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procopio: café filosófico

Palabra de Lincoln

He estado leyendo estas tardes algunos de los discursos políticos que el diario "El Mundo" puso a la venta el pasado año. No pude conseguir los de Cánovas, Azaña, Clemenceau o Kennedy, como me hubiese gustado. Pero la cosecha fue provechosa. Empecé por Lincoln, que desde siempre ha sido mi referente político último y principal. Continué con Pericles y su afamada "Oración fúnebre", de la que el "Discurso de Gettysburg" no deja de ser una lejana pero más lograda continuación, aunque Lincoln fuera republicano y Pericles demócrata en sus respectivas democracias. He leido los discursos de Gil-Robles durante la República española, que pueden servir para entender algunas cosas y conocer el papel del centro-derecha, o mejor dicho en este caso, de la Derecha clásica española, en aquel paréntesis mayormente extravagante dentro del gran paréntesis dictatorial que va desde 1923 hasta 1976. También he leido el enorme discurso de F. D. Roosevelt en la famosa inauguración del "new deal", repleto de llamadas al esfuerzo, a la disciplina, y aun al sacrificio, esas cosas que la Izquierda clásica española no entiende o desprecia. Después, Churchill, y De Gaulle. Finalmente Suárez, al que tengo, mejorando la estela de Argüelles, por el mejor político español desde el principio de nuestra democracia en 1812.

Reagan merece un aparte pues, junto a F. D. Roosevelt, forma la pareja de presidentes más importante de los EEUU del siglo XX: mientras éste gobernó durante 12 años en circunstancias excepcionales y en su primera reelección solo perdió en los Estados de Maine y Vermont (Estado natal de John Dewey que ha sido gobernado en los últimos tiempos por Howard Dean, el mayor bastión demócrata en la reciente elección de Obama con resultados inversamente proporcionales a Oklahoma, aquel Estado de las uvas de la ira de los años 30, hoy bastión republicano), Reagan ganó en su reelección en todos los Estados salvo en Minnesotta, Estado natal de su adversario demócrata en aquella campaña y que luego ha llegado a estar gobernado por el Partido Reformista de Ross Perot de la mano de Jesse Ventura. Es cierto, por otra parte, que Kennedy no pudo presentarse a ninguna reelección, pero dada su apretadísima primera elección contra Nixon, no deja de ser dudoso que pudiera haber arrasado en su supuesta reelección de 1964 como lo hicieron F. D. Roosevelt en 1936 y más aún Ronald Reagan en 1984. Sin embargo, aunque no los he mencionado, los éxitos y los fracasos del siglo XX americano no se pueden entender sin sus dos presidentes más relevantes de los inicios de la centuria, Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson, y sin, por así decirlo, el engarce de su centuria, que es Dwigth Eisenhower.

Quería dedicar todo el comentario a glosar las figuras de estos grandes políticos a través de sus frases más acertadas según el sentido y contexto de sus discursos. Pero aun estoy con Mandela y me queda Clinton, de modo que de momento solo me referiré a Abraham Lincoln.

Dicen que Lincoln era conocido como "el gorila". La prensa demócrata, que cerró parcialmente durante la Guerra Civil, en concreto la de Chicago, lo tachaba de patán e imbécil. Era autodidacta, de una familia de segunda fila, rural, desplazada a Illinois procedente de Virginia, Kentucky e Indiana. Sin embargo, contrajo matrimonio con una señora de buena familia en Illinois, y allí hizo carrera, como abogado y parlamentario. Se cuenta una anécdota de cuando su mujer, enamorada, quiso casarse con él. En la calle, encontrándose de frente mientras caminaba con alguien que le preguntó por el suceso, Lincoln contestó: "Estoy muy sorprendido".

La prosa de Lincoln, si es que él, como dicen, escribía sus discursos, es anti-retórica. Es sobre todo una prosa que dice lo que piensa profundamente y sobre todo piensa lo que dice: es una prosa pensante, que se detiene en meandros y en minucias, de la enormidad que luego Chesterton nos hizo entender. No es una prosa bella por estética, es una prosa compleja pero inteligente e inteligible, con poco que se haga el esfuerzo de entender la raíz de lo que plantea. Así pasa con sus discursos previos a su elección como Presidente. Es una prosa que procede por principios y por preguntas, esto es: los principios de los EEUU, sus valores superiores, que no son, como pretendía el entonces "The New York World", los recogidos en los artículos de la Confederación previos a la Constitución de 1787, sino su Declaración de Independencia. Y las preguntas: sentado el propósito original de la nación americana, ¿son la política de los Estados y del Gobierno Federal y las decisiones del Tribunal Supremo acordes con este propósito? No es solo una pregunta retórica. Lincoln pone ejemplos concretos -el último, el caso Nebraska-, e imagina lo que se puede esperar de estos ejemplos. Lincoln debate, aunque con la firmeza de su elemental convicción. Contrapone estos ejemplos con el propósito de la Declaración de Independencia. Tiende la mano con sinceridad calculada. En esto sigue al pie de la letra el mandato de Vauvenargues: la honestidad radica en la claridad. Sabe que la guerra es una opción, e incluso la busca, por reducción al absurdo. Quiero decir que su propósito no es pacificador ni conciliador en primer término, y aun así, en la inauguración de su discurso, vuelve a tender la mano, cuando ya el fuego había sido encendido. La guerra estalla. Lincoln no la rehuye, está preparado, tanto para la guera, como para el después de la guerra. Lo principal del caso son las medidas, bajo capa de un soberanismo confederal que rechaza en nombre de la Constitución, en la práctica esclavistas, contrarias por lo demás al propósito inicial de la Declaración. El Reino Unido había abolido la esclavitud en 1808. Lo último, no obstante, es la unidad nacional, el país, por encima incluso del anti-esclavismo. Pero resulta que según el propósito original de la democracia americana lo uno no se da sin lo otro.

Sin su victoria en la contienda civil, muy posiblemente los Estados Unidos de América tal como los conocemos hoy, y el mundo que conocemos hoy, no existirían. Por eso Lincoln, aunque solo gobernó durante cuatro años y en guerra -fue reelegido, en los estertores de la guerra, que como se ve no puso fin a la libertad de elegir, pero en seguida asesinado-, es el presidente más importante de la historia americana, con el permiso de George Washington y de los Padres Fundadores. Pues él es el refundador de la nación, bajo el amparo de Dios, concebida en Libertad.

¿Cuáles hubiesen sido las consecuencias de su derrota? La esclavitud no solo se permitía en los Estados sureños sino que se estaba expandiendo por otros nuevos Estados. Una Confederación así solo tenía dos salidas: o convertirse de nuevo en colonia -en colonias- más o menos autónomas del Imperio Británico, como Canadá y Australia, o en convertirse en países más avanzados pero tan frágiles como los actuales países del Cono Sur del continente americano, sin descartar la opción de algún tipo de dictadura. En el primer caso, puede imaginarse que la democratización imperante en el Reino Unido hubiese acabado por introducirse en la Confederación, pero ni era el caso entonces, sino todo lo contrario, ni esto hubiese sido suficiente para hacer frente a lo que se estaba cociendo en el centro del continente europeo de la mano del nacionalismo expansionista alemán. Del segundo caso, entonces, para qué hablar. La Armada Invencible de Felipe II no pudo invadir Inglattera, y Napoleón ni siquiera se atrevió, pero, ¿quién hubiese parado de cualquier modo a Hitler sin la ayuda de los EEUU? Digo Hitler porque precisamente la doctrina Wilson, el primer presidente demócrata sureño elegido casi cincuenta años después de la muerte de Lincoln, fracasó estrepitosamente en Europa con su política de apaciguamiento, de "ni vencedores ni vencidos", y de buena voluntad con el nacionalismo germánico a través de una Sociedad de Naciones ilusa y, para dentro de las democracias ya existentes, confederalizante. Entre los puntos que hace enorme el discurso posterior de F. D. Roosevelt, presidente demócrata, está el haber tomado muy buena nota de este fracaso. Y lo que hace aguas en Kennedy y en los demócratas posteriores, hasta Obama, es su insistencia en un cierto neowilsonismo. Esto es lo que sabía Reagan, quien estuvo al menos dos veces en Berlín para expresar algo más que buenas palabras a los alemanes y, por supuesto, también a los rusos y vecinos, quienes en la estela del nacionalismo germánico inverso de Marx, gozaban de la patente del totalitarismo que aun hoy se comercializa, aunque ya al por menor. He dicho "hasta Obama", pues cabe la esperanza, como se ha dicho en la prensa, de que pueda resultar un Reagan de centro-izquierda.

Todo esto tiene, por supuesto, una moraleja para el caso español. El contradictorio caso español. Un Pi y Margall defendiendo la abolición de la esclavitud pero al mismo tiempo una confederalización al estilo norteamericano que es precisamente lo que sale definitivamente derrotado en la legislatura de Lincoln. Un republicanismo -como forma de Estado, no como ideario político al estilo del partido norteamericano de Lincoln- confederalizante, esto es, que alienta privilegios hereditarios o no se atreve a historizar su lejano rechazo moderno en sus territorios (me refiero básicamente a Cataluña, y en otra medida al llamado País Vasco). Por otro lado, un Cánovas que refunda el partido moderado en un gran Partido Conservador por medio de una unión liberal al estilo de Lincoln, pero que no entiende en toda su profundidad la abolición de la esclavitud que firma en 1886 ni el sufragio universal que firma en 1890, pues también firma la confesionalidad no ya judeocristiana sino exclusivamente católica del Estado, que por tanto ve reducida e ineducada su libertad de expresión en sus mismas instituciones, y el mantenimiento de unas colonias ya periclitadas, y definitivamente perdidas en una guerra contra precisamente los EEUU. Cierto es, sin embargo, y triste, que el derrotero posterior de la Izquierda española no solo no corrigiera su contradicción sino que la acentuara tanto con nacionalismos de cuño germánico como con el socialismo soviético. La Derecha española pagó la prueba de la República española, y hasta del "Cirujano de hierro" militar, cuando ya había aceptado el principio regionalista en tiempos de Dato, tarde y mal, para luego cobrarse el precio total por medios de todos conocidos, hasta el encuentro y el acuerdo básico de 1978 de la mano de Suárez -de familia "republicana"- y el Rey.

Pero vuelvo a Lincoln. Veamos qué es aquello que decía Lincoln y que tanto escandalizaba a buena parte de la sociedad norteamericana de aquellos días.

En la Convención de su partido, antes de las elecciones: "Esta necesidad no se dejó de lado y se estipuló (...) en la notable argumentación de la `soberanía de los residentes de un territorio´ y en el `sagrado derecho al autogobierno´ en el que aquélla se formula y, aunque exprese la única base legítima de todo gobierno, estaba tan pervertida en esta aplicación particular que venía a decir que, `si un hombre optaba por esclavizar a otro, un tercero no tenía derecho a oponerse´. Este argumento fue incorporado en el proyecto de ley de Nebraska de la forma que sigue: `La intención y el significado de esta ley no es legislar la esclavitud en ningún territorio o estado, ni excluirla de ellos, sino dejar que su población sea perfectamente libre para formar y regular sus instituciones propias a su modo, estando sujeta solo a la Constitución de Estados Unidos". Nótese por qué un siglo más tarde Reagan dirá que "creemos en los Estados". Pero en lo que no se cree es en la perversión de su fundamento y de su funcionamiento. ¿No suena todo esto del proyecto de ley de Nebraska, por otra parte, tanto tiempo después, tristemente, al "derecho a decidir de los vascos", a "la soberanía de la nación catalana", etc., etc.? La comparación no puede ser exacta, pero se le parece demasiado.

Veamos el discurso de inauguración de su primera presidencia, que empieza con un "Ciudadanos de los Estados Unidos". Dice Abraham Lincoln: "A mi juicio, la ley universal de la Constitución supone que la Unión de los estados ha de ser perpetua, por más que no se exprese esta palabra en la ley fundamental de todos los gobiernos nacionales". No deja de ser curiosa y hasta por un momento inquietante la expresión "de todos los gobiernos nacionales". No parece referirse, sin duda, con "gobiernos nacionales" a los Estados de la Unión -aunque aun esta interpretación haría plausible la llamada a la perpetuidad de la Unión-. Lo que en esta frase de Lincoln hay es la sempiterna tensión entre la ciudadanía nacional y su, por democrática, fundamentación universal, por así decir, propia del régimen democrático desde la Grecia del siglo V a. C. También hay, por tanto, una cierta idea del universalismo que los mismos Estados Unidos que pregona Lincoln asumen. Por eso, no deja de ser mucho menos "imperialista", si es que podemos utilizar esta palabra con algo menos que una frívola inocencia, esta ley universal, fundamental, de todos los gobiernos nacionales, pregonada por Lincoln, que el derecho de autodeterminación de los pueblos pregonado, aun en el mejor de los casos para el colonialismo anterior a la 2ª Guerra Mundial, años después por Wilson.

Continúa Lincoln: "Una mayoría sujeta a las limitaciones constitucionales y que cambie fácilmente conforme a los cambios de la opinión popular es el verdadero soberano de un pueblo libre; el que la deseche cae en la anarquía; la unanimidad es imposible; rechazando el principio de la mayoría, solo queda ya el despotismo...".

Luego viene todo el argumentario contra la Secesión. Me gusta mucho, porque siguiendo a Spinoza más de una vez he utilizado la expresión "geométricamente hablando", el inicio de uno de estos párrafos del discurso, que reza: "Físicamente hablando, no podemos separarnos". Lincoln apela después a "este gran tribunal que se llama el pueblo americano". Lincoln señala que como Jefe de Gobierno hará valer la Constitución, pues este es el mandato que le ha otorgado el pueblo; que si el pueblo quiere, puede separar los Estados, pero nadie sería tan necio para no tener una confianza ciega en la justicia del pueblo, cuyo mandato viene expresado en y por la Constitución, el Gobierno y las elecciones. Habiendo necios, lo único que quedará después de esto, será, en efecto, la guerra.

En el segundo discurso de investidura Abraham Lincoln es breve y conciso. Salvada la Unión, mantenida y perfeccionada la unidad nacional, habla del "escándalo" del esclavismo en términos bíblicos y acaba diciendo: "Sin rencor hacia nadie, con caridad hacia todos, con firmeza en lo que es recto y justo, tal como Dios nos hace ver qué es justo y recto, esforcémonos en poner fin a lo que nos ocupa, en vendar las heridas de la nación, en cuidar de aquel que ha soportado la batalla y de su viuda y de sus huérfanos, en hacer todo cuanto permita alcanzar y mantener una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las demás naciones".

Para que de este modo el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparezca de la faz de la tierra.

¿Fin de "Archipiélago"?

Justo cuando me habían ofrecido colaborar con un texto extenso entre varias de las plumas más consagradas del país en un número dedicado a la situación política española actual, "Archipiélago" cierra, veinte años después de que el filósofo Agustín García Calvo auspiciase su creación. La socialdemocracia más ruin ha ganado la partida, aunque sembrando futuras derrotas de todo el país si no se le pone remedio. El director de El Mundo dirá lo que quiera sobre el buen trato de Zapatero a los medios de comunicación, pero no es la primera censura soterrada, o más que censura, eliminación, que padezco bajo su gobierno, cuando se iba a escribir contra su gobierno, o por lo menos a criticar a su gobierno.

Yo la llamaba “el búnker”, a la pequeña planta baja que servía de redacción a "Archipiélago", revista de crítica de la cultura, en el barrio de Gracia de Barcelona, solo una calle por debajo de la Vía Augusta y relativamente cercana a la plaza del Sol. Yo pillaba el metro hasta Lesseps y luego me acercaba andando. El apartado de correos estaba, no obstante, sito en Castelldefels, que es donde vivía Ana María González, la amable y gentil hacedora de la revista que últimamente dirigían, en Madrid, Isabel Escudero, partenaire de Agustín García Calvo, y Amador Fernández-Savater, hijo de Fernando Savater. Ahora la refundarán en una suerte de Multitudes hispánica, me temo, que es en lo que ya se iba convirtiendo irrelevantemente en los últimos años. Aquel número sobre el Plan Hidrológico bajo Aznar no recuerdo que fuera censurado, y sé de primera mano que se leyó hasta en Bruselas. Ahora no. No solo no habrá tal número sobre la política de Zapatero -número que perfectamente podría haber salido antes de las elecciones generales pasadas-, sino que de hecho ya no habrá "Archipiélago". No sé de qué marxismo echarán mano a partir de ahora para seguir haciéndole el juego progre a la socialdemocracia capitalista de Estado, y es que, con todo, no fue una cosa con la que Agustín García Calvo condescendiera nunca. Hasta criticó el matrimonio homosexual en plena epopeya zapateril. Pobre de mí, y yo de acuerdo con esta crítica a esa cultura.

Hablé una vez con el novelista José Antonio González, hermano de Ana María, cuando empecé a colaborar en "Archipiélago" y él era su director, el que le dio el empuje definitivo. Junto a Ana María, en el búnker, siempre estaba Dante Bernardi, italiano no menos amable y gentil. Cuando pasaba de vez en cuando por allí para pillar libros con el pretexto de reseñar alguno, o agenciarme algún número atrasado de la revista, y tal, siempre echábamos unas risas. Con ellos era fácil.

La primera vez que vi y escuché en persona a García Calvo fue a mediados de los 90 en un coloquio organizado por un grupo de alumnos de la Facultad de Física de la UB, que reunía a Agustín García Calvo, al físico Jorge Wagensberg y al antropólogo Manuel Delgado, y que trataba sobre la ciencia. Un amigo de estos estudiantes de física y seguidor de Agustín García Calvo era compañero mío en la Facultad de Derecho de la UPF. Me avisó de la charla y asistí. La charla fue muy divertida, instructiva a su modo y un punto extravagante, como todo lo de los agustinos. Luego escribí una cosilla sobre Ortega y Heidegger en su fanzine, y quizá fue mi primer texto filosófico periodístico. Recibió numerosas críticas, porque Heidegger estaba muy de moda entre los universitarios de todas las facultades, y yo me limitaba a despacharlo con arrogante ironía orteguiana. Resulta que aquel coloquio sobre ciencia entre García Calvo, Wagensberg y Delgado apareció en uno de los últimos números de la primera fase de "Archipiélago"; a partir de entonces la revista empezaría a publicarse con la regularidad de la que había carecido en sus inicios, y así la conocí, convertida ya en la revista útil de seguir y apoyar que ha sido hasta no hace mucho. En mi época de instituto había asistido en mi pueblo a una charla ecologista de Martínez Alier, colaborador de aquella primera fase. Luego fui yo, cuando estudiaba el master y el doctorado, el que estuve escribiendo en ella, básicamente reseñas y una vez un artículo más extenso sobre Castoriadis.

Hasta ahora, que han mandado explosionar y hundir el conjunto de islas. Pero, aviso para navegantes, en el fondo del mar no vamos a quedarnos. No.

El centro y la derecha reformista

Ya he explicado que los dos únicos textos míos en los que sale la palabra "izquierda" se remontan, uno, a mi primer año universitario, en el que apelaba a Stuart Mill, y dos, a una reseña de un libro de Onfray sobre un cierto nietzscheano de izquierda de fecha mucho más cercana. No me desdigo de mis críticas al corporativismo de las multinacionales de estos últimos años, ni de una cierta crítica a la cultura neoliberal, aunque ahora mismo mi punto de vista es más amplio y exactamente no la identificaría con el neoliberalismo, sino más bien con cierto progresismo.

Ahora que durante una larga temporada el centro-izquierda de nuestro país no va a tener mi voto en ninguna de las elecciones de cualquier tipo, voy a esbozar de forma esquemática la tradición y programa básico del centro-derecha al que pienso votar, después de haber votado ya al PP en las dos últimas Generales en las listas del Senado.

El PP se declara en sus estatutos un partido de "centro reformista". Veamos.

Centro: Argüelles (jovellanista: primer presidente de gobierno constitucional de España, 1820), Prim (progresista), Sagasta y Canalejas (liberales), Alcalá-Zamora (liberal), Suárez (centrista: UCD, CDS).

Reformista:

-liberalismo moderado de Martínez de la Rosa, fundador del Partido Moderado.
-"puritanos" o "liberal-conservadores" ("El Conservador"), facción moderada que se opuso al sectarismo de Narváez y de la Constitución de 1845. La tradición de Aribau y Balmes puede incluirse aquí.
-Unión Liberal de O´Donnell, mediante la cual los "puritanos" refundan el Partido Moderado en el Partido Conservador liderado por Cánovas.
-Partido Conservador de Cánovas (unión conservadora: integra a Pidal), Silvela, Maura*, Dato y De la Cierva, hasta su extinción y conversión en la CEDA.
-CEDA (Gil-Robles y Lucia): pacto con el Partido Radical de Lerroux en la 2ª República.

El punto de unión entre el centro y la derecha, a partir de la configuiración actual del mundo desde los inicios del siglo XX, es, primero, *Maura (liberal del Partido Conservador), y, segundo, el Partido Reformista de Álvarez, fundado durante la 1ª guerra mundial (1914) y de inspiración juvenilmente orteguiana. Durante la 2ª República se llamó Partido Liberal-Demócrata, pero no era ni el liberalismo de Alcalá-Zamora ni la democracia-cristiana de Gil-Robles. Álvarez fue el abogado de J. A. Primo de Rivera.

Las crisis de la Dictadura nos pueden dar algunas pistas del centro-derecha posterior: los falangistas son reformistas exasperados, como hubiese dicho el mismo Ortega. Ridruejo, Laín Entralgo, Tovar: la crisis del 56, que también se lleva por delante a Ruiz-Giménez (democracia-cristiana). Los sindicalistas no marxistas son socialcristianos desesperados: se ven arrastrados por la crisis del 65. Aranguren, García Calvo, Tierno Galván, y el primero de todos, Areilza (JONS), que desde 1945 ha llevado la política exterior: Argentina (Suramérica; frente a la republicana México), Vaticano (junto a Ruiz-Giménez), EEUU y, finalmente, Europa, cuyo NO a la entrada de España en 1962 precipita la crisis del 65 (aquí reaparece Gil-Robles junto a Ruiz-Giménez). La crisis del 56 fue más bien de tipo interno, sobre todo en cuestiones de educación y libertades básicas, pero el plan económico del 59 puso tierra encima. La crisis del 65 lleva a Areilza a ocuparse ya exclusivamente de la sucesión monárquica, pactada en 1947 (un año después vuelve Ortega a España), que se sanciona definitivamente en 1969 y que es la antesala de la Transición. Con una base económica relativamente en marcha desde 1959 y la estabilidad institucional de la monarquía sancionada en 1969, la transición a la democracia era ya cuestión de tiempo, o sea, de que Franco se aviniera a morirse, como así fue. No fue ni a finales de los 50 -no había base económica, y todavía Francia no había proclamado su nueva Constitución-, ni a finales de los 60, porque el Rey -Jefe de Estado- iba a ser Juan Carlos, aun joven entonces, y no su padre Juan. Sin embargo, desde los 50 y desde los 60, la transición a la democracia está en marcha, educativamente, económicamente e institucionalmente.

El líder de la transición y el primer presidente de gobierno constitucional tras la Dictadura es Suárez, cuya década de centrismo en el gobierno y en la oposición sirve para que la AP de Fraga (o mejor dicho, Coalición Popular, vinculada a la Acción Popular de la CEDA del Gil-Robles de la 2ª República, y donde están liberales de la patronal y democristianos populares, socialcristianos conservadores, como Areilza) se refunde en el PP de Aznar en 1989.

Pues bien, esto es el centro y la derecha reformista. Otra cosa que la tradición de la izquierda democrática: Riego, Pi y Margall, Azaña, Martínez Barrio, González.

Programa básico del centro-derecha reformista:

-reforma del Senado: creemos en las CCAA, y en sus peculiaridades o "regiones y nacionalidades" no excluyentes, sino bilingües, aborrecemos el nacionalismo y el particularismo.
-reforma del suelo: suelo libre. Partido del Suelo Libre americano del XIX.
-reforma electoral: en la línea UPD-C´s.
-reforma de los partidos políticos: primarias y limitación de mandatos.
-reforma municipal: autonomía y transparencia.
-reforma educativa: pacto con PSOE. Entrecruzamiento de Logse-Loe y Loce. Estructura disciplinar por principios pedagógicos.
-reforma económica: privatización activa y libertad pública. Retro-liberalismo (neoliberalismo), Ralph Nader, Howard Dean, Partido Reformista americano (populismo).

Y finalmente, dos aspectos críticos para la derecha:

-principio de ciudadanía: ciudadanía y no nacionalidad historicista de base étnica. Pluralidad religiosa dentro de la Constitución, con base cristiana, aunque no meramente católica.
-política exterior: no se renuncia a la guerra, pero esta no es colonial-imperialista al modo decimonónico. Unión Ibérica. Ministerio específico para Suramérica: unión transatlántica metropolitana. Hispanidad cívica.

Let´s Radical

Vamos radicales. Vamos, radicales.

El Partido Radical fundado por Ruiz Zorrilla surgió en el Sexenio Revolucionario (1868-74) del Partido Progresista de Sagasta, asumiendo el programa de derechos civiles elaborado desde 1812 hasta 1868. Pero a la larga se desmarcaría, como vamos a ver, de la 1ª República y de toda veleidad confederal y colectivista. Cabe recordar que de las Cortes de Cádiz, y especialmente desde el Trienio Liberal, y sobre todo a partir de la década de 1830 se van configurando los dos grandes bloques políticos de la democracia española. El Partido Moderado de Martínez de la Rosa, Narváez y otros, y el Partido Progresista de Espartero, Prim y otros. Las disensiones son mayores en el Partido Progresista, de modo que dejémoslo para más adelante. El Partido Moderado, dirigido políticamente por Martínez de la Rosa, que estuvo en Cádiz y que estuvo gobernando en el Trienio Liberal, tendrá su líder gubernativo en la figura de Narváez. En su lado liberal, a pesar de que el liberal progresista Prim estará unos años con ellos, no será sino un partido liberal moderado, la Unión Liberal, el que surge a mediados de 1850, y que desde 1858 hasta el año de la "revolución" de 1868 será el partido dominante, dirigido por O´Donell. De la Unión Liberal sale Cánovas (también estaba Serrano), quien al final del Sexenio, refunda la Unión Liberal con lo que quedaba del Partido Moderado -ya apenas los más conservadores de las Cortes de Cádiz, representados ahora en la figura de Pidal, democristiano de ala dura-, dando nacimiento al Partido Conservador, partido dominante en el régimen que inaugura la Constitución de 1.876, la más longeva de las españolas hasta la fecha. El Partido Conservador durará como tal con pequeñas disensiones hasta 1931. Después de Cánovas, sus líderes serán Silvela, el más liberal Maura, Dato, y, sobreviviendo a la dictadura de Primo de Rivera, De la Cierva. En la 2ª República, se agrupa bajo las siglas de la CEDA, cuyo núcleo duro es Acción Popular, dirigida por Gil Robles, y antecedente en el nombre, tras la dictadura de Franco, de la Alianza Popular de Fraga, que junto a pequeños grupos liberales y democristianos, se refunda en el actual Partido Popular, absorbiendo buena parte del espacio sociopolítico del partido de Suárez, la UCD, y después el CDS (una especie de partido de centro-derecha heredero de los reformistas, liberal-demócratas y socialdemócratas conservadores de los Álvarez, Alcalá-Zamora, y antes Castelar, de la primera mitad de siglo), que dirigió junto al Rey la transición a la democracia, la elaboración de la Constitución de 1.978 y el primer gobierno de la democracia.

Como ya he dicho, la historia del Partido Progresita o bloque progresista es aun más dramática, reuniendo desde la segunda mitad del siglo XIX (cuando termina su primera etapa con Espartero y Argüelles), hasta nuestros días, especialmente desde el asesinato de Prim (renunciando por tanto al liberalismo progresista y al Estado unitario), a progresistas (en adelante llamados "republicanos", "demócratas" o "federales"), socialistas y nacionalistas. En las Cortes de Cádiz, a diferencia de la alianza de monárquicos y "jovellanistas", son los llamados "liberales", pero ya en 1820-23, se les llama "exaltados". En principio, aceptan la monarquía parlamentaria y el bicameralismo, pero poco a poco van haciendo de la reivindicación de la República el principal punto de su programa de derechos, aliándose para ello, hasta salirles una República confederal y marxistoide, con socialistas anti-parlamentaristas y nacionalistas secesionistas. No diré nada de los nacionalistas, pues demasiado bien los conozco, pero sobre el Psoe sí: tan cierto como que siempre, desde Iglesias, tuvo un ala moderada, es que hasta finales de los años 70 del siglo XX no renunció al marxismo revolucionario, tan apreciable en el artículo 1 de la CE de 1931 como hoy lo son todavía sus persistentes alianzas con los nacionalistas desde los últimos años de González. Como dicen en inglés, NO WAY. Justo de este camino emprendido por el bloque progresista se van saliendo gente como Castelar, que funda la democracia-cristiana moderada (o socialdemocracia conservadora), Sagasta (continuador a su modo de Prim), y, lo que me interesa ahora, el Partido Radical, fundado por Ruiz Zorrilla.

El Partido Radical es el que más tarde será en puridad llamado "federal", pues los republicanos o demócratas de Salmerón consolidan su alianza con nacionalistas y marxistas a pesar del fracaso de la 1ª República. Entremedias, recordemos, está el Partido Liberal de Sagasta y Canalejas, el otro pilar de la Restauración, que hacia 1910, con Romanones, ya casi no tiene vida, dando lugar a varios partidos de centro, reformistas, liberal-demócratas (García Prieto, de donde sale Alcalá-Zamora), o democristianos moderados, un poco lo que recogerá más tarde la UCD. Con Lerroux, antes de la 2ª República, al Partido Radical se le llamaba desde 1908 Partido Republicano Federal: eran republicanistas y críticos con la Monarquía, pero de hecho, en la 2ª República, gobernaron junto a la CEDA, haciendo de verdad honor a su nombre. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que en pura terminología norteamericana, era en efecto un Partido Republicano, y radicalmente Federal. Esto es, era un partido de centro-derecha. Me ha llevado cierto tiempo descubrir esto, y que yo estoy en este bando, porque en general se les ha considerado de centro-izquierda, o al menos liberales, a veces no sin razón, por origen y por programa. Pero las cosas son más complejas, en el bien entendido de que "izquierda" y "derecha" son puras palabras espaciales, y según como se mire. La política tiene que ver más con el tiempo.

He dicho "en pura terminología norteamericana". ¿A qué me refiero? Me refiero a Lincoln. Y aquí quería llegar. Pienso que los Radicales que aun quedamos en España debemos asumir esto al mismo tiempo que el Partido Popular debe asumir su lado radical, que no es el de los democristianos duros ni el de los liberales de la patronal (el legado más actual de los Bush o el viejo de Teddy Roosevelt los tienen asumidos), sino el del viejo radicalismo de Ruiz Zorrilla y Lerroux y aun más el de las mismas Cortes de Cádiz en tanto origen de la nación española como democracia. Leyendo algunos fragmentos de discursos de Cánovas y Silvela se puede observar que mencionan con gran admiración el nombre de George Washington. Sin embargo, y eso que ya había sido célebremente asesinado después de su victoria, el de Lincoln apenas aparece. Seguirá sin aparecer durante mucho tiempo. Esto es un error apenas enmendado por el pacto CEDA-Partido Radical de la 2ª República. Un error sin más, pues las propuestas del bloque progresista, por muy aparentemente progresistas que fueran -siempre con la vista puesta más en la muy discutida revolución francesa que en la inglesa y la americana-, entroncaban, incluso en tiempos de la 2ª República, precisamente con el bando derrotado por Lincoln en 1861-65: confederación, monopolio, servilismo interno, etc. Y esto es, por otra parte, el error garrafal de los mismos radicales, de algunos radicales como Domingo o Martínez Barrio en su apoyo a los delirantes derroteros de la 2ª República, y a Azaña, quien había rechazado a la radical Clara Campoamor, más valiente; el viejo error, en suma, del mismo Ruiz Zorrilla cuando apoyó, después de haber rechazado sensatamente la 1ª República, a Salmerón, no solo contra Cánovas sino, lo que es peor, contra la Constitución de 1.876. Un error repetido, como he dicho, y apenas enmendado por Lerroux, de forma aun más dramática en la 2ª República, para acabar finalmente no en 7 años sino en 36 de dictadura.

Pienso por tanto que es la hora de que el P.P. asuma a los Radicales, incluyendo su errática pero no desacertada historia como partido, que esencialmente, veáse o no incluso por ellos mismos, remite a Lincoln, a quien en EEUU consideran no en vano un "republicano radical". Let´s Radical. Ciertamente, en Europa las cosas no son siempre tan claras como en los EEUU de América. En Europa, los radicales, en general, son partidos de centro puro y duro, partidos bisagra. Hoy en día, los más importantes son: los D66 de Holanda, herederos de la Liga Radical de princpios del siglo XX, que se denominan a sí mismos como "social-liberales"; el Partido Radical italiano, que a pesar de la escisión de centro-derecha, está básicamente en el centro-izquierda y que se declara "transnacional"; y los partidos radicales franceses: en este caso, a pesar de que existe uno de centro-izquierda, el más relevante es el de centro-derecha, asociado a la UPM, y dirigido por Borloo, actual Ministro de Trabajo. En el Reino Unido los Liberal-Demócratas vienen a ocupar este espacio, teniendo en cuenta que son una escisión de los Conservadores. En Alemania, este papel se ha repartido entre Liberales y Verdes. Es en Francia, pues, y en menor medida en Holanda, en donde los radicales más se aproximan a su sentido original norteamericano, a Lincoln. No en vano, el político europeo que mejor ha representado esto fue Clemenceau. Voy a acabar con una de las frases de Clemenceau que consolidaron la República en Francia, mucho más de lo que pudieron hacerlo Jaurès y sus antecesores. En un debate parlamentario sobre la idea de ciudadanía que se intentaba fraguar e institucionalizar, Clemenceau exclamó: "El problema es que en su propuesta oigo a Loyola y no a Aristóteles".

Aristóteles, y no Loyola, fue finalmente lo que se oyó. El Sr. Rajoy mencionó a Jefferson a cuenta del debate sobre la España autonómica, el nacionalismo y la democracia. El siguiente paso es asumir, radicalmente, el legado de Lincoln. No basta con un General ni con la compra de la Louisiana.

Reconstitucionalizar la democracia

En "Archipiélago" he publicado tres reseñas sobre la cuestión de la democracia española: “Una democracia sin relieve”, “La primera transición y otras transiciones” y “Cómo está la Pepa”. Ahora, me habían pedido un artículo sobre la situación actual de la democracia española, que es este que cuelgo aquí. Finalmente, por razones no demasiado difíciles de imaginar, el número no se va a publicar y "Archipiélago", tres años después de que lo hiciera "Lateral", cerrará, tras veinte años de existencia. Este es el ambiente cultural, y político, de la España de ZP. Luego PJ Ramírez dirá la primera brillante y seudomoderna ingenuidad que se le ocurra sobre el supuesto buen trato de ZP a los medios, y en general a la cultura. ZP ha abierto varios medios en su lado de la calle, por cierto algunos aun harto civilizables, y en el otro ha dejado hacer, hasta cierto punto. Cuando se trataba de ir a contar verdades, cualquiera que lleve escribiendo en las revistas desde hace más de diez años, como es mi caso, puede vislumbrar, calladamente, este punto crítico. El punto de una verdadera crítica, una crítica que no solo sea un artículo de opinión fácilmente contrarrestado por el poderío de Prisa y demás prensa local, sino una opinión fundada en hechos contrastables, y no directamente proveniente de la derecha mediática. Entonces ya no. Qué curioso, qué triste y qué terrible. He aquí el artículo:

RECONSTITUCIONALIZAR LA DEMOCRACIA

El presidente del Gobierno ha manifestado que las siguientes generaciones, incluida la suya, verán muy posiblemente la reforma de la Constitución de 1.978 (en adelante CE78). Pero el Presidente del Consejo de Ministros podría haberse esperado un poco, y no haber promovido y aprobado la reforma de los Estatutos de Autonomía en un sentido -y esto sin mencionar el caso del Estatuto de Cataluña- que Alemania e Italia han rechazado, y que sigue resultando inimaginable en Francia y aun en el Reino Unido. Podría haber acometido, con la ambición que dice haber tenido para al cabo vulnerar, en mi opinión, la Constitución del 78, la reforma constitucional verdaderamente pendiente aun desde 1.978: la del Senado.

El Senado podría ejercer, en efecto, como Cámara de representación territorial, podría ser la cámara de segunda lectura con veto cualificado para los asuntos de competencia autonómica o compartida, la cámara en la que el patrimonio plural de culturas de España (mencionado en el Preámbulo de la CE78) pudiera ser escuchado, atendido y debatido. Pero ahora mismo nos encontramos en una situación paradójica, o más bien absurda: en una especie de unicameralismo jacobino de tinte despótico en cuanto última ratio cuasi no deliberativa de los asuntos que previamente han sido abordados por los parlamentos autonómicos blindados no solo al Gobierno central sino también a sus propios municipios y ciudades. Más grave que la querella competencial es la vulneración de derechos constitucionales en algunas de estas comunidades, y su propósito, más bien delirante como vamos a ver, de soberanía compartida, y esto en el mejor de los casos.

El ilustrado español de la segunda mitad del siglo XVIII, Ibáñez de la Rentería, fue uno de los pocos en asumir ya entonces plenamente el significado de la democracia: “La excelencia de este género de gobierno está principalmente en ser más inmediato a su constituyente, que es la universalidad de los Ciudadanos, a quienes todo gobierno representa y en que cada Individuo con la capacidad universal para elegir los miembros de gobierno ejerce en algún modo por sí mismo la soberanía en esta continua creación. Por consiguiente este gobierno es más lisonjero al pueblo, más igual y más moderado, pero no carece de defectos” (citado por Mario Onaindía en su imprescindible libro "La construcción de la nación española", pág. 238). Este significado y no otro es el que requiere a mi modo de ver ser reconstitucionalizado, aunque el Presidente actual nos haya ofrecido en verdad más dificultades que oportunidades de hacerlo bien, o incluso, en algún caso, y esto es lo más grave, simplemente de hacerlo, a falta de sentencia, cuando escribo esto, del Tribunal Constitucional.

El Senado fue uno de los puntos calientes del debate de los constituyentes de 1808-1812. Jovellanos era un firme defensor de su existencia. Un buen funcionamiento del Senado, hoy como entonces, hubiese permitido una efectividad sin malentendidos ni opresiones del término nacionalidad, que junto a las regiones aparece en el artículo 2 de la CE78 integrando la nación española. Como es sabido, el término nacionalidad proviene en la tradición española de la obra de Pi y Margall, cuyo problema fue mezclar a Proudhon con Hegel y dar pie a que un discípulo suyo, Valentí Almirall, fundara en "Lo catalanisme" el nacionalismo catalán, antecedente del vasco, con el nombre de particularismo. El sueño utópico de los Pi y Margall, Garrido y la primera generación del krausismo no tenía ninguna viabilidad: en EEUU el partido confederal había sido derrotado ya en 1860-65 en unas elecciones y en una guerra que refundaron la nación que hoy sigue siendo la más radical y admirable democracia del mundo entero. No sé por qué en España al confederalismo se le siguió llamando, aun en la 2ª República, federalismo, aunque ahora bien se le añade lo de asimétrico. Además, el primer proyecto de República implicó el asesinato de Prim, inaugurando una tradición que tambien se llevó por delante a Cánovas, a Dato y en fin a la misma democracia española que a trancas y barrancas se había ido configurando durante todo el siglo XIX hasta la Constitución, restauradora de una monarquía parlamentaria, de 1.876.

Mucho se ha dicho en negativo de la llamada Restauración. Sin embargo, puso los cimientos de lo que podría haber sido una política española sin dictaduras en el siglo XX. Al asesinato de Cánovas cuando ya existía el sufragio universal masculino le siguió sobre 1.920 el de Dato, que finalmente antecedió a la dictadura obrerista de Primo de Rivera, y ésta a la República de los “trabajadores de todas las clases” que no aceptaron el primer cambio de gobierno del régimen. Sin duda la Restauración presentaba graves carencias, muchas de ellas como herencia histórica que la política española del siglo XIX surgida a partir de la Constitución de Cádiz había intentado amortizar de forma diversa. Entre ellas cabe destacar la principal, que aúna, más allá de la expulsión de los judíos y la Contrarreforma, la confusión del orden político con el religioso-eclesial producida por el fallido proyecto tardomedieval o protomoderno (según como se mire) de la monarquía hispánica universal, en tiempos de Felipe II, con la consiguiente ausencia de solidez en la revolución científica, tecnológica, económica y finalmente política en que consistió propiamente la modernidad europea y occidental a partir de 1.600.

No se trata de que España fuera católica, o tuviera que serlo, como aún prescribía la Pepa, ni que tuviera que dejar de serlo, como anunció Azaña. Tampoco de profesar la fe del vicario saboyano. Se trata de que las instituciones y la sociedad civil en general habían perdido el tren de la velocidad moderna. A principios del siglo XVI el Rector de Salamanca, Pérez de Oliva, publicó un "Diálogo de la dignidad del hombre" al modo del escrito años antes por el florentino Pico della Mirandola. No hay nadie durante todo el siglo XVIII en España ni en Portugal que escriba al modo de Locke o Voltaire una "Carta de la tolerancia". Si se escribe sobre la libertad de conciencia o de culto se hace solo como “libertad de escribir” (Foronda), o bien más a menudo en su contra. Tampoco el proyecto de una academia de ciencias al modo de la Royal Society de Londres (creada en torno a 1.660) llegará a buen puerto sino ya en 1.840, y en forma tan rígida como para que a finales del XIX una figura como Cajal le pasara desapercibida.

Aun con todo esto, la Constitución de 1.876, obra política de un siglo que empieza en Cádiz después de haberle recortado las uñas a la Inquisición española durante la Ilustración (Voltaire dixit de la obra de Aranda), fue y sigue siendo digna de tener en cuenta. Las medidas de modernización incluyeron, a pesar del mercadeo turnista (práctica que cabe imaginar generalizada en todo el mundo occidental), el ya mencionado sufragio universal masculino en 1.890, y ya en el siglo XX: el ministerio de educación; un puñado de leyes laborales; la asunción del programa de derechos civiles elaborado en el siglo pasado; y también la creación de la Mancomunidad de Cataluña como un primer paso de descentralización autonómica y municipal en toda España.

Quedaba, por supuesto, el problema militar de un país que había dejado de ser una potencia internacional mucho tiempo antes de lo que él mismo estaba dispuesto a reconocer. Este problema, junto a los nacionalismos catalanista y vasquista, y la cuestión de la jefatura del Estado, desembocaron, en unos contextos de crisis mundial, en las dictaduras españolas de todos conocidas. Nuestra democracia actual empieza a padecer también serios y ya conocidos problemas, ahondados en la última legislatura del Presidente Rodríguez Zapatero, pero por fortuna, de momento, el contexto internacional es muy diferente. No solo existe la Unión Europea sino la hegemonía de los Estados Unidos de América. Nuestra Monarquía, por otra parte, parece haber entendido por fin, tras el largo periodo sin rey de la dictadura franquista, aquel lema del reino de Aragón que Spinoza decía admirar y mediante el cual era el pueblo el que elegía al rey. Sin embargo, nunca está de más repetirlo: el Rey reina pero no gobierna. El Ejército, por su parte, va a la guerra si lo mandan las Cortes Generales, y si lo mandan éstas vuelve como se fue. Al pueblo no lo representa el Ejército, que lo defiende, sino el parlamento.

La Constitución de 1.978 puede seguir vigente durante muchos años. He hablado de la perentoria (aunque tal vez demasiado tardía) reforma del Senado. Podría ser una primera vía de reconstitucionalizar nuestra democracia, de democratizar nuestra vida en común. Otras materias también merecen ser revisadas, y aun desandadas: el poder judicial y la misma división de poderes, incluyendo a los medios de comunicación; el sistema de partidos y la ley electoral; el sistema de educación y formación en relación a nuestro modelo productivo de economía y a la calidad de nuestro conocimiento; la religión y su lento ajuste en el pluralismo moral de la sociedad; y en fin, la política exterior y nuestra relación con Suramérica. En aras siempre de una hispanidad cívica en el marco de una sociedad libre, recordemos para acabar las palabras de Spinoza en su "Tratado político": “La democracia es la asociación general de los hombres que posee colegialmente el supremo derecho a todo lo que puede”.

Manifestación en Barcelona por el bilingüismo


"NO A LA IMPOSICIÓN LINGÜÍSTICA EN NUESTRAS ESCUELAS"

(Ciudadanos llama a manifestarse este domingo en defensa del bilingüismo Partido de la Ciudadanía convoca a la sociedad civil e instituciones a manifestarse en defensa del bilingüismo en las escuelas de Cataluña -y el resto de CCAA en las que hay dos lenguas oficiales- el próximo domingo 28 de septiembre a las 11 horas en la Plaza de Urquinaona de Barcelona, bajo el lema "No a la imposición lingüística en nuestras escuelas".)

Miles de personas se manifiestan en Barcelona por la libertad lingüística

Noticia publicada el 27-09-2008

(Libertad Digital) La marcha recorrerá el centro de la ciudad y finalizará en la Plaza de San Jaime con un acto reivindicativo festivo en el que intervendrán ciudadanos que han vivido en primera persona la discriminación lingüística en diferentes CCAA, y en el que participará la profesora Sara Burgos que, después de denunciar públicamente en la prensa la discriminación que sufren los niños en la escuela, ha sido expulsada de su centro de trabajo.

El acto estará presentado por el actor Toni Cantó y el manifiesto final lo leerá el escritor y periodista Arcadi Espada. Asimismo, la manifestación contará con la asistencia de intelectuales como Francesc de Carreras, Félix Ovejero e Iñaki Ezquerra, entre otros.

En estos momentos, el número total de asociaciones cívicas que se han sumado a participar en la marcha en defensa del bilingüismo y han confirmado su presencia son ya 14 -además de tres partidos políticos, sin contar a Ciudadanos: UCE, PP y Ciudadanos de Menorca-, después de que en las últimas 48 horas se hayan sumado Convivencia Cívica Catalana y Universitarios Liberal Demócratas -que entre las dos obtuvieron más de 50.000 firmas y consiguieron que se presentase una Iniciativa Legislativa Popular en el Parlamento de Cataluña sobre la discriminación lingüística en Cataluña-, Foro España Hoy, Juventudes Liberales, y Asocolombia.

Las entidades de toda España que han dado su apoyo y participarán en la manifestación son: Asociación por la Tolerancia, Círculo Balear, Padres por la Libertad de Elección Lingüística del País Vasco, CADECA, Acción Cultural Miguel de Cervantes, Cives Iure, Asociación de Profesores por el Bilingüismo, Unión de Guardias Civiles, Galicia Bilingüe, Convivencia Cívica Catalana, Universitarios Liberal Demócratas, Foro España Hoy, Juventudes Liberales y Asocolombia.


Radical puro

No una vez sino dos veces se me ha colgado un escrito titulado "Recuerdos de baloncesto" en el que relataba mi experiencia como jugador de baloncetso, y reflexionaba sobre la elección que tomé en su día, con 14 años, de anteponer los estudios a la posibilidad, no meramente remota, de convertirme en un jugador profesional de baloncesto, evitando una pérdida posible antes que buscando una ganancia incierta. Me podría extender más, con multitud de recuerdos, algunos agridulces, otros maravillosos, pero simplemente diré que yo era un jugador como Ricky Rubio en un cuerpo y altura como los de Raúl López, y los problemas que ha tenido López como profesional básicamente son las razones que me llevaron a mi elección, porque además en mi estilo de juego no entraba todavía la misma habilidad en el tiro o en el manejo del balón. De modo que preferí dedicar el gran esfuerzo que hubiese significado ir a probar en los juveniles del Joventut de Badalona a los estudios, en los que he llegado no sé si muy lejos pero al grado de Doctor. Bien es cierto que en los estudios no hay mundo profesional (al menos en España, donde los doctorandos no cotizan), pues el mundo profesional empieza después de los estudios. Ahora, estoy en esa pelea y entre esto y los triunfos de la selección española de baloncesto de los Gasol y compañía, especulo a veces con el qué hubiera pasado de elegir el baloncesto. Como esto es imposible saberlo, solo puedo concluir que si yo pudiese vivir otra vez, después de esta, otra vida igual, entonces como segunda mejor opción elegiría, esa vez sí, la prueba del baloncesto. A partir de los 14 años viviría otra vida distinta a la que he vivido, eso seguro. La tercera opción entonces estaba relacionada con el mundo del rock y de la música, pero esto lo abandoné incluso antes. De modo que más vale que pase a otro tema.

He empezado a leer el "Spinoza" de Alain, famoso profesor de filosofía de secundaria de la Francia de principios del siglo XX. Alain define a Spinoza como un "radical puro". Más allá del rigor de su estudio, a veces discutible, es muy interesante esta obra, dada la típica astucia del profesor de secundaria que Alain aplica nada menos que a Spinoza. ¡Spinoza para adolescentes, qué más se puede pedir!

Si yo tuviera que definirme bajo amenaza de muerte (quiero decir que no me defino fácilmente y menos para siempre), elegiría esta sentencia que Alain aplica a Spinoza: un radical puro. Es lo que solía decirme mi madre, y mi compañero de profesión y amigo Manolo Manzanares. Por eso, cuando oigo hablar de izquierda o derecha políticas, y a pesar de que he solido estar más bien desde adolescente en el centro-izquierda, recuerdo que he sido y soy ante todo un radical. Puro, no de partido. Pero siempre me ha atraido algún aspecto de los partidos o ligas radicales, que por cierto no han sido solo de centro-izquierda, o izquierda liberal, sino de centro-derecha, o de derecha republicana, como el mismo Partido Radical español fundado por Ruiz Zorrilla, que aceptaba el programa demócrata de derechos, aunque se desmarcaba del gran partido de izquierda -cada vez más marxista, y más aliado de los nacionalistas- para hacerlo realidad. ¡Si es que pocos años antes la victoria política y militar de Lincoln había acabado con la farsa de los "derechos" de los demócratas! En España, el partido radical no desembocó, allí donde pudo, precisamente en el comunismo, sino más bien en el centro-derecha, como finalmente ocurrió con el gran Lerroux, amigo de Ferrer Guardia, y su pacto con la Ceda en la República. Políticamente, el radicalismo en sí mismo ya es todo un programa. Hoy en día existen partidos radicales de derecha y de izquierda, los más famosos respectivamente son el francés, heredero de Clemenceau y su partido radical-socialista, pues el partido radical a secas fue el que desembocó via Jaurès en el partido socialista, y el italiano de Pannela, Bonino, etc. Los D66 holandeses, social-liberales, o los mismo lib-dem británicos, son otras tantas herencias del radicalismo. Pero la posición más frecuente del radicalismo es un centrismo... radical, no contemporanizador. Sin radicalismo, no pueden entenderse los Estados Unidos de América, por ejemplo.

He dicho que solía situarme en la discusión partidista más bien del lado de la izquierda moderada, y voté una vez para el Congreso al Psoe en las Generales del 2000. Pero no soy anti-americano sino todo lo contrario, desde niño. Así hice mi campaña para delegado de curso al final de la EGB, como un yanqui cualquiera. En la revista del instituto, escribí sobre política, rock, cultura popular, Suramérica, Irak o el militarismo, pero nunca a gusto de todos: en medio de los tópicos de la rebeldía juvenil, criticaba, por ejemplo, a Sadam Hussein, lo cual era una osadía, o rechazaba el mito del Che Guevara, o despotricaba aun más que del patrioterismo militar del nacionalismo catalanista. A veces simplemente como reacción ante el rechazo que sufría por escribir y hablar en castellano. En la asociación ecologista que fundamos entonces, yo me puse del lado de los ecologistas urbanos, hasta que lo dejé en medio de tanta ecolatría. En la universidad, las cosas que escribí en los varios fanzines que circulaban y hacíamos circular por entonces, iban desde Voltaire hasta la contracultura. Más rock. Y ya filosofía. El único artículo que he escrito en mi vida en el que he puesto de mi mano la palabra "izquierda" en el título (lo del nietzscheanismo de izquierdas era una reseña) se llamaba "Presente y futuro de la izquierda", fue en 1993 y yo tenía 19 años, y empezaba con Montaigne y acababa con Stuart Mill. Esos peligrosos conservador y liberal, respectivamente. Sí, estuve un fin de semana de aquel año en un congreso de AEP, la asociación de estudiantes progresistas vinculada a IC-IU, y ese fin de semana me bastó para abandonar definitivamente el izquierdismo y cualquier forma integradora de catalanismo, las dos cosas de una vez.

Luego, finalizados mis estudios de Derecho, empecé el Doctorado en Humanidades y finalmente acabé en el de Filosofía. Desde 1997 estuve escribiendo en revistas, para empezar en "Lateral", que la llevaba un húngaro judío afincado en Barcelona no demasiado benévolo, que digamos, con la izquierda, por no mencionar al comunismo. Y eso que su abuela había sido una de las fundadoras del partido comunista húngaro, según dijo. Formé parte del Consejo de Redacción de "Lateral" los años 2000 y 2001. Tuve una cierta recaída en los márgenes izquierdistas desde la manifestación de Seattle del 99 hasta el MayDay de 2004, pero en esta última ocasión yo ya había votado por primera vez al PP en unas Generales, en las listas del Senado. Quiero decir que tuve interés en algunas cosas de las que surgieron al calor de la alter-globalización y demás movidas, pero ciertamente mi implicación en dichas movidas fue siempre muy indirecta cuando no nula. En la famosa manifestación contra la guerra de Irak estuve media hora, y como observador. Más interés tuvo para mí la que se celebró antes, en 2002, contra la Europa del Tratado, y me alegro de que el Tratado fuera rechazado en referendum después por el pueblo de Francia y por el de Holanda e Irlanda. Aún un poco confundido, utilicé despectivamente, yo también, la palabra "neoliberalismo". Qué le vamos a hacer. Pero ya entonces yo había escrito mi tesina, que resulta demasiado liberal para cualquier izquierdista irredento, y estaba en trance de escribir mi tesis, radicalísima, pero pura.

De hecho, verdaderamente mi interés político más acuciante se centraba, por lo menos desde 1995, en un asunto mucho más prosaico y aburrido que la globalización. El nacionalismo catalanista, y especialmente su política lingüística y cultural. Contacté, desde el año 2000, con la Asociación por la Tolerancia, que aquí está, en los enlaces de mi blog. Y un poco a resultas de todo esto, en 2006, cuando yo ya trabajaba y vivía en la Comunidad Valenciana, fundamos entre algunos cuantos el partido político Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, de cuya despedida por mi parte ya he hablado profusamente en este mismo blog.

Pinker y la estofa del pensamiento

"El mundo de las palabras", traducible directamente por "La estofa del pensamiento", de Steven Pinker, profesor de Psicología en Harvard, antes en el MIT, es un libro enorme. No solo porque tiene 600 páginas, sino por lo que trata y cómo lo trata. La vetusta cuestión del lenguaje y del pensamiento. El libro, editado y traducido en 2007, es el vértice donde convergen las cinco obras comerciales anteriores de Pinker, dos dedicadas al lenguaje ("El instinto del lenguaje" y "Palabras y reglas") y tres dedicadas a la mente y la naturaleza humana ("Cómo funciona la mente" y la doble ración de "La tabla rasa"). "El mundo de las palabras" está dedicado a la mente y a la naturaleza humana, a través del estudio del lenguaje.

Con ese placer angustioso típico del tema -psicolingüística-, he podido ir comprendiendo las explicaciones y la tesis básica del libro. Como he dicho, Pinker analiza la mente y la naturaleza humanas a través del lenguaje y lo hace en la forma de una amena combinación de erudición y humor. Pero para mí se queda -quizá porque hasta allí llega el lenguaje- a las puertas de lo que más preocupa a la filosofía, que es el pensamiento, esa "mente" que Pinker ve al trasluz del lenguaje; o sea, que la ve solo por una cara, por decirlo así. Pero está bien. Su teoría del lenguaje es quizá la que más se aproxima a mi idea, en cierto modo. Pero tengo una discrepancia, que puede ser mayor o menor en función de lo que esté en juego, con una de las tesis de fondo de Pinker. Por ejemplo, afirma que la democracia y el libre mercado no forman parte del reino de la naturaleza humana. Antes ha dicho que el lenguaje humano no es el mismo que emplea la ciencia -como si la ciencia no estuviese hecha por ojos y lenguaje humanos. Es aquello de "el sentido común dice una cosa pero la física cuántica dice otra".

Como ya saben, yo he intentado esbozar una noción de sentido común, y de democracia, que sea compatible con la física cuántica -no solo compatible sino hasta "fundada" en ella. El lenguaje es digital, binario, como lógico que es, esto es correcto, pero lo que Pinker no analiza, y que de algún modo se trasluce en el lenguaje, es que el pensamiento no es digital, o no lo es puramente, sino analógico también -esto es aquello que yo digo que el intelecto no se da sin imaginación y sentido común, y por tanto la lógica buena es la trivalente, binaria para lo que tiene que ser binario (el lenguaje), pero de algún modo traspasada o preñada por lo analógico -o yo diría imaginario, en conjunción con el sentido común-, que es lo que tiene que ver con el "nous", la mente, y no aun con el "logos", el razonamiento.

No todo el mundo es tan continuamente listo como para entender la ciencia, pero no son lenguajes distintos. Naturalmente nuestro lenguaje humano arrastra todo tipo de cosas desde la prehistoria, pero no son radicalmente lenguajes "distintos" el popular y el de la ciencia. Pinker empieza desmontando la percepción de la causalidad de Hume, pero después de algún modo se parapeta en ese humeismo sociológico típicamente angloamericano, teñido de platonismo.

Bien es cierto que da la impresión de que Pinker es consciente de esto y hacia muy el final del libro hay un par de observaciones que señalan la contradicción de esa tesis y apuntan a una salida de ese platonismo. Pero, ¿por qué considera Pinker que nuestro cerebro es platónico de algún modo? Vale, puede derivar por comodidad hacia él, y Pinker finalmente asume que la cuestión de la que se trata, educativa para empezar, es de que precisamente usemos nuestro sentido común y nuestro lenguaje lo más libre y racionalmente posible, muy cuidadosamente acortando toda posible brecha entre el lenguaje popular y la ciencia, compensando con el lenguaje de la ciencia y de la libertad los otros tipos sociales de lenguaje más acomodaticios. No en vano, lo que está en juego es la verdad, y la misma democracia.

Respecto de la democracia y la naturaleza humana, pues, si no queremos ser puramente descriptivos, vale decir que "hasta un pueblo de demonios" se agruparía en una democracia.