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El Madrid, otra vez campeón de Europa (de baloncesto)

Tras dos finales fallidas, el Real Madrid de baloncesto viene de proclamarse campeón de Europa derrotando al Olympiacos de El Pireo por un resultado de 78-59. Es su noveno título si contamos a partir de 1958, cuando empezó a disputarse la Copa de Europa de clubes de baloncesto, si bien el primero desde que oficialmente existe la Euroliga (2000-01). No voy a ser yo quien ponga el dedo en la llaga en este decalage de títulos. Considero que el Real Madrid ha ganado su novena Copa de Europa y su novena Euroliga. El título tiene distinto nombre y es distinta la copa -cosa que no ocurre, sin embargo, si no estoy errado, con la Copa de Europa de fútbol y su heredera la Champions. Pero el sabor añejo y novedoso a un tiempo es el mismo. De hecho, clubes que hicieron historia en los años 60 como el propio Real Madrid, el Milán o el CSKA de Moscú siguen formando parte de la élite europea. Otros, que empezaron a despuntar a finales de los 70 o en los 80, como el Maccabi y el Zalguiris de Kaunas, lo mismo. Por no hablar de los clubes griegos que empezaron a aparecer en los 90, hoy absolutos protagonistas de la Euroliga. Copa de Europa, pues. La vieja y nueva a un tiempo Europa...

¡I feel devotion! Ya saben ustedes como funciona desde el año 2000 este torneo. Primero una fase de grupos. Luego el Top-16. Luego empieza lo bueno, que son los playoffs, para cerrar con el plato fuerte, que es la Final Four, al estilo del baloncesto universitario estadounidense. De hecho, la Final Four se disputaba ya antes del fin del siglo pasado, se disputó en el 66 y en el 67 y desde el año 88 ininterrumpidamente. También desde 1988 se otorga el premio al jugador más valioso de la Final a Cuatro. Nombres ilustres, leyendas de este deporte, como Bob McAdoo (el primero), Kukoc, Sabonis, Ginobili, Jasikevicius, Papaloukas, Diamantidis, Spanoulis y Navarro, entre otros, jalonan el palmarés del MVP de la fase final. Aparte, desde el año 2000 se otorga el MVP del torneo regular y del Top-16. El año pasado lo ganó el base español Sergio Rodríguez, cuya esposa fue alumna mía de 2º de Bachillerato en Alicante. Antes del año 1988, lo que se hacía era honrar al máximo anotador de la final, y entre tales podemos nombrar auténticos portentos del baloncesto, como Emiliano Rodríguez, Belov, Meneghin, Epi o Petrovic, el gran y malogrado Drazen. Aparte, claro está, de toda la nómina de americanos europeizados que aun hoy en día destilan su clase en las canchas de baloncesto del viejo continente.

Esto de la Euroliga, qué duda cabe, es un poco injusto. Porque según las estadísticas Juan Carlos Navarro aparece como el jugador con más partidos cuando en realidad Dino Meneghin, la leyenda italiana, el pivot sensacional, alargó su carrera durante las increibles diez finales seguidas del Varese (cinco títulos) en los años 70... rematando su gloriosa trayectoria con otras dos copas logradas con el Milán en 1987 y 1988. Grande Meneghin, a quien vi en persona como delegado de la seleccion de Italia en el Eurobasket de 2007 en el Centro de Tecnificación de Alicante. Pero, en fin, así están las cosas, y por eso escribo entre otras cosas este artículo, para poner las cosas en perspectiva. No vayamos a creernos más de lo que somos, ni tampoco menos.

Mi primer recuerdo de la final de la Copa de Europa es, sin duda, el de la final de 1983 que la Virtus Roma (el Banco di Roma) ganó al FC Barcelona en la ciudad suiza de Ginebra, por 79-73, pese a los 31 puntos de Super Epi. Yo tenía nueve años ¡Ya por entonces me apasionaba el baloncesto, ya por entonces no se sentía sino devoción la noche de la final de la Copa de Europa! Pero aquella derrota del Barça en su primera final fue el inicio de una trágica relación del club catalán con la hoy denominada Euroliga. Vinieron más crueles derrotas partiendo como favorito, aunque por el camino descubriéramos a jugadores de la talla de Toni Kukoc, formidable jugador. Y por fin la victoria, con Bodiroga como MVP, pero ya con un joven Navarro metiendo triples en el equipo. Fue en el 2003 y aunque no soy muy del Barça de basket me alegré por tantos amigos que sí lo eran y lo son. En honor de los Epi, Solazábal, Jiménez o el mítico Chicho Sibilio... ¡se lo merecían!

Entre tanto, está la bonita historia de un pequeño club que un día me llamó para ir a probar a su cantera. Hablo de la Penya, el Joventut de Badalona, campeón de Europa en 1994. Yo entonces tenía veinte años. Quién sabe si de haber aceptado la prueba seis años antes me hubiese encontrado como base reserva de Rafa Jofresa en Tel Aviv... ¡Ah no, que por delante estaba su hermano Tomás! Bueno, soñar es gratis y siempre me hago esta pregunta. Desde luego, a nivel técnico y táctico, me sentía lo suficientemente capacitado para ser hasta profesional del baloncesto en un club como la Penya, pero mi nivel físico -empezando por mi muy justa medida de 1,80 metros de altura- era otro cantar. Definitivamente, no hubiese sido nunca un base joven de 20 años que gana la Copa de Europa con el club que le dio una oportunidad seria en su adolescencia.

Aquel Joventut tenía un equipo magnífico, formado por la cantera y por un par de buenos jugadores americanos. Recuerdo siempre con especial cariño a Ferrán Martínez. Entre Romay y Gasol, está Ferrán Martínez. Lo vi en persona jugando con la selección española júnior en mi pueblo. Además, estaba el gran Villacampa, que aun hoy tiene el record de puntos logrados en un partido con la selección absoluta de baloncesto. El año 1994 fue especial, porque acababa de fallecer mi padre y yo andaba un poco deprimido. Entonces estudiaba Derecho en la Facultad de Derecho de la UPF de Barcelona, y recuerdo cómo algunos compañeros de clase que eran de Badalona celebraron por todo lo alto la consecución de semejante logro. Dos años antes, ¡en el año olímpico!, la Penya había perdido en el último segundo contra el Partizan de Belgrado en Estambul. Así que la Copa de Europa de 1994 fue una doble redención. Si bien a mi querido padre ya no había Dios que lo amparase.

En medio de las finales disputadas por el Joventut de Badalona, hoy ciudad cuyo alcalde es mientras esto escribo del Partido Popular, fue el club francés del Limoges el que se alzó con la Copa de Europa en 1993. Fue la primera corona europa jamás lograda por un club francés en cualquier deporte profesional. Poco después creo que el Marsella ganó la Copa de Europa de fútbol. Y de balonmano, pues no estoy seguro, pero es posible que algún club francés la haya ganado dado el dominio que en los últimos años ha tenido la selección francesa de Karabatic y compañía, pero, la verdad, ahora que lo pienso, no me suena. En todo caso, el primero fue el Limoges, con un basket rácano, es cierto, pero no todo el mundo tiene a Jordan, por decir algo, en sus filas. Eso sí, el entrenador era nada menos que Maljkovic.

Hablando de entrenadores, y hablando de la Copa de Europa, hay que hablar por supuesto de Obradovic. La escuela balcánica, otrora yugoslava, es inagotable. No entiendo muy bien cómo son tan inteligentes para los deportes en general y en cambio políticamente, en aquellos años, se estaban matando entre ellos. En cualquier caso, cabe reseñar las ocho copas de Europa de Obradovic con distintos equipos, aunque principalmente sus cuatro Euroligas con el Panathinaikos ya en el siglo XXI, que superan los registros de históricos como Gomelsky o el español, alicantino para más señas, Pedro Ferrándiz. Especialmente llamativos fueron los enfrentamientos entre Obradovic y Messina, el italiano que ahora en la NBA busca su lugar al sol como primer europeo en entrenar como head coach a un equipo de la liga profesional estadounidense de baloncesto.

Y, en fin, vuelvo a la novena Euroliga del Real Madrid de Baloncesto. Enfrente, el temible y ya mítico Spanoulis (en la semifinal el Olympiacos iba perdiendo ante al todopoderoso CSKA de 9 puntos a falta de tres minutos hasta que Vassilis empezó a enchufarlas de todos los colores). ¡O-lym-pia-cos! ¡O-lym-pia-cos! rugían los atenienses. Segundo cuarto y 15-21 en el marcador y no parecía que el talento del Real Madrid pudiera imponerse al savor faire de los griegos. Hasta que apareció Nocioni, a la postre MVP de la F4 con sus 35 años a cuestas, y puso un tapón milagroso viniendo desde atrás. ¡Así sí! El Madrid logró igualar primero con los triples del lituano Maciulis, y luego el Olympiacos empezó a fallar. 35-28, fin de la primera parte, que se convirtió en un esperanzador 40-29 para los blancos nada más empezar el tercer cuarto. Pero en eso que los griegos aun no habían dicho su última palabra, parcial de 12-0 y 40-41 en el marcador. Otra vez sensación de impotencia en los madrileños. Salvo que entonces apareció como de la nada el gran Jaycee Carroll y con tres triples seguidos más una canasta de dos volvió a abrir una diferencia que sería ya insalvable para el Olympiacos, que finalmente se resignó a la por fin y tan arduamente conquistada superioridad blanca.

El Real Madrid de baloncesto era, otra vez, campeón de Europa. Habían tenido que pasar veinte años después de la última, conquistada en Zaragoza en 1995 de la mano de Sabonis, y es solo la segunda si contamos desde 1980. Bueno, menos da una piedra.

19/05/2015 16:41 procopio Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.


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