión es evidente, bien que regada con un poco de este perspicaz ginet –y alzando ligeramente su copa el señor Alba sonrió maliciosamente-. Lo cierto es que hay más halo poético en los talaiots que en esas mudas piezas de porcelana que tanto abundan en los rincones aburridos de las salas de subastas-. Y tras haber pronunciado este largo e improvisado discurso, el señor Alba exhaló un suspiro de triste alivio y dio un largo trago a su ginet.

-Esta es la situación –exclamé resignado-. Tiene usted razón en sus argumentos, amigo, mucha razón, pero eso enriquece todavía más el misterio que narra esa crónica inglesa. ¡Piense un momento en lo que puede suceder si no se trata de una mera invención! Una leyenda supone algo inverosímil, algo que no pudo ocurrir, pero que sin embargo perdura en los libros y en la imaginación de la gente. ¿Qué interés pueden tener mis pesquisas sobre la leyenda de los autores de los talaiots? ¡Ah, quién lo sabe! Pero quizás nos ahorraríamos así alguna muerte, y podríamos conocer con más detalle cómo se construyeron esa primeras formas artísticas....

-Lo que usted me está diciendo señor Méndez –siguió diciendo mi amigo mientras sorbía nuevamente su ginet- es que pretende irse el 15 de agosto a Monte Toro y en plena noche, con el frío que hace aun siendo verano, observar sobre el terreno la posibilidad de que surjan esos miserables monstruos que un lejano día del siglo XVIII se cargaron a todo un regimiento de infantería inglés. Sinceramente, amigo, a veces parece usted un adolescente con esa pasión suya por los cuentos de terror. ¡Ándese con cuidado!

-Es cierto que sobre la aparición de los creadores de menhires sólo hay documentado un caso, el de la crónica inglesa -puntualicé rápidamente-. Pero también es cierto que nada impide pensar que pueda haber habido otros casos, otras noches, otros sacrificios. Quiero ir al registro civil y comprobar los fallecimientos ocurridos en los últimos 50 años alrededor del 15 de agosto. Quiero ir allí este 15 de agosto y ver qué pasa; por supuesto, trataré de ser precavido. Quiero hablar con la gente de esa zona de la isla, a ver qué me cuentan. ¿No le seduce la idea, señor Alba, de llegar a ver en persona a esa raza de proscritos que un día formaron las primeras obras de arte humanas? ¿No le seduce la idea de que tal vez ni siquiera se trate de verdaderos homínidos, como la ciencia ha establecido, sino de que los auténticos creadores de menhires constituya una raza desconocida, híbrido de hombres y animales, o monstruos emparentados con lo informe y sobrenatural de la realidad que nos rodea?

-Pare, pare, amigo, jaja, lo veo a usted demasiado obsesionado con este tema –dijo el señor Alba alzando su dedo índice derecho mientras sostenía su copa-. Si usted lo quiere, le podemos acompañar algún día a ver esos famosos talaiots, pero no se apure, todo eso son historias de críos. Anduve preocupado cuando lo leí, pero al llegar a esta bendita isla de horizontes bajos y hermosos, se me fue completamente de la cabeza todo lo relacionado con ese tema. Nadie puede dar crédito hoy en día a la existencia de monstruos que se comen a vírgenes en un ritual de fuego y sangre. Beba usted, amigo Méndez, y no le dé más vueltas-. Mi amigo apuró de un breve trago su ginet y alzó la mirada al cielo estrellado del puerto de Mahón. Algunos veleros surcaban lentamente sus aguas calmadas, mientras las terrazas y los interiores de los bares se iban llenando de gente con ganas de pasarlo bien. Aquella noche me costó algunas horas conciliar el sueño.

La siguiente semana la pasé yendo todas las mañanas al registro civil. Se trataba de un edificio antiguo, probablemente del siglo XVII, de influencia italiana, sobrio y sólido. Por las tardes acudía a la playa acompañado del matrimonio Alba, a pesar de que yo estaba mucho más preocupado con la cuestión de los menhires que de tomar el sol o alquilar un velero para navegar por el azul cristalino de las aguas de esa maravillosa isla.

En mis visitas al Registro Civil se acrecentaron mis temores, pues efectivamente todos los 15 de agosto de los últimos 50 años había muerto en la comarca de Monte Toro alguna persona. No pude obtener detalles de la edad de los fallecidos, pero se trataba en todos los casos de muertes sin autoría conocida. ¡Y nadie se había percatado de semejante casualidad! ¡Nadie había dado la alarma! “Oigan, que todos los años, alrededor del 15 de agosto, se nos muere alguien”, podría haber dicho alguna autoridad de la isla. Todo ello aumentó más si cabe la probable certeza de mis sospechas en torno al asunto de los talaiots. Muy posiblemente aquella raza proscrita y monstruosa que hace millones de años construyó las famosas piedras megalíticas seguía surgiendo de las entrañas de la tierra cada medianoche del 15 de agosto.

Pensé primero en acudir a la policía, pero pronto deseché el plan por dos razones: porque no me iban a creer, y porque si la policía se entrometía en este espinoso asunto, no podría continuar con mis investigaciones, que habían absorbido completamente mi precioso tiempo estival y me procuraban una extraña satisfacción.

El primer miércoles de agosto, el matrimonio Alba y yo fuimos por primera vez a Monte Toro. Pensamos en comer allí tumbados en el campo, en un lugar reservado especialmente para picnics, y luego entablar alguna conversación con la gente del lugar sin levantar suspicacias. Yo rogué a mis amigos que nuestra presencia fuese lo más inadvertida posible.

El sol lucía en lo alto del cielo cuando llegamos a la zona reservada al aparcamiento. Menorca es una isla algo más áspera que las otras islas baleares, y el color verde domina los campos centrales, con sus típicos balcones escalonados que siglo tras siglo los hombres han ido forjando con su sudor y su trabajo. La zona de acampada estaba llena de turistas extranjeros, y nos costó encontrar un lugar sombreado donde protegernos del calor del mediodía. Aun así, el aire era fresco, ventoso, y se podía resistir la elevada temperatura que aquel miércoles de agosto azotaba la comarca de Monte Toro. Nada más llegar nos pusimos a comer a unos cien metros de los imponentes menhires, cuya secreta construcción tanto me estaba obsesionando. Había detrás de ellos unos peñascos parduzcos, y más allá el campo se ondulaba hasta caer al mar. La mujer de mi amigo Alba había preparado unos sandwiches y unas tortillas, y comimos alegremente dando ligeros sorbos a un vino añejo de la isla y contando anécdotas de nuestras vidas.

Tras la visita a los menhires, que estaban rodeados por un fino cordón de color rojo similar al que cerca el conjunto de Stonehege, cogimos el coche y nos dirigimos a la aldea más cercana. Allí, en el primer bar al que entramos a tomar el café y refrescarnos con agua, me dirigí a un viejo campesino del lugar.

-Perdone caballero, podría sentarme un rato junto a usted –le pregunté cortésmente mientras indicaba una silla vacía.

-Por supuesto joven, tome asiento, siempre hay algún turista despistado que viene a preguntarme cosas sobre la isla -dijo con bonhomía y un punto de burla el anciano-. ¿Qué quiere usted saber? ¿Cómo ir a Cala Fornells? ¿Cuándo son las fiestas de Ciudadela? Aunque para eso tendrá que esperar al año que viene, pues el famoso jaleo de Ciudadela se festeja en San Juan –y el anciano soltó una carcajada desgarrada.

El matrimonio Alba se apostó en la fresca terraza del bar, degustando unos enérgicos ginets, propicios para la plácida siesta que nos esperaba a la vuelta en el hotel.

-No, ejem –carraspeé mientras tomaba asiento-. Se trata de un asunto que no sé cómo calificar –el anciano rezongó y me miró con cierto recelo-. Esto.. –proseguí, dubitativamente, y buscando las palabras exactas-, es un asunto referente a los menhires, a los talaiots como dicen ustedes.

-¿Qué quiere usted decir?- me cortó secamente el lugareño, clavándome la mirada.

-Quiero saber si ha oído hablar usted de los extraños acontecimientos del 15 de agosto- dije, vaciando las palabras con convicción y sin tardanza.- Quiero saber si conocía usted a alguna de las chicas fallecidas en los últimos 10 o 20 años la noche fatídica del 15 de agosto.

El anciano me miró nuevamente con ojos intensos, y noté cómo su cara enrojecía ligeramente.- Venga, acérquese un momento –yo arramblé mi silla a la suya- Sólo le puedo decir una cosa: eso que cuentan de las muertes del 15 de agosto es cierto, créalo usted, pero nadie sabe nada, ni cómo murieron esas chicas ni quiénes fueron los asesinos. Téngalo en cuenta forastero, y no se meta en problemas –sentenció. Y acto seguido levantó su copa de anís y dirigiéndose a voz en cuello a la barra, con el gesto algo angustiado, pidió que le volviesen a llenar el vaso. Finalmente, antes de levantarme y sentarme junto a mis amigos en la terraza exterior, bajo un toldo azul y amarillo que les protegía del sol, el viejo se apresuró a susurrarme.-Y este año igual, y nadie hace nada, nadie se atreve a salir la noche del 15 de agosto por esa zona, la policía siempre ha pasado de puntillas sobre este tema, y mientras no suceda algo gordo, ¡aquí no pasa nada! –zanjó el anciano.

-Muchas gracias, señor, por su información. Le prometo que no me meteré en problemas –le dije, y salí con mi vaso de café con hielo a la sombra fresca de la terraza del bar. Aquella tarde nos acostamos para dormir una larga siesta y por la noche nos despejamos de los calores del día cenando en una sencilla pizzería italiana situada en el centro de Mahón.

Quedaban ya pocos días para el 15 de agosto y en mi cabeza iba creciendo el ánimo de asistir, precavidamente, al lugar donde según la crónica inglesa del siglo XVIII emergieron de las entrañas de la tierra los monstruosos y feroces creadores de los talaiots. Volví a leer el cuento anónimo que cerraba la antología que me había traído de mi librería favorita de Barcelona, y me fijé en la descripción exacta de los hechos acaecidos en torno a las antiquísimas piedras megalíticas de Monte Toro. Aquella tarde, el matrimonio Alba, tras haberse hecho eco de mi nueva información, decidió alquilar un velero para dar la vuelta a la isla durante una semana. Creo que estaban un poco hartos de mis cavilaciones y preferían olvidarse de todo un poco navegando plácidamente por alta mar. De pasada, y en tono humorístico les previne que según el cuento que me acababa de leer, los ignotos creadores de los menhires también surgían de vez en cuando del mar, tragándose veleros y tripulación de una sola tacada. La razón de ello es que si no conseguían algún ser humano que sacrificar en tierra firme, les resultaba muy fácil pescarlo en la amplitud peligrosa del mar. Ambos me miraron con displicencia, y se fueron a preparar la maleta. Me sentí como un niño que guarda un secreto amenazante para el mundo de los adultos, y que sabe que no logrará evitar los ominosos hechos que nos aguardan en la oscuridad. Imposibilitado de comunicar dicho secreto, como el niño que se esconde debajo de la almohada y presiente el infierno que se avecina, se me saltó una lágrima inesperada. Aquella noche, en mi cama, releí por cuarta vez el cuento titulado "La raza de los proscritos", y empecé a pensar en las cosas que me harían falta para asistir con garantías al lugar del misterio. El matrimonio Alba no podría acompañarme, puesto que su pequeño crucero estaba programado hasta el día 16.

El sábado 11 de agosto fui por la mañana a una tienda de ultramarinos. Allí me proveí de una potente linterna, de una tienda de campaña con todo tipo de prestaciones, de una escopeta (hice un trapicheo con un amigo que me había dejado su licencia de cazador), de prismáticos nocturnos y de una videocámara con zoom de largo alcance. Llamé al móvil del matrimonio Alba, que debía de encontrarse en aquel momento a la altura de cala Morell, cerca de Ciudadela. Mi amigo me comentó que gozaban de un día espléndido. La mar estaba en calma y habían aprovechado para pescar y bañarse desnudos en los azuladas aguas de esa parte del Mediterráneo. Por las noches, se sentaban a charlar con el capitán del barco, que había dado la vuelta al mundo dos veces y tenía mil historias que contar. Cuando le pregunté si habían visto ballenas, el señor Alba cambió el tono de su voz y me contestó con un punto de nerviosismo:

-No, no, amigo Méndez. Pero sabe usted, la historia aquella de los monstruos de los menhires, que a mí me sigue pareciendo un absurdo y un imposible, en fin, el capitán parece estar al corriente de ella. Es un viejo lobo de mar, como los de antaño, que conoce mil leyendas de todas las partes del mundo. Y dice que en algunas ocasiones ha podido observar a esos creadores de menhires en el mar, en algunas noches de agosto, nadando con sus corpulentos y amorfos cuerpos, intentando destruir alguna embarcación, y que en alguna ocasión habían logrado su objetivo y se habían comido toda la tripulación.

-Bah, no se preocupe usted señor Alba, esto sí que me parecen habladurías. En principio, la leyenda se refiere a seres que viven bajo tierra y no en el mar. Lo que dije fue en tono de broma. De todas maneras, yo ya me he aprovisionado concienzudamente para realizarles una visita la noche del 15 de agosto –le informé. Y él me repuso rápidamente, como advirtiendo a un hijo descarriado.

-Ándese con cuidado, señor Méndez, no vayamos a tener problemas. Disfrute de las vacaciones, lea, baje a la playa, visite algún museo, relájese –me dijo. La solemnidad de sus palabras era tal que a través del móvil pude oír el rumor de fondo del oleaje.

-Descuide, amigo, así lo haré. Páselo usted bien –concluí, y cerré la comunicación.

Aquella tarde visité la biblioteca de la ciudad para consultar un diccionario de mitología. Se trataba de un vetusto edificio, construido a finales del siglo XIX. Su interior estaba formado por muebles de madera carcomidos por el paso del tiempo. Una señora anciana de unos 70 años atendía detrás de un roído mostrador. Le pregunté dónde se encontraban los diccionarios temáticos, y me contestó que apenas quedaban ejemplares de un viejo diccionario inglés sobre monstruos marinos y otros seres mitológicos. Le pedí que me lo trajera, y una vez lo tuve en mis manos me senté en una de las mesas de la biblioteca y empecé a leer.

Fui directamente a la entrada de los seres inclasificables, puesto que todo lo que hacía referencia a mitos griegos, escandinavos, andinos, etcétera, quedaba fuera del misterio que me tenía preocupado. En uno de los apéndices hallé una entrada sobre una rara leyenda concerniente a los antiquísimos constructores de menhires europeos. Allí se comparaban las diversas teorías sobre el origen de semejantes construcciones de piedra, y la que al parecer de los eruditos contaba con más votos para alcanzar el rango de la verosimilitud era, a pesar de resultar a todas luces fantasmagórica, la que atribuía la creación de menhires a una extinta raza de seres informes que, según se decía, había antecedido en algunos miles de años a la aparición de los primeros ejemplares de homo sapiens. Al parecer, la leyenda cuenta, en un alarde un tanto infantil, que algunos de estos extraños monstruos sobrevivieron al surgimiento depredador de la humanidad, escondiéndose primero en cuevas y luego, mediante sobrenaturales sortilegios, adentrándose en el interior de la tierra gracias a su potentísima capacidad de adaptación y a una suerte de mágica facultad no conocida por ninguna otra especie del planeta. Los eruditos habían decidido bautizarlos con el raro nombre de akatahgryes.

-Señor, son ya las ocho de la tarde y vamos a cerrar, si prefiere el lunes puede seguir consultando los libros que quiera –me anunció amablemente la anciana de 70 años que cuidaba de la biblioteca. El tiempo había pasado volando. Había estado leyendo solo durante más de una hora y fuera empezaba a anochecer. Le dije a la señora que no me haría falta regresar; con lo que había consultado aquella tarde me podía dar por satisfecho. Le di las gracias, cerré el volumen y me marché.

Prácticamente no quedaba ninguna pieza más que componer en torno al mito de los creadores de los talaiots. Durante todo el domingo estuve comprobando la fiabilidad de los utensilios de que me había provisto el día anterior. Todos ellos funcionaban a la perfección. Me detuve con especial atención en la videocámara adquirida en un bazar del puerto de Mahón, cercano a la tienda de ultramarinos. Si esos extraños seres todavía vivían, quería grabarlos y dar pruebas fehacientes de mis pesquisas. El lunes fui a comprar una cinta de vídeo, que coloqué correctamente en su correspondiente lugar. También adquirí un nuevo carrete fotográfico; si me sucediese cualquier percance con la videocámara siempre podía recurrir a la máquina de hacer fotos, una vieja Ericson con flash incorporado que uno de mis hijos me había regalado por mi 40 cumpleaños. Ese día consulté los periódicos. Nada se decía en ellos de las catástrofes anteriores ocurridas en torno a los menhires, de las muertes anónimas que según había comprobado año tras año asolaban las aldeas cercanas a Monte Toro durante el mes de agosto. Pero en un breve párrafo de una noticia aparentemente intrascendente obtuve una inquietante información: todos los 15 de agosto la zona turística de los talaiots estaba cerrada a las visitas con la excusa de la festividad de la Asunción.

El martes alquilé un coche y me fui hasta la comarca de Monte Toro. Llamé varias veces al móvil de mi amigo, pero no me contestó. Posiblemente había apagado su teléfono portátil para aprovechar mejor los días de calma en alta mar. También podría ser que su móvil no tuviese cobertura. En cualquier caso, le escribí un mensaje anunciándole que me había trasladado desde Mahón a la zona de los talaiots, y que si todo iba bien nos veríamos las caras el jueves 16 de agosto. Le deseé un feliz final de travesía, y le prometí volver a intentar comunicarme con él.

Me alojé en un hostal de la aldea en cuyo bar habíamos tomado algo semanas atrás. Durante todo ese día estuve recluido en la habitación, donde me cercioré de tener a punto todo el utillaje que había adquirido para enfrentarme al oscuro pozo que empezaba abrirse bajo mis pies y del que nada podía prever. A medida que las horas transcurrían iba creciendo en mí una ansiedad insoportable, mitigada sin embargo por una excitación casi juvenil. Todo aquello me había llevado a un terreno peligroso, y era plenamente consciente de ello. Crecía en mí una angustiosa incertidumbre, pero también sentía una energía insuperable. Deseaba con todas mis fuerzas enfrentarme con esos monstruos, aunque desde luego temblaba con sólo imaginármelos. Tenía el sistema nervioso a punto de estallar, cualquier mínimo error en la ejecución de mi plan o cualquier sobreesfuerzo innecesario podían conducirme directamente al manicomio o a la tumba. Ahora se trataba de mantener más que nunca la calma y armarse de paciente valor.

Aquel martes, a media tarde, volví a llamar a mis amigos. No pude contactar con ellos. La tarde refrescaba bajo un límpido cielo azul y me bajé al bar. Allí encontré en un rincón, leyendo el periódico local, al mismo hombre con el que había conversado días atrás. Me acerqué a él y le pedí amablemente si me podía sentar, mientras desde la barra el camarero me gritó qué quería tomar. Le contesté sin miramientos que un ginet, por favor, y en seguida me dirigí al anciano del lugar con el que compartía mesa y le pregunté con una sonrisa algo falsa, buscando complicidad:

-¿Cómo prueba el día, caballero? Hoy hace un calor tremendo y toda la isla parece recalentada con fuego.

-Bien, ya ve usted, como siempre, aquí sudando la gota gorda –me repuso, mirándome con sus vivos y recelosos ojos.

-Esto..., me perdonará la indiscreción -dudé un poco al empezar mi pregunta- ¿no sabe usted nada de alguna de esas muertes de autor desconocido? ¿Ningún familiar entre los fallecidos? Yo no he leído nada en el periódico en lo que se refiere a este año, pero como dijo usted que estas cosas ni siquiera se comentaban entre los lugareños...

El anciano dejó el periódico sobre la mesa, murmuró cuatro cosas ininteligibles, y acercándose sigilosamente a mí, me susurró: -Joven, no vaya usted a meterse en líos. No hace bien en estar aquí preguntándome sobre este asunto. Déjelo correr, no rebusque en esa maleza, nada bueno puede encontrar –dijo. Yo noté en el tono y en la expresión de sus palabras que el anciano sabía más de lo que me había dicho, de modo que insistí, mientras sazonaba la conversación con algún comentario trivial y mostrándome como un simple turista con veleidades eruditas que quería saber más sobre la vieja pero sin duda ficticia leyenda de los talaiots. Al final, cuando apuraba el último trago de mi copa, obtuve lo que buscaba, aunque la noticia me sobresaltó y me hundió todavía más en el remolino de angustia y curiosidad por el que desde hacía un par de días descendía a toda velocidad, sin conocer su destino.

-Un amigo pescador me ha comentado que un barco de esos que los turistas alquilan para dar la vuelta a la isla ha desaparecido. No se sabe nada de él, le han perdido completamente el rastro a la altura de Son Bou, en la parte sur de la isla. Según comentan, la tripulación estaba formada por el capitán del velero y un matrimonio barcelonés –acabó confesando el anciano.-Por cierto, ¿y sus amigos, no le acompañan a usted en esa loca obsesión por esas inútiles piedras? –preguntó cambiando de tono y mostrando un rostro alegre.

-No, no, ellos están...-balbucí, sorprendido y asustado-, ellos se encuentran, seguramente –seguí balbuciendo mientras un frío jamás sentido empezaba a subírseme a la cabeza-, ellos prefieren la playa, sabe usted –simulé rápidamente- y quieren ponerse bien morenos antes de volver a Barcelona –concluí, emitiendo una burda mentira que dejó suficientemente satisfecho a mi interlocutor como para poder abandonar el bar sin mayores suspicacias.

-¡Vaya usted con Dios! –me gritó el simpático lugareño cuando ya tenía un pie fuera del bar. –Me hará falta, gracias –susurré cabizbajo, aunque creo que el anciano no llegó a escuchar mis palabras. De inmediato subí a la habitación del hostal e intenté localizar a mis amigos. Nada. Tomé una ducha fresca entre sollozos y bajé a cenar. Después llamé a la policía para informarme sobre la desaparición del velero y efectivamente los datos que me ofrecieron apuntaban al barco que el matrimonio Alba había alquilado la semana anterior. Colgué. Se me escapó un sordo rugido de rabia. Un evidente sentimiento de culpabilidad se presentó ante mí con todas sus fastidiosas preguntas. Definitivamente estaba solo y por un momento dudé de mi plan. El pánico recorrió con su helado aliento todo mi cuerpo. Pero sorprendentemente mantuve la calma. Si quería hacer frente a la situación, si quería vengar de algún modo la probable muerte de mis amigos tenía que mantener la cabeza fría y acudir con entereza al lugar del bárbaro ritual. Mientras tomaba una nueva ducha, pensé que si demostraba la existencia de esos horrendos monstruos tal vez se podrían evitar futuras muertes y poner fin a este negro misterio. El malestar que sentía retrasó mi sueño, pero finalmente, a eso de las 3 de la madrugada, tras distraerme un rato viendo la televisión, las musas de la noche me envolvieron en sus velos.

Por fin había llegado el día. Aquel miércoles el sol estallaba con fuerza contra la isla de Menorca. Me levanté casi a mediodía y pedí una copiosa comida en el bar del hostal donde me alojaba. Necesitaba reponer mis fuerzas. Analicé detenidamente un mapa de la zona que había comprado en una librería de Mahón. Volví a llamar a mis amigos, pero nadie contestó. En el periódico local apenas un breve informaba de la desaparición del velero Sulawesi, cuya tripulación, el capitán Marcos Rodríguez y el matrimonio Alba se daba igualmente por desaparecida. La guardia marina, de larga tradición en la isla de Menorca, había comenzado las labores de rescate. Después de comer, aturdido e impaciente, me tumbé en la cama. No dormí, pero intenté hacerme mentalmente un nueva composición de lugar. Los acontecimientos me habían conducido a un punto que no estaba seguro de saber manejar. Pero ya estaba lanzado, y no podía detenerme aquí. Una mezcla de orgullo por el descubrimiento que podía realizar y de altruismo por las vidas que con dicho hallazgo se podrían salvar me lo impedía. A media tarde conduje nerviosamente hasta la zona de acampada cercana a los talaiots. Me instalé rápidamente, montando la tienda de campaña con la ayuda del manual de instrucciones. Me sorprendió mi habilidad pese a estar consumido por los nervios. Ya sólo me movía la curiosidad, y a pesar de la apariencia de locura que podían delatar mis gestos y mi comportamiento, subrayados por mi soledad, me sentía preparado para enfrentarme a esos monstruos y vencer.

A medida que la tarde avanzaba empecé a sentir una presencia ominosa, invisible y hostil. El ambiente estaba cargado de electricidad, como presagiando una de esas tormentas estrepitosas de todos los veranos. Sentía que alguien o algo me vigilaba desde más allá de la realidad palpable de las cosas. Sabía que la leyenda hacía aparecer a los monstruos desde las entrañas de la tierra, de modo que instalé mi observatorio junto a un solitario árbol cercano al monumento de los menhires. Pronto anocheció, y puesto que aquel día el conjunto estaba cerrado para las visitas de los turistas, nadie apareció por allí durante todo el tiempo que estuve imaginando cómo reaccionaría si de verdad surgían de la tierra los antiquísimos creadores de los menhires. Tenía junto a mí la escopeta que había alquilado en Mahón, los prismáticos nocturnos, la videocámara, y las demás herramientas. Dejé las llaves en el contacto del coche, cerca de donde había plantado la tienda de campaña. En cualquier momento sentiría el apremio de huir y no quería malgastar unos preciosos segundos intentando buscar las llaves en el bolsillo del pantalón.

A eso de las 10 de la noche empecé a oír un ruido atronador. Di un respingo y me levanté de la silla que me había traído desde la ciudad. Cogí la escopeta dispuesto a disparar, pero no se trataba de los monstruos subterráneos, sino de una pandilla de chicos y chicas que habían organizado una fiesta en uno de los campos de los alrededores. Desde uno de los coches salía una música ensordecedora, al ritmo de la cual algunos jóvenes empezaron a moverse. Dentro de uno de los coches una pareja se besaba con pasión.

Volví más tranquilo a mi observatorio. Cené un sandwich de salmón que me habían preparado en el hostal, acompañado de queso y una ensalada. Comí un poco de fruta fresca, higos y almendras saladas. Acompañé esta ligera cena con un poco de whisky que tenía guardado en una petaca, y de un termo vertí un poco de café en una copa de plástico duro de color rojizo que mi amigo el señor Alba me había prestado días atrás. Hacía una noche clara, de luna menguante, y las estrellas brillaban en el cielo de la isla con todo su esplendor. Después de cenar preparé a conciencia la videocámara, me la sujeté al hombre izquierdo, cogí la escopeta con la mano derecha, y me senté en la silla a esperar.

A las 11.30 dejé de escuchar aquella música atronadora. Me levanté y empecé a caminar en dirección a la zona donde los jóvenes habían improvisado su discoteca al aire libre. Cuando me encontraba a unos 100 metros del lugar donde habían aparcado los coches, noté cómo la tierra empezaba a temblar. No había vivido la experiencia de ningún terremoto, pero sin duda aquel pequeño seísmo, momentáneo y fugaz, aunque extremadamente perceptible, se le debía parecer. Me asusté, como es obvio, y pensé que el ruido podía provenir de la fiesta adolescente, pero de repente vi cómo de debajo de uno de los coches en cuyo interior se abrazaba la pareja que antes vi besuquearse surgió una cosa amorfa y viscosa que levantó el autómovil al cielo y luego lo aplastó sin misericordia. El griterío de los chicos empezó a sonar con estridencia, pero apenas les dio tiempo para arrancar los coches y salir disparados de aquel infierno. Surgiendo como fuego volcánico de los cráters vi cómo una muchedumbre indefinida de extraños seres subterráneos de cuerpo lejanamente semejante al humano masacraron en apenas dos minutos al grupo de jóvenes que festejaba la noche culminante del verano. Estuve a punto de desmayarme.

Se oyeron en la oscura noche unos rugidos coléricos, llenos de odio y rencor. Por fin tenía ante mi vista, si yo no estaba loco y aquello no era un espejismo, a la legendaria raza de los proscritos de Monte Toro. No pude hacer nada por aquellos chicos. Miré extraviado a mi derecha, y a 50 metros los talaiots se alzaban imponentes bajo la luz de la luna.

Con imprudente temeridad, temblando de pavor, enchufé la videocámara y empecé a caminar para atrás, hasta el lugar donde había plantado la tienda de campaña. Por suerte, aquellos monstruos o no me vieron o me dejaron hacer. La leyenda contaba que solían realizar un ritual junto a los menhires, a medianoche, para luego desaparecer. De modo que intenté esconderme, con la intención de grabarlos desde una prudente distancia y probar al día siguiente las sospechas acumuladas en mi mente desde aquel lejano día de mayo en que me cité con el señor Alba en la sala de substas de la señora Mercedes.

Cuando llegué a la tienda de campaña, tenía la camisa empapada de un sudor frío. Había anochecido por completo y desde allí no podía ver nada a más de 10 metros. Encendí la linterna, pero le di poca luz. Ahora el silencio en los campos de Monte Toro era aterrador. Mi imaginación volaba a una peligrosa velocidad, se oía el sonido de algún lobo o perro salvaje, y el juego de sombras que producía la luz de la luna entre los árboles me aterrorizó. Haciendo un esfuerzo sobrehumano intenté mantener la calma. Me di cuenta de que no había apretado el botón del zoom y seguramente la videocámara no había podido grabar nada claramente visible del ataque de los monstruos al grupo de jóvenes.

Pero de repente oí pasos lentos y tumultuosos detrás de mí. Giré instintivamente la cabeza, pero no logré ver nada. Ahora estaba absolutamente dominado por el miedo. Corrí al coche y allí me encerré, dejando todos los cachivaches que había traído junto a la tienda de campaña. Agazapado en mi automóvil, encendí un momento las luces del automóvil. Al instante, un griterío loco y abismal se alzó como desde el centro de la tierra. A unos metros de la parte delantera del coche, que apuntaba hacia los menhires, un grupo indefinido de aquellos monstruos tenebrosos se dirigían hacia mí, lentamente, angustiadamente, ominosamente. Los grabé con la videocámara durante unos cuantos segundos. Con la ayuda de la luz de los faros y el zoom de largo alcance, que intentaba torpemente regular, creía que quedaría suficientemente probado que aquellas imágenes no constituían un tramposo montaje. Luego puse inmediatamente el auto en marcha y me fui disparado hacia la izquierda, antes que aquella turba infame me alcanzase.

Desde la ventanilla observé que junto a los menhires se habían congregado más de cien ejemplares de aquellas bestias inmundas. Miré para atrás y ya no me perseguían. Detuve el coche a unos cien metros de los talaiots y volví a filmar a aquellos seres espantosos. Estaba excitadísimo, completamente sudado, y el susto que llevaba encima era de proporciones sobrenaturales. Sin embargo, de alguna forma, aquello me hizo reflexionar imprudentemente, no sé por qué: aquellos monstruos nada sabían de mí, yo era para ellos tan molesto como una piedra o un mosquito inoportuno; en cambio a mí me bastaba sentirlos para conocer su amenaza total y única.

En el centro del conjunto monumental emepzó a arder un fuego ancestral, etéreo pero poderosamente inflamado. Los monstruos erigían cánticos solemnes y apagados al cielo de la colina donde se habían erigido siglos atrás los menhires. Parecían estar adorando a un dios desconocido perdido entre las ruinas. Algunos de aquellos extraños seres blandían una especie de utensilios prehistóricos: me fijé en uno de ellos. Acerqué el zoom a esa espeluznante figura sobrenatural y entre su masa informe reconocí para mi horror el sombrero panamá de mi amigo el señor Alba, “comprado en Harrods”. Esta vez me asusté de verdad, pese a haber logrado un buen escondite, junto a unos matorrales situados a una prudente distancia de los menhires. Aquello confirmaba la muerte de mi amigo y de su mujer. Y la muerte de seres próximos nos acerca inquietantemente el rostro fatal de las Parcas.

Súbitamente, una inexplicable impotencia se apoderó de mí. Perdí la calma tensa con la que hasta ese momento había manejado la situación. Lleno de odio, rabia y dolor aceleré el auto para embestir con todas mis fuerzas contra la turba infame de los monstruos. Ningún lugareño había aparecido por allí para rescatarme, y en el momento de encender el coche una violencia incontrolable se apoderó de mi cuerpo. Tiré la videocámara al asiento derecho delantero y apreté a fondo el acelerador. Ahora admito que perdí la fría serenidad que hasta entonces me había acompañado. Lo cierto es que no sé cómo logré huir de aquel infierno. Me lancé ciegamente a toda velocidad contra la bárbara masa que clamaba parsimoniosamente al cielo en un extraño idioma. Eran como voces de ultratumba, llenas de desolación: lastimosas, incomprensibles, tediosas. Transmitían un amenazante y eterno miedo: ¡Akatahgrye, akatahgrye!, gritaban los monstruos. Ahora reflexiono e imagino que se dirigían a su dios perdido y nunca jamás reencontrado. Las llamaradas de fuego se elevaban a más de quince metros de altura, como lenguas de dragón. Los cuerpos de los jóvenes, de mis amigos y del capitán Rodríguez estaban siendo devorados. Embestí con el coche contra el flanco izquierdo de la masa de monstruos agolpada alrededor de los menhires. Fue un ataque loco que debió chocar contra alguno de aquellos seres horribles, pero poco más. El ataque estuvo a punto de hacerme volcar, pero giré rápidamente el volante y logré equilibrar el vaivén temerario del auto. Luego aceleré a fondo y salí de allí.

Las luces del coche dejaron de funcionar.

La puerta derecha contraria a la parte del volante del coche había saltado por los aires, hecha añicos. Volví a girar 180 grados a la izquierda e intenté tomar el camino de tierra que llevaba hasta la carretera. Entonces me di cuenta de que por la puerta derecha había caído también la video-cámara. Maldije la noche y el día que había amanecido. Grité sin fuerzas para quitarme el miedo y la rabia. Supongo que lloraba o gemía, porque no puedo describir mi estado de ánimo. Finalmente volví a girar hacia la derecha y cogí el sendero que desembocaba en la carretera comarcal, tranquilizador signo de civilización humana que en aquellos angustiosos momentos me devolvió a la realidad.

Paré el coche. Tomé un largo trago del whisky que guardaba en mi petaca y apreté el acelerador en dirección a la aldea en cuyo hostal me alojaba. Cuando pasé a la altura de los menhires aún se podía observar, desde la carretera, el fuego infernal que aquella raza de proscritos había construido en su centro. Oí por última vez el tristísimo y lastimero grito de aquellos monstruos, que todavía hoy resuena algunas noches de pesadilla en mi cabeza. No quise saber nada más y di por buena la pérdida de la tienda de campaña y de todo lo demás.

En un estado de completa desorientación, enchufé como pude la radio. En la emisora local anunciaban para el día siguiente una plácida jornada de sol y playas, listas para ser disfrutadas relajadamente por los turistas. Una música ligera de estilo popular me devolvió la sonrisa por unos instantes. Estaba agotado y sin ganas de hablar. Al cabo de 15 minutos llegué al hostal y pese a que me encontraba completamente trastornado por lo que había vivido, tuve las fuerzas necesarias para ducharme. Después me caí rendido en uno de los sofás de la habitación. Por la ventana de la habitación una ligera brisa marina refrescaba el ambiente, y no debí tardar ni cinco minutos en ser finalmente absorbido por un profundo sueño.

A la mañana siguiente, a eso de la 1, la sirvienta que limpiaba las habitaciones del hostal, me despertó con una popular canción de la isla. Aún en estado de semi-inconsciencia, me sentí alegre por escuchar una voz humana y estar acompañado de la civilización. Me levanté como despues de una noche de fiesta o de mucho trabajo, con un dolor de cabeza insoportable. Sin embargo, me sentía con fuerzas, porque de algún modo intuía que todo había pasado. Tomé una ducha fresca, desayuné, me puse unas gafas de sol y sin decir nada a nadie de lo sucedido la noche anterior me dirigí a la zona de los menhires. Allí, como si nada, un grupo de turistas atendía el parlamento del guía: “...se cuenta la leyenda que unos seres pre-históricos y de rasgos abominables construyeron estas piedas en adoración de un dios de nombre impronunciable... también se dice que en el año 1727 un regimiento de infantería inglés falleció misteriosamente mientras vigilaba la posible aparición de estos seres.... todo esto son leyendas, señores, pero como adivinarán fácilmente le dan a estas piedras una aureola mágica que le viene muy bien...al interés turístico de la isla....”. El coro de turistas celebró con suaves carcajadas la broma del guía y siguió caminando relajadamente por entre las piedras.

Me acerqué con sigilo y procurando que nadie se fijase en mí al árbol junto al cual había plantado la tienda de campaña el día anterior. Allí no quedaba nada, salvo uno de los hierros con los que amarré la tienda. También pude observar las huellas de la silla en la que estuve sentado durante buena parte de la tarde y a lo lejos, con los prismáticos que no había utilizado hasta entonces y que había podido rescatar a última hora, dirigí la vista hacia la zona donde los jóvenes habían organizado su fiesta. Del macabro final de aquel improvisado jolgorio no quedaba nada. Ni rastro de los coches, ni botellas por el suelo. Tampoco di con la video-cámara. Al volver al coche me pareció reconocer una tela desgarrada de una de las camisetas de los jóvenes, pero tal vez fue una ilusión.

En la tarde del jueves 16 de agosto, de regreso a Mahón, llamé a la policía. Pedí hablar con el comisario de la isla, anunciándole que se trataba de algo urgente e importante.

Me estaban esperando. Nos encerramos en una habitación el máximo responsable policial de la isla, tres o cuatro personas más de su confianza y yo. Estuvimos más de dos horas allí metidos, durante las cuales les expliqué todos los acontecimientos que me habían sucedido desde aquel día de mayo en que el señor Alba y yo nos encontramos en la sala de subastas de la señora Mercedes. Llevaba conmigo la antología de cuentos de terror y la "Cronicle of the Isle of Minorca" del año 1730. También les conté lo que había averiguado en la biblioteca de la ciudad. Lamenté la pérdida de la video-cámara, pero para mi sorpresa la policía no tardó mucho en dar fe de mi narración. Al parecer no era el primero en recurrir a ellos por el mismo motivo y habían decidido tomar definitivamente cartas en el asunto, dada la envergadura de la última atrocidad cometida. No se había podido evitar que corriera la voz de que algunos jóvenes habían muerto la noche anterior cerca de Monte Toro, y este hecho había conmocionado profundamente a las gentes de la isla. Se informó de la desgracia que habían sufrido como si hubiesen sido brutalmente asaltados por una banda de ladrones que operaba en la isla durante los meses de verano. Pero pocos creyeron esta versión.

Por mi parte, lamenté la desaparición de mi vida del insustituible matrimonio Alba. Aún conservo en mí cierto sentimiento de culpabilidad, pero su muerte fue producto de un cúmulo fatal de casualidades en el que nada tuve que ver. En Mahón ya no había nada que hacer salvo volver a Barcelona y procurar descansar. La desaparición del velero Sulawesi fue atribuida a un temporal, pese a que nunca se hallaron los cuerpos de los tripulantes flotando a la deriva. Del velero, ni rastro, ni un cascote, ni un pecio. Al cabo de dos días, por orden de la policía de Mahón, la guardia marina abandonó rápidamente las tareas de búsqueda y rescate.

Creo que la decisión de las autoridades gubernativas de la isla respecto al misterio de los menhires llegó el mes de enero del año siguiente. Como nadie estaba dispuesto a enfrentarse a ese amorfo, ignoto y todavía apenas creíble asunto de los monstruos subterráneos de Monte Toro, la salomónica decisión consistió en trasladar el conjunto monumental de piedras a otra zona de la isla. Tal vez así esos seres inmundos dejarían de aparecer en Monte Toro todas las noches del 15 de agosto. No estoy muy convencido de la eficacia de dicha decisión, puesto que tal vez los monstruos pueden reseguir desde las profundidades de la tierra el rastro de su legendaria creación. Así se lo he hecho saber a las autoridades de la isla, pero ni yo ni ellos hemos imaginado una alternativa mejor. Por mi parte, volveré a salir de vacaciones el verano que viene, pero lejos de esa isla y de aquellas piedras inmemoriales.

Reseña: "La libertad de lenguaje, en serio", sobre un libro de Paolo Virno (publicada en El Viejo Topo, octubre 2005)

LA LIBERTAD DE LENGUAJE, EN SERIO

"Cuando el verbo se hace carne. Lenguaje y naturaleza humana", Paolo Virno, trad. de Eduardo Sadier, Traficantes de Sueños, Madrid, 2005, 264 págs.

“No es el amor a la riqueza ni a ningún bien lo que pervierte la voluntad, es la necesidad de pensar bajo el signo de la desigualdad. Hobbes hizo al respecto un poema más atento que el de Rousseau: el mal social no proviene del primero al que se le ocurrió decir: `Esto es mío´; proviene del primero al que se le ocurrió decir: `Tú no eres mi igual´”.
"El maestro ignorante", Jacques Rancière

A mí me parece que toda filosofía debe ligar su teoría política final con una práctica de la educación, o como la llama en este libro Paolo Virno, con la antropogénesis. Virno, profesor de filosofía del lenguaje en la Universidad de Calabria en Cosenza, ya había escrito varios libros referentes a ambas cuestiones. Por un lado, en castellano, Traficantes de Sueños ha publicado sus libros políticos más comprometidos, "Virtuosismo y revolución" y "Gramática de la multitud". Por otro lado, Paidós ha hecho lo propio con dos libros más inclinados a la investigación del lenguaje y el tiempo histórico: "Palabras con palabras" y "El recuerdo del presente". Me parece sin embargo que es por fin en este libro donde Virno aborda el nudo mismo entre antropogénesis y política, ofreciendo precisamente lo que algunos pedíamos. Esta obra, pues, parte del aserto aristotélico que define al ser humano a la vez como animal lingüístico y político (se diría, según Virno, político porque lingüístico), y resulta ser al fin una especie de “Tratado lingüístico-político”, por decirlo evocando el teológico-político de Spinoza con el que esta obra mantiene parecidos intereses.

Pero lo de “lingüístico” en lugar de “teológico” no es uno de los problemas menores que el profesor italiano afronta en "Cuando el verbo se hace carne", libro, digámoslo sin dilación, de enorme calibre aunque con alguna limitación que más adelante comentaré. Virno declaró en una ocasión a la prensa: “El materialismo que yo propugno busca unir naturalismo e historia”. Y en efecto, la tesis de Virno es materialista de principio a fin. Más exactamente, lo que aquí estudia y sostiene Virno es un naturalismo historizante o, en otras palabras, un materialismo lingüístico ateológicamente político (sobre el spinozismo como fuente del ateísmo político moderno véase mi reseña en El Viejo Topo, nº 189-190). Veamos.

El libro, que empieza con una entrevista del japonés Jun Fujita Hirose a Virno (ambos son miembros de la revista francesa Multitudes), tiene la intención última, según el autor, de “mostrar que las condiciones de posibilidad de la experiencia son objeto de experiencia inmediata; que los presupuestos trascendentales se manifiestan, en ciertos fenómenos empíricos trillados; que los fundamentos ontológicos ocupan humildemente su lugar en el mundo de las apariencias. El libro recorre las diversas ocasiones en las que el fondo pasa a primer plano, acomodándose al papel de hecho tras los hechos. Si se desea: las ocasiones en las que la naturaleza humana conoce una completa revelación. Salvado de toda coquetería teológica, el término significa solamente: plena visibilidad empírica de aquello que se creía erróneamente inaccesible a la percepción directa. Los títulos de los capítulos designan las categorías que permiten pensar mejor esta `revelación´ totalmente materialista: performativo absoluto, repetición de la antropogénesis, sensismo de segundo grado, reificación, historia natural”.

Lo que precede es un subrayado mío de la página 37, y tengo muchos otros hasta la página final, 264, de modo que me limitaré a recomendar aquí su pronta lectura para quien quiera esclarecer y enlazar mejor todos estos términos acompañando a Virno y a quienes Virno cita: Sausurre, Austin, Benveniste, De Martino, Lo Piparo, Piaget, Vygotskij, Simondon, Marx, etc. De momento, me conformaré con plantear algunas dudas respecto de alguno de estos ritornellos, en especial respecto del concepto de “historia natural” y sobre todo respecto de uno que aparece después, “individuación”.

Repitamos que en "Cuando el verbo se hace carne", “las consideraciones sobre la estructura de la enunciación y la publicidad de la mente hallan finalmente su propio equivalente macroscópico en el concepto (sin embargo, con renovado respeto ante el significado habitual) de historia natural”. Y aquí surge la pregunta del ingenuo lector: ¿historia natural? ¿Estamos hablando de museos de dinosaurios o necrópolis egipcias donde el misterio mora? No. El concepto de historia natural le sirve a Virno para tratar de unir lo que -como paradigma último del debate- quedó dividido en el coloquio sobre la “naturaleza humana” y la “justicia ideal” sostenido en Eindhoven en 1971 entre Chomsky y Foucault. El concepto de historia natural trata de conjugar los aspectos invariantes de la especie humana con la variabilidad histórica de sus manifestaciones (puede leerse mi reseña "Por una estrategia de poder liberadora", que trata en parte sobre este famoso debate entre Foucault y Chomsky, en www.inisoc.org). A mí me suena bastante al concepto de “trascendencia inmanente” de Castoriadis.

En suma, la tesis de Virno es que la antropogénesis se repite tanto por el lenguaje, en especial en su forma performativa absoluta, como por la política, mediante la individuación de la multitud. Sin embargo, es en este último avatar donde encuentro algunos problemas.

Para empezar, ya en la entrevista del inicio con Hirose, y más adelante también, me parece que Virno solo piensa en un ética kantiana del deber trascendental cuando rechaza que la ética pueda ser algo así como un umbral entre el lenguaje y la política. Pero es eso y no otra cosa, me parece, lo que piensa Aristóteles (y después Spinoza) cuando sostiene que la ética es “preparación para la política” en el camino de la antropogénesis. Virno no menciona la quinta virtud del Libro VI de la Ética aristotélica, la del intelecto (nous), que Aristóteles no sabe muy bien dónde colocar, como le pasó luego a Kant, y que en cambio Spinoza, y luego Nietzsche, equiparan en efecto a la razón misma, o mejor, al “nous anterior al logos” para decirlo con Castoriadis. Por eso no se entiende muy bien esta afirmación: “La repetición de la antropogénesis está referida a la ontología, no a la ética; la constitución biológica de nuestra especie, no una u otra actitud cultural” (pág. 116). Tanto menos cuanto que a fin de cuentas el propósito de fondo de "Cuando el verbo se hace carne" es sumamente ético al plantear como principal la cuestión de la buena vida (“sensación conclusiva”, en efecto, pero no mero producto de ninguna actitud cultural, sino obra del pensamiento concreto -por abstracto, imaginación y sentido común mediantes, según Castoriadis-, fruto de la capacidad, que Aristóteles llamaría virtud intelectual, de lenguaje-acción, tal como por otra parte neurobiólogos como Damasio han tratado de probar).

Y es que este decantamiento hacia cierto relativismo foucaultiano es a mi modo de ver lo más débil del libro. Sorprende la ausencia en su largo recorrido de toda mención al concepto de “imaginación”, al modo de Castoriadis, pues sin esa imaginación, ¿cómo íbamos a poder “percibir la propiedad de un concepto”, cima del materialismo tout court. Esa especie de deslizamiento foucaltiano de la inicial posición conciliadora de Virno entre naturaleza e historia hace que el concepto último de “individuación” presente graves deficiencias, al menos tal como está expuesto en este libro. Aquí solo puedo referirme a ello de forma demasiado sumaria, pero el problema está en que al hablar de la comunidad política, allí donde Virno hubiese debido tomar como premisas la historia natural y el concepto de lo transindividual (el “entre-sí inesencial” de Arendt), lo hace en cambio sustentándose en la historia actual de la última fase del capitalismo y en cualquier determinada lengua materna. Lo cual, a mi modo de ver, lleva a Virno a considerar a la historia como símbolo y por tanto a la comunidad política, sino desde el punto de vista de una justicia ideal (idealista), sí en cambio como una especie de ambiente biológico-místico, en este caso “revolucionario”, y eso porque sin poder dejar de lado lo invariante biológico este factor se ve reducido a la percepción en efecto ya muy mediada (no subjetivamente inmediata, “ontológica”, que es lo que buscábamos) de la “actualidad”. Me parece que a Virno todavía le queda por realizar con el concepto de “actualidad” la misma operación que en este libro realiza con el de “apocalipsis”.

En definitiva, Virno discrimina entre formas de historizar la metahistoria y arremete juntamente contra el capitalismo y el Estado (pero, en Spinoza, Estado -y no sé si incluso liberalismo- y multitud no son incompatibles), aportando todo su arsenal ya categorizado en otros libros, pero a mi modo de ver obviando que como sostenía Castoriadis la brecha entre instituyente e instituido no solo no se puede cerrar (consecuencia que no asume Virno), sino que su mantenimiento es vital para que no se produzca ningún tipo de avasallamiento, ni en aras de la representación [aquí debería de decir "de lo representado"] ni en aras de lo irrepresentable. ¿Y no es en esta brecha donde está en juego, anterior aunque inseparablemente recurrente a la insoslayable acción política del lenguaje [hecho cuerpo], lo que podemos llamar ética, umbral entre lenguaje y política, etc.?

Coda: ciertamente, categorías como multitud y principio de individuación me parecen que se hacen más relevantes a tenor del apéndice de "Cuando el verbo se hace carne", apenas un esbozo, eso sí audacísimo, de una metacrítica atea dirigida especialmente contra el rechazo religioso de la metafísica por parte de Wittgenstein y en favor de una crítica atea de la metafísica. Aquí sí, y no en el moralismo religioso marxista, el lenguaje se hace políticamente cuerpo: “La crítica atea de la metafísica (y de Wittgenstein) se compendia, quizá, en esta simple constatación: los límites de mi lenguaje no son los límites de mi mundo”. Bravo Virno, malgré tout; esto es tomarse la libertad de lenguaje en serio, logremos o no la abolición del trabajo asalariado (algunos con mantener nuestro puesto de profesores de filosofía de Eso-Bachillerato en tiempos de directores progre-caciquiles tenemos bastante).

Ximo Brotons (www.blogia.com/procopio)

Savater en agosto

Ha empezado agosto. Leyendo ahora "El valor de elegir" (Ariel) de Fernando Savater. Una obrita desigual, un compendio de las virtudes y defectos savaterianos. Me recuerda al librito-entrevista que le hizo el periodista Juan Arias, y en comparación con esa obra, "El valor de elegir" es lectura más amplia y detallada. Sin embargo, en comparación con otras obras presuntamente menores por destinadas a la juventud, como "Las preguntas de la vida", encuentro lo hasta ahora leído (cierto es que se lo he leído casi todo y ya me conozco la película) un poco más superfluo o precisamente más divulgativo, más generalista.

Sigue habiendo párrafos iluminadores, profundos, conmovedores, en especial en este caso los destinados al problema de la libertad y el destino. Uno sigue trabando conocimiento de nuevos autores o nuevas perspectivas (que a mi modo de ver están faltas de desarrollo, sobre todo la inicial referencia al ser humano como ser religioso). Sigue resultando divertido, sobre todo en este caso en la segunda parte, cuando Savater se pone a elegir.

Dicho todo esto, para un nuevo lector de Savater este libro le puede servir como grata introducción, a sus libros e incluso a la filosofía. Para los más asiduos, hay otra manera de leer: corrigiendo sus fallos o sobrepasando sus limitaciones. En este caso, en especial las ya citadas relativas al "ser religioso" de lo humano y también en la cuestión del conocimiento y la verdad. No es que esté mal lo que escribe Savater, pero no sé hasta qué punto incluso el mero planteamiento adolece de algunas limitaciones.

También es verdad que todavía no he acabado el libro (voy a empezar el capítulo dedicado a la política), y que en algunas cuestiones más "metafísicas" he ido elaborando por mi cuenta una perspectiva quizá menos práctica pero intelectualmente más precisa.

Bueno, elijan; yo ya elegí. Y sigo eligiendo.

PD: acabado el libro. Algunas dudas en relación con el planteamiento de la "humanidad" y de "lo contingente". Pensando que Castoriadis llama "metacontingente" al plano propiamente humano, y que es desde ese plano desde el que es posible la universalización, no solamente a partir de la biología, sino de la razón (condicionada-condicionante de la biología), de lo concreto. Ahora bien, de la razón considerada no como conocimiento para la acción, sino primariamente como pensamiento-acción.

H. G. Wells se va al cine

El otro día fui a ver "La guerra de los mundos". Salí diciendo que sí. Tremendo film, que ha supuesto mi reconciliacíón con el maestro Spielberg, incluso con Tom Cruise. La película está basada en la novela homónima de H.G. Wells, y no la defrauda. Han tenido que pasar cien años para que las comarcas del entorno del Londres victoriano se conviertan en la Nueva York suburbial actual, pero el pavor ante lo desconocido amenazante (y con lo que no cabe comunicación racional ninguna, como dice Savater en "La infancia recuperada") es el mismo.

El final de la película, que va recordándonos aquí a "ET", allí a "Titanic", más allá incluso a "Independence Day", al cine bélico, al "Tesoro de Sierra Madre", siempre con vigor y talento, con un gran despliegue de medios que deja sin embargo respirar a los personajes (a sus diálogos y emociones), recuerda asimismo al final de "El hombre menguante" (y a su modo, al famoso poema de Quevedo). Una frase de la voz final, contra cielo estrellado: "El hombre no vive en vano".

No recuerdo con qué frases acaba la novela de H. G. Wells, uno de los promotores de la Sociedad Fabiana (vertiente filantrópica del socialismo inglés de entonces). Pero desde luego la película no acaba con esas últimas frases en vano. Aunque a lo largo del film, las críticas a la actual ocupación norteamericana de Irak y al patriotismo subsiguiente no faltan, bien que de forma muy velada (el Ejército siempre sale bien parado), sin embargo, me parece que la admonición final de la película tiene otro objetivo.

Muy al principio, el personaje de Tom Cruise vive solo en una casa desordenada: cuando llegan sus hijos para pasar el fin de semana con él, comen mal, no hacen los deberes, ven la televisión sin ton ni son o más bien zapean una y otra vez (pese a todo, la televisión cumple la amenaza: informar). Eso es vivir más bien en vano. Al final del film, la familia se reúne por fin en Boston (cuna de los EEUU; antes el personaje de Cruise y sus hijos han cruzado el río Hudson en Athens), abrazados y civilizadamente reconciliados (bueno, la familia sí, puesta a prueba), después de esforzarse y haber demostrado (invasión marciana obliga) coraje, generosidad, audacia, amabilidad.

Quizá no deberíamos prescindir de lo único imprescindible: el ánimo suficiente para razonar y comunicarse, para entender, cosa imposible con marcianos o viviendo como tales y que es al final lo que nos hace civilizadamente humanos.

Lo dijo Bertrand Russell años después de Wells: "Recuerda tu humanidad y olvida el resto".