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procopio: café filosófico

Definición del Partido Popular

Según una encuesta reciente el Partido Popular se encuentra dentro de la gama del 1 al 10 donde 1 es izquierda y 10 derecha en el 6 y pico. Esto lo define claramente como un partido de centro-derecha. Otra encuesta reciente ha mostrado que en España los votantes solo se han situado más allá del 5 durante unos breves meses de mediados del año 2000. No conozco datos anteriores al año 2000, pero es de suponer que por lo menos desde la dimisión de Suárez y la victoria del Psoe en el año 1982 precedida del oscuro episodio del 23-F se han situado en la franja del 1 al 5, muy cerca del 5 pero siempre del lado del 4. Con la victoria del Psoe en el año 2004, precedida del atentado terrorista en los cercanías de Atocha, los votantes se llegaron a situar según esta encuesta en el 4,5.

Es claro por tanto que si bien el Partido Popular se sitúa en un 6 y pico como gran partido de centro-derecha, heredero del Partido Moderado de Martínez de la Rosa y Narvaez, sucesor del Partido Conservador de Cánovas, Maura y Dato y su secuela popular, su gobierno no pasaría del 5,5 si tenemos en cuenta que el extremismo del gobierno del Psoe desde el año 2004 se empezó situando en un 4,5 cuyos resultados y maneras hemos podido comprobar durante demasiado tiempo. Y es que después de casi 30 años situados en la margen izquierda del 5, este giro al 4,5 no podía traer más que consecuencias negativas, aparte de la manera como llegó, habida cuenta además de que el gobierno 2000-2004 del PP ha sido el más próspero de la democracia española en términos solo comparables a la larga década franquista de los 60 y a la década moderada de 1845-55.

Sin embargo, todos estos momentos de palanca hacia la prosperidad lo fueron en circunstancias difíciles e incluso adversas. La década moderada lo fue en un contexto económico de desamortizaciones mal hechas por el Partido Progresista, y de "enfrentamiento político de Constituciones" aumentado y empeorado por el resto de carlismo de 1700, que a la hora de la verdad complicaba y no facilitaba la política de progreso del Partido Moderado pese a sus eventuales conexiones. Había que sumar por tanto un conflicto aun no bien solucionado sobre el poder monárquico que luego además tuvo que enfrentarse a la conversión del carlismo en nacionalismos secesionistas o confederales, a la consolidación del marxismo como opción partidaria y al propio rechazo de la monarquía, a los sucesivos asesinatos terroristas de tres presidentes del Gobierno, Cánovas en Mondragón, Canalejas, que era liberal, y finalmente Dato antes del Directorio de Primo de Rivera. Los intentos de progreso de Maura en la primera década del siglo XX ni siquiera pudieron cuajar cuando el terrorismo no solo había asesinado al padre del régimen constitucional sino que asesinó también al líder liberal sucesor de Maura. Todas estas cosas condujeron a la guerra civil provocada desde 1917 por el Psoe mediante su huelga general revolucionaria ganada surrealistamente por Franco y su ejército nacional en 1939. Una vez la guerra fue ganada realmente, pongamos en 1950 con el reconocimiento de los EEUU -aunque la victoria en los puros términos franquistas no se produciría póstumamente sino en 1989, de ahí que en 1975 todavía la victoria mostrara signos surrealistas de totalitarismo-, tampoco el desarrollo de la década de los 60 fue pues normal pues ni había democracia ni la política económica se desplegaba en un mercado laboral realmente liberado. Tampoco el gobierno del Partido Popular de 2000-2004, después de la entrada en el euro, pudo cuajar en aquella legislatura de prosperidad una reforma laboral digna de una democracia avanzada, y además se encontró con un sistema educativo que se negó con estupidez apenas conocida a ser reformado y mejorado en aras del aprovechamiento de aquel potencial. 

Por tanto, el 5,5 de los votantes al que debe aspirar el Partido Popular para ganar el próximo Gobierno de España, como ha sido señalado tantas veces, no es el 6 y pico que define al gran partido de centro-derecha, pero sería suficiente para desarrollar una reforma laboral de largo alcance que permita épocas de prosperidad normales y no abruptas, sólidas y no inconsistentes, y más todavía hacer frente a las consabidas crisis cíclicas. Es decir, una reforma laboral que debería pues incluir una reforma del suelo adecuada, pendiente desde las desamortizaciones progresistas de 1830-40.

En cuanto al sistema educativo, debería reformarse la estructura del sistema, sobre todo en el nivel secundario, y cambiar la mentalidad del sistema empezando por devolver a los padres tanto la libertad de elegir como la exigencia de responsabilidad que les corresponde como padres.

Ahora bien, el hecho de que la política gubernamental del PP no pueda exactamente corresponder a su 6 y pico definitorio como partido político, y deba moverse como tal política gubernamental entre el 5 y el 5,5 (cosa que, repito, el PP en su mayoría absoluta de 2000-04 solo hizo durante sus primeros meses) en correspondencia con la generalidad de los votantes, o como mucho entre el 5 y el 6, no obliga al partido político a definirse meramente como partido de centro reformista, y este es el punto al que quería llegar.

Me temo que la obsesión por el centrismo le jugó una mala pasada al Partido Popular en su mayoría absoluta de 2000-04, pues ni siquiera conservó el último voto centrista de peso, los 400.000 votos sin escaño del Cds de 1993, que volvieron al PP en 2008 tras haberse ido -cosa que me resulta harto difícil de comprender- en 2004 al Psoe. Y eso que, repito una vez más, su gobierno apenas superó el 5 en la escala izquierda-derecha del lado del 6 durantes unos breves meses (aquellos meses en los que los niños de la calle de la casa de mi madre jugaban al beisbol en la calle en los días de la Eurocopa del 2000).

Un partido político que se sitúa en el 6 y pico no puede definirse meramente como de centro reformista. Esto no solo no atrae al centrismo a partidos minoritarios de tipo nacionalista sino que extrema sus posiciones más nacionalistas, y hace correr la escala hacia el 4 y no hacia el 6. De ahí que con un 4,5 en la escala el Psoe pudiera erigirse en el centro político en la encrucijada del 2004 tras los atentados terroristas. Se me dirá con razón, yo también lo digo, que una estrategia de oposición de ese tipo del otro partido político no es previsible en democracia, pero esa estrategia de situar el centro de la escala en torno al 4 y no al 5, extremando de paso a Iu, es anterior a la colaboración con Eta y los atentados terroristas, y en parte se la ofreció el PP en clamoroso error estratégico al definirse meramente como partido de centro reformista, considerando que la derecha estaba en los partidos nacionalistas, cuando en verdad estos partidos, si es que pueden situarse en una escala de ese tipo, estarían siempre del lado del 1 al 5 donde 1 también vale para 10. No se olvide que Ciu no apoyó la reforma laboral y se opuso a la reforma educativa, además de formar parte desde la primera línea del triste episodio de la reforma del Estatuto autonómico liderado finalmente por la Entente catalanista y de progreso vicepresidida por Erc, partido que multiplicó su poder político cuando en el año 2000 el entonces secretario general de Ciu se pasó a sus filas, mostrando que en verdad son dos momentos del mismo partido. Así pues, una cosa era la mayoría absoluta de centro reformista y otra el Partido Popular, mucho mejor engrasado hoy en día gracias a la labor de Rajoy. Suponer que situando al partido político en el centrismo, los "nacionalistas de derechas" se centrarán, es equivocarse en el hecho de que los nacionalistas sean de derechas; al situarse como partido político en el centro, los nacionalistas, que no son de derechas, se "centran", en efecto, es decir, se hacen más nacionalistas, pues la escala corre hacia sus intereses cuando corre del 5 al 1 y no del 5 al 10 (entiendo que 1 y 10 son posiciones de situaciones históricas de guerra, no políticas).

Por tanto, a mi modo de ver, el Partido Popular debería acometer una reforma en su definición como gran partido político de centro-derecha, y es definirse como conservador antes que de centro reformista. Una posible definición, que entroncaría con la historia política de la derecha española, sería: "El Partido Popular es un partido conservador de centro reformista". Yendo más atrás, al origen, la definición podría ser: "El Partido Popular es un partido moderado de centro reformista", si se quiere evitar la palabra "conservador". A buen seguro que si supiésemos mejor qué significa no el conservadurismo metafísico, si es que eso es algo, igual que el progreso metafísico, sino el conservadurismo político, que es de lo que hablamos aquí, lo evitaríamos mucho menos o no lo evitaríamos en absoluto. Si nos vamos más atrás, lo mismo podría decirse del moderantismo político. Cabe recordar además que tanto el Partido Moderado (1837-1868) como el más longevo Partido Conservador (1876-1930) se caracterizaron por el liberalismo, moderado en el primer caso frente al progresista, y conservador en el segundo frente al liberalismo del Partido Liberal. Me parece que por su mayor duración y amplitud el "conservador" es mejor que el "moderado", si bien este será siempre la referencia originaria.

Con todo, un componente eminentemente derechista a la postre seguiría quedando fuera de la definición, y es el radicalismo federal del gobierno radical-cedista de 1933-36. Todas las tradiciones políticas por minoritarias o ajenas al liberalismo moderado clásico que en algún momento o al fin y al cabo estuvieron del lado de la derecha política podrían rastrear la definición del PP como partido conservador de centro reformista y encontrarse. Todas, tanto el Partido Moderado como la Unión Liberal, tanto la heterodoxia de Maura como el idoneismo de Dato, tanto el Partido Reformista de 1914 (posteriormente Partido Liberal-demócrata) como la Ceda, el Bloque Nacional y el franquista Movimiento Nacional, tanto la Ucd como el Cds; todas, salvo el importante radicalismo federal de Lerroux, partido fundado en 1908 y que por tanto tuvo casi tanta vida como el primer Partido Moderado. Si en el reformismo incluiríamos al Partido Reformista y al Liberal-demócrata, o a la misma Unión Liberal si alguno no quiere ponerle adjetivos al conservadurismo, y el centrismo se remontaría sin dificultad al Cds y a la Ucd, herederas del Movimiento Nacional franquista, que a su vez entroncaría de la manera que sea con el Bloque Nacional y la Ceda, y la misma Ceda y los Partidos Conservador y Moderado se encontrarían en el primero de los términos de la definición, ¿cómo hay que rastrear la tradición para encontrar al radicalismo federal en la definición del Partido Popular? Difícil, porque en la definición del Partido Popular no aparece nominalmente por ninguna parte el radicalismo federal de Lerroux, antes llamado democrático por Ruiz-Zorrilla.

Quizá el centrismo podría de hecho englobar al radicalismo, pues no cabe olvidar que el primer Jefe del Estado nacional, General Cabanellas, en consonancia afortunada con el Gobierno radical-derechista (cedista, liberal-demócrata y tradicionalista) de 1933-36, era radical, y fue este radical quien nombró a Franco en Burgos Jefe de Estado y Generalísimo. Esto, en cuanto a la vinculación de la Ucd y el Cds con el Movimiento Nacional franquista y por tanto en cierto modo con el último radicalismo republicano. Pero, de hecho, el último gobierno antes del del Frente Popular fue el de un Partido Centrista, que es lo que había quedado de la descomposición inducida del Partido Radical de Lerroux. Pero como no estoy seguro de si se trataba de una continuación del radicalismo o más bien de una nueva escisión, esta vez la última antes de la guerra, no me atrevo a postular una vinculación nominal, si bien la conexión entre centrismo y radicalismo es clara, del mismo modo que en otros países como Francia.

Más aún quizá me atrevería a encontrar al radicalismo en el mismo término de "conservador" que el PP debería incluir en su definición estatutaria entre "partido" y "de centro reformista". El radicalismo federal sería de este modo el sentido del moderantismo, del conservadurismo político. Pero esto ya lo he tratado en otros textos.

Componentes del Partido Popular

El otro día apareció en el diario La Razón una encuesta sobre los componentes ideológicos actuales del Partido Popular, que daba los siguientes perfiles: 39% conservador, 17% liberal, 15% democristiano, 12% socialdemócrata, 5% centrista. En la escala de 1 a 10 de "izquierda-derecha", los encuestados se situaban en un 6 y pico.

Se ve claramente como el componente ideológico fundamental del Partido Popular es el conservadurismo, doblando el primero de los siguientes componentes, rozando la mayoria relativa (39%). Esto está lejos del "centro reformista", como vengo diciendo, que quiza tenía su sentido en los años de refundacion de la "derecha española" y fundación del PP, pero ahora no. La derecha hace tiempo que unida en el PP es ya "centro-derecha". En cuanto al reformismo, se pretendía hacer hincapié, no siempre con buen tino, dado que el reformismo en Estados Unidos por ejemplo tiene visos de proteccionismo y patriotismo de izquierda, en lo que Suárez denominaba progreso como proyecto de modernización de España, y cuyo abandono por parte del Psoe de González según denunciaba el mismo Suárez en 1989 explicaría en gran parte la situación actual. Apelar al reformismo o al progreso son este caso redundancias prescindibles en el bien entendido de que el conservadurismo popular no necesita más presentaciones al respecto desde el gobierno Aznar y la sucesión de su liderazgo en Rajoy, quien desde su acendrado moderantismo clásico ha ampliado el alcance del conservadurismo popular y perfilado mejor sus rasgos enriquecedoramente heterogéneos. Hoy ya no hablamos de centro y reforma como definiciones del PP, como si el PP fuera una simple gestoría de intereses más o menos legítimos, sino en todo caso como su programa de gobierno, distinguible de su esencia como partido político.

Lo que definiría al PP es, pues, el conservadurismo (ya el centrismo progresista de Suárez era de "moral conservadora"), actuando los demás componentes como rasgos políticos de dicho conservadurismo, propiamente político, pues: liberal, democristiano, socialdemócrata, centrista, según la encuesta del diario La Razón. De modo que por un lado tendríamos un conservadurismo tout court, que sumaría el 39% de su electorado, y por otro un liberalismo, una democracia cristiana y un centrismo socialdemócrata (aquí sumo ambos componentes por razones evidentes, que igualarían con el liberal en un 17% superando el 15% democristiano). Digo "por  otro" porque en la Transición tanto liberales, democristianos como centristas socialdemócratas formaron parte del grueso de la UCD pasando paulatinamente, más pronto que tarde, primero a AP y finalmente al PP, de forma definitiva, en mi opinión, precisamente tras el atentado del 11-M y las derrotas del PP de esta primera década del 2000.

Juntos, liberales, democristianos y centristas socialdemócratas sumarían un 10% más que ese conservadurismo nuclear del centro-derecha tradicional, se llame moderado, conservador o popular. Un 11% quedaría sin definir, como independientes. No era conocido hasta ahora el dato de que la "derecha política" tuviera votantes "independientes". Si bien las tendencias diferentes al conservadurismo sumarían más juntas que el mismo conservadurismo, la experiencia histórica demuestra que nunca fundaron un partido político distinto. Los dos más importantes, Unión Liberal de O´Donnell (gobernó cuando Lincoln) y UCD de Suárez (gobernó cuando Reagan empezaba), que en realidad no se denominaron partidos, no pasaron de los cinco años de gobierno seguidos, actuando coyunturalmente como centros políticos encauzadores más o menos afortunados. El caso del CDS de Suárez puede ser visto como una excepción, que remite sin duda a la excepción de los cuarenta años de dictadura del general Franco, precisamente como su continuidad. El centrismo demócratasocial -"progresista y liberal"- tomó su nombre del partido portugués homónimo de los años 70, un partido centrista precisamente considerado "derechista" como tal, al que se le añadió un PP democristiano al modo del PP democristiano de Areilza de la Transición, para formar, no en un único partido, sino junto al mayoritario PSD, la derecha portuguesa. Todavía en 1993, 400.000 votos fueron para el CDS, sin lograr, de forma insólita, ni un solo escaño en el Congreso. 400.000 votos pasaron del Psoe al PP en las elecciones de 2008, de los 700.000 que perdió el Psoe pese a recibir muchos de IU, lo que le valió para gobernar, yendo a parar los 300.000 restantes a la nueva formación de UPYD, nueva como la Fuerza Nueva de los 300.000 votos de la Transición, y con nombre de resonancias a la UCD, como Ciudadanos resuena al CDS. Este trasvase, como he dicho antes, me parece definitivo y enormemente significativo.

Como he explicado en otros textos, la derecha política española ha sido liberal jovellanista (liberalismo moderado) en las Cortes de Cádiz y en el trienio liberal. Luego Martínez de la Rosa, constituyente de 1812, fundó el Partido Moderado, que tuvo como principal lider "ejecutivo" a Narvaez. Luego Cánovas, que habia estado en la Unión Liberal, fundo el Partido Conservador, que tuvo como sucesivos lideres a Silvela, Maura, Dato y De la Cierva. Luego Gil-Robles fundó Acción Popular que junto a otros partidos formó la CEDA, miembro de los gobiernos radicales de la Segunda Republica y oposición, junto al Bloque Monárquico de Calvo-Sotelo, del desbarajuste del régimen. Luego de la transición de UCD/CDS y AP, Aznar fundó el actual Partido Popular. Por tanto: Partido Moderado (antecedentes: liberalismo jovellanista de 1812), Partido Conservador (Cánovas se inició en la Union Liberal de O´Donnell), Partido Popular (antecedentes: Partido Social Popular nonato de Gil-Robles y Herrera Oria en los años 20, luego Acción Popular de Gil-Robles; en la transición Partido Popular de Areilza -subsumida en la UCD de Suárez- y Alianza Popular de Fraga).

La excepción del CDS de Suárez, en mi opinión, no solo remite al largo periodo franquista sino también al radicalismo. Y aun más atrás, a Argüelles, padre de nuestra primera Constitución de 1812, autor de su "Discurso preliminar", discípulo del conservador Jovellanos y mito de un Partido Progresista que desde el principio, incluso desde la no inclusión del Senado por parte de Quintana en la nueva Constitución, tuvo problemas con la democracia real. Argüelles sería, por tanto, la figura histórica de nuestra democracia y el símbolo del centrismo político, en mi opinión, directamente vinculado, rectificación franquista mediante, con la figura de Suárez. Centrismo, radicalismo y franquismo (¿movimiento nacional?) serían, pues, "derechas" circunstanciales de algún modo aun y siempre presentes en el centro-derecha actualmente representado por el Partido Popular.

Por eso, de la encuesta del diario La Razón, un periódico próximo al componente centrista socialdemócrata del PP, como el diario ABC lo estaría a su conservadurismo, el diario La Gaceta a la democracia cristiana y el diario El Mundo a su liberalismo, corregiría precisamente la definición del componente centrista socialdemócrata, y más concretamente el socialdemócrata, del 12%, pues todavía viene caracterizado por el famoso malentendido "económico" del gobierno y discursos de Suárez. Se le puede criticar a Suárez alguna reticencia a la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, pero salvo en el tema económico, casi no hay diferencia en las figuras políticas de los tres, salvadas las distancias. Y en el tema económico, aparte del diferente contexto de una economía europea continental o semi-continental como la española en la que se produjeron tales políticas y discursos, las críticas a Suárez podrían verterse igualmente contra los mismísimos Hayek, Popper, Aron y compañía en textos que todavía en aquellos años andaban de vez en cuando con el freno de mano socialdemócrata puesto por determinadas sendas. Claro es que los señores Hayek y compañía lidiaban entonces no con los socialdemócratas, sino con los comunistas de diverso pelaje en los estertores de la hegemonía keynesiana europea cuyo último personaje fue su amigo americano Jimmy Carter.

¿Se trata simplemente de tachar, pues, la tendencia "socialdemócrata"? No. En mi opinión, se trata de ponerla al día en el sentido de hacer que prevalezcan en ella las tradiciones históricas más realmente arraigadas del radicalismo republicano y del monarquismo franquista al mismo tiempo, esta sucesora de la otra hasta el punto original, me atrevería a decir, de la radical-democracia de Ruiz Zorrilla en los tiempos de Amadeo de Saboya y del federalismo republicano de Castelar. Se me dirá, con razón, que ni el radicalismo republicano ni el monarquismo franquista son "ideologías" propiamente dichas, como tampoco el centrismo, ese 5% de la encuesta del diario La Razón que he remitido originalmente a Argüelles. No son ideología, en el sentido programático, pero son si cabe posiciones políticas más trascendentales en cuanto a que afectan a la conocida controversia históricamente concreta sobre la jefatura del Estado, su esencia, que son los derechos fundamentales, y su fin, que es la libertad. En cuanto al programa económico, esta tendencia, repito, conjunta, de centristas socialdemócratas, muy ligada socialmente a los empresarios autónomos, añadiría que o bien se encontraría próxima al componente liberal o bien constituirían uno propio, liberal en lo económico, pero no de la gran empresa, y por tanto más cercano a lo que conocemos como libertarios o anarcoconservadores. Ese 12% debiera leerse, en mi opinión, ligado al radicalismo federal más que a una economía socialdemócrata centralizada, y estaría teñido, pues, de libertarismo económico. O bien, sumados centristas y socialdemócratas en un 17%, ese 17% sería completamente centrista como segundo componente, ex-aequo junto al liberalismo, del diverso electorado popular, tal y como ocurre por ejemplo en Suecia, donde lo que aquí denominamos conservadores son allí "moderados", formando con los restantes componentes (liberales, centristas y democristianos) la opción partidaria del conservadurismo político.

Por siglas históricas, el 39% conservador correspondería a los mencionados liberales jovellanistas, Partido Moderado, Partido Conservador y Partido Popular. El 17% liberal a la Unión Liberal, al Partido Reformista, luego Liberal-Demócrata en la República, y al conglomerado liberal de la transición, primero en UCD y luego en la marca electoral de AP (Coalición Popular) y el CDS, si bien muchos pasaron a ser votantes del Psoe en los años 80. El 15% democristiano podría corresponder a los tradicionalistas de 1812, subsumidos luego en el Partido Conservador de Cánovas, en el Partido Social Popular de Gil-Robles, y en el Partido Demócrata-Popular subsumido en la CP de Fraga. El 17% centrista socialdemócrata podría corresponder a los liberales que fueron progresistas en 1812 y moderados en 1820, especialmente Argüelles; al Partido Demócrata-Radical, al Partido Republicano Federal, luego Partido Radical, y finalmente al CDS.

Un último apunte que me gustaría realizar tendría que ver entonces con la idea de que no habría un conservadurismo y por otro lado un liberalismo, etc. Sino que habría un conservadurismo político con distintos matices, principalmente "moderado", seguido a media distancia de un conservadurismo "liberal" y de un conservadurismo "centrista" (o "radical"), y finalmente de un conservadurismo "democristiano". Todo ello formaría un conservadurismo popular.

Esta corrección de los rasgos característicos del electorado popular de la encuesta del diario La Razón matizaría asimismo sus equivalentes, por así decir, mediáticos, en concreto impresos. Así, el diario ABC sería el principal diario conservador, moderado y en origen liberal a un tiempo, maurista de inicio, idoneista después, vinculado a la sublevación militar franquista finalmente, si bien censurado en algún momento por el mismo Franco, etc. El diario La Razón, originalmente concebido como una suerte de ABC vespertino por el ex director del ABC de los 80 en los años de gobierno Aznar, estaría más próximo al conservadurismo que he llamado centrista en conjunto, radical, maurista jr., "juancarlista", etc. El diario La Gaceta, de reciente aparición como implacable oposición al gobierno "Zapatero", también hijo a su modo del diario ABC, estaría por su parte más del lado del conservadurismo democristiano. Finalmente, el diario El Mundo difícilmente podría estar considerado como un diario conservador, si bien suele pedir el voto popular y acoger en sus páginas cierto conservadurismo, sobre todo el de tipo liberal, con dosis de democracia cristiana y algo de radicalismo. Pero con el diario El Mundo pasa a menudo lo mismo que con la "Derecha Liberal republicana" de Alcalá-Zamora, que como se ha visto no he situado en ningún momento como opción política conservadora por razones que sobra comentar. Por otro lado, ningún diario de Barcelona podría tampoco estar considerado como conservador, salvo precisamente el diario La Razón, en cuanto que el grupo de comunicación del que forma parte tiene su sede central en Barcelona.

El asunto de Indias, lo español y lo moderno

He tenido la oportunidad de leer el libro "Civilización y barbarie. Los asuntos de Indias y el pensamiento político moderno (1492-1560)", de la profesora japonesa Natsuko Matsumori. Aunque sea un libro con cuya tesis estoy en desacuerdo, como voy a tratar de exponer, es un trabajo que merece una atención por el asunto de que trata: el conocido asunto de Indias, o sea la cuestión de la conquista de América, su legitimidad, el derecho a la guerra y el derecho a la colonización española. Tal cuestión se planteó a partir del descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón en 1492 y no se dilucidó hasta la célebre Junta de Valladolid que enfrentó a Las Casas con Ginés de Sepúlveda en la conocida como Controversia de Valladolid de los años 1550-55 en el contexto del traspaso de la Corona de Carlos V a su hijo Felipe II. La Controversia de Valladolid, y su resultado, marcan todo un final de época, la que podríamos encuadrar como la del Renacimiento español, lleno de obras, traducciones, novedades y promesas de modernidad, definitivamente clausuradas en aquellas fechas de mediados de siglo no solo por el repliegue catolicista del Concilio de Trento sino sobre todo, y es la tesis que voy a sostener, por el resultado de la Junta de Valladolid.

La tesis de la profesora Matsumori, presentada en la UCM, es clara: los autores que trataron el asunto de Indias no son solo autores protomodernos o menos modernos que los clásicos del siglo XVI (Maquiavelo, Bodino, Althusio, hasta Hobbes y Grocio) sino más modernos en cuanto que son los primeros en plantear la cuestión de la cristiandad post-medieval en un contexto extra-europeo. Mi tesis es que el pensamiento político moderno, como dice en efecto el tópico, no se inicia hasta después del año 1600, y por tanto que los pensadores políticos españoles del siglo XVI son autores protomodernos, especialmente Francisco de Vitoria, tránsito de relevancia ineludible entre el Medioveo y el inicio de la era moderna, y prácticamente en igual medida Juan Ginés de Sepúlveda.

Como he dicho, después de la Junta de Valladolid la Escuela de Salamanca fue perdiendo todo su vigor, reduciendo el esplendor del Renacimiento hispánico al conocido "Siglo de Oro" literario -teatro, poesía, pintura, ensayo (Gracián) y la invención de la novela moderna con el Quijote de Cervantes-, que no deja de ser sin embargo también un canto de cisne. El proyecto imperial de Monarquía católica universal tiene su fin en 1650 con la derrota con Francia. En cuanto al pensamiento, y la política, el fin había sido anterior. La Universidad de Valencia, aunque, digamos, manteniendo su espíritu, había perdido toda posibilidad de desarrollo claramente moderno al perder a su máxima figura, Juan Luis Vives, muy pronto, en 1520 (la Universidad de Valencia será, no obstante, la que dará a luz la primera obra científica del pensamiento español en la tardía fecha de 1680). En cuanto a la Universidad de Salamanca, jamás se repondrá, hasta el punto de que la Escuela de Salamanca será en el siglo XVIII una mera tertulia literaria que a su manera intentará dar continuidad a las letras de oro que sobre 1680 precisamente habían concluido en la figura de Calderón de la Barca. Ambas escuelas son las dos grandes escuelas de pensamiento español hasta el siglo XIX, pero en el siglo XVIII, las figuras de sus órbitas respectivas, como Feijoo y Mayans -curiosamente, uno más científico, defensor de Locke, y el otro más literato, defensor de Cervantes-, desarrollarán su actividad fuera del ámbito académico. Una tercera universidad, la de Alcalá de Henares, de fuerte impronta erasmiana en sus inicios y por donde pasó más tarde Cervantes, también fue languideciendo en el siglo XVII hasta que acabó convirtiéndose contemporáneamente en la actual Universidad Complutense de Madrid -conservándose en la actualidad una Universidad en la ciudad de Alcalá de Henares, centro donde se concede el mayor premio de las letras españolas, el Premio Cervantes.

Es un hecho. La Escuela de Salamanca, sin ninguna duda, una escuela de pensamiento de enorme talla en la primera mitad del siglo XVI, no tuvo en su etapa posterior a Francisco de Vitoria más posibilidad de desenvolverse con vigor. No por falta de autores, y no solo juristas y teólogos, sino lo que empieza a ser de mucha importancia en aquel tránsito del XVI al XVII, economistas, como Juan de Mariana, o teológos modernos, como Francisco Suárez. Sino por lo que es de todos conocido: el expediente incoado a Mariana y su posterior expulsión de la Universidad, como lo es la sanción anterior impuesta al gramático Fray Luis de León, o el mismo hecho de que ya en los inicios del XVII Suárez, cansado de no poder desarrollar su teología moderna y por tanto una filosofía moderna, acabara marchándose a Coimbra, Portugal -en donde por entonces se hacían cosas similares a la muy posterior semiótica norteamericana de Pierce-, lo mismo que Francisco Sánchez desarrollara su enseñanza escéptica -entiéndase esto como no platónica- en Toulouse, Francia. En aquellas fechas, Galileo daba el paso del por qué al cómo desprendiéndose del aristotelismo medieval (lo que se conoce como tomismo, por Tomás de Aquino) e iniciando el método experimental moderno, a partir del cual Descartes elaboraría su discuso del método y daría inicio a la filosofía moderna, posteriormente desarrollada en Holanda e Inglaterra por los Spinoza, Locke, etc. En un camino tan relativamente sencillo como este no habrá ningún español hasta por lo menos el Balmes de 1830 (surgido de la Escuela de Cervera, o lo que es lo mismo, de la Universidad de Barcelona trasladada a Cervera tras la Guerra de Sucesión), si exceptuamos las obras de los autores ilustrados, que existir existen, pero siempre aun sometidas al ojo del Imperio católico, ya por entones poco más que un espejismo. La ontología primaria de Suárez, que en el ámbito de la teología suponía una especie de cortacésped de la maleza acumulada por la teología medieval heredada, no tuvo, entonces, ninguna continuidad española, al menos académica. La tuvo, sin embargo, de forma harto curiosa, en Alemania, aun entonces "país" en formación, a través de Wolff, y del contraste de esa ontología primaria con el empirismo británico surgirá, al modo cartesiano, la newtoniana filosofía de Kant. Es de lamentar que con esa lejana pero cierta influencia europea la ontología suarista no arraigara casi de ningún modo en su propio lugar. Tampoco tuvo su desarrollo académico la obra psicológica y aun tecnológica de Huarte de San Juan, más que en ámbitos muy reducidamente minoritarios y prácticamente sin influencia institucional como eran las pequeñas universidades renacentistas de la Andalucía oriental.

El causante de esta desbandada y fracaso general no es Ignacio de Loyola y su Compañía de Jesús. Ciertamente su tarea estaba sometida a la Iglesia católica, era una labor al servicio de la política imperial de monarquía universal. Pero salvo ese finale de verdad interrupta, cosa decisiva por cierto, el jesuitismo tuvo no menos ciertos rasgos de modernidad, en el plano institucional, en la disciplina de sus estudios, que aun hoy cumplen su labor. No se trata, pues, de expulsar a los jesuitas para modernizar el país, como hiciera Carlos III y ya en modo paródico y farsante Azaña en 1930. El causante del fracaso de la Escuela de Salamanca, de la ausencia de una filosofía moderna española, y en gran medida del colapso de la política española no fue otro que Bartolomé de Las Casas.

A diferencia de Vitoria y Ginés de Sepúlveda (en adelante Sepúlveda), Las Casas no tenía apenas estudios de teología ni era jurista y tampoco siguió una carrera eclesiástica. Natural de Sevilla, capital de la España colonial, se fue a las Indias en busca de prosperidad y aventuras. Allí se convirtió en sacerdote tras escuchar el famoso Sermón de Montesinos y ver lo que luego contó, con más exageración que verdadera inquietud. Más bien su figura se asemeja a la de un periodista, un cronista finalmente oficial con ínfulas de pensador. No todo lo que escribió Las Casas es mentira, es rechazable o está mal escrito, aunque la leyenda de Las Casas no es que sea negra, es que es falaz y no está bien razonada. Las Casas convirtió aquel lema de la Reina Isabel I sobre las "personas buenas" que debían hacerse cargo de las encomiendas del modo más justo posible en una ideología avant-la-lettre perfectamente descrita en el uso actual del término "buenismo", que en la etapa final de la Ilustración española, como era de esperar fallida, tuvo su correlato en el "majismo" (era Godoy), y que aun hoy sigue haciendo daño allí por donde circula. En este simple dato tiene razón la profesora Matsumori: la ideología actual del relativismo moral -pseudorelativismo, sostengo yo- tiene su gran referencia política mucho antes en Las Casas que en cualquier otro autor del continente europeo. Mucho más discutible es que también sea en Las Casas, y no en Vitoria o incluso en Sepúlveda, donde encontraríamos un precedente claro de lo que desde 1950 llamamos Derechos Humanos. El problema para nuestro país es que a partir de Las Casas "lo español" quedó identificado con el buenismo y el buenismo o majismo con lo moderno. Es decir, el problema es que desde 1550 España perdió el paso y la vista.

¿Cuál fue el grave error de Las Casas? El problema de Las Casas es que su pensamiento, si así podemos llamarlo, es pura y simplemente contradictorio. No se sostiene. Por un lado Las Casas mantiene que en efecto el descubrimiento del Nuevo Mundo es debido a la voluntad divina cristiana y que la bula papal de conquista de América es legítima. Si no cómo iba a estar allí Las Casas viviendo a cuerpo de rey y acabar poco menos que de consejero del futuro Felipe II. Por otro lado, la teoría de Las Casas es que esa legitimidad es solo potencial y que solo podría considerarse real si la conquista fuera justa. Hasta aquí, no hay mayor problema. El problema viene cuando tanto la voluntad divina como la bula papal implicaban per se el uso de la guerra, la consideración de tierra libre de toda aquella tierra no cercada ni cultivada, incluido por supuesto el mar, etc. Las Casas, en cambio, considera que la conquista debe realizarse, digamos, con el consentimiento expreso de los indios. Esto suena algo así como una broma en la que va un indio y le dice a un conquistador: "Oye, te dejo conquistarme por las armas". Si no fuera así, lo justo sería marcharse de vuelta a la Península Ibérica y dejar a los indios en paz. Lo curioso es que esto exactamente no fue ni podía ser nunca así y en cambio Las Casas hizo toda su vida allí, pues parece que había algo superior, precisamente, a cualquier otra consideración, y era la evangelización cristiana de los indios, a la que se dedicaba cada día Las Casas, justamente el título que su archienemigo Sepúlveda y su falsamente admirado Vitoria habían sostenido para legitimar tanto el descubrimiento como la colonización de América, con todas sus implicaciones.

Tanto Sepúlveda como Vitoria también legitimaron el uso de la guerra, el segundo con la cláusula del "sin abuso". No es que Sepúlveda se mostrase favorable al abuso en la guerra. Es que ambos, como buen conocedores de la historia, no eran tan ingenuos de pensar que en caso de darse una acción de guerra, no cupiera ninguna posibilidad de cometer crueldad, solo que Vitoria, desde un punto de vista estrictamente más teórico, acaba en una duda final solo sobre este aspecto. Pero el hecho es que esto no fue costumbre, en contra de lo que falazmente sostiene Las Casas, entre los cristianos, sino más bien costumbre, aun institucionalizada, entre los indios, contra otros pueblos indios, y contra su misma gente en el caso de los pueblos más institucionalizados, como prueba el conocido asunto de los sacrificios humanos, que cada año se contaban por millares. También cabe mencionar el hecho al que alude humorísticamente Sepúlveda de que doscientos arcabuceros hicieran huir a cuatro mil indios por ejemplo en la conquista -no autorizada, en efecto- de México. Por mucha pólvora que le eches en este asunto no se ve dónde está la crueldad cuando te enfrentas a un enemigo tan superior en número y cuyas prácticas bélicas ya eran de sobras conocidas por los españoles precisamente por su absoluta ausencia de piedad.

Leyendo las crónicas de algunos conquistadores, como Alvar Núñez Cabeza de Vaca o Hernando de Soto, puede verse que el ritual de la conquista solía desarrollarse más bien del modo siguiente: llegan los conquistadores a un pueblo, en el mejor de los casos cercado y con cultivos de maíz, pero casi nunca superior a unos 5.000 habitantes, pudiendo muy excepcionalmente alcanzarse los 20.000; antes de llegar al pueblo han enviado mensajeros y en la puerta del pueblo les espera el cacique indio con su séquito (las tribus tenían sus caciques, y también sus esclavos); los españoles le vienen a pedir información para conquistar tierras no habitadas con abundancia de metales que los indios no usaban, accediendo a protegerlos si les dan esa información, teniendo que enfrentarse en guerra si se muestran hostiles; normalmente, en casi todos los casos, los indios aceptan ponerse bajo la autoridad paralela del conquistador y suministran información sobre tales parajes, unas veces cierta, otras falsa. En México, Perú, anteriormente Caribe, Chile, Argentina, se van produciendo los asentamientos españoles, la fundación de ciudades, la evangelización de indios y la creación de universidades. Fin de la conquista. No obstante, nada tendrá un desarrollo más o menos progresivo poco después de 1600, salvo en lo que se refiere a la expansión territorial de los virreinatos, especialmente con el de la gran Colombia, avanzadilla de la Ilustración hispanoamericana.

La guerra contra los indios fue siempre una excepción y salvo en las conquistas de las grandes civilizaciones de México y Perú más bien cosa de escaramuzas. La conquista de México solo fue aprobada por la Corona a posteriori, actuando Hernán Cortés en un principio por su cuenta. La de Perú derivó en una guerra entre facciones españolas por el poder. Tenemos la maravillosa crónica del primer escritor mestizo de la era moderna, la del Inca Garcilaso de la Vega, para hacernos una idea de tales luchas, y para hacernos una idea de cómo había sido la experiencia desde el punto de vista de los indios, nada menos que la de una casa real que había visto el fin de su larga dinastía. También, gracias al Inca, nos podemos hacer una idea de cómo se había forjado en este caso la civilización india desde dentro, y de cómo las visiones utópicas europeas de la vida salvaje feliz distan mucho de parecerse siquiera a la realidad, sin menoscabo de todas las maravillosas curiosidades que el Inca nos cuenta al modo casi de un primer antropólogo moderno. No deja tampoco de resultar llamativo que el Inca se muestre a cada paso de su relato como un fervoroso católico de Trento, hasta el punto de alertar, no conociendo el alcance de sus palabras, contra aquellos que se dedican a estudiar "la filosofía de la naturaleza y del entendimiento humano". ¡Ahá, había algunos en España que estaban haciendo por entonces, finales del XVI, ciencia y filosofía modernas! Digo lo del alcance de sus palabras porque el Inca muestra, en justa fe cristiana, la suficiente inteligencia como para poder comprender que de haberse desarrollado, con la debida cautela, tales estudios en España otra hubiese sido la misma prosperidad de la América española. Y afirmo que al final de sus días el Inca Garcilaso de la Vega pudo haber comprobado hasta qué punto el buenismo de la era de Felipe II había afectado no solo a la razón de Estado sino a los sentimientos del pueblo cuando no pudo publicar su traducción de los "Diálogos de amor" de León Hebreo en España sino en Italia, lejos de las "bondades" del Imperio fracasado.

La conquista de América se produjo, pues, por el uso y el trato a partir de estos hechos más que por una política de aniquilación o esclavización masiva que cuando se produjo fue muy contextualizada. En todos sus recuentos de víctimas indias, Las Casas añade un cero de más, convirtiendo así el número 400.000 en el número 4 millones. Debía de ser su manera de contar. Como también tenía su manera de pensar. Por ejemplo sobre la religión, a la que debía voto. Este es el punto clave de todo el asunto de Indias. La baja idea, por decirlo al modo de Nietzsche, que Las Casas tenía de su propia profesión. La profesora Matsumori, ya equivocada por deslumbramiento, pasa por alto el dato. La paradoja de todo el proceso buenista de Las Casas es que lo único que quedó en pie en las Indias y en España fue la Iglesia católica de Trento, con su Inquisición, su bloqueo de fronteras, su condena del comercio, su impasse tardomedieval no resuelto hasta bien entrado el siglo XIX en el Concilio Vaticano I, su militarismo sin sentido. Afirmo que esto es paradójico y que pone en duda la autenticidad de la fe cristiana de Las Casas porque aquel Dios que a la postre era la única justificación de la conquista de América en aras de su evangelización -cosa que Las Casas seguía haciendo en Chiapas aunque según él la mera presencia de los españoles allí fuera una iniquidad, supongo que exceptuándose a sí mismo- no es otro que el Dios de los ejércitos del Antiguo Testamento, encarnado para todo el mundo en Jesús de Nazaret, pero no menos Dios por eso. Si a esto le añadimos el evidente dato del poso grecorromano de la Cristiandad y su desperezamiento moderno en aras de la democracia y el libre comercio, el Dios al que apela Las Casas, el sentido religioso de Las Casas resulta cuanto menos equivocado, hasta el punto de considerar que los indios no son solo superiores a los cristianos porque viven más despreocupadamente que los europeos sino sobre todo por su religión, y en concreto por los holocaustos humanos, que para Las Casas lejos de resultar una crueldad más propia de gente confundida constituyen una alta prueba de sentido religioso. ¡Cuánto más religiosos y buenos son si hasta sacrifican a humanos, siempre esclavos, por millares cada año por ello! He aquí el disparate del pensamiento lascasiano, el insostenible conato de raciocinio buenista, y, lo que es más grave para el caso, la inautenticidad de la fe cristiana de Las Casas, y de sus sentimientos de amor y de justicia, resaltando paradójicamente, por añadidura, el ominoso poder institucional y meramente institucional de la otrora buena confesión católica.

Sin duda, en la conquista de América se cometieron crueldades. El sistema social allí implantado padecía de toda la falta de equidad que asimismo se empezó a padecer en España. Qué se puede decir del caso de Núñez Cabeza de Vaca, sin lugar a dudas una de las pocas verdaderas "personas buenas", un español verdaderamente bueno, un conquistador sensato y leal con Dios, con el Rey y con los indios, que en general lo adoraron, tanto los del sur de los actuales Estados Unidos como los guaraníes del Paraguay. Un auténtico caballero político. Pues bien, este conquistador de diligencia sin igual fue traicionado por aquellos que en paradójica complicidad con el buenismo lascasiano vivían en el Nuevo Mundo como nuevos señores de la tierra. No conquistar más, manipular a los indios a conveniencia, vivir sin progreso no vaya a ser que tengamos que molestarnos y obedecer a alguno más realmente inteligente. En fin, la historia de siempre. Y el resultado de siempre a partir de entonces: el Rey decreta cárcel tanto para los traidores -que habían invocado al Rey y a la libertad en su traición- como para su leal gobernador. El trabajo realizado, por su parte, echado a perder, no reconocido y menos valorado. Fin del Imperio en lo que de bueno, al modo de la regla romana, podía tener. Fin del vigoroso Renacimiento hispánico. La decadencia de España. Si en esta historia no está claro quién es el bueno y quién es el malo, se comprende la posterior confusión de siglos, que aun dura. El reinado del buenismo, vacuo e inicuo.

Pero ahí continuó Las Casas pidiéndole al Rey que no enviase más conquistadores: supongo que con los que había a fin de cuentas ya podría entenderse. Parece como si Las Casas comprendiera en su corta inteligencia mejor a estos incompetentes y abusivos soldados que a tipos como Núnez Cabeza de Vaca. No hubo más como éste. Mientras los que ya estaban se dedicaran a no hacer nada, según Las Casas, se produciría menos daño que si se enviaban más conquistadores. Él podía seguir denunciando teóricamente la conquista y haciendo carrera prácticamente en la Corte, sentando el pensamiento del papel de España en las Indias, de lo que era una "persona buena" y en fin de lo que sería español o no en adelante, como de hecho así fue. El precio, paradójicamente, es de todos conocido. No desde luego muy económico ni para España ni menos para las Indias.

Lo curioso es que todo lo que decía ver Las Casas en los indios juró no verlo en los negros de África, de antiguo sometidos de tanto en tanto a servidumbre, por el viejo Egipto, por el mundo musulmán, etc. Así que a partir del buenismo lascasiano, los barcos que cruzaban el Atlántico de África a América empezaron a rebosar de esclavos negros, que abundan hoy en día precisamente en la órbita de influencia externa que Las Casas mantuvo en las Indias hasta su muerte: no tanto Chiapas como el mar al que Chiapas da, esto es, el Caribe. En efecto, el pequeño emperador vestido de sacerdote mantuvo intacto su dominio mexicano mientras podía observar como el Caribe se llenaba de esclavos negros. Una pequeña Europa medieval llamada Chiapas frente, y solo enfrente, al bello mundo salvaje, que aun hoy permanece ahí, con sus esclavos, sus tiranos, y otro disparatado etcétera.

Su "Brevísima relación de la destrucción de las Indias" se tradujo rápidamente al francés y fue motivo de la bien ganada "leyenda negra" de la era de Felipe II y sucesores. Estaría de acuerdo con la leyenda, pues, si no fuera porque el responsable último del colapso ruin de la política española no fue otro que el buenismo del sobrevaloradísimo Las Casas. No porque las Indias no fueran en efecto destruidas -mejor dicho, los pueblos indios. Sin duda, ni Inglaterra, ni Francia ni posteriormente Estados Unidos se toparon con algo parecido a las civilizaciones monumentales de Mexico y Perú, y sus guerras con los indios han sido menos reseñadas. Otra cosa más cierta es que a día de hoy se vea más gente de rasgos indios en la América hispana que en Norteamérica cuando por las crónicas de conquistadores como Hernando de Soto sabemos que había en Norteamérica pueblos indios a cada paso. No porque esto no sea cierto estoy matizando la leyenda negra, sino porque esencialmente, pues, el derecho de guerra que toda filosofía que se precie debe sostener, no difiere en demasía de un caso a otro, o si difiere es quizá -¡en el principio, en el principio denunciado por Las Casas!- en favor de la conquista española y no de la anglo-francesa y posterior dominancia estadounidense. Matizo la leyenda negra no por esto tampoco, no porque de hecho en el segundo caso los indios poco menos que desaparcieran. Nadie tan tonto pensaría esto si es que piensa, y si es que piensa que pensar es otra cosa es que ni piensa ni sabe lo que tan ufano se cree que sabe. Pero, en fin, contra los estúpidos, pues, en efecto, queda lo que tiene que quedar: sí, el derecho de guerra. Matizo la leyenda negra porque no fue este sin embargo el título primero del descubrimiento y conquista de América. Dios nos ha concedido la gracia de un país como Estados Unidos de América, que asume sus episodios vergonzosos como cualquier hombre de bien asume los suyos, si es que los asume como hombre corriente de bien y no como un ser perfecto llamado Hombre que no es. El resto es delirio. Matizo la leyenda calificada con el color negro porque en realidad nada ha hecho más daño a nuestro país y a nuestra cultura como el buenismo de Las Casas y sus secuaces, determinando hasta el día de hoy lo español como herencia de una mezquindad secular que no encuentra parangón en las cosas que verdaderamente ultrajan la dignidad y la inteligencia humanas, cuando lo contrario se podría encontrar en España también a cada paso.

Así pues, rogaremos a Dios, ciertamente, como en el poema de Rubén Darío, "A Colón", por el Nuevo Mundo que descubrimos. Pero con Vitoria, y tanto más con Sepúlveda, y contra Las Casas, consideraremos tal descubrimiento como feliz. Feliz como el mar azul por el que el Feliz, no desgraciado, escucha bien Darío, Feliz Almirante, Cristóforo Colombo, sigue navegando. Feliz porque hacia allí quería ir.

"Civilización y barbarie. El asunto de Indias y el pensamiento político moderno (1492-1560), Natsuko Matsumori, Biblioteca Nueva, 2005
"Naufragios y comentarios", Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Espasa-Calpe

"Expedición de Hernando de Soto a Florida", Fidalgo de Elvás, Espasa-Calpe

"Comentarios reales", Inca Garcilaso de la Vega, Espasa-Calpe

 

Conservadurismo

"A political philosophy. Arguments for conservatism" es un libro del filósofo británico Roger Scruton, editado por Continuum (Londres-Nueva York) en 2006. Es un libro que explica en qué consiste a grandes rasgos el conservadurismo político más allá de los lores y la derecha monárquica de toda la vida.

En su alocución a la BBC el General Franco señaló en inglés -"country, family, religion"- las tres rasgos fundamentales de su movimiento. Las características que apunta Scruton como definitorias de la vía política conservadora para nuestro tiempo no son muy diferentes. El reclamo publicitario del ensayo afirma que se trata de un libro para aquellos que buscan razones en la valoración de una herencia desdeñada por la ilustración supuestamente liberal de nuestros días. Y las razones son lo más importante de este libro. Razones para conservar el sentido del estado-nación y la prudencia económica, razones conservacionistas a propósito de la naturaleza y de nuestra relación con los animales, razones para resignificar y remoralizar pasos tan importantes de la vida humana como el matrimonio, la muerte y el rechazo del mal, razones, en fin, contra la tentación totalitaria del resentimiento y el construccionismo burocrático de la Unión europea. El libro acaba con un soberbio ensayo sobre el modernismo conservador de T. S. Eliot y su fe anglicana.

Scruton es especialista en estética y se estrenó con un libro sobre sexualidad. Ahora enseña psicología. Muchas referencias del libro son puramente artísticas, de la gran cultura, pero en realidad esto de poco serviría si no fuera por los razonamientos de fondo que, como he dicho, son lo más valioso del ensayo, especialmente el razonamiento de algún modo chestertoniano de que los muertos son, y aun los no nacidos, y de que mantenemos con ellos una especial relación de deber. Son argumentos psicológicos los que trazan esta senda política conservadora para el siglo XXI, que Scruton se toma la molestia de razonar y mostrar como consistentes en la vida real, pues no se trata de eliminar ninguna pasión ineliminable sino precisamente de conservar más bien aquello que encauza esas pasiones hacia el bien de la vida humana y su libertad.

El libro está pensado para la política británica, pues obviamente la vindicación de la fe anglicana no sirve para la política española ni siquiera -ni mucho menos- haciendo la analogía con el catolicismo, como ha sido error tan común en ciertas posiciones conservadoras hispanas. Ya Balmes en la primera mitad del siglo XIX escogió como tema de uno de sus libros la comparación entre una y otra confesión, cristianas en todo caso. No es incompatible la crítica de cierto devenir histórico de la Iglesia católica con una fe que ha aprendido del éxito moderno del anglicanismo y del protestantismo en general. Tenemos por ejemplo el caso de Blanco White.

El punto en el que discrepo es el relativo a la preferencia mostrada por el autor en favor de Hegel y en contra de Nietzsche. Es sabido que Hegel se movió más bien en los círculos liberal-demócratas alemanes del momento y no en los conservadores, y es sostenible que el progresismo intelectual nietzscheano no es incompatible entenderlo como un conservadurismo político, tal y como han hecho algunos por ejemplo en Francia y yo mismo desde mi primer ensayo. También en otras ocasiones Scruton se desliza por la polémica en lugar de por el argumento, pero son pocas y normalmente bien escogidas, por ejemplo en su reflexión sobre el atentado del 11-S. Su mención de De Maistre lo hace dudosamente compatible con el modernismo que defiende al final del libro; al menos en España este reaccionarismo religioso se alió con el posmodernismo falangista durante la dictadura de Franco si bien entendemos que meramente para el caso. Claro que en España este es un problema que se remonta a las Cortes de Cádiz. Scruton puede acabar con los brillantes y perfectos versos de Eliot, pero en España de momento el modernismo literario solo nos dice que nuestra historia siempre acaba mal (Gil de Biedma) porque empezó mal (Darío), y es más bien de cuño progresivo tanto en la generación del 27 como en la novísima de los 70. A no ser que en efecto podamos rescatar algo del "Azul" de Darío y contradecir la resignación triste de Gil de Biedma con la moderación apasionada de los autores que como Azorín, Pla o Pemán se quedaron junto a Franco, que al principio tuvo a su D´Ors. De momento los versos patrióticos por excelencia siguen siendo los del Quintana de la "España libre" y de "El día feliz de España". Pero dejo esto para los especialistas en literatura. En política, de igual modo que Scruton empieza bajo la advocación de Burke, nosotros lo podríamos hacer en definitiva bajo la de Jovellanos.

América

Voy a sostener una tesis que es una respuesta a la famosa pregunta "¿Qué se debe a España?". Pero primero analicemos la pregunta y su contexto histórico.

La pregunta la planteó Nicolas Masson de Morvilliers en un artículo publicado en la "Encyclopédie Méthodique" en 1782. Reproduzco el texto de "Historia intelectual de España" (Quesada): "...un libro impreso en España debe pasar regularmente seis controles antes de poder ser publicado. Un miserable franciscano, un bárbaro dominico, son los encargados de permitir a un hombre de letras tener talento. Si se decide a imprimir su obra en el extranjero, necesita una autorización muy difícil de obtener, y que no le libra de una posible persecución tras la publicación del libro. En nuestros días, Dinamarca, Suecia, Rusia, incluso Polonia, Alemania, Italia, Inglaterra y Francia, todos estos pueblos, enemigos, amigos, rivales, todos están entusiasmados en una generosa emulación por el progreso de las ciencias y de las artes. Cada uno reflexiona sobre las conquistas que debe compartir con las demás naciones; cada uno de ellos, hasta ahora, ha hecho algún descubrimiento útil en provecho de la humanidad. Pero, ¿qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa? Hoy semeja a una débil y desgraciada colonia que tiene necesidad del brazo protector de la metrópoli: debemos ayudarla con nuestras técnicas y nuestros hallazgos; sin embargo, también semeja a un enfermo desesperado que, inconsciente de su mal, rechaza el brazo que le da la vida".

Esta pregunta se planteó en un momento en el que el Reino de España, a partir de Carlos III, con los consabidos antecedentes de Felipe V y Patiño y de Fernando VI y Ensenada, emprendía abiertamente su proceso modernizador. Pero el contexto seguía siendo el del honor barroco mal entendido, el del retraso secular de la ciencia y de la economía, en fin, el de la Inquisición que tan bien describiera Voltaire en su "Ensayo acerca de las costumbres" (cito del mismo libro anterior): "No se confronta a los acusados con sus delatores, ni hay delator que no sea escuchado. Un criminal castigado por la justicia, un niño, una cortesana, son acusadores graves; un hijo puede acusar a su padre, una mujer a su marido, finalmente, el acusado se ve en la necesidad de convertirse en propio delator, adivinando y confesando el crimen de que le acusan y que a veces ignora. Este procedimiento inaudito hizo temblar a España. La desconfianza se apoderó de los espíritus. Ya no hubo amigos, ni sociedad: el hermano temía al hermano, el padre al hijo. De ahí viene que el silencio se haya convertido en rasgo característico de una nación que nació con la viveza propia de un clima cálido y fértil". Voltaire elogiaría después a Aranda por haberle recortado las garras a la Inquisición, pero luego Aranda fue sustituido por el mucho más tibio Floridablanca, por no mencionar al que le siguió, Godoy, antes del estallido de la Revolución española. Voltaire acierta de pleno cuando afirma que la Inquisición sembró la desconfianza entre las gentes y acabó con los amigos y la sociedad. Más discutible es que el silencio fuera su consecuencia, pero se entiende que se refiere a lo que hoy llamamos omertá, etc.

A Masson de Morvilliers le contestaron indignados entre otros nada menos que Cavanilles, el botánico, el abate Denina y sobre todo por su impacto Forner en "Oración apologética por la España y su mérito literario". Otros, como los autores de la revista "El Censor", aplaudieron a Masson y atacaron a Forner en "Apología por el África y su mérito literario". Así transcurrió la polémica.

La España contemporánea no se puede entender sin estos tres factores: su peculiar Edad Media, su Imperio católico fracasado en el XVI y su supeditación a Francia en el siglo XVIII. No deja de ser curioso que la Revolución española de 1808 se produjera contra una invasión francesa y a su vez que el asunto del reino no quedará más o menos asumido democráticamente hasta Franco en el XX. Es normal que durante el siglo XVIII los autores franceses miraran recurrentemente a España, por vinculación monárquica, por la larga vecindad y por ver los progresos que desde finales del XVII prometía un reino del que la Francia de Luis XIV había tomado algunas cosas importantes. Yo no encuentro ni maliciosa ni despectiva la pregunta de Masson, que, salvo algunas exageraciones, pone el dedo en la llaga, con cierta crueldad que no denota a mi modo de ver sino amor a España. De otro modo no creo que este autor se hubiese tomado la molestia de incluir, aunque fuera negativamente, a España dentro de la Europa ilustrada, o hubiera mostrado las ganas de incluirla. Más explícitamente calurosa con España y los españoles es la nota de Voltaire, y en realidad mucho más concreta y acusadora. Pero volvamos a Masson.

La exageración de Masson es evidente cuando primero cifra la ausencia de aportes relevantes de España a Europa en dos siglos, y luego suma seguidamente cuatro más. Seiscentos años menos que 1780 hacen 1180: me parece un poco abusivo cifrar el inicio del retraso secular español respecto a la pujanza europea en el siglo XII. A Masson se le pasa por alto algo tan importante para la cultura occidental como es la Escuela de Toledo, y que es algo de España sin que esta estuviera constituida ni siquiera en las dos coronas que se unirían en el reino de finales del XV. Las traducciones de Toledo así como en menor medida el naturalismo de Lulio son piezas fundamentales del camino que llevará al Renacimiento. Por tanto, Masson podía afirmar que desde finales del XVI, desde Felipe II en concreto, España por sí misma no había aportado nada relevante al progreso de Europa. Pero en ningún caso puede irse más atrás. El Renacimiento español, por la peculiaridad que en seguida explicaré, no solo existió sino que es de una envergadura pionera en Europa, aunque no fuera original ni tuviera su continuidad moderna a partir de 1600 -he ahí el fracaso del Imperio de Felipe II. Las figuras de Vives, Mariana e incluso después Suárez ejemplifican este colapso, cifrado en el cierre del Colegio Imperial (academia de matemáticas) de Herrera y en la irrelevancia adquirida por la Universidad de Salamanca a partir del XVII, escuela que en el siglo de las luces dará nombre meramente a una tertulia literaria. Sin duda Forner pudo glorificar el esplendor literario, pictórico y aun ensayístico de la España de Felipe III y Felipe IV en su respuesta a Masson, pero la puntilla ya estaba dada y tampoco este "mérito literario" tuvo continuidad relevante salvo las consabidas excepciones desde el siglo XVIII en adelante. Solo la Universidad de Valencia, pero sin el arraigo suficiente del vivesismo, permite establecer una cierta aunque muy reducida continuidad entre el final del XVI y el inicio del XVIII. De ahí, sin duda, la respuesta indignada pero razonada del botánico Cavanilles a Masson. Lo que sigue son los problemas del XVIII español a los que de hecho alude el autor del "¿Qué se debe a España?".

Retomo el Renacimiento español, que fue a la vez importado y pionero, y que a mi modo de ver pasa por alto indebidamente Masson. El Renacimiento español es pionero en un asunto que me permite responder sin más a su célebre pregunta: el descubrimiento de América. América es lo que Europa le debe a España. El "asunto de Indias", la teoría del derecho natural de Vitoria, la controversia entre Las Casas y Ginés de Sepúlveda sobre el derecho de guerra, las expediciones científicas que desembocarán nada menos que en el "Viaje del Beagle" por Suramérica de Darwin (nótese, empero, que hago un salto en el siglo XVII), todo esto se le debe a España, de modo tan indirecto si se quiere como la filosofía de Kant le debe su ontología primaria a la de Suárez (luego confrontada con la filosofía moderna de Hume por el filósofo prusiano), pero mucho más cierto, aun si América no fue el nombre que España le dio al Nuevo Mundo por ella descubierto para Europa. Europa le debe a España, pues, una cosa, señor Masson: América y lo que significa América aparte de lo que ya he dicho.

América significa la confirmación de la circunnavegación de la esfera terrestre, América significa por tanto el capitalismo moderno, y América significa, así pues, la democracia moderna, primero la de Inglaterra (sería por nuestra parte también abusar, sostener que el experimento pionero holandés del 1600 le debe su parte indirectamente a la conversión forzosa de los judíos de España y Portugal emigrados a Amsterdam) y sobre todo después la de los Estados Unidos de América, cuyas regiones o bien poseen topónimos indios, o bien ingleses, o bien hispanos con la excepción de algún caso francés y la Nueva Amsterdam holandesa anterior a Nueva York.

A propósito del asunto de Indias y de las expediciones científicas ya mencionadas, el antropólogo francés del siglo XX Levi-Strauss fue más clarividente que Masson, claro que doscientos años después y en el momento en que Estados Unidos de América cumplía su destino. Creo que es en ese libro de antropología un poco literaria -también debida al descubrimiento de América- titulado "Tristes tópicos" donde Levi-Strauss dice que los franceses siempre envidiaron a España una cosa, que es América. Yo no diré tanto. Porque no es una cuestión de envidia lo que yace en el fondo de la pertinente pregunta de Masson sobre el progreso de España. Pero sin duda el hecho al que apuntó Levi-Strauss en su libro sobre unos indios de Brasil no puede pasarse por alto: directamente o indirectamente, en lo bueno y en lo malo, una cosa se debe siempre a España más allá de su colapso imperial y de su retraso secular, y es América. Lo cual no significa que España, y Masson en esto tenía toda la razón, pueda vivir de rentas.

Cuanto peor, mejor

He leido "Hasta la cumbre. Testamento espiritual", Ed. San Pablo, Madrid, 2009, del sacerdote Pablo Domínguez, fallecido en el Moncayo en febrero de 2009 mientras hacía excursionismo. Se trata de los ejercicios espirituales realizados por el sacerdote en un convento de monjas de Navarra la semana anterior a su fallecimiento.

Es la primera vez que leo unos ejercicios espirituales y la primera vez que leo a un sacerdote. Pablo Domínguez era sin duda un hombre brillante, de bondadoso pero firme corazón, y de una gran imaginación. Sin duda por eso sus inquietudes le llevaron más allá de la fe y de su justificación teológica, y como profesor de filosofía ejercía en la Universidad de San Dámaso en Madrid. La cuestión de la imaginación, como a mí, le llevó a interesarse por la lógica trivalente de Lukasievitz, sobre la que hizo en el contexto general de la Escuela Polaca de Lógica su tesis doctoral en filosofía. Pues la lógica trivalente de Lukasievitz es la única que da cuenta del papel de la imaginación en el proceso de pensamiento y de conocimiento, tal como he estudiado en mi tesis "Idea trágica de la democracia", haciendo lugar, por lo demás, a la fe en la raíz misma del pensamiento, al no estar sometido este todavía al sí o al no puramente lógicos que se derivan en el subsiguiente proceso de conocimiento. El pensamiento racional no se da sin imaginación, y en términos lógicos el valor que le corresponde no es sino un valor indeterminado, un tercio latente enunciable como "quizá" que a su vez restringe lo estrictamente lógico a la fórmula del bicondicional ("si y solo si") por lo demás recíproca. De ahí la insistencia del sacerdote Pablo Domínguez en la razonabilidad de la fe, para la que hay además argumentos de historia filosófica y religiosa de peso, y, en fin, su admirable cristianismo práctico, que destilan sin irnos más lejos estos estupendos ejercicios espirituales. Solo una lógica es comparable a y aun un poco mejor que la de Lukasievitz, y es la lógica de la abducción de Peirce, tan similar a la trivalente, pero no su álgebra.

Aquí no hay álgebra que valga, esto es, aquí no hay ninguna necesidad de justificar la existencia de Dios; solo y por razones más bien burocráticas, la profesión eclesiástica de la fe -es a lo que estaba dedicando sus estudios el sacerdote Pablo Domínguez cuando falleció antes de poder presentar su tesis doctoral de teología en Roma sobre la consabida analogía teológica.

Las enseñanzas de Pablo Domínguez no se apartan de las habituales enseñanzas del cristianismo que todo ser humano cabal, creyente o no, debería conocer y reconocer. En España justamente lo que ha faltado es reconocer a estas "personas buenas", y se ha sustituido este reconocimiento de algunos españoles buenos por la ideología del buenismo y los seculares "buen español" y demás variantes locales más o menos llamativas. Que no quede ninguna duda, Domínguez era un poco empalagoso, al modo orteguiano madrileño, pero nunca un buenista a lo Las Casas. Católico ferviente y español de bien, como dice el tópico, pero ante todo un hombre racional lleno de humorismo.

Por tanto, Domínguez no demostraba a Dios, sino que lo enseñaba. El Dios judeocristiano, el Señor que Jesucristo dijo ser y que puso al alcance de cualquiera. El cristianismo de Pablo Domínguez es, como he dicho, un cristianismo sumamente práctico. Casi al contrario que Agustín y Tertuliano, Domínguez cree precisamente porque no es absurdo. Esto es moderno. Y es que después de Spinoza, nadie puede considerar que el cristianismo sea solo una religión adoptada por la Roma moribunda que debe desarrollarse a la manera romana imperial. Hay una razón para creer, la misma razón que precisamente no obliga a creer y que puede distinguirse de la fe. Eso es distinto a considerar absurda la fe y no digamos a mofarse de la creencia. Tanto es así que con buen sentido práctico, con el debido cuidado de confundirse por analogía, a las ideas podemos llamarlas también creencias. Creencias verdaderas, por cierto, no meros auxilios lingüísticos de la propia "personalidad".

La enseñanza cristiana más claramente relacionada con el absurdo es la consabida lección del "cuanto peor, mejor". En este libro de ejercicios espirituales, el sacerdote Pablo Domínguez hace referencia a ello del modo siguiente: "A eso estamos llamados todos los cristianos. Aquí y ahora. De eso se trata. Así de sencillo. Y esto es un milagro, un enorme milagro. Y a esto es a lo que nos convoca el Señor. A esto es a lo que nos llama. Y esto es lo que, en definitiva, nos pide: que seamos realmente un milagro del Amor de Dios en medio de los mil avatares de la vida -que las circunstancias personales, globales, las que sean, serán malas, difíciles; aunque siempre hay una esperanza: lo peor está por venir-. Hay que tener esta esperanza: `Señor, sé que todavía todo puede empeorar´. Y quizá empeore; y esto es magnífico, porque cuanto peor estén las cosas, más se notará la fuerza del amor de Dios. Por tanto, que nadie desespere. Hay que buscar todavía situaciones más caóticas. Pero en mitad de la catástrofe, en mitad del caos, ahí está la Gracia de Dios, que todo lo transforma. Pero, ¡es verdad! ¡Hay que demostrarlo, hay que manifestarlo!".

Pudiera parecer absurdo e incluso egoísta, y por tanto pecado, querer que pase lo peor para estar mejor. Bueno, así lo creen algunos que están mejor cuanto peor le va al común de la gente. Igualmente, en sus utopías seculares, confunden lo que es utópico en el pensamiento con lo que sería una utopía establecida en la historia, cosa a todas luces irracional y más bien criminal como la historia precisamente demuestra. Esta no es la lección cristiana. La enseñanza de Jesús es una parábola y es simplemente religiosa. Recuerda racionalmente que morirás, y anticipa esa hora, para saber quién eres y comportarte rectamente. No significa que te tengas que morir: precisamente anticipa esa hora en vida, por medio de la imaginación y el recuerdo. Así conocerás tu hora de la verdad y entonces, libremente, podrás elegir hacer el bien de verdad, empezando por la verdad de tu cuerpo y de tu alma. Espiritualmente, por tanto, anticipa lo peor, para conocer y hacer posible en esta vida lo mejor: eso es lo que enseña este lema. La enseñanza, aunque parabólicamente presentada, no puede tomarse como racionalmente absurda, o irracional, sino todo lo contrario; es, de hecho, una enseñanza que en su fondo comparte plenamente el sentido de la enseñanza filosófica que algunos han presentado como contraria a la fe religiosa: la mortalidad del alma. Puesto que aquello que se puede afirmar filosóficamente, esto es, que el alma muere con el cuerpo, comparte el sentido pleno del deseo de vivir una vida verdadera que es el designio del deseo de anticipación cristiano de lo peor. Incluso a la lógica la llamó el filósofo francés Clément Rosset como siendo siempre una lógica de lo peor. Por mucho que la fe cristiana posponga tantas veces la vida verdadera a la vida más allá de la muerte o acaso después de la muerte -lo cual es una verdad incluso antropológica para este caso-, lo importante del "cuanto peor, mejor" es precisamente la anticipación, por medio de la cual no es la muerte que nos ha de llevar a la vida verdadera lo que adviene, sino precisamente destellos mentales, momentos reales, experiencias vividas, y en fin una cierta costumbre de este mundo que en este mundo de los vivos es todo lo que podemos lograr -y es poco, y es mucho, y es todo- como arrendatarios de los lugares celestiales que solo estrictamente a Dios pertenecen.

Por eso, Jesús no dijo "Viva la muerte" ni en broma, aunque fatalmente la deseó para mostrar en público el sí, el no y el quizá verdaderos, por así decir. Tampoco dijo "Viva la vida". Jesús dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Juan, 14, 6). 

Dos errores de Aznar

Ahora que falta un año para la cuenta atrás de las elecciones generales de 2012, si es que no hay adelanto, repetiré los dos errores terminológicos de Aznar detectados en la lectura de los textos fundacionales del PP con el fin de evitar que se reiteren de aquí a las elecciones y después:

-"estrategia": Aznar la rechaza se supone que en aras de la táctica. Pero es al revés. Lo que vale a medio plazo es la estrategia, la táctica solo consiste en el cómo, el día a día, cosa que es importante, pero no el fin, sino el medio. Estrategia eficaz, pues, y flexible, pero no tacticismo.

-"federal": Aznar lo rechaza en aras del gobierno central. Aquí la confusión es mayor. Se confunde Gobierno central con Estado, o con Estado central -Administración general del Estado dependiente directamente del Gobierno central. La confusión aumenta al introducir la ideología del Gobierno mínimo o del Estado mínimo. No se entiende la reivindicación del Estado o del Gobierno centrales y a la vez la defensa de que sean mínimos, incluso en la militancia del PP llegando en algún caso a solicitar la supresión de las CCAA. Esto no cuaja con la ideología del Gobierno mínimo, que es más bien favorable a la descentralización. En todo caso, para empezar a eliminar la confusión, hay que aclarar que el federalismo es sinónimo de unitarismo, lo contrario se llama confederalismo, no federalismo, pues. El unitarismo no es incompatible con la descentralización, sino con el confederalismo o el separatismo. Ahora se acusa al PP de evocar un neocentralismo, si esto significa neofederalismo, pues seguramente es posible, lo está señalando la UE y es lo que han hecho Alemania y otros países parecidos, en primer lugar por razones económicas y administrativas de viabilidad. Rajoy afirmó en 2008: "somos autonomistas convencidos", pero el problema de las CCAA es que más que una descentralización han supuesto en no pocos aspectos la replicación por 17 del viejo centralismo jacobino, a lo que se suma una división provincial de izquierdas o al menos afrancesada que no tiene mucho que ver con la historia de España, mejor reflejada a mi modo de ver en las autonomías. Quiero decir por un lado que la descentralización no es una mera delegación provincial, sino que incluye la existencia de parlamentos. Por otro lado, las diputaciones provinciales, via los municipios, vienen a actuar a veces como los senados de las CCAA. Todo esto no es incompatible con un Estado general fuerte y un Gobierno central mínimo, surgidos de las Cortes Generales (Congreso y Senado), que es donde reside la soberanía, y reflejados también en ayuntamientos y gobiernos autonómicos mínimos. Pero es confuso. Este sistema se puede mejorar, incluyendo la posible desaparición de las provincias en la reforma del sistema electoral. En todo caso, no confundamos federalismo y confederalismo. La eliminación de las CCAA es un disparate y no conservador precisamente.

 

Patria, Libertad, Constitución: notas sobre la revolución española

Acabo de leer el magnífico libro del profesor de la UCM Jorge Vilches "Liberales de 1808", Faes, 2008. Es un libro magnífico, aunque contiene errores. Uno de bulto, como la interpretación que Vilches realiza del periodo español 1500-1700 muy al final del libro, y como colocar a Mariana entre los ilustrados del XVIII. Otros errores no son para mí menos importantes, pero son posible objeto de debate pues atañen a aspectos de interpretación no ya de hechos sino de proyectos, por así decir. En este caso, discrepo con la afirmación del autor de que el proyecto liberal que aquí se describe tan estupendamente fuera el único posible, en el siglo XIX y ahora, de modernización política y progreso del país.

La "revolución española" es la cuarta del mundo en términos cronológicos, pero es una revolución fallida, como ya vislumbró Jovellanos en el Decreto de convocatoria de Cortes.

Ahora me centraré en repasar las figuras liberales que el profesor Vilches perfila tan documentadamente en este libro. Salvo Jovellanos, del partido aragonés de Aranda, y Floridabanca, del partido golilla junto a Rodríguez Campomanes, todos nuestros padres de la Constitución de 1812 son liberales nacidos en el último tercio del siglo XVIII. En 1812 Isidoro de Antillón tenía por ejemplo unos 35 años. Queipo de Llano 23.

¿Cuáles fueron las figuras liberales más importantes? Por este orden yo diría que son: Quintana (Madrid), Blanco White (Sevilla) y Argüelles (Asturias). Quintana definió la Patria ("La Patria, Españoles, no debe ser ya un nombre vano y vago para vosotros: debe significar en vuestros oídos y en vuestro corazón el santuario de las leyes y las costumbres, el campo de los talentos y la recompensa de las virtudes"). Blanco White definió la Libertad (que "no es la esencia de obedecer, es el derecho de conservar la dignidad del hombre, obedeciendo"). Argüelles definió la Constitución en su "Discurso preliminar". Hay muchos otros, no solo liberales o patriotas, sino reformistas, realistas (monárquicos), o tradicionalistas que apoyaron a su modo, aunque fuera en la oposición, la elaboración de la Constitución de 1812, empezando por Hualde que precipitó la celebración de Cortes junto con el muy joven liberal Queipo de Llano. Pero yo diría que principalmente estos tres, Quintana, Blanco White y Argüelles, bajo la figura de Jovellanos (Asturias) más que bajo la presidencia de Floridablanca (Murcia) en la Junta Central, son los padres de nuestro constitucionalismo democrático. A ellos añadiría a Flórez Estrada (Asturias), finalmente, en cuanto a la cuestión de la economía.

Pero, de hecho, el primero en afirmar la nueva situación sobre la libertad ("Sin libertad no hay patria"), y el primero en convocar Cortes, aunque de forma oficiosa, fue Flórez Estrada. En realidad no son Cortes tradicionales ni siquiera al modo liberal británico lo que se convocará después sino una especie de Convención -"Cortes Generales y Extraordinarias" que, presididas por Lázaro de Dou (Cataluña), elaborarán una Constitución liberal y un nuevo tipo de Cortes.

La suerte futura de estos primeros liberales, herederos de los novatores y de los ilustrados, fue la siguiente:

-Quintana fue el preceptor de la futura Isabel II y recibió un homenaje colectivo en 1855, en medio del bienio progresista. Hizo mal en no comunicar el decreto de convocatoria de Cortes bicamerales buscando unas Cortes unicamerales, error costosísimo de la política española hasta la dictadura de Franco al dividir políticamente no dos partidos sino dos estatus sociales irreconciliables, el integrismo religioso heredado desde Felipe II por un lado y el extremismo antipolítico o totalitario que se presentaba como lo más revolucionario (y reaccionario) del momento por el otro.

-Blanco White se exiló en Londres ya en 1810 y allí vivió publicando un periódico español: a él está unida la cuestión de la libertad religiosa no resuelta bien por la Constitución de 1812 -para mí, después de lo leido, Blanco White es el mejor ilustrado, al menos el mejor escritor, salvo que, como todos, arrastra el grave error de preferir a Rousseau antes que a Locke, pero esto es un problema de la tradición cultural española.

-Argüelles también fue preceptor de la reina Isabel II, optó a la Regencia en 1841, que perdió malhadadamente contra Fernández Espartero, y recibió en 1864 un homenaje por parte del Partido Progresista hasta el punto de que la política progresista española puede calificarse, tal como hizo en 1812 un político británico hablando de la Constitución, como la "metafísica de Argüelles", solo que en mi opinión el progresismo de Argüelles es más bien conservador -es un protegido de Jovellanos, pero al que no hizo caso- o al menos lo que hoy diríamos centrista. ¿En qué me baso? Me baso en que Argúelles en 1820 está con Martínez de la Rosa, no con Riego. Me baso en que optó a la Regencia contra el candidato progresista, que era Fernández Espartero. Y me baso en que titula su libro sobre las Cortes de Cádiz hablando de reforma constitucional y no de revolución: no es que no fuera una revolución, la "revolución española", como había dicho Jovellanos, pero Argüelles escribe reforma con toda la intención. No sé entonces hasta qué punto el partido progresista podía enarbolarlo como uno de los suyos frente al partido moderado: quizá solo en el claro error de Argüelles, que fue el unicameralismo, porque en lo tocante a la cuestión de las leyes, en su "Discurso preliminar", no es menos jovellanista o tradicionalista que liberal según lo que leí en el libro de Onaindia sobre la política de la Ilustración española. Por tanto, la "metafísica de Argüelles" no sería, en efecto, la característica del progresismo español, sino la de todo el constitucionalismo liberal, incluido el moderado, y arrostrando asimismo sus errores.

-Flórez Estrada escribió en 1828 un "Curso de economía política" siguiendo las tesis librecambistas de Smith y Ricardo. Otros lo han visto como un pionero del socialismo utópico. Pero como defensor del derecho de propiedad, no puede ser situado entre los veinteañistas de Riego, algunos de los cuales y quizá no pocos abogaban por la supresión de dicho derecho. Así ha sido la izquierda española, si se me permite el sarcasmo. Flórez Estrada fue designado senador en 1845, bajo el moderantismo.

Otras cuestiones:

a) el sentimiento nacional: discrepo de Vilches sobre el sentimiento nacional. Ese sentimiento existía antes y estalló de un modo moderno cierto entonces, pero no fue sin problemas, aristas, etc., como más adelante se vio, dado lo que España arrastraba -ya he comentado mi diferente visión del periodo 1500-1800. Por otro lado, a veces Vilches roza el marxismo en su idea de la conciencia nacional -demasiado peso tiene el marxismo en España y no digamos en la universidad, en cuyo origen está, claro, el hegelianismo: aun hoy en día en el frontispicio de la Universidad de Berlín, uno de los modelos de la universidad española de timbre orteguiano, está aquella frase de Marx contra la filosofía. Hegel como mucho fue un liberal-demócrata y eso no sirvió para evitar un siglo después el nacional-socialismo. Aun hoy el conservador Trías en España, por ejemplo, ignora simplemente lo que significa Reagan.

b) los militares: tema capital. La Junta Central no designó General en Jefe y no hay libertad ni patria sin Ejército. Esto, entre otras cosas, explica los 50 años de dictadura militar que hemos tenido en España en el siglo XX, a pesar de haber sido el tercer país del mundo en dotarse de una Constitución democrática: rectifico, el cuarto, porque el primero fue Inglaterra, si se me permite la ironía. Aunque Castaños (Sevilla) fuera el militar victorioso en Bailén y luego figura de la Regencia, Palafox (Zaragoza) estaba políticamente más preparado. Palafox y Freire, que acabó junto a Wellington en Toulouse derrotando a Napoleón, animaron a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812 -aunque es imposible que un rey jure una revolución sin antes cortarle el cuello-; en cambio Castaños que se sepa no. Luego en 1820 vino el primer pronunciamiento, el de Riego. Y así fue todo el siglo XIX, un disparate hasta Cánovas, porque los militares no se metieron en política como políticos, como sucedía y sucede en Estados Unidos muy habitualmente, sino como militares: es el caso de Fernández Espartero, Narváez y Prim en menor medida, que fueron elegidos no como políticos con experiencia militar reconocida -tradición norteamericana que empieza con Washington- sino directamente para hacer la guerra como militares. La única excepción quizá sea O´Donnell. Serrano, por su parte, es para mí la degeneración de este disparate llevado al cinismo. Se entiende que primero Primo de Rivera, capitán general, y luego Franco, general, se "metieran en política" directamente para acabar con ese disparate, cuando a los militares pronunciadores se les juntó a partir de mediados del XIX (lo que imposibilitó posteriormente el éxito de la Restauración) el socialismo revolucionario, el nacionalismo, el anarquismo terrorista, etc. -no justifico la dictadura a lo Donoso Cortés, la explico a la aristotélica.

c) finalmente, la cuestión de la libertad religiosa. En el prólogo el historiador José María Marco, a quien respeto, se equivoca de cabo a rabo en la cuestión del catolicismo, tomando una posición que luego según el libro podríamos calificar casi de reaccionaria. Y de hecho al Padre Vélez no le faltaba razón cuando al "No hay patria sin libertad" de Flórez Estrada añadía un "No hay patria sin religión". Pero el problema no es esta afirmación, que doy por descontada. El problema es qué religión se establece en la Constitución de 1812, y no me refiero al asunto del catolicismo, que en España sea como fuere va de suyo tras tantos siglos, y más entonces cuando aun no había habido ningún Concilio Vaticano modernizador y aun existía el Tribunal de la Inquisición. Me refiero al asunto de la libertad religiosa, que no aparece en ningún apartado de la Constitución. El caso es que libertad y religión, sin las cuales no hay patria, no es solo que conduzcan a la libertad religiosa, como quedó establecido en Estados Unidos, y no al catolicismo, es que la libertad religiosa tiene que ver directamente con la economía, aspecto sin el cual no hay siquiera Ejército, y que debemos tener muy en cuenta para situar en su justa medida la "revolución española". Es curioso, después de todo, que tan afrancesada a su pesar como fue la revolución española, no incluyera más explícitamente ese poso protestante que en los Borbones se remonta a Enrique de Navarra -de Navarra, ni más ni menos-, valga lo que valga París en misas. Digo poso protestante de libertad religiosa pero no jansenismo, al que yo aborrezco más incluso -mucho más- que al jesuitismo.