Blogia
procopio: café filosófico

Un día en las carreras

Fuimos a Madrid desde Castellón con ganas de gresca. Aún éramos jóvenes, ya teníamos dinero y nos habían prometido que el jinete irlandés Kieren Fallon, ganador tres veces del derby de Epsom, asistiría y correría en el Hipódromo de La Zarzuela. Allí fuimos, como digo, con ganas de pasarlo bien pero Fallon no se presentó. Me parece que fui el único de la expedición en lamentarlo.

Pero volvamos la vista atrás. Sí, otra vez a la infancia, perdida y recuperada recurrentemente. Veamos. Los caballos siempre han resultado un misterio para mí. Han simbolizado el misterio de la vida. Desde que los veía pastar en la masía de mi amigo Carlos Giró, uno negro, los demás blancos y grises, los caballos siempre me han llamado la atención. Aunque mi animal favorito fue siempre el cachalote -tenía uno pequeño de juguete con el que imaginaba aventuras oceánicas en el apartamento playero de mis padres-, el caballo acabó imponiéndose como animal fetiche de mi existencia. ¡Hasta unos compañeros de colegio me decían que tenía la cara de caballo! Qué cosas se dicen los niños, la verdad.

Bueno, mi primer recuerdo de una carrera de caballos es, cómo no, el del Grand National, celebrado a las afueras de Liverpool. Como es sabido, es una carrera de osbtáculos, que daban no obstante por televisión todos los años. Y allí estaba yo, dispuesto una vez más a enamorarme de la velocidad de los caballos y de la destreza de los jinetes. Cuando conocí personalmente al filósofo Fernando Savater le comenté algo sobre el Grand National, pensando que le gustaría la referencia. Lo cierto es que el escritor no mostró demasiado entusiasmo, él prefería, como dejó claro en sus libros sobre carreras de caballos, las carreras lisas: flat and fast, sin obstáculos y sin handicaps.

Mucho más tarde asistí por primera vez a una carrera de caballos. Fue en las cercanías de Mahón, Menorca, isla en la que me mi madre se crió hasta sus dieciséis años y que yo visité por primera y de momento única vez a mis treinta. Era una carrera de trotones. No era lo mismo que yo había visto en el Grand National o había leido en los libros de Savater, pero al fin y a la postre eran caballos. Existe una enorme tradición de carreras de trotones en las Islas Baleares. Durante la jornada, anunciaron por megafonía que un jinete mallorquín se había proclamado campeón de Europa de trotones. Ni más ni menos.

Salí de la cala de Alcaufar camino de San Luis. Allí me dejaron. El resto del trayecto lo hice a pie, hasta el hipódromo, bajo un solo de agosto que a la postre padecí en forma de mareo. Pero esto merece una explicación. Antes de salir, la anfitriona que nos hospedaba a mí y a mi madre en su apartamento, me dijo que apostase por tal jinete, que era amigo suyo. Cuando por fin llegué al hipódromo me fui al bar, a refrigerarme. Pero además me compré un puro. Y una camiseta del hipódromo, que aún conservo. Y acto seguido me fui a las taquillas a apostar. Y aposté por el jinete que María Rosa, la amiga íntima de mi madre, nos había dicho. Y la carrera en la que corría nuestro querido jinete mahonés empezó. Por allí andaba algún famoso, como por ejemplo uno de los integrantes del celebérrimo dúo cómico Martes y Trece. Pues bien, la carrera se lanzó y allí estaban los trotones corriendo conducidos por los jinetes en aquella especie de áurigas. Y me situé justo delante de la recta de meta. Cuál es el mío, me pregunté. El número tal. De acuerdo. Y la carrera dio las vueltas pertinentes y se encaraba ya la recta final cuando el jinete por el que había apostado empezó a recuperar posiciones hasta que justo al final, al cruzar la línea de meta, pasó el primero. Había ganado y yo con él. Fue la primera vez que gané una apuesta deportiva y hasta el momento no se ha vuelto a repetir. Lo curioso del caso es que la única quiniela que mi padre ganó en su vida fue una QH en la época dorada de los años 80.

En fin, entre el calor y el humo del puro y la apuesta ganada me dio un sofocón tremendo. Tuve que dejar el cigarro puro y dejar de sonreir lleno de felicidad por un momento. Bueno, con un poco de agua se arregló la cosa y volví a las carreras a disfrutar de lo que restaba de jornada. Luego me fui a las fiestas de Alayor, donde el caballo es el rey. La única plaza donde entra un solo caballo, de tan pequeña que es. Ara va de bo, ara va de bo, Ciutadella! Regado con un poco de ginet, tocando con sumo respeto pero también con todo el calor posible al caballo que se erguía majestuoso frente a la muchedumbre, fue una experiencia inolvidable.

Pero en Madrid los caballos iban a ser caballos que galopan, sin obstáculos, sin handicaps y sin carros. Solo el jinete montado a horcajadas sobre el corcel bravo y veloz. Lo primero fue llegar al Hipódromo de La Zarzuela. Fuimos con Tatiana, una chica madrileña que conocimos cuando fundamos el partido Ciudadanos (C´s) en Barcelona. Era licenciada en filosofía y le conté aquel chiste filosófico: What is matter? No mind; what is mind? No matter (¿Qué es la materia? Lo que no es mente; ¿Qué es la mente? No te preocupes). Pasamos en coche por delante del Pardo. Esa parte de Madrid no la conocía. Por fin llegamos al hipódromo, y aunque no había lo que se dice un lleno a rebosar de gente, el ambiente era agradable y acogedor. Lo primero que vi fue a unos seres diminutos vestidos de colores bonitamente conjuntados. Sí, amigos, eran los jockeys, que sí, amigos, son bajitos hasta la risa. Pero qué jockeys. No andaban ya por entonces Claudio Carudel ni Tolo Gelabert en las carreras, pero sí mi ídolo actual, José Luis Martínez. Fallon no se había presentado pero aun así joviales y dichosos nos fuimos a tomar algo al bar del hipódromo.

Y luego empezaron las carreras. Aposté algo pero, como digo, no volví a triunfar. No vimos a Fallon, pero sí a Savater, a su hijo y a sus hermanos. La primera vez que conocí personalmente a Savater, aparte de hablarle del Grand National, mencioné a Lester Piggot, y esto sí le hizo mucha gracia al escritor. Bueno, allí en La Zarzuela no había ningún Piggot pero disfrutamos de las carreras todo lo que pudimos. Uno del grupo, vasco, ganó algo en las apuestas, y luego nos marchamos todos contentos de vuelta a Madrid y en mi caso después de vuelta a mi casa de Castellón.

Conservo una fotografía de perfil de pie en las gradas del hipódromo. Me la hizo Tatiana. Parezco un monje zen. Meditando sobre la extrañeza de la vida. En la lejanía, el skyline de la ciudad de Madrid. Cercado por un bosque que se mezclaba casi con ese jardín deportivo que es el hipódromo. No he leido a Bukowski, así que no puedo acabar con un elogio literario de los caballos. Me acuerdo ahora de la canción del Sticky Fingers de los Stones titulada Wild Horses. Pero poco más. Como mi día en las carreras de caballos fue un día filosófico, acabaré como dice Nietzsche que deben hacer a veces los filosófos: callándome. Y que corra delante nuestro el corcel volador. ¡Hala!

0 comentarios