Acabo de leer por fin a Jaime Balmes. "El criterio" (1845), en una edición de bolsillo editada por el diario El Mundo. A veces era como leerme a mí mismo, porque mi "Ensayo sobre el sentido común" tiene un tono más bien balmesiano. La escuela escocesa del sentido común es también una forma de escribir, y en Balmes, aunque parezca mentira, la prosa recuerda a la que será una de las mayores del siglo, la prosa del narrador Robert L. Stevenson, y con una cita de este autor acaba el prólogo de mi ensayo.
La diferencia entre el sacerdote católico de Vic y yo es mi rechazo del orden sobrenatural que dibuja Balmes en su clasificación de las ciencias. Si Dios puede hacer lo que quiera hasta el punto de variar el orden natural, y tiene que poder hacerlo, el orden divino o sobrenatural no es tal. Dios es, pero no precisamente un orden, un orden preestablecido -toda mi crítica al optimismo filosófico del idealismo alemán que aun coleteará en Ortega-, ni un destino totalmente ciego, aunque muchas veces lo parezca -mi salto del pesimismo filosófico a una filosofía trágica pero no por ello, a diferencia de Unamuno, irracional o meramente sentimental. Si Dios fuera simplemente orden, bastaría la razón para conocerlo y amarlo; si Dios es totalmente desconocido, ni la fe basta, pero ya estamos más cerca. Mi tesis es que precisamente porque la razón no puede ser exhaustiva nos enseña el valor y vigencia de la fe en la relación con Dios, un Dios descrito por la razón, en mi caso, al modo de Spinoza, pero vivido en la fe, en la fe cristiana. No podríamos llamar orden a lo que la razón no puede identificar por si sola, y por eso el sujeto de partida de mi filosofía del sentido común no es el Dios de la religión católica sino aproximativamente la realidad que Deleuze llamó caosmos, orden-desorden solo a partir del cual podemos determinar las cosas, etc. Mi tesis es una tesis filosófica distinguida de una teológica o religiosa en este punto, y su foco se centra después en la cuestión ética y política de la humanidad. Pero no hay dos sustancias: Spinoza llama Dios o Naturaleza, sin panteísmo ninguno porque su relación es asimétrica con preferencia de Dios, a esto que he llamado caos y cosmos, orden-desorden, caosmos. Precisamente porque Dios no es totalmente conocible la razón no excluye el valor moral de la fe ni la ética de la democracia la verdadera religión, si bien en mis trabajos yo solo me he ocupado de la razón.
Por lo demás, "El criterio" es una obra bien sencilla, una especie de introducción a la sabiduría, como la de Vives. De Vives y Suárez hasta Balmes no hay filosofía española, salvo la fabulosa novela alegórica de Gracián "El criticón", la obra divulgativa de Feijoo en el "Teatro crítico universal" y en las "Cartas", y la Escuela de Valencia desde finales del siglo XVII hasta 1800 (Andrés Piquer sobre todos). Con Balmes, se reinicia la filosofía española y junto a él lo hace también Sanz del Río. Alguno diría que se trata de las dos Españas, salvo que una sigue una tradición y la otra menos, como muestra el caso del maestro en Kant Manuel García Morente en la fecha fatídica de 1936 y su repentina conversión última al catolicismo en "Idea de la Hispanidad", que bien mirado tampoco es lo mismo que la "Defensa de la Hispanidad" del tradicionalista moderno Ramiro de Maeztu.
Soy de la opinión que el problema de España no radica tanto en su siglo XVIII como en su siglo XVII, y esto por causas que se remontan al siglo XVI, y en concreto, a la Controversia de Valladolid. Esto es lo que hizo el franquismo, remontarse a tales fechas para volver a empezar: prohibir la monarquía y la libertad política para asentarlas sobre unas bases históricas adecuadas. El periodo excepcional del franquismo fue aparte de una dictadura a lo Donoso Cortés -y a lo Miguel Maura-, un régimen balmesiano. Balmes no fue, a diferencia del primero, diputado moderado, sino que apoyó un partido de unidad monárquica nacional, favorable al entrecruzamiento de las dinastías borbónicas y austríacas en la monarquía democrática. Es la diferencia entre el conservadurismo liberal de Martínez de la Rosa y Cánovas y el conservadurismo ya denominado popular del siglo XX tras el fiasco del reformismo maurista.
Es una lástima que en el siglo XVII la obra de Suárez, que recoge a su vez toda la ingente obra anterior de la Escuela de Salamanca, careciera de continuidad. Una obra descuella sin embargo en este siglo, o mejor dicho en su mitad, que es el final del espejismo imperial hispánico.
Me refiero a la increíble obra final de Gracián, "El criticón", de la que dijo Schopenhauer, y tras leerlo doy fe de ello, que era "quizá la más grande y la más bella alegoría que había sido escrita jamás", añadiendo en otro sitio: "Mi escritor preferido es este filósofo Gracián. He leído todas sus obras. Su Criticón es para mí uno de los mejores libros del mundo" (fuente: wikipedia). "El criticón" sitúa si no a la filosofía española sí a un posible "pensamiento de la nación", tal como se tituló el periódico político que Balmes dirigió en Madrid, a la altura que España empezó a perder a finales del XVI. Teniendo en cuenta lo que Santayana dijera a principios del siglo XX, "el conocimiento de la naturaleza es una gran alegoría que la acción interpreta", y que esta idea la recoge el francés Deledalle como un punto de encuentro de pensamiento entre el pragmatismo americano y la filosofía europea, la España del XVII tendría un rescate hermenéutico, no en su más brillante que sólido final Siglo de Oro, no en su, por otra parte fundante, "El Quijote" de Cervantes, sino en "El criticón" y por "El criticón" de Baltasar Gracián, como así trató de hacer María Zambrano en su reforma del entendimiento español, sugiriendo en "Persona y democracia" una clave para el entendimiento entre españoles ("la fe en lo imprevisible") y un papel histórico para España en el mundo.
A todo esto, nuestro amado Balmes, que tuvo postmortem sus discípulos protestantes (Pedro Sala), solo nos indica con inteligencia práctica el camino a seguir por este juicio, el camino del sentido común y la fe cristiana más que el del romanticismo krausista. Un sentido común, no obstante, heroico, y así, en la estela de "La tarea del héroe. Elementos para una ética trágica" de Savater, desemboca mi primerizo "Ensayo sobre el sentido común" en mi obra "Idea trágica de la democracia", como un criterio, ciertamente fronterizo o, por mejor decir, que distingue entre razón y fe, para entender la democracia y salvaguardarla de la demagogia.
De vez en cuando se plantea la cuestión de si bajo el franquismo, régimen personal o dictadura militar, el pueblo español dio muestras de sumisión y servilismo, o si por el contrario, con tal régimen se preparó para convivir civilizadamente en una democracia próspera. En mi opinión, la cuestión más importante no es si durante el franquismo el pueblo dormitó pasivamente sino si a causa de las cuatro décadas o más, contando las anteriores, de la experiencia dictatorial hay rasgos serviles en el pueblo español actualmente.
En cierto modo considero que sí los hay, e incluyo en ellos al anti-franquismo. Porque una cosa es luchar por una adecuada vuelta de la democracia y otra no entender ni la guerra ni el franquismo ni toda la historia española anterior.
En general, suelo llamar franquismo sociológico no a los beneficios que trajeron las décadas del Estado franquista, básicamente crecimiento económico, estabilidad internacional y reinstauración de la monarquía constitucional finalmente, sino precisamente a ciertos rasgos de servilismo que a derecha y sobre todo a izquierda el franquismo apenas pudo eliminar y en ocasiones más bien al contrario amplificó susceptible como era de utilizarse como coartada dada su esencial forma dictatorial. No sé exactamente a qué llama franquismo sociológico el sociológo De Miguel, yo considero que se trata de esto.
Y por tanto, considero que se trata de un rasgo que ha de ser corregido. Pero no tanto en el pueblo, que ya bastante tiene con ser pueblo, como en las elites. Políticos, medios de comunicación, profesores, grandes empresarios, etcétera. Corregido en ellos, no corregido por ellos para hacer luego pedagogía, como dicen, en el pueblo.
Se me ha ocurrido que la mejor manera de empezar a corregir los servilismos del franquismo sociológico sería modificar algunas tendencias explicitadas en los nombres que el ministro de Educación Nacional, Sr. Ibáñez, dio en 1940 a los patronatos e institutos del recién fundado, o según como se mire refundado a partir de la Junta de Ampliación de Estudios de 1907, CSIC.
Mis modificaciones serían las siguientes:>
-Economía: el instituto pasaría de llamarse "Sancho de Moncada", que era un autor proteccionista, a llamarse "Tomás de Mercado", autor dominico de una "Suma de tratos y contratos" (1571)
-Historia: el instituto pasaría de llamarse "Jerónimo Zurita", conocido por su estudio de la historia de la Corona de Aragón, a llamarse "Juan de Mariana", conocido autor jesuita de "Historia general de España" (ca.1600)
-Geografía: del nombre "Juan Sebastián Elcano" pasaría a llamarse "Alonso de Santa Cruz"
-Física: de este "Alonso de Santa Cruz", geógrafo, pasaría al de "Andrés Piquer", profesor de la Universidad de Valencia y autor de "Física moderna" a mediados del siglo XVIII
-Química: de "Alonso Barba", más bien dedicado a lo que en el mismo Decreto se llama técnica industrial, pasaría a llamarse "Juan de Cabriada", fundador de la moderna ciencia española en su libro "Carta filosófica, médico-química" de 1687
El instituto "José de Acosta" de Ciencia Natural desaparecería y pasaría a dar nombre a un instituto de Antropología y Estudios Culturales o en su defecto a un Museo de Historia Natural
Se crearía un instituto de Medicina de nombre "Miguel Servet"
No sé si todavía existen estos patronatos e institutos, pero, de existir, básicamente esto sería lo que yo rectificaría.
Vemos que en la estructura del CSIC de 1940 la Economía llevaba el nombre de un autor proteccionista, muy tenido en cuenta en aquellas circunstancias como autor de "Restauración política de España". En cambio, Mercado es librecambista, y el único dominico de la Escuela de Salamanca dedicado a la economía. En Historia, me parece mejor el enfoque general de Mariana, si bien no pueden pasarse por alto las correcciones de Zurita a la habitual confusión entre Castilla y España; también parece mejor el enfoque de Mariana respecto a una perspectiva a la vez monárquica y económica de la historia de España, como el hecho de detenerse en Fernando el Católico, lo cual rebajaría su pretendido antimaquiavelismo y en cambio le acercaría si no a Ginés de Sepúlveda (y luego a Saavedra Fajardo, el gestor del consecuente desastre provocado por Las Casas) al menos a Vitoria.
Respecto de las ciencias naturales, vemos que en 1940 todavía se confunde Geografía con Física, y Química con Industria. Y no es lo mismo. Si Alonso de Santa Cruz pretendía escribir una maravillosa "Geografía universal" en el XVI, ¿qué sentido tiene que no sea el que dé nombre al instituto de Geografía y en cambio se utilice el de un navegante que ya lo tiene consagrado en la Marina? Si Andrés Piquer es, de hecho, el único físico español propiamente dicho y propiamente moderno desde el XV hasta el XX, ¿qué sentido tiene que no sea el que dé nombre al instituto de Física? En cuanto a Cabriada y la Química, otro tanto. No se entiende muy bien qué significa "Ciencia Natural" existiendo institutos de Física, Química y luego Biología, y más bien de lo que trata atendiendo al autor que le da nombre, Acosta, es de antropología o cosa parecida ("historia natural y moral de los indios...", etc.). Este instituto pasaría a formar parte del patronato de Humanidades. Finalmente, no hay instituto de Medicina, y aunque he pensado en Martín Martínez para dar nombre a la nueva creación, me he decantado en fin por Servet, si bien más antiguo, también más simbólico.
Otros detalles: la Historia y la Geografía, que en 1940 están en Humanidades, las situaría en Estudios Sociales, cuyo patrono es Lulio -ya puestos, optaría por San Isidoro, pero bien mirado, ¿por qué no preferir a un ilustrado como Jovellanos? Distinguiría Arte de Arqueología, si bien ambas están bien situadas en el patronato de Humanidades, nombrado por Menéndez Pelayo -y me parece bien que así siga siendo aunque estaría dispuesto a aceptar el nombre de Mayans.
Permanecen en sus puestos en los Estudios Sociales, Suárez (Teología), Vives (Filosofía) y Vitoria (Derecho). En Humanidades, Nebrija (Filología), Arias Montano (Estudios Semíticos) y Velázquez (Arte), si bien este podría sustituirse por Luzán, y en todo caso faltaría un nombre para la Arqueología. Para la Comunicación hispanoamericana, un naturalista interesado en la filología amerindia del tipo de Celestino Mutis, para la Historia hispanoamericana quizá podríamos elegir a Bernal Díaz del Castillo en vez de a Fernández de Córdoba. El patronato de Ciencias debería sustituir el nombre de Alfonso El Sabio por el de Ramón y Cajal, en este caso lo que se pierde en antigüedad se gana en precisión. La Biología (incluida la forestal, animal, etc.) pasaría a integrarse, igual que la Medicina, en este patronato, bajo el nombre de Ochoa, si bien siempre tenemos a disposición el nombre de Cavanilles, o el de Azara. En Matemáticas, está bien Jorge Juan. Quizá en Astronomía podríamos utilizar el nombre de Jerónimo Muñoz. Etc. Así pues, vemos que relacionados con la Universidad de Salamanca tenemos a Vitoria, Mercado, Muñoz, Mariana, Suárez, básicamente los de Estudios Sociales salvo Muñoz. Mapas de Santa Cruz se hallan en Salamanca. Con la Universidad de Valencia a Vives, Cabriada, Piquer, Mayans, Jorge Juan, Cavanilles, esto es, en general a los de Ciencias, salvo Vives y Mayans -hay que tener en cuenta que Muñoz era valenciano. Con la Universidad de Alcalá están relacionados Arias Montano y Nebrija, que antes lo estuvo con la de Salamanca, es decir, los de Humanidades. Al patronato de Tecnología o Ingeniería le cambiaría el nombre de Juan de la Cierva por el de Pérez de Oliva, de la Universidad de Salamanca, y le daría el nombre de Juan de la Cierva a un instituto de nueva creación dentro del amplio abanico de las nuevas tecnologías, en este caso relacionadas con la automoción. Quizá en alguno de estos otros institutos podría reintegrarse el nombre de Alonso Barba. Faltaria un instituto y su nombre para la Arquitectura. Etc. El de Torres Quevedo de Material Científico lo doy por bueno. Al patronato de Comunicación e Intercambio científico le pondría el nombre de Feijoo.
Me refiero a "derecha política" y a "izquierda política".
¿Puede hablarse de una izquierda y de una derecha en las Cortes de Cádiz, cortes constituyentes, si no de la Nación histórica española sí de la Democracia española y por tanto de la Nación de ciudadanos iguales y libres en que aquella es constituida por vez pimeraen 1812?
Una cuestión muy útil sin duda, atrapados como estamos todavía en el franquismo para dilucidar qué es izquierda o qué es derecha, sin entender que el franquismo no se explica sin toda la tradición anterior, empezando por las Cortes de Cádiz y aun antes.
Porque aun antes es cuando empieza a dividirse la política española en dos partidos, provenientes ambos de un mismo partido español como oposición a un partido vizcaíno ligado al poder dependiente de la corte de París.
Tal partido español se dividió en un partido nobiliario (o aragonés) liderado por Aranda y en un partido golilla (por el tipo de uniforme de los funcionarios que accedían a él), liderado por Rodríguez Campomanes (conde de Campomanes, que era asturiano).
Pues bien, se puede hablar de derecha e izquierda en las Cortes de Cádiz en tanto las dos máximas figuras de la Junta Suprema Central que las convocó y preparó, en guerra contra el poder napoleónico (antaño vizcaíno), fueron Moñino (conde de Floridablanca, que era murciano), próximo a Campomanes, y Jovellanos (asturiano), próximo a Aranda.
Moñino fue el Presidente de la Junta Suprema de 1808 a 1810, cuando falleció y la Junta Suprema se disolvió pasando el poder al Consejo de Regencia. Jovellanos fue miembro de la Junta Suprema y falleció poco antes de la deliberación y aprobación de la Constitución. Los datos son aproximados. El Consejo de Regencia que convocó finalmente cortes estuvo presidido de 1810 a 1813 por el general Castaños (madrileño). La Junta estaba en guerra contra Napoleón y contra el poder monárquico sometido al poder francés (partido vizcaíno), pero no en contra de la Monarquía española ni en concreto de la dinastía borbónica, como se puso de manifiesto al pasar el gobierno de la Junta Suprema al Consejo de Regencia. Las Cortes electas y constituyentes de la Democracia española en la Constitución de 1812 eran monárquicas. Aparte de esto, el Consejo de Regencia también ponía de manifiesto el poder militar español, correlato indispensable del naciente poder político. En este sentido, cabe mencionar que la figura de su presidente en el tiempo de la elaboración y aprobación de la Constitución era próxima a Floridablanca, mientras que el otro gran militar de la guerra, el general Palafox (aragonés) era más próximo a Jovellanos. Pero ni uno ni otro fueron Generales en Jefe de la guerra contra Napoleón, ya que el mando siempre estuvo en este caso en manos británicas (Wellington), seguido en la batalla final victoriosa por Palafox, en todo caso.
Así las cosas, pues, Jovellanos sería la derecha y Moñino la izquierda de la Junta Suprema Central que convocó cortes constituyentes en Cádiz. En cuanto a los militares, Palafox, como ha sido dicho, estaría más próximo a Jovellanos y Castaños a Moñino. Pero el hecho de que ninguno de los dos fuera nunca General en Jefe debido a las dudas de la Junta para designarlo será siempre poco subrayado para explicar, en efecto, la Dictadura militar del Generalísimo y Caudillo de España de 1936 a 1975, que reinstaura más que restaura la dinastía borbónica en la figura de Juan Carlos I.
Jovellanos y Floridablanca murieron sin participar en las cortes constituyentes de nuestra democracia, tampoco Palafox ni Castaños participaron en las mismas. Se explica la fragilidad e ingenuidades de tales cortes y su resultado, que en realidad solo llegó a estar vigente de 1820 a 1823. Por eso entiendo que no se puede hablar de izquierda o derecha en las cortes de Cádiz sin relacionarlas con los gobiernos de 1820 a 1823.
El mito progresista es que los constituyentes más importantes de Cádiz eran de izquierda y luego tuvieron que padecer el exilio. Pero lo cierto es que la mayoría eran seguidores de Jovellanos. En concreto, Argüelles (asturiano) es jovellanista y, si bien tiene el gesto golilla de no incluir una segunda cámara en la convocatoria de Cortes y en el proyecto de Constitución, en contra de la admonición de su mentor, "jovellanista" se declarará en el llamado trienio liberal. Argüelles es el más importante político de las Cortes de Cádiz, el que redactó el Discurso Preliminar de la Constitución de 1812 y el que lideró desde una posición de centro intermedia entre las filas liberales y las conservadoras (izquierda y derecha, para entendernos), la elaboración de la misma. También se le puede considerar el líder del trienio liberal. ¿Mito del progresismo? ¿Por qué entonces cuando los progresistas tuvieron mayoría en 1840 prefirieron como Regente a Fernández Espartero? En cuanto al exilio, en efecto algunos lo padecieron -de hecho, Jovellanos ya había padecido el exilio interior bajo Godoy en la primera década del siglo XIX. El primero en exiliarse fue Blanco White (sevillano), en 1810, cuando entendió que Argüelles, presionado por Quintana, no iba a incluir en el decreto final de cortes una segunda cámara ni siquiera un Senado en la nueva Constitución. Desde este punto de vista, Blanco White, el exiliado por antonomasia, el más profundo conocedor del nuevo sentido de la ley en democracia y de su relación con la libertad, sería el más derechista de los principales liberales de la Junta Suprema Central.
He mencionado a Quintana (madrileño). Quintana, después de Argüelles, es la otra gran figura ("jóvenes demócratas" los llamaba Jovellanos) de la Junta Suprema y de las Cortes de Cádiz. El decreto de convocatoria es suyo, el famoso decreto de Cortes sin Senado y de proyecto de Constitución sin Senado, pues el decreto con Senado auspiciado por Jovellanos casualmente Quintana lo extravió. Quintana sí puede ser considerado sin lugar a dudas izquierdista en las cortes de Cádiz. En el aspecto doctrinal, su máxima aportación fue, aparte de la fatídica exclusión del Senado que fatídicamente Argüelles secundó (el gran error de la Junta Suprema junto a la no designación de un General en jefe), la nueva idea democrática de patria. Una idea liberal de patria ligada pues a los derechos ciudadanos, una idea que doctrinalmente presenta muchos menos problemas que en la práctica.
El decreto de convocatoria de Cortes fue presentado ante la autoridad correspondiente -el Consejo de Regencia- por dos miembos de la Junta Suprema, un liberal y un conservador (agrupando liberales y conservadores varias tendencias en su seno, por ejemplo conservadores, monárquicos y tradicionalistas en la derecha). Ambos acudieron juntos como vasos comunicantes entre una y otra tendencia que podríamos personificar en Argüelles, derecha, y Quintana, izquierda. Estos dos miembros fueron Queipo de Llano (conde de Toreno) y Hualde, por parte liberal y conservadora respectivamente, es decir, por la izquierda uno y por la derecha el otro.
Así pues, tendríamos que de la división entre Aranda y Campomanes, se pasa a la de Jovellanos y Floridablanca, y de esta a la de Argüelles y Quintana, y de esta a la de Hualde y Toreno. El error de la Junta de Floridablanca fue no designar General en Jefe, dejando sin cabeza militar a la nueva nación democrática. El error de la posición centrista de Argüelles en la convocatoria de Cortes fue no incluir la cámara del Senado en la Constitución, lo cual extremó las posiciones y dejó en la marginalidad de las cortes sin ir más lejos a buena parte de monárquicos y tradicionalistas injustamente tildados posteriormente como "persas". De hecho, ya había dejado fuera a tan trascendental figura moderada como Blanco White.
Falta por analizar la última gran figura de los liberales constituyentes (progresistas liberales como Quintana, liberales centristas como Argüelles o liberales moderados como Blanco White), nuestros padres de la patria. Es la de Flores Estrada (asturiano), que en realidad fue el primero en llamar a cortes constituyentes en fecha tan temprana como 1808. La aportación de Flores Estrada a nuestra democracia es, como economista, la economía de libre mercado. ¿En qué lado le situaría esto? Lo cierto es que Flores Estrada siguió más tarde los pasos de Blanco White y es después del sevillano el otro gran exiliado de los constituyentes. Teniendo en cuenta que la década llamada ominosa (1823-1833) fue una década de gobernación conservadora bajo el reinado aun absolutista de Fernando VII, se podría decir que Flores Estrada era progresista. Por entonces, una parte de los conservadores, aquellos tradicionalistas o incluso carlistas que apoyaron a los conservadores en las cortes de Cádiz -presididas por Lázaro de Dou (catalán)- eran en lo económico proteccionistas. Pero lo cierto es que desde 1820, desde el trienio liberal, entre los progresistas liberales de 1812 ya habían aparecido tendencias socialistas agrupadas, frente a los "jovellanistas" y otros doceañistas, como Quintana, que no tenían por qué ser jovellanistas, en los llamados venteañistas, esto es, pretendientes de una nueva Constitución, más socialista, incluso republicana y no monárquica, bajo la figura de Riego, el primer militar en dar un golpe de Estado -o pronunciamiento- en 1820 a raíz de las guerras contra la independencia de las nuevas democracias de Suramérica. Por tanto, Flores Estrada, como defensor de la economía capitalista de libre empresa, difícilmente podría ser considerado un progresista en el exilio teniendo en cuenta el rumbo socializante fatalmente emprendido desde 1820 por el progresismo. Flores Estrada será finalmente, como Blanco White, un liberal conservador, cercano al centrismo de Argüelles, seguidor de las doctrinas jovellanistas, y si un poco más radical en cuanto que fue el primero en llamar a Cortes sin ningún tipo de cauce establecido, y en ese sentido podría achaquérsele cierto republicanismo, este lo sería tal como hoy en día concebimos al republicanismo como derecha, en Estados Unidos, y que en la tradición española, en este aspecto, tiene sus hitos en figuras como Lerroux o Maura hijo. Quizá en este sentido el radicalismo económico y republicanizante de Flores Estrada lo situaría como figura liberal más derechista incluso que la moderada de Blanco White. Claro que el error está en tener que situarlo en un extremo dada la inexistencia de Senado en la Constitución de 1812 y la aparición del socialismo dentro del progresismo como el otro extremo, dejando muy debilitado el centro compartido de la democracia española para el resto de décadas, pasando de O´Donnell hasta Franco, centro en el que es evidente que puede situarse a Flores Estrada, figura tan importante que incluso la izquierda lo hizo suyo, como a Argüelles, en este caso considerándolo un socialista utópico (como buen lector y traductor de Adam Smith, se supone, si bien es cierto que a veces Flores Estrada en la práctica animó a la intervención estatal en la economía).
En resumidas cuentas, las cortes constituyentes de nuestra democracia, se dividieron en liberales y conservadores en el momento de su convocatoria: Toreno y Hualde. Dichas cortes estuvieron lideradas por Argüelles, de hecho un liberal seguidor de Jovellanos, de ahí su posición como primer centrista y Padre de la Constitución de 1812. Como seguidor de Jovellanos, nobiliario, Argüelles se oponía a Quintana, liberal progresista, seguidor de Floridablanca, golilla. Pero del mismo modo que Argüelles pasó a liderar a los liberales desde una posición centrista, Quintana puede considerarse un liberal próximo a tal centrismo, alejado, pues, del revolucionarismo socialista de Riego surgido en 1820, cuando Argüelles volvía a definirse como "jovellanista" y Quintana, si no como tal, al menos como doceañista, frente al veinteañismo anti-monárquico y socializante de Riego.
Este centro compartido entre Argüelles y Quintana es el mismo centro compartido en la Junta Suprema entre Jovellanos y Floridablanca, y entre los militares por los generales Palafox y Castaños. Es el centro político compartido bajo régimen monárquico borbónico por los españoles hasta Franco, con los consabidos paréntesis de 1868-74 y 1931-36, y sus dos errores ya apuntados -ausencia de General en Jefe y del Senado en la Constitución de 1812- explican estos avatares. El partido vizcaíno, al menos el de 1808 (el Estatuto de Bayona), quedaría más o menos integrado a partir de 1833 en el sistema constitucional por venir, y de hecho más bien en el partido moderado aunque este proviniera de Jovellanos, exiliado en su día por los afrancesados de Godoy, tan sumiso a tal partido, pero en definitiva esta es otra historia.
He mencionado a figuras a la derecha de Argüelles, como, de diferentes formas, Blanco White, Flores Estrada y Hualde. A Toreno lo he situado en la misma línea de Quintana, liderada por Argüelles en cuanto este lideró todo el proceso constituyente en las cortes dominadas por los liberales. He mencionado el surgimiento en el trienio liberal del veinteañismo, que a la postre fue lo que provocó su fin. Pero en 1812, ¿no había ningún liberal progresista no socialista a la izquierda de Quintana? Quizá podríamos mencionar a Antillón, geógrafo, en cuanto es famosa la anécdota de que unos conservadores profanaron su tumba tras la anulación de la Constitución de 1812. Sin embargo, nuevamente me parece que estos conservadores serían lo que hoy en día llamamos regionalistas o nacionalistas, más fernandinos por entonces que monárquicos o conservadores, y por tanto la anécdota de la tumba profanada no es suficiente razón para colocar a Antillón a la izquierda de Quintana. Más bien parece que Antillón era próximo a Flores Estrada, radical en sus exigencias liberales constituyentes, pero más bien moderado en sus concepciones políticas. Por tanto cabría situarlo en el centrismo compartido del que antes estábamos hablando, sea del lado de Quintana o del de Argüelles. Cómo este centro compartido pagó sus dos errores -ausencia de General en Jefe y de Senado- con el conocido siglo XX español es digno de hondo estudio, cómo una reina como Isabel II instruida por ambas figuras, Argüelles y Quintana, es destronada por el progresismo liberal militar a pesar -¿o a causa?- del quinquenio centrista de O´Donnell en los tiempos de la Guerra civil de Estados Unidos, cómo un Senado que acoge como figura moderada a un Flores Estrada maduro, es rechazado para el desarrollo y gobernación regional del país y a cambio se tiende a la confederación antimonárquica y socializante justo cuando la Confederación había perdido su causa en Estados Unidos -unida a la esclavitud-, que no solo no solucionaba la integración de Cataluña, Navarra y Vascongadas sino que agravaba el problema, habla simplemente de por qué ni siquiera la dictadura liberal progresista de Primo de Rivera -cuyo antecedente es precisamente el sexenio revolucionario- sirvió para nada más que para acelerar la guerra civil que desde el asesinato terrorista de Cánovas de finales de siglo estaba en marcha, y de por qué es pueril como decía Franco considerar o no dictatorial el régimen que le siguió sin tener toda esta historia en cuenta y el avance económico y la solución monárquica mixta que tal régimen legó junto con nuestro actual sistema democrático en el que aun así siguen perviviendo el paro y el terrorismo, apenas soportados precisamente por la duración y solidez del régimen de Franco. Habla, pues, no solo de los problemas de las tradiciones políticas de izquierda y de derecha sino de la importancia de acertar con lo que vengo llamando centro compartido, que es, quizá, Dios lo quiera, el acierto de Franco: una clara Jefatura de Estado militar y un Movimiento Nacional representado territorialmente en un Senado como salvaguardas precisamente del Gobierno político de la Nación.
Según una encuesta reciente el Partido Popular se encuentra dentro de la gama del 1 al 10 donde 1 es izquierda y 10 derecha en el 6 y pico. Esto lo define claramente como un partido de centro-derecha. Otra encuesta reciente ha mostrado que en España los votantes solo se han situado más allá del 5 durante unos breves meses de mediados del año 2000. No conozco datos anteriores al año 2000, pero es de suponer que por lo menos desde la dimisión de Suárez y la victoria del Psoe en el año 1982 precedida del oscuro episodio del 23-F se han situado en la franja del 1 al 5, muy cerca del 5 pero siempre del lado del 4. Con la victoria del Psoe en el año 2004, precedida del atentado terrorista en los cercanías de Atocha, los votantes se llegaron a situar según esta encuesta en el 4,5.
Es claro por tanto que si bien el Partido Popular se sitúa en un 6 y pico como gran partido de centro-derecha, heredero del Partido Moderado de Martínez de la Rosa y Narvaez, sucesor del Partido Conservador de Cánovas, Maura y Dato y su secuela popular, su gobierno no pasaría del 5,5 si tenemos en cuenta que el extremismo del gobierno del Psoe desde el año 2004 se empezó situando en un 4,5 cuyos resultados y maneras hemos podido comprobar durante demasiado tiempo. Y es que después de casi 30 años situados en la margen izquierda del 5, este giro al 4,5 no podía traer más que consecuencias negativas, aparte de la manera como llegó, habida cuenta además de que el gobierno 2000-2004 del PP ha sido el más próspero de la democracia española en términos solo comparables a la larga década franquista de los 60 y a la década moderada de 1845-55.
Sin embargo, todos estos momentos de palanca hacia la prosperidad lo fueron en circunstancias difíciles e incluso adversas. La década moderada lo fue en un contexto económico de desamortizaciones mal hechas por el Partido Progresista, y de "enfrentamiento político de Constituciones" aumentado y empeorado por el resto de carlismo de 1700, que a la hora de la verdad complicaba y no facilitaba la política de progreso del Partido Moderado pese a sus eventuales conexiones. Había que sumar por tanto un conflicto aun no bien solucionado sobre el poder monárquico que luego además tuvo que enfrentarse a la conversión del carlismo en nacionalismos secesionistas o confederales, a la consolidación del marxismo como opción partidaria y al propio rechazo de la monarquía, a los sucesivos asesinatos terroristas de tres presidentes del Gobierno, Cánovas en Mondragón, Canalejas, que era liberal, y finalmente Dato antes del Directorio de Primo de Rivera. Los intentos de progreso de Maura en la primera década del siglo XX ni siquiera pudieron cuajar cuando el terrorismo no solo había asesinado al padre del régimen constitucional sino que asesinó también al líder liberal sucesor de Maura. Todas estas cosas condujeron a la guerra civil provocada desde 1917 por el Psoe mediante su huelga general revolucionaria ganada surrealistamente por Franco y su ejército nacional en 1939. Una vez la guerra fue ganada realmente, pongamos en 1950 con el reconocimiento de los EEUU -aunque la victoria en los puros términos franquistas no se produciría póstumamente sino en 1989, de ahí que en 1975 todavía la victoria mostrara signos surrealistas de totalitarismo-, tampoco el desarrollo de la década de los 60 fue pues normal pues ni había democracia ni la política económica se desplegaba en un mercado laboral realmente liberado. Tampoco el gobierno del Partido Popular de 2000-2004, después de la entrada en el euro, pudo cuajar en aquella legislatura de prosperidad una reforma laboral digna de una democracia avanzada, y además se encontró con un sistema educativo que se negó con estupidez apenas conocida a ser reformado y mejorado en aras del aprovechamiento de aquel potencial.
Por tanto, el 5,5 de los votantes al que debe aspirar el Partido Popular para ganar el próximo Gobierno de España, como ha sido señalado tantas veces, no es el 6 y pico que define al gran partido de centro-derecha, pero sería suficiente para desarrollar una reforma laboral de largo alcance que permita épocas de prosperidad normales y no abruptas, sólidas y no inconsistentes, y más todavía hacer frente a las consabidas crisis cíclicas. Es decir, una reforma laboral que debería pues incluir una reforma del suelo adecuada, pendiente desde las desamortizaciones progresistas de 1830-40.
En cuanto al sistema educativo, debería reformarse la estructura del sistema, sobre todo en el nivel secundario, y cambiar la mentalidad del sistema empezando por devolver a los padres tanto la libertad de elegir como la exigencia de responsabilidad que les corresponde como padres.
Ahora bien, el hecho de que la política gubernamental del PP no pueda exactamente corresponder a su 6 y pico definitorio como partido político, y deba moverse como tal política gubernamental entre el 5 y el 5,5 (cosa que, repito, el PP en su mayoría absoluta de 2000-04 solo hizo durante sus primeros meses) en correspondencia con la generalidad de los votantes, o como mucho entre el 5 y el 6, no obliga al partido político a definirse meramente como partido de centro reformista, y este es el punto al que quería llegar.
Me temo que la obsesión por el centrismo le jugó una mala pasada al Partido Popular en su mayoría absoluta de 2000-04, pues ni siquiera conservó el último voto centrista de peso, los 400.000 votos sin escaño del Cds de 1993, que volvieron al PP en 2008 tras haberse ido -cosa que me resulta harto difícil de comprender- en 2004 al Psoe. Y eso que, repito una vez más, su gobierno apenas superó el 5 en la escala izquierda-derecha del lado del 6 durantes unos breves meses (aquellos meses en los que los niños de la calle de la casa de mi madre jugaban al beisbol en la calle en los días de la Eurocopa del 2000).
Un partido político que se sitúa en el 6 y pico no puede definirse meramente como de centro reformista. Esto no solo no atrae al centrismo a partidos minoritarios de tipo nacionalista sino que extrema sus posiciones más nacionalistas, y hace correr la escala hacia el 4 y no hacia el 6. De ahí que con un 4,5 en la escala el Psoe pudiera erigirse en el centro político en la encrucijada del 2004 tras los atentados terroristas. Se me dirá con razón, yo también lo digo, que una estrategia de oposición de ese tipo del otro partido político no es previsible en democracia, pero esa estrategia de situar el centro de la escala en torno al 4 y no al 5, extremando de paso a Iu, es anterior a la colaboración con Eta y los atentados terroristas, y en parte se la ofreció el PP en clamoroso error estratégico al definirse meramente como partido de centro reformista, considerando que la derecha estaba en los partidos nacionalistas, cuando en verdad estos partidos, si es que pueden situarse en una escala de ese tipo, estarían siempre del lado del 1 al 5 donde 1 también vale para 10. No se olvide que Ciu no apoyó la reforma laboral y se opuso a la reforma educativa, además de formar parte desde la primera línea del triste episodio de la reforma del Estatuto autonómico liderado finalmente por la Entente catalanista y de progreso vicepresidida por Erc, partido que multiplicó su poder político cuando en el año 2000 el entonces secretario general de Ciu se pasó a sus filas, mostrando que en verdad son dos momentos del mismo partido. Así pues, una cosa era la mayoría absoluta de centro reformista y otra el Partido Popular, mucho mejor engrasado hoy en día gracias a la labor de Rajoy. Suponer que situando al partido político en el centrismo, los "nacionalistas de derechas" se centrarán, es equivocarse en el hecho de que los nacionalistas sean de derechas; al situarse como partido político en el centro, los nacionalistas, que no son de derechas, se "centran", en efecto, es decir, se hacen más nacionalistas, pues la escala corre hacia sus intereses cuando corre del 5 al 1 y no del 5 al 10 (entiendo que 1 y 10 son posiciones de situaciones históricas de guerra, no políticas).
Por tanto, a mi modo de ver, el Partido Popular debería acometer una reforma en su definición como gran partido político de centro-derecha, y es definirse como conservador antes que de centro reformista. Una posible definición, que entroncaría con la historia política de la derecha española, sería: "El Partido Popular es un partido conservador de centro reformista". Yendo más atrás, al origen, la definición podría ser: "El Partido Popular es un partido moderado de centro reformista", si se quiere evitar la palabra "conservador". A buen seguro que si supiésemos mejor qué significa no el conservadurismo metafísico, si es que eso es algo, igual que el progreso metafísico, sino el conservadurismo político, que es de lo que hablamos aquí, lo evitaríamos mucho menos o no lo evitaríamos en absoluto. Si nos vamos más atrás, lo mismo podría decirse del moderantismo político. Cabe recordar además que tanto el Partido Moderado (1837-1868) como el más longevo Partido Conservador (1876-1930) se caracterizaron por el liberalismo, moderado en el primer caso frente al progresista, y conservador en el segundo frente al liberalismo del Partido Liberal. Me parece que por su mayor duración y amplitud el "conservador" es mejor que el "moderado", si bien este será siempre la referencia originaria.
Con todo, un componente eminentemente derechista a la postre seguiría quedando fuera de la definición, y es el radicalismo federal del gobierno radical-cedista de 1933-36. Todas las tradiciones políticas por minoritarias o ajenas al liberalismo moderado clásico que en algún momento o al fin y al cabo estuvieron del lado de la derecha política podrían rastrear la definición del PP como partido conservador de centro reformista y encontrarse. Todas, tanto el Partido Moderado como la Unión Liberal, tanto la heterodoxia de Maura como el idoneismo de Dato, tanto el Partido Reformista de 1914 (posteriormente Partido Liberal-demócrata) como la Ceda, el Bloque Nacional y el franquista Movimiento Nacional, tanto la Ucd como el Cds; todas, salvo el importante radicalismo federal de Lerroux, partido fundado en 1908 y que por tanto tuvo casi tanta vida como el primer Partido Moderado. Si en el reformismo incluiríamos al Partido Reformista y al Liberal-demócrata, o a la misma Unión Liberal si alguno no quiere ponerle adjetivos al conservadurismo, y el centrismo se remontaría sin dificultad al Cds y a la Ucd, herederas del Movimiento Nacional franquista, que a su vez entroncaría de la manera que sea con el Bloque Nacional y la Ceda, y la misma Ceda y los Partidos Conservador y Moderado se encontrarían en el primero de los términos de la definición, ¿cómo hay que rastrear la tradición para encontrar al radicalismo federal en la definición del Partido Popular? Difícil, porque en la definición del Partido Popular no aparece nominalmente por ninguna parte el radicalismo federal de Lerroux, antes llamado democrático por Ruiz-Zorrilla.
Quizá el centrismo podría de hecho englobar al radicalismo, pues no cabe olvidar que el primer Jefe del Estado nacional, General Cabanellas, en consonancia afortunada con el Gobierno radical-derechista (cedista, liberal-demócrata y tradicionalista) de 1933-36, era radical, y fue este radical quien nombró a Franco en Burgos Jefe de Estado y Generalísimo. Esto, en cuanto a la vinculación de la Ucd y el Cds con el Movimiento Nacional franquista y por tanto en cierto modo con el último radicalismo republicano. Pero, de hecho, el último gobierno antes del del Frente Popular fue el de un Partido Centrista, que es lo que había quedado de la descomposición inducida del Partido Radical de Lerroux. Pero como no estoy seguro de si se trataba de una continuación del radicalismo o más bien de una nueva escisión, esta vez la última antes de la guerra, no me atrevo a postular una vinculación nominal, si bien la conexión entre centrismo y radicalismo es clara, del mismo modo que en otros países como Francia.
Más aún quizá me atrevería a encontrar al radicalismo en el mismo término de "conservador" que el PP debería incluir en su definición estatutaria entre "partido" y "de centro reformista". El radicalismo federal sería de este modo el sentido del moderantismo, del conservadurismo político. Pero esto ya lo he tratado en otros textos.
El otro día apareció en el diario La Razón una encuesta sobre los componentes ideológicos actuales del Partido Popular, que daba los siguientes perfiles: 39% conservador, 17% liberal, 15% democristiano, 12% socialdemócrata, 5% centrista. En la escala de 1 a 10 de "izquierda-derecha", los encuestados se situaban en un 6 y pico.
Se ve claramente como el componente ideológico fundamental del Partido Popular es el conservadurismo, doblando el primero de los siguientes componentes, rozando la mayoria relativa (39%). Esto está lejos del "centro reformista", como vengo diciendo, que quiza tenía su sentido en los años de refundacion de la "derecha española" y fundación del PP, pero ahora no. La derecha hace tiempo que unida en el PP es ya "centro-derecha". En cuanto al reformismo, se pretendía hacer hincapié, no siempre con buen tino, dado que el reformismo en Estados Unidos por ejemplo tiene visos de proteccionismo y patriotismo de izquierda, en lo que Suárez denominaba progreso como proyecto de modernización de España, y cuyo abandono por parte del Psoe de González según denunciaba el mismo Suárez en 1989 explicaría en gran parte la situación actual. Apelar al reformismo o al progreso son este caso redundancias prescindibles en el bien entendido de que el conservadurismo popular no necesita más presentaciones al respecto desde el gobierno Aznar y la sucesión de su liderazgo en Rajoy, quien desde su acendrado moderantismo clásico ha ampliado el alcance del conservadurismo popular y perfilado mejor sus rasgos enriquecedoramente heterogéneos. Hoy ya no hablamos de centro y reforma como definiciones del PP, como si el PP fuera una simple gestoría de intereses más o menos legítimos, sino en todo caso como su programa de gobierno, distinguible de su esencia como partido político.
Lo que definiría al PP es, pues, el conservadurismo (ya el centrismo progresista de Suárez era de "moral conservadora"), actuando los demás componentes como rasgos políticos de dicho conservadurismo, propiamente político, pues: liberal, democristiano, socialdemócrata, centrista, según la encuesta del diario La Razón. De modo que por un lado tendríamos un conservadurismo tout court, que sumaría el 39% de su electorado, y por otro un liberalismo, una democracia cristiana y un centrismo socialdemócrata (aquí sumo ambos componentes por razones evidentes, que igualarían con el liberal en un 17% superando el 15% democristiano). Digo "por otro" porque en la Transición tanto liberales, democristianos como centristas socialdemócratas formaron parte del grueso de la UCD pasando paulatinamente, más pronto que tarde, primero a AP y finalmente al PP, de forma definitiva, en mi opinión, precisamente tras el atentado del 11-M y las derrotas del PP de esta primera década del 2000.
Juntos, liberales, democristianos y centristas socialdemócratas sumarían un 10% más que ese conservadurismo nuclear del centro-derecha tradicional, se llame moderado, conservador o popular. Un 11% quedaría sin definir, como independientes. No era conocido hasta ahora el dato de que la "derecha política" tuviera votantes "independientes". Si bien las tendencias diferentes al conservadurismo sumarían más juntas que el mismo conservadurismo, la experiencia histórica demuestra que nunca fundaron un partido político distinto. Los dos más importantes, Unión Liberal de O´Donnell (gobernó cuando Lincoln) y UCD de Suárez (gobernó cuando Reagan empezaba), que en realidad no se denominaron partidos, no pasaron de los cinco años de gobierno seguidos, actuando coyunturalmente como centros políticos encauzadores más o menos afortunados. El caso del CDS de Suárez puede ser visto como una excepción, que remite sin duda a la excepción de los cuarenta años de dictadura del general Franco, precisamente como su continuidad. El centrismo demócratasocial -"progresista y liberal"- tomó su nombre del partido portugués homónimo de los años 70, un partido centrista precisamente considerado "derechista" como tal, al que se le añadió un PP democristiano al modo del PP democristiano de Areilza de la Transición, para formar, no en un único partido, sino junto al mayoritario PSD, la derecha portuguesa. Todavía en 1993, 400.000 votos fueron para el CDS, sin lograr, de forma insólita, ni un solo escaño en el Congreso. 400.000 votos pasaron del Psoe al PP en las elecciones de 2008, de los 700.000 que perdió el Psoe pese a recibir muchos de IU, lo que le valió para gobernar, yendo a parar los 300.000 restantes a la nueva formación de UPYD, nueva como la Fuerza Nueva de los 300.000 votos de la Transición, y con nombre de resonancias a la UCD, como Ciudadanos resuena al CDS. Este trasvase, como he dicho antes, me parece definitivo y enormemente significativo.
Como he explicado en otros textos, la derecha política española ha sido liberal jovellanista (liberalismo moderado) en las Cortes de Cádiz y en el trienio liberal. Luego Martínez de la Rosa, constituyente de 1812, fundó el Partido Moderado, que tuvo como principal lider "ejecutivo" a Narvaez. Luego Cánovas, que habia estado en la Unión Liberal, fundo el Partido Conservador, que tuvo como sucesivos lideres a Silvela, Maura, Dato y De la Cierva. Luego Gil-Robles fundó Acción Popular que junto a otros partidos formó la CEDA, miembro de los gobiernos radicales de la Segunda Republica y oposición, junto al Bloque Monárquico de Calvo-Sotelo, del desbarajuste del régimen. Luego de la transición de UCD/CDS y AP, Aznar fundó el actual Partido Popular. Por tanto: Partido Moderado (antecedentes: liberalismo jovellanista de 1812), Partido Conservador (Cánovas se inició en la Union Liberal de O´Donnell), Partido Popular (antecedentes: Partido Social Popular nonato de Gil-Robles y Herrera Oria en los años 20, luego Acción Popular de Gil-Robles; en la transición Partido Popular de Areilza -subsumida en la UCD de Suárez- y Alianza Popular de Fraga).
La excepción del CDS de Suárez, en mi opinión, no solo remite al largo periodo franquista sino también al radicalismo. Y aun más atrás, a Argüelles, padre de nuestra primera Constitución de 1812, autor de su "Discurso preliminar", discípulo del conservador Jovellanos y mito de un Partido Progresista que desde el principio, incluso desde la no inclusión del Senado por parte de Quintana en la nueva Constitución, tuvo problemas con la democracia real. Argüelles sería, por tanto, la figura histórica de nuestra democracia y el símbolo del centrismo político, en mi opinión, directamente vinculado, rectificación franquista mediante, con la figura de Suárez. Centrismo, radicalismo y franquismo (¿movimiento nacional?) serían, pues, "derechas" circunstanciales de algún modo aun y siempre presentes en el centro-derecha actualmente representado por el Partido Popular.
Por eso, de la encuesta del diario La Razón, un periódico próximo al componente centrista socialdemócrata del PP, como el diario ABC lo estaría a su conservadurismo, el diario La Gaceta a la democracia cristiana y el diario El Mundo a su liberalismo, corregiría precisamente la definición del componente centrista socialdemócrata, y más concretamente el socialdemócrata, del 12%, pues todavía viene caracterizado por el famoso malentendido "económico" del gobierno y discursos de Suárez. Se le puede criticar a Suárez alguna reticencia a la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, pero salvo en el tema económico, casi no hay diferencia en las figuras políticas de los tres, salvadas las distancias. Y en el tema económico, aparte del diferente contexto de una economía europea continental o semi-continental como la española en la que se produjeron tales políticas y discursos, las críticas a Suárez podrían verterse igualmente contra los mismísimos Hayek, Popper, Aron y compañía en textos que todavía en aquellos años andaban de vez en cuando con el freno de mano socialdemócrata puesto por determinadas sendas. Claro es que los señores Hayek y compañía lidiaban entonces no con los socialdemócratas, sino con los comunistas de diverso pelaje en los estertores de la hegemonía keynesiana europea cuyo último personaje fue su amigo americano Jimmy Carter.
¿Se trata simplemente de tachar, pues, la tendencia "socialdemócrata"? No. En mi opinión, se trata de ponerla al día en el sentido de hacer que prevalezcan en ella las tradiciones históricas más realmente arraigadas del radicalismo republicano y del monarquismo franquista al mismo tiempo, esta sucesora de la otra hasta el punto original, me atrevería a decir, de la radical-democracia de Ruiz Zorrilla en los tiempos de Amadeo de Saboya y del federalismo republicano de Castelar. Se me dirá, con razón, que ni el radicalismo republicano ni el monarquismo franquista son "ideologías" propiamente dichas, como tampoco el centrismo, ese 5% de la encuesta del diario La Razón que he remitido originalmente a Argüelles. No son ideología, en el sentido programático, pero son si cabe posiciones políticas más trascendentales en cuanto a que afectan a la conocida controversia históricamente concreta sobre la jefatura del Estado, su esencia, que son los derechos fundamentales, y su fin, que es la libertad. En cuanto al programa económico, esta tendencia, repito, conjunta, de centristas socialdemócratas, muy ligada socialmente a los empresarios autónomos, añadiría que o bien se encontraría próxima al componente liberal o bien constituirían uno propio, liberal en lo económico, pero no de la gran empresa, y por tanto más cercano a lo que conocemos como libertarios o anarcoconservadores. Ese 12% debiera leerse, en mi opinión, ligado al radicalismo federal más que a una economía socialdemócrata centralizada, y estaría teñido, pues, de libertarismo económico. O bien, sumados centristas y socialdemócratas en un 17%, ese 17% sería completamente centrista como segundo componente, ex-aequo junto al liberalismo, del diverso electorado popular, tal y como ocurre por ejemplo en Suecia, donde lo que aquí denominamos conservadores son allí "moderados", formando con los restantes componentes (liberales, centristas y democristianos) la opción partidaria del conservadurismo político.
Por siglas históricas, el 39% conservador correspondería a los mencionados liberales jovellanistas, Partido Moderado, Partido Conservador y Partido Popular. El 17% liberal a la Unión Liberal, al Partido Reformista, luego Liberal-Demócrata en la República, y al conglomerado liberal de la transición, primero en UCD y luego en la marca electoral de AP (Coalición Popular) y el CDS, si bien muchos pasaron a ser votantes del Psoe en los años 80. El 15% democristiano podría corresponder a los tradicionalistas de 1812, subsumidos luego en el Partido Conservador de Cánovas, en el Partido Social Popular de Gil-Robles, y en el Partido Demócrata-Popular subsumido en la CP de Fraga. El 17% centrista socialdemócrata podría corresponder a los liberales que fueron progresistas en 1812 y moderados en 1820, especialmente Argüelles; al Partido Demócrata-Radical, al Partido Republicano Federal, luego Partido Radical, y finalmente al CDS.
Un último apunte que me gustaría realizar tendría que ver entonces con la idea de que no habría un conservadurismo y por otro lado un liberalismo, etc. Sino que habría un conservadurismo político con distintos matices, principalmente "moderado", seguido a media distancia de un conservadurismo "liberal" y de un conservadurismo "centrista" (o "radical"), y finalmente de un conservadurismo "democristiano". Todo ello formaría un conservadurismo popular.
Esta corrección de los rasgos característicos del electorado popular de la encuesta del diario La Razón matizaría asimismo sus equivalentes, por así decir, mediáticos, en concreto impresos. Así, el diario ABC sería el principal diario conservador, moderado y en origen liberal a un tiempo, maurista de inicio, idoneista después, vinculado a la sublevación militar franquista finalmente, si bien censurado en algún momento por el mismo Franco, etc. El diario La Razón, originalmente concebido como una suerte de ABC vespertino por el ex director del ABC de los 80 en los años de gobierno Aznar, estaría más próximo al conservadurismo que he llamado centrista en conjunto, radical, maurista jr., "juancarlista", etc. El diario La Gaceta, de reciente aparición como implacable oposición al gobierno "Zapatero", también hijo a su modo del diario ABC, estaría por su parte más del lado del conservadurismo democristiano. Finalmente, el diario El Mundo difícilmente podría estar considerado como un diario conservador, si bien suele pedir el voto popular y acoger en sus páginas cierto conservadurismo, sobre todo el de tipo liberal, con dosis de democracia cristiana y algo de radicalismo. Pero con el diario El Mundo pasa a menudo lo mismo que con la "Derecha Liberal republicana" de Alcalá-Zamora, que como se ha visto no he situado en ningún momento como opción política conservadora por razones que sobra comentar. Por otro lado, ningún diario de Barcelona podría tampoco estar considerado como conservador, salvo precisamente el diario La Razón, en cuanto que el grupo de comunicación del que forma parte tiene su sede central en Barcelona.
He tenido la oportunidad de leer el libro "Civilización y barbarie. Los asuntos de Indias y el pensamiento político moderno (1492-1560)", de la profesora japonesa Natsuko Matsumori. Aunque sea un libro con cuya tesis estoy en desacuerdo, como voy a tratar de exponer, es un trabajo que merece una atención por el asunto de que trata: el conocido asunto de Indias, o sea la cuestión de la conquista de América, su legitimidad, el derecho a la guerra y el derecho a la colonización española. Tal cuestión se planteó a partir del descubrimiento del Nuevo Mundo por Colón en 1492 y no se dilucidó hasta la célebre Junta de Valladolid que enfrentó a Las Casas con Ginés de Sepúlveda en la conocida como Controversia de Valladolid de los años 1550-55 en el contexto del traspaso de la Corona de Carlos V a su hijo Felipe II. La Controversia de Valladolid, y su resultado, marcan todo un final de época, la que podríamos encuadrar como la del Renacimiento español, lleno de obras, traducciones, novedades y promesas de modernidad, definitivamente clausuradas en aquellas fechas de mediados de siglo no solo por el repliegue catolicista del Concilio de Trento sino sobre todo, y es la tesis que voy a sostener, por el resultado de la Junta de Valladolid.
La tesis de la profesora Matsumori, presentada en la UCM, es clara: los autores que trataron el asunto de Indias no son solo autores protomodernos o menos modernos que los clásicos del siglo XVI (Maquiavelo, Bodino, Althusio, hasta Hobbes y Grocio) sino más modernos en cuanto que son los primeros en plantear la cuestión de la cristiandad post-medieval en un contexto extra-europeo. Mi tesis es que el pensamiento político moderno, como dice en efecto el tópico, no se inicia hasta después del año 1600, y por tanto que los pensadores políticos españoles del siglo XVI son autores protomodernos, especialmente Francisco de Vitoria, tránsito de relevancia ineludible entre el Medioveo y el inicio de la era moderna, y prácticamente en igual medida Juan Ginés de Sepúlveda.
Como he dicho, después de la Junta de Valladolid la Escuela de Salamanca fue perdiendo todo su vigor, reduciendo el esplendor del Renacimiento hispánico al conocido "Siglo de Oro" literario -teatro, poesía, pintura, ensayo (Gracián) y la invención de la novela moderna con el Quijote de Cervantes-, que no deja de ser sin embargo también un canto de cisne. El proyecto imperial de Monarquía católica universal tiene su fin en 1650 con la derrota con Francia. En cuanto al pensamiento, y la política, el fin había sido anterior. La Universidad de Valencia, aunque, digamos, manteniendo su espíritu, había perdido toda posibilidad de desarrollo claramente moderno al perder a su máxima figura, Juan Luis Vives, muy pronto, en 1520 (la Universidad de Valencia será, no obstante, la que dará a luz la primera obra científica del pensamiento español en la tardía fecha de 1680). En cuanto a la Universidad de Salamanca, jamás se repondrá, hasta el punto de que la Escuela de Salamanca será en el siglo XVIII una mera tertulia literaria que a su manera intentará dar continuidad a las letras de oro que sobre 1680 precisamente habían concluido en la figura de Calderón de la Barca. Ambas escuelas son las dos grandes escuelas de pensamiento español hasta el siglo XIX, pero en el siglo XVIII, las figuras de sus órbitas respectivas, como Feijoo y Mayans -curiosamente, uno más científico, defensor de Locke, y el otro más literato, defensor de Cervantes-, desarrollarán su actividad fuera del ámbito académico. Una tercera universidad, la de Alcalá de Henares, de fuerte impronta erasmiana en sus inicios y por donde pasó más tarde Cervantes, también fue languideciendo en el siglo XVII hasta que acabó convirtiéndose contemporáneamente en la actual Universidad Complutense de Madrid -conservándose en la actualidad una Universidad en la ciudad de Alcalá de Henares, centro donde se concede el mayor premio de las letras españolas, el Premio Cervantes.
Es un hecho. La Escuela de Salamanca, sin ninguna duda, una escuela de pensamiento de enorme talla en la primera mitad del siglo XVI, no tuvo en su etapa posterior a Francisco de Vitoria más posibilidad de desenvolverse con vigor. No por falta de autores, y no solo juristas y teólogos, sino lo que empieza a ser de mucha importancia en aquel tránsito del XVI al XVII, economistas, como Juan de Mariana, o teológos modernos, como Francisco Suárez. Sino por lo que es de todos conocido: el expediente incoado a Mariana y su posterior expulsión de la Universidad, como lo es la sanción anterior impuesta al gramático Fray Luis de León, o el mismo hecho de que ya en los inicios del XVII Suárez, cansado de no poder desarrollar su teología moderna y por tanto una filosofía moderna, acabara marchándose a Coimbra, Portugal -en donde por entonces se hacían cosas similares a la muy posterior semiótica norteamericana de Pierce-, lo mismo que Francisco Sánchez desarrollara su enseñanza escéptica -entiéndase esto como no platónica- en Toulouse, Francia. En aquellas fechas, Galileo daba el paso del por qué al cómo desprendiéndose del aristotelismo medieval (lo que se conoce como tomismo, por Tomás de Aquino) e iniciando el método experimental moderno, a partir del cual Descartes elaboraría su discuso del método y daría inicio a la filosofía moderna, posteriormente desarrollada en Holanda e Inglaterra por los Spinoza, Locke, etc. En un camino tan relativamente sencillo como este no habrá ningún español hasta por lo menos el Balmes de 1830 (surgido de la Escuela de Cervera, o lo que es lo mismo, de la Universidad de Barcelona trasladada a Cervera tras la Guerra de Sucesión), si exceptuamos las obras de los autores ilustrados, que existir existen, pero siempre aun sometidas al ojo del Imperio católico, ya por entones poco más que un espejismo. La ontología primaria de Suárez, que en el ámbito de la teología suponía una especie de cortacésped de la maleza acumulada por la teología medieval heredada, no tuvo, entonces, ninguna continuidad española, al menos académica. La tuvo, sin embargo, de forma harto curiosa, en Alemania, aun entonces "país" en formación, a través de Wolff, y del contraste de esa ontología primaria con el empirismo británico surgirá, al modo cartesiano, la newtoniana filosofía de Kant. Es de lamentar que con esa lejana pero cierta influencia europea la ontología suarista no arraigara casi de ningún modo en su propio lugar. Tampoco tuvo su desarrollo académico la obra psicológica y aun tecnológica de Huarte de San Juan, más que en ámbitos muy reducidamente minoritarios y prácticamente sin influencia institucional como eran las pequeñas universidades renacentistas de la Andalucía oriental.
El causante de esta desbandada y fracaso general no es Ignacio de Loyola y su Compañía de Jesús. Ciertamente su tarea estaba sometida a la Iglesia católica, era una labor al servicio de la política imperial de monarquía universal. Pero salvo ese finale de verdad interrupta, cosa decisiva por cierto, el jesuitismo tuvo no menos ciertos rasgos de modernidad, en el plano institucional, en la disciplina de sus estudios, que aun hoy cumplen su labor. No se trata, pues, de expulsar a los jesuitas para modernizar el país, como hiciera Carlos III y ya en modo paródico y farsante Azaña en 1930. El causante del fracaso de la Escuela de Salamanca, de la ausencia de una filosofía moderna española, y en gran medida del colapso de la política española no fue otro que Bartolomé de Las Casas.
A diferencia de Vitoria y Ginés de Sepúlveda (en adelante Sepúlveda), Las Casas no tenía apenas estudios de teología ni era jurista y tampoco siguió una carrera eclesiástica. Natural de Sevilla, capital de la España colonial, se fue a las Indias en busca de prosperidad y aventuras. Allí se convirtió en sacerdote tras escuchar el famoso Sermón de Montesinos y ver lo que luego contó, con más exageración que verdadera inquietud. Más bien su figura se asemeja a la de un periodista, un cronista finalmente oficial con ínfulas de pensador. No todo lo que escribió Las Casas es mentira, es rechazable o está mal escrito, aunque la leyenda de Las Casas no es que sea negra, es que es falaz y no está bien razonada. Las Casas convirtió aquel lema de la Reina Isabel I sobre las "personas buenas" que debían hacerse cargo de las encomiendas del modo más justo posible en una ideología avant-la-lettre perfectamente descrita en el uso actual del término "buenismo", que en la etapa final de la Ilustración española, como era de esperar fallida, tuvo su correlato en el "majismo" (era Godoy), y que aun hoy sigue haciendo daño allí por donde circula. En este simple dato tiene razón la profesora Matsumori: la ideología actual del relativismo moral -pseudorelativismo, sostengo yo- tiene su gran referencia política mucho antes en Las Casas que en cualquier otro autor del continente europeo. Mucho más discutible es que también sea en Las Casas, y no en Vitoria o incluso en Sepúlveda, donde encontraríamos un precedente claro de lo que desde 1950 llamamos Derechos Humanos. El problema para nuestro país es que a partir de Las Casas "lo español" quedó identificado con el buenismo y el buenismo o majismo con lo moderno. Es decir, el problema es que desde 1550 España perdió el paso y la vista.
¿Cuál fue el grave error de Las Casas? El problema de Las Casas es que su pensamiento, si así podemos llamarlo, es pura y simplemente contradictorio. No se sostiene. Por un lado Las Casas mantiene que en efecto el descubrimiento del Nuevo Mundo es debido a la voluntad divina cristiana y que la bula papal de conquista de América es legítima. Si no cómo iba a estar allí Las Casas viviendo a cuerpo de rey y acabar poco menos que de consejero del futuro Felipe II. Por otro lado, la teoría de Las Casas es que esa legitimidad es solo potencial y que solo podría considerarse real si la conquista fuera justa. Hasta aquí, no hay mayor problema. El problema viene cuando tanto la voluntad divina como la bula papal implicaban per se el uso de la guerra, la consideración de tierra libre de toda aquella tierra no cercada ni cultivada, incluido por supuesto el mar, etc. Las Casas, en cambio, considera que la conquista debe realizarse, digamos, con el consentimiento expreso de los indios. Esto suena algo así como una broma en la que va un indio y le dice a un conquistador: "Oye, te dejo conquistarme por las armas". Si no fuera así, lo justo sería marcharse de vuelta a la Península Ibérica y dejar a los indios en paz. Lo curioso es que esto exactamente no fue ni podía ser nunca así y en cambio Las Casas hizo toda su vida allí, pues parece que había algo superior, precisamente, a cualquier otra consideración, y era la evangelización cristiana de los indios, a la que se dedicaba cada día Las Casas, justamente el título que su archienemigo Sepúlveda y su falsamente admirado Vitoria habían sostenido para legitimar tanto el descubrimiento como la colonización de América, con todas sus implicaciones.
Tanto Sepúlveda como Vitoria también legitimaron el uso de la guerra, el segundo con la cláusula del "sin abuso". No es que Sepúlveda se mostrase favorable al abuso en la guerra. Es que ambos, como buen conocedores de la historia, no eran tan ingenuos de pensar que en caso de darse una acción de guerra, no cupiera ninguna posibilidad de cometer crueldad, solo que Vitoria, desde un punto de vista estrictamente más teórico, acaba en una duda final solo sobre este aspecto. Pero el hecho es que esto no fue costumbre, en contra de lo que falazmente sostiene Las Casas, entre los cristianos, sino más bien costumbre, aun institucionalizada, entre los indios, contra otros pueblos indios, y contra su misma gente en el caso de los pueblos más institucionalizados, como prueba el conocido asunto de los sacrificios humanos, que cada año se contaban por millares. También cabe mencionar el hecho al que alude humorísticamente Sepúlveda de que doscientos arcabuceros hicieran huir a cuatro mil indios por ejemplo en la conquista -no autorizada, en efecto- de México. Por mucha pólvora que le eches en este asunto no se ve dónde está la crueldad cuando te enfrentas a un enemigo tan superior en número y cuyas prácticas bélicas ya eran de sobras conocidas por los españoles precisamente por su absoluta ausencia de piedad.
Leyendo las crónicas de algunos conquistadores, como Alvar Núñez Cabeza de Vaca o Hernando de Soto, puede verse que el ritual de la conquista solía desarrollarse más bien del modo siguiente: llegan los conquistadores a un pueblo, en el mejor de los casos cercado y con cultivos de maíz, pero casi nunca superior a unos 5.000 habitantes, pudiendo muy excepcionalmente alcanzarse los 20.000; antes de llegar al pueblo han enviado mensajeros y en la puerta del pueblo les espera el cacique indio con su séquito (las tribus tenían sus caciques, y también sus esclavos); los españoles le vienen a pedir información para conquistar tierras no habitadas con abundancia de metales que los indios no usaban, accediendo a protegerlos si les dan esa información, teniendo que enfrentarse en guerra si se muestran hostiles; normalmente, en casi todos los casos, los indios aceptan ponerse bajo la autoridad paralela del conquistador y suministran información sobre tales parajes, unas veces cierta, otras falsa. En México, Perú, anteriormente Caribe, Chile, Argentina, se van produciendo los asentamientos españoles, la fundación de ciudades, la evangelización de indios y la creación de universidades. Fin de la conquista. No obstante, nada tendrá un desarrollo más o menos progresivo poco después de 1600, salvo en lo que se refiere a la expansión territorial de los virreinatos, especialmente con el de la gran Colombia, avanzadilla de la Ilustración hispanoamericana.
La guerra contra los indios fue siempre una excepción y salvo en las conquistas de las grandes civilizaciones de México y Perú más bien cosa de escaramuzas. La conquista de México solo fue aprobada por la Corona a posteriori, actuando Hernán Cortés en un principio por su cuenta. La de Perú derivó en una guerra entre facciones españolas por el poder. Tenemos la maravillosa crónica del primer escritor mestizo de la era moderna, la del Inca Garcilaso de la Vega, para hacernos una idea de tales luchas, y para hacernos una idea de cómo había sido la experiencia desde el punto de vista de los indios, nada menos que la de una casa real que había visto el fin de su larga dinastía. También, gracias al Inca, nos podemos hacer una idea de cómo se había forjado en este caso la civilización india desde dentro, y de cómo las visiones utópicas europeas de la vida salvaje feliz distan mucho de parecerse siquiera a la realidad, sin menoscabo de todas las maravillosas curiosidades que el Inca nos cuenta al modo casi de un primer antropólogo moderno. No deja tampoco de resultar llamativo que el Inca se muestre a cada paso de su relato como un fervoroso católico de Trento, hasta el punto de alertar, no conociendo el alcance de sus palabras, contra aquellos que se dedican a estudiar "la filosofía de la naturaleza y del entendimiento humano". ¡Ahá, había algunos en España que estaban haciendo por entonces, finales del XVI, ciencia y filosofía modernas! Digo lo del alcance de sus palabras porque el Inca muestra, en justa fe cristiana, la suficiente inteligencia como para poder comprender que de haberse desarrollado, con la debida cautela, tales estudios en España otra hubiese sido la misma prosperidad de la América española. Y afirmo que al final de sus días el Inca Garcilaso de la Vega pudo haber comprobado hasta qué punto el buenismo de la era de Felipe II había afectado no solo a la razón de Estado sino a los sentimientos del pueblo cuando no pudo publicar su traducción de los "Diálogos de amor" de León Hebreo en España sino en Italia, lejos de las "bondades" del Imperio fracasado.
La conquista de América se produjo, pues, por el uso y el trato a partir de estos hechos más que por una política de aniquilación o esclavización masiva que cuando se produjo fue muy contextualizada. En todos sus recuentos de víctimas indias, Las Casas añade un cero de más, convirtiendo así el número 400.000 en el número 4 millones. Debía de ser su manera de contar. Como también tenía su manera de pensar. Por ejemplo sobre la religión, a la que debía voto. Este es el punto clave de todo el asunto de Indias. La baja idea, por decirlo al modo de Nietzsche, que Las Casas tenía de su propia profesión. La profesora Matsumori, ya equivocada por deslumbramiento, pasa por alto el dato. La paradoja de todo el proceso buenista de Las Casas es que lo único que quedó en pie en las Indias y en España fue la Iglesia católica de Trento, con su Inquisición, su bloqueo de fronteras, su condena del comercio, su impasse tardomedieval no resuelto hasta bien entrado el siglo XIX en el Concilio Vaticano I, su militarismo sin sentido. Afirmo que esto es paradójico y que pone en duda la autenticidad de la fe cristiana de Las Casas porque aquel Dios que a la postre era la única justificación de la conquista de América en aras de su evangelización -cosa que Las Casas seguía haciendo en Chiapas aunque según él la mera presencia de los españoles allí fuera una iniquidad, supongo que exceptuándose a sí mismo- no es otro que el Dios de los ejércitos del Antiguo Testamento, encarnado para todo el mundo en Jesús de Nazaret, pero no menos Dios por eso. Si a esto le añadimos el evidente dato del poso grecorromano de la Cristiandad y su desperezamiento moderno en aras de la democracia y el libre comercio, el Dios al que apela Las Casas, el sentido religioso de Las Casas resulta cuanto menos equivocado, hasta el punto de considerar que los indios no son solo superiores a los cristianos porque viven más despreocupadamente que los europeos sino sobre todo por su religión, y en concreto por los holocaustos humanos, que para Las Casas lejos de resultar una crueldad más propia de gente confundida constituyen una alta prueba de sentido religioso. ¡Cuánto más religiosos y buenos son si hasta sacrifican a humanos, siempre esclavos, por millares cada año por ello! He aquí el disparate del pensamiento lascasiano, el insostenible conato de raciocinio buenista, y, lo que es más grave para el caso, la inautenticidad de la fe cristiana de Las Casas, y de sus sentimientos de amor y de justicia, resaltando paradójicamente, por añadidura, el ominoso poder institucional y meramente institucional de la otrora buena confesión católica.
Sin duda, en la conquista de América se cometieron crueldades. El sistema social allí implantado padecía de toda la falta de equidad que asimismo se empezó a padecer en España. Qué se puede decir del caso de Núñez Cabeza de Vaca, sin lugar a dudas una de las pocas verdaderas "personas buenas", un español verdaderamente bueno, un conquistador sensato y leal con Dios, con el Rey y con los indios, que en general lo adoraron, tanto los del sur de los actuales Estados Unidos como los guaraníes del Paraguay. Un auténtico caballero político. Pues bien, este conquistador de diligencia sin igual fue traicionado por aquellos que en paradójica complicidad con el buenismo lascasiano vivían en el Nuevo Mundo como nuevos señores de la tierra. No conquistar más, manipular a los indios a conveniencia, vivir sin progreso no vaya a ser que tengamos que molestarnos y obedecer a alguno más realmente inteligente. En fin, la historia de siempre. Y el resultado de siempre a partir de entonces: el Rey decreta cárcel tanto para los traidores -que habían invocado al Rey y a la libertad en su traición- como para su leal gobernador. El trabajo realizado, por su parte, echado a perder, no reconocido y menos valorado. Fin del Imperio en lo que de bueno, al modo de la regla romana, podía tener. Fin del vigoroso Renacimiento hispánico. La decadencia de España. Si en esta historia no está claro quién es el bueno y quién es el malo, se comprende la posterior confusión de siglos, que aun dura. El reinado del buenismo, vacuo e inicuo.
Pero ahí continuó Las Casas pidiéndole al Rey que no enviase más conquistadores: supongo que con los que había a fin de cuentas ya podría entenderse. Parece como si Las Casas comprendiera en su corta inteligencia mejor a estos incompetentes y abusivos soldados que a tipos como Núnez Cabeza de Vaca. No hubo más como éste. Mientras los que ya estaban se dedicaran a no hacer nada, según Las Casas, se produciría menos daño que si se enviaban más conquistadores. Él podía seguir denunciando teóricamente la conquista y haciendo carrera prácticamente en la Corte, sentando el pensamiento del papel de España en las Indias, de lo que era una "persona buena" y en fin de lo que sería español o no en adelante, como de hecho así fue. El precio, paradójicamente, es de todos conocido. No desde luego muy económico ni para España ni menos para las Indias.
Lo curioso es que todo lo que decía ver Las Casas en los indios juró no verlo en los negros de África, de antiguo sometidos de tanto en tanto a servidumbre, por el viejo Egipto, por el mundo musulmán, etc. Así que a partir del buenismo lascasiano, los barcos que cruzaban el Atlántico de África a América empezaron a rebosar de esclavos negros, que abundan hoy en día precisamente en la órbita de influencia externa que Las Casas mantuvo en las Indias hasta su muerte: no tanto Chiapas como el mar al que Chiapas da, esto es, el Caribe. En efecto, el pequeño emperador vestido de sacerdote mantuvo intacto su dominio mexicano mientras podía observar como el Caribe se llenaba de esclavos negros. Una pequeña Europa medieval llamada Chiapas frente, y solo enfrente, al bello mundo salvaje, que aun hoy permanece ahí, con sus esclavos, sus tiranos, y otro disparatado etcétera.
Su "Brevísima relación de la destrucción de las Indias" se tradujo rápidamente al francés y fue motivo de la bien ganada "leyenda negra" de la era de Felipe II y sucesores. Estaría de acuerdo con la leyenda, pues, si no fuera porque el responsable último del colapso ruin de la política española no fue otro que el buenismo del sobrevaloradísimo Las Casas. No porque las Indias no fueran en efecto destruidas -mejor dicho, los pueblos indios. Sin duda, ni Inglaterra, ni Francia ni posteriormente Estados Unidos se toparon con algo parecido a las civilizaciones monumentales de Mexico y Perú, y sus guerras con los indios han sido menos reseñadas. Otra cosa más cierta es que a día de hoy se vea más gente de rasgos indios en la América hispana que en Norteamérica cuando por las crónicas de conquistadores como Hernando de Soto sabemos que había en Norteamérica pueblos indios a cada paso. No porque esto no sea cierto estoy matizando la leyenda negra, sino porque esencialmente, pues, el derecho de guerra que toda filosofía que se precie debe sostener, no difiere en demasía de un caso a otro, o si difiere es quizá -¡en el principio, en el principio denunciado por Las Casas!- en favor de la conquista española y no de la anglo-francesa y posterior dominancia estadounidense. Matizo la leyenda negra no por esto tampoco, no porque de hecho en el segundo caso los indios poco menos que desaparcieran. Nadie tan tonto pensaría esto si es que piensa, y si es que piensa que pensar es otra cosa es que ni piensa ni sabe lo que tan ufano se cree que sabe. Pero, en fin, contra los estúpidos, pues, en efecto, queda lo que tiene que quedar: sí, el derecho de guerra. Matizo la leyenda negra porque no fue este sin embargo el título primero del descubrimiento y conquista de América. Dios nos ha concedido la gracia de un país como Estados Unidos de América, que asume sus episodios vergonzosos como cualquier hombre de bien asume los suyos, si es que los asume como hombre corriente de bien y no como un ser perfecto llamado Hombre que no es. El resto es delirio. Matizo la leyenda calificada con el color negro porque en realidad nada ha hecho más daño a nuestro país y a nuestra cultura como el buenismo de Las Casas y sus secuaces, determinando hasta el día de hoy lo español como herencia de una mezquindad secular que no encuentra parangón en las cosas que verdaderamente ultrajan la dignidad y la inteligencia humanas, cuando lo contrario se podría encontrar en España también a cada paso.
Así pues, rogaremos a Dios, ciertamente, como en el poema de Rubén Darío, "A Colón", por el Nuevo Mundo que descubrimos. Pero con Vitoria, y tanto más con Sepúlveda, y contra Las Casas, consideraremos tal descubrimiento como feliz. Feliz como el mar azul por el que el Feliz, no desgraciado, escucha bien Darío, Feliz Almirante, Cristóforo Colombo, sigue navegando. Feliz porque hacia allí quería ir.
"Civilización y barbarie. El asunto de Indias y el pensamiento político moderno (1492-1560), Natsuko Matsumori, Biblioteca Nueva, 2005
"Naufragios y comentarios", Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Espasa-Calpe
"Expedición de Hernando de Soto a Florida", Fidalgo de Elvás, Espasa-Calpe
"Comentarios reales", Inca Garcilaso de la Vega, Espasa-Calpe
"A political philosophy. Arguments for conservatism" es un libro del filósofo británico Roger Scruton, editado por Continuum (Londres-Nueva York) en 2006. Es un libro que explica en qué consiste a grandes rasgos el conservadurismo político más allá de los lores y la derecha monárquica de toda la vida.
En su alocución a la BBC el General Franco señaló en inglés -"country, family, religion"- las tres rasgos fundamentales de su movimiento. Las características que apunta Scruton como definitorias de la vía política conservadora para nuestro tiempo no son muy diferentes. El reclamo publicitario del ensayo afirma que se trata de un libro para aquellos que buscan razones en la valoración de una herencia desdeñada por la ilustración supuestamente liberal de nuestros días. Y las razones son lo más importante de este libro. Razones para conservar el sentido del estado-nación y la prudencia económica, razones conservacionistas a propósito de la naturaleza y de nuestra relación con los animales, razones para resignificar y remoralizar pasos tan importantes de la vida humana como el matrimonio, la muerte y el rechazo del mal, razones, en fin, contra la tentación totalitaria del resentimiento y el construccionismo burocrático de la Unión europea. El libro acaba con un soberbio ensayo sobre el modernismo conservador de T. S. Eliot y su fe anglicana.
Scruton es especialista en estética y se estrenó con un libro sobre sexualidad. Ahora enseña psicología. Muchas referencias del libro son puramente artísticas, de la gran cultura, pero en realidad esto de poco serviría si no fuera por los razonamientos de fondo que, como he dicho, son lo más valioso del ensayo, especialmente el razonamiento de algún modo chestertoniano de que los muertos son, y aun los no nacidos, y de que mantenemos con ellos una especial relación de deber. Son argumentos psicológicos los que trazan esta senda política conservadora para el siglo XXI, que Scruton se toma la molestia de razonar y mostrar como consistentes en la vida real, pues no se trata de eliminar ninguna pasión ineliminable sino precisamente de conservar más bien aquello que encauza esas pasiones hacia el bien de la vida humana y su libertad.
El libro está pensado para la política británica, pues obviamente la vindicación de la fe anglicana no sirve para la política española ni siquiera -ni mucho menos- haciendo la analogía con el catolicismo, como ha sido error tan común en ciertas posiciones conservadoras hispanas. Ya Balmes en la primera mitad del siglo XIX escogió como tema de uno de sus libros la comparación entre una y otra confesión, cristianas en todo caso. No es incompatible la crítica de cierto devenir histórico de la Iglesia católica con una fe que ha aprendido del éxito moderno del anglicanismo y del protestantismo en general. Tenemos por ejemplo el caso de Blanco White.
El punto en el que discrepo es el relativo a la preferencia mostrada por el autor en favor de Hegel y en contra de Nietzsche. Es sabido que Hegel se movió más bien en los círculos liberal-demócratas alemanes del momento y no en los conservadores, y es sostenible que el progresismo intelectual nietzscheano no es incompatible entenderlo como un conservadurismo político, tal y como han hecho algunos por ejemplo en Francia y yo mismo desde mi primer ensayo. También en otras ocasiones Scruton se desliza por la polémica en lugar de por el argumento, pero son pocas y normalmente bien escogidas, por ejemplo en su reflexión sobre el atentado del 11-S. Su mención de De Maistre lo hace dudosamente compatible con el modernismo que defiende al final del libro; al menos en España este reaccionarismo religioso se alió con el posmodernismo falangista durante la dictadura de Franco si bien entendemos que meramente para el caso. Claro que en España este es un problema que se remonta a las Cortes de Cádiz. Scruton puede acabar con los brillantes y perfectos versos de Eliot, pero en España de momento el modernismo literario solo nos dice que nuestra historia siempre acaba mal (Gil de Biedma) porque empezó mal (Darío), y es más bien de cuño progresivo tanto en la generación del 27 como en la novísima de los 70. A no ser que en efecto podamos rescatar algo del "Azul" de Darío y contradecir la resignación triste de Gil de Biedma con la moderación apasionada de los autores que como Azorín, Pla o Pemán se quedaron junto a Franco, que al principio tuvo a su D´Ors. De momento los versos patrióticos por excelencia siguen siendo los del Quintana de la "España libre" y de "El día feliz de España". Pero dejo esto para los especialistas en literatura. En política, de igual modo que Scruton empieza bajo la advocación de Burke, nosotros lo podríamos hacer en definitiva bajo la de Jovellanos.
Voy a sostener una tesis que es una respuesta a la famosa pregunta "¿Qué se debe a España?". Pero primero analicemos la pregunta y su contexto histórico.
La pregunta la planteó Nicolas Masson de Morvilliers en un artículo publicado en la "Encyclopédie Méthodique" en 1782. Reproduzco el texto de "Historia intelectual de España" (Quesada): "...un libro impreso en España debe pasar regularmente seis controles antes de poder ser publicado. Un miserable franciscano, un bárbaro dominico, son los encargados de permitir a un hombre de letras tener talento. Si se decide a imprimir su obra en el extranjero, necesita una autorización muy difícil de obtener, y que no le libra de una posible persecución tras la publicación del libro. En nuestros días, Dinamarca, Suecia, Rusia, incluso Polonia, Alemania, Italia, Inglaterra y Francia, todos estos pueblos, enemigos, amigos, rivales, todos están entusiasmados en una generosa emulación por el progreso de las ciencias y de las artes. Cada uno reflexiona sobre las conquistas que debe compartir con las demás naciones; cada uno de ellos, hasta ahora, ha hecho algún descubrimiento útil en provecho de la humanidad. Pero, ¿qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa? Hoy semeja a una débil y desgraciada colonia que tiene necesidad del brazo protector de la metrópoli: debemos ayudarla con nuestras técnicas y nuestros hallazgos; sin embargo, también semeja a un enfermo desesperado que, inconsciente de su mal, rechaza el brazo que le da la vida".
Esta pregunta se planteó en un momento en el que el Reino de España, a partir de Carlos III, con los consabidos antecedentes de Felipe V y Patiño y de Fernando VI y Ensenada, emprendía abiertamente su proceso modernizador. Pero el contexto seguía siendo el del honor barroco mal entendido, el del retraso secular de la ciencia y de la economía, en fin, el de la Inquisición que tan bien describiera Voltaire en su "Ensayo acerca de las costumbres" (cito del mismo libro anterior): "No se confronta a los acusados con sus delatores, ni hay delator que no sea escuchado. Un criminal castigado por la justicia, un niño, una cortesana, son acusadores graves; un hijo puede acusar a su padre, una mujer a su marido, finalmente, el acusado se ve en la necesidad de convertirse en propio delator, adivinando y confesando el crimen de que le acusan y que a veces ignora. Este procedimiento inaudito hizo temblar a España. La desconfianza se apoderó de los espíritus. Ya no hubo amigos, ni sociedad: el hermano temía al hermano, el padre al hijo. De ahí viene que el silencio se haya convertido en rasgo característico de una nación que nació con la viveza propia de un clima cálido y fértil". Voltaire elogiaría después a Aranda por haberle recortado las garras a la Inquisición, pero luego Aranda fue sustituido por el mucho más tibio Floridablanca, por no mencionar al que le siguió, Godoy, antes del estallido de la Revolución española. Voltaire acierta de pleno cuando afirma que la Inquisición sembró la desconfianza entre las gentes y acabó con los amigos y la sociedad. Más discutible es que el silencio fuera su consecuencia, pero se entiende que se refiere a lo que hoy llamamos omertá, etc.
A Masson de Morvilliers le contestaron indignados entre otros nada menos que Cavanilles, el botánico, el abate Denina y sobre todo por su impacto Forner en "Oración apologética por la España y su mérito literario". Otros, como los autores de la revista "El Censor", aplaudieron a Masson y atacaron a Forner en "Apología por el África y su mérito literario". Así transcurrió la polémica.
La España contemporánea no se puede entender sin estos tres factores: su peculiar Edad Media, su Imperio católico fracasado en el XVI y su supeditación a Francia en el siglo XVIII. No deja de ser curioso que la Revolución española de 1808 se produjera contra una invasión francesa y a su vez que el asunto del reino no quedará más o menos asumido democráticamente hasta Franco en el XX. Es normal que durante el siglo XVIII los autores franceses miraran recurrentemente a España, por vinculación monárquica, por la larga vecindad y por ver los progresos que desde finales del XVII prometía un reino del que la Francia de Luis XIV había tomado algunas cosas importantes. Yo no encuentro ni maliciosa ni despectiva la pregunta de Masson, que, salvo algunas exageraciones, pone el dedo en la llaga, con cierta crueldad que no denota a mi modo de ver sino amor a España. De otro modo no creo que este autor se hubiese tomado la molestia de incluir, aunque fuera negativamente, a España dentro de la Europa ilustrada, o hubiera mostrado las ganas de incluirla. Más explícitamente calurosa con España y los españoles es la nota de Voltaire, y en realidad mucho más concreta y acusadora. Pero volvamos a Masson.
La exageración de Masson es evidente cuando primero cifra la ausencia de aportes relevantes de España a Europa en dos siglos, y luego suma seguidamente cuatro más. Seiscentos años menos que 1780 hacen 1180: me parece un poco abusivo cifrar el inicio del retraso secular español respecto a la pujanza europea en el siglo XII. A Masson se le pasa por alto algo tan importante para la cultura occidental como es la Escuela de Toledo, y que es algo de España sin que esta estuviera constituida ni siquiera en las dos coronas que se unirían en el reino de finales del XV. Las traducciones de Toledo así como en menor medida el naturalismo de Lulio son piezas fundamentales del camino que llevará al Renacimiento. Por tanto, Masson podía afirmar que desde finales del XVI, desde Felipe II en concreto, España por sí misma no había aportado nada relevante al progreso de Europa. Pero en ningún caso puede irse más atrás. El Renacimiento español, por la peculiaridad que en seguida explicaré, no solo existió sino que es de una envergadura pionera en Europa, aunque no fuera original ni tuviera su continuidad moderna a partir de 1600 -he ahí el fracaso del Imperio de Felipe II. Las figuras de Vives, Mariana e incluso después Suárez ejemplifican este colapso, cifrado en el cierre del Colegio Imperial (academia de matemáticas) de Herrera y en la irrelevancia adquirida por la Universidad de Salamanca a partir del XVII, escuela que en el siglo de las luces dará nombre meramente a una tertulia literaria. Sin duda Forner pudo glorificar el esplendor literario, pictórico y aun ensayístico de la España de Felipe III y Felipe IV en su respuesta a Masson, pero la puntilla ya estaba dada y tampoco este "mérito literario" tuvo continuidad relevante salvo las consabidas excepciones desde el siglo XVIII en adelante. Solo la Universidad de Valencia, pero sin el arraigo suficiente del vivesismo, permite establecer una cierta aunque muy reducida continuidad entre el final del XVI y el inicio del XVIII. De ahí, sin duda, la respuesta indignada pero razonada del botánico Cavanilles a Masson. Lo que sigue son los problemas del XVIII español a los que de hecho alude el autor del "¿Qué se debe a España?".
Retomo el Renacimiento español, que fue a la vez importado y pionero, y que a mi modo de ver pasa por alto indebidamente Masson. El Renacimiento español es pionero en un asunto que me permite responder sin más a su célebre pregunta: el descubrimiento de América. América es lo que Europa le debe a España. El "asunto de Indias", la teoría del derecho natural de Vitoria, la controversia entre Las Casas y Ginés de Sepúlveda sobre el derecho de guerra, las expediciones científicas que desembocarán nada menos que en el "Viaje del Beagle" por Suramérica de Darwin (nótese, empero, que hago un salto en el siglo XVII), todo esto se le debe a España, de modo tan indirecto si se quiere como la filosofía de Kant le debe su ontología primaria a la de Suárez (luego confrontada con la filosofía moderna de Hume por el filósofo prusiano), pero mucho más cierto, aun si América no fue el nombre que España le dio al Nuevo Mundo por ella descubierto para Europa. Europa le debe a España, pues, una cosa, señor Masson: América y lo que significa América aparte de lo que ya he dicho.
América significa la confirmación de la circunnavegación de la esfera terrestre, América significa por tanto el capitalismo moderno, y América significa, así pues, la democracia moderna, primero la de Inglaterra (sería por nuestra parte también abusar, sostener que el experimento pionero holandés del 1600 le debe su parte indirectamente a la conversión forzosa de los judíos de España y Portugal emigrados a Amsterdam) y sobre todo después la de los Estados Unidos de América, cuyas regiones o bien poseen topónimos indios, o bien ingleses, o bien hispanos con la excepción de algún caso francés y la Nueva Amsterdam holandesa anterior a Nueva York.
A propósito del asunto de Indias y de las expediciones científicas ya mencionadas, el antropólogo francés del siglo XX Levi-Strauss fue más clarividente que Masson, claro que doscientos años después y en el momento en que Estados Unidos de América cumplía su destino. Creo que es en ese libro de antropología un poco literaria -también debida al descubrimiento de América- titulado "Tristes tópicos" donde Levi-Strauss dice que los franceses siempre envidiaron a España una cosa, que es América. Yo no diré tanto. Porque no es una cuestión de envidia lo que yace en el fondo de la pertinente pregunta de Masson sobre el progreso de España. Pero sin duda el hecho al que apuntó Levi-Strauss en su libro sobre unos indios de Brasil no puede pasarse por alto: directamente o indirectamente, en lo bueno y en lo malo, una cosa se debe siempre a España más allá de su colapso imperial y de su retraso secular, y es América. Lo cual no significa que España, y Masson en esto tenía toda la razón, pueda vivir de rentas.
He leido "Hasta la cumbre. Testamento espiritual", Ed. San Pablo, Madrid, 2009, del sacerdote Pablo Domínguez, fallecido en el Moncayo en febrero de 2009 mientras hacía excursionismo. Se trata de los ejercicios espirituales realizados por el sacerdote en un convento de monjas de Navarra la semana anterior a su fallecimiento.
Es la primera vez que leo unos ejercicios espirituales y la primera vez que leo a un sacerdote. Pablo Domínguez era sin duda un hombre brillante, de bondadoso pero firme corazón, y de una gran imaginación. Sin duda por eso sus inquietudes le llevaron más allá de la fe y de su justificación teológica, y como profesor de filosofía ejercía en la Universidad de San Dámaso en Madrid. La cuestión de la imaginación, como a mí, le llevó a interesarse por la lógica trivalente de Lukasievitz, sobre la que hizo en el contexto general de la Escuela Polaca de Lógica su tesis doctoral en filosofía. Pues la lógica trivalente de Lukasievitz es la única que da cuenta del papel de la imaginación en el proceso de pensamiento y de conocimiento, tal como he estudiado en mi tesis "Idea trágica de la democracia", haciendo lugar, por lo demás, a la fe en la raíz misma del pensamiento, al no estar sometido este todavía al sí o al no puramente lógicos que se derivan en el subsiguiente proceso de conocimiento. El pensamiento racional no se da sin imaginación, y en términos lógicos el valor que le corresponde no es sino un valor indeterminado, un tercio latente enunciable como "quizá" que a su vez restringe lo estrictamente lógico a la fórmula del bicondicional ("si y solo si") por lo demás recíproca. De ahí la insistencia del sacerdote Pablo Domínguez en la razonabilidad de la fe, para la que hay además argumentos de historia filosófica y religiosa de peso, y, en fin, su admirable cristianismo práctico, que destilan sin irnos más lejos estos estupendos ejercicios espirituales. Solo una lógica es comparable a y aun un poco mejor que la de Lukasievitz, y es la lógica de la abducción de Peirce, tan similar a la trivalente, pero no su álgebra.
Aquí no hay álgebra que valga, esto es, aquí no hay ninguna necesidad de justificar la existencia de Dios; solo y por razones más bien burocráticas, la profesión eclesiástica de la fe -es a lo que estaba dedicando sus estudios el sacerdote Pablo Domínguez cuando falleció antes de poder presentar su tesis doctoral de teología en Roma sobre la consabida analogía teológica.
Las enseñanzas de Pablo Domínguez no se apartan de las habituales enseñanzas del cristianismo que todo ser humano cabal, creyente o no, debería conocer y reconocer. En España justamente lo que ha faltado es reconocer a estas "personas buenas", y se ha sustituido este reconocimiento de algunos españoles buenos por la ideología del buenismo y los seculares "buen español" y demás variantes locales más o menos llamativas. Que no quede ninguna duda, Domínguez era un poco empalagoso, al modo orteguiano madrileño, pero nunca un buenista a lo Las Casas. Católico ferviente y español de bien, como dice el tópico, pero ante todo un hombre racional lleno de humorismo.
Por tanto, Domínguez no demostraba a Dios, sino que lo enseñaba. El Dios judeocristiano, el Señor que Jesucristo dijo ser y que puso al alcance de cualquiera. El cristianismo de Pablo Domínguez es, como he dicho, un cristianismo sumamente práctico. Casi al contrario que Agustín y Tertuliano, Domínguez cree precisamente porque no es absurdo. Esto es moderno. Y es que después de Spinoza, nadie puede considerar que el cristianismo sea solo una religión adoptada por la Roma moribunda que debe desarrollarse a la manera romana imperial. Hay una razón para creer, la misma razón que precisamente no obliga a creer y que puede distinguirse de la fe. Eso es distinto a considerar absurda la fe y no digamos a mofarse de la creencia. Tanto es así que con buen sentido práctico, con el debido cuidado de confundirse por analogía, a las ideas podemos llamarlas también creencias. Creencias verdaderas, por cierto, no meros auxilios lingüísticos de la propia "personalidad".
La enseñanza cristiana más claramente relacionada con el absurdo es la consabida lección del "cuanto peor, mejor". En este libro de ejercicios espirituales, el sacerdote Pablo Domínguez hace referencia a ello del modo siguiente: "A eso estamos llamados todos los cristianos. Aquí y ahora. De eso se trata. Así de sencillo. Y esto es un milagro, un enorme milagro. Y a esto es a lo que nos convoca el Señor. A esto es a lo que nos llama. Y esto es lo que, en definitiva, nos pide: que seamos realmente un milagro del Amor de Dios en medio de los mil avatares de la vida -que las circunstancias personales, globales, las que sean, serán malas, difíciles; aunque siempre hay una esperanza: lo peor está por venir-. Hay que tener esta esperanza: `Señor, sé que todavía todo puede empeorar´. Y quizá empeore; y esto es magnífico, porque cuanto peor estén las cosas, más se notará la fuerza del amor de Dios. Por tanto, que nadie desespere. Hay que buscar todavía situaciones más caóticas. Pero en mitad de la catástrofe, en mitad del caos, ahí está la Gracia de Dios, que todo lo transforma. Pero, ¡es verdad! ¡Hay que demostrarlo, hay que manifestarlo!".
Pudiera parecer absurdo e incluso egoísta, y por tanto pecado, querer que pase lo peor para estar mejor. Bueno, así lo creen algunos que están mejor cuanto peor le va al común de la gente. Igualmente, en sus utopías seculares, confunden lo que es utópico en el pensamiento con lo que sería una utopía establecida en la historia, cosa a todas luces irracional y más bien criminal como la historia precisamente demuestra. Esta no es la lección cristiana. La enseñanza de Jesús es una parábola y es simplemente religiosa. Recuerda racionalmente que morirás, y anticipa esa hora, para saber quién eres y comportarte rectamente. No significa que te tengas que morir: precisamente anticipa esa hora en vida, por medio de la imaginación y el recuerdo. Así conocerás tu hora de la verdad y entonces, libremente, podrás elegir hacer el bien de verdad, empezando por la verdad de tu cuerpo y de tu alma. Espiritualmente, por tanto, anticipa lo peor, para conocer y hacer posible en esta vida lo mejor: eso es lo que enseña este lema. La enseñanza, aunque parabólicamente presentada, no puede tomarse como racionalmente absurda, o irracional, sino todo lo contrario; es, de hecho, una enseñanza que en su fondo comparte plenamente el sentido de la enseñanza filosófica que algunos han presentado como contraria a la fe religiosa: la mortalidad del alma. Puesto que aquello que se puede afirmar filosóficamente, esto es, que el alma muere con el cuerpo, comparte el sentido pleno del deseo de vivir una vida verdadera que es el designio del deseo de anticipación cristiano de lo peor. Incluso a la lógica la llamó el filósofo francés Clément Rosset como siendo siempre una lógica de lo peor. Por mucho que la fe cristiana posponga tantas veces la vida verdadera a la vida más allá de la muerte o acaso después de la muerte -lo cual es una verdad incluso antropológica para este caso-, lo importante del "cuanto peor, mejor" es precisamente la anticipación, por medio de la cual no es la muerte que nos ha de llevar a la vida verdadera lo que adviene, sino precisamente destellos mentales, momentos reales, experiencias vividas, y en fin una cierta costumbre de este mundo que en este mundo de los vivos es todo lo que podemos lograr -y es poco, y es mucho, y es todo- como arrendatarios de los lugares celestiales que solo estrictamente a Dios pertenecen.
Por eso, Jesús no dijo "Viva la muerte" ni en broma, aunque fatalmente la deseó para mostrar en público el sí, el no y el quizá verdaderos, por así decir. Tampoco dijo "Viva la vida". Jesús dijo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Juan, 14, 6).
Ahora que falta un año para la cuenta atrás de las elecciones generales de 2012, si es que no hay adelanto, repetiré los dos errores terminológicos de Aznar detectados en la lectura de los textos fundacionales del PP con el fin de evitar que se reiteren de aquí a las elecciones y después:
-"estrategia": Aznar la rechaza se supone que en aras de la táctica. Pero es al revés. Lo que vale a medio plazo es la estrategia, la táctica solo consiste en el cómo, el día a día, cosa que es importante, pero no el fin, sino el medio. Estrategia eficaz, pues, y flexible, pero no tacticismo.
-"federal": Aznar lo rechaza en aras del gobierno central. Aquí la confusión es mayor. Se confunde Gobierno central con Estado, o con Estado central -Administración general del Estado dependiente directamente del Gobierno central. La confusión aumenta al introducir la ideología del Gobierno mínimo o del Estado mínimo. No se entiende la reivindicación del Estado o del Gobierno centrales y a la vez la defensa de que sean mínimos, incluso en la militancia del PP llegando en algún caso a solicitar la supresión de las CCAA. Esto no cuaja con la ideología del Gobierno mínimo, que es más bien favorable a la descentralización. En todo caso, para empezar a eliminar la confusión, hay que aclarar que el federalismo es sinónimo de unitarismo, lo contrario se llama confederalismo, no federalismo, pues. El unitarismo no es incompatible con la descentralización, sino con el confederalismo o el separatismo. Ahora se acusa al PP de evocar un neocentralismo, si esto significa neofederalismo, pues seguramente es posible, lo está señalando la UE y es lo que han hecho Alemania y otros países parecidos, en primer lugar por razones económicas y administrativas de viabilidad. Rajoy afirmó en 2008: "somos autonomistas convencidos", pero el problema de las CCAA es que más que una descentralización han supuesto en no pocos aspectos la replicación por 17 del viejo centralismo jacobino, a lo que se suma una división provincial de izquierdas o al menos afrancesada que no tiene mucho que ver con la historia de España, mejor reflejada a mi modo de ver en las autonomías. Quiero decir por un lado que la descentralización no es una mera delegación provincial, sino que incluye la existencia de parlamentos. Por otro lado, las diputaciones provinciales, via los municipios, vienen a actuar a veces como los senados de las CCAA. Todo esto no es incompatible con un Estado general fuerte y un Gobierno central mínimo, surgidos de las Cortes Generales (Congreso y Senado), que es donde reside la soberanía, y reflejados también en ayuntamientos y gobiernos autonómicos mínimos. Pero es confuso. Este sistema se puede mejorar, incluyendo la posible desaparición de las provincias en la reforma del sistema electoral. En todo caso, no confundamos federalismo y confederalismo. La eliminación de las CCAA es un disparate y no conservador precisamente.
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