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procopio: café filosófico

Trash-Basura

Hace unos años leí el libro del profesor de filosofía de la UCM Fernández Liria titulado "Geometría y tragedia. El uso público de la palabra en la sociedad moderna", editado lamentablemente en una editorial terrorista, no en el sentido figurado, sino en el sentido de que es propiedad del dramatarugo -acéptese la broma- Alfonso Sastre y Eva Forest, reconocidos proetarras. Tenía algunas referencias de tal profesor por un libro suyo, "El materialismo", cuya reseña había leido en la revista "Archipiélago". El título del libro que leí sin duda me llevó a comprarlo, pese a la editorial que lo publicaba, puesto que es el tema esencial que había abordado en mi tesis "Idea trágica de la democracia", que, como ya he sostenido medio en broma en alguna ocasión, podría titularse, al modo spinoziano, "Democracia demostrada según el orden cuántico" o algo así.

El libro de Fernández Liria lo leí entero, y ahora lo he vuelto a releer por encima para, tras extraer algún apunte, tirarlo de una vez a la basura. Me limitaré ahora a criticar todos los puntos en que se equivoca el profesor Fernández Liria.

En primer lugar, el profesor Fernández Liria no lleva a cabo ningún análisis, digamos ontológico y científico, del tiempo y de la eternidad, cuestión clave en los lamentos y deseos del autor. Tampoco lleva a cabo ningún análisis de la idea de razón que maneja, y esto que digo puede sorprender a quienes hayan leido el libro, pues todo él se supone que es un análisis de las aporías de la razón y de sus consecuencias, entre ellas fundamentalmente los derechos del hombre y los problemas sociopolíticos de los dos o tres últimos siglos. Pero en realidad no hay ningún análisis serio de la "razón", limitándose el autor a manejar en el mejor de los casos la crítica kantiana, y sus aporías. El autor olvida los análisis sobre la razón y la sensibilidad de toda la tradición británica y estadounidense, y tampoco parece atreverse a plantear él mismo una idea consistente de razón, como en cambio yo sí hice en mi tesis "Idea trágica de la democracia". Por supuesto que esto tiene que ver con los problemas con los que finaliza -y empieza- su libro, que son los de la salud, la ética, y de hecho el conocimiento -aunque aquí el autor, kantianamente, aborda todo el asunto desde la perspectiva de una antropología como ciencia total que por lo demás tampoco parece convencerle ni a él mismo. En contra de lo que sostiene el profesor Fernández Liria, la clave de bóveda filosófica sigue siendo el correcto planteamiento de una "teoría del conocimiento" que sea a su vez una "ética", todo lo demás se dará por añadidura, en el bien entendido de que, en efecto, no hay una "teoría del conocimiento", o del pensamiento-conocimiento, en el sentido de una teoría científica. Sin embargo, esto no es razón para abandonarse perezosamente a las imposturas en que desemboca un kantismo por lo demás mal digerido.

No solo no hay ningún análisis de este tipo en este libro sino que dudo de que lo haya en su libro "El materialismo" por las notas del mismo que aparecen en este. Pero en todo caso el autor se equivoca incluso en su trabajo etnográfico de campo. Resulta que la enfermedad de la tribu india que visita en Chiapas no es debido sino a los propios visitadores de su laya; es decir, que la expulsión, la distorsión, la enfermedad, el mal lenguaje, etc., que afectan a un grupo de indios de Chiapas los provocó el supuesto salvador de tales indios, el conocido subcomandante Marcos. Aparte de este importante desliz, el trabajo de campo resulta de interés en los textos en que se registran las palabras de los propios indios, interés tanto lingüístico como antropológico, pero solo tangencialmente filosófico.

En segundo lugar hay un error no menos importante en el segundo capítulo, error muy frecuente en la filosofía universitaria española, y es el de considerar que el ágora se crea a instancias de la Academia, a su imagen y semejanza (pervirtiendo por lo demás a la propia academia), esto es, que la filosofía y la democracia empiezan con Platón (y aquí está, es bien claro, el problema y las aporías a las que se da hasta la estupidez, pues la filosofía o una parte de ella puede que recomenzara con Platón hasta que se dio cuenta de que no, de que no hacía filosofía, y solo después la hizo, eso sí, en gran manera, su discípulo Aristóteles, pero desde luego con Platón no empieza la democracia ni se da nunca cuenta de lo que significa la democracia). Este error recorre por lo demás todos sus análisis histórico-filosóficos sobre la política y el totalitarismo contemporáneos que vienen a darle su parte de razón a Popper cuando indicó que la filosofía supuestamente política de Platón era un antecedente histórico del totalitarismo. A la pregunta arendtiana, vamos a decir, de qué queda cuando la política se ha ocupado de lo político, no hay que contestar, únicamente, "la guerra", sino: la guerra, por supuesto, pero además precisamente lo social que tiende nuevamente a lo político, y no, como hace este profesor, deseando, en una especie de petición de principio, que la política se ocupe de lo social. Desde luego no parece esta última la mejor manera de salir de la infancia precisamente, y sí de desembocar integralmente en la "subnormalidad". Con este análisis me ahorro gastar ni un solo insulto a la defensa del comunismo soviético que el autor realiza antes y después de sostener muy humanitariamente que el Gulag y Auswitz son dos crímenes terribles y bla, bla, bla. Simplemente diré una cosa sobre el liberalismo económico en aras de cuya crítica el autor se coloca, pese a todo, muy dignamente en favor del Gulag y en contra de Auswitz. No es que me coloque yo, como el autor supone, en favor de Auswitz, es que lo que el autor debería saber, porque de hecho es lo que llega a escribir o casi a descubrir, es que Auswitz es solo un residuo del Gulag: cuando se "educa hasta la muerte", qué mejor que empezar por el principio, matando. El Gulag es el principio, Auswitz solo la consecuencia pasada por Mussolini (el Estado siempre tiene razón: a esto llama el autor, ya en delirio, "uso público de la palabra" y "enorme espacio político liberado" cuando se refiere respectivamente a la Universidad -y educación secundaria- estatal y a la Urss). Una vez más, el autor se mueve en un marco reducido de Revolución Francesa e Idealismo alemán, sin analizar para nada la tradición, asimismo revolucionaria, de Inglaterra y EEUU, entre otros países o lugares. No es que el autor acertara al manejar estas tradiciones si siguiera sosteniendo concepciones erróneas de la razón, el tiempo, el hombre o la libertad, pero al menos no haría el ridículo que en efecto supone reconocer que, al cabo, se está eligiendo un mundo inmoral. En cuanto al AMI, se trata de un proyecto, multilateral, por supuesto, cuyo antecedente se puso en marcha en los años 70 bajo el gobierno del más progresista y anti-capitalista de los presidentes demócratas del siglo XX, después de Wilson, que es el presidente Jimmy-para-los-amigos Carter.

O se sostiene, y se entiende debidamente, la tragedia del "khorismós", o no hay tragedia, ni geometría, ni democracia, ni nación siquiera. Es relevante que el libro acabe con una aproximación reivindicativa a la moral católica del amor y del matrimonio, que por cierto no queda ampliada sino tergiversada y destrozada por el oxímoron del matrimonio homosexual, engrendro que ninguna gran nación salvo la otrora católica por obligación España ha convertido en ley. Como venganza contra el catolicismo, la medida no deja de ser ridícula. Como medida demagógicamente católica, por cierto, es peor que ridícula. Mi aproximación a esta cuestión en mi libro "Ensayo sobre el sentido común" a partir de la noción de amor libre era estrictamente racional, pero por lo mismo el matrimonio, católico o evangélico, seguía siendo matrimonio y lo demás en todo caso amor.

Vale. Pues el libro a la basura y yo a Inspección Educativa.

Propuesta de un Memorial (Memorial Suárez)

Siguiendo el hilo de mis otros textos dedicados a Franco y al franquismo, y para ponerle punto final, voy a sugerir una propuesta de Memorial histórico genuinamente democrático. A día de hoy, la Memoria histórica de la vieja conjunción republicano-socialista se ha planteado de mala manera, pero por otra parte, el también ya viejo Valle de los Caídos no sirve como Memorial común, ni tan solo "impuesto", al menos desde el punto de vista de la democracia. De hecho el Valle de los Caídos nunca ha pretendido, que yo sepa, ejercer o simbolizar esa función. Es un monumento de los vencedores de la guerra civil, y aunque he dicho y reitero que el Memorial común democrático también lo sería básicamente de los vencedores de la guerra civil, en el sentido de que estaría presidido por su resultado, no sería un memorial de la guerra civil, ni de la dictadura, sino de la democracia, surgida, eso sí, de la dictadura.

No deja de ser obvio que Franco no puede presidir un Memorial como el que Lincoln preside en EEUU desde 1920. Entre otras cosas porque España no es EEUU. Pero también es obvio que Franco no puede seguir estando apartado, escondido o expulsado de la vida pública nacional. Repasando la historia política constitucional anterior de nuestro país, no creo que haya otra figura más importante, salvo quizá Cánovas y antes algún otro. No hablo del Franco que fue Jefe del Estado, Generalísimo de los Ejércitos, y Regente de algún modo, como también habían sido regentes en el siglo XIX Fernández Espartero en 1840 y Serrano en 1868. Pero sí hablo del Franco que ostentando estos cargos, designó en 1969 a Juan Carlos I como sucesor en la Jefatura del Estado por el pacto previo de 1947. Esto, de algún modo, tendría que presidir el Memorial, simplemente en la forma.

En cuanto al contenido, obviamente, por el mismo rasgo dictatorial del régimen franquista, el Memorial no puede tener como ojos vigilantes a los de Franco. Por tanto, se trataría de aunar esa forma en la que Franco designa a Juan Carlos I como sucesor con los contenidos propios de una genuina democracia, y, en nuestro caso, con los contenidos históricos de los mejores momentos, por así decir, de nuestra democracia constitucional desde 1812.

Por tanto, ese Memorial podría hacer referencia para empezar a las Cortes de Cádiz y a la Constitución de 1812. Luego, no se trataría de relatar una sucesión de reyes, porque ya hemos dicho que para empezar el Memorial lo preside el que lo preside, en cuanto figura monárquica más importante; y porque se trata de un memorial político moderno, indicativo por tanto básicamente de la historia de nuestros partidos políticos democráticos.

En este sentido, se trataría más bien de escoger a las figuras políticas más importantes de acuerdo con los criterios que presidirían el Memorial. Yo sugeriría las siguientes: Argüelles, autor del preámbulo de la Constitución de 1812 y discípulo de Jovellanos (es curioso que el autor de la Ley para la Reforma Política, es decir, de la transición a la democracia, fuera Fernández-Miranda, gijonés como Jovellanos) y Cánovas, cuya restauración borbónica impulsa el régimen de la Constitución de 1876, que es la Constitución democrática que más ha durado hasta hoy. Finalmente, quizá, Adolfo Suárez.

No puedo proponer a quien rechaza las bases de la democracia en España, teniendo en cuenta su historia anterior, sea la propiedad privada, la unidad nacional, el régimen monárquico o el liberalismo. O sea, no puedo proponer a quien propone la colectivización de la propiedad, el separatismo o la confederación, el régimen republicano, o el socialismo. Todo esto, como he dicho, no estaría acorde con los principios que presidirían el Memorial.

Se me dirá, empero, que ni Argüelles, ni Cánovas, ni Suárez, y menos el General Franco designando a Juan Carlos I, son figuras del Partido Progresista, ni desde luego del bando republicano-socialista. Mi respuesta es que estos deben aceptar sin más su derrota. Se me dirá que aunque el bando republicano-socialista hiciera esto, seguirían sin estar presentes figuras importantes del partido progresista, o del posterior Partido Liberal, y que por tanto el memorial quedaría sesgado. Mi respuesta es que después de todo ha de quedar históricamente, si así se quiere decir, sesgado. Pero aun así estas figuras son conservadoras con matices. Argüelles, en el periodo de 1812-1823, es un liberal moderado, no es un liberal de los llamados exaltados. Cierto. Pero dentro del liberalismo moderado, como he dicho, es más jovellanista que nobiliario (aunque en esto cometiera, contra el propio Jovellanos, el error del unicameralismo en la Constitución de 1812). En cuanto a Cánovas, tampoco es cierto. Cánovas es el fundador del Partido Conservador, pero tras su militancia en la Unión Liberal de O´Donnell, cuya fusión con el anterior Partido Moderado es lo que da nacimiento al conservador (el liberalismo de O´Donnell ya era matizadamente más conservador que el progresista de Prim). Argüelles y Cánovas, en fin, fueron figuras políticas civiles, no militares como Fernández Espartero, Narváez, O´Donnell, Prim, Serrano, etc.

En cuanto a Suárez, su figura viene a representar en la transición a la democracia ese maurismo que es la doctrina política más importante en España en las primeras décadas del siglo XX. Maura padre es, sin duda, una gran figura del partido conservador, pero es un conservador que antes había sido liberal. Eso serán los conservadores mauristas frente a los conservadores idóneos de Dato. Maura hijo es en parte responsable del desastre de la 2ª República y de la "dictadura republicana" de Franco. Pienso que Suárez representa bien este maurismo, el fracaso del maurismo senior, sean cuales sean ahora los factores a tener en cuenta en dicho fracaso, y su posterior evolución hacia el error y posterior rectificación encarnados en el maurismo junior. Suárez puede llegar a representar incluso, corrigiéndolo, cierto liberalismo progresista, como el del viejo Sagasta, o el de Alcalá-Zamora, y, en el mismo sentido, aun el radicalismo de Ruiz-Zorrilla y el de Lerroux. Por eso, a mi juicio, es él el elegido por el Rey para gobernar la transición a la democracia y la posterior consolidación del régimen constitucional de 1978.

Quizá, en fin, podrían ser sus ojos los que vigilasen el Memorial que estoy proponiendo, ojos recientes cuya vigilancia recibiría luz desde las lejanas Cortes de 1808-1812.

Una vez acordado quién ha tenido la razón y la justicia de su parte en los 200 años de constitucionalismo democrático español, un Memorial presidido por Suárez, designado por Juan Carlos I, designado por Franco, podría cumplir verdaderamente el papel de un legado, el papel de símbolo de una tradición y por tanto de una memoria histórica compartida.

Sobre la Reconciliación Nacional

En otro texto hacía referencia a la cuestión de la actual Memoria Histórica, esa iniquidad. Me referí a la posibilidad de elaborar un Memorial común, que obviamente entronca con la cuestión de la Reconciliación Nacional.

Lo primero que hay que decir es que la palabra Reconciliación es quizá demasiado presuntuosa. Una reconciliación definitiva entre convencinos, conciudadanos o compatriotas nunca es posible, de hecho en una democracia es lo propio que exista diversidad, pluralidad y conflicto, encauzados por medio de, básicamente, dos partidos políticos, nunca uno solo.

El primero en reclamar una reconciliación nacional fue, al parecer, el general Yagüe, el general del bando sublevado adscrito al falangismo más decisivo de la guerra española. Fue en 1938, el mismo año de la Primera Ley Fundamental de las ocho que jalonarán el régimen franquista, el Fuero del Trabajo. Yagüe fue desterrado 29 meses. ¿Qué quería Yagüe? ¿Una especie de empate, una no victoria del bando sublevado, una rendición del bando legal con magnanimidad por parte del bando sublevado? Cierto es que en 1938 prácticamente la guerra ya está ganada por parte de ellos, una vez que han llegado a Castellón rompiendo el frente de Aragón. Ya no hay ningún otro frente, después de que el de Extremadura cayera a las primeras de cambio, tras la toma de Badajoz por el mismo Yagüe en el 36.

La intención de Yagüe debía de ir por aquí. Pero ciertamente era una intención un tanto ridícula según la cual Franco nunca se hubiese sublevado: y es que Franco no era falangista ni tan ingenuo militarmente desde el punto de vista estratégico. Quiero decir que a mi modo de ver Yagüe era muy ingenuo al pretender que la Madrid republicanista-estalinista y la Barcelona nacionalista-estalinista pudieran rendirse sin más cuando la Urss las apoyaba más que Hitler y Mussolini juntos a Franco. Por otra parte, y no menos importante, ¿en qué términos se hubiese producido esa reconciliación? Es de suponer que en términos falangistas, aquello del "nuevo estado totalitario" que aun Franco proclama tras entrar en Madrid y ganar la guerra en el 39, y que duró no más de dos años. Imaginemos que Madrid y Barcelona y el resto de territorio "rojo" se hubiesen rendido y hubiesen aceptado una reconciliación nacional en términos falangistas, pues de algún modo compartían el totalitarismo con estos. No sé, al modo del pacto Molotov-Ribbentrop. Una reconciliación bajo el signo de un "nuevo concepto del trabajo", ya de algún modo insinuado en el artículo primero de la Constitución republicano-socialista del 31 tanto como en el nacional-socialismo "de los trabajadores". Vuelvo a recordar que la Constitución de 1931 no habla de "ciudadanos" sino de "trabajadores de todas las clases", en clara clave marxista. Pues bien, me temo que Franco hizo bien en mandarlo a la nevera hasta que luego lo rescató para enviarlo a la batalla del desierto entre Montgomery y Rommel, junto al monárquico Orgaz. Porque Yagüe, como todos los falangistas, era, vía el fascismo de Mussolini, pronazi, mejor dicho, pensaba que Alemania ganaría la guerra y querían estar del lado ganador, mediante ese fascismo "light" que era entonces el muy minoritario falangismo. También hay que recordar que los primeros en calificarse como fascistas fueron unos socialistas sicilianos de finales del siglo XIX: de ahí viene la palabra "fascio".

Dejando de lado que Franco lo envía luego al norte de África para equilibrar la balanza de su bando nacional en la batalla del desierto, imaginemos qué hubiese supuesto una reconciliación nacional falangista-comunista para España: nada menos que lo mismo que el pacto nazi-soviético que da inicio a la 2ª Guerra Mundial, como ya he dicho, quedando España totalmente del lado perdedor de la 2ª Guerra Mundial (primero perdieron los nazi-fascistas, porque tenían que perder, y luego, porque finalmente no ganaron, y porque eran el origen del mal, los soviéticos). Es de suponer, en fin, que como tal pacto nazi-soviético, la reconciliación nacional de Yagüe hubiese desembocado en una nueva guerra civil poco tiempo después. También sabemos qué podía llegar a significar el "trabajo" en el régimen nazi o en la Urss. No deja de ser alarmantemente sintomático que las primeras palabras de Rodríguez Zapatero como presidente electo del Gobierno por el Psoe en 2004 fueran las de: "A trabajar". Desambiguación: a la cola del paro tras ser explotado.

Los segundos en hablar de Reconciliación Nacional fueron los comunistas, el PCE, en 1955, cuando España había sellado sus alianzas con el Vaticano y los EEUU y había entrado en la ONU, y se disponía a arrinconar al falangismo (ya unificado con el carlismo y el sindicalismo en el 37, y nunca convertido en partido único del régimen, al menos desde el punto de vista orgánico, pues este papel lo desempeñaban unas Cortes corporativas no solo formadas por miembros de un inexistente "partido único") en aras del Movimiento Nacional, que es como Mola y el propio Franco definieron a la sublevación del 36 ("movimiento", "movimiento militar").

Los segundos en hablar de Reconciliación Nacional fueron, pues, los comunistas, el PCE, en 1955, cuando España ya se había constituido en "Reino" con Franco como cuasi Regente al modo de Espartero o Serrano (1947), o "director militar" como Primo de Rivera. Había sellado sus alianzas con el Vaticano y los EEUU, lo que supuso el regreso de muchos conservadores y monárquicos significados a España y, de hecho, el fin de toda posibilidad de restauración de la 2ª República, aun mantenida, hasta 1951 por el partido de Azaña, y había entrado en la ONU. Recientemente he tenido la oportunidad de leer el documento del PCE y en líneas generales es aceptable, solo que llenándose la boca con la democracia y las "fuerzas democráticas" olvidan empezar por sí mismos, todavía afectos al comunismo. La misma 2ª República en el exilio intentó prescindir por activa y por pasiva del PCE. El PCE no estuvo en el Congreso del Movimiento Europeo de 1962 ("contubernio de Munich", según los falangistas; "fin de la Guerra Civil", entre los partidos políticos, se entiende, según Madariaga, que había sido ministro de Educación en un gobierno radical-cedista, si no me equivoco). De aquel PCE surgen las actuales CCOO y de aquel texto el principio de aceptación por parte de los comunistas de la monarquía parlamentaria constitucional, al igual que ya había hecho mucho antes, incluso antes de acabar la II Guerra Mundial, parcialmente el Psoe (contactos entre Prieto y Gil-Robles). Pero teniendo en cuenta que el PCE vivía aun entre el adiós de un tal Federico Sánchez y el marxismo-leninismo puro y duro, la reconciliación era inviable.

En 1962 Franco solicita la entrada de España en Europa. Luego designa a su primer vicepresidente, el general Muñoz Grandes, hasta entonces Jefe del Ejército. Es una fecha crucial para esta cuestión de la reconciliación nacional. Porque si bien en Munich la reconciliación se produce entre los partidos parlamentarios del 36, no se produce con el régimen franquista. Según parece, fue un proceso que Franco consideró mal llevado, destituyendo al ministro de Información del momento, padre del actual político Arias-Salgado. Por un lado, ya estaba claro entonces que el sucesor no iba a ser Juan de Borbón, sino su hijo Juan Carlos I, el actual Rey, como se había pactado en 1947. Juan Carlos I tenía entonces poco más de 30 años de edad. Por otro lado, España había solicitado el ingreso en la Comunidad Europea, pero justamente las presiones del Congreso de Munich para que la Comunidad Europea rechazase la entrada de España, pues eso supondría legitimar a Franco, hicieron que finalmente la respuesta fuera negatia y a España no se le fijase fecha de entrada en la Comunidad Económica Europea. Quién sabe si, en el supuesto de que esa fecha se hubiese establecido para finales de los años 60, la dictadura podría haber acabado antes sin esperar al fallecimiento de Franco en la cama. España estaba creciendo entonces al 7%, y no está ni mucho menos claro que un proceso de transición a la democracia con la posibilidad de gobiernos del Psoe pudiera sostener ese crecimiento, indispensable para la modernización del país. No es lo mismo un 20% de paro que un millón y pico de emigrados. Los emigrados serían hoy como un % de paro alto. Pero el paro se paga doblemente, y los emigrados, por contra, teniendo en cuenta obviamente su difícil situación, repercuten positivamente en la economía nacional. Yo suscribiría al cien por cien la petición de Madariaga de 1959: es hora de irse, General. Es una cuestión razonable. Pero francamente, más allá de la utilidad del Congreso de Munich en la modernización y democratización de los partidos políticos españoles, ahora no veo tan claro que el General fuese el problema. Tampoco era la solución, en el bien entendido que la solución era la suya, la de Juan Carlos I, aun muy joven todavía.

Sea como fuere, desde 1955 hasta 1962 se produce ciertamente un principio de reconciliación nacional genuinamente política, más plausible que la propuesta por el general Yagüe en 1938 pero no desde luego según el planteamiento comunista, pues, repito, los comunistas ni siquiera están en Munich en 1962. Por parte del régimen franquista se proclaman los principios fundamentales del Movimiento Nacional. Salvo dos principios, son principios elementales de cualquier democracia occidental. Tenemos, pues, un movimiento nacional franquista y un movimiento europeísta de los partidos políticos, tanto filo-franquistas como anti-franquistas. Por parte franquista, tenemos una solución monárquica al embrollo de la guerra civil y de la 2ª República, embrollo que se remonta a los años anteriores a Primo de Rivera (yo diría que a la huelga general de 1917, celebrada bajo la frase de Araquistain: "Le digo a la Corona: o una política francamente aliadófila o la revolución", frase que trataré de analizar en otro momento). Por parte de los partidos políticos más o menos reconciliados, tenemos una paz civil en el marco de la comunidad europea, bajo la aceptación, aun crítica y discutida en ciertos casos, de la solución monárquica. Lo que ocurre es que unos están pensando en Juan de Borbón y no en Juan Carlos I. De ahí que Franco designe como vicepresidente al general Muñoz Grandes, firme partidario de Juan Carlos I. Se dice que, tiempo después, el hijo del general Muñoz Grandes fue uno de los brazos derechos de Juan Carlos I en la noche del 23-F. Descartadas o superadas las reconciliaciones de Yagüe y del PCE, un principio más o menos consistente de reconciliación estaba fraguado a inicio de los años 60.

La tercera vez que se habló de reconciliación nacional fue durante la transición a la democracia. Se suele decir que el PP no acepta la democracia porque no condena la sublevación del 36 ni la dictadura de Franco. Me parece que durante el Gobierno de Aznar se hizo una especie de gesto de reconciliación entre combatientes de la guerra civil, si no condenando la sublevación, cosa que me parece que sí se hizo, aceptando el hecho de que había sido en contra de la legalidad establecida entonces. A algunos, como de costumbre, no les pareció suficiente. Pues mejor, ahora les digo que condenar la sublevación del 36 y la dictadura de Franco supondría condenar a la Corona reestablecida por Franco y encarnada en el rey Juan Carlos I, designado sucesor por Franco, y por tanto, sería condenar la Constitución de 1978, esto es, nuestro actual régimen constitucional democrático. De hecho, desde Eta, que apareció en el 68, hasta los comunistas, separatistas y confederalistas, es lo que algunos hacen todavía. El gravísimo gesto de Rodríguez Zapatero de contemporizar con esta condena constituye el enésimo error del Psoe, que este septiembre pasado al parecer volvió también a asumir el marxismo de los buenos viejos tiempos. El PCE, mientras tanto, está en la tarea de elaborar uno nuevo. Es razonable suponer que entre tanto condenado el PP se niegue a condenar el franquismo justamente en el Parlamento Europeo. No me gusta nada y pienso que es muy poco adecuada la palabra "condenar". Pero en todo caso la posición del PP me resulta muy razonable.

Vuelvo a repetir que una reconciliación nacional absoluta es imposible. La misma democracia es esa reconciliación. En nuestro caso, Corona y partidos políticos. La Corona reestablecida por Franco y los partidos políticos legalizados bajo la monarquía, que tanto tiempo antes habían aceptado "in abstracto" y que ahora aceptaban en la figura designada por Franco. He leido que la 2ª República en el exilio, que duró hasta 1977, y que desde 1951 había estado gobernada por Unión Republicana, el partido de Martínez Barrio, el tránsfuga del partido Radical de Lerroux, quien por contra se adhirió formalmente a la sublevación de Franco, se disolvió anunciando que había cumplido su "misión histórica". Martínez Barrio había presidido la 2ª República en el exilio desde 1945 hasta su muerte, en el importante año de 1962. Del 62 al 70 la República en el exilio fue presidida por el Psoe del exilio, cosa que demuestra las vacilaciones socialistas a la hora de aceptar la monarquía, etc. Del 70 al 77, fecha de su disolución, la República en el exilio estuvo presidida por el partido de Azaña, el mismo que ostentaba el cargo en el 18 de julio de 1936. Francamete, no sé a qué misión histórica se refieren. La Constitución a la que se iba en 1977 no iba a ser ni republicana, y menos socialista, los dos rasgos básicos de la conjunción republicano-socialista del 31. Como ya he comentado, Fraga conminó a González a sacar el marxismo de la doctrina del Psoe, si es que queríamos una democracia verdaderamente homologable, como se decía, al resto de democracias occidentales. Los únicos países que después de 1950 habían reconocido como gobierno legítimo al gobierno de la República eran México y Yugoslavia. Ni el PRI ni Yugoslavia mismo existen ya. Por su parte, Suárez trató con Carrillo y Tarradellas, y ambos aceptaron la Corona y la bandera nacional (el problema es que Tarradellas no tenía partido, porque de algún modo precisamente había renunciado a la existencia de partidos nacionalistas, pero tampoco manejaba el Psc-Psuc(Erc)-Psoe, liderado como estaba por Raventós, y, por otra parte, la herencia de la Liga era un Pujol más cercano a Prat que a Cambó, mientras la Erc histórica de Macià no renunció al separatismo cuando no aceptó el Estatuto del 79 bajo el cual, sin embargo, se puso, desgraciadamente, a gobernar en seguida).

No entiendo, pues, cuál es la misión histórica lograda por la República en el exilio. Ni siquiera la cuestión de las autonomías, que es la cuestión en que más asemeja la Constitución de 1978 a la del 31, es una aportación novedosa de la República. Puede que fuera novedosa en el proyecto de la 1ª nonata República, pero el conocido federalismo de Pi y Margall de entonces tenía más que ver con el confederalismo que con el genuino federalismo que acababa de ganar la guerra civil en EEUU. Por otra parte, la Mancomunidad de Cataluña, como una especie de primera comunidad autónoma, fue creada en la segunda década del siglo XX, como problema añadido, por cierto, al marxismo obrero. Salvo la renovada celebración de unas elecciones libres no sé muy bien qué misión histórica había logrado la República en el exilio, la de Azaña, la de Martínez Barrio, la del Psoe, la de Erc y la del Pce, pues tales elecciones libres se celebraban bajo el régimen que le declaró la guerra civil y la derrotó.

En cuanto a la reconciliación de 1962 en Munich, la duda razonable de que una reconciliación genuina no puede venir de un movimiento -nacional- transitado a la democracia pero impuesto de raíz por una sublevación militar es inferior, no obstante, al rechazo razonable de que la reconciliación se pudiera producir por un movimiento -europeísta en el mejor de los casos- dividido aun en cuestiones como la Corona, la nación, y, no menos importante, el liberalismo (económico, y político), anclado aun en la neutralidad de terceros en la guerra fría (España fue neutral en la primera guerra mundial, fue neutral, no-beligerante y neutral en la segunda, pero en la guerra fría no fue exactamente neutral, fue pro-USA, en el marco europeo, incluso antes de acceder Eisenhower a la Presidencia, al igual que puede sostenerse que había sido francófila, ni que fuera por el tradicional "pacto familiar", y por tanto aliadófila, en la primera guerra mundial), y anclado aun en lo que llaman "valores de la República", todos ellos relacionados con el marxismo y el laicismo doctrinario; el confederalismo imperial; y el rechazo de la propiedad privada y de las libertades individuales. Defectos todos ellos en efecto relacionados con los defectos de la Revolución francesa y que el fin de la guerra civil entre partidos políticos, según Madariaga, de 1962 en Munich no había acabado de eliminar plenamente. Por tanto, el importante acuerdo político de 1962 en Munich, debido en gran parte a la solicitud franquista de entrada en la Comunidad europea de principios de aquel año, solo se haría realidad durante la transición franquista a la democracia, en lo que tiene de transición franquista -Juan Carlos I, bandera nacional, rechazo del nacionalismo separatista- y en lo que tiene de transición a la democracia liberal -renuncia del marxismo. ¿Es una reconciliación impuesta, por así decir? En efecto, si así se quiere decir, pues el lema que la guía, mucho más cercano a FD Roosevelt que a Wilson, no es el de "ni vencedores ni vencidos", sino el de "vencedores y vencidos", radicando la victoria de los vencedores no exactamente en la dictadura de Franco que prolongó la guerra civil, sino en: la Corona en la figura de Juan Carlos I, la bandera nacional y la democracia occidental pro-estadounidense dentro del marco europeo.

Carta póstuma al General Franco sobre la cuestión masónica

Señor General, he hojeado su libro sobre la masonería, publicado bajo el seudónimo de Jakim Boor. Entiendo cuál le parece usted el problema, y en parte puedo estar de acuerdo. No obstante, le escribo esta carta con el ánimo de sacarle de alguna confusión y proponerle otras formas de hacer frente al problema.

Usted achaca a la masonería el atraso histórico de España, desde la caída del Marqués de la Ensenada hasta el fracaso de Antonio Maura, el posterior directorio militar de Primo de Rivera y, en fin, la República marxista-separatista. Pero aquí hay varias cosas mezcladas de forma indebida.

En primer lugar, siento comunicárselo, el atraso histórico de España no se inicia cuando Gran Bretaña y Francia le paran los pies a Ensenada. Se había iniciado mucho antes, cuando no se quiso ver, al menos desde finales del siglo XVI. No le daré una fecha exacta pero sí apuntaré a la Contrarreforma, lo cual no quiere decir al catolicismo ni menos aun al cristianismo. Nuestro Imperio, siento decirlo, se terminó entonces, y no con la pérdida de Cuba en 1898 en la guerra contra los Estados Unidos de América.

En segundo lugar, la Masonería tiene en su origen una razón de ser que no solo no va en contra de la dignidad humana y de la tolerancia sino que, bien entendida, y en sus límites acotados, promocionan estas verdades y la misma caridad cristiana. Este origen está ligado a la revolución moderna, científica, política, de los países más avanzados del momento, herederos de Grecia, de Roma, del cristianismo y de Europa. Usted entenderá que en la recién instaurada monarquía parlamentaria democrática en Gran Bretaña, a inicios del siglo XVIII, no hubiera instituciones aun adecuadas para los cometidos modernos de los que no se dedicaban directamente a las tareas de la administración y del gobierno. Ese y no otro es el origen de la masonería, ligada ciertamente a una confesión no católica, pero precisamente tampoco vinculada a la protestante que en aquel entonces aun excluía a los no protestantes, judíos, etc. El movimiento evangélico que rompe la obediencia a la Iglesia de Roma es legítimo en tanto refuerza la soberanía de las nuevas naciones modernas. Y en este sentido, la primera masonería, la masonería de Londres, no viene sino a reforzar esta soberanía, no solo por cierto en favor de los protestantes, pues será el caso que durante el siglo XIX judíos y católicos, nunca perseguidos -aunque sí excluidos- desde finales del siglo XVII, podrán contribuir con sus aportaciones a la política nacional.

En tercer lugar, no menos importante es el papel de la masonería norteamericana, heredera de la de Londres, y a su vez, independiente. Su ciudad es Filadelfia, donde se encuentra el mayor templo masón, y donde se encuentra, como usted sabe, el edificio en el que se escribieron las palabras históricas de que Dios nos creó a todos iguales y libres. Filadelfia no fue la primera capital de los EEUU, ni lo es desde 1800, pero lo fue durante el primer gobierno democrático de la nación más importante de la historia humana desde Roma y Grecia. Lo fue porque Nueva York no era suficiente para consolidar una nación, y lo dejó de ser cuando esta había sentado sus cimientos tras el primer gobierno Washington-Adams. Tampoco Benjamin Franklin jamás llegó a ser Presidente, y no obstante ningún otro de los norteamericanos se merecería más el ser llamado Padre de la Patria. La religión de los EEUU no es la masonería ni Franklin su primer Presidente, pero sin ambos, no hubiera habido ni EEUU ni Presidente. Usted sabe bien, aunque en 1946 aun no había sucedido, sino todo lo contrario, que EEUU fue el único aliado real y genuino que tuvo su Régimen hasta su fallecimiento. Usted mismo ha hablado con admiración sin tacha de su "espíritu democrático". Siento que el Presidente F. D. Roosevelt estuviera equivocado en su rechazo a que nuestro país entrase en las Naciones Unidas en 1946, pero los problemas del universalismo político y las confusiones con el papel de España en esta historia no son una invención de la masonería.

En cuarto lugar, por otra parte, comparto con usted el rechazo al papel sociopolítico que la masonería ha tenido en Francia y posiblemente en España. La Logia francesa ha cometido errores muy graves, entre ellos legitimar el terrorismo y convertir el laicismo en una excusa histórica para el totalitarismo. Errores que por cierto cometieron la Falange y Primo de Rivera, padre e hijo. En Francia, es cierto, la etiqueta masónica sirvió para un intento de superación del Estado democrático y de la religión cristiana en aras de un supuestamente perfecto Estado laico, un disparate que ensombreció las luces de la Ilustración durante varias décadas y que aun hoy amenaza de vez en cuando en apagarlas. Lo estamos malviviendo en España ahora y toda la Europa comunitaria se resiente también intermitentemente de estos achaques. Como usted sabe, en Francia el catolicismo perdió la batalla contra Enrique de Navarra, si bien luego este, a instancias del escritor Michel de Montaigne, hijo de judeoespañola e inglés, se convirtió a la religión de Roma. La utilización de la masonería para expulsar el catolicismo de Francia después de la revolución de 1789, meses después de que Washington fuese investido primer Presidente de los Estados Unidos de América, ha sido inicuo y criminal desde que en 1791 se rechazó la monarquía parlamentaria propuesta por Lafayette y Sieyes. Sin embargo, en estos doscientos últimos años, parece que la masonería francesa, a base de errores culpables y punibles, ha aprendido la lección. Aunque la presencia aun importante de la masonería en la política de Francia puede llevar a veces a confusiones intolerables, se permite su existencia y no se la expulsa, porque por otra parte, no pocos grandes políticos conservadores han sido masones o se han interesado de alguna forma por la masonería. "Maison" significa en francés "casa". Los masones comprenden que ellos solo deben aportar su cimiento a la casa común de todos los conciudadanos, hermanos, como usted diría, libres e iguales, y no construir una casa igual para todos al modo de una logia masónica. Como usted bien señala, es a esta pequeña pero a veces valiosa contribución a lo que se dedicó desde el principio la Logia inglesa, nacida de la Real Sociedad de Ciencias de Londres ("Royal Society"), con razones bien comprensibles en sus comienzos, quizá hoy solo de manera testimonial o residual.

Por tanto, señor General, cuando en su último discurso en el Palacio Real atacó usted la inquina comunista-terrorista, no puedo por menos que estar de acuerdo. Pero con la conspiración masónica-izquierdista, no tanto, simplemente no porque no haya o no pueda haber ninguna conspiración destructiva, sino porque su diagnóstico no es plenamente correcto.

Guarde salud.

Bosquejo de una Doctrina Franco

Siempre me había preguntado con qué propósito digamos positivo se sublevó Franco. Es decir, no solo si se trataba de una sublevación militar contra una chapuza colosal como eso de la 2ª República, que venía a aumentar los errores de los dos primeros tercios del siglo XIX, la 1ª República y, at last but not least, la Dictadura de Primo de Rivera. Por lo visto, como ya imaginábamos, Franco tenía uno y no era el Estado totalitario de los falangistas.

Cierto es que Franco no es Lincoln como tampoco España es obviamente los Estados Unidos de América. Pero hay un propósito que, para empezar, está escrito en el Manifiesto de Las Palmas, leído el mismo día del alzamiento y del que solo ha quedado aquello de "Españoles todos". Léanlo entero o escúchenlo en Youtube. Acaba diciendo: "por primera vez y por este orden, se hará realidad la trilogía: fraternidad, libertad e igualdad". La referencia obviamente es la revolución francesa, por cierto no necesariamente republicana, pues quizá hubiese funcionado mejor una monarquía parlamentaria a lo Lafayette que la república finalmente convertida en imperio napoleónico. Hay que decirlo bien: república consistente en Francia no la hubo hasta los años 70 del siglo XIX, un poco antes que la Restauración de Cánovas en España y tras la victoria de Lincoln en EEUU.

Precisamente la referencia militar que Franco tiene en la cabeza cuando se subleva, consciente o semi-inconscientemente, es la llamada por los británicos Guerra Peninsular, conocida por nosotros como Guerra de la Independencia. Ciertamente conozco solo una ciudad que da nombre a su calle principal con el apelativo de la Independencia, y no es Madrid sino Zaragoza, sede de la Academia Militar. Pero, obviamente, después de la Guerra de Sucesión, es la guerra más importante de nuestro país, por encima de las guerrillas carlistas o la guerra de Cuba. Es la guerra en cuyo periodo se elabora y aprueba la primera Constitución democrática moderna de España. En Cádiz, en 1812, tras el Estatuto Real de Bayona que no funcionó como nada funcionó bien durante el reinado de Carlos IV y el de su hijo. Digamos, ahora, en un lenguaje políticamente moderno, que según Franco la promesa de la democracia, de la libertad y de la prosperidad, escrita por primera vez en las Cortes de Cádiz de 1812 no se había hecho realidad hasta entonces, al menos en la forma en que es modernamente esperable. Cierto es que Franco se apoyó en primer lugar en la posmodernidad falangista y en la pre-modernidad carlista, pero su proyecto es el de forjar una nación democrática moderna. Muchas figuras de sus gobiernos, ya desde los años 40, fueron ex-diputados conservadores de Acción Popular o monárquicos en la 2ª República.

Se ha hablado mucho del apoyo que le prestaron Mussolini y Hitler. El apoyo de Mussolini y Hitler fue mucho más allá de lo deseado por el mismo Franco, un apoyo por cierto menor del que Stalin ofreció a Azaña, Negrín, etc. El resultado de una República socialista fue que los totalitarismos, el comunista, que fue el primero y es la raíz de los otros dos, el fascista y el nacional-socialista, dirimieron sus diferencias en los campos de batalla españoles, hasta el pacto nazi-soviético que puso el prólogo a la 2ª Guerra Mundial tras la victoria de Franco. Sea como fuere, lo cierto es que Franco pensaba que Francia había actuado planteado mal las cosas (obvio es como el mismo De Gaulle dijo después) y que el Reino Unido ya no podía establecer las reglas europeas por sí sola tampoco (si bien pienso, en contra del Franco de junio del 40, que el Reino Unido no había perdido la guerra, porque era una guerra que, de hecho, desde la primera intervención estadounidense en el continente europeo, ya no podía ganar). También es cierto que tuvieron que recurrir, como en el caso de De Gaulle, y por siempre, a quien antes habían despreciado, es decir, a Churchill. También es cierto que ni la Liga de La Haya había evitado la 1ª Guerra Mundial, ni la Doctrina Wilson y la Sociedad de Naciones el ascenso de los totalitarismos. Aquí, en este punto, aparte del comunismo y en cierto modo contemporáneo a este, yace el problema del nacionalismo romántico (y del posmodernismo), que es lo que de alguna forma se había ventilado en la Guerra Civil estadounidense ganada por Lincoln. El Reino Unido, en mi opinión, no perdió la guerra, que ganó (le valía el empate), aunque en el proceso posterior ciertamente perdió sus últimas colonias.

En todo caso, no fue de apoyo a la causa nazi-fascista la política oficial del nuevo Estado español franquista todavía por definir -la proclama posterior al día de la Victoria de 1939, en la que Franco habla de un Estado totalitario, es obviamente una cosa falangista que no iba con Franco: oficialmente la política fue de neutralidad primero, de no-beligerancia después, y de neutralidad otra vez. Solo compartía una cosa con Hitler, y era el anti-comunismo (la División Azul), pero no desde luego para erigir el nazismo, que es su nieto.

Dicen que la noche del día del ataque imperial japonés a Pearl Harbour Churchill durmió el sueño de los justos. Me parece que Franco, bajo presión nazi de entrar a favor de los nazis en la guerra, también. No es casualidad que en 1941 los falangistas dejaran de ocupar los primeros puestos de mando en el nuevo Estado español franquista, que de momento solo se había definido por un Estatuto del Trabajo. En 1943, puede que baile algún año, Franco crea las Cortes Españolas, una especie de parlamento obviamente meramente corporativo. Su discurso en la inauguración de esas Cortes es, después del Manifiesto de Las Palmas, el segundo texto de lo que a partir de entonces puede llamarse Doctrina Franco. Este discurso empieza: "Queremos libertad pero con orden". Lo que sigue también me parece bien y es lo que Franco considera delictuoso. Todo eso que atenta a la moral cristiana y cuestiones de justicia social. En 1945 estas Cortes aprueban la tercera Ley fundamental, el Fuero de los Españoles, una especie de Estatuto de Derechos básicos. Y luego la de Referendum, y en 1947, la de Sucesión monárquica, en la figura del hijo del Conde de Barcelona, que es corroborada en referendum plebiscitario en la primera forma de participación política más o menos libre tras la sublevación. Me parece que no es Juan Carlos I el que ha hecho que la monarquía se acepte por el pueblo, sino Franco.

En todo caso, estos años son difíciles, porque cuando España iba a ingresar en la OTAN por invitación de EEUU, que con Truman vuelve a abrir su embajada en Madrid en 1950, tras la crisis del puente aéreo de Berlín, el Reino Unido se opone. He leido las razones de este rechazo y pienso que, más allá de cierto tiempo de espera prudencial, fue un error, hasta tal punto que la URSS no cayó sino en 1989 y a causa de la elección de un presidente aun más importante que FD Roosevelt, como es Reagan. También es posible que no hiciera sino alargar la dictadura franquista hasta la misma muerte de Franco. En fin, por eso dicen que hasta la llegada de Thatcher, Reagan y Juan Pablo II, Franco fue el campeón del anti-comunismo.

En todo caso, España ingresó en la ONU en 1955, tras haber sido antes rechazada. Aquel mismo año se escribe el texto de la Reconciliación Nacional que firma el PCE clandestino. España ya tiene aliados consistentes después del experimento no-alineado de la Argentina de Perón (la primera "tercera vía", falangista). Son EEUU y el Vaticano. Hay una apertura. En las universidades se pelean falangistas, democristianos, monárquicos. Los falangistas son barridos por un falangista mismo, Arrese, que intenta acercarlos a las posturas que serán dominantes desde entonces, las del Opus Dei, conservadores y tecnócratas. Dicen que de esto se encargó Herrero, el padrino político de Suárez. No es una caída del caballo del franquismo. Franco era un militar prudente que en los años 20 leía libros de economía y hacienda. Había sido director de la Academia de Zaragoza y luego Jefe del Estado Mayor. Lo que no había sido posible en 1946, lo sería a partir de los años 50, especialmente a partir de 1955. De hecho, el Estado español franquista ya estaba definido desde 1947, como "Reino", "católico, social y representativo", en la ley de Sucesión de aquel año. Esto zanjaba la cuestión interior, digamos, acabada la guerra mundial y tras el inicial rechazo de las potencias occidentales, en espera finalmente de la apertura exterior de los años 50 básicamente de la mano de EEUU.

En fin, asentado un nuevo Estado y una política exterior básica en las dos primeras décadas del régimen, que poco tenían que ver con el falangismo, la política económica establecida a finales de los 50 romperá aun más con cualquier veleidad de este cariz, apoyándose en la ley fundamental a la que Franco dio la máxima importancia hasta su fin: la de los Principios del Movimiento Nacional. El Movimiento, que no era un partido único, aunque englobara a la FET y de las Jons, unificadas a su despecho ya en 1937, es precisamente el término que Franco y Mola emplearon desde el principio para designar a su sublevación ("movimiento", "movimiento militar"). El Movimiento Nacional no es de inspiración fascista, no hay tampoco ningún artículo que señale cosas como "artículo 8: Franco siempre tiene razón", aunque desde luego sigue siendo corporativista. Su inspiración, según el propio Franco, es más bien el "Estado novo" portugués de Oliveira Salazar, el profesor universitario soltero que ejerció la dictadura en Portugal. Un proyecto técnico de modernización, como de algún modo ya estaba indicado en el nombre que se le dio al inicial Estado español militar sublevado en 1936: Junta Técnica del Estado.

Desde 1937 muchos falangistas, viejos y nuevos, se habían ido reconvirtiendo a varias formas democráticas (Ridruejo, Laín, Tovar, o el mismo Aranguren, que en los años 90 aun hablaba de "movimientos" y que hoy es gurú del progresismo). Muchos otros participaron en la elaboración de esta ley, que es la sexta ley fundamental. Es de hecho una ley cuasi parlamentaria, aunque los deliberantes no fueran electos. Luego vendrán ya solo la del Estado (es decir, la del nuevo Estado potencialmente monárquico que se configura en 1966, corroborado en referendum, de cara a la anteriormente prevista sucesión), y la de la Reforma Política. Veamos: del 38 al 47, trabajo, Cortes, derechos, referendum, y Estado católico, social y representativo configurado en Reino con prevista sucesión monárquica. Del 47 al 58, una vez asentado exteriormente lo anterior, principios fundamentales del movimiento nacional de dicho Estado. Del 58 al 67, pese al traspiés europeo del 62, reconfiguración del Estado potencialmente monárquico en la figura del futuro Juan Carlos I. Del 67 al 76, de forma convulsa, reforma política.

Vale la pena mencionar que en 1962 Franco creó una vicepresidencia recaida en la controvertida figura del general Muñoz Grandes, el único que había tratado amistosamente con Hitler, en términos militares, cuando lo de la División Azul. El jefe del Ejército después. Su hijo fue uno de los brazos de Juan Carlos I en la repulsa del 23-F. Hoy en Wikipedia, de falangista de camisa vieja ha pasado a considerarse republicano (conservador) centrista. No es baladí que este militar fuera el designado como primer vicepresidente. Era de familia humilde, de Carabanchel Bajo. De Infantería, como Franco. Vicepresidente del Gobierno cuando Franco llega a los 70 años de edad. Es la respuesta franquista al Congreso Europeo de Munich y al rechazo a la petición de entrada en la Comunidad Económica Europea. El último presidente de las Cortes franquistas, tras el largo dominio de los tradicionalistas, también será un viejo falangista; será el que proclamará como rey a Juan Carlos I. En lo político, aparece entonces la figura de Fraga, que viene a sustituir a Gil-Robles como representante de los conservadores. En torno a esto, el problema del europeísmo y de la reconciliación.

En cuanto a la reconciliación, quiero señalar de pasada que es enormemente difícil y muy complejo que aquellos que han sido duramente castigados te consideren un benefactor. Alguna gente íntegra hasta la médula. Pero la santidad no es una obligación, sí viene a serlo la genuina ciudadanía. Yo soy profesor, otros son padres. Yo enseño, castigo y corrijo, y en general, los que me odian infantilmente, me quieren. Pero soy un profesor, no un Jefe de Estado, no creo nada, más bien dejo que cada cual se cree su vida. Con parte de mis enseñanzas, obviamente, pero no a mi imagen y semejanza. En un programa de la televisión sueca un periodista plantea esta pregunta a un sacerdote del Valle de los Caídos, y el sacerdote le contesta: si usted, allí donde pone "Caídos por Dios y por España", pone una "o", tendrá a los caídos por Dios (nacionales) y a los caídos por España (españoles). O tal vez al revés. Nacionales y españoles políticamente. Deportivamente. Es una respuesta muy razonable. Pero en la lápida pone una "y", no una "o". Quizá algo más que un valle de los caídos y una memoria de los vencidos habrá que hacer y se puede hacer. Ahora bien, si me he atrevido a postular una Doctrina Franco plenamente viable y vigente (Manifiesto de Las Palmas, Discurso de las Cortes, Principios Fundamentales), es porque, leyendo dichos Principios Fundamentales, solo con algún matiz, más o menos importante, no se puede no estar de acuerdo. Y también por otra razón, menos agradable. Y es la siguiente: la legitimidad de origen de dicha reconciliación tendría que venir de estos principios como la Constitución de 1978 viene de Juan Carlos I a través del General Franco.

Los principios fundamentales son nueve principios. Son los siguientes. En primer lugar, los principios doctrinales:

El principio I establece la unidad nacional y el deber de todos los españoles de servir a la Patria.
El principio II declara el acatamiento de la Nación española a la Ley de Dios formulada por la Iglesia, cuya doctrina inseparable de la conciencia nacional, inspirará las leyes.
El principio III señala la aspiración de España a la instauración de la justicia y la paz entre las naciones.
El principio IV otorga al Ejército el deber de defender la unidad, la integridad y la independencia de la Patria.
El principio V funda la comunidad nacional en el hombre y en la familia. Subordina el interés particular al bien común, y pone a todos los españoles bajo el amparo de la Ley.

Quizá el Principio hoy en día más controvertido sería el II. Pero no porque la apelación a la ley de Dios (Ley en mayúscula, eso parece casi israelita) sea una tontería, sino porque la nación española como nación política no puede ser una nación católica, apostólica y romana sin más, lo cual tampoco significa que haya de dejar de serlo. El problema del catolicismo y de la tolerancia religiosa. Nuestro Estado de 1978 es constitucionalmente aconfesional.

Luego hay unos principios orgánicos:

El principio VII instaura la Monarquía como forma política, con las notas de la tradición católica, social y representativa.
El principio VIII ordena la participación política a través de la familia, del municipio y del sindicato.

Bien, aquí, en 1958, ya está la Monarquía como forma política. Mucho mejor que una conciencia nacional católica es esto de "las notas de la tradición católica" afectando a la Corona. Social es una cosa extraña, pero, en fin, nuestro Estado de 1978 también lo es. Representativa, supongo que quiere hacer referencia a la política, en este principio solo entendida de forma corporativa u "orgánica". Hoy entenderíamos representativa en su sentido político genuinamente democrático. Nuestro Estado de 1978 es democrático.

El principio VIII, junto con el II, es el más cuestionable. En este caso de forma plena. La familia, y la humanidad, ya han sido mencionadas antes, en el Principio V, referido a la comunidad nacional (política), junto con el bien común y el amparo de la ley. La idea de que el municipio preexiste de forma natural a la comunidad política y a la ley, aparte del hecho obvio, no es cierto, ni los municipios ni las regiones. Esto es un municipalismo y un federalismo mal entendidos, tanto por el Calvo-Sotelo de los años 30 como por Pi Margall, como por el corporativismo franquista de inspiración, en esto sí, falangista-carlista-sindicalista. Los problemas de concreción no se arreglan con preexistencias ni despotismos.

Se ha dicho que si el Rey juró esto, su Gobierno posterior a la muerte de Franco conculcaría en este punto su juramento. La octava ley fundamental, la de la Reforma Política, es una especie de última enmienda final al nuevo Estado español franquista. Pero de hecho, esta ley fundamental, la de la transición a la democracia, no es que conculque el juramento hecho a una ley fundamental y a uno de sus principios, es que deroga todas las leyes fundamentales anteriores, el Estado franquista por entero, salvo, cosa de suma importancia, su Jefatura, en este caso atribuida por dichas leyes y bajo dichos principios a la Corona en la figura de Juan Carlos I, leyes que en dos ocasiones, 1947 y 1967, fueron plebiscitadas por el pueblo, así como también fue igualmente plebiscitada la misma ley de reforma política de 1976 -de hecho, pues, en virtud de la prescripción introducida en la ley del 47 sobre la celebración de referenda según la ley del 45, el pueblo mismo aprobaría en este sentido la reforma política. Por tanto, el Rey, como nuevo Jefe del Estado, estaba plenamente legitimado, precisamente de forma franquista, por así decir, para hacer lo que hizo. De hecho, después de todo, salvo dos principios fundamentales de la ley del 58, el resto puede encontrarse de una forma u otra en la Constitución de 1978. Los que no están son el II, aun heredado de la Constitución de 1812, y el VIII, el de la "democracia orgánica". Pero si leemos atentamente el principio VII, principio orgánico precedente, referido a la Monarquía, que es a quien se le ha otorgado la Jefatura del Estado, vemos que "las notas de la tradición católica, social y representativa" que la acompañan pueden significar otra cosa que lo mencionado en los principios II y VIII: no una nación católica y orgánicamente representada, como fue la apariencia franquista, sino una monarquía parlamentaria tocada de catolicismo con aspiraciones a la justicia social, que es lo que nuestro Estado viene a ser.

La Doctrina Franco que propongo sería pues una doctrina "no escrita". Algunas ideas o principios básicos que, más allá de lo que dicen que Franco dijera sobre la democracia, entroncarían con principios elementales de cualquier democracia occidental moderna. En tanto obviamente la Ley para la Reforma Política no deroga la Corona, tampoco deroga de hecho a Franco, por así decir, que es quien la había instituido y designado, por tanto, tampoco derogaría lo que he llamado Doctrina Franco, que solo afectaría a unos principios elementales y no al armazón orgánico de su Régimen, este sí ya potencialmente derogado de hecho mediante la Ley del Estado de 1967, que es la última ley fundamental anterior a la Ley para la Reforma Política, y no solo potencialmente, podríamos añadir, en cuanto modifica algunos puntos importantes de las leyes fundamentales anteriores, por ejemplo en cuestiones como la de la libertad religiosa (como a su vez, ya el Fuero de los Españoles de 1945, que Franco ponía por delante del Fuero del Trabajo de 1938, vino a matizar este).

Simplemente, reconduciendo el Principio doctrinal II y rechazando el Principio orgánico VIII, ambas cosas en virtud del principio orgánico VII, que es el referido a la Monarquía, esto es, a la Jefatura del Estado, lo que llamo Doctrina Franco tendría que ver más con una cierta estrategia política plenamente democrática que con principios doctrinales o de organización ya periclitados por la propia sucesión. Según la Constitución de 1978, está claro que la participación política es individual y se articula básicamente a través de partidos políticos y otras asociaciones. El Estado es aconfesional, es decir, no es laico como tampoco organiza una conciencia nacional católica.

La nueva España democrática, la de la fraternidad, libertad e igualdad, entró en la Otan en 1982 más de 30 años después de que el Reino Unido se lo impidiera, y en 1986 permaneció en la Otan y entró finalmente en la Comunidad Europea después de más de 20 años de haberlo pedido. Entre tanto, desde 1955 estuvo en la ONU y sus aliados fueron EEUU y el Vaticano, además de otras tradicionales amistades, que en este caso tienen que ver con el problema del islamismo y de Hispanoamérica. Aquí es donde Aznar quiso acabar con el tardofranquismo sociológico que aun encarnaba en cierto modo Fraga, al rechazar el liderazgo de la Cuba comunista en Hispanoamérica, y al apoyar la guerra contra Irak y su socialismo árabe laico, una ideología que hasta el mismo alcalde franquista, experto en islamismo, de la ciudad de Salamanca, llamada en su tiempo "capital del franquismo", no veía con malos ojos. No parece que algunos entendieran bien esto.

El último principio es un principio programático:

El principio IX declara el derecho de los españoles a una justicia independiente, a los beneficios de la educación.

Finalmente, para acabar de perfilar una posible Doctrina Franco, reproduciré el testamento del General con el simple ánimo de darlo a conocer, teniendo en cuenta que se trata del testamento político de alguien que fue ante todo un militar, y a modo más bien de complemento personal a dicha doctrina:

"Españoles:

Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante Su Inapelable Juicio, pido a Dios que me acoja benigno a Su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir.

Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera por tales. Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España, a la que amo hasta el último momento y a la que prometí servir hasta el último aliento de mi vida, que ya sé próximo.

Quiero agradecer a cuantos han colaborado con entusiasmo, entrega y abnegación en la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre.


Por el amor que siento por nuestra Patria, os pido que perseveréis en la unidad y en la paz y que rodeéis al futuro Rey de España, Don Juan Carlos de Borbón, del mismo afecto y lealtad que a mí me habéis brindado y le prestéis, en todo momento, el mismo apoyo de colaboración que de vosotros he tenido.

No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros, y para ello deponed, frente a los supremos intereses de la Patria y del pueblo español, toda mira personal.

No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo.

Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la Patria.

Quisiera, en mi último momento, unir los nombres de Dios y de España y abrazaros a todos para gritar juntos, por última vez, en los umbrales de mi muerte:


¡Arriba España! ¡Viva España!"


El pragmatismo de James

Después de la charla sobre el pragmatismo americano que di en el curso del III Seminario de la SFPA me asaltaron algunas interrogaciones que no pude apenas plantear en la charla por la carencia de tiempo. La principal quedó más o menos solventada en el turno de preguntas: el pragmatismo, o como su fundador lo llamó, el pragmaticismo, no es una doctrina filosófica, sino un "discurso del método", a lo Descartes, para entendernos, pero tan anti-cartesiano precisamente en algunos de los puntos básicos de su principio discursivo de filosofía. Pedirle una fundamentación a este principio discursivo es lo que suele llamarse una petición de principio, sería como preguntar cuál es el fundamento del mismo filosofar, y finalmente de la aparición histórica de la filosofía, de la antigua con Tales, y de la moderna con Descartes.

Otra cosa son las doctrinas filosóficas de los diversos pragmatistas y sus fundamentos, que poseen e incluso a veces piden ciertamente con su poco o mucho de falacia. Y de ahí le vienen los errores a las doctrinas de Peirce (idealismo objetivo) y de Dewey (instrumentalismo o naturalismo transaccional). En Peirce el problema es que su semiótica acaba locamente convertida en un álgebra de la lógica, en una ciencia de la lógica y, por tanto, que su principio de "un nuevo realismo de un sentido común crítico" (al que llamó pragmaticismo) acaba convirtiéndose en un idealismo, con su ciencia de la lógica y su cierre de puertas a la realidad. En Dewey, el problema es que su instrumentalismo tiene también la pretensión idealista de una ciencia total, en este caso radicada no en la lógica, como en Peirce, sino en la antropología y en la historia, convirtiendo su naturalismo transaccional en una antropología -como ciencia total- de la historia -concebida-. En todo caso, a causa del pragmaticismo de partida, ambos errores son errores menores que los de Leibniz, Kant y Hegel, y a diferencia de estos, más bien subsanables. Así fue en el caso de los lógicos o semióticos pragmáticos posteriores a Peirce (C.I. Lewis, Ch. Morris, y hoy el mismo Putnam), que renunciaron a un sistema idealista entrando en conversación con la filosofía analítica británica del lenguaje, y en el de Hook y la escuela de Mead en los últimos días de Dewey y en las décadas posteriores, hasta Rorty (si bien se podría decir que la conversación de Rorty con el posmodernismo y en concreto con la filosofía europea continental peca del error contrario, si no es que se trata de cometer el mismo error otra vez de forma novedosa, cosa de la que el propio Rorty pareció darse cuenta y al parecer quiso evitar en uno de sus últimos libros, "Forjando nuestra nación").

Lo que en todo caso no quedó tan claro en el debate posterior a la charla en la SFPA fue la figura de James. La acusación de que el pragmatismo es una doctrina filosófica inconsistente yerra el tiro porque el pragmatismo no es una doctrina filosófica. Pero esta acusación puede llegar a tener algún sentido en el caso de William James, porque James, al popularizar y divulgar el pragmaticismo de su amigo Peirce, parece a veces presentarlo como una doctrina filosófica, en este caso, como una doctrina del éxito en la práctica al modo hegeliano, pero americanizado y por tanto mejorado. Esto, no obstante, cabría admitirlo con la boca pequeña, y no con la boca tan grande, como suele hacerse, porque en verdad James es muy consciente de que el pragmatismo es solo un discurso del método, aunque a veces se le vaya la mano o se haga ilusiones en su popularización. Si al igual que en Peirce o en Dewey, hay algún error importante en la obra de James, es solo este.

Pero James también elaboró una doctrina, si bien no de la enjundia filosófica de las de Peirce o Dewey (¿pero es esto un error, o simplemente se trata de que no elaboró una doctrina filosófica?). James, en esto, fue un especialista siempre, y no quiso convertir su especialidad en el álgebra de un sistema filosófico. Se empapó de toda la obra de Peirce, y a partir de aquí, fundó, tras estudiar con Wundt en Berlín, la primera cátedra de Psicología en los EEUU. Su especialidad, aunque más tarde pasara a ocupar una cátedra de Filosofía, fue la psicología, y su doctrina, que él no llamó nunca así, pues lo hizo uno de sus primeros discípulos, fue el "empiricismo radical". En "La voluntad de creer", no obstante, James alaba "la gloria del empirismo", y si bien no mencioné ningún gran discípulo de James en la charla, pues después de James no vienen un Royce, ni un Mead, ni un Hook, este empirismo radical es el signo más distintivo de la gran escuela de psicología americana que llega hasta hoy en figuras como Pinker.

Yo diría, para acabar, que lo importante no es el error que no cometió, sino el error que logró evitarle a la filosofía en Norteamérica gracias al pragmatismo que alguna vez estiraría más de la cuenta. Este error es el positivismo, que, a diferencia del marxismo, nunca ha sido un error de bulto en EEUU, ni siquiera aunque haya un poco de él en la semiótica de Peirce. Por otro lado, el pragmatismo popularizado por James también ha logrado evitar doctrinas parciales cerradas del tipo de las que en Europa se conocen como fenomenología y hermenéutica, aunque ciertamente los fenómenos, teóricos y prácticos, y su interpretación, formen parte del empirismo radical de James.

Es cierto que Pinker, en sus libros, arremete contra la psicología pragmatista, a la que sitúa no muy lejos del relativismo posmoderno. Pero esto significa que en estos psicólogos el pragmatismo ha dejado de ser un discurso del método para convertirse en una doctrina, no ya psicológica, sino filosófica, y por tanto, que este pragmatismo, como hubiese dicho Peirce, es un pragmatismo degenerado ("la verdad es semiótica, no pragmática", decía Morris), y al cabo, pues, que no es ni pragmatismo ni empirismo radical.

Finalmente, situé el neotrascendentalismo de Cavell, aunque hace hincapié en la primeridad peirceana, en la línea sucesoria de James, sobre todo por aquello del vitalismo emersoniano que ambos compartirían.

La sentencia del TC sobre el Estatuto de Cataluña (I)

Aprovecho mi respuesta al post sobre el tema del diputado socialista Pérez Tapias en su blog para comentar esta cuestión:

mi deseo sería que en efecto el TC recortase totalmente el Estatuto salvando solo cuestiones de competencia en las que simplemente cabe aplicar la ley y la práctica política sensata acorde con la ley, que es la Constitución.

el problema es que este Estatuto, al igual que la práctica política de los últimos 15-20 años en Cataluña que ha conducido hasta este Estatuto, se sitúa fuera de la ley, en concreto, como he dicho, fuera de la ley básica, que es la Constitución.

para no alargarme, resumiré en tres puntos qué es básicamente lo que este Estatuto vulnera:

-en primer lugar, como suele pasar cuando uno se sitúa fuera de una ley básica de una democracia, lo que este Estatuto vulnera no es siquiera dicha ley básica, sino de entrada la propia democracia. en concreto, vulnera un principio elemental de cualquier democracia, que es el siguiente: un cambio d gobierno no supone un cambio de régimen. en cuanto que un Estatuto es la norma fundamental de cada Comunidad Autónoma, el hecho de que el cambio de gobierno de 2003 llevara como programa básico el cambio de dicha norma fundamental, vulnera, pues, dicho elemental principio. de hecho, una vez aprobado el trámite en referendum, se procedió a celebrar nuevas elecciones en 2006.

-en segundo lugar, entrando en cuestiones puramente jurídicas, este Estatuto vulnera el principio de la soberanía nacional, popular, del pueblo español, democrática, o como más guste llamarla. y lo hace designando como soberano a la Comunidad Autónoma de Cataluña al definirla como "nación", cosa que obviamente choca con la Constitución, en la que solo se habla de nación, como soberana en su conjunto, al hablar de España, integrada por igual por nacionalidades y regiones, que se organizarían en unas Comunidades Autónomas. el término "nacionalidad" se entiende al leer en el siguiente artículo, lo cual es una novedad en nuestro constitucionalismo desde 1812, que "también" serán oficiales como el castellano las lenguas respectivas en sus Comunidades Autónomas: y este dato, el de las lenguas oficiales, es lo único que diferencia una región de una nacionalidad: una nacionalidad es una región en la cual además del castellano también es oficial una lengua distinta del castellano.

todo esto vulnera este Estatuto. de hecho, en la práctica, el castellano no ha sido nunca oficial en la Administración autonómica, en la televisión y radio autonómicas, y progresivamente -o mejor dicho, si usted prefiere, regresivamente- en la educación, cosa que este Estatuto viene a institucionalizar oficialmente, "blindando" el asunto, pasando del término constitucional de "nacionalidad" que integra la nación que es España, al término "nación", que no la integra, pues son equiparables, como vamos a ver en el siguiente punto.

-en tercer lugar, pues, lo que vulnera este Estatuto es el Estado de las Autonomías. como usted sabrá, el filósofo H. L. Hart sostenía que una norma secundaria tiene cierta autonomía con respecto de una norma primaria. en la línea un poco inductivista y anti-deductivista del empirismo británico, Hart quería decir que no todo y cualquier cosa se tiene que deducir exhaustivamente, reglamentariamente, de la norma primaria. ahora bien, igualmente Hart sostenía que una norma secundaria que choca o dice otra cosa que lo que dice una norma primaria, obviamente no tiene continuidad con la norma primaria, no forma parte del mismo orden jurídico, y en fin, como se suele decir, no puede ser. choca con, vulnera, la norma primaria.

como es claro, el planteamiento político de este Estatuto, muy resumido en su preámbulo, pero bien perceptible en todo su articulado, y en el hecho de incluir, como las Constituciones, una declaración de derechos y libertades, vulnera el orden jurídico fundamental establecido en la Constitución de 1978. el Estatuto del 79 tenía, es cierto, un poso historicista, no demasiado correctamente moderno, pero empleaba, como constitucionalmente está establecido, no más término que los de "nacionalidad" o "pueblo catalán" (en consonancia con el propio Preámbulo de la Constitución, en el que se habla de "pueblos de España"). si aquello legitimó una práctica que ha llevado a este Estatuto, no es difícil imaginar qué tipo de acción política se desarrollará a medio plazo en Cataluña con este Estatuto.

en todo caso, sin salirse de la propia lógica jurídica, no puede haber "nación española" y "nación catalana" a un tiempo (cabe recordar de paso, respecto a la acción política que es de prever, que el Parlamento autonómico de Cataluña se reconoció a sí mismo el consabido "derecho de autodeterminación" a finales de los 80).

de este modo, en definitiva, se entiende que el articulado del Estatuto considere a dos sujetos diferenciados pero equiparados: Cataluña, que es la nación, "el soberano", y el Estado, no el Gobierno de la nación, central, de España, o como quiera llamarlo. Este articulado rompe, pues, con el Estado de las Autonomías, con la organización de las Comunidades Autónomas, que tienen sus propios procesos de relación con el Gobierno y con las Cortes Generales, y de coordinación entre ellas y con dichos poderes, bien marcados en la Constitución y las leyes derivadas.

la bilateralidad que, por el hecho de la existencia de partidos nacionalistas que han influido en la formación de los gobiernos centrales, se ha ido prodigando en los últimos 15 años, queda aquí institucionalizada y "blindada".

el Estado es pues como se le llama al Gobierno central (y central aquí no se refiere al hecho de que Moncloa esté geográficamente en el centro de la península), mero poder ejecutivo (y de hecho, la ilusión es que se trata directamente con el Rey y solo teniendo al Rey por encima).

es decir, y esto es este Estatuto: el "Estado" le permite a "Cataluña" saltarse el poder legislativo, que reside en las Cortes, cámara de representación de la soberanía de la Nación, que es España.

la expresión "nación de naciones", siendo ya de por sí confederalista y no federalista (de hecho, si el Estado de las Autonomías era un modo español de Estado federal, este Estatuto rompe con el federalismo de la Constitución), no es siquiera aplicable al caso (de hecho, a ninguno, porque no existe ninguna democracia que sea una "nación de naciones"), porque genéticamente ("de naciones" es un modo genitivo) la nación catalana no es hija de la nación española, es otra cosa, de hecho la nación española en este Estatuto, por la vía de vulnerar la Constitución, no existe, existe el Estado, que a lo sumo, como he dicho, y como dice el Estatuto, cuando no el Rey o la Corona, es el poder gubernativo o ejecutivo.

es fácil, repito, imaginar qué puede ocurrir si el Estatuto no es corregido eliminando toda apelación a la "nación-Cataluña", a la "relación con el Estado", etc. es fácil imaginar que dentro del ámbito del nuevo Estatuto, unos referendums como los de los pasados meses, de autodeterminación e independencia, serán legales, aunque no sean jurídicamente vinculantes. es decir, serán legalmente reconocidos, dentro del Estatuto, sin atentar, pues, contra la Constitución, por el Parlamento autonómico. y a largo plazo, pues en fin, usted que es diputado lo tendría que saber: eso será capital político para un nuevo paso, no en la descentralización, sino en otra cosa, sea aun confederal (cosa que no ha funcionado nunca en ninguna democracia, otra cosa son imperios y cosas así), o directamente independentista.

resumiendo:

-vulnera el principio elemental de la democracia de que un cambio de gobierno no es un cambio de régimen.

-vulnera el principio constitucional de la soberanía de la Nación española.

-vulnera el Estado de las Autonomías, la organización constitucional de las Comunidades Autónomas.


una sentencia del TC que mencionara estas cosas en sus "considerandos" o argumentos pero que no invalidara consecuentemente el articulado del Estatuto afectado por tales argumentos o "considerandos", sería obviamente una sentencia jurídicamente ilógica, y políticamente insensata, si hablamos de sensatez.

otra cosa es acabar de convertir al TC en la abuela-que-todo-me-lo-perdona, malcriando hasta que sea demasiado tarde a los que tienen que crecer.

es decir, poniendo fecha de caducidad -interpretable- a la Constitución de 1978.


PD: al final me he alargado más de la cuenta. pero, ¿qué quiere decir usted con "nacionalismo español"? ¿cuál es esa ideología? ¿quiénes son sus autores? ¿cómo le achaca usted esa dolencia al Partido Popular? sabe usted que nuestro Jefe de Estado lo es de facto porque es el heredero de la dictadura franquista. considerando que eso es "nacionalismo español", ¿considera usted que la CE1978 es nacionalismo español leyendo lo que dice? qué más quísiéramos, incluso en ese supuesto, que así fuese el nacionalismo ideológico catalanista, por no hablar del vasquista. pero de momento esto es pedir quizá demasiada realidad, curiosamente para ustedes que alardean de realistas y de pedir realidad. lo que parece que piden es la guerra civil, que es adonde ha conducido siempre el confederalismo y demás.

para acabar, a mí tampoco me gusta mucho Alfonso Guerra, y la guerra aun menos. pero llegados a ese punto, casi se lo puedo asegurar, a la corta o a la larga, no habría otra cosa.

Educación... ¿para la ciudadanía?

Siento tener que decirlo.

Popular: conservador, reformista y radical

En los últimos años he venido escribiendo sobre la historia moderna de España, y más en concreto sobre la historia política -democrática cuando lo ha sido y cuando no también- de nuestro país, con afán de esclarecimiento y de exhaustividad. Pero brevemente me gustaría en esta nota destacar los rasgos esenciales y más o menos sucesivos, históricamente tomados, de lo que podríamos llamar derecha política, que en casi toda Europa se integra en partidos llamados "populares". ¿Qué es lo popular?

Bajo la sombra de Jovellanos, Argüelles es quizá el padre del liberalismo moderado, definición básica de la derecha política desde 1812, en contraposición al liberalismo progresista de la izquierda política, cuando ésta ha sido verdaderamente liberal y democrática, pero este es otro tema.

Argüelles está en las Cortes de Cádiz (consta como gran equivocación suya, en contra de la opinión de Jovellanos -el desterrado por Godoy durante la primera década de 1800-, el no haber incluido una segunda cámara, el Senado, en la Constitución de 1812, de cuyo Preámbulo o Discurso Preliminar es el autor). Y Argüelles vuelve a estar en 1820-23; de hecho es el primer presidente de Gobierno constitucional de la historia política de nuestro país al frente del liberalismo llamado doceañista, en oposición al liberalismo llamado exaltado que quería elaborar una nueva Constitución diferente a la de 1812.

Pero esta primera fase de nuestro constitucionalismo democrático no logra cuajar hasta la década de 1830, cuando se aprueba el Estatuto Real en 1834 y la Constitución de 1837. Entonces surgen por primera vez de forma estable los partidos políticos; al inicio, por un lado el Partido Progresista, y por otro lado el Partido Moderado, liderado por Martínez de la Rosa. Aun entonces, son partidos políticos muy débiles, y las dos décadas posteriores van a estar más bien marcadas respectivamente por Espartero y Narváez.

De este impasse surge la Unión Liberal de O´Donnell, en la que se forma Cánovas del Castillo. Y es Cánovas, en 1876, tras el fracaso de la monarquía saboyana y de la nonata 1ª República, quien funda el Partido Conservador, fusionando el Partido Moderado y la Unión Liberal, y aun integrando el tradicionalismo más católico que, como es sabido, había presentado sus dificultades en las Cortes de Cádiz de 1812.

El Partido Conservador, liderado sucesivamente por Cánovas (asesinado), Silvela, Maura, Dato (asesinado) y De la Cierva, desaparece en 1930 tras una lánguida extinción durante la Dictadura de Primo de Rivera. En 1914 había surgido en plena crisis de la Gran Guerra el Partido Reformista de Melquíades Álvarez. También entonces, derivado, por oposición a Salmerón, del Partido Radical de Ruiz Zorrilla, fundado mucho antes en la llamada revolución gloriosa de 1868, adquiere una gran dimensión el radicalismo de Lerroux, aun republicanista pero federal. Menciono estos dos partidos diferentes al Conservador porque durante la 2ª República formaron, junto a la CEDA, herencia moderada del extinguido Partido Conservador liderada por la Acción Popular de Gil-Robles, el único gobierno que la derecha política administró en ella, junto a un cuarto elemento formado por el tradicionalismo católico, si no me equivoco.

Esta es básicamene la historia de la derecha política desde las Cortes de Cádiz hasta la Dictadura de Franco, y, como se ve, a lo conservador (liberal moderado, o moderantismo liberal, como también se le ha llamado, aparte del sector, minoritario, más religiosamente tradicional), cabe añadir lo reformista y lo radical, un poco al estilo como el Partido Republicano, refundado y liderado por Lincoln a partir del Partido Whig (antes Partido Federal), es caracterizado como el partido de los "free-men", los "free-soilers" y los "free-labourists" (hombres libres, suelo libre y trabajo libre).

Claro que todo esto ha de pasar por el largo periodo dictatorial, en el que, por una parte, lo conservador (o como ya antes se había llamado, "lo popular") se va refundando hasta la figura de Fraga en los 60. Y por otro lado, lo reformista se ve engullido por el llamado Movimiento hasta dar en la Transición o Gobierno de la Monarquía con la figura de Suárez, primer presidente de Gobierno constitucional en la monarquía democrática restaurada, mientras lo radical o bien es engullido por el nacional-sindicalismo obrero de un Areilza, figura esencial de la Dictadura en los 40 y 50, que luego refunda la democracia-cristiana (en un Partido Popular que luego se integra en Alianza Popular via, digamos, Mayor Oreja), o bien resurge en el liberalismo centrista, tan errático y vapuleado por algunos de sus propios correligionarios, de Suárez. Lo más estrictamente liberal, sobre todo desde el punto de vista económico, resurge en la Dictadura en los años 50 con los llamados tecnócratas, López Rodó y compañía, que luego se integran en AP. En el terreno más político, ese reformismo que durante la 2ª República se había llamado liberal-demócrata pasará a formar parte básicamente de Unión de Centro Democrático, como he dicho, pero tras su desaparición (y el paso a la izquierda política de algunas de sus figuras durante las mayorías absolutas del Psoe en los 80, caso de los Fernández-Ordóñez), ese reformismo centrista y liberal-demócrata funcionará como palanca de la refundación y ampliación de la AP de Fraga en el actual Partido Popular, liderado por Aznar y ahora mismo por Rajoy. De ahí que este se defina como un partido de "centro reformista", enfatizando lo que le hizo renacer -si tenemos presente el claro antecedente del Partido Conservador de Cánovas- por exceso de compensación respecto de otras esencias más antiguas, como lo liberal moderado, o propiamente conservador (o, como también es habitual en Europa llamarlo, democristiano, hecha la salvedad de que lo democristiano, sea más tradicional o sea más abierto, caso por ejemplo del de Ruiz-Giménez en los 50, solo es una parte de la definición de lo conservador, como prueba el hecho de que el liberalismo conservador de Alcalá-Zamora no integrara la CEDA en los años 30).

Lo popular del Partido Popular diríamos pues que tiene bastante de conservador (liberal moderado y democristiano), y no poco de reformista y radical (centrista y federalista, o acaso liberal demócrata y republicano federal, respectivamente).

Y ahora un video de Los Ronaldos: "Saca la lengua". Lo buscáis en YouTube pues aquí no puedo colgarlo.